29 noviembre 2010

Estética de la digresión

La esposa del Rey de las Curvas


Alfredo Bryce Echenique


Anagrama, 2010

ISBN. 978-84-339-7213-2

176 páginas

15 euros



Rafael Suárez Plácido

Una vez le dije a Alfredo Bryce Echenique que no me llamase Rafael, que yo era Martín Romaña, y me miró como quien ya había oído esa historia muchas veces pero, puntualizó, “casi siempre a mujeres”. Será mi lado femenino. O que en sus libros los hombres son los muestran el lado más sentimental de la vida. Puede que sea eso. Sus hombres piden permiso para sentir, contar o vivir. Las mujeres se lo dan o no. Pensé muchas cosas, pero siempre con el fondo de sus libros.

Aunque su fama le viene dada por sus novelas, Bryce siempre ha sido un contador de cuentos. En “La esposa del Rey de las Curvas”, que da título a su último libro, publicado por Anagrama, nos dice que ya lo era desde su primera infancia, cuando contaba a sus compañeros de clase que su padre era el ídolo peruano del momento. Lo hacía tan bien que todos le creían. Además ya entonces contaba con la complicidad de algunas mujeres, que siempre es necesaria. ¿Por qué esta afición a los cuentos? ¿Para ser más querido? ¿Para fijar momentos vividos? He llegado a la conclusión de que para él estos aspectos son importantes, pero mucho más lo es la amistad. Nunca le he oído ni leído un reproche a sus amigos, ni al tal Santiago, que llegó a robarle doscientos pesos, como cuenta en “Un viaje corto y final”, cuando hubiera sido más fácil y seguro pedírselos. He llegado a la conclusión de que escribe cuentos para dedicárselos a sus amigos.
En sus cuentos la trama pasa a un segundo plano, a veces no es más que una anécdota, y lo que nos atrapa es su sentido del humor (siempre sostuvo que las penas con humor duelen menos), o su dominio del arte de la digresión, el mismo que hacía que Sherezade salvara su vida cada noche, o el mismo que hizo de Cervantes lo que es. La vida exagerada de Martín Romaña no sería tan exagerada sin la forma de contárnosla; el protagonista de Un mundo para Julius entra en nuestras vidas por su peculiar manera de contar el mundo que le rodea.
Desde su anterior libro de cuentos, Guía triste de París, no me había encontrado al Bryce Echenique que tanto disfruto. Su sátira del mundo universitario en “Una funcionaria lingüista”, la historia de amor de “La chica Pazos”, el personaje de “El limpia y La Locomotora” o el cuento que da título al libro hacen de La esposa del Rey de las Curvas el más feliz reencuentro con uno de los más importantes narradores de nuestra lengua.



[Publicado en El Correo de Andalucía]

Merece la pena seguir buscando

Las luces nómadas

Esteban Martínez Serra

Bartleby Editores, 2010

ISBN: 978-84-92799-24-4

123 páginas

11 euros

Prólogo de Jenaro Talens

Juan Carlos Sierra

Como en cualquier ámbito del arte, en poesía a veces pasan por buenos productos que no lo son tanto. Sea por el supuesto prestigio del autor, por su pasado de libros con calidad, por estrategias editoriales –piénsese, por ejemplo, en la extraña relación poesía y juventud y los premios que la patrocinan-, por las modas, las escuelas o las amistades, el caso es que los que buscan sus lecturas en las estanterías dedicadas a la poesía en demasiadas ocasiones se topan con libros de dudosa calidad, cuando no con poemarios absolutamente prescindibles. Lo terrible de esta búsqueda infructuosa es que se produce con demasiada frecuencia y, consecuentemente, en el ánimo del lector de poesía se suele instalar una sensación de hastío y fraude difícil de superar. Sin embargo, los adictos al género caen una y otra vez en la prueba del ensayo y error, porque de vez en cuando aciertan con un volumen que les devuelve la fe en la poesía. Y Las luces nómadas del catalán Esteban Martínez Serra es, sin duda, uno de ellos.

Frente a los fuegos de artificio de unos, la retórica engolada de otros o las oscuridades vacías de los de más allá, el libro de Martínez Serra apuesta por una poesía que arropa, sin trampas, limpia, de tono amable –pero no complaciente-. Además supera la prueba del tiempo. Me explico. Muchos libros –y no necesariamente de poesía- perduran en el lector exactamente el tiempo en que transcurre su lectura. Sin embargo, hay otros que, sin saber muy bien por qué, se cruzan en la vida de este mientras está esperando la cola de la panadería, hace un crucigrama o se encuentra enfangado en los versos de los siguientes libros que ha elegido. O, dicho de otro modo, dejan un poso imperecedero en su memoria y en su vida mientras esta se va desarrollando. Pues, bien, Las luces nómadas pertenece a esta última categoría.

Probablemente este fenómeno se produce en el último libro de Martínez Serra por su cercanía, por su cotidianidad, que evita en la mayoría de los poemas lo cursi, los tópicos más manidos o un sentimentalismo de telenovela. Suele ser complicado hablar de un álbum de fotos que contiene a la infancia sin tropezarse con cierta nostalgia empalagosa, suele resultar casi imposible escribir sobre el alzheimer de la madre sin sonar melodramático, suele pasar que los padres ausentes son más bondadosos y comprensivos a este lado de la muerte, es decir, que lo más común es que el padre muerto, la infancia o la madre enferma aparezcan maltratados y desfigurados en la mayoría de los poemas que giran en torno a ellos. Sí, suele pasar todo esto, pero no en Las luces nómadas.

Aunque el libro de Martínez Serra contiene otras muchas virtudes –como, por ejemplo, la estructura absolutamente coherente de sus tres partes- solo por lo que se ha apuntado en los párrafos anteriores merece la pena acompañar al autor en el viaje que propone por la memoria familiar y por algo que no se ha mencionado, la dimensión descreída del presente y del oficio de hacer versos que se encuentra en los poemas que cierran Las luces nómadas.

25 noviembre 2010

El oxímoron de ser normal

Dinero gratis

Carlo Padial

Libros del silencio, 2010

ISBN: 978-84-937856-9-7

232 páginas

16 euros


Carolina León

Las ciudades: vertederos de ambiciones humanas. Hombres calvos con traje. Mujeres que se desquitan de los desengaños comprando pieles. Ceremonias tan absurdas como el trabajo -ir al trabajo, comer en el trabajo, volver del trabajo-. Un trabajo cultural. El mundo cultural, como summum. Esa maldición, necesario pasaporte para obtener una mínima capacidad de adquirir productos inservibles. Fulanos y fulanas raídos, chaqueteros, embelesados en los escaparates y compulsivos consumidores de café Starbucks. Gente que siempre está deseando pisarte el cogote, no te despistes. Gente alterada, y tú eres el blanco de todas sus alteraciones sanguíneas. Ciudades: espacios donde lo más auténtico que te puede pasar a lo largo del día puede ser un mendigo.

Lo anterior es una lectura personal y diagonal del mundo dibujado por Carlo Padial en Dinero gratis. Puede sonar muy tremendo, pero lo veo más bien como el resultado de imprimir una mirada no conformista, crítica y a la postre asustada sobre la vida del hombre contemporáneo de mediana edad en las grandes ciudades, un retrato sin servidumbres de las tensiones que debe éste soportar, calladito e incluso respondiendo a las expectativas. Hasta aquí, podríamos estar hablando de un inédito de Peter Handke o cualquier relato reciente de corte psicologista-expresionista. Lo que no he contado del asunto es que esa mirada, además, está llena de sarcasmo, agudeza, humor triste. O post-humor.

Estoy leyendo estos días otro libro (del que dejaré otra reseña en su día) que se llama Una risa nueva. Y se lee en él: “Jóvenes con apariencia ingeniosa, ágil, saludable, pero interiormente llenos de odio y rencor, unos auténticos hijos de puta (...)”. Describen a los humoristas que han pasado por el programa Saturday Night Live. Y sin embargo -más lectura en diagonal- creo que describe a los personajes (a un buen puñado) de este Dinero gratis: hombres de mediana edad que no soportan más tanta presión. Así que el ejercicio de Carlo Padial ha consistido en verter de manera muy bestia y elegante a la vez una buena parte de sus fobias en estos relatos: ex novias, franquicias multinacionales del café, camareros cabrones, competidores exitosos (Pavlovsky o el que sabe fabricar mejores cereales), perros que roban los periódicos o la “Cultura”, así, en general. Es un libro indirectamente escrito sobre y a través del miedo a no dar la talla. Es más: es un libro en contra del imperativo de “dar la talla”.

En el centro del mismo hay un cuento en forma de “parte médico”: "Una persona normal". Esa persona es estudiada por todos sus flancos por atreverse a tomar en serio la vida que (en el mundo de fuera del libro) todos esperan que tenga: quiere un crédito para comprar su casa, acude con buen carácter cada día a su oficina o busca mejoras de un puesto de trabajo al siguiente.

Esos, dentro de este libro, no son normales: porque los personajes de Padial, o todos sus trasuntos, ya se han dado cuenta de la salvajada inhumana que es ese estilo de vida.

Dinero gratis es un libro discreto, no pretende imponerse en ninguna lista ni luchar por ningún premio. Está hecho de mala leche y reservas de mala leche. Algunos de sus relatos no son excelentes y Padial corta abruptamente la mayoría de ellos: como gags humorísticos, sabemos que en la repetición y el mantenimiento de la situación sigue quedando un rastro de comedia. Básicamente, como suele ser la vida: el mendigo que te acosaba volverá a tu vida, por otro camino; las ex novias que cantaban tus debilidades podrán dejar de cantar pero no de acordarse de tus debilidades... Mi favorito, probablemente el mejor cuento, es el que da título al libro: "Dinero gratis". Cuando ni tu padre ni tu novia te van a dejar tranquilo hasta que les compres un yate y los mantengas, acudes al anuncio que ofrece “dinero gratis”: un oxímoron cargado de culpa, absurdalvicie. Haz una prueba: pon esas dos palabras en tu buscador favorito.

Uno: alucinarás con la cantidad de resultados que aparecen. Dos: espero que no tengas que acudir a las maravillosas soluciones que proponen. Tres: no necesitas ser un amargado para disfrutar de este libro. La lucidez viene dada.

24 noviembre 2010

El filo de la desesperanza

Bancos de niebla

Juan Carlos Palma

Paréntesis Editorial. Colección Umbral. 2010

ISBN: 9788499191348

118 páginas

12 €


Daniel Ruiz García

La nueva novela de Juan Carlos Palma está hermanada con cierta tradición del género en la que la voz narrativa representa a un personaje más bien secundario de la trama, cuyo propósito es contar desde su condición de espectador o incluso de gregario la vida o la experiencia de otro. Ese otro se erige, a través de las elipsis, de los silencios, de su latente ausencia, o bien de sus apariciones escasas pero siempre intensas, en el personaje central, siempre rodeado de misterio, de un halo de intriga. El propósito de la voz narrativa en este tipo de novelas, e incluso de la propia novela, es siempre dotar de comprensión a esa intriga, completar el puzzle que el mismo personaje representa. Si le preguntamos a Vila-Matas, no dudará en afirmar que el paradigma de esta categoría de novelas se encuentra en Baterbly el escribiente, de Mellville. Sin embargo, hay muestras de este tipo de narrador diseminadas a lo largo de toda la Historia de la literatura: las propias novelas de Sherlock Holmes son un ejemplo claro del narrador testigo. Ejemplos hay para cansarnos: por gusto personal, me quedo con El filo de la navaja, de Somerset Maugham (¿para cuándo el reconocimiento crítico definitivo de este imprescindible?). Pero si hay una novela a la que Bancos de niebla me ha recordado, es a El Gran Meaulnes, de Alain-Fournier.

Porque la historia de Bancos de Niebla es una especie de elegía, de canto sentido a una suerte de Meaulnes invertido, de contra-Meaulnes. La antítesis del maravilloso personaje dibujado por Alain-Fournier, el chico malo de la clase, el travieso, siempre predispuesto a la aventura, el estereotipo que después llego a hacerse carne de celuloide a través de James Dean. El anti-Meaulnes se llama en la novela que nos ocupa Mario, y es un chico torpe, enfermizamente introvertido, sometido al escarnio permanente de los compañeros de clase. Si en la novela de Alain-Fournier quien se encargaba de trazar el retrato de Meaulnes era un compañero de clase, Francisco Seurel, aquí quien ordena e intenta dotar de comprensión la vida de Mario es un amigo de infancia, Andrés –trasunto, suponemos, del propio Juan Carlos Palma, si damos por buena la aclaración que acompaña al final de la novela-, que lucha contra sus propios fantasmas intentando comprender las verdaderas causas del infortunio del protagonista.

Para que una novela con este planteamiento funcione, se exige un alto nivel de competencia en la capacidad de dosificación de la información. Es importante mantener un equilibrio en la forma de proporcionar los datos, y favorecer así el deseo de lectura, con una tensión sostenida que sólo debe vaciarse en el último capítulo. La brevedad, desde luego, ayuda (la novela no supera las 120 páginas), pero hay que aplaudir la forma en que Juan Carlos Palma sale airoso del reto, demostrando que, desde luego, no es nada primerizo en esto de la narrativa (además de publicar varias novelas, ha obtenido algunos galardones de peso, como el Rodrigo Rubio de Novela Negra). Como forma de apuntalar la narración y dar cabida a ese personaje que se mueve desde la remembranza y la ausencia, Palma se vale de un recurso que tiene mucho de cinematográfico: la audición de una serie de cintas de audio grabadas en distintos momentos de su vida por el personaje central en las que éste va narrando de forma pormenorizada su propio testimonio y, sobre todo, sus sentimientos. De esta forma, hay breves monólogos interiores que se intercalan con la voz narrativa, la del amigo que recuerda, que se erige como la voz principal, y que se afana en el objetivo de rellenar los huecos de silencio e incomprensión. Esta voz del amigo gana en intensidad hacia el final de la historia, a partir de la narración de un sueño no cumplido que recrea al Mario que nunca fue y que resulta de gran belleza. Es el momento de mayor brillo de la novela y en el que la narración alcanza mayor altura poética. Sólo por esas páginas finales merece la pena leer este libro.

Algo que no escapa a los lectores de mi generación es la incorporación de referencias culturales, sociales y de ocio enormemente estimulantes para todos los que habitamos en esa región infantil de los años 80. Además de los valores propios de la historia, Bancos de niebla resulta muy interesante porque rescata vivencias y recuerdos en los que de una forma u otra todos los que crecimos en aquellos años nos vemos reconocidos. Sentí un verdadero fogonazo de recuerdos, por ejemplo, cuando en un momento de la narración Palma alude al juego de mesa El imperio Cobra, con el que a menudo jugué de pequeño. También están los clics de Famobil, los juegos del Spectrum… Un escaparate de iconos propios de la infancia de los 80 que Palma maneja con desparpajo y sin complejos, sabiéndose parte indisociable de una cultura popular que es necesario reivindicar por encima de los estiramientos propios de la gran cultura. Algo parecido a lo que hace José Ángel Barrueco en Recuerdos de un cine de barrio, y que empieza a barruntar que los 80 serán un terreno bastante prolífico de cultivo para la narrativa que viene.

23 noviembre 2010

De la A a la Z

Nueva enciclopedia

Alberto Savinio

Acantilado, 2010

ISBN. 978-84-92649-35-8

408 pág.

24 euros.

Trad. de Jesús Pardo


Alejandro Luque

“No se comprende la razón de una enclopedia compilada hoy en día, excepto como guía de información práctica, o sea en contradicción con su misma naturaleza y fuera de su propio objeto”. Son palabras correspondientes a la entrada "enciclopedia" de la Nueva enciclopedia de Alberto Savinio, colección de textos breves que en su mayoría fueron viendo la luz durante los años 40 en revistas y periódicos italianos, y que se publican por primera vez en castellano en meritoria traducción de Jesús Pardo. Como explica el autor, no se trata aquí de exaltar un saber universal y homogéneo, como ambicionaba el enciclopedismo ilustrado, sino de proclamar precisamente la derrota de dicho sistema, y el consuelo de tratar de reunir “las ideas más dispares, incluso las más desesperadas”.

Antes de abordar el contenido de esta lectura apasionante, deberíamos detenernos brevemente en la figura de Savinio (Atenas, 25 de agosto de 1891-Florencia, 5 de mayo de 1952). De verdadero nombre Andrea de Chirico, hermano del gran pintor Giorgio de Chirico, se inició como éste en la plástica y frecuentó en París a toda la vanguardia artística y literaria. Fue intérprete en el frente de Salónica en la Primera Guerra Mundial y pasó la Segunda en Roma. Militó en el grupo neoclásico La Ronda y figuró entre los fundadores del Teatro dell’Arte de Pirandello.

Para Leonardo Sciascia, uno de sus grandes reivindicadores, Savinio era un dilettante en el sentido stendhaliano, sumido en el placer contemplativo de estar “en todas partes y en ninguna”. Salvatore Battaglia lo califica como “surrealista cívico”, y probablemente resida en esta Nueva enciclopedia el más profundo sentido de dicha definición, aunque ni surrealismo ni civismo figuren como entradas.

Tal vez haga falta vivir dos guerras mundiales y pasar por todas las disciplinas creativas para componer un mosaico tan rico, tan cultivado –pero también lleno de gracia y tan poco afectado– como el que nos ocupa. Puede que el lector empiece saltando de una tesela a otra como si fueran piezas del todo independientes, pero no tardará en reconocer las formas claras que se van dibujando en el conjunto.

Su convencido europeísmo, por ejemplo, es una constante que deja flotando en el aire algunas singulares ideas: por ejemplo, la negación de Alemania como nación europea, que encuentra en el afán de dominación un vehículo para disolverse como pueblo; la seguridad de que Europa existe más allá de sus límites geográficos, tanto que Norteamérica sería la última etapa de su utopía y el último refugio de su espíritu; o la conveniencia de que Inglaterra deje de lado su talante capitalista y se haga proletaria –entendidos estos términos como “sentimientos”, subraya Savinio– para integrarse en el continente.

En Savinio figura la agenda completa de los desafíos del hombre del siglo XX. Ahí está el rechazo a la idea de Dios y la necesidad de un progreso moral consonante con el progreso técnico. Están las múltiples crisis derivadas de la fragmentación del mundo, tan emparentadas con las actuales. Está el lugar del individuo en la nueva sociedad, el cuestionamiento de las ideologías y el peligro de los liderazgos. Está, sin duda, la importancia capital de la memoria. Y todo ello salpicado de apuntes sobre escritores como Chéjov, Proust, Flaubert o Bernard Shaw; este último, por cierto, fustigado con saña por Savinio.

Sin embargo, consciente o inconscientemente, la preocupación fundamental de Savinio es el lenguaje. Por todas partes de la Nueva enciclopedia se deslizan observaciones de esta índole, a ratos ligeras pinceladas, a ratos reflexiones de fondo. En la retórica reconoce el escritor a la madre de todos los males de la Italia de su tiempo, mientras que la etimología le fascina como método de examen de la realidad, esa arqueología del “lenguaje, que, como el mar, cambia de color con el cambiar del cielo”, escribe.

Encuentra la gramática dañina por su rigorismo y afán de corrección a posteriori, y proclama al respecto –no sin cierta, sutil guasa– que “son los clásicos los que deberían aprender de nosotros, y no al revés”. El purismo, el regionalismo, la artificialidad, el dogmatismo, no son, a su juicio, sino estorbos para el natural flujo de la lengua.

Es fácil reconocer en su actitud, en fin, un decidido progresismo, una absoluta convicción de que, en el tiempo por venir, la libertad del lenguaje sería un síntoma inequívoco de la libertad de las personas. Y que aquellos que quisieran apropiarse de las palabras serían, por analogía, sospechosos de querer secuestrar el alma de los pueblos.

[Publicado en La Tormenta en un vaso]

22 noviembre 2010

Botella al mar

Yo no vengo a decir un discurso

Gabriel García Márquez

Mondadori, 2010

ISBN. 9788439723530

160 páginas.

15,90 euros.

Rafael Suárez Plácido





Hace ya seis años del anterior libro de García Márquez, Memorias de mis putas tristes. Había ganas de volver a leer algo suyo, porque sus libros son siempre interesantes, incluso los menos afortunados. Yo no vengo a decir un discurso (Mondadori, 2010), podría parecer uno de estos. No es una novela. Es una selección de discursos que ha leído en público. El primer texto, que leyó con dieciséis años y que contiene el título del libro, augura lo peor, una colección de textos anecdóticos. Pero seguimos leyendo y el tono es diferente. Repite varias veces que su peor temor es recibir un premio u homenaje y tener que leer un discurso. En este libro recoge veintidós. Si es tan difícil, ¿por qué editarlos ahora?
La explicación la encontramos a partir del quinto texto: el discurso que leyó cuando recogió el Nobel de Literatura, en 1982. Una obra maestra. “La soledad de América Latina” nos muestra en pocas páginas el motivo por el que ese continente fascinó tanto a los europeos desde el primer momento. La mejor explicación del mejor realismo mágico. Una tierra que no ha ido sino agrandando ese abismo con Europa. Y con referencias obvias a Bolívar pide al mundo que permita a América vivir sus sueños e ir ganando sus conquistas. Todo lector de García Márquez debería conocerlo y esta es una buena oportunidad, porque a partir de aquí no hablaría de discursos coyunturales, sino de joyas que explican su visión del mundo latinoamericano. Los temas son muy variados: la poesía “que Luis Cardoza define como la única prueba concreta de la existencia del hombre”, la desigualdad social, el cine, la pintura, la ecología, las mentiras de la prensa (que trata con delicioso humor en “No estoy aquí”), sus amigos (Mutis, Cortázar) o el ejército como aliado del poder. Son muchos los temas que aborda en textos brillantes. Voy a detenerme en tres.
“Periodismo: el mejor oficio del mundo”, alegato nostálgico del periodismo que él mismo ejerció durante muchos años. En parte responsabiliza a los docentes, al sistema actual de la docencia, que impone lecturas obligatorias y abusa del fragmentarismo en los textos que ofrece a sus alumnos. Otro ejemplo que ofrece es el uso de la grabadora, que nos lleva a pensar que “la voz de la verdad no es tanto la del periodista, como la de su entrevistado.” Él prefiere el periodismo de autor. Recuerdo sus artículos publicados en Notas de prensa (Mondadori, 5 vols).
Quizá mi texto favorito sea “Botella al mar para el dios de las palabras”, origen de la polémica que suscitó su afirmación: “Jubilemos la ortografía.” La frase, como suele pasar, está sacada de contexto. Se aboga, eso sí, por una simplificación de la gramática para que unifiquemos la lengua en los países de habla hispana.
Otra muestra de valentía y sinceridad es “La patria amada aunque distante”, que leyó en Medellín, en pleno centro del conflicto colombiano. Ataca los dos negocios, la droga y el tráfico de armas, que enriquecen a algunos en su país y que empobrecen a casi todos. Ataca también a los que permiten que este negocio sea tan crematístico, los consumidores: Estados Unidos y Europa.
Siempre la belleza, pero la belleza útil. Siempre a contracorriente, aunque sea el autor vivo más popular y leído del planeta. Si no han leído Cien años de soledad o, mi favorita, El amor en los tiempos del cólera, no pierdan el tiempo y vayan a leerlos. Si ya los conocen y los han disfrutado, lean Yo no vengo a decir un discurso. El debate está abierto. No se arrepentirán.
[Publicado en El Correo de Andalucía]

19 noviembre 2010

¿Tet o teta?

Dog Soldiers

Robert Stone

Libros del Silencio, 2010.

ISBN: 978-84-937856-5-9 432

432 páginas

22 €

Traducción de Mariano Antolín e Inga Pellisa.


National Book Award, 1975



Fran G. Matute

En uno de los mejores episodios de la seminal sitcom Búscate la vida (1990-1992) se producía la siguiente escena: Gus Borden (Brian Doyle-Murray) y Chris Peterson (Chris Elliott) entraban accidentalmente en contacto con unos residuos radioactivos. Esta tóxica exposición les confería, contra todo pronóstico, habilidades especiales. Chris se convertía en un as del deletreo y Gus en maestro de origami, capacidades éstas que terminan explotando en beneficio propio proporcionándoles pingües beneficios. La policía, alertada por esta situación, intenta entrar por la fuerza en su casa para desinfectarla (“los residuos tóxicos no son un derecho, son un privilegio”), por lo que Gus y Chris se ven obligados a parapetarse tras un sofá (uno robusto, no uno de esos armatostes desmontables) armados hasta los dientes defendiendo su posición. En el fragor de la batalla Gus, envalentonado, grita a Chris: “Que intenten entrar y sacarnos. ¡Jaja! Haremos que la Ofensiva del Tet parezca un aparcamiento para coches”, a lo que Chris le responde con una risilla nerviosa y calenturienta. Gus, sorprendido en primera instancia de la reacción de su compañero, le espeta enojado: “He dicho Tet, no teta, ¡enano vicioso!”.

Traigo a colación este desternillante diálogo (creedme, queda mucho más gracioso viendo el capítulo entero) porque de alguna forma viene a resumir, metafóricamente hablando, lo que implica la lectura de Dog Soldiers (1974) de Robert Stone hoy día. Me explico. Para una novela que pretende diseccionar los efectos del fiasco de la guerra de Vietnam en el estado de la sociedad norteamericana, Dog Soldiers puede llegar a ser una obra trasnochada. El propio Rodrigo Fresán, en el suculento prólogo que realiza a la edición que aquí reseñamos, menciona de pasada otras obras que, con mejor o peor fortuna estilística, contaron los estragos que aquélla guerra tuvo en una generación desencantada que pasó de vivir en el paraíso a vivir en el infierno en apenas dos años. Recuerda Fresán, en mi opinión con gran acierto, la infravalorada novela Primera sangre (1972) de David Morrell que ya lidió con la problemática del héroe de guerra que vuelve a casa. Y si bien Dog Soldiers no incide sobre la misma dimensión de la cuestión (su protagonista es un periodista que no ha participado activamente en la lucha), la realidad es que otros han tratado mejor y con más profundidad (o entretenimiento, según se mire) la adaptación del soldado desconocido a la vida civil.

Para los que no estén duchos en los detalles de la guerra de Vietnam, la conocida como “Ofensiva del Tet” tuvo lugar en 1968 y supuso uno de los grandes varapalos estratégicos para el ejército norteamericano debido, sobre todo, al gran número de soldados muertos en la contienda. Su impacto mediático en la sociedad estadounidense fue devastador. Robert Stone podría haber metido el dedo en esta llaga pero ha preferido contar la historia de otra forma. Para Stone, el equivalente al Tet es la heroína y su caldo de cultivo fue también, no nos engañemos, Vietnam. Por este motivo, la relación entre Dog Soldiers y la guerra se me antoja artificiosa. Me gusta más pensar que los personajes que pueblan esta ambigua novela no son hijos del conflicto bélico sino de la estulticia de una sociedad que, descontrolada, no fue capaz de lidiar con su sueño hippie y lo terminó quemando en la hoguera del exceso. Es por ello que la generación del amor libre (en definitiva, la “teta” a la que hacíamos referencia en el título) se ve retratada en sus estertores por Stone con pasión periodística a través de una serie de personajes caricaturescos pero fácilmente asimilables como reales. Los hemos conocido en la obra de Tom Wolfe, de Hunter S. Thompson, de Ken Kesey… Son el resultado del experimento de Timothy Leary y Richard Alpert, y en la literatura de la contracultura nos fue contada su hazaña como heroica cuando todos sabemos que su único mérito fue el de no enterarse de nada y vivir para contarlo. Y esta es, a mi juicio, la contra-historia que nos plantea Robert Stone en esta aclamada novela.

Pero al margen de la solidez del mensaje inmerso en Dog Soldiers, lo cierto es que, si echamos la vista atrás, nos cuesta encontrar vestigios del apasionamiento que ejerció esta novela en el año de su publicación y venideros. Cuando escritores de la talla de James Ellroy, Don Delillo o Jonathan Lethem beben los vientos por esta obra de ficción con tintes de Nuevo Periodismo, uno no puede dejar de pensar que se está perdiendo algo durante su lectura. Reconozcamos abiertamente que Dog Soldiers no es un libro que enganche. Reconozcamos que, en algún que otro momento, uno ha tenido que sacar fuerzas de flaqueza para continuar leyendo. Y no es que estemos ante una novela difícil pero lo cierto es que no funciona a todos los niveles con la misma intensidad. A veces la percibimos como una novela negra sobre el mundo de la droga, otras como retrato generacional, ocasionalmente como obra premiada y de culto. Pero Dog Soldiers no invita al disfrute literario pleno. En uno de sus párrafos se describe a John Converse, su protagonista, como “el típico mamón listillo que escribe una obra de teatro que pone a parir al cuerpo de marines y luego se da la vuelta y trafica con heroína” y de alguna forma esa frase recoge todos los bienes y males de la novela: ¿es John Converse un trasunto de Robert Stone?.

Por último, deberíamos cerrar el círculo determinando si Dog Soldiers es más Tet o teta, como sugería el bueno de Chris Peterson. Si es una novela definitoria sobre el “aftermath” de la guerra de Vietnam o si es más un reflejo de la decadencia de la contracultura de la paz y del amor. En mi opinión funciona mejor como lo segundo sólo que carece del “humor” (por mucho que Fresán se empeñe en hacernos creer que es divertida) de otras obras referenciales de la época como Gaseosa de ácido lisérgico (1968) de Wolfe, por poner un ejemplo. La sombra de los Merry Pranksters en esta obra (sobre todo en los pasajes finales) es alargada y su influencia ha sido confesada por el propio autor en sus entrevistas. Pero en cualquier caso, la publicación y traducción de Dog Soldiers en España debe ser aplaudida y bienvenida porque viene a recordarnos que existen muchos autores de culto merecedores de ser rescatados hoy día aunque su obra no sea igual de influyente que antaño. Y, en cualquier caso, los amantes de la literatura “sixties” siempre agradeceremos que Robert Stone deambule de nuevo por las librerías patrias. Mejor es perro (soldado) vivo que león muerto.

18 noviembre 2010

Historia del mundo


Capitalismo Gore

Sayak Valencia

Melusina, 2010

ISBN: 978-84-96614-87-1

240 páginas

17,20 €




Carolina León

La historia del mundo es una historia violenta, nadie lo negará. Y es una historia escrita por hombres, por el sexo masculino. Quien desee contradecirme, que venga a decírmelo a la cara.

Reculo un poco, os cuento qué es el Capitalismo gore, según la autora de este libro, Sayak Valencia: se trata de su forma de analizar el estado actual del capitalismo desde la percepción fronteriza, las tensiones entre el llamado “Primer Mundo” y “Tercer Mundo” (éste cada día más insertado, diluido y difuso en el primero), por medio de la adscripción del mundo criminal a las lógicas capitalistas, y la asunción de aquel entramado paralelo del crimen como parte indisoluble del capitalismo. Lo cuento con otras palabras: donde el capitalismo “clásico” (nos) impone la generación de mercancías, el capitalismo gore es la destrucción de mercancia, en este caso vidas humanas, persiguiendo el mismo fin: amasar dinero.

La autora, nacida en Tijuana, filósofa doctorada en la Universidad Complutense de Madrid, se trae sus propias vivencias de la vida en la frontera, el pasmo y el estupor de un espacio en el que puedes encontrarte, al doblar una esquina, un torso descuartizado por la carretera (léase su "Warning -Advertencia-" al comienzo), y sabemos que no vamos a encontrar en este libro aquiescencias ni sumisiones. Con sus armas de ensayista -pero también con las de poeta-, realiza un repaso exhaustivo a la deriva histórica que nos ha traído hasta este punto, anclándose en multitud de pensadores contemporáneos y afirmando con el pensamiento y la palabra esta visión: que el capitalismo conlleva, en los países tercermundistas, una suerte de segunda ola de colonialismo por medio de la abducción del deseo; que ese deseo se impone como un hiperconsumo necesario para medrar en la sociedad; que la precariedad establecida (en todas partes, cada día más) nos empuja a condonar la ética en favor de otro instrumental (balas, hachas, técnicas de secuestro) que nos aseguren poder adquisitivo y respaldo social; que el proceso de entregarse a las prácticas gore es un empujón que llega desde el propio capitalismo: si no puedes consumir, no eres nadie.

Lean esto:

La perfecta confluencia entre las bombas y el consumo, entre el hambre y las imágenes, nos la proporciona una frase recogida por el escritor Roberto Saviano en la que un jovencísimo napolitano, encerrado en una cárcel de menores, asume consciente y alegremente la maldición de Edipo: "Todos los que conozco o están muertos o están en prisión. Yo quiero convertirme en un capo. Quiero tener supermercados, tiendas fábricas, quiero tener mujeres. Quiero tres coches, quiero que cuando entre en una tienda todos me respeten, quiero tener comercios en todo el mundo. Y después quiero morir. Pero como mueren los hombres de verdad, los que verdaderamente mandan. Quiero morir asesinado". Si la estructura es el capitalismo y el modelo es la Mafia, sin duda Freud tenía razón.

Si bien este muchacho napolitano sabe lo que quiere, los que mueren a diario en las ciudades del Norte de México no han sido preguntados. (La cita es del libro Leer con niños, de Santiago Alba Rico). Los mafiosos rusos, los cientos de pequeños traficantes de toda gran ciudad del primer mundo y los enormes entramados de los cárteles de la droga comparten esta lógica. Lo que no explica Saviano y sí analiza con fino ojo crítico Valencia es que esta lógica viene impuesta por el capitalismo macho y (hetero)patriarcal, que sus grandes y numerosísimas víctimas son todos, pero sobre todo mujeres, y que es de las mujeres y todos los otros exiliados del sistema de donde puede venir una alternativa de construcción de pensamiento. De los llamados "transfeminismos".

Porque resumir su ensayo (denso, pero no difícil) en estas pocas líneas es algo bastante complicado, me quedaré contenta diciendo que si usted no está conforme con que los chicos sigan prefiriendo grabar palizas con sus teléfonos móviles de última generación a pensar y actuar en pos de un cambio de rumbo, quizá éste sea su libro. Si usted, siquiera remotamente, se ha puesto a pensar alguna vez en que consumiendo su gramito de cocaína cuando llega la paga extra está financiando a docenas de extorsionadores, secuestradores, agentes diluidores en ácido (a decir de la autora, un hombre confesó haber disuelto más de trescientos cuerpos), descuartizadores y violadores, entonces seguro que sí: éste es su libro.

17 noviembre 2010

No es país para ateos

El día que Nina Simone dejó de cantar

Darina al-Joundi / Mohamed Kacimi


Alfaguara 2010


ISBN: 9788420405421

160 páginas

Precio: 17 €


Traducción: Isabel Murillo


Ilya U. Topper

De un radiocasete sale la voz de Nina Simone. Jazz, blues, lo que sea: una música rebelde, una voz contra las injusticias, unas canciones que no conocen amo ni Dios. Una música universal.

Pero el radiocasete está en una casa de Líbano, y Líbano se ha fracturado en diecisiete pequeños universos con diecisiete amos y diecisiete veces Dios. Adiós a los sueños de nuestros padres, esos que creyeron aún en cosas como la humanidad, la libertad, la justicia, la igualdad. Cosas pasadas de moda. Ahora manda Dios. No es país para ateos. Ya no.

―¿De dónde eres?

―Soy de Beirut.

―No me refiero a eso sino a qué Iglesia perteneces. ¿No te lo han dicho tus padres?

―...

―¿Están muertos? ¿Son sordomudos?

―No, hermana, hablan, están vivos.

...

―Santo Jesús, ¡una musulmana!

La niña, a la que acaban de expulsar de las clases de catecismo, se vengará haciendo pipí en la pila de agua bendita. Es su primer travesura. Cuando empiece la guerra, hará mil más. Bajarse las bragas siempre es una travesura. En la guerra no importa, en el fondo, porque la gente está demasiado ocupada en morir por Dios y una de esas diecisiete patrias como para encima fastidiar al vecino.

Morir al zigzag bajo las balas de un francotirador, morir al sacar el carné con un nombre inadecuado en un control de carretera, morir en un sótano bajo las bombas.

Pero tener quince años en el ochenta y dos es también vivir. Al límite. Vivir como si una tuviera que morir mañana (porque probablemente sea así), vivir flotando en nubes de cocaína, follar en los baños de las discotecas o en la tierra de nadie entre dos disparos de bazuca, vivir la ruleta rusa: sobran pistolas. Ésta es la guerra incivil de Líbano en toda su crudeza. Contada a través de ráfagas furiosas. Sexo, droga, disparos.

Pero cuando se calma la guerra, Líbano ha cambiado. Es cierto que por fin han eliminado la casilla de religión del carné de identidad. Pero los piadosos ya se han comido el mundo. En Bagdad se acabaron las fiestas de cerveza y raki a orillas del Tigris. Siria no deja regresar a sus hijos díscolos. Tener un padre sirio disidente, revolucionario, ateo, idealista [Assem Joundi], ya no significa coquetear con Carlos ‘El Chacal’, ya no hace que te cojan en brazos poetas, escritores, pensadores, políticos, periodistas, la flor y nata de la intelectualidad árabe. Ese mundo se ha ido al garete.

Y ponerle a ese padre una canción de Nina Simone en su funeral es todo un homenaje a una época pasada, a un tiempo en el que las fronteras eran políticas y no se les llamaba culturales, porque la cultura era universal y humana. Como los ideales. Como la libertad sexual, como el alcohol y la poesía.

Pero ya no lo son. Ahora te vas al manicomio: donde encierran a las mujeres que siguen creyendo, locas ellas, en los valores de una época pasada. Apagar una cinta con cánticos del Corán se ha convertido en un magnicidio psicológico. Adiós, ingrato Beirut, embebida de sangre y de devoción. Siempre nos quedará París.

El día que Nina Simone dejó de cantar es una obra colectiva de la actriz libanesa Darina Joundi (Beirut 1968) y el escritor argelino Mohamed Kacimi (El Hamel, 1955), Kacimi, novelista afincado en Francia desde 1982, relata la juventud y adolescencia de Darina, también residente en Francia, en primera persona, prestando su pluma a los recuerdos de la actriz. Se basa en un monólogo teatral del mismo nombre, que Joundi representa desde 2007.

De hecho, la herencia teatral es obvia en el libro: la fuerte utilización de la primera persona, la sucesión de secuencias de enorme fuerza narrativa, encadenadas por apenas unas líneas de contexto general, las tintas cargadas en el significado de las escenas, no en su correcto orden cronológico. Una lectura de torrente, imparable. Dura, sí, sin nostalgia por Beirut, sin amor ya: en eso se diferencia del ―igualmente maravilloso― Beirut I love you de Zena Khalil, tan similar en el fondo. Pero si Zena Khalil, siguiendo la estela de muchos autores libaneses, nunca aclara a cuál de las 17 confesiones reconocidas pertenecen sus personajes, Darina Joundi nos revela que ese silencio no es sólo inteligente sino obligado: las leyes de la televisión libanesa prohíben elegir nombres identificables con una ‘secta’ concreta. Eso sí, de todas las censuras, quizás sea la más defendible, visto lo visto.

Y ahora disculpen, pero les dejo. Me voy a poner un vaso de ginebra y ver si tengo a la Niña Simone entre mis discos. Están empezando a llamar a la oración desde el minarete. Aunque el soniquete de los muecínes de Estambul no llega a la altura de las campanas de Compostela, corroe igual.

16 noviembre 2010

Un juglar sin dueño ni palacio fijo

La mirada del geómetra


Ángel Guache

Huerga y Fierro, 2010

ISBN: 978-84-8374-861-9

80 páginas

12 euros



Jesús Cotta

Unos poetas celebran el mundo; otros lo lamentan. Algunos se obsesionan con solo un asunto y otros dan pinceladas de todo. Los hay que no hacen más que llorar lo perdido y los hay que andan siempre cantando. Los hay románticos y apasionados y los hay también raros e inclasificables. Frente a los que forjan imágenes deslumbrantes, están los de verso sencillo y sin metáfora.

Pero el caso es que en ninguna de estas clasificaciones escritas a voleo me cuadra el poeta Ángel Guache, autor de una obra personalísima que es a la vez lírica, satírica, exhortativa, lúdica, experimental, alocada, transgresora, tradicional… Tan pronto es un Arquíloco mordaz como un Píndaro luminoso, con una voz propia y personalísima que tiene algo de Góngora y Quevedo.

Pero lo que define su voz es, sobre todo, que ninguno de sus versos adolece de lo que podemos llamar pose de poeta. Nunca da la sensación de querer ponérsenos lírico y grandilocuente. Cada poema es como un agua fresca que un niño pequeño alborota y te da en la cara.

Pintor y autor de libros de poesía y narrativa como Me muerden los relojes, Umbro, Disonancias Antárticas, Piano piano, ¡Que venimos del mono!, Ángel Guache es en La mirada del geómetra más comedido y menos luchador que en otros libros, pero, en mi opinión, más incisivo y penetrante.

Es este libro una obra lírica profunda con la misma frescura que sus obras anteriores, pero con un tono más sereno. Su primer poema Poética es también una máxima de vida que recomiendo a todo el mundo. Sus poemas de amor se visten de imágenes alucinantes que brotan de un venero a chorros de plata. Yo ando aún enamorado de su Círculo, de sus afromozas, de sus consejos a jóvenes poetas y, sobre todo, de ese afán sostenido durante todo el libro de ir todo lo más allá que se pueda sin dejar de tener los pies en la tierra.

Es además un maestro en el verso breve, que se convierte en una palabra sola revestida de hermosura.

Recomiendo, pues, esta mirada geométrica que lo tiene todo de angélica y humana.

15 noviembre 2010

Desaparezca aquí

Suites Imperiales

Bret Easton Ellis

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-39723-28-8

160 páginas

16,90 €




José María Moraga

Escuchad, chiquitines: hubo un tiempo en el que todo el mundo era hedonista, la gente de Wall Street se enriquecía impúdicamente y la juventud se drogaba sin freno. Todos veían algo llamado MTV, sin preocuparse para nada de su futuro, ni siquiera del presente de los demás. Aquella época recibió el sobrenombre de “Los 80”, y Bret Easton Ellis fue uno de sus máximos cronistas. El autor californiano levantó acta de aquella juventud descerebrada, rica y descreída en Menos que cero (1985), uno de esos libros-acontecimiento que se asocian irremediablemente a unas coordenadas espacio-temporales.

2010: el tiempo ha pasado, veinticinco años, pero el lugar es el mismo (Los Ángeles). Bret Easton Ellis se saca de la manga una séptima novela titulada Suites imperiales, que es en realidad la secuela de Menos que cero. Esto a priori conllevaba cosas buenas y malas. Las buenas, personajes familiares (Clay, Julian, Blair, Rip, Trent), un contexto conocido de nihilismo y depravación adinerada y un estilo literario contrastado, que se sabe que funciona. Las malas, el peligro de repetirse, de ser acusado de falta de ideas, de explotar un éxito que de otra manera el autor ya no podría reeditar. ¿El veredicto? Hay un poco de las dos cosas.

Suites imperiales toma su título de un disco de Elvis Costello, igual que Menos que cero, continuidad imprescindible para entender que el protagonista es el mismo, solo que un par de décadas más tarde. Ya no estamos ante un joven universitario rico, vicioso y carente de empatía sino ante un guionista de Hollywood de mediana edad rico, vicioso y carente de empatía. El amigo Julian, adicto y chapero por obligación es ahora un proxeneta rehabilitado de la droga, al menos en su faceta de consumidor, y así sucesivamente.

Pero más allá del morbo –o no- de ver los ecos de Menos que cero en Suites imperiales, conviene centrarse en los puntos fuertes de la nueva novela. El estilo de Bret Easton Ellis es el mismo que le ha hecho famoso: minimalismo sintáctico, laconismo y ausencia de emociones de un narrador en primera persona ultraegocéntrico, como es el protagonista Clay. La avalancha de detalles de la sociedad de consumo (marcas comerciales, nombres de actores, productos, restaurantes, tiendas, famosos de toda ralea…) continúa pero se encuentra un poco más atenuada que en –digamos- American Psycho (1991) o Glamourama (1998).

Si esto es inmoralidad o en cambio crítica social es algo que se deja para que lo decida el lector: el autor no se moja, el narrador no valora, solo describe. Sin embargo, a lo largo de Suites Imperiales se va tejiendo una trama con bastante más peso que en Menos que cero, las famosas estampas breves que no llegan a capítulos no son meras postales para retratar a una generación sino viñetas que se van superponiendo y construyendo un misterio que Ellis dosifica con un delicioso dominio del suspense. Quizás para conocer un retrato de la generación actual haya que buscar en otra parte, Bret Easton Ellis ya no es el escritor mejor preparado para ofrecérnoslo.

Lo que se pierde en relevancia documental se gana en calidad artística; además del suspense Ellis domina la caracterización de personajes a través de sus acciones y palabras (el mejor oído para el diálogo a este lado de Woody Allen), y maneja como nadie todos los recursos de la obra literaria posmoderna: la intertextualidad, el pastiche, la hiperrealidad, la paranoia, la ironía y el juego. Dejo aparte la característica más sobresaliente, la metaficción, por cómo el narrador comienza diciendo que se había hecho una película basada en un libro basado en su vida (en referencia a Menos que cero y a su adaptación a la pantalla de 1987, Golpe al sueño americano). Por algo dijo Fredric Jameson que el Posmodernismo era la “lógica cultural del capitalismo tardío”.

Entonces, aunque su brevedad emana un cierto tufo a producto de compromiso, no es menos cierto que pese a ser una secuela Suites imperiales cuenta con tantas virtudes propias que no puede ser descartada como un simple subproducto o derivado. Leedlo si os gusta la literatura cruda y posmoderna recordando siempre que, en 2010, tal vez lo último de Bret Easton Ellis sea solo el mejor libro del año pero ya no de la década.

12 noviembre 2010

Epifanía

Cuentos

Roberto Bolaño

Anagrama, 2010

ISBN: 978-84-339-7591-1

548 páginas

24 euros





Rafael Suárez Plácido

Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.

En octubre de 1990 escribía Bolaño estos versos que, curiosamente, comienzan con el ya célebre: “Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta,…” ¿Quién era entonces Roberto Bolaño? ¿Cuánto tiempo llevaba escribiendo? Nació en 1953: tenía, pues, treinta y siete años. Ya había publicado algún libro de poemas y una novela, en colaboración con A. G. Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, en 1984. Él mismo nos cuenta de aquellos años en el relato que abre el libro: "Sensini", donde trata su relación con el cuento en aquellos años. “El premio estaba dividido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo (…) Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar.” De todo ello cabe deducir que para Bolaño el cuento no era el género preferido, y ya estaba escribiendo novelas. Sólo esa acumulación de obra estos años explica la cantidad de publicaciones que tendrá luego, en apenas diez años. Pero este primer relato es muy significativo en la relación del autor con los premios. Ocurre que le conceden un accésit y recibe una publicación con los relatos premiados. Le llama la atención que uno de ellos es Sensini, uno de sus autores favoritos. Y no es el primer ni el segundo premio. ¿Esta historia ocurre en realidad? Sí. Casi todos los cuentos de Bolaño tienen un contexto real identificable. Se diría que sus cuentos son una especie de autobiografía. Sensini es Antonio Di Benedetto, uno de los narradores favoritos del chileno, con quien se escribe y entabla una interesante relación epistolar. El juego que establecen para enviar relatos a concursos es divertido, pero también es muy significativo que estos autores tengan que recurrir a estas estratagemas. Hace no demasiado reseñé un libro premiado de relatos que tenía algunos de ellos premiados en varios concursos. Ningún concurso admite un cuento ya premiado. Y el autor ponía los premios en el libro como con orgullo. Aun así el libro reseñado obtuvo el que quizá sea el premio más codiciado de cuentos del país. También me llama la atención cuando otro de los autores de cuentos de cierto éxito habla de sí mismo como parte de los autores “de plica y premios”. Yo prefiero a los que no lo son. Porque los lectores de los concursos suelen no saber demasiado. A veces, ni siquiera los jurados finales y, si muestran interés, lo hacen defendiendo intereses poco claros. Bolaño, durante estos años, no tuvo especial suerte con los jurados.

Cuentos (Anagrama, 2010) es la edición definitiva de su narrativa breve. Incluye los tres libros ya publicados: Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) y El gaucho insufrible (2003). Antes hay una especie de prólogo que titula Consejos sobre el arte de escribir cuentos, donde además de decirnos que los cuentos hay que escribirlos al menos de tres en tres, nos muestra el itinerario de algunas de sus filias y sus fobias. Nos habla de lecturas. Entre los libros españoles favoritos nombra Suicidios ejemplares, de Vila Matas, y Mientras ellas duermen, de Javier Marías. No está mal, pero la duda persiste: ¿sólo Anagrama publica buenos libros de cuentos?

Llamadas telefónicas se divide en tres partes. La primera con el mismo nombre reúne cinco de los mejores relatos del autor. El tema es básicamente la literatura: la literatura y la vida, porque Bolaño no sabe distinguir entre ellas, siempre está escribiendo. En cuatro de estos relatos nos cuenta lo que fue su vida, siempre como escritor y observador de un mundo que le era ajeno, durante los años que vivió en Gerona y Barcelona. Su relación con otros escritores y con otros exiliados chilenos, de la que pronto se sentiría apartado. La segunda parte del libro se llama Detectives. Hablan de su vida en México o de historias que conoció durante esos años. A México llegó con sus padres con quince años. Dejó de estudiar y dedicó su tiempo a leer. 1971 fue un año esencial. Conoció a un grupo de poetas jóvenes que formaron el grupo de los Realistas Viscerales, entre ellos a su amigo del alma, Mario Santiago, el Ulises Lima de Los detectives salvajes (Anagrama, 1998), el mejor testimonio de lo que fueron estos años, sus cien mejores páginas. Entonces leyó toda la poesía chilena que cayó en sus manos. Se fue formando un criterio que ya no le iba a abandonar toda la vida. En el cuento "Detectives" nos relata algo que ocurrió en su retorno a Chile en 1973, cuando fue detenido e ingresado en prisión como terrorista. Pensaba que iba a morir. Estaba convencido de ello, aunque no sabía por qué. Lo cierto es que el azar, en forma de dos compañeros de los años del colegio que eran detectives en la prisión, logró su casi milagrosa salvación. Una muestra más del absurdo que se vivía entonces. Aparece el personaje B, que no es directamente Bolaño, sino Arturo Belano, su alter ego en Los detectives salvajes y a lo largo de toda su carrera. La historia es absolutamente verídica. La tercera parte es Vida de Anne Moore. Se trata de cuatro historias de mujeres, también de las mejores del libro. "Compañeros de celda" y "Carla" están muy relacionados con su vida. "Joanna Silvestri" es una de sus incursiones en el mundo de la industria del porno que disecciona desde dentro, mostrándonos regiones ocultas y sombrías de una historia sin glamour. Y "Vida de Anne Moore" es un cuento con el que uno no puede evitar desear más. Siempre pensé que podría terminar dando pie a una novela.

Bolaño tomaba y retomaba sus historias. Llevar un cuento a una novela no es nada negativo para el cuento. Probablemente preferiría este último. Se ha hablado del laberinto Bolaño. Lo mismo ocurría con la poesía, su lado más íntimo. Los detectives salvajes está desperdigado a lo largo de no menos de diez cuentos de este libro.

Putas asesinas es su segundo libro de cuentos. Ya la historia es diferente. Los cuentos de Llamadas telefónicas están escritos en años de mucha penuria e incertidumbre. Ahora el autor ya sabe muchas cosas. Sabe que es uno de los autores más premiados y valorados por la crítica. Sabe que tiene un editor que confía en él. Ya ni Anagrama, ni Seix Barral, ni El Acantilado ni Mondadori le rechazan sus libros. Sabe también que está enfermo y que la situación no es fácil. Eso explica también la necesidad de escribir sin pausa. Con prisa pero sin pausa. La necesidad de reelaborar una obra que ya estaba en marcha desde los años de México. Y que luego en Barcelona, en Gerona y finalmente en Rosas no iba a parar. En estos años se enmarca la historia de "El ojo Silva", donde en la figura de este chileno exiliado trata de plasmarnos lo que es para él la Hispanoamérica de este último cuarto de siglo. No es difícil encontrar huellas de Borges cuando escribe: “…siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los 50, los que rondábamos los veinte cuando murió Allende.” Ese “Al fin me encuentro con mi destino sudamericano” de Borges, se reproduce en estas palabras. Bolaño es, ante todo, testigo especial y privilegiado de todo lo que ocurre en este último cuarto de siglo. A veces es testigo, a veces no. Pero siempre nos impone su mirada sobre los hechos. Opiniones que sabe arriesgadas y que no siempre van a sentar bien. Como él mismo cita: “Si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.” Concluye "El ojo Silva" con unas palabras que van a ser en síntesis su vida: “Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.

"Putas asesinas" retoma sus años mexicanos, pero una vez más prefiero los relatos de Barcelona. En "Días de 1978" nos cuenta la historia de un grupo de chilenos exiliados, sus encuentros y desencuentros con U y su mujer. Personajes por los que siente repulsión y cierta fascinación, quizás porque se sabe como ellos. Se mira en el espejo de sus semejantes. Y cuando llegan cosas que no puede controlar ni entender, se siente aturdido. Escribimos para explicarnos lo que no entendemos, podría querer decirnos Bolaño. Él no entendía su vida. Tampoco entendía a U, ni por qué hizo lo que hizo.

Hay tres cuentos en Putas asesinas que me fascinan: "Vagabundo en Francia y Bélgica", "Fotos" y "Carnet de baile". El primero es la historia de un viaje que hace a ambos países. Lo más interesante es que compra una revista antigua con un monográfico sobre poetas franceses y sus grafismos, y a partir de ahí va enlazando sus ideas sobre la vida y la poesía. Aparece una de sus poetas favoritas: “Sophie Podolsky fue una poeta a la que él y su amigo L apreciaron (e incluso se puede decir que amaron) ya desde México, cuando B y L vivían en México y tenían algo más de veinte años.” Pero lo que le preocupa es un autor que desconoce, Henrie Lefebvre, y su relación con la literatura, la relación entre su vida y la literatura. En "Fotos" nos encontramos a Arturo Belano en un poblado perdido en el África subsahariana. Allí se encuentra un libro, La poésie contemporaine de langue francaise depuis 1945, y va diseccionando las fotos de poetas francófonos de todo el mundo, imaginando historias, enamorándose y odiando. Es arrebatador, fascinante, impresionante. En "Carnet de baile" nos cuenta en cambio su relación con la poesía, desde que su madre le leía poemas de Neruda. Es una auténtica autobiografía sentimental. Son textos breves, fragmentos numerados: parte de su aportación al Postmodernismo. Posteriormente Modiano daría las claves de su vida y su obra en Un pedigrí. "Carnet de baile" es el pedigrí de Bolaño.

Su tercer libro, El gaucho insufrible, se publicó en 2003, con él ya fallecido. Sus relatos tienen mucho del conocimiento de la enfermedad. Son personajes que abandonan una vida más o menos cómoda, para salir a buscar el conocimiento, o la felicidad. En "Jim," el primer cuento del libro, encontramos una definición de la poesía: “Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifania.” Yo creo que esto es aplicable también al cuento. Y también a la novela. “Ahora soy poeta y busco lo extraordinario con palabras comunes y corrientes.

Al final de El gaucho insufrible tenemos dos ensayos que en su origen fueron conferencias que el autor dictó o no. "Literatura + Enfermedad = Enfermedad" analiza desde la perspectiva de un autor enfermo, que sabe de lo difícil que le va a ser seguir vivo, las aportaciones de los poetas franceses, Mallarmé especialmente sobre el tema. Estas observaciones siempre salpicadas con su humor negro y violeta. En "Los mitos de Cthulhu" analiza lo que según muchos autores es el éxito: la novela clara. La filosofía clara. Incluso la poesía clara. Y nos va mostrando sus opiniones contundentes sobre el tema. Son dos textos que todo buen lector debiera conocer. ¿He dicho dos textos? Cualquier aficionado a la buena literatura debería tener este libro entre los suyos de cabecera.

11 noviembre 2010

Apunte del natural

Viaje a la Palestina ocupada

Eric Hazan

Errata Naturae, 2010

ISBN: 9788493 714581

128 páginas

13,50 €

Traducción: Sara Álvarez Pérez




Ilya U. Topper

Este libro es exactamente lo que pretende ser desde la portada: las notas de un viaje a la Palestina ocupada. Apuntes por orden cronológico, impresiones sobre el terreno, personajes que el viajero se va encontrando, entrevistas breves con las típicas figuras a las que uno visitará cuando recorre Cisjordania para tomarle el pulso a la situación: alcaldes de Hamás, diputadas de Fatah, defensores de derechos humanos, libreros marxistas, activistas feministas. Un cuaderno de viajes en estado puro, apenas retocado, tal vez nada retocado. Leer este libro es lo más cercano a hacerse un viaje relámpago a Palestina sin salir de casa.

En realidad debería poner fin a la reseña aquí, porque no hay más. Es esto. ¿Debería haber algo más? Bueno... Considerando que el autor, Éric Hazan (París 1936) es hijo de madre palestina apátrida y padre judío, tal vez uno se esperaba algo más. Algo así como un conflicto de dos personalidades en el pecho del autor, un desgarro de emociones, un choque entre la conciencia del derecho internacional y la ‘causa judía’ que eleva Israel ―único hogar seguro ad eternam― por encima del bien y el mal.

Pero no. No sé si Éric Hazan tiene una filiación política conocida, no sé si alguna vez en su vida se ha declarado marxista, anarquista o qué sé yo, pero es obvio que es un hombre que piensa, y que piensa muy claramente contra el poder, contra bastantes poderes, incluso contra la cómoda democracia liberal en la que todos vivimos. En otras palabras: sería ridículo esperar de Hazan, simplemente porque su padre era un judío egipcio, que se sintiera vinculado a un proyecto de conquista de tierras a favor de una raza determinada, justificada a través de mitos religiosos, como es el sionismo.

Eso sí, dedica un breve capítulo a la imagen que del Holocausto, es decir de la persecución de judíos en la Alemania nazi, tienen los jóvenes palestinos, y encuentra que hay mucho mito, y muchas ganas de no creer en él, o al menos no en las cifras avaladas hoy por leyes anti-negación, porque el holocausto es la pieza esencial que justifica la opresión israelí de los palestinos. También se encuentra con que nadie se sorprende ni nadie cambia de actitud cuando él se declara judío.

Lo que tal vez sí me hubiera esperado de un intelectual ―médico y editor― que lleva cincuenta años en la brecha (recordemos que se afilió en la década de los 50 a las redes clandestinas del Frente de Liberación Nacional que combatía por la independencia de Argelia) era algo más de reflexión personal, algún aforismo válido para cualquier tiempo y espacio, una visión que vaya más allá de Palestina.

Hazan hace como si llegara por primera vez a los territorios palestinos: observa atentamente, toma nota de todo, no comenta, no juzga. Recurso elegante (ya en los 70, Hazan fundó la asociación médica franco-palestina, y ha traducido y editado obras de Edward Said), que permite también al lector primerizo, el que poco sabe de Palestina, acercarse al terreno sin ser abrumado por análisis de experto.

La otra cara de la moneda es que el cuaderno no aporta mucho más de lo que usted puede leer en la prensa diaria o dominical, si se esfuerza un poquito en abrir regularmente las páginas de ‘Internacional’. En la prensa española, quiero decir. No sé si la prensa francesa mayoritaria ofrece la misma imagen realista y cruda de Palestina (la alemana o norteamericana no lo hace, por ejemplo) o si allí el libro ofrece toda una visión rompedora.

En este cuaderno, el veterano intelectual combativo Éric Hazan desaparece para dejar el espacio a la gente, en parte anónima, que le hablan. Sólo a veces aflora su posición personal en contra de un troceado Estado palestino y a favor de un Estado único palestino-judío, en contra de las interminables negociaciones, ya casi ficticias, de la Autoridad Palestina, y a favor de una renovada resistencia popular. Aunque no nos dice ―porque no sabe, porque nadie sabe― en qué podría consistir esta resistencia, si puede o debe ser violenta o pacifista, y a qué resultado podría llevar.

La traducción, bien. La edición, bonita, aunque la atribución de “Diseño de portada e ilustraciones” a David Sánchez omite aclarar que los numerosos esbozos ―esquemas, mapas, planos― con palabras explicativas en francés, así como las fotografías, pertenecen, con una probabilidad rayana en la certeza, al autor.

10 noviembre 2010

Plancton entre los dientes

Vercoquin y el plancton

Boris Vian

Impedimenta, 2010

ISBN: 9788493760199

216 páginas

18.95 €

Traducción Lluís Maria Todó




Manolo Haro

Boris Vian (París, 1920-1959) se propuso ahuyentar el paso del tiempo conjurándolo de la única forma que estaba en su mano: acelerarlo hasta hacer que se encapsulara en una existencia de 39 años. No tenemos constancia de que el escritor supiera que se iba quedar en el sitio en el cine Marboeuf mientras visionaba la edulcorada versión de Escupiré sobre vuestra tumba, pero viendo su frenética contribución al mundo de la cultura durante los 40 y 50 cualquiera podría pensar que alguien una noche de tantas hubiera deslizado cierta nota en la barra de una boîte parisina marcando el día y la fecha de su hora suprema.

Vian procede del tronco común de Alfred Jarry, cuyos ilustres hijos (Duchamp, Max Ernst, el talentoso y poco conocido escritor Michel Leiris, Man Ray y Eugène Ionesco), matriculados todos en el Collège de Pataphysique, se embarcaron en la empresa de divulgar la lógica absurda de ese padre espiritual. Las vanguardias dispararon contra el tiempo externo e interno de la historia del arte. La sustancia de la vida de nuestro autor está traspasada por el ritmo delirante y apresurado del swing, la 2ª Guerra Mundial, la Ocupación y una dolencia cardiaca que le impondría la tajante condición de dejar de tocar la trompeta, una de sus mayores aficiones. El tiempo, siempre el tiempo jugando una y otra vez con el bueno de Vian. En 1944, en el mismo momento en que escribía Vercoquin y el plancton, fundaba el New Orleans Club en Saint-Germain des Prés. Sólo funcionó durante unos días. En la disparatada y genial novela que reseñamos una llamada telefónica dura exactamente 4 meses, suficiente para que uno de sus personajes despache sus asuntos con el interlocutor.

El ritmo de París, el tempo (esta vez musical) había ido aumentando con el paso de las décadas del siglo XX: humeaban las trincheras de la Gran Guerra y el foxtrot reinaba en las salas de baile; en los 20 llegaría Gardel y colocaría un pequeño brazo del Río de la Plata como afluente del Sena, pero de fondo sonaría el charlestón de Josephine Baker; en los 30 el jazz convivió con las orquestas cubanas que hicieron sonar bongoes en la noche lutecina. A partir de ese instante, la divina música americana, con todas sus variantes, atravesaría alcantarillas, clubes, pisos de estudiantes, prostíbulos y salas de baile, y allí estaría Vian para contribuir con sus artículos en Le Combat, su música, su fundación de garitos siempre dispuestos a una jam session y su literatura. De hecho, Vercoquin y el plancton es una roman à clef en la que se esconde la vida de unos jóvenes que no eran otros que sus propios colegas de juerga. La peripecia que aquí se narra tiene como personajes a Fromental de Vercoquin y al potentado Mayor, que organiza, con la ayuda del lúbrico y dipsómano Antioche Tambretambre, una surprise-party a las afueras de París para conmemorar sus veintiún años. Ambos protagonista andan enamorados de la hermosa Zizanie de la Houspignole, cuyo tío en el ridículo Sub-Inspector principal Miqueut, tutor legal de la joven.

La novela se vertebra a partir de esa primera fiesta donde se conocen el Mayor y Zizanie; continúa en una posterior inmersión en el mundo de la CNU (Consorcio Nacional de la Unificación), transposición literaria de la AFNOR (Asociación Francesa de Normalización Lingüística), en la que Vian trabajó; y, por último, en una no menos alocada surprise-party en el piso de Odilonne Duveu. La desternillante trama logra unos de sus puntos culminantes en la inclusión de una guía para ligar, cuya autoría pertenece al Mayor. Entre unos y otros escenarios, procesionan un alocado mundo de jóvenes swing que beben, comen y fornican hasta la extenuación. No hay que llevarse a engaño: la novela se disfruta en todos los pasajes, aunque tal vez la Escuela del Resentimiento (Harold Bloom dixit) no aceptaría estampas de follódromo (sic), mondongos marcados en la entrepierna, palizas a “las mamarrachas”, guardias “sarasonas vocacionales” y otras lindezas que contribuyen a que la explosiva prosa de Boris Vian refulja página tras página. A todo ello habría que añadirle una cáustica mirada hacia el mundo de los jefes ridículos (tal es el caso del Sub-Inspector principal Miqueut, cabeza visible de una institución que vela por el buen francés y no hace otra cosa que dinamitarlo cada vez que abre la boca) y unos diálogos luminosos, versátiles, propio de esos pesos pesados de la locuacidad como son Groucho Marx y Woody Allen.

No resulta difícil imaginar al autor escribiendo Vercoquin y el plancton a carcajada limpia. Esos muchachos que se cuelan en la historia, con calcetines blancos y pantalones amplios ajustados al tobillo, fueron Vian y sus compañeros de farra, recorriendo el París ocupado en busca de algún vestigio que les demostrara que la vida seguía en otra parte. El surrealismo antiburgués del que hace gala el libro, el cual dinamita las bases de la corrección filistea de la clase acomodada (como ya hicieran Buñuel y Dalí, entre otros muchos), resulta una postura muy apropiada para la edad y el momento que vivía el autor. Siendo su primera novela, no desmerece de lo que vendrá luego. “Cuando te has alimentado de plancton, te has ganado el nombre de escritor realista”, dice Vian en el prefacio que él mismo denomina “inútil”, agazapado tras el pseudónimo de Bison Ravi. Un poco más adelante aclara que no se trata de una novela realista, pues lo que se cuenta no se produjo realmente. Juego y más juego desde que se inicia este dislate genial. En ese punto comenzaba, auspiciado por los consejos de Sartre, Raymond Queneau y Jacques Prevert la vida literaria de un ex-trompetista de jazz. Leed, leed, malditos.

09 noviembre 2010

El incartografiable mundo de nuestro viaje

La Trilogía de la Frontera: Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura.

Cormac McCarthy

DeBols!llo, 2009

ISBN: 978-84-979360-4-0, 978-84-979341-2-1 y 978-84-979373-9-9 respectivamente.

336, 448 y 280 páginas respectivamente.

8,95 € (cada volumen).

Traducción de Pilar Giralt Gorina, Luis Murillo Fort y Luis Murillo Fort respectivamente.

Todos los hermosos caballos, ganadora del National Book Award (1992).


Fran G. Matute


No deja de sorprenderme que Cormac McCarthy se haya convertido, ya no sólo en un fabricante de best sellers, sino en todo un personaje del mundillo literario. Sobre todo si tenemos en cuenta que hasta hace muy poco McCarthy rehuía de aparecer en público, conceder entrevistas, recibir premios, hacer presentaciones o cualquier otra faceta publicitaria y vivía cuasi-recluso en su rancho de Nuevo México. Quiero pensar que este resurgimiento público de la figura de Cormac McCarthy (hasta se le pudo ver en el programa de Oprah) viene provocado por el boom mediático que han tenido algunas de las adaptaciones cinematográficas que se han estrenado recientemente sobre su obra. Al margen de los pingües beneficios que estará percibiendo, la verdad es que el cine ha convertido a Cormac McCarthy en un reputado y rentable escritor tanto en los Estados Unidos de América como en Europa.

En cualquier caso considero que la prosa de Cormac McCarthy no es de fácil digestión y por ello me fascina aún más su éxito de público. Su obra está poblada de un detallismo exacerbado, preocupado por el entorno más que por sus habitantes, descuidado en las formas lingüísticas (o mejor dicho, utilizando reglas gramaticales propias) y con una temática “western flavour” de difícil asimilación para otras culturas. Precisamente por lo anterior, considero que McCarthy debería ser el objeto del deseo de los críticos más sesudos (esos que en mi imaginación fuman en pipa, gastan afinada barba y viven rodeados de salones forrados de libros decrépitos) por la complejidad, y sin embargo austeridad, que ofrece su obra. Pero la realidad manda y hoy día McCarthy es un escritor venerado tanto por crítica (sesuda o no) como por público (exigente o no), y prueba de ello es la avalancha de reediciones de todas sus novelas (en tapa dura o bolsillo), motivo por el que hoy nos encontramos aquí.

Pero si echamos la vista atrás, el primer reconocimiento generalizado por parte de público y crítica vino de la mano de una novela y, curiosamente, de una posterior adaptación cinematográfica a principios de los noventa, gracias a la publicación del primer volumen de lo que más tarde se denominaría la “Trilogía de la Frontera”. Aquella primera entrega tuvo por título Todos los hermosos caballos (1992) y constituyó un éxito sin precedentes para el bolsillo del autor de Rhode Island gracias a una arriesgada apuesta publicitaria por parte de la editorial: aquello se vendió como una novela romántica (y con la misma etiqueta se pretendió vender la inevitable película). La realidad es que, comparada con la anterior obra de McCarthy, Todos los hermosos caballos parecía una especie de giro estilístico. Pero en sus entrañas subyacen los mismos elementos que han configurado la particular prosa mccarthyana. Del mismo modo que unos cuantos arbustos no conforman un bosque, la inclusión de ciertos pasajes de corte amoroso en esta premiada obra no permite calificarla de novela apta para todos los públicos. Y es que Todos los hermosos caballos termina siendo igual de brutal que cualquier obra de McCarthy y más cuando se empeña en reflejar con tanta precisión el nacimiento del mal en el joven John Grady Cole a lo largo de su homérica y sentida odisea por tierras fronterizas.

El siguiente escalón que McCarthy decidió construir en su celebérrima obra fue En la frontera (1996), la que, a mi juicio, es la mejor y más vanguardista aportación a la trilogía fronteriza. En este filosófico volumen, McCarthy recupera buena parte del espíritu que imbuyó su obra maestra Meridiano de sangre (1985). El contacto del hombre y la naturaleza se encuentra presente en cada uno de sus párrafos. Los pasajes que presentan la relación de Billy Parham con la loba son a la vez hermosos y enigmáticos, del mismo modo que el reencuentro de Parham con su familia tras otro largo periplo por territorio mexicano resulta estremecedor y desconcertante. En En la frontera nos topamos también con un McCarthy más otoñal y trascendente. Recupera su prosa abrupta para con el paisaje y describe sin pudor, pero con aparente desgana, la labor del hombre. Y sin embargo encuentra en esta extraña simbiosis grandes dosis de verdad, autenticidad y hasta alegría. Es En la frontera una novela compleja por su extensión y su estructura, hasta el punto de que se permite el lujo postmoderno de mostrarnos, en alguna que otra ocasión, los pensamientos de la loba que acompaña al protagonista durante buena parte de la trazada.

La última pieza de la trilogía la compone Ciudades de la llanura (1998), en la que el autor reencuentra a Billy Parham con John Grady Cole en una nueva confrontación fronteriza. Esta tercera entrega, a priori de menor enjundia que las anteriores, pero con un final violento, filosófico y hermoso, viene a completar la visión de McCarthy sobre el mundo. Dicha visión pasa por destacar la importancia de la vejez, entendida ésta como la sabiduría que otorga la experiencia y la capacidad de mirar atrás sin ira. Sólo el anciano tiene derecho a opinar, a extrañarse, a reflexionar. El anciano se ha mimetizado en la naturaleza. Es un elemento más de ella. Por otro lado, a McCarthy le gusta esconderse en el detallismo naturista, pretendiendo así contextualizar el mundo al que pertenece el ser humano. McCarthy describe la fauna, la flora y los fenómenos naturales con bisturí. ¿Es el hombre un elemento más del paisaje? ¿Acaso no tiene mayor entidad que un escarabajo, un rayo o un cactus? Parece plantear McCarthy cuando nos perdemos en sus kilométricas disertaciones sobre el desierto, las colinas o los ríos.

Pivotando sobre estas dos verdades estilísticas (la vejez del hombre y su simbiosis con la naturaleza) termina McCarthy escribiendo siempre de lo mismo: el enfrentamiento del ser humano con una naturaleza exhausta, que lo pone a prueba, que le obliga a apostatar de su condición de ser social y civilizado para poder reencontrarse con su verdadero yo, siendo la frontera (ese lugar imaginario, indefinido, casi mágico) dónde dicha confrontación se pone de manifiesto en todo su esplendor. Y no tiene McCarthy miedo de mostrar al hombre como un asesino, como un caníbal, como un animal, como un ser vivo en definitiva. De eso va la literatura de McCarthy, de eso trata también esta trilogía. Nos relata, en palabras del autor, “el incartografiable mundo de nuestro viaje”. De nuestro último viaje.

08 noviembre 2010

Una vindicación de Murakami

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

Haruki Murakami

Tusquets, 2009

ISBN: 49788483831915

488 páginas

21 €




José Martínez Ros

Debo a la lectura de una recensión crítica del narrador, traductor y crítico argentino Rodrigo Fresán, hace ya casi una década, el descubrimiento del escritor japonés Haruki Murakami. Era de su primera novela publicada en España, la monumental Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, y estaba redactada en un tono lo suficiente entusiasta como para que la sacara inmediatamente de una biblioteca pública; a partir de ese instante, leí todo lo que se publicó de él en castellano, algo que se aceleró tras el éxito internacional de Nowergian Wood, absurdamente traducida por Tusquets como Tokio Blues.

Que Murakami es un gran escritor, probablemente uno de esos (sí, es posible que se trate de una expresión ingenua, pero lo escribo con toda sinceridad) que marcan una época, es algo que supe casi desde la primera página de la Crónica, en la que el narrador, un treintañero que ha dejado su trabajo y perdido a su gato prepara una olla de pasta a mediodía y recibe una misteriosa llamada obscena. Pero no se me había ocurrido escribir un texto que explique mi admiración, aunque haya redactado alguna modesta nota crítica sobre algunas de sus obras, hasta que leí otra reseña –si bien tal vez habría que calificarla mejor como exabrupto- de otro crítico y escritor, el cordobés Vicente Luis Mora, en su conocido blog literario. Si algo tienen en común los autores de ambas críticas es, que desde mi apreciación personal, tienen mucho más talento como ensayistas, recreando y comentando textos ajenos, que como narradores originales. Los artículos sobre otros autores de Fresán son, a menudo, brillantes; en algunos casos –recuerdo en especial uno escrito en homenaje al recientemente fallecido J.G. Ballard- rozan lo genial, pero, aunque he leído varias de sus novelas y relatos no recuerdos en ellos ningún pasaje memorable, ningún personaje (en las novelas de Rodrigo Fresán no suele haber personajes distinguibles entre sí, excepto una voz narradora sin inflexiones, pesada y cargante, adicta a los párrafos hiperbreves e inconexos y a las metáforas encadenadas); de hecho, su último libro, El fondo del cielo, que compré al presentarla como una novela con ciencia ficción –género que siempre me ha apasionado- me pareció una de las obras más decepcionantes con las que he tenido la desdicha de perder el tiempo.

Vicente Luis Mora realizaba en su blog una serie de críticas a Murakami, calificándolo como un autor leve, superficial, de nula ambición estilística o estructural, y por último repetitivo creador de personajes clónicos. Ninguna de ellas me parece justificada. Sobre la escritura de Murakami, cabría decir que lo cierto es que ninguno de nosotros ha leído realmente de Murakami; leemos una traducción de un idioma tan lejano como el japonés; a pesar de eso, la sensación que me dejan sus mejores novelas es la de un escritor extremadamente dotado a la hora de desarrollar una acción fluida, pero también para crear sus poderosas atmósferas e imágenes visuales. A la comparación habitual con David Lynch –ambos suelen colocar una habitación siniestra en el centro de sus ficciones- se podría añadir el magnífico Wong Kar Wai, tanto en su versión luminosa y romántica como en la más enrarecida. Por otro lado, las veinte o treinta páginas que en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo narran la incursión en Mongolia de una patrulla japonesa –imborrables el alucinante paisaje, el hombre despellejado, el pozo- bastan, creo, para anular cualquier acusación de levedad e intranscendencia. La compleja estructura de ese libro la hacen más ridícula -y si además su autor ha intentado vanamente convencernos de que la pobre trilogía de Mallo, con su metaliteratura de manual, su prosa pedestre de suplemento dominical de viajes y sus personajes ineptos oculta algún tipo de complejidad… Y afirmemos finalmente que, aunque los confusos treintañeros de Murakami son totalmente distinguibles entre sí, al igual que los adolescentes de Salinger, no hay que olvidar que ha escrito igualmente desde la mente de un anciano disminuido psíquico o un adolescente con resultados convincentes.

Haruki Murakami no es, pues, sólo un escritor de moda: es uno de los grandes artistas de nuestra época. Y esto lo demuestra una vez más con si última novela editada en España –de extraño título: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas- publicada originalmente en Japón en 1985 y que ahora recupera Tusquets para deleite de sus muchísimos fans hispanohablantes. Como en todas sus obras, encontramos una serie de detalles que identifican a un auténtico Murakami: un protagonista masculino con su vida en suspenso cuya existencia empieza a cambiar de la manera más desconcertante posible, una o varias mujeres misteriosas y lynchnianas, unos espacios enclavados en nuestro mundo, pero que no parecen tener nada en común con él (en este caso, no aparece ningún gato), escenarios progresivamente inquietantes, como si el protagonista hubiera cruzado algún tipo de barrera invisible que separa este mundo de otro, innominado, del que no tenía la menor noticia…

Esta novela se estructura en dos historias que avanzan de forma paralela y que, en un primer momento, no pueden resultar más distintas: por un lado, en El fin del mundo, con aire de fábula, nos encontramos con una ciudad misteriosa, rodeada por una muralla impenetrable, donde vive una manada de unicornios y en la que todos aquellos que acceden a su interior están obligados a desprenderse de su sombra. En Un despiadado país de las maravillas el protagonista es un informático que trabaja en una siniestra organización gubernamental –El Sistema- en constante guerra por el control de la información. Sin embargo –y de eso nos damos cuenta pronto-, ambas historias son la misma y lo que, inicialmente, tenía la forma de una fantasía algo extravagante, se vuelve en la más poética y melancólica de las novelas de Haruki Murakami.