31 marzo 2010

Al calor de la teoría

Las teorías salvajes

Pola Oloixarac

Alpha Decay, 2010

ISBN: 978-84-92837-03-8

280 páginas

19 €



Carolina León

Aunque me odiéis por ello, en esta reseña dejo de lado el intento de explicar qué hay en el interior de este libro. El caso es que cada vez que lo he hecho, he sentido ser injusta y poco atinada; y cualquiera que ya haya pasado por sus páginas sabrá que el nivel de los "argumentos" es, en él, inmanente y subsidiario. Me limitaré a hablaros de por qué creo, humildemente, que Las teorías salvajes vino a quedarse.

Primeramente, este es un libro que desborda: información, historias, teoría, análisis, comentario, crítica de la cultura. Personajes de hace dos siglos, de hace medio, de hace treinta años, de ahora. Filosofía, ciencia, psicología, antropología, arte, comunicación interpersonal, izquierdismo, historia contemporánea, historia bélica, técnicas de seducción... Engarza y engarza, hiperbólica, abusiva, extralimitada como novela, te lleva de uno o a otro hilo argumental, del cielo al cieno (de nada reniega), y durante todo el viaje podrás levantar la ceja con escepticismo, pero no podrás dejar de sonreirte ante tamaño despliegue argumental e irónico. Sobre la "ceja enarcada", algún lector puede quedarse con la idea de que el batiburrillo persigue la idea de epatarnos, sin más, como un magnífico festival de fuegos artificiales. Argumentaré que la yuxtaposición de ideas y temas consigue que esos fuegos artificiales, en vez de consumirse en el cielo, caigan como meteoritos sobre las mentes, a dejar quemaduras en las ideas gastadas.

Se le puede criticar, y se le critica, que se tome el mundo (y quizá la literatura) a chanza. Sin embargo, el deje irónico post-post moderno incrustado en Las teorías salvajes no tiene ni pizca de cinismo. Tiene, quizá, tristeza (de eso hablamos después), pero tomar la historia reciente argentina, el papel de la izquierda en su país, los ecosistemas universitarios -en especial la Facultad de Filosofía-, el estado actual de las relaciones interpersonales, la autoestima flagelada en la era blog, la erotomanía y la obsesión por la juventud, así como un millar de conceptos estéticos, con el caudal de referencias y lecturas y esas comillas devastadoras con las que enmarca todo su sainete gargantuesco, tiene profundos ecos en la tradición literaria en español, casi diría que desde el Siglo de Oro. No, Oloixarac no está de broma.

También se dice que la profusión de elementos, subtextos e hilos argumentales hace que su desarrollo dé una sensación de desorden o inacabado tallaje de escultura. Sí: hay un impulso inicial al modo de una gran obra de la era ilustrada. Quiso entrar en la dinámica de la novela total, que teoriza sobre su tiempo desde una galería gigantesca de elementos, puestos en serie, en relación y en hervor. Pero esto lo hacía desde una insólita (por lo poco frecuente) autoconciencia, que incluye la conciencia de su imposibilidad.

Desde esa autoconciencia, uno de los méritos de este libro es su ambición totalizadora: porque no es de recibo hablar de lo mismo (todo se ha dicho ya) fundándonos en una voz individual y huérfana, que se hubiese caído del guindo anoche. La "narrativa del yo" es quizá lo que recibe más palos aquí (ese diario de una joven activista dirigido a Mao...). El patchwork estilístico intenta sumar voces para completar esta descacharrante weltanschauung, pero le sale con áura triste, frustrada. Poseedora de las armas correctas, también sabe que no hay forma de alcanzar esa totalidad. Insisto: sin cinismo.

Ya no hay cierres posibles. Ni para este mundo ni para la literatura.

Mientras tanto, Oloixarac lo ha intentado: escribir y escribirnos. Hablar desde la experiencia y la ciencia de la brutalidad inserta en toda puesta en relación de personas (esa cita inicial entre las muchas que hay, lo dice todo: "Toda la práctica, toda la humanidad del trato y la conversación es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano"). Sirviéndose de todos los registros posibles y trabajando en un nivel que no admite réplica para lo que va a intentar. Y ése es el de la prosa sin complejos. Rica, elaborada, cargada, culta, popular, argentina y universal, una prosa que hace disfrutar de cada página, al margen de que estemos perdiendo el hilo de esa página (que es fácil de perder). Una prosa que no toma el pelo al lector ni lo trata de subnormal. Una prosa altiva y también altisonante. Una prosa que, queriendo o sin querer, devuelve dignidad al idioma y hace recordar otros tiempos.

A mí se me queda ese regusto, ese logro. El escritor se encuentra hoy ante un mundo así de obsceno e inabarcable. Cuando se plantea una labor tan amplia, la ambición tiene que ser ajena al desfallecimiento: es por eso que se puede decir que esta novela, como puzle que es, no consiguió encontrar ciertas piezas, pero en su composición se hicieron grandes hallazgos. Recorrer el camino de la mano de algunas de estas páginas es más importante que no lograr ver la esfera completa.

Me da por recordar que su compatriota, Pizarnik, amaba a Góngora y no podía con Quevedo. Creo que Oloixarac preferirá el sarcasmo profundamente realista y triste del madrileño. Puede que sea olvidada pasado mañana, pero mucho me temo que la primera experiencia narrativa de Oloixarac va a ser retenida en los subconscientes unos cuantos años.

30 marzo 2010

Miénteme bien

Maletas perdidas

Jordi Puntí

Editorial Salamandra, 2010

ISBN: 978-84-9838-261-7

444 páginas

17,50 euros

Traducción: Rita da Costa



Javier Mije

En otro lugar (Quimera, nº 249) he manifestado mi entusiasmo por la narrativa breve de Jordi Puntí. Tanto Piel de armadillo como Animales tristes, trasladada al cine por Ventura Pons, demostraban la solvencia de un autor privilegiadamente dotado para el análisis de esa institución en permanente crisis conocida como vida de pareja, y de cuyo preciso lenguaje y esmero en la administración de los detalles resultaba un puñado de cuentos recorridos por el raro aliento de la autenticidad. La pregunta que me he hecho en alguna ocasión durante los años que han transcurrido desde la publicación de Animales tristes (Salamandra, 2004), -¿qué libro estará escribiendo Puntí?-, acaba de resolverse ahora con la publicación por el autor de Manlleu de una ambiciosa –tanto por su volumen como su contenido- novela.

Maletas perdidas es la historia de “cuatro hijos de cuatro madres diferentes y un solo padre huido que intentan reconstruir un pasado vagamente común”. La elección de los nombres de estos personajes es, cuanto menos, arriesgada. Christophe, Christopher, Chistof –que, por si fuera poco, se hace acompañar de un muñeco de guiñol llamado Cristoffini- y Cristòfol son hermanos, fruto de la relación que su padre, un camionero de ruta internacional llamado Gabriel, mantuvo con mujeres de París, Londres, Francfort y Barcelona. Los hijos se han reunido años después de su fuga definitiva con el fin de reconstruir la figura paterna, primero aunados en la voz común de un narrador que hace de portavoz, explayándose luego cada uno de ellos en su propio relato. Gabriel, dice Puntí, “es un hombre que atrae a las casualidades”. Tanto las atrae que Maletas perdidas me ha resultado francamente inverosímil. El modo en que Gabriel –“un macho hispánico”, en la definición que hace de él una de sus conquistas- es seducido por sus mujeres parece más propio una fantasía sexual adolescente –léase el encuentro con una enfermera inglesa en el ferry que cubre el trayecto del Canal de La Mancha- que de un relato que parte de los presupuestos estéticos del realismo. Tampoco resulta fácil de digerir que Gabriel –cuyo atractivo es un misterio jamás desvelado- tenga tanta puntería como para concebir sistemáticamente un hijo al primer polvo, y que sus mujeres bien acepten o bien propongan ellas mismas llamar a sus hijos más o menos Cristóbal –porque conviene a la historia que el autor desvelará en el último capítulo-. Otros episodios, demasiados, requieren de un triple salto mortal para lograr suspender nuestra incredulidad. ¿Cómo puede –es sólo un ejemplo- una investigación policial decretar que un incendio no ha sido intencionado cuando la pirómana que lo ha provocado se ha servido del refinado método del bidón de gasolina? Lo que a la larga termina resultando inverosímil no son los hechos presentados como verdaderos por la narración, sino que Puntí haya querido hacerlos pasar como tales a los lectores. Puntí ha tensado demasiado la cuerda del azar, ha abusado de este recurso y las casualidades se han quedado juntas dentro de la novela y yo me he quedado fuera a una gran distancia. Demasiado lejos como para poder apreciar otros méritos que la novela probablemente atesora.

Pese a todo, estoy de acuerdo con Puntí cuando, en una entrevista, afirma que la verosimilitud no se dirime ni en las tramas ni en los argumentos, que “la literatura es engañar, mentir, hacer creíbles cosas que no lo son”. Una cuestión, en definitiva, de cómo se combinan las palabras unas junto a otras en un texto. Por desgracia no estoy de acuerdo con que Puntí logre seducirnos mediante la forma. No creo que el estilo de esta novela sea “la mejor prosa catalana del momento”, como afirman reseñas seguramente más solventes, ni siquiera la mejor prosa que puede escribir Puntí. En su mejor versión, el lenguaje de Maletas perdidas me parece un vehículo sin sofisticaciones, a veces lleno de huecos expresivos, precipitado en ocasiones. Hay otra afirmación en esa entrevista de Puntí con la que también coincido. Fotografiado con su libro bajo el brazo, Puntí afirma que se publica demasiado. “Se produce en exceso, a ver sin con la puñetera crisis se reducen los títulos”, dice. Amén.

29 marzo 2010

Ajustes y desajustes de una señora editora

Confesiones de una vieja dama indigna

Esther Tusquets

Bruguera, 2009

ISBN: 9788402421067

368 páginas

19,50 €



Manolo Haro

Cuando Federico Fellini decidió traer a la memoria su infancia, esa admirable etapa de la felicidad vital sin costurones, ofreció a aquéllos que vieron en las salas de cine Amarcord (“Mi recuerdo” en dialecto de la región de Emilia-Romaña) la posibilidad de que atravesaran el velo del tiempo para recuperar una estampa lírica del sur de Italia. Siempre he admirado los elementos que el director va sumando a la historia principal, delicada manera de mostrarnos el frágil tallo en el que se sustentan los recuerdos: los vilanos que atraviesan la pantalla al comienzo, la niebla nocturna donde quedan atrapados los personajes alguna vez, la nieve inusual que copa las calles, el fuego que arde en la pira donde queman la representación del invierno en la plaza del pueblo o el polvo que recorre los campos cuando Gladiuska se ha casado. En ese último parpadeo de la cámara, vemos a Tito, alter ego del director, salir de la pantalla. La fiesta se ha acabado, pero esos detalles permanecen en la retina durante el resto de la nuestras vidas.

Para mí, Amarcord es un bocado delicioso a unas memorias vitales, la elección de unas flores que, con la pérdida de la inocencia y el aprendizaje de la decepción posterior, pasarían a convertirse en otra cosa. He pensado que tal vez confidencias y memorias se diferencien en cuestiones que a simple vista podrían resultar de poca importancia; sin embargo, son las que aportan a cada una de ellas sus hallazgos y sus sombras. Sin ir más lejos, pienso que las memorias brotan de una reflexión asentada y solitaria, pescando en las profundidades del subconsciente para acabar regalándonos la vida escrita en un grano de arroz. Las confesiones serían algo bien diferente: pesca de superficie, una voz que susurra al oído de alguien tras la rejilla de un confesionario, un anecdotario ensartado, lúcido y a la vez vistoso, sí, pero sin demorarse en pasar el dedo sobre el marco de la ventana y mirar la yema blanquecina. En definitiva, el rumor incesante frente al grito sobresaltado y caprichoso.

Nada hay de malo en tomar uno de los dos caminos. De hecho, ambos brindan un continente puntual para la forma de contar que se desee. Esther Tusquets toma por el sendero de la confesión para imbricar su vida íntima con la vida editorial de la segunda mitad del siglo XX en España. He ahí el interés de este libro: su valor reside en pintar un fresco que ayuda a repasar un momento preciso al que le seguimos debiendo muchísimo tanto lectores como escritores. Observar las conexiones y carambolas personales (amistades, parejas, amores, familia) que han configurado la edición en Cataluña y por extensión en España sin duda ayudará a enmarcar parte de la historia cultural de la Península en su contexto.

Hasta ahí bien. Lo digo porque el resto del libro mezcla las opiniones de una señora que juzga, opina y reflexiona a veces como editora (en la parte más sobresaliente de la obra), otra veces como una dama catalana burguesa que se bañó en el Jordán del P.C. (un flamenco dixit) para jugar a la vida bohemia de la gauche divine. El anecdotario para los amigos del amarillismo literario es nutrido. Se pasean por estas páginas un Cela pesetero, una Matute con el alma enjaulada por el marido, las bondad y talento de Umberto Eco, la aproximación y posterior huida de la isla Balcells, los trajines sombríos de la Regás, etc. Las semblanzas tratadas con más profundidad y riqueza de matices recaen sobre la figura de Carlos Barral y Terenci Moix. A todo ello habría que sumarle la crónica de las incursiones de Esther Tusquets en el mundo del amor, con sus ritos iniciáticos de todo sesgo, amantes que salen y entran de escena con mayor o menor fortuna y gracia, y comentarios del tipo “el amor te atrapa como si fuera un virus” (p.358).

A modo de novela bizantina vamos saltando de Cadaqués, centro emblemático de la gauche divine, a las copas en el Bocaccio, de la consulta gauchista del psiquiatra Vidal Teixidor a Nueva York con Ralph Ellison, William Styron, Malamud y Susan Sontag, de Frankfurt a París. Navegamos por lugares y personalidades a las que se les va dando color con la reproducción de cartas o de conversaciones recordadas al cabo de los años. El libro no deja de ser una colección de sellos franqueados por la visión personal de la Tusquets, a la que hay que saber perdonarle las notas un poco ñoñas sobre el amor señaladas arriba, su abrigo de visón, el chófer prestado por mamá, los supuestos atiborramientos de coca y los lugares comunes acerca de ciertos asuntos de dominio público que se irán descubriendo con el paso de las páginas.

Todas las memorias o las confesiones son un ajuste de cuentas con uno mismo, con los otros, con las ciudades o con el tiempo. Éstas no iban a ser menos. A pesar de lo dicho, desde luego que merece la pena sumergirse en un libro que se lee con amenidad y del que podemos extraer algunas dosis de ironía que también harán disfrutar al lector. Hay que observar esta evidencia: Esther Tusquets es una marca en el agua de una manera de entender el mundo de la edición, enfrentada por su olfato y cariño al, como ella misma llama, gran jefe de Bertelsmann, estrictísimo paradigma de vender libros hasta en los supermercados de barrio. Aunque sólo sea por esto último, merece la pena dedicarle una tarde a estas Confesiones de una vieja dama indigna.

26 marzo 2010

Gente normal

La frontera sefardí

Jonathan Ray

Alianza, 2009

ISBN: 978-84-206-8395-9

302 pág.

22 €

Traductor: Pablo Sánchez León.



Ilya U. Topper

Los judíos eran gente normal. A esta novedosa conclusión llega Jonathan Ray en La frontera sefardí, una sesuda investigación sobre la historia ibérica en los siglos XIII y XIV.
Lo de ‘novedosa’ aquí no es ironía: generaciones de historiadores se han empeñado en dibujar a los judíos de cualquier época y de cualquier país como una comunidad religiosa (cuando no “étnica”) recluida en sí misma, conjurada para hacer frente al siempre acechante enemigo, sufridora de mil persecuciones y entregada al espíritu de la ley talmúdica. Una imagen falsa, pero hábilmente explotada por la clase política de un país que se reclama heredero de estas persecuciones e intenta proyectar su actual ideología hacia el conjunto del judaísmo.
Perdonen la última frase, enteramente salida de la pluma del reseñista: Jonathan Ray, profesor de Georgetown, no se mete en absoluto en política, ni intenta buscar paralelismos con ideologías modernas, ni acusa a nadie. No asesta mandobles: cuando les enmienda la plana a los historiadores anteriores lo hace con la cautela, casi timidez, del académico puro, revolucionario casi contra su voluntad.
Pero es revolucionario. Aunque los descubrimientos más llamativos no estén en titulares ni en negrito, aunque haya que buscarles en las frases subordinadas ―sí: léanse el libro de cabo a rabo, no les quedará más remedio― están ahí. Y con permiso de Ray y de sus cientos de notas a pie de página, voy a resumirlas aquí, de una forma tal vez algo más tajante de lo que al autor le gustaría: Los judíos de la Península no eran una minoría perseguida: podían representar al rey, tenían campos, castillos...
― Los judíos de la Península Ibérica no eran una minoría perseguida. Algunos eran recaudadores de impuestos con excelentes relaciones con la Corte y con un enorme poder; podían representar la autoridad regia para toda la población. Otros muchos poseían campos, molinos o talleres, incluso castillos: no eran una raza aparte.
― La sinagoga no era el centro de la comunidad; a veces ni había. El rabino no era nadie. Mejor dicho, el llamado rabino era un funcionario nombrado por el rey cuya tarea consistía en hacer respetar la ley estatal. Grandes teólogos judíos afirmaron rotundamente que los jueces judíos debían aplicar la ley del reino, siempre por encima de la de Moisés. En otras palabras: la comunidad judía sefardí era laica.
― La solidaridad entre los judíos en el interior de la aljama, la comunidad, no era precisamente proverbial. Aunque había autonomía para que jueces judíos resolvieran los pleitos entre los miembros de la comunidad, más de uno recurría al rey para que pusiera orden: la Corte no se veía como organismo opresor y ajeno sino como fuente de una Justicia más fiable que la propia. El rabino era un funcionario que aplicaba la ley del reino, no la del talmud: la comunidad era laica
― El rey aparece como garante de la integridad de los judíos frente a las autoridades cristianas. Las leyes inventadas por la Iglesia Católica para discriminar a los judíos apenas se llegan a aplicar; en los pulsos que echan obispos y comunidades judías, el rey siempre zanja a favor de los últimos. Aparentemente, en esta época, el rey no formaba parte del estamento cristiano sino que era la cabeza de un poder distinto y religiosamente neutral (¿entendemos ahora por qué Isabel y Fernando eran los primeros ‘reyes católicos’?).
Voy a parar aquí porque corro peligro de achacar a Jonathan Ray una visión de la historia que no es la suya o, en todo caso, va mucho más lejos. Pero es el mejor piropo que se le puede echar a un sesudo ensayo académico: emocionarse con él hasta el punto de descubrir una nueva visión de la historia.
De la traducción, poco hay que decir, de puro correcta. La edición, cuidada: gran parte de los documentos medievales citados aparecen con todos sus fizo y nenguno, probablemente porque Ray haya incluido los textos originales en las notas al pie (al igual que hace con los latinos). Cuando una frase está retraducida del inglés (habitual en las citas hebreas) se indica. Hay tres páginas de glosario, cinco de índice onomástico y analítico y 16 de bibliografía.
¿Algo más que hubiera deseado? No, porque el libro habría duplicado su volumen. Pero algo más por hacer, sí: Jonathan Ray se limita a describir, con minucia, la vida de los sefardíes ibéricos medievales. En ningún momento levanta la vista para hacer paralelismos ―que los hay, ¡y muchos!― con las comunidades judías bereberes de principios del siglo XX en Marruecos. La vida judía descrita representa lo que fue en todo el Mediterráneo meridional: parte normal de la sociedad
En una época en la que corren ríos de tinta para analizar la posición de los judíos en el ―así llamado― islam, La frontera sefardí nos hace comprender la vida judía marroquí del siglo pasado no es ni específica de ese país ni del contexto islámico: incluso la calificación del judío como ‘dhimmi’, es decir sometido directamente a la corona, no a las jerarquías administrativas islámicas, tiene su paralelismo exacto en los reinos cristianos medievales.
De la misma manera, unas referencias al Marruecos de hace cien años nos ayudarían a entender que lo que Ray describe no es, en absoluto, un caso único y específico de la ‘frontera’ ―lo que se empeñan en sugerir quienes acogen su libro favorablemente, tal vez en un intento de limitar el impacto de esta nueva visión histórica― sino un exponente lógico de lo que fue la vida judía en todo el Mediterráneo occidental y meridional: una parte de la sociedad de lo más normal.Si usted ha estudiado Historia y duda a qué dedicar su tesis, ya sabe.

25 marzo 2010

El dilema de Henry James

Mi vida sin Eva Gundersen

Manuel J. Ramos Ortega

Paréntesis, 2009

ISBN: 9788499190501

274 páginas

14 euros

Daniel Ruiz García

La adopción de la mirada infantil, el prisma ingenuo, siempre ha sido un recurso fértil para los narradores. Mediante el empleo de un punto de vista premeditadamente inmaduro, de quien no sabe más porque está limitado por edad o por la falta de experiencias, hay muchos escritores que han logrado urdir tramas de gran interés, donde es habitual la trampa, el engaño. Como lectores, estamos obligados a conformarnos con el punto de vista del niño, del personaje inmaduro, que nos ofrece su visión personal y parcial de la vida, limitando nuestra perspectiva de los hechos, deformándola a través de su percepción ingenua y caprichosa. A bote pronto, se me ocurren unos cuantos libros en este tono, entre los que el más popular sea probablemente (pido perdón de antemano) El niño con el pijama de rayas, cuyo planteamiento está íntegramente construido sobre el engaño de esta voz infantil. Pero hay otros muchos: Claus y Lucas, de Agota Kristof, Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, Ciudad de Ladrones, de David Benioff… Libros en los que nuestros ojos ven a través del personaje, y en los que estamos obligados a ejercicios de elucubración sobre “lo que hay más allá”, en la tradición de aquella seminal propuesta de Henry James en Otra vuelta de tuerca, que tanta influencia ha tenido sobre la Teoría de la Literatura y el concepto contemporáneo de novela.

El libro que reseñamos hoy forma parte de esta tradición. Mi vida sin Eva Gundersen presenta desde las primeras páginas al cadáver que da nombre a la novela, y toda ella es un ejercicio de reconstrucción a través de distintas perspectivas de unos mismos hechos que se van revelando en boca de los personajes.

El autor, Manuel J. Ramos Ortega, es catedrático de Literatura, y eso se nota. Tiene facilidad para ensamblar con armonía algunas de las obsesiones más recurrentes de la literatura universal: el doble, la recuperación del tiempo perdido, la obsesión por la persona amada, la muerte como elemento seductor… Todo ello sobre el tapete de una trama que resulta muy atractiva de partida: en el Cádiz de los años 60, un grupo de jóvenes disfruta con intensidad de sus particulares “veranos del amor”, en medio de un escenario inquietante poblado de veteranos nazis que se ocultan en las playas gaditanas aprovechando las simpatías del franquismo con el finiquitado régimen alemán. Uno de esos jóvenes, André, se enamora perdidamente de Eva G., la hija del cónsul alemán. “La consulita” es quien aparece muerta en la playa de Cádiz, y a la reconstrucción de su secreto está consagrada toda la novela. Así, la trama irá avanzando a través de la voz de distintos personajes, que a modo de puzzle completarán la verdadera historia de esa muerte que marcará a fuego al propio André y al resto de adolescentes del grupo.

No es, a mi juicio, y en contra de lo que sostiene la propia contraportada del libro, una novela coral. Para ser coral debe necesariamente ser poliédrica, con voces que tengan una personalidad propia, distinta. Porque sí, es cierto, hay distintos personajes, pero todos ellos comparten una cierta voz común. Una voz que se mantiene con pocas variaciones en todos los personajes, y que a mí se me antoja una voz adolescente. Esa voz predominante tiene tanta fuerza que le da tono y unidad general al libro. Es una voz evocadora, con mucho ritmo, evanescente a ratos, como un perfume, que es la voz que uno le pondría a una recreación de la juventud, a la propia juventud. Leyendo este libro he recordado películas como Verano del 42, o como American Graffiti, o, en un tono más peninsular, como El curso en que amamos a Kim Novak. En este sentido, las distintas voces funcionan más bien como recurso para armar la estructura de la trama, antes que como herramienta para alcanzar una perspectiva coral. Esto, que podría interpretarse como una objeción, me parece en realidad una de las cosas más atinadas de la novela, y lo que le confiere unidad e integralidad. La voz narrativa de Manuel J. Ramos Ortega es muy fuerte e impetuosa, tiene personalidad y funciona, especialmente en tramas como la que nos ocupa, donde dicha voz asume una gran responsabilidad: la de contar algo desde la ingenuidad, favoreciendo la progresión de la trama y manteniendo el interés prácticamente hasta la última página. Para arrojarnos al final, una vez más, sobre la gran duda de Henry James: ¿había fantasmas, o la institutriz estaba loca?

24 marzo 2010

Ateo por la gracia de Dios

Los años rojos de Luis Buñuel

Román Gubern y Paul Hammond

Cátedra, 2009

ISBN: 978-84-376-2611-6

424 páginas

24 €




Jesús Cotta

Hubo un trío de genios en la Residencia de Estudiantes: Lorca, Dalí y Buñuel. Sólo a uno de ellos lo mataron en la guerra, precisamente el que nunca se había metido en política. Buñuel tuvo sus años rojos en el Partido Comunista, aunque luego los ocultara, remilgo que Alberti nunca entendió. Dalí también tuvo su pasado iconoclasta y blasfemo, pero cuando vio que Franco iba para largo, comenzó a renegar de él para congraciarse con el régimen y en sus memorias llega a calificar como obra de esencia católica un cuadro blasfemo que él había expuesto por los años treinta en París titulado La profanation de L´hostie (habría que realizar un estudio psicoanalítico para explicar qué frustración sexual genera la fea enfermedad de la blasfemofilia). No deja de ser curioso que Franco considerara suyo al autor de un cuadro contra la eucaristía y, sin embargo, no castigara a esos correligionarios que asesinaron en Granada al autor de la impresionante Oda al Santísimo Sacramento.

Aunque el cine puede llegar a más gente que la pintura y la poesía, de los tres Grandes de la Residencia de Estudiantes el cineasta Buñuel es menos universal que Dalí con su genial extravagancia surrealista y Lorca con su brillante poesía firmada con su sangre. Y quizá sea porque sus películas están demasiado cargadas de sí mismo, lo que constituye su atractivo y, a la vez, su lastre. Un fotograma de Buñuel sólo puede ser de Buñuel.Quien tenga ganas, estómago y agallas puede repasar en youtube Un chien andalou. La dirigió Buñuel con guión de Dalí y fue considerada por los surrealistas franceses, admiradores de Sade como Buñuel, la primera película verdaderamente surrealista. Sus actores principales, Pierre Batcheff y Simone Mareuil, se suicidaron años después. No me extraña.

Luego llegaron órdenes de la Unión Soviética para sus fieles intelectuales europeos de abandonar inmoralidades como Un chien andalou (Un perro andaluz) o L’âge d’or (La edad de oro), que enturbiaban por lo visto las sanas costumbres entre hombres y mujeres, y cultivar más bien el realismo social. Dalí, de hecho, acusó a Buñuel de expurgar L’âge d’or para contentar a los funcionarios estalinistas, siempre tan moralistas. Fue entonces cuando Buñuel, fiel a las consignas soviéticas, rodó el documental de Las Hurdes, Tierra sin pan, que fue tachado de antipatriota y perseguido por la censura. La película tiene más valor artístico y propagandístico que documental y, como confesó Buñuel, él fue allí a rodar lo peor. Si no, ¿a qué iba? “Visité la región diez días antes y llevé una libreta de apuntes. Anotaba: cabras, niña enferma de paludismo, mosquitos anófeles, no hay canciones, no hay pan. Y luego fui filmando de acuerdo a esos apuntes”. En el documental están amañados desde la cabra que supuestamente se despeña y que en realidad es matada a tiros, hasta el harapiento niño que en la pizarra de la escuela escribe: Respetad los bienes ajenos.Luego, con Filmófono, dirigió en la sombra varias películas comerciales, como La hija de Juan Simón. Buñuel quería ganar dinero sin perder su fama de director comprometido y el director oficial fue su amigo José Luis Sáenz de Heredia, primo de José Antonio y correligionario suyo en Falange.

Este libro da por cierta la trola que Buñuel le contó en Cannes al director falangista según la cual fue él quien lo había salvado de la siniestra checa madrileña donde lo iban a matar, cuando en realidad, según cuenta Pepín Bello en La desesperación del té, Buñuel estaba entonces a más de dos mil quilómetros de Madrid y lo salvó un electricista anarquista de Filmófono.

Iniciada la guerra y horrorizado por el caos que los anarquistas habían impuesto en Madrid y asustado de correr la misma suerte que sus amigos Juan Piqueras y Lorca, asesinados por los nacionales, fue enviado a París como funcionario de la embajada con la misión de hacer propaganda de la causa republicana, lo que lo libró del peligro de tener que rodar escenas de guerra en la propia España.

Para saber y comprender todo esto que he contado y mucho más, éste es un libro muy recomendable. Se trata de un completísimo trabajo de investigación con datos bien traídos para comprender no sólo el primer cine de Buñuel, que explica al posterior y más conocido, sino también para hacerse una idea cabal de aquella época de extremismos artísticos, ideológicos y personales a través de un personaje como Buñuel metido de lleno entre los intelectuales españoles y franceses. Lo mejor y lo peor del libro es la abrumadora cantidad de datos y la parquedad de los autores en juicios de valor. Es el lector quien saca sus propias conclusiones.

Uno se familiariza así con un Buñuel que en su época de Hollywood proponía a su amigo Chaplin organizar orgías y se negaba a revisar el guión de Lily Damita, amante de Alfonso XIII; un Buñuel buen amigo de sus amigos, noble y maño, militante del Partido Comunista, amante de la buena vida, ateo por la gracia de Dios, como él se definía, pero también machista, homófobo y anticlerical hasta la náusea, que invitaba a destruir el santuario del Pilar; y, sobre todo, un genial e intuitivo director de películas de apariencia realista, estructura trágica y aperturas al subconsciente.

23 marzo 2010

La tierra prometida

Al final del mar

Gabriel Sofer

El Olivo Azul, 2009

ISBN: 978-84-936637-2-8

125 páginas.

15 € .

Prólogo de Luis Alberto de Cuenca.


Rafael Suárez Plácido

A veces un libro tarda algo más de lo que debiera en caer en mis manos. No sé si es malo. Probablemente no. Especialmente cuando las primeras frases despiertan mi curiosidad: “Una madre camina con sus hijos hacia el puerto de Marsella. Todavía no ha amanecido, y las calles del barrio están vacías.” Uno se imagina que las calles de Marsella son las primeras páginas del libro que aún están por conocer: “…y les dice a sus hijos, sin detenerse, que miren bien el mar, pues al final del mar está la tierra prometida.” Sigo leyendo y sigo imaginando, y atravieso mares a bordo de barcos que parece que van a naufragar en cualquier momento; y atravieso ciudades: las calles de Sevilla, de la mano de mi abuelo o mi padre, o París, o Córdoba. Al final me pierdo en lugares más lejanos: la Patagonia o la selva amazónica. Algunas historias me interesan menos, pero la mayoría me llevan a lugares en los que he vivido, aunque nunca haya estado en ellos. Recuerdo esos versos de Víctor Botas, que debieron ser míos, en los que evocaba los momentos felices que había vivido con una mujer en Roma, para concluir de forma inesperada: “Pero lo más curioso / (…) es que nunca estuvimos / tú y yo juntos en Roma.”

Gabriel Sofer (Madrid, 1973) nos ofrece algo semejante con Al final del mar, editado por El Olivo Azul. Una colección de dieciséis relatos que ha pasado inadvertida, pero que sin duda ocupará su sitio. Y ha pasado inadvertida, pese a llegarnos con un emotivo prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Entiendo que la mayoría de la crítica actual se detiene muy pocas veces en obras que le resultan difíciles de clasificar, o que no vienen avaladas por una trayectoria conocida o, en su defecto, por una campaña mediática importante. Si se trata, además, de la primera obra de un autor desconocido e ilocalizable, como es el caso, el silencio suele ser la respuesta. Es difícil ser el primero en lanzar la piedra, para bien o para mal. Es muy difícil. Lo sé.

“Al final del mar” es también el título del primer relato. Son sólo diez páginas, pero la historia de Sarah Simon es de las que te atrapan sin remedio. Una mujer que nació con el siglo XX, el más cruel, y que ha pasado por todas las penalidades y aventuras desde muy pequeña, pero que en un momento en el que otros se hubieran rendido, aprendió que podemos luchar por tratar de mejorar el mundo. Sarah Simon hizo suyas algunas de las causas más nobles y, cuando sintió que tuvo que hacerlo, las abandonó. Hoy día, cuando parece que está prohibido equivocarse, Gabriel Sofer imagina un hermoso alegato del error. Porque el error es humano. Y porque los que vencen e imponen su verdad también se equivocan. En este personaje femenino encontramos los orígenes hebreos e irlandeses, y el deseo de luchar para encontrar un mundo mejor y todas sus contradicciones y decepciones. Sarah Simon es el lado más hermoso de la historia del siglo XX.
Los mejores relatos están en la primera parte del libro y ahí encontramos sus temas favoritos. Ya he mencionado el origen hebreo de un personaje. Se repite habitualmente. En los nombres de la mayoría de ellos y en algunas presencias explícitas e implícitas. Uno de los mejores relatos es “Una historia infantil”, donde se vislumbra un homenaje a Elías Canetti. El personaje es una niña que nos cuenta cosas de su abuelo. Es a la vez un homenaje a Sevilla, ciudad por la que ambos pasean y desde la que el abuelo Elías le muestra a su nieta todas la belleza del mundo; ciudad a la que Gabriel Sofer ama y odia al mismo tiempo: “Otro día fuimos a la parte antigua, al barrio de la Judería, al que la gente llama de Santa Cruz porque, según mi abuelo, el otro nombre les da vergüenza, pero no entiendo de qué.” Una delicia.

Homero está omnipresente en el libro: en los viajes y en las guerras. En “El incendio de Homero”, un anciano resiste en su ciudad sitiada en la guerra de los Balcanes. Está solo, con su perro Príamo, y tiene un invierno helado por delante. Para sobrevivir va quemando sus libros: “subrayados, anotados, manoseados, manchados, leídos sobre el vientre de tu amada esposa”, que son su único tesoro. El drama que le supone verlos arder se agrava con el último, la Ilíada: “Esta noche volverán a sonar los hexámetros, (…) Héctor sabrá que va a morir cuando escuche a Aquiles gritar su nombre. Se despedirá, otra vez, de su esposa y de su hijo, y nosotros volveremos a llorar.”

Igual que he mencionado estos tres cuentos podría haber hablado de “Silencio”. El personaje Matías Peres habría hecho sonreír con cierta nostalgia a Borges, igual que el bibliotecario Rafael Cansinos, personaje de “Una cena de Pascua”. O también podría comentarles que el último relato, “Hechos de un hombre”, nos cuenta la historia de un cordobés del siglo XIX, Rafael Matías, muy cercano a la Sarah Simon del primer cuento. Tras una vida azarosa y arriesgada que nos lleva por todo el sur de América, sus últimas palabras son para su primer y único amor: “Te dejo la flor, que es lo único que tengo, pues ni mi nombre es mío.”

Gabriel Sofer nos ofrece algunos de los personajes más interesantes que he conocido últimamente. No se los pierdan. Al final del mar encontrarán la tierra prometida.

22 marzo 2010

El magnetismo de la violencia

El cobrador

Rubem Fonseca

RBA, 2009

ISBN 978-84-986-7604-4

176 páginas

16 €

Traducción: Basilio Losada

Joaquín Blanes



Ernesto Sábato, ese optimista bien informado, comenzaba uno de sus libros más alegres del siguiente modo: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días”. La resistencia, publicado en 2000, abría sus páginas de un modo esperanzador, exhortaba al lector para que resistiera ante la amenaza fantasma del lado oscuro, la misantropía recalcitrante, la displicencia social, el aislamiento, la pérdida de la comunión esencial entre personas, la que se da en los cafés, en los bares a altas horas de la madrugada, cuando el ardor despiadado de la música a todo volumen ha dejado paso al silencio y el camarero advierte: “estamos cerrando”; la misma que se da en las barbacoas domingueras. Sábato hablaba de una resistencia humana a través de la comunicación; por su parte, Rubem Fonseca (1925) habla de todo lo contrario, habla de la resistencia activa, la del cobro de una deuda antigua, porque el determinismo social es tan despiadado que permite el hacinamiento en el extrarradio de las ciudades, en esas chabolas, chamizos o favelas de cartón piedra, de chapa y plástico, de mampostería rudimentaria, que son las primeras en deshacerse, como en el cuento de los tres cerditos, al primer golpe de viento, con las primeras lluvias torrenciales.

Fonseca pone voz a la violencia de los desheredados y crea ese personaje explosivo, fulminante y brutal que es El cobrador. Un ser desahuciado que decide cobrarse lo que una sociedad del bienestar le debe en realidad: “Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, bocadillo de mortadela en la tasca de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol." Lleno de violencia, el relato que da título al libro es uno de los más desgarradores que se puede encontrar en la narrativa breve. Que tenga cuidado el lector porque Fonseca tira a matar y sus relatos, a la vez que inquietantes, resultan dolorosos.

En este relato Rubem Fonseca consigue acercarnos a lo sublime, entendido como belleza extrema la experiencia dolorosa imposible de asimilar que, probablemente, el griego Longino diera en el siglo III a. C. en su tratado “Sobre lo sublime” y que, tiempo después, Kant describiría en su Crítica del juicio.

Para adentrarse en la obra del autor brasileño este volumen es un magnífico comienzo, porque en este libro de relatos confluyen las constantes del escritor: la violencia, el sexo explícito (que en ocasiones recuerda las sucias descripciones eróticas de Henry Miller), la novela negra y las descripciones meticulosas de los elementos del crímen. Fonseca no es un autor poético, es más bien árido y desabrido, pero sus narraciones tienen unas semillas muy adictivas. Entrar con placer en la literatura del brasileño obligará al lector a perseguir sus libros con denodado ímpetu y encontrar sus libros es tarea de coleccionista, habría que consultarle a un entendido como el Mendel de Stefan Zweig, alguien que conociera al dedillo los lugares sagrados de los libros usados para encontrar alguno de los libros imprescindibles de Fonseca como El gran arte, su mejor obra. Bruguera, en su colección de Libro Amigo, se atrevió a publicar El cobrador en 1985 con una traducción de Basilio Losada, pero pronto quedó relegado a la pecera de los libros de saldo. Sólo desde hace unos pocos años, algunas editoriales se han atrevido a rescatarlo. El gran arte fue publicado en 2008 por las editoriales Txalaparta y Tajamar. Seix Barral publicó en 2003 Bufo & Spallanzani, una novela entretenida con un final sobrecogedor. Ahora RBA se envalentona y publica El cobrador.

En este libro encontramos el origen de Mandrake, un claro homenaje al Philip Marlowe de Raymond Chandler, de hecho entre los cuentos encontramos un guiño a La dama del lago y a El largo adiós y unos diálogos tan lúcidos, lúdicos y efervescentes como los Peta Zetas. Mandrake es un abogado criminalista, seductor y arriesgado que resuelve casos de asesinatos de un modo poco ortodoxo, saliendo malparado de todas sus aventuras. No hay que olvidar que la profesión inicial de Fonseca fue la de inspector de policía en el Distrito 16 de Río de Janeiro.

“Pierrot de la caverna”, el primer cuento del libro, presenta a un pedófilo incurable que graba sus reflexiones en una grabadora. Sin duda una narración incómoda pero certera al mostrar la naturaleza inequívoca de algunos seres humanos, mal que le pese al bondadoso Rosseau; como Anísio, uno de los personajes de “El juego del muerto”, capaz de cualquier cosa por ganar una apuesta, aunque sea encargar la muerte de uno de sus compadres de tasca y pasatiempo.

En el libro de Rubem Fonseca hay cuentos con mayor o menor acierto, pero ninguno tiene desperdicio, en todos se puede encontrar una veta para el disfrute de la lectura y la reflexión y aunque sea únicamente por leer el cuento que da título al libro, habrá merecido la pena.

19 marzo 2010

Outsider sin quererlo

El hijo del futbolista

Coradino Vega

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-38-8

144 páginas

12,90 €

Daniel Ruiz García


Un lugar común en esto de la crítica literaria tiene que ver con valorar las óperas primas con cierto prisma condescendiente, como si las primeras obras siempre fueran un contenedor de talento aún poco domesticado con impericias en todo caso disculpables por mor de la edad o la falta de oficio. “Para ser la primera no está mal” viene a ser siempre el diagnóstico final, con el que el debutante acaba por sentirse satisfecho, incapaz a su vez de quitarse de encima el complejo de culpa por su inevitable condición de neófito.

Los tópicos están para romperlos. Y eso es precisamente lo que hace Coradino Vega con El hijo del futbolista. Una primera novela que sorprende desde la primera página por su voz y sobre todo por su inteligencia para armar un artefacto narrativo al que no hay por dónde descubrirle las costuras.

Coradino Vega pertenece a la generación de los nacidos en los años 70, y cuya adolescencia transcurrió en los inicios de unos 90 marcados consecutivamente por el boom nacional derivado de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla en el 92 y por la crisis política y económica que aconteció poco después. Una generación influida por el discurso audiovisual y por la irrupción de los nuevos medios como ninguna hasta la fecha. Las primeras hornadas de ciudadanos nacidos en democracia, que sobre el papel han tendido sobre todo a propuestas literarias bien con un sentido marcadamente lúdico y escapista o bien con una fuerte vocación experimental, profundizando en la incorporación de los nuevos lenguajes y las nuevas realidades de eco postmoderno a la literatura. Tanto en uno como otro caso, se ha virado hacia una disolución del concepto de la literatura como instrumento revelador de realidades, como una herramienta de interpretación del mundo, algo que definitivamente parece haber caído en desprestigio entre los autores más jóvenes, debido probablemente a cierto empacho o a la consideración de que cualquier literatura de aire comprometido es una literatura menor.

En este sentido, Coradino Vega surge como una verdadera rara avis en la joven narrativa española. Cuando la mayoría anda embarcada en debates trasnochados sobre la verdadera etimología de la novela y sobre los límites de la ficción, o cuando otros muchos se afanan en revisitar géneros como el de la novela negra o la novela gótica o la ciencia ficción recurriendo sin prejuicios al pastiche envuelto en forma de homenaje, Coradino ha escrito un libro comprometido. Un libro que cuenta una historia humana, cercana, familiar, sobre un trasfondo marcadamente social. Un libro real, sobre personas de carne y hueso, donde hay un posicionamiento moral, una toma de partido, una asunción de responsabilidad.

La historia transcurre en un pueblo localizado en el corazón de las minas de Río Tinto, en Huelva. Un pueblo que soporta el lastre de un pasado colonial, en el que "los ingleses", a través de la compañía responsable de la explotación minera, hicieron y deshicieron hasta esquilmar todos los recursos, marcando para siempre la vida de muchas familias y favoreciendo una compleja red de relaciones en las que aún prevalece el resentimiento y cierta “conspiración de silencio” social, en la que los herederos de la antigua oligarquía impuesta aún gozan de visibilidad. En medio de este escenario, un joven estudiante, hijo de un futbolista que renunció definitivamente a la gloria balompédica en beneficio de su dedicación a la familia, afronta la preparación de los exámenes que poco más tarde le llevarán a elegir una carrera universitaria. Un momento de cambio, de previsible ruptura, en el que el personaje se ve abocado a avanzar en medio de la presión familiar, la presión de su entorno y sus propias relaciones con profesores, amigos y pareja.

Lo más estimable de esta novela está en lo que cuenta, pero yo me quedo más bien con cómo lo cuenta. Desdiciendo esa tendencia habitual a “decirlo todo” que caracteriza a cualquiera que se lanza a escribir una novela por primera vez, Coradino Vega utiliza con magisterio un estilo contenido, sobrio, preciso. Un estilo que convierte en invisible los hilos, las junturas, y que se lee con la limpieza con que se contempla un amanecer diáfano. Nada resulta forzado en el estilo de Coradino, todo está donde debe estar, y ni por asomo nos llevamos la impresión de que ese trabajo de aparente sencillez es fruto de un agotador esfuerzo de pulido. Pero debe haberlo habido, de eso no hay duda, porque al igual que en una canción en que todos los acordes funcionan con armonía para que la melodía resulte agradable, en este libro la cadencia, el ritmo, el fraseo resulta sospechosamente sencillo. Demasiado para que resulte fruto de la exclusiva inspiración, y no de un trabajo de esfuerzo artesano. De oficio.

Apelando a una buena historia bien contada, una historia humana y real, creo que Coradino ha conseguido algo que no se proponía. Convertirse en cierta manera en un outsider dentro de su generación, mucho más tendente al aspaviento, al griterío, al reclamo visual. Habrá que estar atentos a la próxima. Los mimbres, desde luego, son excelentes.

18 marzo 2010

Intercambio de identidad

Ordeno y mando

Amélie Nothomb

Anagrama, 2010

ISBN 978-84-339-7525-6

160 páginas

15 €

Traducción de Sergi Pàmies


Carolina León

Una escritora controvertida: convendrán conmigo en que lo es hasta el punto de que hay opiniones en contra de tal condición de escritora. Aquí no me voy a meter yo en tales berenjenales, porque escribir está claro que escribe -a razón de un libro por año- y negarlo sería ponerme a traducir a Wittgenstein.

Mientras tanto, la autora parece decidida a configurar, libro a libro, una especie de mapa de los deseos y las inquietudes contemporáneas: el gusto estético, las relaciones interpersonales, los límites de la crueldad o el paradigma de lo legal. Ésta no es probablemente la primera vez que Nothomb se interna en un ambicioso ítem, intensamente engastado en la narrativa contemporánea, como es el problema de la identidad -que es como hablar de la representación del espacio en la pintura renacentista o del abandono de la idea de hombre ilustrado en el temprano siglo XX.

Ordeno y mando baraja pocos elementos, en escasas páginas, y un juego interior inteligente, modesto, un sota-caballo-rey con confesión delictiva, esbozo de crónica negra, personaje insignificante y circunstancias extraordinarias, para hacer brotar la cuestión central: cómo es posible conquistar la "libertad" del individuo, incluso con respecto de sí mismo. Este personaje/narrador, Baptiste Bordave, es "adoctrinado", de manera aparentemente casual, sobre la manera de actuar en caso de muerte de un invitado en su casa. Al día siguiente, tal cosa sucede: una persona solicita usar su teléfono y, mientras está marcando, cae al suelo muerto, cual hechizado de cuento de hadas.

El hombre decide que es factible hacerse pasar por el difunto, intercambiar identidades. "¿Quién era yo?", se pregunta. Un ser anodino, sin sueños ni ambiciones, envuelto en la desmoralizante tarea diaria de subsistir. No teniendo mucho que decir sobre sí mismo, toma la ventaja inicial: el muerto -del que se llega a saber mucho más que del propio narrador- es un personaje de gran solvencia económica y turbia profesión (un agente secreto, se insinúa), que vive con una hermosa mujer en una "villa" de gente acomodada, cenando champán noche sí noche también.

Sin pena alguna, rompe los vínculos con su identidad y adopta las muy felices costumbres del escandinavo Sildur. Entran en juego, entonces, la aletoriedad, la ignorancia, las hipótesis y la ley de la gravedad -no del crimen, sino de poderes deconocidos- gravitando sobre él. Gran parte de la longitud de este libro está dedicada a elaborar y desmontar teorías sobre el hombre por el que trata de pasarse, y lo que puede hacer la imaginación acerca de esas circunstancias heredadas.

Así, lo anodino de su existencia se llena de azar, de misterio, de aventura. Con seriedad (pocas veces) e insistente aliento irónico, vodevilesco, circense, en el planteamiento y resolución de muchas situaciones, vemos al personaje echarle una buena cantidad de morro a lo que se ha planteado como objetivo y salvar los obstáculos hasta quedarse con el nombre, las cosas, y la chica del muerto. ¿Qué problema tiene, pues, este thriller? Que la resolución de todos los conflictos vienen encabalgados en mucho dinero en metálico y cuentas corrientes. Que, allí donde otro creador muy preocupado por temas semejantes como Michael Haneke no consigue salvar a los burgueses amenazados en su estilo de vida, Nothomb hace un enroque con su don-nadie y le otorga un cheque en blanco para comenzar de nuevo.

Me interesa resaltar el estilo de la narración: esa prosa seca, hosca, mínima, cargada de ironía hasta el punto de que el lector no consigue reconocerse en ningún personaje. El distanciamiento de un espectáculo circense, que todos sabemos trucado. No podemos dejar de plantearnos si nos está preguntando algo, o bien respondiendo por nosotros. ¿Aceptaríamos ese cheque para ser "algún otro" y dejar de tener miedo? Su personaje toma lo que está a su alcance, lo hace, lo logra. Pero la fábula se estropea por cuanto todo lo consigue merced al dinero y al poder que éste otorga. No tener más miedo tiene, como ya sabíamos antes del libro, un precio.

17 marzo 2010

Nada

Nada que temer

Julian Barnes

Editorial Anagrama, 2010.

ISBN: 978-84-339-7526-3

300 páginas

19 Euros

Traductor: Jaime Zulaika



Javier Mije

Más allá de los casos paradigmáticos de Yolanda Castaño, Zadie Smith o Lorrie Moore –mujeres de cabello oscuro y ojos sumamente expresivos muy agradables de contemplar- no recuerdo haber pasado tanto tiempo mirando la impresión fotográfica de un autor en un libro como hasta encontrarme con Julian Barnes en la solapa de Nada que temer. ¿Está cambiando mi inclinación sexual? Si no hubiera fallecido hace un par de años dejando peligrosamente abierto mi expediente sobre su escritorio podría plantear esta pregunta a mi psicoanalista. Desamparado, solo, y a riesgo de equivocarme con las únicas armas interesadas de mi yo consciente, me atrevo a aventurar otras causas para explicar la atracción irresistible que el retrato en blanco y negro de Barnes ha estado ejerciendo sobre mí durante la última semana. En primer lugar, buena parte del encanto de estas páginas –el tono aparentemente informal y la continua interpelación a los lectores incluidos- está en que Nada que temer es como una larga y muy interesante conversación. ¿Y quién se resiste a mirar a los ojos de un interlocutor que le habla con tanta amenidad? Barnes dice que un novelista debería escribir como si sus padres hubieran muerto. No puedo estar más de acuerdo con este alegato a favor del impudor, de la verdad literaria, de la libertad de expresión que el autor británico cumple aquí a rajatabla. Y si alguien se dirige a usted con tanta sinceridad y desnudez para tratar un asunto como la muerte –de ese tema escabroso versa Nada que temer-, ¿rehusaría la mirada de quien se le ofrece tan humano y tan próximo? En fin, hay al menos otra razón extraordinaria para que haya prestado tanta atención estos días a la fotografía de Julian Barnes. ¿No querrían ustedes familiarizarse con el rostro de un autor cuyo libro acaban de añadir a la lista de los que se llevarían sin dudarlo a una isla desierta?

Quizá recuerden el chiste que cuenta Woody Allen en la escena inicial de Annie Hall: dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña. “Vaya, aquí la comida es realmente terrible”, dice una. La otra contesta: “Sí, y además las raciones son tan pequeñas…” “Pues así es como me parece la vida” –continua Allen- “llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza, y sin embargo, se acaba demasiado deprisa”. Barnes suscribiría estas palabras. Que la vida esté sobrevalorada –frase de la que ingenuamente, a fuerza de repetírsela a mi querido Antonio Acedo, me creía autor- no nos libera del miedo a abandonarla. No importa que la lucha de la vida contra la muerte sea, con mayor rigor y precisión, la lucha de la vejez contra la muerte: “unos días y horas más de senilidad jadeante, con la mente ida, los músculos consumidos y la vejiga incontinente”. Nadie parece querer fugarse del escenario por muy sombrío que sea, sobre todo en sociedades que han determinado que después de la caída del telón no habrá ni juicio ni aplausos ni, para nuestro desconsuelo, otra función. Una reencarnación, dice socarronamente Barnes, al menos “nos brindaría nuevas formas de desilusión”, entre ellas la posibilidad de “dormir con toda la gente equivocada (o al menos con gente equivocada diferente)”. Pero, ¿qué cosa útil podemos hacer hasta que, en el lecho de muerte, llegue el momento de pronunciar nuestras últimas palabras? “Pronto moriré o pronto voy a morir; las dos formas son correctas”, cuenta Barnes que dijo en ese tránsito el gramático Père Bouhours. Aunque quizá tengamos “más suerte” y podamos repetir con Hegel: “Sólo un hombre me comprendió”, para añadir luego, “y no me comprendió”. En cualquier caso, si de morir se trata, la fortuna suprema consistiría en expirar con la plena conciencia de quienes hemos sido, sobre todo si, mientras tanto, logramos hacer de la vida el contexto adecuado “para los placeres y aficiones” que hallemos en ella. ¿Qué cabe hacer entonces para defendernos del horror a la muerte? Algo tan simple como leer un libro como éste, o en general, “adquirir una serie de preocupaciones de corta duración que valgan la pena”.

Nada que temer, quizá no ha quedado claro, es una suerte de memorias noveladas, un artefacto literario y metaliterario en el que los recuerdos familiares de Julian Barnes –el relato sobre todo del acabamiento de sus progenitores- se intercala con las cogitaciones en torno a la muerte del propio autor y las anécdotas –en una estructura de sucesivos espejos dialogantes- recogidas de las meditaciones de varios escritores y artistas respecto al mismo tema. Filosofía de bricolaje, de andar por casa, afirma Barnes. Pero no hay que creerle. Un libro sobre el miedo a la muerte termina convirtiéndose necesariamente en su reverso, un libro sobre el amor a la vida y una especulación honesta, desolada y humorística acerca de qué cosa complicada somos. El análisis del autor de Metrolandia sobre nuestra cultura me parece de una lucidez demoledora. Relegada la religión al folklore, nuestra salvación se arracima en torno a nuevos preceptos –desarrollo de la personalidad, propiedad, prestigio, acumulación de hazañas sexuales, consumo cultural, culto al cuerpo- que, como la Ley de Dios, pueden resumirse en un sólo mandamiento: rendirás culto a un materialismo frenético. No es un gran mito, de ahí que Barnes añore la religión como una ficción de mayor calidad: “una mentira hermosa y seductora que contiene verdades duras y correctas”. “Es normal”, justifica Barnes su seglar nostalgia de Dios, “sentir una pérdida al cerrar una gran novela”.

Este libro es muchos libros: novela, ensayo, comentario de textos, memorias, metaficción, ¿qué importa? ¿Habrá servido, en cualquier caso, para que su autor conjure su miedo a la muerte? ¿Es el arte, en general, una defensa adecuada contra el temor a morir? “En un mundo laico tendemos a creer que el arte nos dice la verdad; y que esa verdad puede salvarnos, iluminarnos, conmovernos, elevarnos, curarnos”. Tal vez creamos arte con el fin de derrotar a la muerte. Una ilusión bastante idiota, asegura Barnes: “los gustos cambian; las verdades se vuelven tópicos; formas enteras de arte desaparecen”. Ahora que Google me trae la noticia de que la mujer de Barnes, Pat Kavanagh –P. en este libro- murió escasos meses después de la publicación de Nada que temer en el Reino Unido, resuenan en mi cabeza dos de sus afirmaciones más penetrantes. La primera de ellas dice: “como artistas, lo más que podemos aspirar es a rascar en la pared de la celda del condenado; lo hacemos para decir: yo también estuve aquí”. Con el recuerdo de la segunda he vuelto a la fotografía del viudo Barnes en la solapa de este libro maravilloso: la palabra más llena de sentido es la palabra nada.

16 marzo 2010

Breve, pero intenso

La máquina de languidecer

Ángel Olgoso

Páginas de Espuma, 2009

ISBN: 978-84-8393-045-8

131 páginas

14 €





Jesús Cotta
Me pregunto por qué en nuestra época somos tan dados al haiku en poesía y al microrrelato en prosa. ¿Lo pequeño se lleva porque han muerto los grandes ideales y preferimos el detalle lírico al monumento épico? ¿O tal vez porque tanto estímulo visual y tantos efectos especiales nos inclinan a la literatura breve e intensa antes que a Dante?

De hecho, esta página misma surgió de unos microrrelatos.

El caso es que con este libro de Olgoso les he pillado por fin el gusto a los microrrelatos, género que siempre he admirado porque me parece dificilísimo escribir uno bueno: si cada párrafo de una novela requiriera el mismo esfuerzo y arquitectura que un microrrelato, uno tardaría siglos en terminarla.

Mientras que los microrrelatos de algunos autores parecen más bien un fotograma o una secuencia o el apunte para una novela o tan sólo un pincelada aforística sin nada narrativo, los de Olgoso son auténticos microrrelatos, casi todos ellos con un final imprevisible que alumbra de pronto lo que uno acaba de leer. Otros tienen la sorpresa al principio y un toque de emoción desgarrada al final. Los hay también que tienen un toque más reflexivo o descriptivo y esos me gustan menos. Pero en todos hay una evolución y un ritmo intenso.

Sin embargo, no son el extrañamiento ni la sorpresa los únicos recursos de Olgoso. Se agradece el lenguaje exacto, justo, con agilidad y muchos registros verbales y, sobre todo, la agilidad de temas, tonos y planteamientos.

Maravillado estoy aún con La melancolía de los gigantes y con El ángel.

Lástima que la mayor parte de los relatos se asome a un mundo oscuro y a veces espantoso. Invito al autor al microrrelato donde de pronto se haga la luz allí donde había sólo oscuridad.

Recomiendo, pues, este libro para los amantes del género o para quien quiera iniciarse en él. En la variedad, disparidad e inteligencia de estas microarquitecturas que abren a mundos más grandes, está el gusto.

15 marzo 2010

Una nueva visión del mundo

Las correspondencias

Pedro G. Romero

Editorial Periférica, 2010

ISBN: 978-84-92865-08-6

68 páginas

12 €


Rafael Suárez Plácido

Mientras leía este libro, porque no se engañen, aunque parece breve no les resultará fácil soltarlo ni dejar de pensar en él, vi unas imágenes de una rueda de prensa del primer ministro italiano en las que un “activista político” (ésas fueron las palabras con las que se refirieron a él) le hacía preguntas sobre la corrupción. El primer ministro lo insultó y mandó echarlo de la sala. En esto apareció un matón que parecía que iba a poner paz, pero que enseguida optó por tocar y zarandear al activista, y empezaron a intercambiar insultos. El matón resultó ser el ministro de defensa italiano. Es curioso. Algunos pensarán: “Estas cosas sólo pasan en Italia”. No estoy tan seguro. Recordé las palabras de Pedro G. Romero: “En otros países la crisis es la misma, pero incide en un tejido social más sólido.” O no. Depende. Hace unos años, en una sesión parlamentaria sobre un asunto tan serio y doloroso como fue el 11-M, Pilar Manjón tuvo que dar un toque de atención a los diputados, a la mayoría de los diputados, sobre lo lastimoso que resultaba asistir a los abucheos, pataleos e insultos que solían repetirse cada día, a cada intervención, como si se tratara de un patio de colegio. ¿A esto hemos llegado después de tantos años de civilización? ¿De verdad son estos los señores que queremos que nos representen y que se ocupen de nuestros asuntos? Sobre éstas y otras cuestiones semejantes trata Las correspondencias, este breve e intenso libro que nos ofrece estos días la editorial extremeña Periférica.

Pedro G. Romero
(Aracena, 1964) es, en estos momentos, uno de nuestros artistas más relevantes. Sus obras, dentro de lo que se ha llamado arte conceptual, han sido expuestas en algunos de los principales museos de España y toda Europa. El arte conceptual no busca sólo ofrecernos belleza, sino hacernos pensar. En realidad no es ninguna novedad: siempre ha sido así. El mejor arte, el mejor cine, los mejores libros, siempre nos han hecho pensar. La complicidad del receptor siempre ha sido necesaria para una mejor interpretación del objeto artístico. Leo en el libro: “Mi cultura, con sus esteticismos, me dispone en una actitud crítica respecto de las “cosas” modernas pretendidas como signos lingüísticos.” Hoy día es imposible considerar esos esteticismos sin un fundamento ético ante el mundo.

Las correspondencias
, una de esas “cosas” modernas a las que hace referencia el autor, es un opúsculo de veinte cartas, que se cruzan veintiún personajes anónimos en Venecia, que abordan temas que van de sus propias vidas a la situación actual italiana, buscando transcender las fronteras, con las palabras y el pensamiento de algunos intelectuales (Russell, Gramsci, Pasolini y Ginzburg) que han ido recorriendo el siglo XX. Se puede leer como una novela, o como ensayos, o como relatos breves. Pero siempre con la mente despierta y atenta, y con tiempo para volver atrás una y otra vez. Eso sí: no hay que buscar respuestas. Pedro G. Romero expone la situación que ve en la calle y, desde su conocimiento y experiencia, aporta diferentes puntos de vista. En esto nos evoca a uno de sus autores favoritos: Agustín García Calvo. Hay un personaje del que hablan varias de estas cartas, al que se reconoce por su acento (francés o irlandés o alemán: a estos hombres y mujeres no les interesan demasiado las fronteras), por su juventud y por su visión del mundo que, a veces, le llevan a pasar a la acción de forma más o menos moderada, y con el que, por uno u otro motivo, se tropiezan algunos de los interlocutores de estas cartas.

Son personajes que están solos, personajes que lucharon en su momento por un mundo mejor y que, actualmente, no se reconocen a sí mismos. El sentimiento contradictorio que despierta la familia en algunos de ellos, siempre atentos pero siempre libres, nos trae a la memoria a uno de los referentes reconocidos del autor en este libro: Querido Miguel (Acantilado, 2003), de Natalia Ginzburg, otro libro que no conviene perderse.

“Ha cambiado el modo de producción (cantidades enormes, bienes superfluos, función hedonista). Pero la producción no sólo produce mercancías: produce al mismo tiempo relaciones sociales, humanidad, o sea una nueva cultura…” Después de esto: ¿cuál es el papel que le queda a la cultura en estos tiempos? Los mejores no suelen aparecer en los grandes medios. Y si lo hacen, suelen pasar desapercibidos. Pedro G. Romero no es un neófito en este mundo. Tampoco lo es en la literatura. Hace años que va sumando una obra seria, coherente, alejada de las masas. Su Archivo F.X. va creciendo para convertirse, ya lo es ciertamente, en uno de los referentes del arte y pensamiento del siglo XX. Las correspondencias, esta joya de la síntesis y de la precisión, está llamada a representar el inicio de una nueva visión del mundo.

12 marzo 2010

Un espectáculo estético

La noche de los tiempos

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral. Biblioteca Breve

ISBN: 978-84-322-1275

960 páginas

24,90 €



Daniel Ruiz García

Escuché de boca de Fernando Iwasaki que La noche de los tiempos venía a ser algo así como el Guerra y Paz o el Rojo y Negro de la Guerra Civil Española. No cabe duda de que la aseveración tiene un titular, pero no comparto ese diagnóstico, ya que en su supuesta semejanza con los libros referidos existe una gran distancia de enfoque. Al contrario que éstas, sobre todo de la primera, La noche de los tiempos está centrada en una historia de carácter íntimo, sentimental, doméstica en ocasiones. No es, a mi juicio, la Gran Novela de la Guerra Civil, ni creo que pretenda serlo, ya que la lupa está posada sobre un puñado escaso de personajes, y por tanto no hay un gran tapiz dramático, o en todo caso, sí que lo hay pero siempre al servicio de la historia central, sobre la que está soportada toda la trama, y que viene a ser el dilema de la infidelidad asociado a la libertad, el escape de la conciencia a través del amor, de un amor doloroso que trastoca el ambiente familiar y que produce un daño incurable en todo su entorno. El amor y sus efectos de devastación sobre la persona y sobre todo aquello que la rodea. Y en medio, como una metáfora, la frontera física de una guerra que eclosiona, y que enfrenta a un pueblo contra sí mismo. Confluyendo todo sobre un gran concepto, el de la ruptura, el de un mundo que se resquebraja, un mundo interior, el del personaje principal, el arquitecto Ignacio Abel, y un mundo exterior, el de una España que se prepara anárquicamente para una guerra que nadie en realidad preveía. Y después el exilio, y el silencio atiborrado de incertidumbres, de suposiciones, de desvelos, de culpa. Encuentro pocos rastros de la novela que el propio Muñoz Molina apunta como génesis de la idea de La noche de los tiempos, la monumental Vida y Destino de Vassili Grossman, ya que en este caso, como en el caso de Guerra y Paz, sí hablamos de una auténtica novela coral, plagada de voces y de historias que se entrecruzan, todas ellas marcadas o al menos tocadas por el drama de una guerra que descompone a todo un pueblo, y que finalmente en ambos casos marca un cambio de rumbo, un nuevo orden, para toda una civilización. Y ni en una ni en otra hay una voz narrativa que se imponga, que se muestre rotundamente con su propio “yo”, sino que hay una apariencia de libre albedrío de los personajes. Es probable que Muñoz Molina partiera de la referencia de Vida y Destino, pero el resultado está a mucha distancia de su referente. Porque La noche de los tiempos es, valga la perogrullada, muy Muñoz Molina, con un sello estilístico muy marcado que potencia los elementos más característicos de su producción. Me refiero a esa forma tan musical que el jiennense tiene de entender el párrafo literario, con una capacidad de subordinación que Muñoz Molina convierte en magisterio, y con ese gusto tan afinado por la precisión sustantiva. Me refiero a su característica forma de incrustar pensamientos y reflexiones al hilo de la narración, de forma tan suave y sencilla que sin querer nos sentimos como mecidos, como si la lectura nos llevara a nosotros y no al contrario. Me refiero a esa sutil forma de emplear la reiteración, creando secuencias de párrafos que funcionan de manera integral a modo de espejos que repiten entre sí un mismo reflejo, y que operan como conjunto engranado dando una gran densidad al texto literario, que a veces resulta hasta sofocante. Todo ello, por supuesto, partiendo de un tono extremadamente íntimo, que evoca en muchos momentos el aliento epistolar, donde no caben grandes peripecias narrativas y donde un planteamiento coral resultaría extraño, chirriante. El marcado sello personal se ve reforzado en esta ocasión por la introducción de una voz narrativa en primera persona, que aunque incomprensible al principio acaba introduciendo una interesante nueva dimensión a la novela: la de la reflexión del propio escritor sobre el modo en que ha de asumirse la narración de unos hechos que nunca ha vivido. “Cómo será haber vivido ese domingo, esa semana entera. Cuántas personas quedarán que todavía recuerden, que conserven como una frágil reliquia una imagen precisa, no agregada retrospectivamente, no inducida por el conocimiento de lo que estaba a punto de ocurrir, lo que nadie preveía en su escala monstruosa, en su sanguinaria sinrazón”, se pregunta el autor en el momento en que le toca abordar el momento del estallido de la guerra. Una conjetura de estricta teoría literaria, en un texto que parte de unos mimbres históricos y que acaba resultando una novela con una carga de innovación considerable. Siempre tengo una sensación parecida al leer una novela de Muñoz Molina, sobre todo las de su ciclo de Mágina (sus novelas de género me interesan menos, aunque todo lo que provenga de su pluma me parece estimable): la de que, en lugar de leer, estoy contemplando un enorme lienzo, y la de que, en lugar de narrar, Muñoz Molina no hace sino mostrar realidades mediante ejercicios de desvelamiento parcial, como quien va componiendo una imagen a partir de la suma de las piezas. Una forma de narración nada diacrónica, que exige un sobreesfuerzo del lector. El lector de Muñoz Molina nunca puede ser perezoso; siempre debe ser esforzado, se le exige plena atención, agilidad, disposición a encajar las piezas.

Se han dicho muchas cosas de esta novela, en la mayoría de los casos desde planteamientos ideológicos o políticos que me parecen, en general, de escaso interés. Prefiero hacer de La noche de los tiempos la lectura que he hecho, la del asistente a un espectáculo estético de enorme intensidad y altura. Estoy seguro, como lo estaba cuando leí El jinete polaco: esta novela quedará. Al tiempo.

11 marzo 2010

La grandeza de los espejos

Robert Browning

Gilbert Keith Chesterton

Renacimiento, 2010

ISBN: 9788496956544

226 páginas

16 €

Traducción de Vicente Corbi

Manolo Haro

Chesterton gustaba de pasear por los confines que ribeteaban Londres. Lo hacía para hollar caminos que el último lamido del sol teñía de índigo apartado del mundanal ruido de la ciudad y, sobre todo, para observar la vida gigante de los hombres periféricos. La periferia, la desubicación, lo extraordinario, entendido esto último como la manifestación de una condición al alcance de cualquier hombre que se lo propusiera, le procuró a Chesterton el hilo de unas biografías que trabajó hasta confeccionar, de manera sagaz y original, algunos de los retratos más personales que se han escrito sobre San Francisco de Asis, Santo Tomás de Aquino, Chaucer, Dickens, William Blake, Stevenson o G. B. Shaw, entre otros.
La publicación de la vida del poeta Robert Browning, cuyo nombre, poco a poco y afortunadamente, va apareciendo en los catálogos de las diversas editoriales que han rescatado su obra del empeño mezquino y cerril que pone el olvido con algunos autores, hemos de celebrarla como un pequeño acontecimiento que llena de regocijo a los amantes del poeta y a los admiradores del autor de El hombre que fue jueves. Concretamente, allá por el año 2000, aquéllos que siguieron los meandros canonizantes de Harold Bloom pudieron leer el poema “Childe Roland a la torre oscura fue”, inserto en su libro Cómo leer y por qué. Esa composición rasgaba un tanto el telón, nos dejaba oír el leve sonido de una voz que el lector atento supondría como valedora de alguna que otra antología. Así fue: la editorial DVD publicó cinco años después La licencia y el límite, una pequeña muestra de la hermosura y extrañeza que el poema seleccionado por Bloom ya anunciaba. Belacqua también ha contribuido a que El anillo y el libro, una obra que los lectores de Borges conocían ya desgranada en sus planteamiento y en su estilo, llegara a saciar el hambre de Browning que tenían los que habían ido confeccionado sus bibliotecas con muchos de los títulos dictados por el argentino.
En esta paulatina recuperación agregamos ahora la mencionada obra de Gilbert Keith Chesterton que la editorial Renacimiento, reconocida devota de la producción del autor –no pocos son los títulos de éste que van agrandando su catálogo bajo tal sello–, nos ofrece. Que un biografiado y un biógrafo sin parangón se citen en una misma obra es más que motivo suficiente para pasar sus hojas durante unas cuantas horas de regalada lectura. Quizás el placer nos venga porque el estilo del inventor del Padre Brown, con sus juegos malabarísticos en torno a lo paradójico, nos desenmascara la vida apasionante de Browning, su poesía y el concepto de ella. Todo contador de vidas, detrás de la tramoya de escenarios, conversaciones y atardeceres recreados, esconde entre el puñado de datos mucho de él mismo. De hecho, leyendo este libro no hay duda de que Chesterton vio en el poeta o quiso ver una concepción del mundo y de la creación vecina a la suya. “Odió con un odio acendrado el esteticismo, la bohemia, las irresponsabilidades del artista y la moral deseada de Grub Street y del Barrio Latino”. Barajen las cartas y a ver de quién de los dos se trata. Nos introducimos poco a poco en la atracción de feria de los espejos. Según el narrador, Browning tiene una de las características de los movimientos modernos por excellence: la apoteosis de lo insignificante. “El poeta de la antigua epopeya es el poeta que había aprendido a hablar: Browning es la nueva epopeya, es el poeta que ha aprendido a escuchar”, convirtiéndose en un hombre que sabe “percibir la terrible e impresionante poesía de las noticias policíacas, que en general se califican de vulgares, que son espantosas y pueden ser indeseables, pero que nada tienen de vulgares”. De nuevo andamos perdidos en la galería de espejos.
La vida de Browning no tiene desperdicio desde que se fugó a Italia con la poetisa Elizabeth Barrett, rescatándola de una enfermedad que la tenía postrada y de una familia que se empeñaba en conservarla en ese estado. Hay en el libro divertidísimas anécdotas contadas con estilo soberbio, como la referida a la afición al espiritismo de Miss Barrett, enfrentada al escepticismo absoluto de su esposo. El estilo de Chesterton no gusta de la planicie, sino que se construye a partir de sagaces apreciaciones no exentas de humor y fina ironía. Todo el libro es una fiesta, incluso en las habitaciones más sombrías de la vida del biografiado.
Chesterton conocía la obra de Browning como las medidas de su cara. Esto le llevó a confeccionar la obra desde la memoria, citando así, desde los rescoldos avivados por su propio recuerdo, los versos que más le gustaron. De hecho, Leslie Stephen, el padre de Virginia Woolf y corrector de la serie “English Men of Letters donde aparecería el libro, llamó la atención sobre las imprecisas citas que el autor había utilizado. Cuando sus editores se lo advirtieron, el escritor se quejó, según el propio Stephen, como “un elefante herido”.

* Guardo entre mis anaqueles una edición crítica de la W.W. Norton & Company de la Robert Browning´s poetry, más como tesoro que como libro vivo. Mi inglés no da para tanto. Brindo el volumen a aquel que se aventure a traducirlo. “The bough of cherries some oficcious fool/ broke in the orchand for her […]”. Ya ven, la belleza.

10 marzo 2010

La Norteamérica freak

Manual del contorsionista

Craig Clevenger

Alpha Decay, 2009

ISBN: 978-84-937269-4-2

336 páginas

25 €

Traducción: María Alonso



Carolina León

A menos que odiemos su producción cultural, sabemos que Norteamérica no es una, es muchas: la del Wasp, la de los negros, la de los judíos, la del Este y la del Oeste... Y, también, está esa otra que no tiene una adscripción geográfica ni racial clara, que podríamos llamar la Norteamérica del freak: en este orden, es donde los productos culturales se hacen más espesos, creativos y cercanos, gracias a la tendencia, también muy norteamericana, de la autoconciencia y la autocrítica, pocos sistemas culturales se muestran y se cuestionan tan a menudo, y con tanta virulencia, como lo hace el propio de los Estados Unidos: la masificación deja resquicios al argumento original, generando creatividad encontrada, de doble camino, de trampas más o menos envenenadas. No pongo ejemplos, porque el lector de este blog tiene los suyos propios ya en mente.

En esa excelente tradición de dinamitar el sistema desde dentro es donde se inserta esta novela, publicada en los primeros años de los 2000, que bien puede ser considerada propiamente "noventera", por su imaginería. Manual del contorsionista fue el debut narrativo de Craig Clevenger, chico malo de la novela que ha sido alabado por otros chicos tan malos como Chuck Palahniuk.

En sus primeras páginas, el lector quizá pueda pensar que se va a encontrar con un catálogo de sobredosis, sus tomas, sus técnicas, el protocolo posterior. Afortunadamente, si bien las drogas están dentro, como eslabón, no se trata de eso. Rota por dentro, estructura y trama deslabazadas, el resultado es un gran acierto, una especie de montaña rusa cuyas referencias nos sonarán más cinematográficas que literarias (quizá, y solamente, porque de su misma época de creación nos ha llegado más cine que novela, y es por eso atinada la apuesta de Alpha Decay por esta semi olvidada narrativa). El personaje-narrador es, como adelantábamos, un freak: un ser de seis dedos en una mano que presentó problemas de adaptación y/o aprendizaje en la infancia y, en la adolescencia, escarceos con la legalidad. Pero, en el punto en que nos cuenta su historia, ésta no va de raros sino de estrategias de solapamiento y camuflaje de ellos, los raros.

Nuestro personaje sufre desde la niñez de unas terribles jaquecas sin diagnóstico: "Los dolores de cabeza no son más que mecanismo para llamar la atención". De una familia disfuncional -que empieza por él mismo- y sin recursos, nuestro guía va a crecer entrando y saliendo de los reformatorios y, pronto, encarando su realidad: para poder sobrevivir en la jungla de la sociedad, va a tener que hacerse pasar por uno de ellos.

Desde una de sus sobredosis para atajar el dolor, el personaje va a ir abriendo y cerrando las cajas de sus identidades, presentes y pasadas: lleva años entrando en la sala de Urgencias de los hospitales y siendo evaluado por expertos psicólogos, que han de averiguar si la sobredosis no ha sido accidental. Así, por cada una de sus crisis, John Vincent estrenará un nuevo personaje: ha aprendido todas las técnicas para tener papeles "como nuevos", con nombres honorables o, al menos, sin manchas en los historiales clínicos. Como un Jason Bourne corrientito, el vecino de la puerta de al lado con una prodigiosa habilidad para engañar a la autoridad. Mientras el lector va conociendo estas viejas coordenadas, él se ve sometido a una nueva inspección que, visto que lo acosan desde mafias de traficantes y quiere retener a su chica, a la que le importa, le va a resultar complicado evitar el final, que es ser enviado a una institución para enfermos mentales.

Thriller muy personal, con una intriga en donde el centro de la cuestión es el individuo, en él asistimos a algo muy reconocible, también, de este imaginario, y es la lucha del uno contra el muchos. El personaje de John Vincent se ha borrado a sí mismo, su historia familiar y sus antecedentes (¡en infinidad de ocasiones!), en pos de ser alguien anodino, apto para poseer un permiso de conducir y algunas tarjetas de crédito. Así, envuelto en un papel de trama atractiva, con chicas y drogas y black-outs y peligros, lo que más interesa de este libro es el tema de la identidad (o de la ausencia de la misma), y de ella como eslabón roto de un sistema come personas. La creatividad y doblez del individuo junto a ciertas claves para no ser molestado por las instituciones, y seguir siendo el mismo freak de seis dedos y prodigiosa capacidad matemática. Destacar es molesto.

Neo-noir, punk-thriller, nueva narrativa... Sólo me queda por decir una cosa. Manual del contorsionista es una novela estupenda que se lee como una película indie de los noventa, con encantadores y muy queribles outsiders, cuya banda sonora de acompañamiento, de necesitar alguna, podría ser un medley entre Butthole Surfers y Nirvana, que plantea algunos de los temas más interesantes en la nueva narrativa (escrita o no) norteamericana.

09 marzo 2010

Sociología novelada

Tierra raya

Antonio Trinidad

Editorial Paréntesis, 2010

ISBN: 978-84-991-9063-1

173 páginas.

13 euros.




Juan Carlos Sierra

Hagamos las presentaciones. Aquí Antònio Trinidad, autor recién llegado al mundo de los libros impresos –aunque escritor desde siempre- con una primera novela, Tierra raya, que no desmerece a las segundas, terceras o cuartas de otros novelistas consagrados. Aquí sus lectores presentes y futuros.

Una vez que hemos repartido besos y apretones de manos, según marcan las normas de cortesía de nuestra sociedad, presentemos a sus personajes. Se llaman, principalmente, Gonzalo y Antonia, que actúan de narradores alternativos a lo largo de las 47 secciones, capítulos o como quiera llamarse a los segmentos en que está estructurada la novela; pero también se llaman Julián y Toñi, los novios, Basilio, el temible cabo de la guardia civil de los tiempos del dictador, Juan Chota, el taxista sin escrúpulos que intenta comerle terreno en el negocio a Julián, su futuro yerno, Mª Victoria y Marifé, las hijas de Antonia y Basilio, Marieta, la mujer de Gonzalo, los hermanos de Antonia... En definitiva, un espectro familiar complejo, como todas las familias, enclavado en la Extremadura del franquismo y del euro, de la dictadura y de la democracia, de los estrechos códigos familiares rurales y del desapego generacional urbano y posmoderno.

Como reza la contraportada del libro, el hecho que da pie a toda la novela es una boda, la de Julián y Toñi. Y quizá nada mejor que una celebración de este tipo, con su debe y haber en la contabilidad de los compromisos sociales y las esclavitudes familiares, para poner sobre el tapete de la narración el conflicto generacional que recorre toda la novela, que no es otro que el abismo abierto entre los miembros de las familias de un país que ha pasado en muy pocos años de la pobreza al estado del bienestar, de la moral del nacionalcatolicismo a las parejas de hecho y, sobre todo, del complejo de inferioridad asociado al analfabetismo a la generación de los universitarios de pueblo con beca.

Más allá de este conflicto, Tierra raya puede leerse como una suerte de ensayo sociológico de ese país, que evidentemente es España. La virtud principal del estreno editorial de Antònio Trinidad es que, como ya hiciera Luis García Montero con su biografía novelada de Ángel González, en vez de elegir el camino más trillado y menos amable del género ensayístico, ha optado por transformarlo en novela, por contárnoslo al oído, por acercárnoslo con una anécdota, la boda de Julián y Toñi, que estrecha el espacio entre el lector y la materia narrativa. De ahí lo absorbente de la novela, que además provoca en el lector una mezcla muy particular de sentimientos: la añoranza por la pérdida de una humilde infancia rural –o de barrio- y el rechazo a la hipocresía de aquellas relaciones sociales y familiares viciadas por los rumores, los chismes, los corrillos y los prejuicios.

Todo este entramado narrativo y sociológico resultaría hueco si no estuviera avalado por una prosa vigorosa y muy personal, por una estructura bien engarzada, sin cabos sueltos, por un notable dominio del lenguaje, en el que destaca de manera sobresaliente la naturalidad con que maneja Antònio Trinidad los registros que le vienen bien a cada personaje. El lenguaje, como un reloj suizo, marca los tiempos exactos del desnivel generacional entre lo rural y lo urbano, las horas en punto de quienes se quedaron anclados en el pasado rural antedemocrático y de los que salieron del pueblo y sólo vuelven para asistir, como extraños, a la boda de un familiar.