31 agosto 2009

¿Estilográfica o camisa de fuerza?

Pájaro a pájaro.


Anne Lamott.

Editorial Ilustrae, 2009.

ISBN: 978-84-936148-4-3

19,50 Euros


Javier Mije

La afición a los libros que analizan los procesos creativos puede convertirse en un extravío pernicioso y un arma de doble filo. Derribado el mito romántico que encumbraba al artista a la categoría de genio, nos queda sólo la parte del látigo, si aceptamos la consigna de Flaubert que ponderaba que un escritor –de esa raza de artistas estoy hablando- es sobre todo alguien que se azota con él. Legítimamente, el trabajo ha sustituido al don, y la lumbalgia y la vista cansada se han demostrado las enfermedades profesionales de las Musas. Admitamos que el dolor más frecuente del creador es el dolor de cabeza. La envidia y los celos de Renard, el camismo de Juan Carlos Onetti, el asma sospechosa de Proust, la ansiedad de Kafka, el tormento, la inseguridad, los bloqueos, las biografías ofrecen a los aspirantes a escritor todo un catálogo de comportamientos neuróticos en los que contemplarse. Quizá uno pueda reconocer entre sus patologías obsesiones similares a las que sufrieron los autores a los que admira. ¿Significa esto que nos encaminamos hacia el Parnaso o hacia el vulgar frenopático?
Pájaro a pájaro es un ensayo escrito con el propósito de animar a escribir, un libro –best seller en Estados Unidos- con abundantes dosis de disparate pero, en última instancia, recomendable. Resumo sus instrucciones de uso. ¿Cómo se escribe? Te sientas. Apuntas una pistola imaginaria contra tu cabeza para forzarte a permanecer frente al escritorio. Acallas las voces que te impulsan a hacer cualquier otra cosa –conviene tener rituales que fortalezcan el proceso-. Pegas un tirón al cable de “Radio Malaonda”, una emisora que transmite las 24 horas y que por el altavoz derecho te devuelve el flujo de engreimiento que emiten tus neuronas -¿quién no ha ido elaborando mentalmente el discurso de recepción del Nobel mientras tenía una buena tarde de escritura?-, mientras que por el izquierdo nos recuerda que somos un fraude como no ha habido otro en la historia. Te propones no escalar toda una montaña sino alguna tarea breve –ni grandes orgías ni copiosos banquetes, aconsejaba Flaubert, sino un régimen moderado y continuo-. Si no te has levantado de la silla durante un tiempo razonable algo saldrá. Lo lees y asumes que es una mierda (sic), no porque seas mal escritor –aunque estadísticamente es lo más probable-, sino porque la mayoría de los primeros borradores lo son. Son el paso de un segundo y tercer borrador espléndidos. A pesar de todo, te sientes perdido. Entonces recuerdas que escribir es como conducir de noche –la cita es de E.L. Doctorow- “no puedes ver más allá de lo que iluminan los faros pero así puedes hacer todo el viaje: ni siquiera necesitas saber a dónde vas, basta con que veas un tramo delante de ti”. “¿Cómo lo hago?” –preguntó una joven Anne Lemmot a su padre frente a la tarea de redactar un trabajo de ornitología para la clase de ciencias naturales del instituto-. “Pájaro a pájaro, hazlo pájaro a pájaro”. Radicalmente razonable.
El ensayo aborda también algunas cuestiones técnicas como la elaboración de personajes, la trama, los peligros de la abstracción –“si tienes un mensaje, pon un telegrama”-, el diálogo y todo ese farragoso proceso para escribir ficciones que es el esqueleto imprescindible de cualquier manual. No son lecciones desdeñables ni están mal tratadas, aunque palidecen ante el enfoque filosófico que termina prevaleciendo en el libro. Interesan a la autora sobre todo la épica y la ética. La épica de ese ser obstinado –“de una paciencia revolucionaria”- que emborrona cuartillas para encontrar su lugar en el mundo. Escribir es darle un sentido a la vida –es dar un paso adelante o levantar la voz, porque necesitamos ser vistos y oídos-, y un intento de salvar algo del naufragio –construir un castillo de arena contra la evidencia de que la marea lo borrará-. Pero la escritura – se nos dice- es sobre todo un compromiso con la verdad. Un cuento, un poema, una obra de teatro, aspiran siempre a revelar quienes somos, cómo nos comportamos mientras “los vientos de la soledad rugen al borde del infinito”. ¿Actuamos con dignidad o todo es un sálvese quien pueda? ¿La vida es una mala novela de gangsters o hay algún tipo de brújula cuyo norte puede mostrarnos la literatura? En estos tiempos en que todas las salsas se han reducido a la categoría de mercancía, es de agradecer que la autora encoraje a los escritores a asumir el riesgo de no gustar. La verdad es más subversiva que rentable.
Contra la costumbre de Anne Lamott, que suele rezar cuando sufre un bloqueo o las dudas sobre su capacidad literaria la atormentan, y ya que supongo a Dios ocupado con ella, encuentro más razonable para tales casos de inseguridad la lectura de libros como este.

28 agosto 2009

Un poeta a tres voces

Epitafio
Yannis Ritsos
Diputación de Huelva, 2009.


ISBN: 978-84-8163-481-5
117 páginas.

10 €
Traducción de Juan José Tejero y Manuel García


Jesús Cotta
La historia reciente de Grecia tiene muchas similitudes con la nuestra: guerra civil, dictadura (varias, además) y democracia. Quizá eso explique que Lorca sea más leído y admirado entre griegos que entre españoles, lo que ya es decir. Al interés griego por la cultura española, España ha respondido con traducciones de Kazantzakis, Kavafis, Seferis y Elitis y, por fin, empieza a sonar el nombre de Yannis Ritsos (Yannis es Juan, para quien no lo adivine). Y poco a poco irán surgiendo más nombres, porque la pujanza literaria de Grecia en el siglo pasado, como la de España, no tiene parangón y sorprende además en un país tan pequeño.

Yannis Ritsos (1909-1990) sufrió penalidades y destierros en islas inhóspitas por su compromiso con el partido comunista. En esto del compromiso y el sufrimiento, se parece más a Miguel Hernández que a Alberti. En 1977 recibió el premio Lenin, que es como el premio Nobel de la izquierda. Y Epitafio es una obra de juventud que en Grecia goza de tanto prestigio como aquí la Elegía a Ramón Sijé o el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.

La escribió por la impresión que le causó esta fotografía publicada en la prensa griega en 1936, que muestra a una madre llorando ante el cadáver de su hijo, asesinado durante la represión de una huelga de trabajadores en la ciudad de Salónica.


Eligió para esta obra el verso decapentasílabo, que en la tradición griega pertenece al canto medieval y popular. En griego el título no alude a lo que epitafio significa en castellano, sino al llanto de la Virgen por la muerte de su hijo, un canto de larga tradición en la poesía bizantina.

Pues bien, esta edición de Ritsos sorprende gratamente por dos razones:



1. Porque no se trata de una antología para acercar al público español la obra de un poeta desconocido, sino de la edición de una obra concreta y señera que merece en la literatura europea un lugar tan destacado como Veinte poemas de amor y una canción desesperada.



2. Porque de cada uno de los veinte poemas podemos disfrutar de tres maneras distintas:

-con la reproducción de la letra griega y manuscrita de Ritsos, clara y elegante, para los conocedores del griego moderno y para los amigos de alfabetos hermosos

-con la versión fiel y elegante de Juan José Tejero

-y con la versión en verso romance de Manuel García.



Aunque el decapentasílabo griego se asemeja más sonoramente a un alejandrino o a un endecasílabo seguido de un tetrasílabo, Manuel García, con buen tino, ha optado por el octosílabo, porque, mientras que en español el alejandrino y el endecasílabo son versos más bien cultos, el romance es un verso tan popular en España como en Grecia el decapentasílabo y porque permite rimas asonantes sin ripios y sin excesivas ataduras.

El reto del buen traductor de poesía es mantener en la traducción tanto los conceptos del original como su mismo grado de belleza y poesía, porque traducir a un poeta no consiste tan sólo en verter conceptos, sino sobre todo en transmitir en otra lengua la belleza y expresividad del original. Muchas veces suele ocurrir que para mantener lo uno hay que sacrificar un poco lo otro.

Pues bien, el traductor y el versificador en este libro han optado por una tercera vía: por un lado, una traducción fiel y elegante y sin rima y en verso largo y, por otro, una versión más libre, que busca en español la misma garra y emotividad que el original.



Donde Juan José Tejero dice



...mi aromático bosque de millones de hojas y raíces,

¿quién me iba a decir a mí que iba a perderte?



Manuel García dice



Bosque mío, fronda mía,

raíces de mi desvelo,

¡cómo pudimos quedar

yo tan sola y tú tan muerto!



Doy, pues, la bienvenida a este libro donde palpita un amor muy grande y sin disimular por el quehacer poético. Yannis Ritsos puede estar satisfecho.

Y a ver si algún editor se anima a publicar un libro con poemas de Ritsos, Maiakovski y nuestro Miguel Hernández, que compartieron no sólo época, compromiso, inquietudes políticas y penalidades personales, sino sobre todo una altura literaria que los hace únicos en su estilo y a la vez universales. El poeta griego sufrió destierros y persecución, el ruso se suicidó cuando Stalin pretendió dirigirle los versos y al español lo suicidaron la cárcel, la pena y la enfermedad. Tres astros que alumbran un mismo camino en tres lenguas distintas.

Y para quien quiera más sobre Ritsos y poesía griega, lo invito a consultar la página literaria de Raquel Pérez Mena, revisora de la traducción y profesora de griego moderno en el Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla.



27 agosto 2009

No es la guerra, es el miedo

El miedo.

Gabriel Chevallier

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-92649-02-0

361 pág.

22 €

Traducción: José Ramón Monreal


Carolina León

Ser Gabriel Chevallier no tiene que haber sido fácil. Vivo la Primera Guerra Mundial (no olvidemos que se conocía como Gran Guerra antes de todas las que vinieron después) y escribo un documento desde mis más horribles experiencias. No lo lee (casi) nadie, y me veo obligado a editarlo casi quince años después, cuando otra guerra está en el horizonte, llamando con sus tambores; en 1939, con mi editor acordamos suspender su venta: “Cuando la guerra está ahí, a no es el momento de avisar a la gente de que se trata de una siniestra aventura de consecuencias imprevisibles”. Pero yo he escrito esta novela para que esto no vuelva a suceder, para que los muchachos de dieciocho años no quieran ir a la guerra, a “conocer el espectáculo de su tiempo”.

Vale, todas esas cursivas son mías, poniéndome en su piel. Me interesa además el poco eco que ha tenido la edición de este libro, el pasado mes de abril, en las críticas españolas, como si fuese un reflejo de lo que tuvo lugar en la Francia de 1930: no queremos que vengan a decirnos que la guerra da miedo. No queremos que nos cuenten así el heroísmo y el valor.
Para Chevallier, que vivió la guerra, no existen ninguna de las dos cosas. Chevallier habla de la guerra como si la escribiera yo misma. Una persona en un contexto de dilatada paz, de bonanzas económicas, de burguesía profesional, se embarca en el acontecimiento del siglo para conocerlo desde dentro -podría ser yo, periodista, si las guerras llevaran treinta años sin acercarse a nuestros confines, pero tal concepto ya no es posible-. Jean Dartemont es Gabriel Chevallier, ni siquiera puede considerarse un alter ego, de tantísima cercanía como destila su primera persona.
Un niño, casi, se enfrenta como un auténtico pelele al “acontecimiento” y nos hace ver que peleles eran todos. El primer episodio, aquel en el que Dartemont es todavía civil y ve cómo la guerra se inmiscuye en la vida cotidiana de París, da la clave de todo lo que van a contarnos a continuación. Lo colocan en cierto puesto, ha de cumplir órdenes que no entiende, ha de comportarse como se espera de la función asignada, es herido, retirado, llega una supuesta calma mientras se recupera en el hospital -que Chevallier aprovecha para hacer las mejores digresiones, dictadas por la época y el contexto, sobre lo que le tocó vivir-, vuelve a las trincheras cuando la guerra ya está madura y son de todos conocidos -aunque silenciados- los sacrificios humanos inútiles y absurdos del Chemin des Dames y otros; y va aguantando día tras día, tan sólo tratando de salvar la vida.
El personaje-narrador de Chevallier se va haciendo un poco más antipático, más cretino, más correoso, conforme va avanzando el relato. Pero no deja de encontrar el momento oportuno para buscar al niño que era cuando ingresó a filas, y sentir -haciéndonos sentir- una y otra vez el Miedo. La novedad, creo que muy bien resuelta, de esta novela, es la de enfrentar al “héroe” a un universo de decisiones y poder en el que no tiene voz ni voto, y aún así dejarle argumentar en sus páginas como se merece todo ser humano.
El miedo de Gabriel Chevallier importa menos como documento de la guerra -no deja de ser inquietante lo plástico de las descripciones de artillerías, estallidos, obuses...- y mucho más como alegato que casi no puede llamarse pacifista, sino más bien humanista: yo diría que le importa al autor mucho más que el hombre pueda darse a sí mismo sentido, frente al absurdo del poder jerárquico, que dejarlo vivir eternamente en tiempos de paz.
Insisto: qué pocas reseñas tuvo un libro sobre "El Miedo" en nuestra prensa, siendo como es una novela de un contexto determinado pero con un enfoque tremendamente universal. ¿Por qué?

26 agosto 2009

Diagnóstico de la Gran Estafa

El capitalismo funeral. La crisis o la Tercera Guerra Mundial

Vicente Verdú

Anagrama, 2009

ISBN 9788433962935

194 páginas


15 euros.



Jabo H. Pizarroso


Una de las temáticas más cercanas y misteriosas desde hace un año es la "crisis económica", en la que estamos inmersos todavía, según las últimas estadísticas. Vicente Verdú, sociólogo y filósofo de la incontinencia capitalista, que ya demostró un olfato fino y un pulso de gigante con sus libros precedentes, sobre todo con La vida en el capitalismo de ficción, le hinca ahora el diente al gruyere del desasosiego económico que parece sepultarnos en este funeral con sermones larguísimos y jeveintes sin charanga, habanera, por supuesto.
En estos últimos meses han ido apareciendo libros de distinto signo acerca del fenómeno de la crisis económica. Cada cual arrima su vudú al chivo expiatorio de turno y salvaguarda los dogmas marsupiales, siempre decimonónicos, de los que cada cual chupa para extraer de la crisis las lecciones evangélicas, y así proveer al auditorio de saquitos de esperanza-rémora pegados a los tiburones detodo tipo de ideologías premuroberlinescas.
Uno de ellos, quizá el más afamado, tanto que hasta nos lo encontramos en los afiches de las estaciones de gasolina cuando repostamos entre viaje y viaje en este veranito de aguas calientes, Leopoldo Abadía, es el escritor marca blanca sobre el asunto. Es él, el que ha definido la crisis, el que le ha puesto el nombre de NINJA, y el que ha universalizado esta definición en España. Leopoldo Abadía ha conseguido ablandar el cemento armado de la teoría económica y lo ha hecho digerible a las masas de todos los incautos que desconocemos que carajo quiere decir la elasticidad de la demanda. Un punto para él. Pero en la economía cabalística y endogámica no parece estar el diagnóstico fiable sobre la crisis.
Vicente Verdú, en este ensayo ameno, irónico y desdentado, enseña sus pretensiones desde el principio y clarifica ya no solo la crisis sino la sociedad actual que se está de alguna manera autoinmolando en estos momentos. Desde el primer momento ataca de plano, "Los expertos económicos resultan especialmente incapaces para interpretar las causas y las consecuencias de las perturbaciones monetarias o bursátiles y de prever el curso de la economía incluso a corto plazo". Porque según Verdú, interpretar esta Gran Crisis en términos económicos es simplón. Tan simplón como achacar los males actuales al materialismo desaforado, a la desalmada conducta de los poderosos o a la pérdida de religiosidad que ha detraído un nuevo "mileniarismo", (gracias, Arrabal), que hunde al mundo en esta plaga bíblica de consecuencias imprevistas. Hay que analizar la crisis de otra manera. Hay que observar este tiempo de vacas flacas en primer lugar como una Tercera Guerra Mundial, una guerra perfecta, con destrucciones invisibles y con un 99% de bajas civiles, la más sofisticada de las guerras, un conflicto bélico implosionado incluso con bombas de hidrógeno, sí aquellas que mataban a la gente y dejaban stocks de casas sin habitar por doquier. Y a esta guerra se ha llegado por fenómenos como la especulación desaforada, los nuevos conceptos del pecado en los que los bancos son los actuales sacerdotes ordenadores de las redenciones en formas de sometimiento esclavista a las deudas, el amor a las basuras de todo orden, la muerte del automóvil, símbolo del futurismo y del siglo XX y del ciudadano con libertad de movimientos y sobre todo por la llegada a este capitalismo funeral que está representando su defunción con un artificio barroco inigualable y en el que la crisis es su performance más estético, su pop art final. El único referente que puede igualarlo , si tomamos a la sociedad como un gran individuo, podría ser el de una emasculación ritualizada y en este caso poco real, que el propio sistema se hace a sí mismo. Córtate el pene pero que no se note. Los medios y la publicidad harán el resto. En esta época el que no está en crisis está en las nubes, y por qué no, no está a la moda. Estar en crisis crea tendencia. La crisis más allá de una realidad tan posmoderna es el cuello de botella de un cambio social hacia otra cosa. Lo del Otro mundo es posible, con sus referencias teológicas, es la única y un tanto falsaria creencia en este nuevo tiempo de redenciones.
Verdú cita el trabajo de dos economistas de una entidad bancaria gringa que a finales del 2007 hicieron un trabajo de investigación acerca de los primeros coletazos de la crisis. Descubrieron que los activos que presentaban un riesgo económico elevado, cuando su precio estimado y sobredimensionado y escasamente real descendía, se traducían en asientos contables convertidos en provisiones también sobredimensionadas que contemplaban a su vez pérdidas abultadísimas e irreales. Ingresos de Humo y Pérdidas de humo. El problema llegaba cuando había que contabilizar las pérdidas que como eran un reflejo de la sobredimensión de las posibles y aventuradas ganacias se convertían en algo incomparable, en algo incalculable. La segunda parte del asunto consistió en enseñar a la sociedad ese agujero irreal en las cuentas . Eso agilizó una reacción en cadena que acabó convenciendo a los Estados para que inyectaran dinero salvador. El espejismo de la contabilidad se convirtió en el vertedero donde se ha cocinado la mayor estafa de la historia. Escalofriante, ¿no les parece?. Fantástico, Vicente.
En esas estábamos, pero no solo en esas. Verdú también nos descubre una sociedad al borde del cataclismo, en la que Marx se alía con Dios para beatitud de los incautos, Camus ya habló de ese asunto; comunista igual a cristiano que salió del armario, y en la que el mundo ha cambiado de tal forma que ya solo se vislumbra una esperanza, el universo de la horizontalidad, el fenómeno internet como recurso y ejemplo del taoismo occidental que no es otro que el cooperativismo anarquico y creativo donde la jerarquía ya no se lleva y donde las multitudes inteligentes acabarán poco a poco empapando todo el sistema de la nueva ola rigurosa que deslegitime de una vez por todas al número y a la economía. Esa es la revolución que nos queda, que llegará sin muertos y de manera lenta tras un paro total y tras una deflación del tiempo. Tras un análisis completo con parada en los núcleos, las postrimerías y los extrarradios no económicos del fenómeno crisis, Verdú nos deja la miel en los labios acerca de un futuro positivista, a mi entender un tanto fallido como final conclusivo del libro. El rigor analítico y sólido de la tesis de todo el libro no tenía porque haber desembocado en un futurible happy end. Pero es solo el último capítulo. Totalmente perdonable para un libro con el que atravesamos este verano-posguerra en el que estamos aún. Dicen que en Setiembre empieza a remitir la cosa. Lo malo es que la crisis se cerrará en falso. Un mundo de objetos sin valor es lo que nos queda por delante. Quizá también un mundo de sujetos sin valor.

25 agosto 2009

Buscando leña en el bosque Sade.

Nuestro lado oscuro: una historia de los perversos

Elisabeth Roudinesco

Anagrama, 2009

ISBN: 9788433962850

264 páginas

16 €

Manolo Haro

De la perversión, sus formas, tratamiento y mutaciones a lo largo de la cultura occidental trata Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos de Élisabeth Roudinesco, profesora de la universidad de París-VII. El libro está estructurado en cinco capítulos (Edad Media, siglo XVIII, XIX, XX y edad posmoderna) que ofrecen un repaso tal vez algo apresurado del asunto. En la panorámica perteneciente al periodo medieval se estudian a los místicos, los autoflagelantes y, por último y con nombre propio, los crueles trabajos del asesino de campesinos Gilles de Rais, más conocido por el imaginario popular como Barba azul.

Del siglo XVIII se destaca la omnipresente figura de Sade, escriba programático de una forma de entender el cuerpo muy alejada de la medieval y de su camino de purificación hacia Dios. El cuerpo es ahora un lugar de goce, a cualquier precio. El corte seco de la guillotina acabó con la nobleza y sus libertinajes, abriendo de esta manera el camino a una burguesía decimonónica que iba a reaccionar hipócritamente contra ese mundo. “Su coño me mimaba con rodetes de terciopelo. En su interior me sentí como una fiera […]. Una real hembra tetuda, carnosa, con las ventanas de la nariz rasgada […]. La lamí con rabia […]. En cuanto a las embestidas, estuvieron bien. La tercera sobre todo resultó salvaje, y la última sentimental”. Con esta claridad se expresaba Gustave Flaubert en una de sus cartas enviadas desde Egipto en la que narraba su toma de contacto con la célebre cortesana Kuchuk Hanem. Flaubert vivió en un siglo que contribuyó tanto a la erotización de las prácticas sexuales como a su represión. En ese tiempo dos ramas de la psiquiatría, la sexología y la criminología, ofrecieron un catálogo de las perversiones y la exploración de las zonas más sombrías del alma humana, respectivamente; como diría Foucault, “se dibujó el rostro fijo de las perversiones”. La sociedad burguesa del XIX intentó construir un modelo moral que sepultara el incómodo legado de los libertinos del XVIII –entre ellos el marqués de Sade –, que tomaban el cuerpo como único lugar de goce. De ahí la doblez con que se trataba casos como la publicación de Madame Bovary (“Haremos que, bajo nuestra supervisión, haga el trabajo una persona experta y hábil; sólo se podará; eso te costará unos cien francos”, Maxime du Camp a Flaubert sobre la publicación de la obra), que mostraba el revés de la trama de aquella sociedad, y la silenciosa aceptación de ciudades-burdeles (léase El mundo de ayer de Zweig acerca de Viena) en la que la iniciación sexual masculina siempre se daba entre sábanas sudadas por millares de cuerpos anónimos.

Sería Freud el que ofrecería unas perspectivas de la perversión consustancial al ser humano: la perversión es connatural al hombre; se trata de una estructura psíquica que puede dar lugar a la sublimación o al crimen. A este último brazo del turbulento río perteneció una forma de perversidad desconocida hasta la fecha y que no fue otra que la del régimen nazi. Surgía así una perversión de estado, vivida con absoluta naturalidad por sus ejecutantes antes y durante de sus juicios. La profesora Roudinesco aborda el asunto analizando la figura de tres actores fundamentales en la Solución final: Adolf Eichmann (logística), Rudolf Höss (realización) y Josef Mengele (soporte científico). En sus juicios respectivos no se observó ninguna patología visible. Como afirma Bataille, “los verdugos no tienen voz y, en caso de que hablen, lo hacen con la voz del estado”. Auschwitz fue una maquinaria mortal y perversa asentada en los fuertes pilares de una nación y un mundo que nadie que perteneciera a él puso en solfa.

Pero, ¿y nuestra sociedad globalizada y posmoderna?, ¿cómo ha asumido este lado perverso de la humanidad? Sencillamente, lo ha borrado. Vivimos en sociedades que, de manera paradójica, cultivan la trasparencia, la vigilancia y la abolición de su parte más maldita, aunque, sin ningún género de dudas, no ha habido en toda su historia un acceso a lo perverso más sencillo que ahora. Es más, no queda ni rastro del término perversión, mutado por la psicología para ofrecer el lato término de parafilia, que engloba actos considerados perversos con anterioridad: exhibicionismo, fetichismo, erotismo, pedofilia, masoquismo sexual, voyerismo, travestismo, escatología telefónica, necrofilia, parcialismo, zoofilia, coprofilia, clismafilia y urofilia. Quedan fuera de esta amplia nómina de excentricidades aceptadas la zoofilia (aunque hay defensores del matrimonio entre humanos y animales, a los que resultan inmundos “los comedores de bocadillos de jamón” ) y el terrorismo islámico, entendiendo a sus defensores como los nuevos flagelantes, capaces de la inmolación a cambio del cielo, que toman, además, a la mujer como objeto de la perversión.

A los lectores de este trabajo se le brinda un interesante jardín de flores malditas por el que guiar sus pasos de parafílicos o de gente común (me cuesta creer en tal dicotomía). El recorrido muestra los cambios habidos en torno a este asunto: del cuerpo llagado en busca de lo espiritual en la Edad Media, se pasó al cuerpo gozoso del XVIII alejado de la ley divina, para más tarde pasar a la perversión fundamentada en el Estado nacionalsocialista y llegar así a nuestra época, extraña conjunción de todo lo anterior.

De todas maneras, habría que señalar algunas carencias que presenta el libro: plantea un interesante punto de partida para una indagación más profunda sobre el asunto, pero el conjunto resulta algo lacónico; se obvia el extraordinario catálogo de prostíbulos parisinos y sus usos que regala la obra de Restif de la Bretonne; al igual que se hace con la búsqueda de referentes literarios decimonónicos (Hugo, Flaubert) que robustecen los argumentos esgrimidos, se echa de menos que el siglo XX o nuestra época no tengan representación ficcional; y, por último, el lector puede llegar a pensar, junto a la autora y el “brujo de Viena” (Nabokov dixit), que la perversión es únicamente una cuestión humana, algo que habría que dejar para el campo de la ley natural y sus comentaristas.

24 agosto 2009

Delicatessen Zweig (y II)

Viaje al pasado.

Stefan Zweig.

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-96834-99-6

91 pág.

9 €

Traducción: Roberto Bravo de la Varga.

Joaquín Blanes

Hay tantas formas de enfrentarse al amor como a un acantilado. Según la manera de enfrentarnos a él variará el desenlace. No es lo mismo acercarse a un acantilado para admirar su esplendor que abordarlo para lanzarse por él hacia el abismo insondable –o tal vez tangible de unas rocas–.

Viaje al pasado es uno de esos múltiples acercamientos que tiene Stefan Zweig de aproximarse al amor, al universo sentimental y pasional de algunos de sus personajes. En la línea de la célebre e imprescindible Carta de una desconocida (altamente recomendable la versión cinematográfica que hizo Max Ophüls en 1948). El modelo confesional –bien epistolar bien declaratorio–, el amor diletante e inalcanzable y la intensa reflexión conviven en la obra del austriaco y respiran profundamente en este relato que narra el reencuentro entre dos individuos que alguna vez se amaron fogosamente y todavía creen guardar ese mismo sentimiento a pesar del tiempo y de los inconvenientes.
Podría decirse que tiene cierta afinidad con Carta de una desconocida cuando se habla de un amor surgido entre dos clases sociales a priori distantes, que no pueden convivir de forma natural, como dos líquidos inmiscibles; pero también tiene mucho que ver con la fulgurante Novela de ajedrez, por ese elemento externo que provoca la tragedia en los personajes y que, como sabemos, en Zweig ese componente consiste en la brutalidad de la guerra, en la inconsciencia del nazismo, en el destrozo físico y emocional que producen en el ser humano los desastres de la guerra.
“Su marido había muerto justo al principio de la guerra, casi no se atrevía a lamentarlo, porque así se había ahorrado ver su empresa amenazada, la ocupación de su ciudad y la miseria de su pueblo ebrio de victoria antes de tiempo” (53).
Viaje al pasado comienza con una crítica sobre el determinismo social capaz de generar en una persona un prejuicio que alimenta el orgullo más bobalicón y que, en realidad, atenta contra los propios intereses, para después centrarse en el drama de la separación y el reencuentro siempre postergado, hasta regresar al momento del reencuentro en el que los personajes parecen no reconocerse después de tanto tiempo.
Zweig es un maestro de la trama, tiene la virtud de justificar todo lo que sucede en sus relatos, en demostrar que el texto avanza hacia un final consistente y determinado y aunque el lector pueda percibir hacia dónde camina la historia, sin embargo, no deja de tener momentos sorprendentes, inesperados, así como frases de un lirismo y una ternura capaces de estremecer.

Es evidente que Zweig fue un hombre de una sensibilidad prodigiosa, de una escritura virtuosa y prolífica y de una pulcritud espiritual que uno no tiene más remedio que suscribir las palabras de André Maurois:
“Muchos hombres de buen corazón deberían reflexionar sobre la responsabilidad de todos nosotros y sobre la vergüenza existente, en una civilización, que ha creado un mundo donde Stefan Zweig no ha podido vivir”.

21 agosto 2009

Delicatessen Zweig (I)


Mendel el de los libros.

Stefan Zweig.

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-96834-90-3

64 pág.

9 €

Traducción: Berta Vias Mahou.

Joaquín Blanes

Acantilado nos regala dos delicatessen del prolífico Stefan Zweig: Mendel el de los libros y Viaje al pasado. En ambas encontrarán el estilo cultivado, poético y refinado del austriaco.


Mendel el de los libros es un relato emotivo sobre la bibliofilia. Aunque el protagonista no sea más que una especie de catálogo viviente de todo lo publicado, se respira en la narración esa pasión intangible que provoca la lectura en el ser humano. Jakob Mendel es el librero o bibliotecario ideal, conoce todos los datos necesarios de cualquier publicación (autor, título, año de edición y editorial) y la fascinación que produce una persona así en un joven estudiante.
Este relato tiene un pulso narrativo tan certero que la historia conduce, indefectiblemente, hacia el final que esperamos y que, sin embargo, es absolutamente inevitable y necesario para que el relato sea efectivo. El mismo Stefan Zweig explicaba en su autobiografía ciertas claves para su arte narrativo: “Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos, los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo". Nada en Zweig parece gratuito, todo el armazón es una estructura arquitectónica tan compacta que es imposible deshacerse de algo sin dañar la estructura, sin que se venga abajo el edificio.
Jakob Mendel es un viejo que pasa todo el día sentado en un rincón de una cafetería bajo una luz tosca, concentrado en memorizar toda nueva publicación. Hasta él llega cualquiera que necesite encontrar bibliografía fuera de lo corriente, porque Mendel, “el de los libros”, lo sabe todo sobre las ediciones. En ese café vienés es una eminencia, es como la estatua de Pessoa en la cafetería La Brasileira, respetado por todos e inamovible. La trama se complica cuando a Zweig lo buscan por ser un indocumentado en un estado austriaco con ínfulas nacionalsocialista. Es inevitable para Stefan Zweig recurrir a su leitmotiv, a su principal preocupación existencial, a su temática obsesiva: la destrucción europea por culpa de nacionalismos exacerbados y obsesivos, lo que lleva a una pérdida de los valores esenciales del ser humano. Zweig resalta la figura del otro, de lo singular, como paradigma, como bien escribe en el relato refiriéndose a Mendel: “todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme” (29). Esa uniformidad frente a la diversidad es una constante angustiosa en el autor austriaco, que como bien se sabe, terminó suicidándose junto a su esposa en la ciudad de Petrópolis, Brasil, en 1942. Ese desconsuelo vital nace del terror que sentía Zweig ante la posibilidad de que el nazismo intransigente se extendiera como una pandemia por todo el mundo, además de poseer un talante de natural afligido: “¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”

20 agosto 2009

Malcolm Lowry, de centenarios y poemas al filo de la navaja

El trueno más allá del Popocatépetl

Malcolm Lowry

Traducción y selección de Juan Luis Panero

Tusquets, 2009

ISBN: 978-84-8383-165-6

67 páginas.

10 euros



Juan Carlos Sierra

En el año en que se cumplen doscientos años del nacimiento de Mariano José de Larra, con su comisión oficial estatal, su comisión del Ateneo de Madrid, sus congresos –pocos- y sus mesas redondas –que yo sepa una-, a nadie parece habérsele ocurrido que todos los eventos programados están muy bien, pero que éstos tienen la vida fugaz e instantánea del gesto. Sin embargo, parece que nadie ha caído en la cuenta de que quizá habría sido interesante revisar negro sobre blanco la obra del periodista madrileño hasta que llegue, al menos, el tercer centenario.
Casualmente, este 2009 también se celebra el primer centenario del nacimiento de Malcom Lowry, el autor de Bajo el volcán. No sé qué se está haciendo en sus países de nacimiento –Inglaterra- y adopción –fundamentalmente Canadá-, pero resulta llamativo que, a diferencia de lo que está sucediendo con Larra, en España una editorial como Tusquets se haya aventurado a publicar una antología de sus Selected Poems bajo el título de El trueno más allá del Popocatépetl y a cargo de Juan Luis Panero. Sin desmerecer al escritor inglés, parece que nadie es profeta en su tierra. Quizá Larra también se habría merecido aunque fuera solo una antología de sus artículos.
De los poemas seleccionados y traducidos por Juan Luis Panero para esta edición de Tusquets –aparte de los ecos de su obra maestra en el poema titulado ‘Para Bajo el volcán- el lector puede hacerse una idea de cómo respiraba literariamente y se bebía la vida literalmente Malcolm Lowry. En ellos traspira un ser sistemáticamente en el filo de la navaja –‘En la cárcel de Oaxaca’-, que trata de torcerle el cuello a la realidad bajo los efectos del alcohol –‘Delirio en Veracruz’ o ‘Sin miedo al dragón nocturno’-, insatisfecho incluso con la literatura, la única herramienta que conoce para reparar los motores estropeados de la vida – ‘Rilke y Yeats’ o ‘Búsqueda’-.
Quizá lo que late al fondo de la mayoría de los poemas de El trueno más allá del Popocatépetl se puede resumir en los últimos versos del poema ‘El volcán en la oscuridad’: “Y escucho los gritos que podrían ser de un moribundo/ o las apasionadas quejas del amor”. Todo depende, parece decirnos Lowry, del receptor. La realidad está ahí para interpretarla según las condiciones de cada cual. Y las que le tocaron en suerte al autor de estos poemas lo colocaron en una lugar extremo. La calidad del gemido que separa la agonía del moribundo y el goce de los amantes es tan fina e intangible como la que distingue a la cordura de la locura, a la sobriedad de la ebriedad y, sobre todo, a la vida de la muerte.
De los poemas de El trueno más allá del Popocatépetl no sé si se puede llegar a la conclusión, como dice Juan Luis Panero en su introducción, de que Malcolm Lowry fue mejor prosista que poeta, pero lo cierto es que de ellos sale el lector como de una mañana de resaca: felizmente aturdido y perplejo. En cualquier caso, bienvenida la publicación de una obra supuestamente menor en la trayectoria de Lowry en el primer centenario de su nacimiento. Ya le habría gustado a Larra.

19 agosto 2009

Gente corriente

Winesburg, Ohio.

Sherwood Anderson.

Editorial Acantilado, 2009.

ISBN 978-84-92649-16-7

247 páginas.

22 euros.


Javier Mije


Sherwood Anderson describe en sus memorias una singular epifanía. Con 35 años había logrado un relativo éxito mundano, que lo había llevado desde el pueblo del Medio Oeste natal (Camden, Ohio), hasta la presidencia de una compañía de pinturas. El 27 de noviembre de 1912, un día que imaginamos de terca lluvia, Anderson salió de la oficina y abandonó su trabajo y la familia que lo esperaba a la hora del aperitivo. Según sus recuerdos susurró para sí: “durante el resto de mi vida, sólo serviré a las palabras”. Se inauguraba así la carrera de un autor que superaría el viejo naturalismo para conectar la literatura norteamericana con los movimientos de vanguardia. Sus tesis son conocidas: “la vida es difusa, fluida: en la vida las historias no tienen argumento”. Una concepción de la experiencia como flujo –la modernidad es líquida, que diría Zygmunt Bauman- que, en buena lógica, iba a trasladar a su obra de ficción.
Estructurado en forma de libro de relatos, Winesburg, Ohio (un lugar imaginario honrosamente rescatado para la literatura en la última novela de Philip Roth), se aproxima a la estructura novelesca por la unidad que le confiere su protagonista, el aprendiz de escritor y cronista del diario local George Willard, la localización en un espacio único, la rústica Winesburg –“el tren nocturno de Cleveland llegaba con retraso, pero nadie estaba interesado en su llegada”-y la coherencia de la mirada –tan punzante como compasiva- con la que Anderson disecciona a sus criaturas.
Los hombres y mujeres de Winesburg son seres castigados, parapetados hasta la claustrofobia detrás de viejas heridas, con un baul a sus espaldas donde atesoran neuróticamente el atisbo de una gloria pasada de fecha. Figuras grises, aparentemente insignificantes, la mirada de Anderson –su ávido rastreo bajo la superficie de las cosas- eleva a estos personajes a la categoría de héroes trágicos (pero también esperpénticos y pintorescos). ¿Qué nos lleva a ser lo que somos? ¿Hay un momento en nuestras vidas más allá del cual no podemos avanzar? Para los habitantes de Winesburg la experiencia parece haber cristalizado en alguna remota encrucijada que los inhabilita para el deseo. Ningún impulso parece concretarse en estas conmovedoras historias, ningún sueño puede asirse cuando el pasado y la memoria lo sabotean. Con Sherwood Anderson el tópico de la pequeña población apacible da paso a un mito más moderno: el de los oscuros desvanes sobre los que se representa la farsa de la normalidad. Las calles están conectadas, con fibra óptica si quieren, los desorientados ciudadanos no. Sólo George Willard establece contacto con sus vecinos y les ofrece su comprensión. Su marcha a la ciudad conduce al libro hacia su desenlace.
Acantilado anuncia la próxima publicación de las obras completas de este autor. Sin duda una excelente noticia.

17 agosto 2009

Valérie Mréjen o la nueva narrativa europea

El agrio
Valérie Mréjen
Periférica, 2009
ISBN: 978-84-936926-8-1
89 páginas.
12 euros.
Traducción de Sonia Hernández Ortega.



Juan Carlos Sierra

A Valérie Mréjen, en su faceta literaria –pues también se dedica al arte visual-, se le conoce por estas tierras gracias fundamentalmente a la labor de la más que interesante editorial extremeña Periférica. El agrio es, de hecho, el segundo título de la escritora francesa que coloca en las librerías españolas Julián Rodríguez Marcos, director de Periférica, tras el aplaudido Mi abuelo.
De uno a otro libro van unos cuantos años en su publicación francesa, pero solo unos meses en su versión castellana, lo cual habla bien a las claras de la decidida apuesta de Periférica por una autora que se encuentra entre las voces más interesantes de la narrativa europea actual. Esta última afirmación por repetida no es gratuita, pues se sustenta básicamente en la peculiaridad de la prosa de Valérie Mréjen: directa, seca en ocasiones, sin concesiones, como latigazos narrativos estructurados en secuencias o fotogramas que apuntan directamente a la retina del lector.
En este sentido, se podría decir que Valérie Mréjen trabaja con una prosa muy al filo de los días y de las sensibilidades modernas o posmodernas. El peso descriptivo es más que liviano dejando todo el protagonismo narrativo a la acción en sí, a la agilidad del transcurso de los sucesos, para lo que la estructuración tradicional en capítulos sirve más bien poco y por lo que, como ya hemos apuntado más arriba, el andamiaje que ofrece la secuencia es mucho más productivo.
Hasta aquí lo que une a Mi abuelo y El agrio, los dos títulos de Valérie Mréjen que por el momento se han vertido al español. En cuanto a lo que los diferencia, se podría hablar de la temática, al asunto que cada uno de los libros trata. Sin embargo, si trascendemos la anécdota de cada uno de ellos, hallamos algunos puntos en común que tienen que ver sobre todo con la construcción de una nueva sentimentalidad, la que se deriva de las circunstancias particulares que conforman la intimidad en el ocaso del siglo XX y los albores del XXI.
Si en Mi abuelo el tema fundamental es la familia, en El agrio, el libro que reseñamos, se trata de las relaciones de pareja, que por supuesto se alejan en cierto sentido de las convenciones literarias y televisivas al uso. Para no destripar la novela, diremos simplemente que El agrio narra en primera persona las peripecias amorosas de la protagonista femenina con Bruno, conocido con el sobrenombre de El Agrio. Como el amor tiene su punto de enfermedad mental, en el libro de Valérie Mréjen observamos cómo la protagonista, que quizá para su desgracia se ha enamorado perdidamente de Bruno, se arrastra detrás de un individuo por el que la mayoría, en su sano y desenamorado juicio, no daría ni un paso adelante.
Con este material narrativo y con las herramientas a caballo entre la novela y el vídeo, Valérie Mréjen construye su artefacto, El agrio, que para algunos de los que se aventuren en él se convertirá en espejo en el que reconocerse o que romper por lo enfermizo y en ocasiones degradante del retrato amoroso. Pero en cualquier caso, El agrio, novela y personaje, no dejará indiferente a nadie.

13 agosto 2009

Y caben tres

La reina en el palacio de las corrientes de aire.

Stieg Larsson.

Destino, 2009

ISBN. 9788423341610.

854 pág.

22,50 euros.

Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.

Luis Manuel Ruiz.



A Stieg Larsson le ha cabido el honor de convertirse, junto con la inevitable Ikea, en el principal embajador de la cultura sueca en la Tierra. Si las bolsas de papel, las regaderas y los estantes de la famosa fábrica de muebles han contagiado ya la vida doméstica de gran parte de la humanidad, lo mismo cabe decir de la trilogía Millennium, contra la que el observador, avezado o no, tropezará sin remedio una y otra vez en el autobús, la sala de espera del ambulatorio y la zona de tumbonas que rodea el chiringuito. En realidad, los productos de una y otra firma comparten más de un aspecto. Cómodas y aparadores baratos, diseñados con un máximo de funcionalidad, resultones, adaptables a cualquier contexto, revestidos con un barniz de modernidad (lacados, cromados, lunares, ángulos y curvas), efímeros y joviales es lo que nos ofrece la gran multinacional de los apartamentos de solteros. La trilogía de Larsson no transita por derroteros muy alejados: tramas esquemáticas, bien aprovechadas, desmontables, modulares, adaptables tanto a la playa como al café, folletines de toda la vida con una mano de pintura metalizada que parecen fabricados ayer y que no soportarán más de dos veranos en el anaquel, antes de ser reemplazados por el nuevo diseño de turno.
Visto desde la perspectiva que otorga el punto final de la última parte (la llaman trilogía, pero al parecer Larsson se dejó antes de morir una cuarta en el estómago del ordenador, al que más temprano que tarde aplicarán un emético), lo que el autor parece haber intentado a lo largo de sus dos mil cien páginas de peripecias sin resuello es un personal homenaje a la literatura negra, convertido, también, en resumen y refrito de sus principales tópicos. La cosa comenzó con un relato al clásico estilo policíaco, Los hombres que no amaban a las mujeres, el título más flojo de la serie, donde se trataba de desentrañar los motivos de una misteriosa desaparición con enigmas cifrados de por medio y el espacio cerrado de rigor, en este caso una isla. Luego llegó La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, el mejor por goleada, un thriller cardíaco donde Larsson muestra a las claras su dominio de los hilos de la narración mezclando a Perry Mason con Jason Bourne y Jean-Claude Van Damme y que ha hecho las delicias, muy comprensiblemente, del mismísimo Quentin Tarantino. Mirada en ese espejo, la última entrega que nos ocupa, La reina en el palacio de las corrientes de aire, resulta levemente decepcionante. Es cierto que supera al primer episodio, que a veces tendía a mostrarse apático y desorientado, pero se halla en clara desventaja frente a su secuela: algo comprensible, si tenemos en cuenta las cumbres de tensión, adrenalina y buen hacer que el texto había sabido coronar en las doscientas páginas finales de dicho episodio intermedio. Por lo demás, las tres novelas (en realidad una, o una y media, prolongada hasta la saciedad al mejor estilo de las sobremesas venezolanas) tienen en común el mismo conjunto de virtudes y de vicios que casi hace posible referirse a ellas como un bloque; lo que anoto a continuación vale, por tanto, lo mismo para La reina… que para sus dos directas antecesoras.
Definitivamente, el fuerte de Larsson se halla del lado del montaje argumental. Tomando prestados sin rubor recursos más televisivos que cinematográficos, distribuye la información en tomas y nos presenta simultáneamente lo que sucede en la comisaría y en la cocina de casa, dotando así a la historia de un dramatismo muy visual que sin duda acelerará el pulso del espectador de teleseries (“Lo que nuestro héroe no podía suponer es que en ese justo instante, a dos manzanas de allí…”). Su otro gran hallazgo se encuentra en los personajes, en especial el de la protagonista, Lisbeth Salander. Mientras Mikael Blomkvist (el galán) mueve a la antipatía por su integridad a prueba de manchas y sus éxitos amatorios, mientras el elenco de malvados (Zalachenko, el abogado Bjiurman, el gigantesco Niedermann, el misógino de tebeo Hans Faste) tienden a incurrir en la falta de espesor, Lisbeth, con sus problemas de afectividad, su sospechosa maestría con las computadoras, su síndrome de Asperger, su amor por el boxeo y por los tatuajes, sí deja una impronta duradera en la memoria del lector y consigue un compartimento en ese poblado museo de iconos que han ido generando la novela negra y sus alrededores.
En cuanto a lo peor de Millennium, para este reseñista, es probablemente lo que muchos de sus admiradores más aprecien. En primer lugar el estilo, o la carencia absoluta de él, esas parrafadas burocráticas que lo mismo despachan un mal de amor que los trapicheos financieros de la protagonista, que no se atreven a un adjetivo o una frase que pudiera desentonar en el acta de un notario; las metáforas y los símiles o están prohibidos o son tan rudimentarios y se repiten tanto que uno no puede evitar acordarse, una y otra vez, del pepino del gazpacho (invito al lector eventual a contar el número de veces en que Larsson anuncia que un acontecimiento resulta “tan inesperado como un relámpago en un cielo claro”). Otro desdoro es la extensión. La trilogía adolece de un exceso de páginas que no disculpan ni el detallismo ni la introspección, las pocas veces que la hay: por aquí y por allí, uno puede subrayar párrafos, diálogos y hasta capítulos enteros que podrían haberse saldado con dos menciones de pasada o, mejor aún, eliminarse del todo. Claro que con eso no se habría conseguido uno de los objetivos de todo best-seller, macarra de discoteca y amante chusco, que es de abrumar con su tamaño. Ya puestos, creo que hasta una de las novelas sobra. Pero ya sabemos que donde caben dos, caben tres, ese principio indiscutiblemente sueco.

El blog en papel

Lo que ha llovido

Enrique García-Máiquez

Númenor 2009
ISBN. 978-84-935855-2-5

175 pág.

6 euros



Jesús Cotta

Lo que ha llovido es el hermoso título de una selección en papel de dos años de entradas diarias en Rayos y truenos, el cuaderno de bitácora internáutico de Enrique García-Máiquez, que en esto del bitacoreo es uno de los grandes. Dado que el libro tradicional sigue conservando su prestigio frente a otros soportes, me alegro de que a un bloguero se le publique en papel lo que antes flotaba en la blogosfera. Obras como ésta confirman que el blog o cuaderno de bitácora es un género literario y no menor; y es de agradecer que caigan en la cuenta editoriales como Númenor, que tanto cuida sus ediciones. Para blogueros como yo, eso confirma que escribir a diario en un blog, tener ese contacto inmediato con el lector, someter a crítica pública o a silencio público lo que uno escribe, es una manera estupenda y arriesgada de escribir.

En su prólogo, el autor aclara que no es lo mismo escribir un diario que escribir a diario. Una bitácora, pues, no tiene por qué ser un diario, como mucha gente cree. En él cabe todo: artículos, relatos, reflexiones sesudas, exabruptos, novelas por entregas, confesiones, poesía... Pero, sin duda, lo que más le cuadra es el apunte, la pincelada, el bosquejo, la sugerencia, la anécdota, siempre con brevedad y con un toque personal.

El blog es además un estupendo taller literario y de lectura: el Nulla dies sine linea que decían los clásicos ha encontrado en el blog su lugar ideal, pues esas líneas llegan de inmediato al lector, sin intermediarios, y es el lector el que da su aprobación.

Con buen tino, el autor ha optado por no incluir en el libro los comentarios, muchas veces tan jugosos, de los lectores, porque habría sido difícil elegir qué comentarios se incluyen y cuáles no. Y esto contribuye a que Lo que ha llovido sea una obra distinta de Rayos y truenos.

Enrique García-Máiquez, articulista, traductor, antólogo y autor de varios libros de poesía (de los que destacaría Casa propia, en Renacimiento y léase aquí de paso un hermoso poema del libro que el autor publica en su blog), ha ido elaborando una obra deliciosa, que transmite luz y simpatía y que arroja sobre las personas y las cosas una mirada amable como el autor. Si uno está cansado de leer autores pesimistas que arremeten contra todo y que se dedican a criticar lo que no les gusta, que es casi todo, en vez de hablar de lo que les gusta, que es casi nada, en García-Máiquez encontrará justo lo contrario: un autor que incluso en lo que no le gusta encuentra algo que le gusta. Uno agradece libros como éste que no inviten al suicidio, sino al suivivio (y perdón por el palabro).

Lo que ha llovido está además impregnado de un amor muy grande por la poesía y la palabra, de simpatía hacia el otro, de una religiosidad natural y discreta, que ni hace alardes ni pide disculpas, de un exquisito gusto literario, de gestos humanos, de una fina ironía y, sobre todo, de la capacidad de no tomarse uno mismo en serio. Creo que esos son los autores más recomendables: los que saben reírse consigo mismos y de sí mismos. Los demás aburren un poco. Y creo también que muchos lectores acabarán compartiendo las miradas y experiencias y reflexiones del libro gracias al tono y a la forma con que el autor las presenta. Si la literatura tiene algún poder o algún deber, es ése de presentar lo bueno en su dimensión de belleza.

No se pierdan ustedes, por poner varios ejemplos escogidos al azar, la finura del 18 de abril, el tremendo 2 de junio, la poética del 19 de agosto y del 4 de octubre y del 10 de enero, la experiencia del 17 de julio, la propuesta del 20 de mayo y la del 14 de enero.

Con Lo que ha llovido uno se moja un poco, pero sale uno limpito, como cuando está recien duchado.

Contra el poder y la gloria

Los poemas del rey David

José Pérez Olivares

Tierra de Nadie, 2009

ISBN. 9788493653828

80 pág.

8 euros.

Alejandro Luque
No creo exagerar si afirmo que uno de los tres o cuatro mejores poetas cubanos vivos reside en Sevilla, concretamente en la orilla trianera, y responde al nombre de José Pérez Olivares. En España se dio a conocer con un libro deslumbrante, Examen del guerrero, en el que ya lucían con plena madurez su acento personal y sus temas predilectos: un verso despojado de ornamentos superfluos, fugitivo de la abstracción y del palabreo, que abordaba desde muy distintos enfoques los temas principales de la identidad, la libertad y el poder.
Sus entregas posteriores –Cristo entrando en Bruselas, Háblame de las ciudades perdidas, El rostro y la máscara– no hicieron sino profundizar en esta línea temática y estética, conformando un conjunto de enorme coherencia y notable enjundia. La fórmula más recurrente en la poética de Pérez Olivares (Santiago de Cuba, 1949) es el discurso en primera persona, en el que el poeta asume la identidad de personajes históricos, bíblicos, míticos o extraídos de la ficción cinematográfica para desarrollar sus consideraciones, aunque también es frecuente el uso de la segunda persona, a fin de comprometer frontalmente al lector e involucrarlo en el contexto del poema.
Las perversas tentaciones del poder, la dificultad de distinguir entre los rostros y las máscaras, la rebeldía y los sueños de emancipación, son algunas preocupaciones plasmadas en estas páginas. Tratándose de un autor cubano, resulta casi inevitable ver detrás de las figuras que encarnan a la tiranía a un viejo iluminado de barbas blancas y uniforme verde oliva que hoy mismo cumplirá 83 años. Tratándose también de un pintor además de poeta, no será difícil establecer conexiones entre la riqueza plástica de estos versos, cargados de imágenes poderosas, y el oficio de los lienzos y los pinceles. Pero todos estos lugares comunes se quedan en insuficientes reducciones cuando se aborda un libro como éste.
Por las páginas de Los poemas del rey David desfilan varios personajes que no resultarán extraños al fiel seguidor de Pérez Olivares: el Antoine Doinel de Los 400 golpes de Truffaut, el Gustav Von Aschenbach de La muerte en Venecia, Pigmalión, la bella Sunamita, Samuel, Lot, Isaac, Abraham... Rachmaninov y Mahler ponen la música, Malévitch la paleta, San Vicente el brazo incorrupto que es el de Cervantes y el de David blandiendo su onda. Eliseo Diego concurre, como siempre, proyectando su mirada de humanidad infinita sobre todas las cosas; Borges, con su pericia para dar vigencia al frío acervo cultural y transmutarlo en materia sensible.
Lo seguro es que los poemas de Pérez Olivares, sin impedir el flujo natural de la emoción, siempre se las apañan para dejar al lector cavilando apenas llega a sus remates, siempre rotundos. Nunca dejan de interpelar al lector, de obligarle a cuestionarse, de examinar sus valores y convicciones. Valga un botón de muestra: “Cualquier piedra/ sirve lo mismo para construir un templo/ que para matar a un hombre./ Pálpala con tus dedos insaciables./ Tómale el peso y piensa./ Piensa detenidamente/ cuál de las dos funciones/ le viene mejor”.
Son sólo 80 páginas, apenas una treintena de poemas, pero con mucho jugo, como se ve. Y sin embargo, también se va dejando entrever en la obra de este escritor santiaguero un ligero cansancio, la sensación de que una veta poética empieza a dar síntomas de agotamiento –después de sacar de ella los mejores brillos, desde luego– y que es hora de agarrar el machete y abrir nuevas sendas en el cañaveral. Quién sabe si las próximas entregas no abrirán para Pérez Olivares una etapa española, pues lleva afincado en nuestro país el tiempo suficiente como para propiciar esa necesaria evolución, o al menos un golpe de timón. Que la inspiración le siga acompañando, allí adonde se dirija.

12 agosto 2009

Una hermosa parábola rusa

Las tres preguntas
León Tolstói
Gadir, 2009
ISBN. 9788496974197
56 pág.
15 euros.
Trad. de Patricia Gonzalo de Jesús
Ilustraciones de Raquel Marín
Alejandro Luque

A la importante tarea de recuperación de clásicos que viene desarrollando la joven editorial Gadir, especialmente de maestros italianos (Buzzati, Pirandello, Morante, Vittorini) cabe añadir ahora una serie de libros infantiles merecedora de todos los aplausos. Si de la veintena de títulos lanzados hasta la fecha he escogido éste es, entre otras cosas, porque resume perfectamente la filosofía de la colección: recuperar relatos o escritos breves de grandes autores de la literatura universal, aptos para el público infantil pero también disfrutables para el lector adulto, adaptarlos con rigor y buenas traducciones e ilustrarlos lo más hermosamente que sea posible.
En Las tres preguntas descubrimos que León Tolstói, paradigma de escritor de larguísimo aliento, fue también artífice de deliciosas miniaturas. No es difícil imaginar que el hombre que concibió este cuento es ya el anciano de largas barbas canas que conocemos por varios retratos, el viejo hombre de campo que ha penetrado en la esencia del ser humano observando el trabajo duro de sus labradores –no es improbable que lo escribiera para ellos- como los ciclos de la naturaleza en las ramas de los abedules y en la tierra húmeda de Iásnaia Poliana. Esa sabiduría le dictará un texto que, como observa el propio editor, tiene algo de parábola bíblica, de relato oriental o de fábula moralizante, y que pone de manifiesto la hondura espiritual y filosófica que alcanzó el maestro ruso en el ocaso de sus días.
El protagonista es un zar que propone tres consultas a los sabios de su reino: ¿Cuál es el momento adecuado para cada tarea? ¿Qué personas son las más necesarias? ¿Cómo no equivocarse al decidir qué tarea es la más importante de todas? El poderoso gobernante recibe tantas respuestas como eruditos son consultados, pero ninguna aclara sus dudas. Finalmente, hallará la solución en el bosque, allí donde un viejo ermitaño habita un pequeña isba y cultiva un huerto. En este escenario, la acción aparentemente sencilla se complica un poco para desembocar en la lección magistral que, por motivos obvios, no revelaremos. Digamos tan sólo que remata una de las historias más lúcidas e instructivas que el lector pueda recordar.
La traducción de Patricia Gonzalo de Jesús y las bellas ilustraciones de Raquel Marín son dos alicientes extra de esta edición, que se acompaña de un modo espléndido en el catálogo con otras entregas dedicadas a Pessoa, Pushkin, Oscar Wilde, Zola, Virginia Woolf o Marguerite Yourcenar, entre muchos otros.
De modo que, padres responsables, no lo piensen: pongan de su parte en la difusión de la lectura y queden de paso como reyes con sus churumbeles. Sólo ustedes sabrán que, en realidad, el regalo se lo están haciendo a ustedes mismos.

11 agosto 2009

Urbanismo para después de una guerra

El hombre del traje gris

Sloam Wilson

Libros del Asteroide, 2009

ISBN: 978-84-9266-301-9

375 páginas

21,95 €

Traducción de Baldomero Porta

Prólogo de Jonathan Franzen


Manuel Haro

Greentree Avenue, un barrio residencial de Wesport, Connecticut, es un cruce de caminos donde las familias que lo habitan esperan trasladarse algún día a un mejor lugar. En uno de estos hogares viven Tom y Betty Rath con sus tres hijos. Tom es un veterano de la 2ª Guerra Mundial que vive acuciado por la necesidad de ganar más dinero y abandonar definitivamente el barrio. La muerte de su abuela paterna le hace heredar una casa con vistas al mar, pero la existencia de un viejo mayordomo, ligado a la familia desde siempre, hace peligrar este salto social al que su mujer no está dispuesta a renunciar. Además, consigue un empleo como publicista en una importante empresa, cuyo propietario, el señor Hopkins, conforma una especie de hombre hecho a sí mismo, con gran capacidad de trabajo y un indudable talento para conseguir lo que se propone, que Tom admirará desde el primer momento.

Este es, con un severo corte de pelo, el hilo argumental de El hombre del traje gris, novela que bascula entre el pasado y el presente de Thomas R. Rath. El pasado se vincula con la decadencia de una familia pudiente, con la muerte de un padre en accidente de tráfico después de volver de los campos de batalla de la Gran Guerra y con el sonido sordo e incesante de la propia experiencia del protagonista en la 2ª Guerra Mundial. Por otro lado, el presente, en sórdido contraste con ese tiempo dejado atrás, aparece moteado por la fatua necesidad de ascender socialmente a partir del hogar y el trabajo. Ese ascenso laboral enfrenta al hombre del traje gris con el recuerdo de su vida en Europa, de un color intenso, a veces dramático (la muerte en el campo de batalla), a veces poético (siete semanas junto a María, una italiana que le hará olvidar la cruda realidad de la contienda y a la que se dará con sincero amor), pero sin duda más vívido que su actual y gris existencia.

Sloam Wilson (Norwalk, 1920-Virginia, 2003) supo extraer de su propia experiencia como soldado en buques de marina durante la guerra la carne que palpita entre estas páginas. La novela El hombre del traje gris se publicó en 1955; su posterior adaptación cinematográfica con Gregory Peck como protagonista le permitió a su autor dedicarse por entero a la escritura, aunque ninguno de sus títulos alcanzaría tanto reconocimiento por parte de sus lectores. Con una escritura contrapuntística, que muestra magistralmente la imposibilidad de volver a la casilla de salida tras el bagaje brutal de la guerra, hace hablar a los vencedores-vencidos que tuvieron la oportunidad de volver: “Entre la paz y la guerra hay que trazar una línea clara; el pasado hay que olvidarlo”, pensará Tom. Ese contrapunto de la experiencia bélica que puede observarse en gran parte de la obra surge con fuerza en el crudo monólogo interior del personaje principal. La novela está repleta de diálogos agudos y brinda una visión veraz del mundo de la publicidad, el derecho y la especulación inmobiliaria (el capítulo XXI es un utilísimo opúsculo aún hoy de cómo funciona el negocio). Tal vez, como ocurriera con el film Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946), al final de la obra hay cierta concesión al sentimentalismo y una conclusión algo tendente a la redondez, lo cual no despoja de valor a una novela que se lee con entusiasmo y emoción.

La vuelta de los soldados estadounidenses a su país tras la 2ª Guerra Mundial vino acompañada de la promesa prometeica que se le hace a los vencedores: disfrutar del robo del fuego a los dioses olímpicos como festín ganado a la historia. Pero esto, para muchos, no fue así. Tal vez la clave la regaló el protagonista en estas palabras: “El secreto está en aprender a creer que vivimos en un mundo completamente inconexo, en un mundo demente en el que lo que ahora es verdad entonces no lo era”.

10 agosto 2009

Poética de la transgresión



Los trapos sucios

Mötley Crüe y Neil Strauss

Es Pop, 2009

ISBN: 978-84-936-8640-6

480 páginas

26 €



Alejandro Luque

Es posible –aunque poco probable– que usted jamás haya escuchado una canción de Mötley Crüe, pero no hay duda de que conoce perfectamente lo que representan. Tras la cortina de dulces vapores de marihuana y sueños filantrópicos que corrieron los años 70, la década de los 80 instituyó definitivamente una cultura que propugnaba el hedonismo individualista más radical. El cine, y la música con la irrupción del video-clip, no cesaron de recalcar que la felicidad era esto: mansiones con piscina y 'jacuzzi', chicas en bikini, corvettes aparcados en la puerta, joyas, ropa cara, 'jets' privados y una noción del éxito ceñida a la capacidad de vender y de adquirir. Por ese aro pasaron casi todos los músicos del momento, tratando de convencer al planeta de que la vida era una fiesta mientras la heroína, el paro y las guerras, de Las Malvinas a Nicaragua o Irán, hacían estragos por doquier.

Este libro quiere ser la biografía polifónica de un grupo de aquella época, pero no de un grupo más. Durante treinta años, Mötley Crüe ha llevado el viejo evangelio del sexo, las drogas y el rock and roll más allá de cualquier límite tolerable, y en ello descansa su fama y su leyenda. Aunque tienen un puñado de buenas canciones, nunca fueron los mejores músicos, ni los más duros, ni los más guapos: sólo los más transgresores. Y esas credenciales, en un mundo lleno todavía de mordazas, tabúes y miedo a la libertad, habría de reportarles mucho beneficio.

Estructurado en capítulos en los que cada miembro del grupo –y, eventualmente, algunos de sus colaboradores– van narrando sus peripecias en primera persona, Los trapos sucios narra el modo en que estos chicos californianos empezaron conquistando el circuito de clubes de Los Angeles con una rompedora mezcla de amigüedad sexual tomada del 'glam' (Bowie, T-Rex, Sweet, New York Dolls) y rabia 'punk'. Muy pronto quedará patente su condición de niñatos pendencieros, impresentables y autodestructivos, a los que el éxito arrastrará hacia un torbellino de alcohol, drogas y fornicaciones sin fin.

Resulta muy meritoria la labor en el libro de Neil Strauss, que no sólo pule los testimonios de unos y otros, sino que ordena la información con pericia de folletinista, enganchando al lector de un episodio a otro. Y no exageramos al decir que Los trapos sucios puede leerse como un dramón, porque entre polvo y polvo, entre pico y resaca, aquí pasa de todo: el cantante Vince Neil estrella su coche y mata al copiloto, un músico de los Hanoi Rocks, y luego pierde a su hija a manos del cáncer; el guitarrista Mick Mars vive alcoholizado, es sistemáticamente expoliado por todas sus ex-esposas y sufre una enfermedad degenerativa; el bajista Nikki Sixx acusa el veterano trauma de la ausencia del padre, pasa años abrazado a la heroína –narrados en el libro The heroin diaries, prueba de que no hay nada más aburrido que la vida de un yonqui–, descubre que tiene una hermana con síndrome de Down a la que no conoce y acude a verla cuando ya es demasiado tarde; y el batería Tommy Lee, con un largo historial de malos tratos a sus parejas, se salva de milagro de la sobredosis, de un terremoto y de un accidente con su instrumento volador, y tiempo después padece unos instructivos meses de cárcel.

En efecto, leyendo estas páginas uno piensa en los personajes de la ópera prima de Juan Carlos Fresnadillo, Intacto, que sobrevivían milagrosamente a todas las catástrofes como si estuvieran tocados por una indulgente divinidad. Los cuatro miembros fundadores de Mötley Crüe son eso, supervivientes privilegiados que pusieron todo de su parte para vivir deprisa y morir jóvenes, pero a los que se negó el capricho de tener un bonito cadáver.

Eso sí, la supervivencia más heroica del grupo es la que se refiere al mercado. Porque, después de la abusiva ola 'sleazy' de finales de los 80, la moda del grunge barrería sin piedad a todas aquellas bandas californianas: llegó a la fiesta Kurt Cobain y mandó parar. A Mötley Crüe, esta nueva hegemonía del desasosiego y la introspección les tocó, como a muchos, en el punto álgido de su carrera, e incapaces de reciclarse a tiempo fueron expulsados al purgatorio durante una buena temporada. No obstante, fieles a su costumbre de flotar en todos los fluidos, volvieron el año pasado con un nuevo disco, irónicamente titulado Saints of Los Angeles, y unas ventas nada desdeñables para los tiempos que corren.

Quienes busquen en estas páginas detalles de la vida privada de los músicos también los encontrarán, con pasajes especialmente enjundiosos de sus romances con Pamela Anderson, Bobby Brown, Heather Locklear, Vanity y algunas de las actrices porno predilectas de cualquier aficionado. Tampoco saldrán defraudados los interesados en cotillear las puñaladas traperas que unos músicos y otros se han repartido a lo largo de su carrera, pues entre las lecciones poco o nada edificantes de los Crüe también está la de la deslealtad. Y puede que tal vez aprendan algo quienes quieran saber cómo funciona una banda y una discográfica a los niveles que nos ocupan.

Esplendentes de lejos y repulsivos de cerca, con más dinero que moral y menos vergüenza que talento, cabe agradecerles a los Mötley Crüe que hayan querido ahorrarnos las clásicas explicaciones freudianas para su pésima conducta, aunque algo de eso haya, y la excesiva literaturización de sus andanzas, aunque algo haya también. Han escrito el relato más sincero y descarnado que podría exigírseles, y eso hace de Los trapos sucios una lectura fundamental en la vasta bibliografía del rock. Una letra al final del volumen resume bastante bien el espíritu que ha movido sus auges y sus caídas: “Gasté un millón de dólares en anfetaminas/ estrellé muchos coches/ me follé a todas las actrices estúpidas de Hollywood/ porque pude, porque pudimos...”.

07 agosto 2009

Sangre y nieve

Aurora boreal

Åsa Larsson

Seix Barral, 2009

ISBN. 978-84-322-2851

300 pág.

18,50 euros.


Jesús Cotta


Aurora boreal, que lanzó a la fama a su autora Åsa Larsson (no confundir con Stieg Larsson), es una novela de intriga y crimen un tanto peculiar, donde casi importan más las motivaciones y el carácter de los personajes que la intriga misma, la cual parece más bien una excusa para presentar una galería de almas unidas por secretos oscuros y dolidas por su pasado, con un toque de adolescentes traumatizados por sus padres.
La autora se apresura en mostrar el crimen al principio del libro, como en tantas novelas policíacas, pero luego se demora en dar las pistas que nos conduzcan al culpable, mientras nos lleva de un personaje a otro hacia un final que la protagonista habría sido incapaz de adivinar al principio y con el que la autora los deja a todos en su sitio.
Si se me permite la ligereza, diría que es una obra con un escenario bastante sueco, lo que es un aliciente: los muebles son de Ikea; las casas están alejadas unas de otras y acosadas por una nieve omnipresente, bajo una aurora boreal inquietante y cancerígena; los perros son también personajes de la novela y resultan más simpáticos que los niños, difíciles y un poco malcriados, los cuales, a la primera de cambio, parecen dispuestos a denunciar a los adultos por desamparo; los personajes tienen dificultades para expresar sus sentimientos con naturalidad; todos están divorciados o separados o viven solos sin saber gestionar bien sus sentimientos...
La trama se desarrolla en un pueblo del norte de Suecia, con poco sol y mucha noche, donde un grupo religioso dirigido por líderes carismáticos han levantado una iglesia de cristal. Uno de esos líderes es asesinado y su hermana resulta sospechosa. Su amiga Rebecka, abogada en un bufé prestigioso, como lo fue la autora, intentará salvarla con la ayuda de una policía embarazada que, si no fuera porque dice muchos tacos, parece, allí en medio de tanta nieve, un calco de la genial policía embarazada Marge de Fargo, de los hermanos Coen.
Como dice la autora, “todo lo que no se dice es lo que delata a una persona” y es con esos silencios como la autora nos hace sospechar de unos personajes o de otros.
Así pues, asesinos escondidos en apariencias honorables, nieve, sangre, misticismo, pasajes de la Biblia para enmendar la plana a unos pastores demasiado amigos del dinero, notas con amenazas, complicidad de buenas amigas, abusos sexuales a menores, el recuerdo traumático de un aborto y el parto final de la mujer policía son los ingredientes de una novela digna y amena para el verano.
Que la disfruten ustedes.

05 agosto 2009

Voces desde el tintero

El hombre mojado no teme la lluvia

Olga Rodríguez

Debate, 2009

ISBN 978-84-8306-826-7

345 pág.

22 euros


Ilya U. Topper


La lectura de este libro produce una sensación similar a la que podría sentirse cuando a uno le golpean en la cabeza con la colección completa de los ejemplares de El País de los últimos cinco años, dominicales incluidos. El trauma, por supuesto, es más duradero.
“Voces de Oriente Medio” es el subtítulo que Olga Rodríguez (León, 1975) ha elegido para este libro, y resume muy bien el contenido. Un miembro de la resistencia iraquí, un guerrillero palestino, una actriz siria, un cantautor ultraortodoxo judío, un comerciante libanés, una islamista egipcia, un pacifista israelí... son algunos de los personajes que pueblan este libro, cuentan su visión del mundo, de los conflictos que revuelven Oriente Próximo, todos interconectados, todos difíciles de desentrañar.
Olga Rodríguez desentraña estos conflictos, y ahí reside uno de los méritos del libro. Las voces de los personajes se acompañan de explicaciones concisas del contexto, fechas históricas, procesos políticos.

Quien sobrevive a las 345 páginas, emerge con una imagen completa, exhaustiva y nítida de los conflictos sociales, religiosos y diplomáticos que convierten hoy en avispero el paisaje entre El Cairo, Beirut y Bagdad (el capítulo dedicado a Afganistán, por supuesto interesante, no da espacio a trazar las coordenadas del conflicto con el mismo detalle que los demás, mucho más relacionados entre sí). Cabe resaltar la buena letra de la autora: quien firma esta reseña es famoso por subrayar con grueso rotulador rojo el mínimo error, la menor desviación de los hechos, la simple omision de un dato importante. Y conste que el libro en mi mesilla sigue sin una raya. Es raro encontrar una obra periodística cuidada hasta este punto (para que ustedes vean cómo de tiquismiquis me puedo poner, ahí va el único error que encontré: Inbal Perlson, quien murió en una riada cerca del Mar Muerto, junto al militante palestino Elías y al religioso judío Yohanan, no fue redactor sino redactora del AIC; vestía minifaldas, dicen. Coincidirán conmigo en que no vale la pena desencapuchar el rotulador). En resumen: este libro debería ser lectura obligada para cualquier cooperante, corresponsal o viajero con intereses políticos que se quiera acercar por primera vez a la tan castigada parte oriental del Mediterráneo.
Para lo que el libro no sirve es para regalo de cumpleaños o lectura de playa. No es un libro de aventuras. Qué duda cabe que Olga Rodríguez se ha visto en mil peripecias durante sus recorridos por conflictos civiles e inciviles. Pero quien espera encontrarse alguna anécdota, va equivocado. La autora es fiel al libro de estilo de El País: “Si las dificultades encontradas a la hora de realizar un reportaje contribuyen a hacer entender éste, se cuentan. Si no, se omiten”. Olga Rodríguez los omite: juzga que poco hay que pueda hacer entender mejor los conflictos que la propia voz de sus protagonistas. Intenta darles vida contando los detalles cotidianos, el día a día que ella intuye en sus historias, el ambiente (tan humano, tan poco distinto a nuestras propias vidas). Pero lo hace sin literatura: no es fácil casar el reportaje de buena hechura con un estilo de novelista (pero no es imposible, como demostró Miguel-Anxo Murado con su Fin de siglo en Palestina). El hombre mojado no teme a la lluvia es, en fin, un único largo reportaje. Son las mil historias que la periodista se dejó en el tintero trabajando para radio y televisión (una vida no cabe en una noticia de 20 segundos; en un libro sí).
Y no llega más allá, aunque no se puede decir que no lo intente: aquella conversación en la que sale a relucir la vida sexual (inexistente) de los jóvenes activistas palestinos (“ninguna chica querría acostarse conmigo y yo tampoco iba a dejar que ella se despojara de su honor de esta manera”) hace intuir que hay otra vida que contar tras las circunstancias políticas, que no todo el conflicto de Oriente Medio son tanques y piedras y policías, que falta por escribir un reportaje igual de largo sobre la represión de la propia sociedad y quienes se rebelan contra ella (que no siempre son los mismos que se rebelan contra los tanques y las policías). La jornada ajetreada de una enviada especial en los conflictos probablemente no haya dado para más.... de momento. Quizás, la materia para ese libro, igual de necesario, se acumule ya en el tintero de la autora.

Un novelista valiente

Indignación

Philip Roth

Editorial Mondadori

ISBN: 978-84-397-2163-5165 páginas

176 páginas

17,90 euros


Javier Mije

Ciertas novelas defraudan las expectativas de sus posibles lectores -¿ingenuos, desinformados?-, cuando acuden a ellas buscando una mentira que los acune plácidamente durante unas horas y se topan de bruces con una verdad que los abisma al insomnio. El arte es un velo que se descorre para hacernos sentir las cosas, más que un entretenimiento para aplazarlas. Esta advertencia es del todo baladí para la legión de seguidores –por mucho que pese a algún conspicuo monaguillo metido a crítico- de Philip Roth: toda su obra parece diseñada con el fin de meter el dedo en la llaga de aquello –miserable o excelso- que nos hace como individuos y nos constriñe como sociedad. Roth duele y conmueve a veces -¿recuerdan Patrimonio, esa gigantesca novela sobre el derrumbamiento de la figura paterna?- por los espejos tan cruelmente iluminados con los que nos enfrenta. No tengo una respuesta -¿acaso la convicción de que la literatura, anunciada la muerte de Dios (larga agonía, la suya) y el fin de las grandes ideologías, es la única fraternidad que nos queda? – para argumentar la enorme felicidad con la que, paradójicamente, uno sale de estas grandes tragedias.
Indignación cuenta la historia de Marcus Messner, un joven judío hijo de un carnicero kosher al que el estallido de la guerra de Corea y de sus propias neuronas conduce a una preocupación histérica: la obsesión por la muerte o el descarrilamiento de Marcus. Espoleado por la enfermiza vigilancia del padre Marcus cambia de universidad, y de la Neward natal viaja hasta Winesburg, Ohio, escenario de un comprimidísimo Bildungsroman. En Winesburg Marcus conoce el amor de Olivia Hutton, una mujer tan hermosa -también yo creo haberme enamorado de ella sólo por la forma en que Roth la describe- como perturbada, y en sucesivos incidentes de consecuencias catastróficas -“la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado” es uno de los temas de la novela- se enfrenta a las conservadoras autoridades universitarias representadas por el decano Harris D. Caudwell.
Con estos mimbres argumentales y su habitual estilo directo, enérgico, sin florituras, deliciosamente narrativo, Roth ha vuelto a escribir una obra maestra. Marcus Messner recuerda al Coleman Silk de La mancha humana. Enfrentado a su familia y a la institución académica –metáfora del país, apócope del mundo- por defender su libertad, acosado en su identidad por la tiranía de las convenciones y de todo lo que se supone recto, ambos tienen las hechuras del héroe trágico; ambos revelan las contradicciones, fariseísmo y papanatismo –otra vez en Roth el sexo como elemento perturbador de los bienpensantes- de una sociedad antes de ser aplastados por ella. En las novelas de Roth la Historia rara vez es un mero decorado: la Historia es el escenario. En vano Marcus se propone eludirla –esto es, no ser enviado como soldado raso a la guerra de Corea- esforzándose en sus estudios. ¿Qué torcerá su destino? ¿La mamada –una de las palabras fetiche del autor- recibida en un coche? ¿Ser diferente a la mayoría de sus compañeros de campus? Frío, frío. Lo condena su negativa a asistir obligatoriamente a los servicios religiosos de la universidad. He aquí otra de las diatribas antirreligiosas, marca de la casa, con la que no me resisto a terminar esta reseña: “¡No podía creer como un niño en una deidad estúpida! ¡No podía escuchar sus himnos lameculos! ¡No podía sentarse en su sagrada iglesia! Y las plegarias, aquellas plegarias con los ojos cerrados…¡Una putrefacta y primitiva superstición! ¡Locura nuestra, que estás en el cielo! ¡La ignominia de la religión, la inmadurez, la ignorancia y la vergüenza de todo ello! ¡Lunática piedad acerca de nada!”
¡Ay!, ¿qué hubiera escrito el señor Roth si hubiera nacido entre nosotros?