30 noviembre 2009

Sin spoilers

Fin

David Monteagudo

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-92649-23-5

352 pág.

19 euros





Carolina León

Una llamada de teléfono y una invitación. Del pasado llega una propuesta para celebrar los veinticinco años de cierto “evento”, entre viejos conocidos que formaban una pandilla de amigos. No hay datos ni detalles ajenos a la escena, no interfiere la voz narradora en nada que no se produzca -ficción mediante- en la superficie de la situación. Ni psicología ni penetración metafísica, por más que nos apeteciera entender desde el interior qué tipo de inquietud ha asaltado a ese personaje que atiende a una voz desconocida al otro lado del hilo, que se comporta extraño, revuelto, que discute de pronto con su mujer a cuenta de la inoportuna llamada.

La reunión se fija en alguna noche veraniega de luna nueva, en la que nueve personajes se reencuentran en el mismo lugar en que vivieron aquella otra noche “mágica”, un refugio de montaña. Los personajes, prácticamente desconocidos entre ellos, intentan en vano generar cierta naturalidad, tratarse como los colegas de la pandilla que fueron. Desde muy prontito asistimos al rebrote de extraños rencores, y al peso sobre las conciencias de un “secreto” o cosa semi oculta que escuece más o menos a todos por igual. En el momento en que empiezan a crecer las tensiones, algo sucede.

Y hasta aquí podemos leer.

Porque, consciente o inconscientemente, en el desarrollo de esta novela (toda ella “trama” o toda ella “evento”), uno no puede evitar pensar en su parecido con una serie televisiva. Con una de estas series inteligentes y bien armadas, en las que los acontecimientos se arrastran uno a otro y el espectador queda enganchado desde el episodio piloto (aquí, a lo mejor, esa llamada de teléfono que ya contiene las claves de mucho de lo que va a contarse después). Por ello, porque el argumento es de tanto peso en Fin, no podemos contar mucho más.

Pero sí podemos contar cómo se pasa.

Se pasa bien, exageradamente bien. Con ese arranque, vamos asistiendo a un desarrollo tan minucioso como inquietante, tan hecho de aristas como de misterios. No es que se escamotee la información: es que el lector está sometido, obligado a mantenerse en un puesto de vigilante, sin una situación espacial definida pero eso sí, sin capacidad de acción ni intervención. Todo lo que nos es dado hacer, es dejarnos guiar por una voz narradora precisa, externa, carente de implicación. Y, con ella, mirar, escrutar, tratar de interpretar los gestos, las pocas pistas, las entonaciones de los personajes, registradas prácticamente sin comentario.

Eso construye esta novela. Eso la hace especial y consigue envolver al lector como en una de las más inquietantes ficciones de los últimos tiempos (el eco de Perdidos es constante, pero lejano). Fiel y despiadado, el narrador no se involucrará jamás, y no va a darnos más información que la que registraría una cámara de seguridad. Lo intento una vez más: es como si la narración fuese la descripción de grabaciones por parte de un vigilante sin mucha imaginación.

Es posible que ese sea el principal (o quizá único) defecto del libro. La prosa-grabación es a veces poco original, o cae en fórmulas gastadas. No se permite metáforas y dislocaciones que suelen hacer más grata cualquier lectura. Es registro correcto y hasta elegante. Todo lo más “personal” del entramado gramático está en las conversaciones: abundancia, bastante bien cosida, de diálogos entre los personajes. Pero, al mismo tiempo, es una narración cuyo ritmo, cuya capacidad de atrapar ¡no decae prácticamente en ninguna página! Es la tradición de la mejor narrativa clásica y es, a la vez, la mejor narrativa televisiva. Y es una novela impecable.

Están, además, docenas de temas interiores, latentes. Se nos van a contar muchas cosas en su desarrollo, pero es sobre todo una novela sobre la pequeñez y la estrechez mental del hombre/la mujer actual. Una novela sobre “el miedo”. El regusto final es un tanto agridulce, pero si desentraño más estropeo la fiesta. Así que lo dejaremos aquí: el primer trabajo de un recién llegado a la literatura (o eso se dice del autor en la solapa del libro) es un magnífico artefacto narrativo que no pretende una revolución estética, aunque sí puede revolucionarte un suculento fin de semana.

27 noviembre 2009

Recobrando la fe en la poesía

Biblia de Pobres ("Biblia Pauperum")
Juan Manuel Roca

Visor, 2009.

ISBN: 978-84-9895-729-7

82 páginas

10 euros

IX Premio Casa de América de Poesía Americana

Juan Carlos Sierra
Como en un libro de poemas desvelar sus últimas líneas no traiciona normalmente la curiosidad o las expectativas del lector y no suele restarle eficacia a su trama narrativa –en caso de que la tenga-, creo que no cometo ninguna fechoría literaria si apunto a continuación, para empezar esta reseña, los versos finales de Biblia de Pobres (“Biblia Pauperum”), el último libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca. Dicen así: “Entre las rectilíneas carrileras del poema/ Hay un tesoro a punto de ser encontrado,/ Un milagro a punto de ocurrir./ En este poema regresan al país los desterrados”.
Si comienzo por el final, no es por un prurito de snobismo u originalidad, sino porque quizá en estas líneas se encuentra resumido el espíritu del resto de versos que compone esta Biblia de Pobres. Por un lado, cada uno de los poemas es un milagro en sí, un tesoro literario, un hallazgo lírico poco frecuente en la poesía contemporánea en lengua española, sobre todo si miramos dentro de las fronteras de la metrópoli. Por otra, en esta colección de poemas, siguiendo la tradición medieval de la ‘biblia pauperum’ –“grabados xilográficos anteriores a la imprenta, realizados con el fin de que circularan entre la gente desposeída”, según se explica en la contraportada del libro-, Juan Manuel Roca se afana en dar voz a los desterrados, a los desposeídos, a los parias de la sociedad, especialmente la colombiana, que naufraga en una nada alentadora abundancia de injusticias de la más diversa calaña. Y entre esos parias, en un plano más íntimo, el personaje poético, en una inercia solidaria que arranca al poeta de su torre de marfil para sumarlo literal y literariamente a la masa de los que no las tienen todas consigo.
En cualquier caso, el valor primordial de la literatura desplegada por Juan Manuel Roca en Biblia de Pobres no se halla en este último asunto, ya que de todos es conocido el escaso rendimiento poético que en manos más torpes o inexpertas suele sacarse de un material de este calibre, independientemente de la geografía en la que se hallen enraizadas las desigualdades. Lo sorprendente de este libro reside en la versatilidad y maestría con que se maneja Juan Manuel Roca con el lenguaje poético.
Lo deslumbrante y lo milagroso en los poemas de Biblia de Pobres se consigue fundamentalmente a través de un uso audaz y tremendamente productivo de la metáfora más pura, pero sobre todo de los recursos metonímicos, particularmente la sinécdoque. A esto hay que sumar el juego que permite la dilogía, el cruce de planos –realidad y ficción o imaginería, lo íntimo y la calle, lo privado y lo público,…- y la ironía. Para muestra, el botón que ofrece el poema ‘Retrato del autista adolescente’.
Este esfuerzo por exprimir las posibilidades del lenguaje se alimenta además de la capacidad del poeta colombiano para acertar en la creación de vocablos tejidos a la medida del poema –recordemos que en poesía cada palabra es decisiva- o para retorcerle el cuello a la sintaxis cuando la lengua común no es capaz de cubrir sus necesidades expresivas.
Un festín poético, una despliegue orgiástico-lírico, en definitiva, que contribuye a recobrar la fe en la palabra poética más auténtica.

26 noviembre 2009

Por la senda de Kipling

La bailarina y el inglés

Emilio Calderón

Planeta, 2009.

ISBN. 978-84-08-08924-7

312 pág.

21 euros.



Alejandro Luque


Concebir una novela a la antigua usanza, de esas en las que suceden cosas; y ambientarla nada menos que en la India, en el periodo colonial inmediatamente anterior a su emancipación del Imperio británico, es una verdadera temeridad para cualquier escritor que no tenga la suerte de llamarse Rudyard Kipling. El finalista del premio Planeta 2009, Emilio Calderón, ha querido asumir este desafío y sale airoso de él con La bailarina y el inglés, una ambiciosa novela que bien podría leerse como un implícito homenaje al autor de Kim y El libro de la selva.

De entrada, con La bailarina y el inglés cabe hablar de dos novelas en un solo volumen: una primera mitad que transporta al lector a ese mundo exótico de elefantes y marajás, a modo de fresco de época generoso en datos fidedignos y bien documentados detalles, y una segunda donde la acción se dinamiza hasta entrar de lleno en los predios del thriller.

El inglés del título es el superintendente Masters, policía accidental y amante de las citas sentenciosas, nacido en la India de padres británicos –como el propio Kipling, que vino al mundo en Bombay-, obsesionado hasta la idealización con el hecho de no haber pisado nunca Inglaterra, y con ese complejo de desarraigo que Pérez Domínguez llamaría precisamente el síndrome de Mowgli.

La bailarina, cuya presencia en las primeras 150 páginas de la novela es casi testimonial, recibe el nombre de Lalita Kadori. Se trata de una devadasi, casada con un dios siendo muy niña y prostituida por los sacerdotes hindúes y miembros de las castas altas, cuya posición le permite no obstante acceder a los libros y, con ellos, a un sentido crítico muy avanzado para su época. El contexto en el que ambos personajes se encontrarán es de enormes tensiones sociales, un país que asemeja una gigantesca olla a presión entre la feroz represión británica y los movimientos a favor de la no violencia capitaneados por el Mahatma Gandhi, y a cuyos graves conflictos internos vienen a sumarse las tentaciones invasoras de las tropas japonesas.

Probablemente, uno de los grandes aciertos del libro es su huida de los cauces narrativos lineales y la apuesta por la hibridación de géneros, lo que permite al escritor malagueño demostrar su raza de contador de cuentos. Así, el hilo argumental de la novela se va desenrollando salpicado de abundantes digresiones, entre las que cabe todo, desde las anécdotas históricas a los guiños intertextuales o las fábulas morales.

Y cuando ya la narración discurre con fuerza por ese cauce, el robo de unas joyas y el misterioso asesinato del cazador Lewis Wilson, amigo de Masters, corregirá su curso hacia una intrincada trama política. Todo ello hará que esta novela complazca por igual a los seguidores habituales de un Jorge Bucay y a los amantes de la intriga a lo Conan Doyle, así como a aquellos que busquen una lectura algo más robusta, por ejemplo un E. M. Forster, al que por cierto se cita en varias ocasiones.

Pocos reproches pueden hacerse a la prosa limpia y eficaz de Calderón, aunque alguno siempre cabe: la circunstancia de que todos los personajes, indios o ingleses, se avengan al mismo tono de voz uniforme, excesivamente homogéneo, resta cierto relieve al conjunto; por otro lado, la ingente información que maneja el autor no siempre se muestra del todo disuelta en el caldo de la historia, como es preceptivo en la cocina de la narrativa de corte histórico. Claro que si estos matices fueran tan asequibles, apenas tendría mérito llamarse Rudyard Kipling.

[Publicado en la revista Mercurio]

25 noviembre 2009

El escritorio penitenciario

Kafka y el holocausto

Álvaro de la Rica

Editorial Trotta, 2009

ISBN: 978-84-9879-04

142 páginas

13 euros




Javier Mije


La existencia es injusta y sus atributos están desigualmente repartidos. Si en cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza, si como escribió el lúcido Bernhard tocamos a calamidad por barba, y esta mañana se levanta usted el cráneo y no halla más que una ligera migraña es sin duda por un desajuste estadístico del tipo avícola –esto es, si usted se ha comido dos pollos y yo ninguno en el recuento resulta que nos hemos zampado uno cada uno-. Pues bien, si su cabeza está desprovista de desastres (pero no lo creo), si como dice un horripilante anuncio, no hay en ella más que mujeres y caspa es porque, en lo referente a las catástrofes, Kafka se comió la granja. De todas ellas una de las más frecuentada por la crítica es la que resulta del conflicto entre la literatura y la vida. No podía ni quería vivir sin mujeres. Es abrumador el tiempo que empleó en conquistarlas, marearlas y abandonarlas. Confió en el matrimonio como única tabla de salvación para su complicadísima situación familiar. Pero en su torturada percepción ese compromiso era incompatible con la escritura. Escribir equivalía a morir, casarse con Felice, Dora o Milena era abrazar la vida. Kafka eligió morir: “si no escribiera yacería en el suelo, digno de ser barrido”, afirmó en carta a Felice poco antes de concebir al personaje que corrió esa misma suerte al metamorfosearse en insecto. Para Canetti, “el hecho concreto de no poder vivir la vida y escribir a un tiempo, esa imposibilidad, le degrada y es la que se expresa a través de la imagen del escarabajo”. La reducción de su horizonte vital a la escritura lo convierte en culpable. No es extraño que el reo de En la colonia penitenciaria sufra el tormento de una máquina que escribe sobre el condenado hasta matarlo. Kafka estaba hablando de la escritura que mata. Tenía 40 años cuando la tuberculosis lo fulminó. Resuelta la catástrofe humana correspondiente a esa privilegiada cabeza se inició la leyenda kafkiana.
Kafka y el holocausto es un interesante, elaborado y comprometido ensayo. Un libro de libros, como señala Álvaro de la Rica, compuesto con los descubrimientos de otros autores y por sus propias contribuciones al torbellino de la interpretación de la obra del escritor de Praga. Kundera acuñó el término kafkología para referirse a la hermenéutica kafkiana. Kafkología quijotesca, añadiría yo, si aceptamos que la grandeza de obras como Ante la ley, El castillo o El proceso deriva parcialmente de su ininteligibilidad. Kafka es sobre todo un estilo narrativo. De la Rica analiza su técnica en los siguientes términos: en un contexto cargado de elementos increíbles contrasta la visibilidad de las imágenes, la claridad del estilo, con la imposibilidad de comprensión. Si la alegoría establece un paralelismo entre un sistema de imágenes y unos pensamientos abstractos, Kafka supera lo alegórico: “la alegoría dice una cosa por medio de algo distinto, descontando que ese algo distinto no tiene la mayor importancia en sí. En la obra de Kafka, en cambio, lo que tiene importancia y valor son las imágenes concretas”. Uno de los rasgos de lo kafkiano resultaría de que esa visión no es la traducción de nada. No remite a nada. Otro es su carácter profético, no tanto porque anticipara o convocara mediante su mención los demonios del totalitarismo, sino en el sentido de que su obra desvela lo oculto. Para Hannah Arendt las narraciones de Kafka retratan los abusos de un poder omnímodo en contra del individuo. “La maldad de ese mundo es su arrogante pretensión de ser una necesidad divina. Kafka se propone destruir ese mundo reflejando con brutal claridad su horrible estructura”. Estas tenebrosas instancias del poder atemorizan al hombre, y son para la filósofa alemana la protesta de Kafka al legalismo judío: la presión de la Ley, el sentimiento de culpa y la denuncia de una sociedad que se convierte en representante de Dios en la tierra.
Es precisamente cuando el ensayista expone sus ideas religiosas, para iluminar con la obra de Kafka algunos preceptos católicos, cuando a este reseñador le resulta difícil seguir manteniendo un diálogo fructífero con su texto. No entiendo por qué “el matrimonio es el único modo real en el que el hombre y la mujer, al unirse, cuerpo y alma mutuamente entregados, transmiten la vida”. Ni puedo estar de acuerdo con el aserto bíblico “según el cual el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Tampoco, si recuerdo el rostro de Rouco Varela o el comportamiento de la Iglesia Católica -con sus muy honrosas excepciones- durante nuestra Guerra Civil, puedo aceptar sin más que “nunca ha resultado fácil encontrar sacerdotes que defiendan abiertamente la mentira y el orden de lo necesario”. No estoy seguro de que convengan estas afirmaciones dogmáticas a un libro de Literatura Comparada que, por lo demás, he leído con gusto y provecho.

24 noviembre 2009

¿Dónde colocamos al poeta?


La casa roja

Juan Carlos Mestre

Calambur, 2008

ISBN: 978-84-8359-035-5

168 páginas

15 €





Alejandro Luque

Por más vueltas que le doy, ustedes me perdonan, no consigo recordar quién dijo aquello de que la poesía demasiado críptica es como un regalo al que olvidamos quitarle el precio. Independientemente de su autoría, me gusta citar esa frase porque revela una gran verdad. La poesía, el arte en general, están superpoblados de oscuros de profesión empeñados en vendernos a buen precio sus tinieblas sin pies ni cabeza, y a multitudes dispuestas a comprarlas y aplaudirlas sólo porque no las comprenden. No me hagan citar obras, que me sublevo. No me hagan dar nombres, que me comprometen.

¿Por qué, entonces, salté de mi silla con una especie de ¡ole! en los labios cuando supe que Juan Carlos Mestre había ganado el Premio Nacional de Poesía, precisamente por el libro que nos ocupa? Vayamos por partes. Mestre es un poeta críptico; a ratos, inasequible. Pero son muchas las virtudes que le adornan y que le salvan. De hecho, es un caso ejemplar para enseñar a distinguir a un poeta -aunque sea un poeta oscuro- de un timo.

No es sólo su lenguaje, riquísimo, y su buen oído para el verso. No es sólo su inagotable capacidad para crear imágenes asombrosas e inesperadas asociaciones. Tampoco sus acertadas alusiones a fuentes muy diversas, esa heterogénea genealogía que Mestre pone de manifiesto incluso cuando no invoca referentes concretos, porque sabe de dónde viene y parece intuir bastante bien adónde va.

Hay algo más: un sentido del humor inteligente atraviesa el libro sin reñir con la hondura ni la sensibilidad. Y hay también compromiso, conciencia crítica, voluntad de ir más allá de la contemplación de la realidad desde la vetusta torre de marfil, de penetrar en ella, de intervenir para transformarla. El poeta aparece en este libro como una figura que todos sabemos necesaria, pero ignoramos para qué, ni dónde colocarlo: aunque no parece encajar en ninguna parte, al menos nos recuerda que tenemos alma y nos obliga a ejercitarla un poco.

Por Júpiter, camaradas, algo debemos haber hecho mal para que la gente sensible se aburra ya de escucharnos. ¿O es que acaso deberíamos tirar confeti en los recitales?”, leemos en "Lince ibérico". El libro está lleno de estas sutiles ironías, pero también de reflexiones que son mazazos en el entrecejo de la conciencia, verbigracia: “La comprensión del crimen es otra forma más exacta de crimen”. O este otro pasaje: “No importa que ustedes no sepan quién soy, un poema no es una misa cantada. Ya sé que la sinceridad esta reñida con lo verdadero y que la filosofía no tiene clientes. Quedan advertidos, las rosas de la realidad andan con los pies torcidos”. ¡Toma que toma!

Sólo un pero le pongo a La casa roja, aunque sea con boca chica y casi con apuro: su extensión. No sabemos por dónde habría que cortar, porque el tono general del libro es excelente; tal vez habría que haberlo dividido en dos poemarios. Y tampoco es que creamos a pies juntillas aquello de lo bueno si breve, pero hasta lo excelso puede resultar abrumador. No hay que correr nunca el riesgo, como diría el maestro Quiñones, de acabar comiendo miel con un cazo.

23 noviembre 2009

Artistas de la vida

El pabellón azul

Ramón Pernas

Tropo Editores, 2009

ISBN: 978-84-96911-15-4

211 páginas

18 euros






Carolina León


Un libro en el que, en apenas doscientas páginas, se repasa una vida, desde la perspectiva de la vejez, apela a nuestros prejuicios y los pone a preguntarse si de ahí se puede esperar una buena novela. Sin embargo, si a esa vida -motor, tema, argumento- le ponemos trashumancia, circo, vida en la cuerda floja, emigración, descubrimiento de nuevos mundos y nuevas capacidades, viajes, tradición y lazos afectivos, empezamos a manejar asuntos más atractivos y ya pueden empezar a callarse aquellos (prejuicios). Si a esto se le une un pulso narrativo organizado desde la memoria, de confección sencilla, casi humilde, y de inspiración sentimental y nostálgica, con un personaje narrador esperando los últimos días de su vida y la visita del mayor de sus hijos, repasando desde la infancia los trayectos y estancias, el resultado ya puede ser una lectura con frescura, elegancia y posibilidades de aprovechamento para cualquier lector sensible.

Y El pabellón azul es muchas cosas en su corta duración. Es una novela de memorias -los temas que recorren como ríos una vida, difuminados o engrandecidos por la distancia del espacio y el tiempo-, y como tal puede leerse como el recuento de las estampas dentro de un álbum fotográfico familiar.

Es un relato de ambiente nómada, y en ese sentido puede entenderse como novela de viajes e incluso road movie (en fin, road novel, pero con carromatos): el viaje es en sí otro personaje, a lo largo de toda su duración (novela identificada a una vida) y es el sino de la existencia de Augusto Bordino, protagonista y narrador, hijo de titiriteros y domadores de caballos, cuyo trayecto vital está marcado por el circo, la ausencia de plaza fija, las actividades artísticas (pasa de hablar con los osos a proyectar cine, a tocar acordeón, a cantar y bailar tarantelas para los emigrantes en Argentina, a dirigir una función de payasos y enanos, a producir espectáculo teatral en sala estable...). Todo el libro está lleno de una visión cariñosa, pero no apocada, sobre el pequeño gran arte. Al mismo tiempo, con ese viaje incesante se relatan las transformaciones de todo un siglo y los profundos cambios de paradigmas para las personas que lo vivieron.

Puede entenderse como relato de emigración, así como de saga familiar. Los protagonistas van sumando etapas, trasladándose de un lugar a otro y probando nuevas opciones de subsistencia, siempre en marcha y siempre implicando la imaginación para encontrar una nueva forma de salir adelante. El viaje los lleva a cruzar el mar y probar suerte en el país de las oportunidades, Argentina, y así se integran más temas aún, como el de los de los viejos europeos en el nuevo continente.

Es, también, una novela de freaks. Un término completamente anacrónico tratándose de un libro de factura tan clásica pero, en el interior, uno de los temas mejor y más transitados es el de la nueva familia desconectada del concepto canónico, rígido, presente por siglos en la tradición católica. Bordino sale de un inmenso clan gitano y, buscándose la vida, se asocia con infinidad de seres con los que no hay vínculo de sangre de por medio, y a los que une otro tipo de lazos. El río de la vida va acercando a su carro a gallegos sin hogar, ingenieros alemanes frustrados, extraños seres de dos colores, huérfanos androplásicos, ganapanes de todo tipo. Él, su mujer y sus hijos van adoptando y adaptando nuevos miembros, en una suerte de comunidad de conveniencia y de afecto, perfectamente moderno en su carácter de familia fundada sobre la necesidad y la convivencia.

Y es, al final de todo, una novela de artistas. De artistas de la vida, hagan o no malabares o equilibrios. Cada cual puede extraer una fina capa de curiosidades, temas afines o caras seductoras de este pequeño gran libro, porque en su desgranamiento está cuajado de sensibilidad, gracia, amor a la vida, descubrimientos. Pero lo que más me emociona, como lectora, en que en todo su transcurso, sin riesgos aparentes, lo que pervive y cobra protagonismo absoluto es la ferocidad de la imaginación que inventa y reinventa las opciones vitales para salir adelante, del personaje narrador y sus demás aliados.

La editorial Tropo hizo una estupenda elección al recuperar esta novela (la segunda) de Ramón Pernas, más de diez años después de su primera edición. Es necesario avisar que, como artefacto literario, es a ratos demasiado homologado, casi demasiado bien atado. Pero su envidiable costura interna y la preciosa baraja de temas interiores lo convierten en una lectura intensa, emocional y vibrante como las mejores obras creadas desde la nostalgia y la memoria.

20 noviembre 2009

La biblioteca infinita

Las bibliotecas de Dédalo

Enis Batur

Errata Naturae, 2009

ISBN. 978-84-937145-2-9.

96 páginas.

9,90 euros.
Traducción de Rafael Carpintero.




Luis Manuel Ruiz

El libro, cualquier libro, es una máquina sorprendente. Estira la memoria de un individuo hasta hacerla coincidir con la de la gran masa de los congéneres que le rodean, guarda detalles de personas, objetos, ciudades y bosques que desaparecieron sin dejar traza en el aire, interroga a quien se le aproxima haciéndole reparar en esos rincones de sombra que rodean toda vida y que hasta el momento sólo había observado de soslayo. Si la muleta es la extensión de nuestro muslo y el telescopio un ojo elevado al cuadrado, el libro significa el aumento artificial de la imaginación y de la memoria humanas: un miembro ortopédico que nos ayuda a desenvolvernos en el mundo impidiéndonos tropezar. Por eso la biblioteca (o la Biblioteca, tal y como la mayúscula Enis Batur, para distinguir el modelo impresionante y platónico de las colecciones domésticas de los aficionados a los libros) es una imagen, o un símbolo, que no deja de excitar continuamente la fantasía de artistas e intelectuales. La Biblioteca, donde cabe todo el saber, todas las mentiras, y los sueños, y las sospechas, y los desmentidos, es un trasunto del propio universo. Y, como el universo, caudalosa e indescifrable: nadie sabe cuántos volúmenes contiene, qué orden respetan dichos volúmenes, quién los colocó ahí, dónde comienzan o terminan, para qué.

A lo largo de su existencia, todo bibliófilo intenta, con mejor o peor fortuna, alcanzar un atisbo de esa Biblioteca monstruosa montando una pequeña maqueta en casa. Es lo que también hizo Enis Batur, escritor turco, autor de Las bibliotecas de Dédalo, una obra laberíntica y obsesiva, igual que el tema que trata de abordar: por qué hay ciertas personas que dedican su vida a coleccionar o perseguir libros, por qué hay libros que salvan la vida de ciertas personas. El bibliófilo (o bibliópata) busca compulsivamente el olor a papel viejo de las librerías de lance y se demora recogiendo el polvo de las estanterías con las yemas de los dedos. Visita con ojos aturdidos las grandes colecciones donde los lomos se aúpan unos sobre otros como los bloques de un zigurat, la British Library, la Nationale, la Marziana, la del Congreso, y registra sin miramientos ni educación los estantes del salón en cuanto entra en casa de un desconocido que, por azares del trabajo o la vecindad, le ha invitado a cenar. La bibliofilia, la bibliotecofilia, son afecciones extrañas que Enis Batur comparte con otros muchos extraviados (Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca, Borges, Robert Burton, Montaigne, Aby Warburg, Mario Praz, yo mismo) pero en la que sólo él se detuvo a pensar cuando un suceso aciago le dejó la vida a oscuras de repente: su biblioteca personal se incendió, como la del protagonista de Canetti, una tarde de verano.
En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi. Todo lo que se ha escrito está en esa Biblioteca, que le amenaza noche tras noche con el peso de lo que está a punto de olvidar, o peor, de lo que no leerá jamás, porque es imposible leerlo todo: «Soy lector —admite en el capítulo 12—, por lo tanto soy mortal». La Biblioteca es un símbolo que nos inquieta con la misma fuerza que el del laberinto, o el del universo que comienza al otro lado de nuestra córnea y nuestros dedos. Biblioteca, laberinto, universo constituyen tres facetas de lo mismo: un lugar extraño que aparentemente guarda una estructura o un sentido, pero por el que no cesamos de vagar en busca de un centro. Por eso aprovisionarse de libros y colocarlos en el mueble de casa siguiendo una pauta cierta tiene algo de hilo de Ariadna que nos consuela y nos redime; la vida puede habernos traicionado y haberse burlado de nosotros en las bifurcaciones, pero tenemos los libros: ahí hay un orden. Ernst Cassirer definió la biblioteca de Aby Warburg, que no estaba organizada sobre ningún esquema aparente, no como una colección de libros, sino como una colección de problemas. «Cassirer comprendió que la biblioteca Warburg era ‘un laberinto’ —anota Enis Batur en el capítulo 19—. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa».

[Extraído del blog La tormenta en un vaso]

19 noviembre 2009

La fealdad y el amor a la belleza

La venganza de Evaristo Cubista

Antonio Zamora

Hipálage, 2009

ISBN.13: 978-84-96919-21-1

135 páginas

13 euros



Jesús Cotta

Siempre me han gustado las novelas que de muy poco hacen mucho, que le sacan el máximo partido a dos o tres elementos muy sencillos, como La vida de Pi, de Yann Martel, una novela que narra los doscientos veintisiete días de supervivencia que un niño hindú pasa con un tigre y algunos otros animales salvajes en una pequeña embarcación.

Otras obras parecen empeñadas en complicar con muchos personajes y vericuetos una cosa sencilla, como esas novelas policíacas donde el crimen es de lo más normal y el autor nos presenta a mil sospechosos para despistarnos.

Sin embargo, La venganza de Evaristo Cubista es de las novelas que de muy poco hacen mucho, que arrancan con lo cotidiano y acaban en el paroxismo, sin saltar a la fantasía.

El autor nos presenta a un estudiante universitario, guapo, rico y remolón que, por una cuestión de orgullo personal, se empeña en robarle la novia al feo del grupo. Y de ese asunto sumamente simple nos lleva a una tragedia personal sin aspavientos ni sangre, sin recurrir al deus ex machina ni a las persecuciones ni al ensañamiento al que nos tienen acostumbrados ciertas películas. El protagonista, con naturalidad y sin eufemismos, nos explica su proceso interior de purificación a la par que los sucesos que lo conducen a ello, hasta que se acostumbra a vivir con el horror. Eso sí, el final es difícil de digerir y deja mal sabor de boca, pero tal vez sea para el protagonista la única salida posible si desea seguir vivo.

Antonio Zamora trata en esta novela asuntos como las aventuras eróticas, la enfermedad, la amistad y la venganza. Y todo con una verosimilitud que parece nacida de las propias experiencias del autor. Las chicas que aparecen en escena, aunque sus actuaciones son breves, parecen vivas en la voz del narrador. Pero lo que más me ha gustado es la contraposición entre la frivolidad amorosa del guapo y la intensidad con que el feo ama a una mujer.

Quasimodo, la Bestia o el fantasma de la ópera son feos insignes de la literatura con un elemento en común: su desaforada necesidad de amor y belleza, lo cual los hace grandes y a la vez peligrosos. En este caso, el feo, Evaristo Cubero, llamado Cubista por su rostro abstracto, no es un resentido contra el mundo ni oculta su fealdad, pero lo que lo hace peligroso es el deseo de vengar a una mujer que ha muerto de tristeza.

Aunque la sencillez, corrección y claridad del lenguaje es uno de los alicientes de este libro que se deja leer con una rapidez pasmosa, echo en falta un toque más literario en el lenguaje, alguna concesión ocasional a la poesía y al desgarramiento, una mayor osadía en las imágenes y en la expresión. La intensidad de lo narrado a veces lo exige. Eso no le habría robado agilidad al libro, sino que lo habría hecho más redondo. Pero, en realidad, el libro no defrauda. Cumple con lo prometido. Es de esos libros que empiezan bien y terminan mejor, porque rematan bien la faena.

Doy, pues, la bienvenida a esta novela y felicito al autor. Se nota que, tras todas esas líneas que él deja caer como una lluvia mansa, hay mucha vida, mucho trabajo y un gran mundo interior que, con esta novela, no ha hecho sino empezar.

18 noviembre 2009

Álgo más que poesía: la poética del cariño

Alguien más que yo soy

Carmelo Guillén Acosta

Fundación del Colegio Oficial
de Aparejadores y Arquitectos Técnicos
de Sevilla, 2009.

ISBN: 978-84-96698-34-5

89 págs.

10 euros.





Rafael Roblas Caride

Para comunicarse, para sobrellevar la mediocridad, para impresionar, para pasar el rato en el bus, para envalentonarse, para hablar con Dios, para ligar, para soñar, para charlar con los muertos, para conocer gente nueva, para imaginar, para distraerse, para crecer, para protestar, para maldecir, para inmortalizarse, para salir de la enfermedad, para enviciarse, para estudiar a los clásicos,… Este sólo es el comienzo. A partir de aquí, hay más de mil razones por las que el hombre se echa la manta al hombro y se tira al monte de la poesía.

Carmelo Guillén Acosta lo tiene claro. Su vocación de poeta es tan generosa que nunca ha encerrado sus versos en un torreón bajo llave. Por eso, siempre que lo veo por la calle -Adiós, Carmelo-, los poemas se le desparraman por la sonrisa y, en el abrazo, un aire alegre asalta las esquinas haciendo florecer las macetas en los balcones. Por eso, la palabra poesía, en Carmelo, es siempre sinónimo de amistad.

Alguien más que yo soy es el último abrazo de Carmelo. Su espuela en esta ronda que reafirma ese estado de gracia. Él mismo lo advierte en las Palabras de reclamo que sirven como prefacio a los poemas: Ellos, los seres más allegados a mí, se pierden entre mis versos, me enriquecen interiormente y, por tanto, alimentan mi poesía, que nace del gozo de querer y de saberme querido. Poética rotunda y clara. Tan clara como su mirada de niño travieso. El libro -un sobrio volumen editado por la Fundación del Colegio de Aparejadores de Sevilla- recoge una pequeña antología que gira en torno al eje fundamental de esta razón poética. Esta se extiende desde Envés del existir (1977) y llega hasta La vida es lo secreto (2009), incluyendo al final el capítulo Y otros poemas, que adelanta cinco inéditos.

En la antología se encuentran los momentos más representativos de la maratón lírica del poeta Guillén Acosta durante estos últimos treinta años. Según el compás inconfundible del autor se derraman parsimoniosamente los versos, limpios y soleados, con una cadencia uniforme que contagia la alegría de vivir, la excepcionalidad de lo cotidiano, la celebración de la costumbre, la alabanza de lo pequeño. Carmelo Guillén Acosta hace crecer en torno al lector esa vida monótona del día a día y la eleva, transcendiéndola. Como en Santa Teresa, los pucheros cobran naturaleza de divinidad y se transforman en obras de arte. El milagro lo consigue el amor. Al hombre, a la vida, al aire (Mi vida se reduce nada más que a querer, / así levanto el día y así se me hace corto…).

Amistad, amor,… cara y cruz de la misma moneda. A veces indisolubles. Alguien más que yo soy no es un libro amoroso explícito, pero esa confusión de lindes hace que nos topemos con exponentes tan claros y bellos como el siguiente “Poema (sentimental) de amor”, composición que no podemos dejar de transcribir para disfrute del lector de esta reseña:

Contigo al fin del mundo y acabamos en cáceres
no llegamos más lejos porque el mundo termina
donde el corazón quiere nunca en otro lugar
por eso me decía contigo al fin del mundo
y yo preso en sus ojos creía que era aquello
si no el fin del mundo al menos su antesala
en cáceres me dijo y miré su mirada
en ella me perdí como en una ciudad.

Como no podía ser de otro modo, la cotidianidad del día a día se traduce en un lenguaje sencillo, directo, coloquial, casi prosaico. Fondo y forma en equilibrio. Jorge Guillén y Gil de Biedma proyectados al fondo de un paseíllo por el que desfilan los amigos: […] si no por qué me viene Fidel con editarme, / o quedo con Felipe a tiempo, siempre a tiempo, / o, hala, por qué César me llama por teléfono / y, mira tú por dónde, a sentirme a mis anchas, / o, digo yo, por qué, si no es porque me quieren […]. Sin embargo, esta coloquialidad no repercute en la profundidad de su obra. San Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez se entrecruzan con la sabia voz anónima de la copla, del cantar, del flamenco.

De este modo, la antología avanza y surgen cabales reflexiones construidas sobre un monólogo interior lírico que sorprenden y se arraigan en el poema para que sean aprovechadas por el lector: A lo mejor es esto la amistad: verse a la vera / de alguien que contempla el mismo río azul / que tú y, sin pensarlo, / le dices algo así / como: -¡Qué!, ¿tú también? ¡Cómo me alegro!; o bien este otro ejemplo del arranque del poema “Solitarios”: Y siempre está de más quien no tiene esperanza / ni pone de su parte y se amarga en la vida…

Para finalizar, Guillén Acosta reserva lo más íntimo, quizás también lo menos optimista. Uno vuelve a los sitios donde se deja ver / la luz difuminada que entretejió la vida… Los padres, la ciudad, la autorreflexión. De especial intensidad resultan esas últimas páginas, las dedicadas a la selección de su último libro -La vida es lo secreto- y a los inéditos. Así, si la madre se retrata en un emotivo poema como consoladora, de la que fui engendrado, poco después es el recuerdo del padre el que asalta al poeta desde el cariño (y sigue vivo; y sigue enamorado / de mi madre…), para proseguir con la extrañeza de la ciudad natal (Ni siquiera los años que llevo aquí viviendo / dan razón de que haga de esta ciudad mi mundo…) y concluir en la confesión-balance “A los cincuenta y pocos”, donde “[…]hay palabras que / adquieren nueva vida: desastre, desandar, / desengaño, desgana, quizás deshabitado…". Quizás es la excepción que confirma la regla. Quizás es la constatación de que detrás de toda risa hay también un llanto que no respeta ni al poeta, aunque el poema se quede atrás (Por fuera, cerraré la puerta y pensaré / que el poema acababa justo al echar la llave).

Sully Prudhomme dejó escrito que no había en el día mejor momento que aquel en que dos amigos se reunían para hablar de cosas tristes. Cada vez que me topo con alguna composición de Carmelo Guillén Acosta recuerdo la sentencia y me reafirmo en su falacia. La poesía de Carmelo es una demostración de que el Premio Nobel francés se equivocaba. A pesar de que la tristeza, el desaliento o la incomodidad sobrevuelen el espacio, el amor –en cualquiera de sus manifestaciones- ganará la partida. ([…]Desde que te quiero, no sólo porque existes y / bebes de mi vaso el agua de tu sed, ten- / go mejor color y el tono de mi voz resulta / más suave […]). Es una manera distinta de mirar la vida. Es un modo diferente de enfocar la poesía, ese submundo tétrico habitado históricamente por tuberculosos desnutridos que cantaban a una luna imposible y desgraciada.

…para soportar la frustración, para volar, para sobrevivir, para destacar, para enloquecer, para cambiar el mundo, para caer en la bohemia, para viajar, para seducir, para enseñar al que no sabe, para superar la depresión, para protestar, para asesinar, para alcanzar la santidad, para comprar la fama, para olvidar, para inmolarse, para vivir y morir al mismo tiempo… Más de mil razones, recuerden. Carmelo Guillén Acosta sólo necesita una: para abrazar y querer día a día a sus amigos. Con esa le basta.

17 noviembre 2009

El acierto de la ingenuidad

Muhayababes (Chicas con velo)

Allegra Stratton

451 Editores, 2009

ISBN: 978-84-96822-60-3

278 páginas


17,50 euros


Traducción: Julia Osuna Aguilar

Ilya U. Topper

Mal empezamos. El título no se entiende: Muhayababes es un juego de palabras que funciona (a medias) en inglés, sabiendo que ‘muhayaba’ significa ‘chica cubierta con un hiyab (pañuelo/uniforme islamista). Pero dado que el lector español no identificará la palabra ‘babe’ (chica atractiva, pibón), el dardo no da en la palabra sino en el vacío. Si la editorial se hubiera atrevido a poner ‘Muhayabarbies’ ―asociación que sugiere la propia autora―, tal vez hubiera funcionado algo mejor.

Conforme uno avanza en la lectura, no se va reconciliando. El subtítulo ―Chicas con velo― promete una investigación sobre un fenómeno altamente actual y altamente preocupante: el de los movimientos islamistas modernos que arrasan entre los y sobre todo entre las jóvenes y están en vías de transformar por completo las culturas tradicionales del así llamado mundo musulmán. Es la investigación que se ha propuesto Allegra Stratton, periodista británica con formación de antropóloga. Pero no es la que nos ofrece.

Exceptuando un cameo a distancia de cien metros, la primera chica moderna tipo barbie con velo ―el primer ejemplar de esta extraña especie de muhayababes― aparece en la página 150. Hasta ese momento, Stratton se dedica a irse de copas con la farándula libanesa, colarse en ensayos de raperos, dilucidar los motivos de sus interlocutoras por llevar el pelo a lo afro y pulular por residencias de artistas ateos en Beirut y Ammán (sí, lo confieso, por supuesto yo habría hecho lo mismo, es infinitamente más divertido que ponerse a buscar chicas veladas, qué duda cabe).

La lectura podría ser aún divertida y, sobre todo, un refrescante contrapunto a tanta noticia de guerra de Oriente Próximo si no fuera porque el esfuerzo intelectual se nos va en intentar adivinar las referencias de la cultura juvenil británica en lugar de reflexionar sobre la libanesa o egipcia (“Tenía más rollo que Jennifer Beals en Flashdance pero menos que los extras de un video del MC precursor Grandmaster Flash”). La traductora transmite con mucho acierto el lenguaje juvenil-callejero-coleguita de la autora, a la que estamos tentados de adjudicar una carita de posadolescente semipija disfrazada de jipi. Dedica muchas líneas a describir la indumentaria de sus interlocutores, pero muy poco a contrastar datos y ofrecernos un contexto sólido. Durante su breve paso por los Emiratos nos enteramos de la disposición de los camastros en el estudio-albergue del productor de música, pero ni siquiera se nos revela si en Dubái las chicas llevan hiyab por la calle o van a pelo descubierto. Cuando de eso precisamente se trataba.

Pero... Pero pese a todo, Allegra Stratton se salva: su ingenuidad, incluso su ignorancia ―exhibida descaradamente― evita al menos la mayor plaga de la literatura sobre Oriente Próximo: la reproducción de los estereotipos cuidadosamente filtrados por los islamistas árabes y sus tan inconscientes secuaces agnósticos occidentales. Stratton ha ido a ver lo que hay. Y las copas y los canutos con la farándula al menos la han inmunizado contra la gran epidemia europea: la que hace creernos que el islam es lo que nos quieren vender sus más oscurantistas telepredicadores.

En este sentido, el libro de Stratton enseña infinitamente más que cien recortes de la prensa seria firmados por expertos europeos que se han estudiado el Corán hasta sus últimas notas a pie y ahora creen que saben algo del mundo musulmán (aplicando sus métodos de análisis, en España, país católico, no se podrían vender condones).

Es más: durante los capítulos dedicados a Egipto, acercándose a la figura del telepredicador joven y buenrollista Amr Khaled, Stratton revela con bastante acierto la estrategia de los teólogos fundamentalistas disfrazados de supermoderados y convertidos en ídolos de las masas (y en un excelente negocio de telecomunicaciones). Léanse, si pueden echarle mano al libro, las páginas 150-200. Son las que realmente importan (sólo dos precisiones: Egipto no es un país laico sino oficialmente islámico según su Constitución y se dice ‘los Ijuan’, no ‘la Ijuan’: significa Hermanos).

Si no tienen tiempo, leánse al menos el último párrafo de la página 199, que condensa la tesis de Allegra Stratton: Los telepredicadores amables y de cara guapa que se dedican a islamizar los países árabes, vendiendo una mezcla entre autoayuda, espíritu boy-scout y pegatinas leonardodicaprio, les están haciendo el trabajo sucio (el lavado de cerebro) a los movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes, que así pueden renunciar a reivindicaciones como la de implantar la charia (ley coránica) o la división de sexos en público. Ahora les basta con pedir más democracia, simplemente más democracia, y esperar a que caiga como fruta madura una sociedad que hace dos generaciones de islámica tenía el nombre pero que ahora se va, implacablemente, uniformando por obra y gracia de la televisión de satélite con capital saudí.

Allegra Stratton ha gastado un diccionario de la cultura pop juvenil londinense para explicarlo, pero tiene razón.

16 noviembre 2009

Del amor y sus matices

Del amor, del olvido

Darío Jaramillo Agudelo

Pre-textos. 2009.
ISBN: 978-84-8191-972-1

96 páginas.
10 euros.


Juan Carlos Sierra

Si se hiciera una encuesta al común de los mortales, de los que, por cierto, dicen las encuestas que apenas un diez por ciento lee poesía, una amplísima mayoría concluiría que los versos suelen poner sobre el papel las disquisiciones del amor, sus penas y glorias, pero especialmente las primeras, y en primera persona. Es decir, en el imaginario colectivo aún funciona, aunque casi nadie pueda corroborarlo por experiencia propia, el sustrato ideológico romántico acerca de la identificación de la poesía con la expresión de los sentimientos del poeta–especialmente amorosos- en una especie de arrebato místico atribuido a la visita de las musas.
Y hay quien incluso, recordando probablemente sus días de estudiante, esgrime a Gustavo Adolfo Bécquer –toda una autoridad y todo un clásico- como garante de esta idea. Evidentemente, la realidad del género ahora y siempre dista mucho de esta percepción, casi prejuicio –y olvidan asimismo que Bécquer dijo cosas como que “cuando siento no escribo”-. Sin embargo, esto no quiere decir que no sea y haya sido el amor una de las preocupaciones líricas más productivas, fecundas y socorridas para los poetas –buenos, malos y regulares-.
Como muestra de esto último fijaremos nuestra atención sobre el libro Del amor, del olvido del colombiano Darío Jaramillo Agudelo –un buen poeta-. Pero, lejos del frenesí amoroso romántico y sus excesos, esta antología de la poesía amorosa de Jaramillo trata al amor desde perspectivas muy actuales y, lo más interesante, desde una óptica variada, caleidoscópica, que intenta alejar a este tópico literario de los peligrosos tópicos que lo han encorsetado desde la tradición romántica.
En este sentido, la primera parte del libro, titulada sencillamente ‘Poemas de amor’, no es precisamente la más novedosa, salvo por algún que otro poema como ‘Primero está la soledad…’, que más allá de considerarse un poema amoroso al uso trata de explicar al lector un hecho básico de la condición humana, que viene claramente contenido en el título. Es a partir de la segunda sección de la antología de Darío Jaramillo Agudelo -‘Amores imposibles’-, cuando los poemas saltan del papel para agarrar el corazón del lector alumbrando zonas de sombra de las que pocas veces se nos ha hablado con tanta claridad y acierto.
En estos ‘Amores imposibles’ el poeta colombiano acierta a proponer y desarrollar una teoría sobre ellos que paradójicamente los convierte en los más auténticos, en los más puros, en los más ‘románticos’. Y, como en el poema antes citado, la lectura desemboca en parajes más o menos alejados del amor y muy cercanos a otras inquietudes más existenciales. Así cierra Jaramillo esta sección: “Los amores imposibles/ -es tan evidente que siempre lo olvido-/ son partes de ese mundo imposible/ que es mi mundo verdadero”.
El desamor también tiene su hueco en los versos de Darío Jaramillo Agudelo en forma de olvido. Pero no se trata de un olvido punzante, sino más bien higiénico, radical, liberador. Un auténtico destierro de la memoria del amor, “como si nunca fuese”. Esa memoria se reserva en el siguiente apartado del libro -‘Apariciones’- para los momentos dichosos de un amor que ya no es ni está, pero también para el recuerdo de las amistades antiguas. Este es el antídoto, parece afirmar Jaramillo, para hacer más respirable el presente.
Finalmente, las dos últimas partes de Del amor, del olvido cierran este círculo sinuoso en el tiempo con el presente y el futuro. En ‘Encuentros’, salvo los dos primeros poemas que tratan de la ausencia y su nostalgia, el resto gravita alrededor de la pasión, de lo carnal, de lo más real y físico del amor conjugado en presente continuo. Y los dos poemas o versiones de la sección que cierra esta antología ‘Some present moments of the future’ abordan uno de los matices más originales por poco frecuentes cuando los poetas se ponen a escribir sobre el amor: la espera hasta el encuentro, el presente ansioso e interminable del futuro perfecto, es decir, del encuentro con la persona amada.
En definitiva, un recorrido de ida y vuelta por los rincones del amor que dejará satisfechos a amantes, a lectores y a lectores amantes de poesía.

13 noviembre 2009

Nuestro amigo, el asesino

El caballo amarillo
Diario de un terrorista ruso

Boris Savinkov

Impedimenta, 2009

ISBN: 9788493711085

184 págs.

18.20 €

Traducción de James y María Womack.



Jabo H Pizarroso

Como somos unas hormigas metidas en el puchero del bienestar occidental, a las que incluso agarran al puchero con la frivolidad y la estafa de la crisis, sometidas a las migajas algunas y gobernando otras la fuente de las problemáticas H1N1 y subprime que esparcen el miedo suficiente para no ver más allá del puchero, puede que no seamos capaces de ver determinadas cosas, en el caso hipotético de que esas cosas existan.

Me refiero a la similutud, en muchos aspectos entre varios acontecimientos de comienzos del Siglo XX, y lo que viene ocurriendo en estos albores del Siglo XXI, desde los aviones bomba del 11-S hasta la actualidad. Algún pensador afirma que si el XX empezó con la bomba al archiduque austrohúngaro y siguió con la Revolución Mexicana y la Rusa, este XXI ha salido del cascarón con las torres destruidas y filmadas y las dos revoluciones más temidas, el socialismo probolivariano y cheguevarista del XXI, de raiz teológico-liberadora cristiana y el fundamentalismo revolucionario de Al Qaeda, de raiz fundamentalista islámica. Cada siglo suponemos a veces que es un mundo aparte, aislado, pero en este caso, estos dos siglos se empiezan a parecer demasiado. Por eso mismo es curioso que se rescaten textos como El Caballo amarillo, Diario de un terrorista ruso, de Boris Savinkov, el burgués con una bomba en el bolsillo, en palabras de Lenin, nuestro amigo el terrorista en palabras de los moradores de Montparnase, fauvistas, surrealistas y demás fauna.

Conocido por el nombre de Boris Savinkov, este autor preparó el atentado en julio de 1904, contra el Ministro del Interior Plehve, se involucró con Kerenski en la revolución socialista rusa y luego capitaneó junto a otros prebostes las espadañas del ejército blanco en la guerra fraticida que acabaron por ganar los bolcheviques en plenos años veinte. Hombre de acción, no tan barojiano como Zalacaín, porque es mucho más nihilista que éste, aunque sí tan barojiano como Andrés Hurtado, que sueña con colocarse tras una ametralladora para acabar con todos los que salen de ver un ccorrida de toros en las Ventas, en el libro El árbol de la Ciencia. Aunque Andŕes Hurtado se salva un poco de ese nihilismo por esa filosofía de búsqueda de la ataraxia cocida en medio de la república de Vera de Bidasoa e Itzea-torreón, aristocrática y de un egoismo racional inmenso.

Savinkov junto a Asev se convirtió en el estereotipo perfecto para que Albert Camus le metiera cabeza y tiempo a varias de las glorias del pensamiento del Siglo XX, El Hombre rebelde, la parte que aborda el nihilismo místico de los rusos, la obra de teatro Los Justos, y sobre todo El extranjero. En El caballo amarillo George OBrien, el protagonista, el hombre que escribe el diario de un terrorista ruso, es un trasunto del propio Savinkov. A lo largo del libro tendrá otros dos nombres más, en virtud de las circunstancias y en función de sus necesidades clandestinas conforme la policía zarista vaya cercando sus pasos, hasta acabar anónimamente confundido, sin nombre, como una sombra que se hace fuerte y que traerá de cabeza a todo el siglo XX. Si Dios ha muerto, yo soy Dios. Hay una diferencia notable, dice Camus, entre los crímenes de lógica y los crímenes de pasión. El código penal los distingue por su premeditación y el siglo XX se convirtió en el receptáculo de los crímenes de lógica, apunta Albert. El germen de todo esto está en Boris Savinkov, en libros como éste que de alguna forma son el sustrato perfecto para entender los razonamientos políticos y las circunstancias que han llevado a muchos hombres a justificar el asesinato de otros en virtud de un ideal supremo y en base a un desprecio de sí mismos y de todos, un nihilismo despectivo y hoy deportivo.

Boris Savinkov, como bien apuntan los traductores en el pŕólogo de este libro, hace todo menos habiografiarse a sí mismo. Relata su autobiografía a manos de un narrador con nombre diferente, y lo hace sin dejar hueco a la autocomplacencia. Cuenta de manera objetiva sus ruinas al igual que sus deseos y de esa manera este libro se convierte en una placa de rayos x que permite diagnosticar el problema moral del asesinato justificativo en una época, no sé si aplicable a este momento. Entre Yelena y Erna, la fabricante de explosivos, modula su amor, su enganche con el mundo, algo que le pone un pie fuera de ese nihilismo egocentrista,. Con sus compañeros de "comando", Fiodor, Vania o Heinrich, realiza una puntillosa y escueta relación del proceso de confección de un atentado a lo largo de un diario frío, desprovisto de sentimentalidad y bello como un hueso limpio. Los recursos casi cinematográficos en los que apoya sus descripciones, y sus notas de ambiente recuerdan en mucho a las que poco después poblarían los cuentos de grandes narradores como Isaac Babel o del propio Hemingway.

El caballo amarillo, diario de un terrorista ruso, rescata por tanto el magma de pensamiento de algo que todavía hoy explica muchos nudos políticos en el mundoy otros tantos delirios. Es curioso verificar que todo el sustrato místico de los protagonistas de este libro esté anclado en el apocalipsis de San Juan y el mesianismo cristiano nuevotestamentario y en su proceso crucificador en aras de un hombre renacido y resucitado. La praxis teológica cristiana dio santos y dio muchos mártires, pero lo que nunca quedó claro es que diera tanto verdugo iluminado como demuestra este libro. Rusia siempre ha sido el campo de experimentación de este tipo de enredos político-sentimentales. Raskolnikov abrió el camino, despejó el miedo con el hachazo a la vieja, con la imprevisión de sus trescientas páginas posteriores, en las que está la ecuación que todavía no se ha acabado por resolver del todo. Un libro para los verdugos del mundo y para los que quieran acabar con los verdugos del mundo y para los que quieran entenderlos. En esa confusión estamos. La literatura sigue abriendo puertas al conocimiento de nuestra realidad. De eso se trata.

12 noviembre 2009

Me encontré con Pirandello en second life

Fama

Daniel Kehlmann

Anagrama, 2009

ISBN: 9788433975140

192 páginas.

15 €

Traducción: Helena Cosano



Manolo Haro

En términos estrictamente retóricos, podemos afirmar que un autor tiene tres salidas para desflorar su magín en torno a los temas que envenenan sus sueños: la lírica, para calar su corazón ante el lector voyeur; la épica, para amueblar el cronotopo por donde andarán unos individuos nacidos de sus obsesiones, siempre guiados amablemente por la gentil voz del narrador; o la dramática, para abandonar a seres apasionados a su suerte, encapsulados, normalmente, en las tres unidades de acción, tiempo y espacio. A estas gateras literarias se les suele sumar una puerta trasera, sin adorno, sin pomo y sin cerradura, a la que el autor recurre en estado puro, sin malabarismos estilísticos que empañen su visión del mundo: el ensayo.
Quiero decir que a veces la escurridiza materia con la que trabaja el escritor puede desembocar en unos elaborados poemas, una novela contemporánea, un drama de acotaciones vanguardistas o un ensayo esclarecedor. Dado que Daniel Kehlmann aspira el polvo invisible que expulsa el mundo actual, podría haber optado por radiografiar éste con un notable estudio de algunos temas que en los últimos años han regalado una plétora de títulos. No es el caso. Kehlmann ha construido una novela, Fama, donde se cuelan asuntos tales como la lábil materialidad de un mundo en el que el espacio, la personalidad, la fama, la intimidad, la realidad, la ficción, etc., permeados todos por el vapor inconsistente de la irrealidad.
En una excelentemente tramada novela, donde concurren nueve historias, se cruzan personajes que en algún momento de sus vidas, reales o ficticias, se toparán unos con otros, hasta el punto de condicionar existencias y movimientos. Si nos permitimos tomar la tesis de la inmateriabilidad del mundo postmoderno como detonante de nuestra relación con los demás, esta obra puede ofrecernos muchas claves sobre en qué punto se encuentra el himen que reserva la integridad de lo real por encima de la ficción.
He aquí la galería de espectros: un técnico informático que acepta el juego de contestar a unas llamadas recibidas en su móvil por equivocación, haciéndose pasar por alguien que no es él; un escritor con miedo a volar cuyo personaje se parece a su amante; una anciana que se resiste a dejarse morir; un actor que sufre la usurpación de su personalidad y su vida por un imitador; una autora de novelas policíacas envuelta en una odisea burocrática y surreal que la lleva a casi desaparecer del mundo literario; un escritor brasileño de libros de autoayuda (claro e irónico trasunto de Paulo Coelho) que se plantea pasar a la acción para crear su obra magna no escrita, la cual desmentirá a aquélla otra que mantiene vivos y esperanzados a sus lectores; un empleado de una compañía de móviles, fan fatal de un escritor de éxito; un adúltero que observa poco a poco la forma en la que su doble mentira se desboca; y una doctora que se parece a un personaje de novela.
Vidas engarzadas por un complejo entramado que servidor no desvelará, pero que muestra un talento literario a tener en cuenta para la próximas actuaciones del señor Kehlmann en el círculo central del circo de las letras. Barajar cartas en donde se juega con la ficción y la realidad a modo de cajas chinas y hacerlo de manera aparentemente sencilla requiere de gran destreza narrativa. Juego, eso es lo que hay aquí, mucho juego; pero también una aguda mirada hacia las formas que toma la ficción en el mundo actual, basada en las pistas que de la realidad da Wikipedia, you tube, second life o los propios mensajes y conversaciones de teléfono, donde la condición de meras voces concede la posibilidad de inventar un discurso sin vinculación alguna al espacio en el que estamos ni al cuerpo que habitamos.
Ojalá que el autor nos siga regalando en venideras entregas el envés irónico de ciertas postales compradas a pie de infierno, de ese infierno tan cercano en el que cargamos móviles, engañamos a nuestras parejas y soñamos, permanentemente, que somos otra persona, no siempre mejores ni más humanas.

11 noviembre 2009

Cuac cuac cuac cuac cuac

Hablaba con las bestias

Konrad Lorenz

Tusquets (Fábula), 2009

ISBN: 978-84-8310-640-2

216 pág.

7,95 €

Traducción: Ramón Margalef



Ilya U. Topper


Un diablo con cuernos y rabo que baila sobre las chimeneas rodeado de una bandada de grajillas. Un señor de mediana edad que avanza a cuclillas por su jardín, profiriendo sin cesar un extraño cuac-cuac-cuac. Un cineasta que pide disculpas a los patos por hablarles en el idioma de los gansos.

Esta es la extraña fauna que pulula por las páginas de este pequeño gran libro de Konrad Lorenz, uno de los mayores zoólogos alemanes del siglo XX, premio nobel en 1973 y considerado el padre de la etología, es decir la ciencia que estudia el comportamiento de los animales. No le falta humor. Ni autoestima: asegura que lo que consiguió el rey Salomón ―hablar con bestias, pájaros y peces―, también lo puede hacer él, en cierta medida, y además sin anillo mágico. Simplemente aprendiendo sus idiomas. Es más, usted, lector, podría hacerlo si se pone a ello. El cineasta citado consiguió explicarles a los patos ―en su idioma― que se quitaran del encuadre de la cámara mientras filmaba a los gansos.

En fin, este librito, primero publicado en alemán en 1949 y reeditado ―incluyendo los dibujitos de la mano del propio autor, que rivalizan en humor con el texto― por Tusquets en marzo pasado es una lectura obligada para cualquiera que tenga la intención de hacerse con algún animal de compañía, comprendiéndose en este concepto desde las larvas de los escarabajos acuáticos hasta las cacatúas. Al menos, no se sentirá usted solo ante el peligro.

¿No tiene intención de hablar con las bestias, tiene fobia a los pájaros y opina que los peces donde mejor están es dorándose en la sartén? Aquí van algunas razones más por las que podría convencerse de que esos 7,95 euros que le sobran en el bolsillo tienen la firme intención de intercambiarse por este libro:

- El médico le ha recetado ejercitar los músculos de la risa.
- Le gusta tener la sensación de estar aprendiendo algo cuando lee.
- El médico le ha recetado cuidarse la muñeca y no puede ir ya leyendo en el metro estos volúmenes de kilo y medio que desde antes del verano parecen la lectura obligada.
- Usted acaba de superar el examen de bachillerato con una nota media que le permite elegir una carrera de ciencias naturales y aún duda de si puede interesarle.
- Le han regalado un nuevo bolso superbonito pero tan pequeño que no caben estos volúmenes de kilo y medio etc.
- Su hija de trece años se le queja de que la clase de biología es aburrida.
- De pequeño, le gustaban las fábulas de Esopo, donde todos los animales hablan, y se ha quedado pensando si todos comparten el mismo idioma (no: no lo comparten. Esopo nos toma el pelo).
- El chico/la chica que le gusta le ha dicho que estudia biología, y tras el típico “qué interesante” a usted se le han acabado los recursos de la conversación.
- Usted tiene ganas de hacerle un corte de mangas a Dan Larsson y Stieg Brown, pero no quiere dejar de divertirse leyendo.
- Le gustan los cuentos románticos con final feliz, aunque los protas sean grajillas.

Seguro que tras leer el libro, usted encontrará algunas razones más. Quizás incluso alguna para regalarlo. Hablamos después. Cuac cuac.

10 noviembre 2009

Una bandada de pájaros

A merced de los pájaros

Jesús Cotta

Fundación Ecoem, 2009.

ISBN: 978-84-92411-83-2

56 págs.

8 euros




Rafael Roblas


Lo escribió hace muy poco el tratadista Javier Mije en esta misma página: quizá los libros nos gusten cuando provocan la ilusión de que hablan de nosotros mismos. Y alguna razón debía de tener el admirado colega cuando una bandada de pájaros procedente de un libro de poemas nos obliga a comenzar esta reseña por el tejado y no por los cimientos. Efectivamente, tanto el regusto que produce este A merced de los pájaros en el paladar como el buqué de su presentación son inmejorables, pero ¿cómo desentrañar los inefables caminos del verso sin que se avinagre el poema con los agrios rudimentos de la crítica literaria? Conviene ir paso a paso.

A merced de los pájaros es el primer libro de poemas de nuestro compañero Jesús Cotta. Publicado como quinto título de la colección Siltolá (Fundación Ecoem), el cuaderno –que así podría también denominarse por su brevedad- recoge treinta y siete composiciones muy apegadas formalmente a los cánones clásicos. De este modo, el verso endecasílabo se convierte en el eje rítmico de la obra, combinando indistintamente la rima con el verso blanco. Capítulo aparte merecen los poemas que utilizan el soneto como armazón, bien sea a la manera tradicional o a la innovadora variante del soneto blanco, tan nerudiano en su terminación. Sin embargo, no son las únicas propuestas de Cotta. Heptasílabos, pentasílabos, tiradas arromanzadas, rimas abrazadas sueltas… conforman una amalgama rítmica monocorde y, al mismo tiempo, diversa que dotan de unidad al poemario.

Pero si el clasicismo caracteriza el apartado formal del libro, ¿qué decir de los temas tratados? La perdurabilidad de la naturaleza ante la fugacidad de la huella humana, la belleza, la familia, la soledad, la muerte, el amor. Ninguna nota discordante, ningún guiño postmoderno, ninguna brizna de experimentalismo extrapoético. ¿No es acaso esto otra muestra más del equilibrio ortodoxo del poeta? Quizás por ello, y a la manera de los nuevos pastores de Virgilio, Cotta nos emplaza de nuevo al beatus ille de su corazón. Y allí, entre árboles y violetas, líquenes y hojarascas, sombras y estrellas veremos sucederse una tras otra las cuatro estaciones del año, presagiando al final la cenicienta luz del invierno, ese no ser al que algunos [lo] confunden con la muerte.

En A merced de los pájaros se encuentran versos tan brillantes que podrían ser calificados como definitivos a pesar del carácter primerizo de su autor: ¿No me dirás, descuido de la noche, / a qué sabrán tus labios de hojas verdes? O tal vez estos otros, de remotas reminiscencias lorquianas: Hoy se me han despertado tus delfines / y me han hecho montar en tus caballos, / aunque eres alta y honda y me das miedo. Sin embargo, donde demuestra admirablemente Cotta su oficio es en el remate de los poemas, revelándose como un excelente visionario que conduce al lector por el camino del verso, abandonándolo al final del sendero para que sea este el que halle en solitario la piedra filosofal que convierte la intuición en una onza sentimental de oro. Evidentes ejemplos de esto último son “La noche más oscura”, “Amor me sabe a poco” o “Estrellas en el barro”.

LA NOCHE MÁS OSCURA

Se ha cernido la noche más oscura
y ya no ves las torres que has alzado,
la ciudad que tu espalda aún defiende,
los muchos niños que llevaste en brazos.

Y te encuentras de pronto en un abismo
donde no llega el canto de los pájaros
y no ves en el cielo las estrellas
porque las tienes todas en la mano.

Tócalas, padre, para que se enciendan
y te curen por siempre del espanto.

De este modo, como en la sinuosidad dulce del río, el libro discurre por el cauce del lector (yo soy el río, adiós, yo soy el río) hasta un mar que se transmuta en el aire donde vuelan los pájaros y resplandecen las estrellas (¿Por qué un amor nacido entre las flores / me recordará tanto a las estrellas?). Algunas composiciones se quedan en la memoria, retenidas por meandros que impiden su trayectoria natural. Excelente es el soneto blanco inicial “Los árboles no pueden suicidarse”, donde la voz lírica rumia el fatal destino del hombre, ser consciente de su muerte, y lo contrapone a la naturaleza, símbolo de la belleza inconsciente (Las mariposas por ejemplo insisten / en volar sin saber que son hermosas); así como el vértigo de eternidad que transmite el poema “Visita a las secuoyas”, árboles ajenos a los límites humanos en tiempo y en espacio, aplastantes vencedores ante todo soberbio atisbo de progreso y de tecnología contemporáneos (¿Para qué ir a ver los rascacielos / temblones que además se resquebrajan / si hay secuoyas que llegan hasta el sol?); o, más adelante, “Estrellas en el agua”, sueño en el que el poeta alarga su brazo para atrapar la ilusión óptica de una estrella sobre las aguas del estanque nocturno, como lejana sombra de un nuevo Manrique becqueriano (¿Y quién no fue feliz en el engaño / de tener al alcance de los dedos / la más indiferente lejanía?).

Este es, en fin, el libro de Jesús Cotta, una sucesión de ilusionantes aciertos que sumergen al lector en una catarsis que se agradece en estos tiempos que corren, tan poco propicios para la lírica. Pero, sin embargo, y como ocurre en todo tanteo inicial, el libro dista de ser redondo y no sería justo pasar por alto una de sus aristas más evidentes: a pesar de los aspectos positivos reseñados, se advierte en la estructura del poemario cierta dispersión, achacable sin duda a la disparidad de obras seleccionadas y a su difuminado proyecto global. Quizás por esto se notan demasiado los saltos entre las composiciones, encadenadas en estilo y forma, pero discontinuas en temas y símbolos, asemejándose en algunas ocasiones a una concatenación de buenos poemas ocasionales, sin ninguna cohesión narrativa ni lírica entre sí.

Pero no nos engañemos, este quinto título de una cuidadísima –todo hay que decirlo- colección Siltolá de poesía es un buen libro de poemas. Con él su autor se ha señalado para que en un futuro su nombre no sólo sea tenido en cuenta como el del excelente ensayista que ya es, sino también como el de un poeta de los pies a la cabeza que puede dar mucho de sí. Por lo pronto, ya sus pájaros vuelan tan alto por el cielo lírico que buscan las estrellas lejanas, pero, a la vez, tan cercanos al suelo que por eso hablan en el libro de nosotros mismos. Quizás ese sea el secreto de la poesía. Quizás, por eso mismo, este A merced de los pájaros deja tan agradable sabor, como el del buen vino, en el paladar.

09 noviembre 2009

Cirugía al Amor

En Grand Central Station me senté y lloré

Elizabeth Smart

Periférica, 2009

ISBN 978-84-92865-00-0

160 páginas

17,50 euros

Traducción de Laura Freixas



Carolina León

Exploración, análisis, radiografía, desmenuzamiento, cartografía, microscopía del sentimiento amoroso. Busco la palabra exacta que le haga justicia a un trabajo tan enconado como encoñado acerca del Amor. Ni atisbo por ningún lado del tema romántico, aviso. ¿Cómo abordarlo, pues?


La señora Smart desglosa, en ciento sesenta páginas, algo que está muy lejos del tópico de la pasión amorosa tal como nos la han servido docenas de literatos, y en donde eso, el Amor, se ofrece sepultado bajo elementos nada amables: crueldad, egoísmo, frialdad, dolor, abandono, soledad, rabia, miedo.

Primero: hagan el esfuerzo de entender que, siendo autobiografía, se trata de una elaboradísima reconstrucción de la historia personal de la autora con el poeta George Barker. Elaborada como el mejor soneto de Shakespeare o cualquier poema de Petrarca. Están los sentimientos sublimados (que no quiero decir elevados) y encajados en un campo que no es precisamente el de la novela, aunque esta forma literaria sea la que más se ajuste para describirla.

Segundo: el eterno presente de indicativo hace creer que podría haber sido redactado como un diario de los sucesos (metamorfoseados constantemente por la metáfora, la imagen bíblica, el alegato a la tradición, un lenguaje lírico donde toda palabra funciona como símbolo). Saber que se trata de un relato sobre sus propias experiencias empuja doblemente a caer en la trampa.

Tercero: la elaboración literaria es prolija, pero no por eso se esconde ni una pizca de la sordidez de los sentimientos y hechos aquí expuestos. Es al final, cuando pasamos la última página, que descubrimos las notas de traducción agrupadas en las cuartillas finales, que dan cuenta de los muchísimos anclajes en la literatura (anglosajona, pero no exclusivamente) que tiene el texto.

Cuarto: la modernidad absoluta de esta extraña novela radica en su impudor. En la labor de una escritora que, habiéndolo vivido todo, se apresta a contarlo todo. El verdadero hallazgo de esta mujer fue encontrar una suerte de lenguaje nuevo para relatar algo tan viejo como una devastadora pasión. Ese lenguaje, la textura interna del libro, no rechaza ningún referente, y el mundo entero que la rodeaba cabe dentro, de una forma u otra, de los (vistos con ojo clínico) insípidos hechos narrados. Así, la velocidad a la que el mundo giraba, la guerra, las cafeterías, las carreteras, las ciudades, las estaciones, los revisores del autobús y los camareros, las pequeñas ciudades canadienses, el provincianismo, la gran América, la homosexualidad y la religión entran como personajes, como coro de la tragedia. Entran los delirios, los recovecos más densos del alma, la locura, la procacidad, la escatología, el miedo, las habitaciones de hotel sucias, las miradas reprobadoras. Entra prácticamente todo a formar parte de una novela en la que no hay descanso, hay Amor, pero no descanso.

Quinto: es, así, exigente como todo buen libro. La tendencia por el uso reiterado de algunas grandes palabras -sangre, dolor...- lo hace estar muy cerca de una lírica simbolista que, para esta lectora, guarda curiosas concomitancias con la de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. En Smart la concentración de sentidos tiene otra forma de plasmarse.

Sexto: todo lo anterior hace que el mundo representado se diluya. Tal trabajo interior termina por desconvocar los referentes. Simple y llanamente, cuando te dejas atrapar por esta prosa, sólo existe esta prosa. Al cabo, las metáforas no se sienten metáforas, sino descripciones directas de las cosas.

Exactamente, como si de un texto científico estuviésemos hablando. Smart se sentó, lloró, pero por suerte escribió esta novela: un modernísimo paper de investigación espeleológica en la pasión amorosa, sin escrúpulos ni vanidades; al rascar debajo de la cobertura azucarada de la palabreja Amor, descubrió por último un corazón agusanado.

06 noviembre 2009

Memoria y presente del tiempo ido

El fin de semana perdido

José Luis Piquero

DVD, 2009.

ISBN: 978-84-96238-90-9

82 páginas.

8 euros.


Juan Carlos Sierra
Uno puede llegar a los libros de múltiples maneras. Dejando a un lado el método más habitual, a saber, las reseñas de suplementos literarios, revistas especializadas, programas de radio y televisión, etcétera -sobre los que sobrevuela no sin razón la sospechosa sombra de los grupos editoriales que los patrocinan-, quizá la forma más fiable de aterrizar en un título sea el boca a boca entre lectores de confianza, que suelen aliarse en muchas ocasiones con la amistad. En los tiempos ‘digitales’ en que navegamos no hace falta tropezarse con un cómplice de vida y lecturas en la barra de un bar o en la parada del autobús para intercambiar títulos como niños que canjean cromos de las estrellas de la liga; basta con asomarse a los blogs amigos.
Así me acerqué o llegó a mí El fin de semana perdido de José Luis Piquero. Gracias a las reseñas ‘blogueras’ de José Manuel Benítez Ariza y Antonio Rivero Taravillo –elogiosas ambas y fiables a mi entender al cien por cien-, me decidí a revisitar a uno de los poetas españoles contemporáneos más interesantes. Había leído algunos poemas sueltos en antologías y por fin, en el año 2004, cayó en mis manos Autopsia, el libro que reunía la poesía completa –y revisada- de Piquero hasta ese momento.
De aquella lectura me quedó la impresión de un poeta claro, contundente y, sin embargo, con algún que otro momento de titubeo. En El fin de semana perdido saboreo la misma claridad, parecida contundencia, pero más seguridad y, sobre todo, algo que apuntaban los últimos poemas de Autopsia –los por entonces ‘Inéditos’-: una mirada menos fascinada de la juventud, un repaso más lúcido, descreído y crítico del pasado, a pesar de ‘Mensaje a los adolescentes’, el poema que abre El fin de semana perdido.
Parafraseando al autor, el libro se articula en tres secciones, más un prólogo –el mencionado ‘Mensaje a los adolescentes’- y un epílogo –‘Islantilla, otoño’, que trata “un tema inacabable: el exceso de realidad y, con él, nuestro asombro ante el mundo”-. En la primera, ‘Lázaro otro', se recogen “textos de varia lección”, ‘Wakfield’, la segunda parte, reúne “sucesos muy importantes de mi vida personal” y ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ “contiene poemas de amor y desamor –la mayoría en forma de retratos- y acaso una idea común: el amor y la amistad son la misma cosa”.
Esa es la percepción del propio autor, que no tiene que coincidir necesariamente con la del lector –o solo en parte- y en la que Piquero se ha empeñado en destacar el plano más anecdótico de sus textos. Sin embargo, El fin de semana perdido va bastante más allá. ‘Lázaro otro’, aparte de las más que frecuentes referencias bíblicas y mitológicas, indaga en la dimensión más paradójica del paso del tiempo, en la asunción entre nostálgica y descreída de la edad adulta y de la memoria, muy en la línea de otro poemario que reseñábamos no hace mucho en este blog, Apuntes para un futuro manifiesto de Fernando Luis Chivite. En ‘Wakefield’, la segunda sección del libro de José Luis Piquero, la constante es la soledad, que aparece como consecuencia lógica de los cambios que inevitablemente conlleva el trascurso de los años. En este sentido hay que destacar que se trata de una soledad bastante alejada, según se desprende de los versos del autor, de su ficcional regodeo e impostura de juventud. Finalmente, ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ vuelve sobre la constante del devenir vital, pero ahora desde la perspectiva de los amores y desamores vistos desde el presente del personaje poético.
En resumidas cuentas, El fin de semana perdido retrata el subsuelo de las arrugas y las canas, de los achaques y la alopecia, pero con la claridad y la contundencia de quien describe arrugas, canas, achaques y alopecia.

05 noviembre 2009

Schopenhauer sin aditivos

Parerga y Paralipómena

Arthur Schopenhauer

Valdemar, 2009

ISBN: 9788477026310

40 €

Traducción : Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo


Luis Manuel Ruiz


A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.


Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.


Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.

Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.

En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».



[Publicado en La tormenta en un vaso]