26 febrero 2010

La culpa de todo la tiene Yoko Ono



Aire Nuestro

Manuel Vilas

Alfaguara, 2009

ISBN: 978-84-204-2199-5

272 páginas

18 €



Daniel Ruiz García

Vamos a ponernos un poco frívolos. Nos situamos en que el hecho nocillero es el resultado de la eclosión creativa de un grupo de artistas con unas sensibilidades éticas y estéticas compartidas. Un poner: como la gente de Der Blaue Reiter en Munich, allá por 1910, o, más cercano y literario, como la Generación española del 27. Un grupo rompedor, con bastante espíritu iconoclasta (ejem), dispuesto a trastocar nociones creativas y conceptuales que ellos consideran absolutamente trilladas y desfasadas (ejem otra vez), y que nos han conducido a una situación de cansancio estético donde ya no cabe la novedad.



Esa generación tiene todos los aliños necesarios para operar como cualquier generación que se precie. Se reúnen en mesas redondas a las que se invitan a ellos mismos, lanzan proclamas incendiarias que por supuesto defienden invariablemente la muerte del padre, tienen su correspondiente ideólogo (Eloy Fernández Porta), su crítico de altos vuelos (Vicente Luis Mora), su obra cumbre aglutinante (Nocilla Dream, Agustín Fernández Mallo). Después llega el momento que le llega a toda generación: el instante de apearse, la repetición cansina, el tópico, demasiadas obras para una bolsa con tan poco fondo. El mainstream editorial que hinca el tenedor, buscando negocio donde hay ruido (Quosque tandem abutere Alfaguara patientia nostra?). Y claro, inevitablemente, la obra manierista, la que marca el punto definitivo de inflexión, de desinflamiento, de emborronamiento de las formas, de epitafio. La obra extraña, esa que suele cerrar todas las generaciones, y que en este caso recae sobre el libro que nos ocupa. Aire Nuestro, Manuel Vilas.

Pongámonos un poco serios ahora. La historia más extendida sobre el modo en que John Lennon y Yoko Ono se conocieron, y la más alimentada por la maledicencia de los numerosos biógrafos de este tándem, apunta a una implacable seducción por parte de la asiática. Aprovechando la visita del músico a una exposición montada por Ono, la japonesa jugó al desconcierto con Lennon. En cuanto lo vio aparecer por la sala, y sin conocerlo de nada, a Ono se le ocurrió depositarle como quien no quiere la cosa una notita en la mano. La nota sólo decía: “Respira”. A partir de ese momento, Ono empezó a camelarse a Lennon a base de notitas desconcertantes durante toda la velada. Así, cada cuarto de hora la artista le dejaba caer una nueva nota, a cuál más desconcertante. “Piensa”. “Sueña”. “Mira la luz”. Cosas así. Ya sabemos cómo terminó esa historia. Give Pace a Chance, encamamientos infinitos en el Dakota y todo lo que se cuenta y mucho más que no se puede contar.


Lennon, que seguía conservando su rudo espíritu de teddy boy, nunca fue demasiado lumbreras. Hacía poco tiempo que había proclamado sentirse más famoso que Jesucristo, y poco después se dedicó a cagarse en su padre a base de primal screams. Es por eso que el rollo de las postalitas de Yoko Ono le pareció lo más sofisticado del mundo, la cosa más sugerente con la que se había topado. Se sintió obnubilado por el brillo del momento. Se deslumbró porque probablemente no sabía que Ono era más bien una artista mediocre, desde luego nada innovadora, ya que todos esos happenings y performances y environments y demás ferralla postmoderna tenían ya, sólo que de otra forma y con otro estilo, más de medio siglo.

El libro de Manuel Vilas, Aire Nuestro, me ha recordado a aquel célebre cerco de Ono a John Lennon. Porque es indudable que estamos ante un libro seductor. No hay más que ver el ruido mediático que ha generado, la cantidad de adhesiones que circulan por la red, los respaldos tan altisonantes y ruidosos que ha concitado por todos los sitios. Y no me cabe duda de que es un libro distinto. Pero sorprendentemente, para mi propia desazón, después de terminar el libro (¿novela?, ¿cuentos?, ¿poemas en prosa?), me quedo con una extraña sensación. Una sensación antipática. Definitivamente, pienso, no he entendido el chiste.

Vale. Comprendo todo eso de profundizar en el propio sentido de la metáfora. La idea de que la metáfora se construye sobre imágenes convencionalmente asumidas y reconocibles por todos, y de que es posible cambiar la estructura de la metáfora sustituyendo los modelos de referencia por nuevos modelos absolutamente distintos, y provocando así extrañeza, conceptos distintos, novedad. Pero no creo que esto sea nuevo. Porque es un principio que ya estaba en Breton y en los surrealistas. En cuanto a la idea de redefinir la biografía de los iconos, poniendo, no sé, a Elvis ejerciendo de terrorista fantasma, o a Luis Cernuda reencarnado, en fin, son detalles de un chiste a los que no encuentro la gracia. Como tampoco se la veo a poner a circular a personajes del papel couché como Paulina Rubio o Carla Bruni, o al Príncipe Felipe, o a Aznar y González, o al propio autor multiplicado con otros nombres, o cambiado de sexo y llamándose Manuela Vilas. Tampoco le veo el sentido a meter fotos que no dicen nada al texto, y resultan absolutamente gratuitas. Por encima de todo, hay algo que me incomoda bastante: el soporte de toda la estructura de tramas, esa especie de televisión del futuro donde la programación funciona a la manera de capítulos.

Reconozco que la primera notita, un primer capítulo en el que Johnny Cash viaja por España acompañado por Mariscal, me resultó bastante interesante, incluso vibrante, muy rítmico. De ahí me quedo con un aspecto que es a mi juicio lo más salvable del libro. La capacidad de Vilas para construir, en determinados momentos, imágenes y situaciones de gran potencia poética. No he leído su poesía, pero estoy convencido de que debe ser un fabuloso poeta (un inciso: creo que es algo que le ocurre también a otros nocilleros: funcionan mejor como poetas que como prosistas). También le reconozco un estilo bastante ágil, una forma de narrar muy americana, que no se detiene en lo accesorio y favorece una lectura rápida. Lástima que, una vez superada la sorpresa de la primera nota, el resto resulta, por lo general, bastante tedioso. Construir un texto tan libre tiene esas servidumbres: acaba siendo tan libre que se libera hasta del propio lector. No existe pacto entre lector y texto, porque el texto va por otro lado. Acaba resultando tan libre que igual podría incorporar, qué se yo, un prospecto de un paliativo de lombrices, o la tabla periódica, o el inventario del suministro doméstico mensual de Carrefour.

Como lector, Aire Nuestro es un libro que me incomoda, y que incluso me enfurece. Los mimbres de partida, si perdonamos la extravagancia del planteamiento general, me parecen buenos. Los referentes más serios de Vilas me resultan muy estimulantes. Johnny Cash, Elvis, Sergio Leone, Superman, podrían haber dado mucho juego. Sin embargo el resultado me parece absolutamente deforme, estéril, sin pie ni cabeza. Pura casquería icónica, un desguace en el que no logro encontrar ninguna pieza de utilidad.

Yoko Ono embelesó a Lennon. Con eso de las notas se lo llevó al huerto, cuando lo cierto es que Lennon tuvo ocasión de bailar con las más macizas y pudo haberse quedado con la Reina de la Fiesta. Si bien es verdad que después acabó pidiéndole a la japonesa un tiempo de reflexión y de distancia, que aprovechó muy oportunamente con su asistente personal, May Pang (por cierto: qué obsesión por lo asiático). Probablemente, Lennon llegó a sentirse asfixiado por tanta intensidad. A lo mejor es que, después de todo, detrás de aquellos papelitos y todo el tinglado de pirotecnia conceptual que propugnaba Ono no había mucho más.

Por último, un ruego para Vilas. Por favor, en la próxima, mete una foto de éste. Así por lo menos, aunque no me entere del chiste, seguro que me río.

25 febrero 2010

¿Puede escribir un director de cine una novela?

La vida antes de marzo


Manuel Gutiérrez Aragón

Anagrama, 2009

ISBN: 978-84-339-7200-2

296 páginas

18€



Manolo Haro


Lobo Antunes ha aconsejado en alguna ocasión leer malas novelas para ver la tornillería y los engranajes que hacen que, tal vez, una buena idea se convierta en un montón de hojarasca. La recomendación se fundamentaba en la creencia personal de que los escritores se hacen leyendo a los maestros, pero también acercándose a los aprendices de brujo que adolecen en sus pócimas de la experiencia de los grandes hechiceros. Al hilo de esta cuestión, no me atrevería a decir que la primera incursión del director de cine Manuel Gutiérrez Aragón en la narrativa sea una novela de altos vuelos; más bien creo que iluminada por el sol del Premio Herralde de Novela 2009 algún que otro ingenuo lector se pringará las manos con la cera de las alas postizas que untan las grandes promociones y los premios de la casa.

La obra se podría enmarcar en un subgénero que ha corrido desigual fortuna desde que diera comienzo nuestro siglo recién estrenado. El cambio de paradigma en las hostilidades axiales tras la caída del muro de Berlín, con el consiguiente fin de la novela de espionaje, cuyo telón de fondo era la guerra fría, sumado a la querencia posmoderna de la relectura y el hecho de machihembrar lo real con el artificio novelístico, han trastocado los escenarios de la ficción. Los atentados del 11 de septiembre contra los tótems del septentrión capitalista desencadenaron una serie de reflexiones (El segundo avión, Martin Amis) y de novelas de/sobre/con atentado al fondo (El hombre del salto, Don Delillo; Al pie de la escalera, Lorrie Moore) que han intentado responder a algunas de las preguntas que quedaban en el aire y que han venido a configurar este reciente subgénero. En el caso de España, Blanca Riestra ya había sumado con su Madrid Blues una pequeña gluma a tal espiga. El peligro que existe al trabajar con un tema como el 11-M es que los filamentos del frágil vilano que queremos transportar pueden esparcirse por la página en blanco, dando como resultado un dibujo sin perfilar o un boceto que creemos terminado.

En el año 2024, dentro de un tren que realiza la ruta Bagdad-Lisboa-Bagdad sin paradas (los pasajeros se montan en marcha gracias a una especie de vagón de acceso en movimiento), se encuentran dos hombres. En un primer momento descubren que tienen en común su origen español. La conversación comienza entonces a fluir: ambos revelan que comparten una adolescencia asturiana, unos padres adúlteros, unas madres desdichadas y, en algún momento de sus vidas, un amor perdido y una relación directa con el mundo islamista. La luz de las copas reflejadas sobre el mantel de la mesa va cambiando a medida que van mudando las tierras y los vinos propios de ellas. El descubrimiento de una fatal coincidencia cambiará su relación para siempre.

La anterior sinopsis veloz puede que anuncie una serie de incipientes aciertos que luego no se concretaran en nada digno de mención. Estas dos Sherezades desgranan sus vidas en una noche de las 1000 restantes que no compartieron en ese convoy que tiene como origen y destino, sin paradas, un Bagdad desperfilado donde sonó originariamente la voz de la cuenta-cuentos. El lector traerá hasta su magín a los personajes de Extraños en un tren, ésos que planean intercambiar el objeto de sus asesinatos (padre y esposa, respectivamente) para no levantar sospechas. AL contrario que los anteriores, Martín y Ángel vienen con las muertes del 11-M a cuestas por diversas razones que el lector irá descubriendo página a página. Lo menos creíble de la relación de los dos protagonistas con los atentados de Atocha está en una serie de carambolas cabreantes que en lugar de sumar verosimilitud al relato se la resta de manera absoluta.

En cuanto al estilo tampoco se puede decir que La vida antes de marzo vaya a llevar a su autor a emparentarse con lo más granado de la novelística europea. Gutiérrez Aragón, como cineasta metido a novelista, podría habernos regalado una brillante galería de ambientes e imágenes; sin embargo, ofrece unas opacas perlas más dignas de un mal poeta nadando entre tópicos que de un narrador (“tenía –y seguro que tendrá aún – esos ojos oscuros por con puntos brillantes, de cómic, amigo mío, de dibujo manga”, p.39). Los diálogos presentan a personajes adultos hablando como adolescentes sobre cuestiones genitales o sobre la foto de las Azores (“¿Has visto la foto? Con los tres, el americano pasándole la mano por el hombro al presidente español, que luce un mechón agitado por el viento […]. Por esa foto en las primeras páginas de los periódicos del mundo piensa el presidente español que ha merecido la pena matar y morir, despedazar miembros y hacer estallar cráneos”, p.228). Nos topamos con ligeras aseveraciones buscando darle algo de color a los ambientes juveniles (“El dj tenía canas, pero conocía su oficio. Era sevillano y amante del hip-hop, cosa propia de los bares del sur” [sic], p.251). La planicie de los personajes, su maniqueísmo flagrante, no queda atenuada en ningún momento de la obra. Los principales pivotan sobre los secundarios, y ninguno de ellos sufre una evolución verosímil que nos haga sentir que estamos ante personajes de carne y hueso y no ante unos más que previsibles seres de novela.

El riesgo de intentar llenar de luz las zonas oscuras de la historia cercana se hace patente al resultar de ello una mera contribución pueril a los atentados del 11-M. A aquéllos que gusten de la literatura con tintes políticos les recomendaría la lectura de otros títulos más sesudos.

Daniel Defoe nació en 1660. Cuando tenía cuatro años la peste asoló Londres. El magistral Diario del año de la peste vio la luz en 1722, cuando ya había cumplido 62 años. El paso del tiempo siempre puede salvarnos de los tropiezos en los acantilados del ridículo.

24 febrero 2010

Uno de esos libros

Siete maneras de matar a un gato

Matías Néspolo

Los libros del lince. Colección Literaturas

ISBN: 978-84-937038-3-7

220 páginas

15,51 €

Daniel Ruiz García

A Domingo López, agradecido


Es una tendencia bastante extendida el recurso de hurgar en el contexto histórico y sociológico de una obra, como si así, echando mano del entorno, de las circunstancias políticas, sociales, económicas, etcétera, consiguiéramos completar y comprender de forma más certera el alcance de un lienzo, de una novela o de un edificio de oficinas. Se ha escrito mucho sobre esto, así que no vamos a descubrir la pólvora, de todas formas a veces se nos olvida que, por ejemplo, una novela no es más que las páginas que se contienen dentro de la cubierta, y que todo lo que está ya se encuentra allí. Todo lo demás son conjeturas.

Las críticas que he leído sobre el libro que nos ocupa, Siete maneras de matar a un gato, están planteadas en su gran mayoría desde el enfoque sociopolítico en el que se desarrolla la trama. A saber: el momento de la explosión de la crisis financiera que llevó a Argentina a comienzos de 2000 a la debacle económica y al rudimentario y a la postre desastroso sistema del “Corralito”. Ése es, en efecto, el contexto de la trama, pero la novela es muchísimo más que eso. Es una historia sobre un puñado de adolescentes que malvive en el extrarradio de una gran ciudad, dominado por un código de conducta cuyo lenguaje es el hambre, la miseria y la falta de cultura. La generación, si se me permite, del pegamento, los populares huelepegas que la realidad catódica hizo tristemente célebres hace unos años y que aquí se convierten en carne de ficción.

En este tiempo creativo tan propicio a la metaliteratura, el debutante Matías Néspolo es capaz de construir un artefacto narrativo muy eficaz que se vale de una historia clásica, el universal Moby Dick de Herman Mellville, para otorgar una dimensión simbólica a lo que se cuenta, sin que en ningún momento esto resulte forzado o incomprensible. La relación con la novela de Mellville, propiciada a través de la lectura que del libro va haciendo el personaje principal, el Gringo, a lo largo de la trama, se produce de forma limpia, clara, diáfana. Un ejemplo para todos esos escritores obsesionados por dejar pistas sobre sus influencias en todo lo que escriben, y que terminan transformando sus novelas en potajes de sabores extraños y contrapuestos.

Lo mejor, a mi juicio, de esta novela, es el estilo. Un estilo que otorga al habla argentina más arrabalera una musicalidad altamente vibrante y sugerente. Como en La naranja mecánica de Burguess, no es necesario echar mano del vocabulario que aparece como apéndice para facilitar la comprensión, sino que es mejor leerlo de corrido. En Burguess, el lenguaje se llamaba Nadsat, y era una pura invención. Aquí, suponemos que está sacado de las conversaciones entre huelepeguas que malviven entre las basuras del extramuro bonaerense. De todas formas, nos importa poco. Porque a Néspolo se le permitiría ésa y cualquier otra licencia que tenga que ver con el lenguaje y el estilo. Un estilo libérrimo, pero paradójicamente, a la vez, contenido de manera férrea en una estructura narrativa que otorga a cada capítulo un aspecto sólido y contundente. Muros de hormigón recios, pero castigados por la intemperie, que arañan al tacto y ensucian cualquier caricia.

Un libro de ésos que se leen de corrido, y que le quitan horas al sueño. De los que no podemos levantar la mirada a pesar de las curvas. De los que se llevan en el bolsillo de la chaqueta, y que se extraen a la menor oportunidad. De los que realmente te provocan problemas con tu mujer o con los niños, porque te reclaman denodadamente una atención que en ese momento no está, no puede estar con ellos. De los que no queremos que se terminen. Un libro de ésos, vaya, ya me entendéis.

23 febrero 2010

Escribir el desamor

Itziar Mínguez Arnáiz

Cara o cruz

Editorial Huacanamo, 2009

ISBN: 978-84-9360-934-4

52 páginas

10 euros


Juan Carlos Sierra


Creo que es Alejandro Luque a quien le he escuchado alguna vez que cuando se encuentra en estado de dicha no ‘pierde el tiempo’ en escribir, sino que intenta disfrutarlo, vivirlo. Y algo de cierto tiene que haber en esta afirmación, porque, como en muchas canciones, se suele cantar más lo que se pierde que lo que se gana, las derrotas que los triunfos, quizá por una especie de rémora de nuestra educación y tradición judeocristiana en la que pesa como una losa el sentimiento de culpa y, por consiguiente, quien manifiesta sus instantes felices cae en el mayor de los pecados, la inmodestia.
O puede suceder que no sea esta la razón de fondo de la mayoría de los versos tristes que nos cruzamos en los poemas que leemos, sino más bien la capacidad que tiene la literatura –y la escritura en general- para ordenar el caos de la vida, cuando se tiene conciencia de él; y, puestos a lanzar hipótesis, quizá en ningún otro momento se siente más el desorden del mundo que cuando se desintegran los vínculos creados por el amor. Por el contrario, cuando el espíritu respira sin dificultades, todo encaja armónicamente como un puzzle sideral.
Digo todo esto porque Cara o cruz, el último libro de Itziar Mínguez Arnáiz, parece corroborar –especialmente en la segunda y tercera parte del poemario- esta tesis, puesto que su leit motiv no es otro que lo que viene después de la ruptura, del desamor, es decir, el desmoronamiento del ser amante para volver a reconstruirse. La primera, titulada ‘Cara’, aunque relata en un largo poema narrativo llamado ‘Rutinas’ los instantes en que las cosas iban bien para la pareja protagonista, tampoco se puede afirmar que se interese especialmente por los estados más dichosos –orgásmicos, eufóricos, plenos,…- de la relación que se acaba en las páginas siguientes.
En este sentido, el libro parece apoyar la tesis que planteaba Juan Bonilla en unos versos afortunados de su libro El belvedere: “Tarde o temprano a la rutina se le cae la t/ y los días se llenan de escombros de deseo/…”. La rutina no es sinónimo de aburrimiento acomodaticio, sino más bien de construcción sólida del amor. Cuando se le cae la t, lo que viene después son materiales de derribo que hay que tratar poéticamente para explicar, reordenar y reedificar a los amantes rotos.
Esto es en concreto lo que sucede en los apartados de la tristeza –‘Cruz’ y ‘Cara o cruz’-. En ellos se observa además una estructuración consciente por parte de la autora que lleva al lector de lo concreto a lo abstracto, del reparto de lo material –‘TV’, ‘CDs’, ‘libros’, ‘ropa’, ‘fotos’- a la división con decimales de lo inmaterial –‘balance’, ‘inventario de derrotas’, ‘buenas intenciones’, ‘planta baja’-.
Y todo esto lo traza Itziar Mínguez con un lenguaje poético limpio, directo, versolibrista, prosaico –en el mejor sentido lírico de la palabra-, que atrapa al lector para no soltarlo hasta el verso final.

22 febrero 2010

Como utilizar un McGuffin y no pillarse los dedos

Isabel Fonseca

Vínculo

Anagrama, 2009.

ISBN 978-84-339-7513-3

386 pág.

19,50 euros

Traducción: Eva Almazán




Ilya U. Topper


Un mujer ―periodista anglosajona de unos cuarenta años, madre, casada con un tipo interesante y residentes ambos en una isla tropical― descubre que su marido tiene una relación sexual, muy sexual, con una tipa aparentemente joven y fogosa que se desarrolla vía correo electrónico. Primer enredo: la protagonista, en lugar de darle al botón de print y enrollar los folios cual arma punzante, decide investigar y se hace pasar por su propio marido en una espiral erótica y virtual en la que ya no sabemos quién engaña a quién.
Eso promete. Sobre todo porque estamos aún en la página 40 y tenemos muchas expectativas para las demás 340.
Nada de eso. La joven fogosa desaparece de la escena tal y como irrumpió (si fuera un teatro sospecharía de una trampilla en el escenario) y en su lugar aparecen una madre algo maniática, una hija prácticamente sin descarriar (lo justo como para cogerle cariño), una mamografía, un ginecólogo, un jefe barrigudo, el guapo colega del marido, un padre enfermo, una hermana distanciada, un ex novio, un futuro yerno niñovicente y un cernícalo. En otras palabras, una fauna de lo más común, en urgente necesidad de un flautista de Hamelín. Si éste se llamara Miguel Albaladejo, a buen seguro todos acabarían bajo el árbol de navidad de una chabola en las afueras de Madrid. Pero Isabel Fonseca tampoco se los lleva todos juntos a su isla sino que los reparte por diversas partes del mundo (Londres, Nueva York), sin darles mucha oportunidad de intimar.
Al final nos queda únicamente el recorrido de la protagonista a través de las varias relaciones que la unen o desunen con la madre, el cernícalo, la hija, el ex, el gine, el marido etcétera. Y lo que empezó como una novela se va convirtiendo en una reflexión filosófica sobre la situación social / económica / emocional / sexual / psíquica (en orden ascendente) de una mujer anglosajona, casada, de unos cuarenta años. Estructurado ―y aquí reside el fallo literario― en capítulos aparte, como si de un ensayo se tratara.
Los agentes editoriales tienen un nombre para este tipo de libros: chick-lit, una abreviatura de chicken (pollo, chica) y lit(eratura). Describe este tipo de literatura que no quiere contar una historia sino sólo subrayar, a través de diversas anécdotas normalmente humorísticas, la situación soc / eco / emo / sex / psi de la chicas, normalmente jóvenes y obsesionadas con todo lo que las autoras creen que debe obsesionarles (el peinado, el peso, el tabaco, los jefes, los orgasmos). Por supuesto, ustedes están pensando ahora en Helen Fielding, Marian Keyes o Candace Bushnell, aunque la inventora del género no es otra que Carmen Rico Godoy: con su Cómo ser una mujer y no morir en el intento (1990) se adelantó en cinco años a la más precoz de las tres citadas que hoy figuran en todas las enciclopedias del género: ya se sabe que la autopista a la inmortalidad está asfaltada con las sílabas de un apellido anglosajón.
Vínculo no encaja del todo en este conjunto: le falta el humor ácido y la voluntad de crítica social que caracterizan las obras de Rico Godoy y sus imitadoras posadolescentes. Sus pasajes se tiñen a veces de lirismo. Pero eso no basta para compensar lo que, personalmente, he vivido como un repentino descalabro de los personajes sobre el escenario: un desenlace muy mal resuelto. Si una utiliza un McGuffin debe saber deshacerse de él con el mismo gesto elegante con el que lo sacó de la chistera.
Todo eso puede ser de menor importancia para quien lea la novela y se reconozca en ella. Porque el libro pretende eso: mostrarnos como somos a los cuarenta y cinco, tras veinte años de matrimonio. ¿Somos? Quiero pensar que Isabel Fonseca no es así (demasiado bien me cae). Aquí nos adentramos en un análisis de culturas, pero vistas desde un país donde los cuernos (los de él y los de ella) forman parte de la decoración de cualquier salón familiar que se precie, las comeduras de coco de Jean Hubbard se me antojan producto de una represión sexual victoriana que esperaba que en las últimas décadas se hubiera superado incluso allende el Canal de la Mancha (aunque no allende el Atlántico, a tenor de cierta teleserie neoyorquina). No creo que Carmen Rico Godoy hubiera puesto como guinda de un final feliz el que su hija de veinte años le anunciara el compromiso formal con su novio (¿tantos años de feminismo para eso?).
Como siempre que se maneje sólo una traducción es difícil saber hasta qué punto la novela original la puede salvar el lenguaje. Sospecho que ha perdido en el camino: no encuentro la sensibilidad ―casi sensualidad―, la ternura, el humor fresco, la sonrisa de pillina, la claridad de periodista que convierten en gozo la lectura de la primera obra de Isabel Fonseca, Enterradme de pie, toda una lección de cómo escribir un ensayo que se lee con más ganas que una novela. Sospecho de la traductora: en castellano, a diferencia del inglés, no se debe usar la cursiva para destacar en un diálogo la palabra sobre la que recae el peso de la frase. Mantenerla en una traducción en lugar de buscar otra solución para crear un diálogo real, cercano, no es buena señal. Aunque las cursivas no tienen culpa de la represión victoriana ni de los McGuffins díscolos.

19 febrero 2010

Monsieur Flaubert soy yo

Los mecanismos de la ficción

James Wood

Editorial Gredos, 2009.

ISBN: 978-84-249-3610-5

193 páginas

23 euros

Traductor: Ana Herrera






Javier Mije
“Un autor en su trabajo debe ser como Dios en el Universo, presente en todas partes y no visible en ninguna”. Resulta paradójico que esta consigna de Flaubert sea una de las citas primordiales de este ensayo, dada la querencia ocasional de James Wood hacia la luminotecnia del ingenio y, como ha señalado el profesor Sanz Villanueva, su gusto por epatar. Pero Los mecanismos de la ficción es un libro tan erudito, tan sensato y tan lúcido que sospecho que esta aparente contradicción del ensayista que se hace notar con sus juegos de palabras mientras glosa las virtudes de la llaneza de estilo no es más que otra enseñanza soterrada de estas páginas: la que nos muestra el camino de dificultades que va de la teoría a su realización. Está bien que así sea, los secretos de la ficción están aquí tan clarificadoramente expuestos que la sencillez de las disertaciones, su rotundo sentido común y la nitidez expositiva de Wood podrían conducirnos a la idea quimérica de que escribir novelas es una tarea sencilla. Reseñadores habrá que no necesiten tirar por una abrupta calle de en medio para incitar la lectura de estas páginas, pero como temo no estar a la altura de las circunstancias dejo aquí encendido el siguiente cartel luminoso: si quiere usted ser escritor, o si más modesta y sensatamente desea usted ser un lector apañado, encargue cuanto antes este libro en su librería de confianza.
El ensayo está estructurado en diez secciones que tratan asuntos como la focalización, el diálogo, la caracterización de personajes, la importancia de los detalles y todo ese entramado de herramientas necesarias para levantar esos artefactos privilegiados de nuestra cultura llamados novelas. En ellos Wood cuestiona, matiza y revela la falsedad de unos cuantos paradigmas tenidos como dogmas por la narratología más al uso. Uno de los capítulos más interesantes es el dedicado a reivindicar la legitimidad del punto de vista omnisciente, a demostrar las sutilezas que puede alcanzar el estilo indirecto libre frente a los que postulan que no hay otro narrador posible que el yo parcial y quebradizo. Vaticino que los capítulos dedicados a los detalles –esas ráfagas de palpabilidad- , el diálogo, y la deconstrucción que hace Wood de la clásica división de Foster entre personajes planos y redondos serán a partir de ahora textos fundamentales en cualquier escuela de escritura creativa que se precie. Yo ya los he fotocopiado, con perdón.
Igual que Harold Bloom situaba a Shakespeare en la cima solitaria del canon occidental, el autor que para Wood sintetiza todos los progresos de la técnica narrativa moderna –detalles expresivos y brillantes, alto grado de observación visual, falta de sentimentalidad, elusión de lo superfluo, invisibilidad del autor y búsqueda de la verdad- es Flaubert. Con Flaubert, dice Wood, “la literatura se volvió problemática”. Ningún novelista se preocupó tanto por el estilo, ninguno fue tan fanático en la depuración de las frases. El autor de Madame Bovary contribuyó también a dinamitar los personajes estables en favor de otros más parecidos a nosotros, esto es, seres frágiles que deciden sus principios a medida que van avanzando y se ven condicionados por todo tipo de cosas: la genética, la educación, la sociedad, el bolsillo. Flaubert tiene algo que decirnos también sobre la confusión de algunos críticos –que se clarifica aquí magistralmente en el último capítulo- en torno al realismo. Realismo no es mímesis; la función de la narrativa no es representar la realidad. El realismo es una convención que selecciona y moldea la realidad para crear una verdad de otro orden. Gregor Samsa no es un ser humano probable, ¿pero niega esto que La metamorfosis sea un texto de una verdad clarificadora sobre nuestra humana condición? La literatura no copia la realidad sino que trae a la mente realidades. Por eso Flaubert denostaba la pornografía, no por su condición inmoral, sino por su alejamiento de la verdad. Si usted ve una de esas películas subidas de tono probablemente afirme con Flaubert: “las cosas no son así”. Pero quizá el legado más perdurable de Flaubert sea su afán perfeccionista. Todos los escritores que han venido detrás, afirma James Wood, han sentido el aliento de Flaubert en la nuca. El señor Flaubert es usted, educado lector, que mesura y juzga los méritos estéticos de cualquier obra de ficción; Monsieur Flaubert es todo el que se atormenta con la siguiente pregunta: ¿está lo bastante bien escrito?

18 febrero 2010

Gama de grises

La hija del optimista

Eudora Welty

Impedimenta, 2009

Traducción de José C. Vales

Introducción de Félix Romeo

ISBN: 978-84-937110-5-4

232 páginas

19 €




Carolina León

¿Qué sacó Eudora Welty de fotografiar intensivamente la realidad de un momento y un lugar extremadamente duros, como fue el Sur de los Estados Unidos durante los años 30? Quizá aquel trabajo, empleo en una agencia publicitaria, que ella supo sacar de su contexto y aprovechar para su propio interés, le sirvieron para hacerse una experta observadora de circunstancias, ambientaciones y paisanajes, colección que, debidamente tamizada, pasó posteriormente a sus libros.

Por primera vez en español (en una traducción estupenda, por lo sutil y bien ponderado de lo que imaginamos que es el original), La hija del optimista valío a Welty un Premio Pulitzer. Publicada originalmente en 1972, la consagró (pero no era el único testigo) dentro de la tradición, quizá algo tardía, de la novela "sureña".

Ahí encajaría con habilidad este libro, a pesar de que cronológicamente salta varias decenas de años de la producción más conocida de ese “género”. La pluma hábil y el pulso narrativo trabajado durante años por esta culta e inquieta mujer dieron un bello relato, integrado en el molde de la ambientación topográfica y social del Sur de Estados Unidos (aquí, Nueva Orleans, pero sobre todo Mississippi, de donde era originaria la autora), y a la vez entrega aspectos hasta entonces poco frecuentados de esa creación de ambientes y personajes “típicos”.

Para situarnos, contaremos que "la hija del optimista" es una mujer de mundo, que ha salido hace años de su pueblo natal, Mount Salus, y vive en Chicago, emancipada y sola, y en el punto de partida se ve obligada a regresar para acompañar a su padre a la muerte, compartiendo vigilia con la segunda mujer del hombre, más joven que ella. Con la muerte del padre comienza el auténtico regreso a "casa" y el acompañamiento de fantasmas, vivos y muertos, con los que se verá obligada a saldar cuentas.

¿Cuáles son sus hallazgos? Capote, siempre cerca del histrionismo, McCullers tan sombría, Faulkner barroco... Welty recoge sus testigos y produce el libro más contenido y moderado, y al mismo tiempo emotivo, que se podía escribir a la sombra de estos titanes. En La hija del optimista, el bien y el mal, los tipos protagónicos y sus antagonistas, la gente buena y la gente regular no tienen contornos definidos. El lector se verá en problemas para ponerse de uno u otro lado porque, en definitiva, parece querer decirnos la autora, no existen los lados. El hermoso “rosal de Becky” podría ser el culpable del derrame ocular del juez. El carnaval allá afuera mientras el viejo está convaleciente suena horrendo y desagradable. Las “damas de honor” que cuidan de Laurel durante el funeral no son jovencitas ni están cargadas de buenas intenciones.

Pero es mucho más interesante el juego de espejos que se produce entre los personajes principales (Laurel y Fay, nueva esposa de un juez setentón y viudo, que sucumbe tras una operación quirúrgica "rutinaria"). No será posible quedarse con ninguna de las dos, a pesar de que es por supuesto Laurel la capitana del relato y su voz es la que se cuela en la tercera persona. El demiurgo tras toda la trama no escatima picante cuando han de aparecer los resquemores, la rabia, las ganas de traición o venganza, la crueldad incluso. Su cualidad resbaladiza y, al mismo tiempo, la inquietante penetración psicológica de los tipos humanos, además de ese tono “sosegado”, “contenido”, “modulado”, hasta resultar a ratos irritante, hacen de este libro una pieza de orfebre, en la que importa tanto lo que se muestra como lo que se ha quitado.

Y la pluma de Welty convierte una historia sin demasiada chicha en un apretado carnaval de emociones, donde se pueden reseñar dos (pero son muchos más) emocionantes momentos: el curioso baile perspectivesco producido durante el funeral entre los asistentes -viejos vecinos, familiares, empleados, alcalde y juristas, gente toda del pueblo-, tratando de expresar desde la "buena voluntad" la esencia del difunto. Y las últimas páginas, también, donde casi la narración parece abandonar su sordo goteo y lanzarse por cierto torrente emotivo (pero no, nunca), cuando la hija, habiendo dado carpetazo a los recuerdos, se dispone a salir de la casa de su infancia para siempre. "Los recuerdos no viven en un objeto concreto, sino en las manos libres, perdonadas y liberadas, y en el corazón que puede vaciarse y llenarse de nuevo".

La maravillosa profundidad dada a cada pequeño actor de la comparsa, el tiempo y el alud de recuerdos, tratados con mesura y representados con maniática flema, al tiempo que se enjuicia una vida entera, hacen de este libro una lectura deliciosa.

17 febrero 2010

Sevilla tiene un color especial


123 motivos para no viajar a Sevilla


Jorge Molina


Jirones de azul, 2010.

ISBN: 978-84-928-6802-5

223 págs.

16,50 euros




Rafael Roblas Caride

Cuentan las crónicas que aquel cristiano converso ejercía su oficio desde tiempo inmemorial. Así, cada mañana, apostado con su mesita, su pluma y su tintero anotaba convenientemente los entierros que salían extramuros y cobraba los impuestos pertinentes. Cierto día, el azar hizo de las suyas y una investigación del Consejo descubrió la inexistencia de su cargo oficial, heredado de padres a hijos a través de varias generaciones. Nadie le explicó su situación administrativa, aunque sí le señalaron convenientemente el camino que conducía a la Cárcel Real. Tres meses permaneció donde “toda incomodidad tiene su asiento y, como no podía ser de otro modo, a su salida, pronto se tomó cumplida venganza: durante más de una semana, un gran lienzo colgado de la muralla anunció al viajero cuál era su destino. “Caminante, llegas a la ciudad de la desorganización y del mal gobierno” rezaba el cartel. Nacía así un subgénero tan cultivado como poco reconocido por la ortodoxia de la vieja Híspalis: la crítica a ese ente intocable e imaginario, mitad celestial mitad arcádico, vergel florido del tópico y “jardín cerrado para pocos”, que responde al nombre de Sevilla.

Casi setecientos años después, esta senda es recorrida nuevamente por Jorge Molina y su originalísimo proyecto “Guías del no viajero”. Amén del valor -que, como al buen militar se le presupone-, el temerario periodista se pertrecha de unas alforjas donde no se escatiman dosis casi letales de sarcasmo, ironía y mala leche, ingredientes indispensables para encarar esta peligrosísima misión y no morir en el intento. Porque suicida ha de ser aquel que se enfrenta, lanza en ristre, a axiomas tan arraigados y definitivos en el complejo inconsciente colectivo del sevillano como los siguientes:

“A los sevillanos se nos acusa de ombliguismo,… pero es que Sevilla tiene un ombligo que es digno de ver”. (Antonio Burgos).

“Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo… lo peor es que puede que tengan hasta razón”. (Antonio Gala).

“Sevilla está donde tiene que estar. Las que están lejos son las demás ciudades”. (Rafael el Gallo).

Atisbado el panorama e informado el lector de la reseña sobre el paño que se gasta en la capital de la Bética, habremos de abundar en que Jorge Molina es ¡encima! casi paisano, ya que, a pesar de que su madre rompió aguas en Cumbres Mayores (Huelva), reside desde hace bastante tiempo en Sevilla. Aunque, olvidando el incorregible masoquismo crónico que debe padecer el autor, deberíamos ya centrarnos en las siguientes incógnitas: ¿qué pretenden realmente estos 123 motivos para no viajar a Sevilla?, ¿a qué tipo de público se dirige este tipo de antiguía?, ¿cuál es su resultado definitivo?... Y, para concluir, la pregunta del millón, ¿continúa Molina residiendo en la “maravillosa urbe andaluza tras la publicación de su libro?

A las primeras cuestiones responde el autor taxativamente en su atinada introducción: “Usted anhelaba sin saberlo una guía de qué no hacer, dónde no ir, y con quién no tratar en el lugar de destino”. Es esta, pues ,una guía “para quienes sólo desean pasar de puntillas por el destino y regresar pronto al origen”. Son los efectos visibles de este endiablado ritmo de vida que convierte el placer viajero en una nueva causa de estrés y tensión con la “parienta y demás adláteres”. Y por algún sitio había que empezar. Desestimadas las mediáticas Cuenca, Cáceres y Teruel, Sevilla prometía. Al fin y al cabo “sólo las ciudades con nivel como Sevilla llegan a tener libros de esta clase. Las guías sectoriales atraen nuevos turistas y Sevilla tiene pocas. Alguien debería escribir una guía-callejero de apariciones y crímenes. Y otra de flamenco y copla”, ha manifestado Molina a Alfredo Valenzuela, en confidencia autoexculpatoria.

Así, el temerario guía afronta, como un Virgilio apócrifo, el socorrido papel de ángel de la guarda del visitante que no sabe a lo que se arriesga… ¡y lo publica! En el recorrido, el forastero descubrirá de su mano los arcanos más ocultos de la ciudad. ¿Por qué es preferible entrar en los bares que más cáscaras de gambas acumulan en el suelo?, ¿qué peligro nos acecha si se hace una inocente pregunta a un solitario capillita que monta un paso?, ¿dónde se puede localizar, expuesta casi como reliquia, la mesa de trabajo del general golpista Queipo de LLano?, ¿qué misterioso ingrediente de la sangría eleva su factura a los quince euros?, ¿cuál es la sutil diferencia que separa una “incienso-taberna de un “incienso-pub? o, finalmente, ¿qué enigmático motivo explica que la única cerveza disponible en toda la ciudad sea la “holandesa Cruzcampo…? Por estos terrenos discurren los 123 recodos –podrían haber sido muchos más- que estructuran la guía. Bueno, los 123 recodos y la coda con “los diez errores más comunes cometidos por los intrépidos visitantes que arriban a la orilla del Guadalquivir”. Para que cada uno sepa a lo que se arriesga.

Por otra parte, y llegados a este punto, sería imperdonable no señalar que, pese al sarcasmo y la crítica ácida que se perciben en bastantes pasajes de la guía, el cariño y el amor a la ciudad constituyen el eje fundamental del volumen. “Se canta lo que se pierde”, cantó otro sevillano escéptico. Parafraseándolo, podríamos afirmar que se critica lo que se ama… ¿con la esperanza del cambio? Puede ser. Sin embargo, seguro que no faltarán mentes obtusas y pacatas que sostengan que Jorge Molina debe ser quemado públicamente en una actualizada pira inquisitorial. O, peor, palmeros borreguiles que aplaudan la guía sin descender al nivel de su “guasa mientras crucifican, por detrás, a su autor. No serán grupo menor. A pesar de todo, vaticinamos que la sangre no llegará al río. No en vano, la hipocresía es otra de las cualidades que maneja con mano siniestra esta difícil ciudad.

Inteligente, sarcástica, irónica, ocurrente, ágil, profunda. Todos estos adjetivos –y algunos más que nos ahorramos para que el autor no levite en demasía- se nos ocurren para calificar este primer volumen de las “Guías del no viajero”. Esperemos que el empeño de Jorge Molina no se estanque y pronto vuelva a sorprendernos con una nueva entrega. Sin embargo, dudamos que supere el nivel alcanzado en estos 123 motivos para no viajar a Sevilla, ya que, por mucho que se esmere, no encontrará otro “marco incomparable” que encierre dentro de sí “un mundo tan entero, radical y perfecto que el que encierra en sí misma esta bendita tierra de María Santísima. He dicho.

Pd- Tras terminar esta reseña, nos han informado que Jorge Molina aún vive –y colea- dentro de los muros de Sevilla. Laus Deo.


16 febrero 2010

El principio de la discontinuidad

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

Patricio Pron

Mondadori, 2010
ISBN. 9788439722182

219 páginas.

17.90 euros


Rafael Suárez Plácido

La primera noticia que tuve de Patricio Pron (Argentina, 1975) fue en el número 16, invierno de 2008, de la revista EÑE: “Mientras preparábamos este número, nos llegó la noticia de que Patricio Pron, un escritor argentino de 33 años aún inédito en España, había ganado el Premio Jaén de Novela 2008 con El comienzo de la primavera. (…) Daba la casualidad de que un cuento inédito suyo había sido seleccionado previamente para este número dedicado a los novísimos de América Latina.” El cuento se llamaba “La cosecha” y, junto al de Maximiliano Tomás, también primera referencia que tenía de él, fueron los que más me interesaron de la revista.
El resultado es que me hice con El comienzo de la primavera (Mondadori, 2008) que me pareció desde el inicio, una lectura deslumbrante. Cuenta la peripecia, vital e intelectual, de un joven profesor argentino, Martínez, en busca de un filósofo alemán, Hollenbach, discípulo y amigo de Heidegger. Mientras tanto, nos ofrece una visión de la Alemania del siglo XX, de cómo y por qué sucumbió a Hitler, y de que cuando se fueron dando cuenta del error, ya era demasiado tarde. No es fácil encontrar los libros anteriores de Pron en España, por eso mi expectación con esta colección de cuentos era enorme.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Mondadori, 2009) es una colección de dieciocho relatos que el autor ha ido publicando en revistas o antologías, o ha presentado a certámenes de cuentos. Alguno de ellos, “Es el realismo”, ha ganado el prestigioso Premio Juan Rulfo en su edición de 2004.
El libro comienza con “Las ideas”, que hace las veces de poética del autor: “Mi hijo me contaba una película que decía haber visto: en ella, una mujer creía que su hijo había muerto; el espectador creía en lo que la mujer decía hasta comprobar que su marido pensaba que su mujer estaba loca y que nunca habían tenido hijos, la mujer escapaba de su marido y se encontraba con un hombre al que ella recordaba y que se acordaba de su hijo, entonces el espectador cambiaba por tercera vez de idea…” Esto son los relatos de Pron: una sucesión de ideas a las que les sigue casi siempre otra mejor. Continúa el narrador hablando de su hijo: “Él también es sólo una idea. Todos somos las ideas de nuestros padres, y nos esfumamos antes o después de ellos.” Las relaciones entre hijos y sus padres son uno de los temas del libro. En el relato “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás”, un hombre encuentra un álbum de fotografías entre las pertenencias de su madre, con la que tuvo una relación difícil, porque siempre sentía que no estaba a la altura. Las fotos y alguna carta que posteriormente encuentra le llevan a presentir algo que le sorprende mucho y decide viajar a Gotinga, la ciudad en la que ocurrieron los hechos. Todo esto enlaza con un narrador en segunda persona y lleva a un final sorprendente y amargo, donde fondo y forma o significante y significado van en una sola dirección. “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre” cuenta un último intento por arreglar las cosas, hasta constatar que “…no puedes cambiarlas: están allí y duelen, pero son todo lo que tienes.”
También los viajes, el sentido de ciudadano del mundo, o de ciudadano de ningún sitio están presentes en el libro. Desde el entrañable herr Maak de “El viaje”, hasta los protagonistas de “El estatuto particular”, “Es el realismo” o “La visita al maestro”, hacen de los viajes una forma de vida y, dentro de los viajes, las visitas a los museos: “Los museos son la forma más perfecta del viaje; permiten conocer lugares distantes y maravillosos sin moverse de la ciudad. En cierto modo, son como la memoria de un viejo. Están poblados de acontecimientos y de cosas que ya no significan nada.”
Dentro del viaje hay que situar geográficamente los relatos: siempre en Alemania. A veces el espacio no determina, pero yo sí pienso que en la mayoría de los casos sí ocurre. Alemania está muy marcada por su espacio, por sus climas, por su cultura y por su historia. Como ocurría en El comienzo de la primavera, la adaptación de este argentino al medio alemán es absoluta. Incluso cuando sale de él (“El estatuto particular” o “Es el realismo”) sufre las consecuencias y termina transformándose en un personaje irreconocible. La ciudad por excelencia que visitan los sudamericanos es París. Pero ahí están Mutis y Amberes, o Bolaño y Alemania, para mostrar que las cosas están cambiando. Patricio Pron es doctor en filología románica por la universidad de Gotinga y pasó allí el mismo tiempo que la madre del narrador de “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás.”
Pero el tema que recorre todo el libro es la literatura. Las historias muestran a un protagonista con tres novelas y dos libros de relatos en Argentina, que decide irse a Alemania, donde está buscando su sitio como narrador. Así ocurre en “El estatuto particular”, donde el protagonista además elabora un decálogo sobre el que vierte todas sus frustraciones con críticos, jurados de premios y editores. Y aun más en “Es el realismo”, uno de los mejores cuentos del libro, donde visita París y se queda a un par de semanas del regreso sin apenas dinero para cenar algo y un café al día. Sería interesante saber qué opina ahora sobre el mismo tema, ahora que las críticas le sonríen, ha ganado algún premio importante y está publicando en una de las editoriales más prósperas.
¿Cuál es el género de “Contribución breve a un diccionario biográfico del Expresionismo? Lo que es cierto es que podría haber sido un librito delicioso por sí mismo. La conexión con El descubrimiento de la primavera es absoluta: la teoría principal de Hollenbach es el principio de la discontinuidad, el mismo título del libro de poemas del primer autor de este opúsculo, Balduin Bählamn. La forma casi ensayística, y a veces sin el casi, también nos evoca ese libro.
Muy interesante también “La visita al maestro”, en el que una joven viaja a la ciudad donde vive un autor al que considera su maestro, chileno, para respirar de cerca su ambiente y evocar los momentos en que se conocieron. “Escribí este libro sin tener en mente la forma de hacer literatura en mi país…” dice el maestro, y a mí me parece que bien lo podría haber dicho Roberto Bolaño, o el propio Pron, porque lo que está haciendo con su obra, con su aún escasa obra, es reinventar la narrativa en castellano, contar cosas que nunca se contaron antes en nuestra lengua.

15 febrero 2010

La sombra del ciprés

Lorca, el último paseo

Gabriel Pozo

Ultramarina, 2009.
ISBN: 978-84-935857-7-8

414 páginas.

18 euros.




Jesús Cotta

De todos los libros que circulan últimamente para intentar esclarecer la muerte de Federico García Lorca, quizá sea este el más completo y claro, pues recoge las tesis del entrañable Penón, de Gibson, Molina Fajardo y otros autores y las coteja y extrae de ellas conclusiones reveladoras que, antes, por falta de datos y testimonios, eran meras elucubraciones. El libro cuenta además con documentos interesantísimos como el sobreseimiento del expediente de Federico García Lorca, en 1946, por la Comisión Liquidadora de Responsabilidades Políticas. Pero lo más interesante del libro es el testimonio que le confía al autor Emma Ruiz Penella, nuestra simpática actriz y hermana de la simpar Terele Pávez, dos de las cuatro hijas de Ramón Ruiz Alonso.
Ramón Ruiz Alonso fue el hombre que detuvo a Lorca. Y lo pagó con una vida de tristeza y aislamiento hasta su muerte en 1978 en Estados Unidos, donde huyó porque no se sentía seguro en España. La actriz le encareció mucho al autor de este libro que no publicara lo que tenía que decirle hasta que ella muriese y él, como un caballero, ha cumplido con lo pactado, a pesar de que le urgía publicar ya este libro en el que llevaba trabajando veinte años.
El libro recoge de modo claro, ameno y didáctico todo lo que se sabe y se baraja hasta el momento, y es de agradecer que el autor, en vez de perderse en juicios de valor, intente encontrar la verdad honradamente sin ocultar al lector ni un solo dato y, sin habérselo propuesto, uno acaba haciendo de investigador y asignando culpas, imprudencias y aciertos a los diferentes personajes que entran y salen en escena en los últimos días de Federico. Seguramente no hay hecho literario que más ríos de tinta haya hecho correr que el último mes de vida de Federico, en su Granada.
El libro ofrece además otras ventajas: por su condición de periodista de Ideal, el periódico católico que bajo el patrocinio de Ángel Herrera Oria se fundó en el último año de la República, el autor ha tratado con antiguos compañeros de trabajo de Ramón Ruiz Alonso, que fue linotipista en el Ideal hasta que Franco, enojado con él por la repercusión internacional que la muerte de Lorca tenía contra su régimen, logró que lo quitaran de en medio y lo condenó al ostracismo político.
Otra ventaja del libro es que uno aprende mucho del carácter humano, del modo en que cada uno recuerda con el tiempo su intervención en hechos que por entonces no sabía tan graves ni tan interesantes para la posteridad. Y uno aprende mucho también sobre España y la Guerra vergonzosa y civil con que sufrieron e hicieron sufrir los españoles de entonces, porque la guerra deja de ser una mancha difusa en España y se centra en un terreno concreto y pequeño: Granada.
Pero lo más interesante sea quizá el testimonio de Emma Ruiz Penella, que nos habla de la vida de un padre cada vez más sombrío y triste, siempre volcado hacia sus hijas y procurando que la sombra que lo perseguía no las perjudicara en su vida ni en su carrera de actrices. Tal celo puso en ese empeño, que ellas se enteraron del secreto de su padre en una fiesta, cuando una actriz alevosa comentó, para herir a Terele Pávez, que iba guapísima con un traje estupendo: “Quién se habrá creído que es. No es más que la hija del que mató a Lorca”. Y las hermanas Ruiz llegaron llorando a casa.
Sólo al final de su vida, Ruiz Alonso comenzó a confesarse con su hija y se lo contó todo. Ahora su tumba, en Madrid, no tiene nombre, para evitar represalias.
Con el testimonio de su hija Emma, la intervención de Ramón Ruiz Alonso en aquellos hechos resulta menos sombría y estremecedora de lo que la tesis de Gibson, hasta hace poco la oficial, nos hacía creer. Como muy bien indica Gabriel Pozo, los Rosales tenían a una Falange activa que limpiaba su nombre, pero Ramón Ruiz Alonso no pudo contar con su CEDA, ya prácticamente muerta tras las sublevación militar.
Y como no es justo que los hijos arrastren las culpas y desgracias de los padres, Emma Ruiz Penella y Laura García-Lorca de los Ríos se dieron un abrazo con flores y besos en un camerino. Y en esas lágrimas está lo mejor del ser humano.

12 febrero 2010

La comedia de un tipo insignificante

La comedia salvaje

José Ovejero

Alfaguara, 2009.

ISBN: 978-842042240-4

398 págs.

19,50 €.






Jabo H. Pizarroso

La historia de la literatura del siglo XX está llena de tipos insignificantes. Protoliterarios en el XIX, el XX asistió a la eclosión de dos cosas: el antihéroe y el punto, sí, el punto. Antihéroes los han llamado algunos. Héroes de nuestro tiempo también, aunque suene a eufemismo negativo. El antihéroe por antonomasia es Alonso Quijano, que no sabemos por qué extraña posesión maligna o por qué inquieta perversión siempre se está reencarnando en otros personajes, transmigrando de época en época, de país en país, y de novela en novela. Así se convirtió en Israel Potter de la mano de Melville una vez, (lean la edición publicada en Mono Azul editora, no es por nada) y en el guardés que vigila rigurosamente trenes bajo la firme mirada de un hombre que se cayó de su balcón cuando daba alpiste a sus palomas y que atendía al nombre de Bohumil, Hrabal para más señas.

Como no podía ser menos, el espítitu del hombre manchego más universal y salvajemente cómico que ha habido nunca, ha parido a un hijo legítimo al dar a la imprenta esta novela divertida, inteligente, sarcástica, maravillosa y eficaz, que ha escrito José Ovejero, sin más señas, que las tiene y muchas, pero no mezclemos autoría con obra, cuando hay obras como ésta que no necesitan ni el tinto ni el aliento de biografías rocambolescas para erigirse con fuerza dentro de los anaqueles atiborrados y en medio del panorama tristón y rácano en diversión y desmitificaciones que hoy por hoy cosecha como jornalero sin yugo la novelística actual española.

La comedia salvaje narra la historia de un héroe de nuestro tiempo que siempre es el tiempo de la guerra civil española, alguien destinado a ser desde su insignificancia y desde su estulticia utilizada el salvador de un conflicto. La estrategia narrativa y el plot point que principia la trama de esta novela no puede estar más ajustado a estos cánones de comedia barbara y clásica a lo Lubitsch basándose en el estereotipo de hombre común y de pocas alturas. Ambientada en nuestro magma fundacional, la guerra civil española, de la que todavía hay que seguir escribiendo, es nuestro far west, nuestra explosión narrativa por antonomasia, donde se conjugan épica, miedos, cobardías, furias, dolor, maldad y muerte, historia y memoria, relata la historia de Benjamín, un pobre hombre que ha recibido una misión de manos del presidente de la República: detener la guerra.

En ese empeño se encontrará con Julia, mujer a la que conoce en un socavón provocado por un bombardeo y juntos irán de un lugar a otro a través de un pais en guerra, donde carlistas y falangistas se matan frente a un puchero de churros y chocolate, donde un cura pederasta se saca los ojos defendiendo su inocencia y su amor a los críos, o donde en una taberna de unos y de otros una suiza en medio de la nada, republicanos y falangistas juegan al macarra a hostia limpia en base a la carta más alta, juego en el que incluso sacrifican sus dedos. Escenario hilarante que parte de una guerra y parte una guerra.

Hay de todo. Sería demasiado inventariar y demasiado miserable por mi parte establecer un justo panorama de la cantidad de elementos e historias que se entremezclan en su camino hacia Madrid ante los ojos de este tipo llamado Benjamín. Pero me pueden las ganas y tengo que mencionar una de las escenas, la que se centra en El Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano, esto le encantaría a Bolaño, compuesto por un chileno, un colombiano, un mexicano, un argentino, un paraguayo y un cubano que se pierde tres veces al día. Sí, también ellos están en la guerra civil. Han venido a salvar a España de los españoles, a hacer de España un país independiente cuando echen a todos los españoles de aquí. El guiño es formidable. Quieren conquistar España como hizo Cortés con los aztecas, aunque España esté civilizada según Benjamín, que no lo está según ellos porque todavía hay “idólatras que siguen sacando el santo en procesión para que llueva” (...)”Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia adelante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo”. Los españoles son los indios que van a conquistar los miembros de este magnífico comité. “Los indios, se le oye gritar al argentino, nos emboscaron los indios igual que a Orellana”, cuando recibe una andanada de tiros de un grupo de milicianos.

¿Benjamín el inútil, el confuso, el perdido, el cobarde, podrá acabar su misión?

En la comedia salvaje uno tiene siempre la sensación de estar metido de lleno en una obra de teatro perfecta. Con Benjamin tenemos la sensación siempre de asistir a una actuación, un performance, una comedia salvaje en toda regla, sin cuarta pared, de la que él, por huevos, tiene que ser el protagonista, y en la que nosotros por narices, nos lo pasamos en grande con él, una comedia en la que le obligan a ser el protagonista porque él tiene una misión, una misión a la que le ha encomendado el mismísimo Don Manuel, Azaña por supuesto, no podría ser otro don nadie más que Azaña, tan don nadie y tan confuso como Benjamín, el protagonista, ese tipo insignificante originario de Vitoria, que no tiene patria porque ni es español por ser vasco ni es vasco porque es de Álava, vaya un sitio para haber nacido.

Y eso es así porque todo el mundo aquí, en esta comedia, en esta novela hilarante, estupefacta a veces, sembrada de genialidades y de diversión a raudales, escrita con ese magisterio con el que escriben los escritores que saben cuál es el poder generador y degenerador de la literatura hecha comedia y hecha sarcasmo y hecha como hay que hacerse, es así porque en este libro todo el mundo cuenta su historia, cuenta lo que le ha pasado para saber cuál es la causa última de su situación presente, momento de encuentro siempre con Benjamín. Son todos, en el fondo, mediante este recurso, personajes del propio Benjamín, incluso más allá de éste, personajes del propio narrador que inventa a su vez a Benjamín anciano o joven siempre frente al mostrador de una relojería mientras suena el móvil en nuestra época.

Una novela que es una reflexión hilarante sobre la guerra y sobre nuestra guerra civil y que reflexiona también sobre la invención y la realidad, sobre la escritura a la que siempre sobresalta la memoria con sus carcajadas y sus sombras que aquí son luces. No es nada gratuito y es algo que apuntala esta posible interpretación de la novela de Ovejero el hecho de que en el momento en el que Benjamín, el difuso e insignificante Benjamín principia su misión tras el descalabro de su avioneta, la descripción de este momento se establezca así, “Un mundo imaginario se desplegaba ante él, una sucesión de montes pedregosos de los que se habían adueñado las lagartijas y los alacranes

En el fondo José Ovejero no podía transmitir mejor que lo ha hecho el sentido último de una guerra que no es otro que una comedia salvaje, un terremoto de dolor insensato protagonizado por un puñado ingente de malnacidos que a los hombres corrientes y molientes les mueve a risa, les mueve a carcajearse a mandíbula batiente. Adios a las armas con fundamento, como diría Benjamín, el pobre seminarista alavés que tiene que detener una guerra.

Y en todo el libro yace el cuerpo incorrupto e insepulto de El Quijote. Todo el libro es un homenaje nuevo, fresco y lleno de ternura inteligente a la obra de Cervantes, hasta la pira que antecede al final, un remedo fantástico, el auto de fé por el que está novela se inmola en aras del espíritu del manco de Lepanto. Cuando un grupo de nacionales seleccionan los libros de una biblioteca que están dispuestos a quemar y discuten sobre las bondades de quemar unos u otros, porque como bien dice uno de ellos, “te recuerdo que nuestra selección debe regirse por criterios ideológicos, no por la calidad, qué poco rescataríamos de la literatura española si usásemos sólo la calidad como criterio". Ironía más puñetera y perfecta que esta no he visto en mucho tiempo. Genial. Pero ese nacional que ha hablado de esa forma sigue y dice sobre el autor de Niebla cuyo destino libresco está dirimiendo con otros, “¿Sabes lo que ha dicho Don Miguel hace poco? Que si los nacionales vencemos España se convertirá en un país de imbéciles. Como si no lo fuese ya. Pero seamos generosos con él, hay que conceder que tiene cojones.”

El mito de la guerra civil se hace presente, se descuartiza, se libera toda esa energía acumulada y se convierte en territorio mítico de la mano de Ovejero. La Comedia Salvaje es la propuesta y antipropuesta en plano de comedia que enfrenta el despelote creativo y clarificador de la guerra civil, a la seriedad benetiana de Herumbrosas Lanzas, pero al paso de muchos años, cuando los neardhentales por fin han acabado por colonizar tierra española, Max Aub y Ernesto mediante.

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11 febrero 2010

La metafísica del zulo

Quousque Tandem...!
Ensayo de interpretación estética del alma vasca, con breve diccionario crítico comparado del arte prehistórico y del arte actual.
Jorge Oteiza
Pamiela, 2009
ISBN. 978-84-7681-163-4
22 €
170 págs



Zulo: 1. agujero, orificio. 2. bache


Jabo H. Pizarroso

Se publica la sexta edición de un libro determinante en lo que toca al arte, a la estética, a la política, a la antropología, a todas esas disciplinas relacionadas con el desmenuzamiento y enriquecimiento y empobrecimiento y cuestionamiento de la cultura española y vasca, interpretación del alma vasca, dice Oteiza de su propio ensayo, prólogo inútil, escribió en su época, a este libro de cultura vasca traicionada. Libro para entender la raíz primera de la estética hecha aquí, en esta iberia multiforme, que según el escultor vasco, presenta nacionalidades o mas bien distorsiones de una raiz común indeoeuropea, distorsiones españolas y vascas de un mismo cromlech-hueco, zulo, agujero, caja, cofre, baúl, nada y silencio hecho totalidad de una especie mítica. Ya no pinturas en piedra, que también, ahora son pinturas en el espacio, pintando silencios espaciales.

Jorge Oteiza ha sido uno de los actores protagonistas del buque insignia de la escultura y de la arquitectura vasca modernas. En este libro reflexiona sobre el sustrato ibérico que antecede a toda su creación: si como dijera Unamuno, los vascos son doblemente españoles por vascos y por españoles, por eso mismo la raiz vasca indoeuropea que gravita en el humus estético español, ya esté en Goya o en Velázquez o en el propio Oteiza o en Baroja, se fundamenta, según Oteiza, en un magma de incalculable valor que está sintetizado en las estructuras megalíticas del neolítico. El neolítoco preescritural, precivilizatorio y preindoeuropeo, el neolítico vasco de esculturas y monumentos pequeños cercanos al hombre solo, al hombre solitario y radicalmente espiritual, al salvajismo espiritual de la especie, donde la lengua eusquera hunde sus raíces en una inquieta noche de los tiempos, es el tiempo, es la comarca, gure territorio libre bakarra, como diría Sarrionandia, el único terriorio libre ya no y tan sólo de los vascos sino de cada uno de los españoles que quieren bucear en su espiritualidad laica y de lamias y de prehistorias alejadas de la muerte latina, la muerte provocada por la romanización destructiva y descivilizatoria.

Esta sexta edición se ha publicado al hilo de la última, la Quinta que dejó corregida Oteiza poco antes de su muerte. Para los amantes de este libro se trata de un reencuentro gozoso con uno de los textos fundamentales del artista navarro. Para los que no lo conocen puede ser un descubrimiento en toda regla, la apreciación de estar en torno a una sima de racionalidad impenitente y radical, fría como el hielo y alejada de pesebres y comodidades. En todo caso, pienso que todos los lectores que se acerquen a este ideario, a este ARS POÉTICA de Oteiza, puede que acaben como es normal con este libro, odiando a su autor, reverenciándolo a la vez, sintiéndose inquietos por dentro hasta límites insospechados, cuestionándose del todo las más profundas convicciones y alabando los meandros ya no de su prosa sino de unos pensamientos y reflexiones que traicionan moldes, dogmatismos y con valentía se enfrentan a revocar los conceptos estéticos a partir de las raíces que nos unen como europeos hijos de un diminuto cromlech donde nuestros abuelos, si contamos ochenta abuelos para atrás, como le gustaba hacer a Oteiza, generaron un hueco, un vacío en el que el alma de desnuda y se llena de urtzi, de cielo, de inmensidad y de silencio. El hueco de aquellos cromlech, aquellas esctructuras megalíticas diminutas, “txikias”, es la excusa y la piedra en bruto sobre la que Oteiza articuló toda su obra y toda su manera de pensar y de hacer, de ser.

Las cajas metafísicas de Oteiza guardan dentro de sí mismas el secreto de muchas cosas. La dialéctica del vacío encerrado, del hueco, del espacio levitante y quieto, del cofre de aire que reposa en medio de la materia, se convierte en un paradigma de frondosa reflexión superficial si hablamos en términos de vasquismos y españolismos varios y de intensa aventura espiritual si hablamos de humanismo congénito y de pensamiento radical, etimológicamente radical, es decir, que va a la raiz, recoge la raiz y bajo ese prisma observa el mundo alrededor y concluye, de nuevo desde el neolítico como etapa vacía moderna de nuestra existencia. A muchos disgustará este libro, y les convocará a un disgusto corporal, nada maléfico, un disgusto creativo y creador, de eso también se trata, claro que sí, de eso precisamente se trata. Oteiza estaría agradecido mucho más a estos lectores que a los evangelizadores de su obra. Este libro te imprega de algo. Hay que tener cuidado con él. Decía Unamuno que cuanto más leía menos daño le hacían los libros. Este libro por mucho que uno lea, sigue haciendo daño.

10 febrero 2010

Todo por la pasta

Viajes Borges, Talleres Hemingway

Mark Axelrod

Thule, 2009.

ISBN. 978-84-92595-43-3

220 páginas.

14,33 euros.









Alejandro Luque

El título de este libro es su primer acierto, y probablemente el mayor: los nombres de Hemingway y Borges son dos cebos que muchos lectores mordemos siempre. Nos acercamos con curiosidad a estas páginas y, atendiendo a la contraportada, nos disponemos a abordar “una secreta guía cultural” que a través de Europa y América, siguiendo el rastro de comercios y productos “que ostentan los grandes nombres de la civilización occidental”, va a explicarnos “los pequeños giros del destino que llevaron a grandes personalidades de todos los tiempos a mezclarse con el vil parné”.
Suena bien, ¿no? Abordamos pues el primer capítulo, que narra las desavenencias entre Andersen y Kierkegaard a cuenta de un café derramado sobre un manuscrito, y que concluye con la apertura de un restaurante por parte del primero. “Qué curioso –piensa el lector-, no tenía ni idea de esto”.
Continúa el sumario (cuya numeración, por cierto, es defectuosa) con la historia del café que Karen Blixen abrió en Copenhague tras explotar con su marido una plantación en África, y con el pub Boswell, el restaurante Colette o el café Kafka, y lo mismo con los chocolates Leibniz, los bolsos Lautrec o el dentífrico Rembrandt...Y, antes o después, según el grado de suspicacia que uno maneje, llega a la conclusión de que todo es más o menos inventado. En sus viajes por el mundo, suponemos, el autor Mark Axelrod, al parecer profesor de Literatura Comparada en California, ha ido fotografiando carteles o etiquetas con nombres de celebridades y recreando a partir de ellos la historia de cómo podría haber sido su fundación. ¿Por qué no presentarlo así al público, como el ejercicio de estilo que es?
Pero son otras las objeciones que podemos hacerle al proyecto de Axelrod. Para empezar, no parece demasiado difícil encontrar comercios que lleven nombres de gente famosa: las ciudades suelen ser agradecidas con sus mejores hijos, y rotulan calles y plazas con sus nombres. Luego, no es inusual que los comercios que se abran allí se bauticen del mismo modo. Por ejemplo, en la zona de Alexandre Dumas de París hay una Farmacia Alexandre Dumas, lo cual no significa que ni el padre ni el hijo se dedicaran jamás a vender jarabes, que se sepa. Y no digamos cuando se trata de simples apellidos, algunos de lo más comunes en sus países de origen.
A esa sensación de pequeño fraude se le suma otra pequeña decepción. Si Axelrod hubiera escrito unas vidas imaginarias a lo Schwob, tal vez podría haber llegado más lejos. También si se hubiera atrevido a llevar el humor que subyace en muchas de estas piezas algo más lejos. Porque si la gracia consiste en rebajar los nombres sagrados a la categoría de bagatela comercial, me temo que la realidad siempre va a superar a la ficción. En cambio, el juego de los nombres famosos se agota muy pronto por quedarse en eso, en puro juego, como el mago que repite el mismo truco una y otra vez. La verosimilitud va sufriendo estragos en la misma medida en que la fantasía no alcanza a encandilarnos. Un experimento original, en fin, que no pasa de experimento.

09 febrero 2010

Premios Estado Crítico 2009

Estado Crítico ya tiene su lista de los mejores libros del año pasado, escogidos por votación de sus miembros. El galardón, sin dotación económica, consiste en una fotografía de Antonio Acedo, estadista de pro y premio Andalucía de Periodismo 2009. Estos son los ganadores:

El premio al Mejor libro de narrativa del año 2009 fue para Todas las mujeres de José María Conget, publicada por la editorial Paréntesis. El jurado “considera que una novela, y por extensión cualquier obra literaria, no debe estar expuesta a las inclemencias del paso del tiempo si el material del que está hecha es sólido literariamente hablando. Y la novela premiada, por encima de sus pecados de edición, sale airosa de este trance – así como del relativo al paso de los años- superando con varios cuerpos de ventaja a textos narrativos bien editados y nacidos –y quizá ya de cuerpo yacente- durante este año 2009”.

El Mejor poemario fue Biblia de Pobres ("Biblia Pauperum") de Juan Manuel Roca, editado por Visor, “por dignificar el maltratado oficio de los versos, por devolvernos la fe en él; porque al dar voz a los desterrados, a los desposeídos, a los parias, buceando en el lodo y la miseria, extrae tesoros insospechados del lenguaje. Valga este galardón como muestra de asombro y gratitud”.


El premio al Mejor ensayo del año 2009 fue para Nuevas cartas a un joven poeta de Joan Margarit, de BarrilBarral Editores, porque “la contundencia y claridad de la exposición que ofrece el libro acerca de las condiciones que ha de reunir un buen poema, en estos tiempos de superpoblación editorial del género lírico, debería desanimar por su exigencia a la mayoría de escritores que cultiva este género, en especial a los más jóvenes que son, por exigencias del guión de la edad, los más osados, los menos pudorosos y los más impacientes por ver sus versos negro sobre blanco”.


El premio a la Mejor traducción del año 2009 fue Elena del Amo por su trabajo en Dissipatio humani generis de Guido Morselli, de la editorial Laetoli, por “verter a un castellano bien engastado, pulido con oficio y sin fisuras una joya literaria, por atrapar con sensibilidad el pensamiento crítico y la elegancia del autor italiano y por regalarnos una traducción que bien merecen las primeras flores de la primavera”.

Agustín de Foxá. Una aproximación a su vida y su obra

Luis Sagrera

Editorial Dos Soles, 2009

ISBN: 978-84-96606-57-9

248 páginas

22'50 euros





Jesús Cotta

Siempre me había gustado el Soneto a un centauro adolescente y gracias a este libro me acabo de enterar de que lo había escrito Agustín de Foxá. Pero confieso que mi interés por él se suscitó a raíz de la prohibición que en Sevilla hizo la Delegada de ¡Participación Ciudadana! de un acto literario en su homenaje a cargo de Aquilino Duque y Antonio Rivero Taravillo. Me pareció tan surrealista que la encargada de agilizar y promover los actos ciudadanos se dedicara precisamente a prohibirlos, me indignó tanto que dejase en la calle al público interesado y a dos escritores que admiro, que me puse a leer su Madrid, de corte a checa, una joya literaria (a propósito, recomiendo vivamente a los editores realizar en Sevilla homenajes literarios a autores que no le gusten al ayuntamiento: venta segura.)

Al aprobar la carrera diplomática, Luis Sagrera se vio obligado a realizar una memoria y decidió que el tema sería Agustín de Foxá y, con los debidos retoques, ahora se publica. El libro repasa la vida, la obra y el trabajo del poeta y articulista y novelista que fue Foxá y, dado que Luis Sagrera ha trabajado en la Carrera Diplomática, presta especial interés a esta faceta del escritor, inseparable de su obra y de sus temas de inspiración.

Echo en falta un poco más de desarrollo de su relación con Federico García Lorca, a quien conoció en casa del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, y de sus primeros años falangistas durante la República, que es a mi juicio la época más interesante del siglo pasado; y me habría gustado que, tratándose de un escritor tan brillante, el libro estuviera escrito con un estilo más personal y literario: a ciertos escritores no se les puede hacer una biografía a modo de apuntes. No se puede hablar de san Juan de la Cruz en el mismo estilo que de Antonio Pérez. Pero el autor ha optado por no hacerse notar y de hecho habla de sí en tercera persona y prefiere, con buen criterio, ser claro, ameno, correcto y pulcro, para que el protagonista sea exclusivamente Foxá. Y desde luego logra el objetivo de abrirnos el apetito.

Con Foxá uno corre el riesgo de creer que fue un señor muy brillante y muy culto con una personalidad desbordante y un estro agudo y fecundo que igual que iba de acá para allá, escribía de esto y lo otro. Pero Luis Sagrera, con su prosa ágil y transparente, nos muestra el misterio profundo de aquel hombre que buscaba el sosiego que su trabajo le impedía tener y la profundidad de la obra que su romanticismo y sus efectismos le frustraron muchas veces.

Foxá fue un hombre inquieto y brillante, amante de la luz y el color, de una capacidad asombrosa para la imagen deslumbrante y la metáfora, que en su juventud participó en aquellas veladas madrileñas consistentes en leer poemas en lugares románticos como cementerios y palacios abandonados. Y compuso por encargo de José Antonio algunos de los versos del Cara al sol. Tras la rebelión militar, aquel conde falangista se salvó de la muerte a manos de unos milicianos entreteniéndolos con la lectura de unos versos y la República lo envió como diplomático a Bucarest, donde Foxá actuaba en realidad como agente de Franco, hasta que el Gobierno cayó en la cuenta de que estaba pagando a un agente del enemigo. A su regreso a España se sorprendió de ver cantados por la muchedumbre sus versos de Cara al Sol, que él había compuesto en la bañera.

Entonces comienza una larga y brillante carrera de diplomático en Helsinki, Roma, Montevideo, La Habana, su favorita, y otros lugares. Es famosa la anécdota que cuenta cómo en Finlandia, Malaparte lo hizo venir bajo temperaturas de cuarenta y cinco grados bajo cero porque había dieciocho soldados rusos que declaraban ser españoles, hijos de aquellos huérfanos de la guerra civil que fueron enviados a Rusia. Foxá les trajo tabaco, comida y medicinas y quiso salvarlos del fusilamiento proponiéndoles firmar una declaración de adhesión al régimen de Franco, cosa que sólo hizo uno de ellos. Los demás, mientras se enterraba el cadáver de uno de ellos muerto de pulmonía, saludaban con el puño cerrado. Foxá siempre los consideró españoles y valientes y consiguió que no fueran fusilados. Era, desde luego, un hombre donde lo humano primaba sobre lo tontamente ideológico.

Participó, en 1949, a iniciativa del Instituto de Cultura Hispánica, en la Misión Poética: cuatro poetas, Foxá, Panero, Rosales y Zubiaurre, harían una gira por Hispanoamérica, para leer sus poemas y acabar con la imagen de una España sin poetas desde la muerte de Lorca. Aunque en La Habana y en Caracas hubo abucheos y lanzamiento de huevos contra ellos y los llamaron asesinos y delatores de Lorca, la Misión fue en sí un éxito.

Luis Sagrera nos ofrece, en fin, una semblanza lúcida de un hombre que “apedreó con rosas un mundo que le disgustaba, pero al que no quería hacer daño”, que decía que la buena poesía es la que hace llorar a las mecanógrafas, un poeta más intuitivo y emocional que conceptual e ideológico, de estilo centelleante, un clásico, según González Ruano, que luchó a brazo partido con el romanticismo de siete cabezas. Fue además espléndido con su dinero, españolista y europeísta, sin prejuicios, simpático y un buen embajador, con esa doble naturaleza de centauro que lo llevaba a disfrutar de la vida con un aire helénico y pagano y a amar y temer al Dios del misterio y del amor y que disfrutó de la vida y la pintó con versos brillantes hasta que la enfermedad lo trajo de Filipinas a España para morir en brazos de su madre, como un centauro ya viejo que nunca había dejado de ser el niño que mira asombrado las maravillas de la Tierra.