30 septiembre 2011

Para todos ustedes



Para entregar en mano

José Luis García Martín

La Isla de Siltolá, 2011

ISBN: 978-84-15039-45-7

278 páginas

16 €




Rafael Suárez Plácido

Vamos a comenzar en Lisboa, de la mano de uno de sus grandes conocedores, de la mano de uno de sus grandes admiradores. Y de ahí nos iremos moviendo por el mundo: toda Italia, desde el norte hasta el sur, Sofía, Nueva York, Buenos Aires o Túnez y muchos más sitios. En Andalucía estaremos en Jerez, en Cádiz y en Sevilla. Pasaremos la mayor parte del tiempo acompañando a un hombre rodeado de libros y fantasmas, casi siempre del pasado, pero no siempre. Y nos los irá presentando a todos, desde una mesa en una cafetería de Oviedo, siempre la misma cafetería, fingiendo que siente incluso lo que de verdad siente.

Me gustan las novelas que parecen de verdad y las verdades que parecen de novela.” Para entregar en mano (La Isla de Siltolá, 2011) es un libro repleto de verdades, al menos de las verdades de José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950). Y es un libro que se puede leer como si fuera una novela, como si se tratara de la novela de la vida. Una vida llena de belleza: viajes, poesía, pensamiento. (Yo he conocido y empezado a querer a más poetas en cualquiera de los doce volúmenes que van ya de sus Diarios, que en cualquier manual de poesía). Es una vida llena también de vidas ajenas que el autor admira o valora. Cada una de estas vidas podría ser un cuento y casi siempre nos gustaría formar parte de él, vivirlo en primera persona. De un momento a otro pasamos de desear estar con Françoise Sagan, en Estados Unidos, escuchando a Billie Holiday en un local de Connecticut o conversando con Tennesse Williams y Carson McCullers apartados del mundo, a conocer a la Juana García Noreña de carne y hueso, los primeros años de su estancia en Madrid; de un momento a otro pasamos de visitar a Hölderlin en sus últimos años de vida y acompañarlo en sus largos paseos, a acompañar también al propio García Martín en su viaje a Túnez.

Todo eso lo hacemos y más, porque cada página de este libro esconde un tesoro. Los tesoros no saben de tópicos. A veces, el autor los utiliza para describirse a sí mismo con ironía, pero cuando habla del mundo nunca lo hace. Sus opiniones siempre parecen arriesgadas. No lo parecen: lo son. Su visión del mundillo literario, tan poco digno, tan alejado de lo que de verdad importa; sus opiniones políticas, la mayoría las comparto y otras menos, pero siempre, alejadas del pensamiento correcto y regularizado, dan que pensar, y su pasión por los libros y los viajes están además aderezadas en este envoltorio tan hermoso que es la edición que le ha cuidado la joven editorial sevillana La Isla de Siltolá, un proyecto que, paso a paso, nos muestra que tiene muchas cosas que decir en el panorama, a veces desolador, de la Literatura independiente en nuestro país.

No piensen en un libro difícil de leer, al contrario. Vayan a su librería más cercana, abran este libro por cualquiera de sus páginas y comiencen a viajar. Es un consejo de amigo. Para entregar en mano, más que nunca, está dirigido a todos ustedes.

29 septiembre 2011

¿Es este el mundo que habitaremos?


El Occidente globalizado. Un debate sobre la cultura planetaria

Gilles Lipovetsky y Hervé Juvin

Anagrama, 2011. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6334-5

216 páginas

16 €

Traducción de Antonio-Prometeo Moya



Manolo Haro

Los sociólogos del 'star system' gozan de un predicamento extraño en las mismas sociedades que diseccionan. Se acogen con complacencia autocelebratoria los dictámenes que vienen a zanjar la falta de nombre para las enfermedades que nos acosan (ya se sabe que la masa democrática gusta de honrarse a sí misma en los fastos de la hipermodernidad). Se espera a la vuelta de la esquina que nos anillen con una arandela que contenga un sintagma categorizador que esclarezca los males del presente y (no siempre) planteen las soluciones del futuro. Gilles Lipovetsky es uno de ellos. Sus rótulos han venido llenando ese vacío nominal, cimentando su carrera en exitosos enunciados y en aplaudidas teorías sobre la postmodernidad.

En este librito que reseñamos no sólo participa él. Hervé Juvin, economista y ensayista, autor de diversos análisis sobre la sociedad del momento, hace las veces de voz encontrada con la de Lipovetsky. De hecho, el volumen recoge las ideas de uno y de otro en torno al problema de las relaciones entre “cultura y globalización” en el marco de una serie de sesiones de debate organizadas por el Collège de Philosophie y el Eurogroup Institute. Ambos bailan la misma música, pero con diferentes pasos: Lipovetsky lleva años pisando el entarimado, sabe que sus movimientos son firmes, pero denota un poco de complaciente inocencia al salir de la rueda; Juvin tiene un estilo menos floreado, menos indulgente; su salida de pista deja a la orquesta con la última vuelta del estribillo en el aire. Sentados ambos, acodados en la misma mesa, el veterano filósofo se toma una infusión mientras que el economista se pide un 'whisky on the rocks'. Veamos qué nos ofrecen estos danzarines muchachos.

Con “El reino de la hipercultura: cosmopolitismo y civilización occidental” abre juego el primero de ellos. Partiendo de la premisa de que “la globalización también es una cultura”, Lipovetsky realiza su principal aportación a este debate: la "cultura-mundo" es un capitalismo cultural que extiende sus ramificaciones mediante las industrias de la cultura y la comunicación, incontestables motores de crecimiento. La supuesta uniformidad que confiere esta cultura-mundo acaba con dicotomías que antes de este momento quedaban separadas e higiénicamente estacas: alta cultura/cultura comercial, vanguardia/mercado, arte/moda. ¿De qué modo, pues, se organiza una psicogeografía donde los sistemas de referencia a los que recurríamos para diferenciar el oro de la paja han explosionado y todo se acumula en un claro ambiente decanonizador? Precisamente la erosión de los límites nos lleva a la hipertrofia y ésta será el verdadero principio organizador de nuestro mundo. El autor de La era del vacío se cuestiona además si todo ello no supone la uniformización planetaria bajo el signo de Occidente. Ante tal pregunta hay que tener en cuenta dos datos relevantes: la crisis medio ambiental y el cambio climático hacen imposible generalizar modos occidentales consumistas; así como la 2ª globalización que se inicia ahora supone un claro etnocentrismo (el periódico brasileño O Globo dejaba claro hace unos días en un artículo de opinión que la Constitución del país evita cualquier participación extranjera en sus medios de comunicación más allá del 30 %, cosa que les evitará presenciar “touradas” y partidos de béisbol), el retroceso de la hegemonía occidental y un descrédito de sus valores.

El autor hace descansar el frontón de la "cultura-mundo" sobre seis poderosas columnas que sustentan y ayudan a glorificar las excelencias de una forma de vida global: el mercado, el consumo, el orden científico-técnico, las industrias culturales, el "webmundo" y la cultura del individuo. Se afirma aquí que el mercado se constituye como una nueva cultura dentro del turbocapitalismo, donde los criterios esenciales son la rentabilidad y la eficacia económica. El desmantelamiento de las medidas proteccionistas, sumado a la proliferación de las desigualdades y el desempleo masivo, plantean el sangrante dilema de “globalizarse o desaparecer”. Ahí es donde reside el 'quid' de la cuestión. Globalizarse quiere decir tratar en términos de rentabilidad "todo", por lo que "todo" será mercado expuesto al irreflexivo ejercicio del consumo. El arte es un producto de inversión; los museos abrazan el marketing para atraer a una clientela masiva que pasa una media de 6 segundos ante un cuadro; Christie's y Sotheby's trazan mediante sus precios de salida un nuevo canon artístico que antes se dejaba a la Academia o al Tiempo con mayúsculas. El planeta consumo ve que se multiplica la variedad y observa atónito que también lo hace el espacio (cines, estaciones, aeropuertos, etc.) y el tiempo (domingo, madrugada) para comprar. Además habría que señalar la paulatina presencia del cibercomercio. El consumo será, por tanto, el motor de crecimiento (India y China suman 250 millones de nuevos consumidores). En este marasmo de cajas de supermercado emerge la nueva fe regeneradora: “el universalismo técnico”, sin el cual sería imposible regir y organizar la vida y la economía de este webmundo en el que las industrias culturales dictan la lógica borreguil de la masa. De esta última se desprenderá el elemento nuclear de todo el entramado: hablamos del sujeto triunfador, un ser hiperindividualista que se ha despojado de las tradiciones, la familia, las filiaciones ideológicas para, como decíamos más arriba, autocelebrarse.

A pesar de todo ello, Lipovetsky afirma que existen unos límites infranqueables dentro de la lógica de la "cultura-mundo": el nacimiento o avance de los micronacionalismos separatistas, el nomadismo espiritual (retorno individual a lo religioso), la lengua (el inglés no es el problema, sino las lenguas nacionales que se comerán a las minoritarias) y la cocina (la unificación gastronómica es sólo un espejismo). Pero será a la larga. Su exposición termina, a pesar de sus iniciales presupuestos, con la constatación de que la 2ª globalización que iniciamos combinará consumismo con etnicidad, universalismo con particularismo, cosmopolitismo con indigenización y capitalismo con antiliberalismo. Se da, pues, una repulsión ambigua que combina antiamericanismo (entendiendo a éste como la esencia de la "cultura-mundo") con la fascinación por Occidente, que ha impuesto su “forma” en todo el globo. El trabajo de Lipovetsky, creo, hace aguas al final, cuando afirma que la solución reside en la vuelta a la cultura frente a la hipercultura, colocando a la escuela como piedra angular para estimular los deseos de creación, fomentar la potencialidades de cada individuo y animar a la investigación. Con un optimismo sorprendente afirma que “la cultura educativa sigue siendo ese dominio en el que abundan las posibilidades de conquista”. Claro que, si la cultura está fagocitada por la "cultura-mundo", ¿cómo llevar a cabo tal empresa? ¿Subvertimos el mundo desde las languidecientes escuelas?

Por su parte, Hervé Juvin, que se muestra más radical y menos transigente que el anterior, comienza su “Cultura y globalización” con la idea de que la crisis de mercado conlleva a la crisis de la cultura y, como tal, a la desaparición del individuo y a la asfixia de la democracia. Partiendo de la misma conceptualización que Lipovetsky, reflexiona sobre a qué se le da el nombre de "cultura-mundo" sin apartarse mucho de esa noción de la economización mundial y de la utilidad. La globalización se impone en nombre del bien, apoderándose de las culturas locales: todos somos los mismos. Asistimos cariacontecidos a la desaparición de lo imaginario por una mera saturación de imágenes; se multiplican los viajes a lugares que se parecen; el fin de las estructuras colectivas en nombre de los derechos humanos hace surgir individuos sin pasado, sin origen, sin vínculos, sin tierra y sin historia. El liberalismo económico liquida la Naturaleza, las formas sociales que ligaban a los individuo y la cultura. Se normativiza al hombre, que se convierte en un ser abstracto sólo definido por sus derechos. A estas alturas ya hemos visto que Juvin se introduce con más virulencia en la cuestión. Su cassandrismo anuncia el fin de las culturas o el cambio de paradigma occidental: le tocará a China y a la India convertirse en los primeros emisores de signos y representaciones (ya han empezado: miren si no los antebrazos tatuados de nuestros adolescentes y la implantación aún tímida del modelo Bollywood en las producciones del 'western world').

En el epígrafe “Los tiempos bárbaros” subsume la uniformidad al "kulturmundo", que, a su vez, acabará con las singularidades. La nueva barbarie está teñida de conformismo, norma, derecho e indiferencia. Sólo habrá ideología basada en el interés propio. Como resultado, entraremos en una sociedad política posdemocrática, sin espacios públicos donde practicar el intercambio cívico de opiniones, sustituidos por el engranaje aséptico de las redes sociales.

Concluye Juvin su demoledor lectura del estado del planeta con la idea, tan alejada de la inocencia lipovestkyana, de que la "cultura-mundo" es un sistema perfecto. La privación de conciencia en 9 millones de seres humanos persuadidos de su individualidad construye un duradero, casi indestructible, puente entre productores y consumidores, entre mercado y consumo. Somos “los primeros seres vivos cuyo oxígeno es el crecimiento y cuya respiración es el trabajo”, afirma casi al final de este nada complaciente trabajo.

Ahí quedan tendidas las alfombras en el cordel, oreadas por los vientos provenientes del Celeste Imperio y aledaños. Ambas ondean animadamente, pero los dibujos que exhiben difieren bastante en los colores y en las figuras. La última parte del libro es el intento de plantear una “discusión” entre estas dos visiones con la ayuda de terceras personas volviendo sobre algunas de las cuestiones que se tocan en los dos trabajos. Sospecho que es un mero asunto de posturas ante una misma realidad lo que llevará al lector a celebrar a uno u a otro. Duele mirar en el fondo del pozo, como duele fijar la vista en los ojos del asesino. La sociología tiene el extraño privilegio de teorizar sobre el vacío a partir de las señales del momento que los radiografiados no podemos sospechar. Las miradas que intentan ver más allá del nebuloso túnel son siempre bienvenidas con la sola condición de que nos hagan repensar el presente. Creo que aquí se consigue sobradamente.

28 septiembre 2011

Formas de contener el mundo


Stoner

John Williams

Baile del Sol, 2010

ISBN: 978-84-15019-34-3

246 páginas

15 €

Traducción de Antonio Díez Fernández


Daniel Ruiz García

Uno de los elogios que Antonio Muñoz Molina dedicaba a Vida y Destino, la monumental novela de Vasili Grossman, era su capacidad de resumir y contener el mundo en un solo relato. Y apelaba para justificar su opinión a la obra de clásicos como Tolstoi, Proust, Mann o Pérez Galdós, que en su momento fueron capaces de construir grandes monumentos de palabras con la capacidad más o menos integradora, más o menos total, de albergar el mundo, de contenerlo al completo, como un molde de tinta que recubriera el globo terráqueo.

La obra de Grossman, en efecto, es vasta, ambiciosa, diversa, abarrotada de voces y de paisajes, con apariencia de totalidad. Al terminarla, a uno le queda el espejismo de haber creído poder dar la vuelta al mundo, más concretamente al mundo que abarca el periodo histórico contenido en la novela.

Hay, sin embargo, otras muchas formas de resumir y contener el mundo en un solo relato. También es posible integrar en una novela toda la vida a través de la sencillez. Contando, por ejemplo, la biografía aparentemente insustancial de un profesor universitario. Es lo que hace John Williams en su magistral Stoner, una novela que deslumbra de cabo a rabo por su ausencia de artificio, por la falta de ruido y por esa gracia invisible que tiene de contar una vida anónima, donde no existen grandes logros ni hazañas, y donde todo termina más o menos como empieza, sin que el mundo cambie en nada tras el paso de una vida sobre la que se concentra el foco de la narración.

No sé, la verdad, por qué me ha gustado tanto. Es una novela sencilla por donde se mire, donde el protagonista viaja a la deriva en un mundo de grisura, consagrado a esa vida gris y continuamente zarandeado por su pusilanimidad y su estoicismo a la hora de afrontar el sufrimiento. He tenido la sensación de asomarme a una ventana indiscreta para ver pasar el mundo, una vida, la vida del profesor William Stoner. Era, me parecía, una vida insulsa, una vida tranquila, común, pero cada vez se me hacía más difícil no mantener el ojo asomado a aquel resquicio. Al final se me ha hecho difícil despedir a Stoner, acudir al instante de su muerte, que era también el instante de su recapitulación vital.

Probablemente toda la magia de saber convertir lo nimio, lo insustancial, lo ordinario, en una historia conmovedora resida en el estilo de John Williams. Porque Williams es un escritor no sólo altamente competente, sino con unas dotes de elegancia estilística poco comunes. Sabe contar como cuentan los realmente buenos: sin alharacas, sin excesos, sin pretender demostrar nada, sino de forma contenida, planteando guiños permanentes al lector para convertirlo en confidente de eso que se ve por la ventana. Es uno de esos escritores inteligentes que convierten a los lectores en inteligentes. Sólo así podemos entender que una novela sobre un tipo común, sobre un buen tipo, así, sin más, se lea con semejante entusiasmo, con semejante interés, deseando en lo más íntimo que esa historia simple de un hombre simple no acabe nunca.

A estas alturas puedo decirlo: una de las mejores novelas que he leído este año. Y barrunto que en mucho tiempo.

27 septiembre 2011

¿Te mereció la pena, Bern?

Las vidas de Dubin

Bernard Malamud

Sajalín Editores, 2011

ISBN: 978-84-937413-5-8

579 páginas

29 €

Traducción de Pepa Linares

Prólogo de Rodrigo Fresán



Coradino Vega

Del mismo modo en que coincidieron durante la segunda mitad del siglo XIX una serie de escritores rusos que exploraron como nadie los recovecos de la interioridad humana, vista en perspectiva, la narrativa judeoamericana de la segunda mitad del XX no les fue a la zaga en ello. Un ejemplo: «Miró a Natasha, que cantaba, y en su alma aconteció algo nuevo y feliz. Estaba alegre y triste a la vez (…) Las lágrimas obedecían sobre todo a la contradicción violenta que, de pronto, había reconocido entre alguna cosa infinita, grande, que existía en él, y la materia, reducida, corporal, que era él e incluso ella. Esta contradicción le entristecía y le alegraba mientras ella cantaba» (Guerra y paz) / «Dubin regresó a casa en estado de excitación y con un cierto sentimiento de nostalgia. Se sentía aliviado y al mismo tiempo oprimido por una descarga de energía» (cita del libro que aquí comentamos). Fundada podríamos decir por Llámalo sueño, la temprana novela de Henry Roth; apuntalada por la obra estadounidense de Isaac Bashevis Singer, que fue el único de ellos que siguió escribiendo en 'yiddish'; elevada al máximo nivel de propulsión vital por Saul Bellow y empoderada por Philip Roth, esta centelleante narrativa se caracterizó por la enérgica transmutación de la vida en literatura, mostrándonos el lado más dramático de aquélla tras el velo de la ironía y el humor, y revelándonos la inexplicable, desconcertante y paradójica naturaleza de la psique y sus inconsecuentes comportamientos externos.

Malamud perteneció a la generación de Bellow y fue considerado por Philip Roth su maestro. A su muerte, el autor de Pastoral americana escribió una narcisista y marmórea elegía en la que comparó su apariencia física con la de un agente de seguros al tiempo que lo describió como un escritor que prefería «presentarse como alguien cuyas necesidades personales no son asunto de los demás». Por eso, y para quienes estén acostumbrados al moralismo claustrofóbico de sus perfectos, chejovianos y desconsolados relatos protagonizados por tenderos inmigrantes afincados en Brooklyn o el Lower East Side de Nueva York, sorprende Las vidas de Dubin en tanto que liberador despliegue exhibicionista. A pesar de que su estilo permanece casi siempre en una tesitura moderada que lo diferencia de la exuberancia de Bellow o la contundencia de Roth, parece ser que, con este libro, Malamud se desinhibió pasando revista a su «conciencia tortuosamente exacerbada por el patetismo de una necesidad imposible de satisfacer», escribiendo su novela más desvergonzada. Los paralelismos con la obra de Saul Bellow y Philip Roth son inevitables. Poblada de autocrítica mezclada con ego, burla desatada de las inconsistencias del yo, tratamiento del adulterio emparentable también con la narrativa de Updike, epifanías a lo Cheever en las que la naturaleza y el paso del tiempo se convierten en el espejo de los altibajos emocionales del en apariencia recatado padre de familia, vivificante enamoramiento de senectud, fenomenología del matrimonio, la relación con los hijos y la depresión, Las vidas de Dubin es un prometeico ejercicio que tritura la experiencia mediante la ficción ofreciendo una verdad muchísimo más rica en matices que la imponderable verdad real o comoquiera que pueda llamársele. El biógrafo William Dubin escribe vidas ajenas para explicarse o quizás huir de su propia vida. Así como hay momentos en que no puede entender algunos episodios de la vida de D. H. Lawrence, libro en el que trabaja a lo largo de la novela después de publicar sendas biografías de Mark Twain y H. D. Thoreau, a Dubin le resulta imposible comprender la neurótica languidez de su esposa, las razones de su matrimonio, la incontrolable pasión que siente por una joven treinta años menor que él, la melancólica inestabilidad de su hija o el odio de su hijastro, que ha desertado del ejército antes de ser enviado a Vietnam y escapado primero a Suecia y después a la Unión Soviética.

Siempre hay algo obsceno en este tipo de novelas, y no precisamente en lo referente a la infidelidad o al erotismo. David Foster Wallace, con su perspicacia habitual y para deleite de la crítica feminista, habló del falocentrismo de escritores como Philip Roth o John Updike. No le faltaba parte de razón. Sin embargo, quizás habría que preguntarse quién es el que sale peor parado en estos casos. Está claro que Malamud aspiró por medio de William Dubin a superar los férreos límites del yo unidos al determinismo de las circunstancias y, como a Morris Bober (el protagonista de su también magnífica novela El dependiente), lo oímos implorar: «¡Una vida mejor!». Porque ése es el grito que atraviesa Las vidas de Dubin, un desopilante regalo para el lector que, según el testimonio de la hija de su autor, la psicoterapeuta Janna Malamud Smith, supuso en cambio una verdadera desgracia para la familia de aquel escritor con pinta de agente de seguros que, además de haber vivido discretamente hasta su publicación casi como uno de los anónimos trabajadores de sus cuentos (felizmente reunidos asimismo ahora por El Aleph en una suerte de restitución de su postergada grandeza), sin mostrarse demasiado, rehuyendo toda polémica minimizando sus exposiciones públicas y que concebía la vida como una tragedia llena de gozo, era también su padre.


[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

26 septiembre 2011

El mismo mar de hace cincuenta veranos

El mar

John Banville

Anagrama, 2011. Colección “Compactos”

ISBN: 978-84-339-7656-7

224 páginas

8,50 €

Traducción de Damián Alou

Premio Man Booker 2005


José María Moraga

“El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar!” Compactos Anagrama recupera ahora la excelente novela de John Banville El mar (2005), que pasa por ser la mejor de este respetadísimo autor irlandés. Si –por ceñirnos a la misma generación de escritores de la Isla Esmeralda- su compatriota Colm Tóibin es “el intelectual”, podría decirse que Banville es “el poeta”. El adjetivo “proustiano” se aplica a menudo a la prosa de este autor, las comparaciones con otros modernistas como Vladimir Nabokov o Henry Green tampoco son infrecuentes. Yo ni quito ni pongo rey, me limito a constatar las coordenadas.

El mar supone el intento de plasmar los recuerdos de un narrador -un auténtico “marinero en tierra”- de la manera más poética posible. Supone también un intento de comprender, o domesticar o quizás simplemente asumir un pasado traumático por partida doble. Un peculiar crítico de arte, cuya esposa acaba de fallecer de cáncer, decide regresar al pueblo costero donde se forjaron importantes episodios de su personalidad en la pre adolescencia. Para ello se aloja en la misma casa donde medio siglo atrás vivieron unos personajes que, agigantados en la Thermomix de los recuerdos, han adquirido en la memoria del protagonista una estatura mítica. No exagero, el narrador se refiere a ellos como “los dioses”.

Estas divinidades veraneantes no eran sino los miembros de una familia acomodada (la del narrador era de clase obrera) que fascinaron al niño de entonces con sus poderes de sofisticación, bienestar material y turbio atractivo erótico. Eran un matrimonio, cuya matrona –basta y generosa en carnes- enseguida encandila al niño-narrador, una henryjamesiana pareja de gemelos de distinto sexo y su sufrida niñera. Será la hija de la familia, empero, la que acabe descubriendo al narrador las incongruencias del sexo y la afectividad adolescentes.

La turbulenta relación con esta familia de años ha sirve como telón de fondo a los hechos posteriores. La vuelta al pueblecito de los veraneos infantiles, que sigue igual, que ha cambiado tanto. Los traumas infantiles que prefiguran quizás los de la edad madura, y sirven en cualquier caso de excusa para las divagaciones del cascarrabias crítico de arte. Tal vez sea un hombre insatisfecho, no se ha realizado en la vida, pero no puede negarse que se trata de un alma hipersensible, casi de artista, que utiliza sus comentarios sobre obras de arte (en especial sobre pintura Nabis) como punto de partida para reflexionar sobre lo que ha sido su vida y, en último término, el sentido de la vida en general.

Hay que agradecer a John Banville su virtuosismo con el lenguaje (la lectura de esta obra en inglés resulta tal festín para los oídos que os recomiendo que busquéis en YouTube fragmentos del audiolibro), pero también hablaré en favor de la traducción al español de Damián Alou, fecunda en útiles notas al pie de página que introducen aspectos culturales además de lingüísticos (después de todo, el libro se desarrolla en Irlanda y hay bastantes referencias veladas a la historia del país). Volviendo a Banville, lo que más fascina es su rico vocabulario y su audaz adjetivación, por lo que recomiendo –como siempre- acudir al original.

Otro aspecto del estilo del autor irlandés, que justifica el término “virtuosismo”, es la aparente facilidad para alternar pasado y presente, para saltar de una época a otra y vuelta atrás, merced a delicadas asociaciones de ideas, en ocasiones motivadas por la percepción sensorial (alguien más grosero que yo sacaría a relucir aquí la famosa magdalena mojada en té). Estas transiciones no se sirven del fácil recurso del cambio de capítulo, o de voz narrativa, no: todas tienen lugar dentro del complicado (es un elogio) monólogo interior del narrador único, quien modula su discurso a voluntad, alternando los tiempos internos de la novela dentro de una misma página, párrafo o incluso oración, según le convenga. También son asombrosos los constantes cambios de registro y tono: de la erudición a lo más coloquial, de lo elegíaco a lo cómico, a menudo en forma de intrusiones autorales, que logran reforzar la perseguida complicidad con el lector (entiendo que una de las claves de este libro).

Podría seguir acumulando argumentos en favor de El mar, pero se notaría que la novela me ha gustado más de lo que el decoro recomienda a un crítico entusiasmarse en sus reseñas. Quien se acerque a ella buscando anécdota no se verá defraudado, pero no es ese el tesoro mayor que este “mar” esconde. Abierto el cofre, las perlas –de prosa poética- se hallan diseminadas por todo el texto y hay que saber ir cogiéndolas, no en la forma convencional de un collar lineal, sino más bien estando atento a que no se nos escape ninguna, pues flotan a nuestro alrededor caprichosas, en todas direcciones. Mucho más trabajoso de leer, sí, pero infinitamente más gratificante.

23 septiembre 2011

Conocerse a uno mismo


Trilogía de Zabala

José María Conget

Prensas Universitarias de Zaragoza, 2010. Colección "Larumbe"

ISBN: 978-84-15-03173-4

725 páginas

24 €

Edición y prólogo de Ignacio Martínez de Pisón


Rafael Suárez Plácido

Nunca dejaré de preguntarme qué mecanismos conducen a un artista a desnudar su vida (también podría decir su alma, sus grandezas o sus miserias) y mostrarla ante los ojos de los demás. Y lo cierto es que todos los que merecen la pena terminan por hacerlo. El problema es que no obtengo la respuesta, por más que la sé, que me la dicen, que la digo, que la escribo o que la leo o que la intuyo. Desde que leo diarios o poemarios o novelas me pregunto: ¿Cómo pueden publicar esto de ellos mismos o de los demás? ¿Dónde está el pudor? ¿Dónde está el fingidor?

En 1981, la editorial Hiperión publica quadrupedumque, primera novela del aragonés José María Conget, que realiza el viaje iniciático inverso al usual desde hacía unos años: joven español cuenta en una novela ambientada en Lima, cómo jóvenes europeos, cultos y con ganas de vivir, se abren camino en el Perú desde la nada. Ya habían pasado los años más intensos del boom, pero el destino habitual era París, o Barcelona a lo sumo. Todo lo que se sabía de Perú estaba tamizado por las lecturas de algunos de sus narradores esenciales. Hoy, treinta años después, tenemos en nuestras manos el volumen: Trilogía de Zabala (Universidad de Zaragoza. Colección Larumbe), que incluye dicho libro, ahora con el título Quadrupedumque, y los posteriores Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias y Gaudeamus, publicados también por primera vez en la citada Hiperión. Lo primero que se me ocurre es obvio: es una muy buena noticia recuperar esos libros agotadísimos en librerías y objeto de culto en las de segunda mano. Ante este lado bueno, contraponemos un problema: va a ser muy difícil que este libro llegue a las librerías de fuera de Aragón. Y hace falta.

Sí, hace falta porque tras estos tres primeros libros que ya fue creando expectativas reales sobre el autor, aparecieron las novelas Todas la mujeres (Alfaguara, 1989 y Paréntesis, 2009), Palabras de familia (Pre-textos, 1995), Hasta el fin de los cuentos (Pre-textos, 1998) y los libros de relatos Bar de anarquistas y La ciudad desplazada (también en Pre-textos), que han ido aumentando el número de lectores de su obra que ya no tenían acceso a esas primeras novelas.

Quadrupedumque (la mayúscula inicial es una decisión de Ignacio Martínez de Pisón, responsable de esta edición y autor del prólogo que la acompaña) es una novela sorprendente, en todos los sentidos, para el lector actual. También para los lectores del resto de su obra. Son fragmentos, aparentemente orales, que comienzan en medio de una oración y que van avanzando sin mayúsculas discursivas, sin puntos, sin más pausas que comas, guiones y paréntesis. La sintaxis de la oración escrita se rompe. Esto ya había pasado en otros autores y era una marca de estilo que entonces interesaba al autor. Se podría hablar de técnica de 'collage'. Los textos van surgiendo y no es hasta bien avanzados que descubrimos quién los refiere o cuáles son los personajes que intervienen.

Siempre es importante, en Conget, el paisaje de sus ciudades. La historia transcurre en Lima. Si le preguntáramos al autor por dos de sus tres aficiones favoritas, seguramente nos diría: ir al cine y viajar. La tercera es más cuestionable y supongo que dependerá del momento. Pero una buena parte de su vida lo ha pasado viajando y esto es patente en sus libros. La joven pareja que forman Miguel Zabala y Tana marchan a Lima prácticamente con lo puesto. Viven en casas de amigos hasta que encuentran trabajo: él como profesor de francés en la Universidad y ella dando clases particulares de inglés. Mientras tanto viven la vida limeña: es tiempo de convulsiones políticas, ascenso del APRA y revueltas constantes en las calles. Todas estas situaciones los van alejando y ellos, aunque parecen darse cuenta, no saben o no pueden ponerle remedio. Los cantos de sirenas que oye Miguel, alter ego del autor, le atraen de manera que no sabe incluir a Tana en estos momentos de su vida. Hay dos personajes que me atrajeron mucho. Se trata, en primer lugar, de Francois, francés, profesor compañero de Miguel en la facultad, el personaje más interesante de la novela. Inconsecuente hasta la nausea a veces pero consciente de serlo en todo momento. Quizá Miguel añora su libertad. Quizá Francois añora la estabilidad que debiera tener Miguel. Tampoco queda claro. Los personajes, las personas, que más me interesan no son blancos o negros. Son como son y, además de los dos protagonistas, presencias o ausencias constantes en todas sus novelas, es el personaje más logrado de toda su obra. El otro personaje que más me ha interesado de Quadrupedumque es utis. Sí, así se llama este desdoble del propio Miguel. A veces Miguel; a veces utis. Una especie de conciencia que advierte al protagonista constantemente del peligro que entraña su aventura: perder a Tana, perder a quien más quiere o, incluso, a la única persona a la que quiere en esos momentos. Los demás personajes femeninos del libro no me han interesado demasiado. Son un medio para que estos tres (o cuatro, depende de utis) protagonistas vayan contándonos sus vidas.

Hay dos momentos que valdrían por sí solos la novela. Son los fragmentos más largos de la historia. El primero es de Miguel y el segundo de Tana, van seguidos. Ambos presienten lo que va a ocurrir: la ruptura. Ninguno de los dos hace demasiado por remediarlo. Miguel asume los tópicos de la joven progresía de aquellos años. Tana no los comprende. Los asume porque ya ha decidido que es con Miguel con quien quiere pasar la vida, pero no termina de entenderlo. Le pide que escriba. Sabe que tiene que hacerlo para terminar de ser feliz, de comprender el momento que vive. Inicié estas líneas con la pregunta ¿por qué escribimos sobre nuestras vidas? Tana me responde: para tratar de comprendernos.

La forma narrativa es el otro gran tema de Conget. La voluntad de estilo; el desarrollo del monólogo interior; el estilo indirecto libre, libérrimo; el deseo de transcribir lo que se habla, más aun: lo que se piensa. Hay quien ha escrito que Conget es un narrador postmoderno. No sé. Quizás en estas novelas sí lo sea. El deseo de romper con todos los esquemas prefijados por la norma, por la sintaxis. El ritmo, los dejes peruanos de otros personajes frente a la prosodia aragonesa de los protagonistas. Todo esto está en Quadrupedumque.

Fue cuando escribía la segunda novela, Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias, cuando empezó a valorar la idea de la trilogía. La primera novela estaba ideada y publicada como una obra en sí misma. Diría que lo es, que puede serlo. Pero el segundo libro aclara muchos aspectos de ella. La primera parte es un recorrido por el terreno de la infancia: Zaragoza; sus padres; su tía tan querida a la que sintió como se siente a una madre; su abuela; la perplejidad del niño ante el paso del tiempo: del pasado al presente; su ingreso en el infierno gobernado por los jesuitas; los veranos: el único tiempo en que sintió que fue feliz. Puede parecer una infancia tópica, pero se apresura a aclarar que no lo fue: “No siento aquellos años como una patria añorada.” En la segunda parte tenemos al Zabala del presente: profesor en un instituto en Cádiz, separado de Tana y angustiado por sus últimas palabras: “¿Pero tú quién eres?” Es el momento de irlo descubriendo y lo hará y comparando su presente con el que podría haber sido. El humor también está siempre presente. La profesión que asumía aunque no le gustaran los métodos. En el título se recogen esos comentarios a la Guerra de las Galias que emparentaban sus años de profesor en Cádiz con los de alumno en los jesuitas de Zaragoza: los materiales eran los mismos. ¿Cómo podían interesar a adolescentes que no entendían nada de lo que aprendían casi de memoria? En la tercera parte vuelve a dar la voz a Tana, que también repasa el tiempo incierto de la infancia y que en Zaragoza o en Barcelona no deja de sentir que su vida tendría que estar junto a él.

La primera parte y la tercera son biografías, noveladas pero biografías de los protagonistas. Entre ellas están las que podrían ser notas de un diario: algunas de ellas nos aclara que tachadas. Sigue siendo el autor preocupado por la forma como si fuera un protagonista más de la novela. En el prólogo que hace a la reedición de su cuarta novela, Todas las mujeres, nos aclara que ya no está tan interesado en esas aventuras formales. Sí, son aventuras formales, pero tienen vida. Una vida que aparece ya como protagonista, en todo su esplendor, en la tercera novela: Gaudeamus.

El inicio del himno universitario sirve a Conget para transportarnos a los años de estudiante en la Universidad de Zaragoza. Los otros protagonistas ya han aparecido escuetamente en los libros anteriores: Rafa Carnicer en Quadrupedumque y Juan Lizalde en los Comentarios… La entrada en escena de Carnicer es colosal. El resto no demasiado. La vida de Zabala, aun inmerso en ese laberinto del infierno que fue el colegio, se debate entre el amor y el respeto a su familia, la pasión por los tebeos, el cine y los libros, y el deseo de explorar el cuerpo femenino. Quizá sea este Gaudeamus el libro que más me ha gustado de los tres. Quizá también de toda su obra. Las sensaciones encontradas que le producía María Eugenia, su amor platónico de entonces son muy asumibles. Las dudas: el asco y la fascinación que sentía ante Carnicer. Y el amigo de toda la infancia, Lizalde, siempre ahí, con unos referentes tan cercanos. Las primeras tertulias, las primeras copas, la impotencia… Querer ser y no poder serlo tantas veces. Al final de esta novela se produce el encuentro con Tana. No se deja ver claramente, pero se presiente que a partir de ahí todo va a ser diferente.

La Trilogía de Zabala es el libro de José María Conget que todos debiéramos conocer. No se trata de conocer una época, ni a un autor fascinante: se trata de empezar a conocernos a nosotros mismos.

22 septiembre 2011

Horror en la nieve, sangre en los ultramarinos

Caribou Island

David Vann

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-397-2422-3

273 páginas

21,90 €

Traducción de Luis Murillo Fort


José Martínez Ros

Una de las especialidades de la crítica gala es descubrir escritores norteamericanos. Es una venerable tradición que se remonta a Edgar Allan Poe y al más grande de todos los críticos literarios que ha tenido jamás Francia (y probablemente, cualquier otro país): Baudelaire. Recientemente, le tocó a Paul Auster (los eruditos norteamericanos aún no se explican qué demonios le ven en Europa). Y ahora ha bendecido con un premio Medicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia a un joven autor, David Vann, el último avatar, al parecer, de la raza de novelistas norteamericanos “duros”, exploradores de paisajes agrestes tanto interiores como exteriores, y por tanto descendiente de Melville, Hemingway, Mailer y, por supuesto, el gran Cormac McCarthy. Ya que uno de los personajes más ridículos de su nueva novela es de origen francés, Monique, una chica que, absurdamente, y a pesar de su gran belleza e inteligencia, opta por acostarse con un gilipollas -no lo digo yo, el narrador hace un gran y nada disimulado esfuerzo en que pensemos que lo es-, esperamos que pronto rectifiquen.

Por cierto, tal estirpe de machos literarios fue satirizada por el ingenio terrible de Aleksandar Hemon en su última obra publicada en España, Amor y obstáculos, en la figura de un supuesto ganador del Pulitzer, llamado Richard Macalister, capaz de escribir tranquilamente frases de esta jaez: "Uno de estos días la espesa y quitinosa cortina del mundo se abrirá, y la mierda y el dolor nos caerán encima y nos ahogarán" o (mi preferida, describiendo una escena bélica) "Le estamos abriendo nuevos agujeros al culo del mundo". Pero, y para ser francos, tras leer Caribou Island no creo que el joven Vann esté dotado para tales extremos de tragedia. Leyendo esta novela me vinieron a la cabeza esos inefables telefilmes que Antena 3 o Tele 5 (ignoro si lo siguen haciendo, pues, por ventura, me libré de la televisión hace tiempo) solía emitir a la hora del sesteo, cuyos argumentos solían resumirse en “juventud violada”, “infancia cancerígena” o “hay un psicópata en el supermercado, qué miedo”. La estrategia narrativa de Vann –que está particularmente obsesionado con el suicidio- es más sencilla que el mecanismo del botijo: presenta a unos cuantos personajes y hacerlos sufrir horriblemente, aunque para ello deban actuar contra toda lógica. Lo que no lo convierte, digamos, en un autor muy moderno: en la postguerra española, si echamos la vista atrás, ya existió el “tremendismo”, aunque desde luego obras como La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo o Nada son mucho más elaboradas y complejas.

Lo que más se suele alabar a Vann y por lo que se le compara más a McCarthy es por la fuerza de su prosa, además de su ya citada querencia por los parajes lejanos y agrestes, aunque el primero tiende hacia el frío (Alaska) y el segundo al calor (la frontera estadounidense-mexicana). En efecto, Vann es un prosista competente y llega a escribir alguna frase dotada de cierta fuerza, aunque no esperen los alardes del autor de Meridiano de sangre o La carretera, pero tal cualidad –nada excepcional, pueden creerme- queda opacada por una notable incapacidad para construir personajes creíbles o plantear una escena mínimamente sutil (es decir, no tremendista). Caribou Island, resumiendo, va de una pareja madura que desea –también absurdamente- mudarse desde la ya agreste costa de Alaska a una isla todavía más gélida y desolada que da nombre al libro. Alrededor de ellos hay unos cuantos (desdibujados) personajes: un hijo pescador fumeta, una hija veterinaria que no se entera de nada, el prometido de esta, un cretino integral que es el dentista del pueblo, la chica francesa de la que hablábamos antes y que se comporta como los norteamericanos piensan que se actúan las europeas decadentes, es decir, como una zorra descerebrada, y su novio, que pasaba por allí y tampoco hace nada especial. La novela, como buen telefilme, carece, por supuesto, del más mínimo humor, pero resulta tan complicado tomársela en serio que a veces, es ineludible, hay que esbozar alguna sonrisa. Si están interesados en los bellos parajes del norte del continente americano, recomendamos que ignoren este bodriazo y se pasen por FNAC y compren el pack –ya debe estar bastante rebajado, hace ya una década de su emisión- de la magnífica y divertidísima serie Doctor en Alaska.

21 septiembre 2011

Pide otra ronda, Keith


Vida. Memorias

Keith Richards

Global Rhythm, 2010

ISBN: 978-84-9942-080-6

518 paginas

25 €

Traducción de Helena Álvarez



Daniel Ruiz García

Siempre me sorprendió el dibujo que Marianne Faithful hacía de Keith Richards en sus suculentas memorias. Era el retrato de un buen chico, de enorme corazón, bastante reservado y calladete. Todo un caballero. Es un boceto, pienso, que difiere bastante de la imagen pública más extendida de este personaje, quien representa como nadie la esencia no sólo de los Rolling Stones como icono cultural y social, sino también de la actitud roquera propiamente dicha. Su influencia tanto estética como musical ha sido notoria en la historia de la música popular durante el último cuarto del siglo XX. Antes de ser encumbrada a la categoría de icono de la punkmodernidad, Patti Smith jugaba a disfrazarse de chico malo, más concretamente del guitarrista de los Stones, al que anhelaba parecerse mientras se exhibía a las puertas del CBGB, intentando captar la atención y que alguien la colara en aquel antro. Por lo general, todos aquellos punks querían parecerse a Keith. Y todos acabaron mal: se quedaron en el camino, demasiado jóvenes e inocentes para aprender la lección a tiempo de no acabar en la morgue. El autorretrato que Keith Richards pinta en sus memorias es el de un superviviente. Un perro viejo que ha logrado sobreponerse a mil maremotos, tanto físicos como emocionales. Y que está de vuelta para contarlo.

Confieso que abordé el libro con cierto miedo: las autobiografías de artistas suelen ser, por lo general, bastante decepcionantes. Pero lo cierto es que me lo he pasado en grande. Las memorias de Keith adolecen de lo que suelen adolecer este tipo de libros: vanidad desorbitada, egocentrismo, alcahuetería, adulaciones desmesuradas y veneno. Aun así, el periodista James Fox, que es quien ha convertido en literatura todo el testimonio del guitarrista, ha sabido dar al libro el tono adecuado. Y es por ello que la lectura resulta muy agradable. En ocasiones uno puede hacerse la idea de que, en lugar de leer, está escuchando a un viejo acodado en la barra de un bar que diserta sobre su vida sin dejar de trasegar cervezas. Las quinientas páginas de estas memorias son un enorme contenedor de vivencias y anécdotas en el que uno chapotea con avidez, incluso con alegría, divertido por el flujo de la cháchara y la capacidad de mantener siempre los ojos bien abiertos, atentos a la próxima barbaridad.

Son unas memorias a la altura del personaje. Hay autoindulgencia, hay mucho farol, pero también, en algunos casos, el libro exuda sinceridad. Como puede imaginarse, su compañero Jagger es el epicentro de la mayoría de los dardos, pero siempre son dardos esculpidos con gracia, con ironía, con mala leche. A Jagger le da bastante estopa, pero siempre de forma afilada y al tiempo escorada, como quien quiere decir sin decir. Las puyas al cantante de los Stones son previsibles y por tanto no tan sorprendentes, pero no así su opinión sobre otros contemporáneos. Richards es sobre todo un hombre de acción. Más allá de las disquisiciones sobre música y guitarra, hay poca enjundia intelectual en el relato. Todo son hechos, anécdotas, vivencias, a partir de las cuales Richards establece, a la manera de pequeñas parábolas, su reflexión y su moraleja sobre los personajes de los que habla. Los de Lennon, Spector, Capote o Margaret Trudeau (esposa del primer ministro de Canadá) son algunos de los retratos más curiosos del libro, pero hay otros muchos que resultaría demasiado farragoso enumerar y que añaden bastante pimienta al conjunto.

Encontramos a un Keith Richards que está haciendo el camino de regreso, y que es consciente de toda la pólvora que ha quemado, y del ruido que ha hecho. Un ruido que le ha venido bien aunque a veces ha distorsionado su imagen y su propia leyenda. Por eso él entra al trapo y matiza. Gracias a eso conocemos, por ejemplo, que lo del cambio de sangre, su gran contribución al universo de las leyendas urbanas universales, nunca fue más que eso, una enorme leyenda urbana, sin fundamento lógico ni por supuesto real, que él nunca tuvo interés en desmentir. O, por ejemplo, que la ridícula caída del supuesto cocotero que lo tuvo fuera de juego durante la última gira de Forty Licks nunca fue así: fue un accidente en toda regla que estuvo a punto de costarle la muerte (tuvieron que abrirle el cráneo y extirparle un coágulo cerebral).

Es un libro rico en anécdotas, pero en el que, por encima de la apabullante palabrería, se intuyen ausencias, fugas. La relación de Richards con las drogas y su condición de yonqui ocupa un lugar importante en la biografía. Habla del enganche, y también del mono, o más bien de su amenaza, que le perseguía obsesivamente. Esta obsesión con la heroína lastra un poco la crónica de unos años decisivos en la historia de los Rollings Stones, en los que Richards vive por y para la heroína, descuidando los progresos del grupo. Se echa en falta, por ejemplo, una descripción más pormenorizada del proceso de grabación de Exile on Main Street, una de las grabaciones más legendarias de la historia del rock. Durante ese tiempo, Richards vive obsesionado por el caballo, lo que le lleva a vivir de espaldas a la realidad, perdiéndose lo mejor de la fiesta. Invariablemente, vivió todos aquellos años tumbado en los aseos, con la aguja en el brazo como una mascota. Sin la heroína, el cantante de los Stones nunca hubiera sido el mismo, pero uno no puede dejar de imaginar las buenas historias que Richards hubiera retenido de aquellos años de no haber estado siempre tan puesto.

Después de leer el libro, y de dejarlo reposar un poco, lo cierto es que uno acaba creándose una imagen general de Keith Richards que no está muy lejos del dibujo de la antigua novia de Jagger. Por encima de los anillos de calaveras, más allá de los excesos y de la imagen de chico malo que tanto marcó a toda la generación punk, Richards resulta más bien un caballero, con la vigorosa nobleza de un purasangre, al que en todo caso el tiempo no ha hecho sino recubrirlo de cinismo y sinvergonzonería. Un crápula honorable, acodado en una barra americana, que no deja de contar batallitas a quien quiera escucharle y pide nuevas rondas. Eso son las memorias de Richards, un libro que es toda una celebración de rock, malditismo y saludable vida insana.

20 septiembre 2011

En el cementerio con Eros

En la cama con la muerte. [25 poemas fúnebres]

Luis Alberto de Cuenca

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Anejos de Siltolá"

ISBN: 978-84-15039-77-8

80 páginas

18 €

Fotografías de Miguel Fernández-Pacheco y Marcela Lieblich



Jesús Cotta

Este libro es una antología temática de poemas de Luis Alberto de Cuenca que no parece una antología, sino un libro con una unidad temática y escrito para ese título tan estupendo que le ha regalado su amigo Miguel Fernández-Pacheco. Este, además, le ha prologado el libro con el fragmento de una carta suya al poeta. Y este prólogo feliz, espontáneo e íntimo confiere a todo el libro un aire que, como la amistad, la muerte y las cosas importantes, está alejado de lo canónico y lo académico.

Quizá por eso en este libro los poemas parecen otros y nuevos y refulgen como oro al sol. En un libro dedicado, sin psicoanalismos, a Eros y Thánatos, que se citan en nuestra alcoba, cobran más y nuevo sentido versos como “la droga de la vida me mataba” o este otro que es Platón entero puesto en verso: “Todo vive en la Tierra porque antes ha vivido/ en el Cielo”. O “Sus ojos/ ya no arrojan al mar residuos radiactivos” y otros muchos, sobre todo en los finales, que se clavan como flechas en el pecho.

Los poemas pretenden a la Pálida de muchas maneras, por arriba, por abajo, por delante, por detrás, en presente, en pasado, en sueños, en vivo y en directo, en carne viva, en carne muerta, en boca de ánimas en pena o de resucitados misteriosos o de visitantes nocturnos y oníricos, pero todos tienen un elemento común: la ausencia de desesperación, de negrura, de tiniebla, de angustia... Al contrario, estos poemas ambiguos y aristocráticos en torno a la Parca rezuman familiaridad, chispa, ingenio, humor, complicidad, erotismo, pasión, en definitiva, vida por los cuatro costados y por todos los poros y a raudales, como esos banquetes en que los antiguos romanos hablaban de la muerte antes del placer para disfrutar a manos llenas de la vida. Y en cada uno de ellos palpita una historia de amor erótico, 'in medias res', sugerente de cosas no dichas y de la que el autor transmite la impresión de saber mucho más de lo que nos cuenta, ingeniosa y frescamente engarzada a veces en alguna tradición literaria.

Las fotografías son estupendas y junto con los poemas habrían hecho las delicias de aquel grupo llamado "Los crepúsculos", compuesto por escritores como Agustín de Foxá o Ramón Gómez de la Serna, que se reunían en sábados otoñales en los cementerios o jardines románticos de Madrid. Eso sí, aquel grupo tenía un toque escapista y nostálgico del pasado que estos poemas de Luis Alberto de Cuenca no tienen, porque, aunque hablan de la muerte, son frescos y nuevos como el rocío de madrugada. Las fotografías están muy bien traídas para los poemas o quizá pueda decir que los poemas están muy bien traídos para las fotografías. La relación entre imagen y palabra en el libro es discreta y elegante, reveladora de algún aspecto del poema y nunca banal. Otras veces la fotografía es la plasmación visual que el poema evoca en la imaginación o al menos a mí así me lo ha parecido. Son fotografías, como los poemas, de la sensualidad de la muerte, tomadas casi todas en cementerios y mausoleos por Miguel Fernández-Pacheco y Marcela Lieblich, a quienes de aquí felicito por idear este libro que, lo digo sin retranca, es un regalo delicado para amantes de lo crepuscular, del lubricán, de lo gótico, de la Parusía, de lo póstumo, de las postrimerías, del Apocalipsis, del Séptimo Sello, del amor ante, con, contra, desde, hasta, para, por y tras la muerte... en fin, para los que ante la muerte no esconden la cabeza como el avestruz y el hedonista de carnes temblonas, sino que la miran cara a cara, con lo que hay que tener, 'id est', con sutileza e intensidad por dentro y con valentía y humor por fuera, ah, y sin faltarle al respeto. Dicho en plata: como los buenos poetas, como Luis Alberto de Cuenca.

19 septiembre 2011

Desmontando a Vila-Matas



Chet Baker piensa en su arte

Enrique Vila-Matas

DeBols!llo, 2011. Colección "Contemporánea"

ISBN: 978-84-9908-767-2

350 páginas

12,95 €




José M. López

DeBolsillo ha tenido la iniciativa de crear su particular colección Biblioteca Vila-Matas (Barcelona, 1948), con la pretensión de reeditar los principales textos del escritor. El pistoletazo de salida para este proyecto que busca, lógicamente, añadir algunos ceros a las respectivas cuentas corrientes de editorial y autor comienza con tres volúmenes: En un lugar solitario (primera narrativa del autor), Dublinesca (su última novela) y Chet Baker piensa en su arte. Este está compuesto por una antología de relatos que el autor ya ha publicado en anteriores y diferentes etapas, además de un último texto inédito que da título al libro.

Aunque la grandeza de este narrador distinto y enigmático cobra especial fuerza en su producción novelística, bien es cierto que lo breve, lo anecdótico y lo fragmentario suponen el germen de la insondable cosmogonía que encontramos en cada uno de sus textos extensos. Por ello, debemos advertir a los lectores potenciales, sobre todo a los incondicionales del escritor, que no encontrarán en estos relatos al mejor Vila-Matas, pero sí podrán indagar en las semillas que han dado origen a obras maestras como El mal de Montano o París no se acaba nunca.

Al igual que en sus novelas, en los relatos encontramos una tendencia a vivir en la frontera de los géneros, donde el autor, desorientado, deambula dando tumbos entre lo narrativo y lo ensayístico. En algunos textos incluso la anécdota es apenas inexistente, y la inicial apariencia de trama tan solo sirve de marco para encerrar una serie de reflexiones metaliterarias. Es el caso de “Chet Baker piensa en su arte”, un cuento extenso o novela corta en la que un crítico literario reflexiona sobre la necesidad de encontrar un punto medio entre el modo de narrar vanguardista e irracional, representado por el Finnegans Wake de Joyce, y la literatura tradicional de corte más realista, representada por Simenon.

No vamos a negar que este tipo de textos, bautizados por el propio autor como relatos de “ficción crítica”, puede llegar a desquiciar al lector que, apoltronado en su sillita de playa o apelmazado en su minúsculo asiento de metro, está ávido por toparse por secuencias eminentemente narrativas, una introducción, un nudo, un desenlace o un verbo en pretérito perfecto simple. Pero si el acomodado receptor es paciente, sabe romper con su horizonte de expectativas y se olvida de que en la portada del libro aparece el término “relatos”, podrá disfrutar de este extenso ensayo rebosante de interesantes reflexiones acerca de los nuevos caminos que debe emprender el antiguo arte de contar historias.

Pero no os asustéis. No todos los textos de esta antología se sustentan en la reflexión expositiva. La mayoría, y, en mi opinión, los que mejor dejan entrever el talento de este subyugante escritor, son aquellos eminentemente narrativos, y donde la crítica o el pensamiento resbalan tímidamente de las fascinantes historias que recorren el relato. En estos encontramos los temas que recorren toda la obra de Vila-Matas y que conforman su universo temático: la imposibilidad de discernir entre realidad y ficción (“Una casa para siempre”), las graves repercusiones de la literatura (“El efecto de un cuento”), la identidad que se difumina (“Dos viejos cónyuges”), la desaparición del creador (“El arte de desaparecer”) o el doloroso compromiso con lo escrito (“Me dicen que diga quién soy”). Historias todas enmarcadas en lugares ya mitificados por el autor, como el París de la bohemia, las calles húmedas de Barcelona o las islas Azores, Ítaca fantasmagórico a donde los personajes tienden de manera irremediable.

En “Porque ella no me lo pidió”, por ejemplo, una novela corta que se erige, quizás, como la mejor pieza de la antología, se tejen todos estas inquietudes que perturban al autor. Es la historia del propio Vila-Matas, al que la excéntrica artista Sophie Calle le pide que escriba un cuento para ella, de manera que pueda llevarlo a cabo en su vida real. De esta forma el escritor catalán nos introduce, a través de su hipnótica prosa, en una espiral de subyugantes historias que terminan conformando una precisa sala de espejos donde nada es lo que parece ser. Y es que con Vila-Matas el lector nunca está seguro ni a salvo. Sus convicciones, sus expectativas se van desquebrajando a lo largo del relato, y, extenuado tras la permanente ruptura de las convenciones narrativas a las que se ve sometido, ni siquiera se siente capaz de diferenciar entre autor, narrador, personajes y personas reales, llegando incluso a dudar hasta de su propia entidad como receptor del mensaje.

Sí, seguramente no encontraremos en esta antología al Vila-Matas más sublime, pero sí la materia prima que conforma su obra mayor, así como las huellas que nos facilitarán la arriesgada tarea de adentrarnos en el fascinante mundo de uno de nuestros mejores novelistas actuales, cubierto, sin duda, por el extraño abrigo de la genialidad.

16 septiembre 2011

Una historia conmovedora, asombrosa y genial

Zeitoun

Dave Eggers

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-397-2283-0

320 páginas

21,90 €

Traduccion de Cruz Rodríguez Juiz



Fran G. Matute

Dave Eggers bien podría considerarse uno de los personajes más influyentes de la literatura norteamericana de principios del siglo XXI de no haberse ramificado y/o expuesto tanto (¿quién, en su sano juicio, se dedicaría a ser editor, crítico, novelista, relatista, ensayista, profesor, guionista y filántropo?). En cualquier caso, es justo reconocer la importancia de este amante de las letras (en toda su extensión) como catalizador de talentos de la talla de David Foster Wallace, Michael Chabon o Jonathan Lethem, a los que dio a conocer gracias a sus publicaciones literarias, particularmente McSweeney's, que se convirtió en el ágora de la nueva narrativa estadounidense, esa que en España se vino a conocer como "The Next Generation".

Lo curioso del caso es que si bien Eggers ha demostrado siempre solvencia y tino para identificar la valía literaria en los textos escritos por sus coetáneos, su propia obra ha tendido a desmerecer, artísticamente hablando, en comparación. Quizás por presentar un 'opus' excesivamente meándrico, quizás porque la ficción no ha sido nunca el fuerte de este escritor (admitamos que sus novelas no son de lo mejorcito de su producción). Pero, en cualquier caso, la realidad nos pone de manifiesto que Eggers gestiona mejor el talento externo que el suyo propio. Y es en el marco de esta reflexión que nos topamos con su última publicación hasta la fecha: Zeitoun (2009), una narración cuasi periodística (que nos atrevemos a etiquetar como "ensayo" por proximidad estilística) sobre la triste aventura vivida por Abdulrahman Zeitoun y su familia durante el 'aftermath' del huracán Katrina en Nueva Orleans.

Con un estilo narrativo limpio y directo, Eggers desgrana, no sin cierta vocación novelística, los pormenores padecidos por Zeitoun, empresario de origen sirio, que decidió quedarse en la ciudad durante la tormenta para salvaguardar sus pertenencias y vigilar su negocio, convirtiéndose , por méritos propios, en uno de esos "héroes anónimos" (como gusta catalogar a la prensa estadounidense) del desastre, en su afán por ayudar de forma desinteresada a sus vecinos gracias a sus constantes paseos en canoa por las anegadas calles de la ciudad de Louisiana. Pero Eggers no pretende caer en victimismos ni en alardes filantrópicos con esta historia -y eso que lo recaudado con la venta de este libro se destina a causas benéficas relacionadas con la reconstrucción de Nueva Orleans-, porque al margen de la odisea familiar que cuenta este Zeitoun, la realidad va mucho más allá de una bonita historia de superación y heroismo.

Lo que verdaderamente plantea Eggers con este texto es el grado de putrefacción que vivió la ciudad (y por ende su organización administrativa y humana) en los momentos posteriores al desastre natural. La cuestión principal a tener en cuenta es que, en medio del caos, a Zeitoun lo confundieron con un terrorista de Al-Qaeda y bajo esa mera (y vaga) presunción le cortaron, de raíz, prácticamente todos sus derechos fundamentales. No se trata de un cuento con moralina (aunque obviamente esta historia viene cargada con una). No pretende Eggers demonizar el injusto arresto sufrido por Zeitoun por el mero hecho de que hubiera estado salvando vidas desinteresadamente (aunque lo anterior funcione como perfecto contrapunto dramático para su narración). Tampoco da la sensación de que Eggers esté haciendo un alegato sobre la paranoia existente en los EE.UU. contra los practicantes del Islam (aunque haga hincapié en el desconocimiento generalizado que la sociedad norteamericana tiene sobre dicha religión). El protagonista de esta historia bien podría haber sido un WASP que se hubiera quedado en casa encerrado durante la tormenta, comiendo perritos calientes y esperándolas venir, y, extrañamente, la narración que Eggers nos propone nos hubiera parecido igual de impactante, por el mero hecho de que está tan bien escrita que nos ha llegado al alma.

Nos hemos hecho amigos de la familia de Zeitoun, una familia con ramificaciones en Siria y en España. Tres puntos cardinales que constituían un curioso triángulo de las Bermudas de (des)información, tensión y desesperación desde la distancia. Hemos padecido sus penurias y sus pequeñas alegrías. Hemos acompañado a Zeitoun por las calles de Nueva Orleans alimentando perros abandonados y rescatando ancianos. Hemos conocido a un trabajador incansable de esos que construyen cosas importantes con el esfuerzo y el sacrificio, en lugar de andar quejándose por todo y maldiciendo el sistema. No deja de resultar curioso que el título de la primera obra que publicó Eggers, puramente autobiográfica y que contaba una historia de superación personal frente a la adversidad, se tradujera en España como Una historia conmovedora, asombrosa y genial (2000), porque eso es, exactamente, lo que es Zeitoun: un libro que conmueve como pocos, que narra una historia asombrosa (aunque lo que se asombre es que semejante drama haya ocurrido hace cinco años en la supuesta primera potencia mundial) y que nos presenta a un personaje genial, un A. Zeitoun cuya odisea sí que merece ser contada. Por todo lo anterior es por lo que la existencia de este libro es un nuevo acierto en la obra de Dave Eggers, uno de los grandes gestores de talentos ajenos.

15 septiembre 2011

La dulce sed


Los idiomas comunes

Laura Casielles

Hiperión, 2010

ISBN: 978-84-7517-976-6

77 páginas

9 €

XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal



Rafael Suárez Plácido

Hay quien piensa que la presencia de una voz nueva en la poesía ha de ser una irrupción: lo joven, lo nuevo ha de llegar con todas las pretensiones. Hay algo de cierto en eso. Pero la realidad es que casi siempre se queda en un intento, en ganas de romper. Podría citar nombres de poetas que llegan pidiendo un sitio sólo porque son jóvenes. Y en realidad no hacen más que repetir esquemas prescindibles de ruptura. A veces se escudan en una supuesta Postmodernidad cuando ni siquiera saben de qué están hablando. Les parece que es un cajón de sastre donde todo vale. Uno de los preceptos es que no admiten casi nada de lo que ya está hecho, ni como obra ni como pensamiento crítico. Piensan que eso también les favorece. Si un crítico no valora lo positivamente que quisieran su obra se evaden con reflexiones negativas sobre dicho crítico. En realidad, eso es más frecuente, no sólo se da en autores jóvenes y primerizos. Pero normalmente se entra en un debate que no anula la crítica. Estos poetas, en cambio, niegan lo que no les complace y, también con frecuencia, montan sus propios círculos donde tratan de dar la vuelta a la cuestión.

Esta reflexión no trata de generalizar. No todos actúan así. También surgen autores interesantes. Un ejemplo es la incipiente obra de Laura Casielles (Pola de Siero, 1986). Y lo es desde su primer poema publicado, toda una declaración de intenciones, para el que usa un símil bélico:

Le explicó que en el campo de batalla
debía quedarse atrás,
donde las balas llegan cansadas
y el fuego es tibio.

Que dejara
para otros el filo traidor
de las medallas.

(…)

En los tiempos de calma
sirven también las reglas de la guerra.

En retaguardia se guardan
mejor las fuerzas,
y es la única atalaya
capaz de tener por norte el horizonte.”

Con esta bella imagen comienza su primer libro: Soldado que huye (Hesperya, 2008). Yo conocí sus versos en una hermosa antología que preparó José Luis García Martín sobre los encuentros Poesía en Valdediós. Se titulaba A pesar de todo e incluía algunos de sus versos. De ahí pasé al libro ya citado. No es fácil encontrarse una declaración de humildad tan generosa en un primer libro. El libro es un camino de iniciación en la vida, en el amor, que esconde una manera de entender la Poesía que me gusta. Con el paso de los versos, la voz va tomando fuerza, hasta el punto de si no negar lo dicho, sí empezar a avistar ese horizonte.

“Un ángel y un diablo sentados sobre mis hombros,
aureas mediocritas,
el legado maldito de los que sobreviven.”

La forma de despojarse de ese peso que supone la dorada mediocridad es maldecir la propia suerte, la propia vida de quien todavía no ha dado los pasos para asentarse en el mundo, la voz que ya ha dejado de temblar comienza a hacerse fuerte y ya no se esconde. Con estos mimbres, es lógico esperar con muchas ganas el inicio del nuevo libro.

El premio de Poesía Joven Antonio Carvajal marca esta nueva etapa. Los idiomas comunes (Hiperión, 2010) retoma concienzudamente el final del libro anterior y la voz se ofrece plenamente, ya desde los primeros versos. Ya nadie se esconde. Con la expresión que ya usó recientemente Juan Antonio González Iglesias, que tomó de una tradición que va descubriéndose a lo largo de los siglos: Henry Miller, Fray Luis de León, Jesucristo antes que nadie. Ella toma la idea de Szymborska, de la cita que inicia el libro y que concluye: “Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.” Me parece no sólo justo, sino hermoso. El poema se llama "Ofrenda":

“Toma,
este es mi cuerpo,
te estaba esperando…”

Y ese cuerpo, esa voz, no es nada si está sola:

“a veces no estás y no es nada,
a veces cuerpo,
a veces voz.”

El libro es un paseo a lo largo de la vida de la poeta. A veces nos habla de sí misma: de su infancia, de sus orígenes. A veces nos habla de las personas que le acompañan. Su pasión por conocer va más allá de los límites del lenguaje poético. La poeta sólo sabe que quiere conocer el mundo en el sentido más literal de la palabra. Hay poetas que escriben desde el silencio de su habitación y enfrascados en los límites de su biblioteca. Es una opción válida que ha dado obras muy interesantes. Lao-Tsé escribió que lo que no puedas conocer en esos límites, no lo podrás conocer nunca. Ni siquiera hablaba de la biblioteca, sólo de uno mismo reflexionando solo. Pero Laura Casielles entiende la Poesía de una forma diferente. Ella ansía conocer el mundo: las diferentes voces, los problemas verdaderos de todos y cada uno de nosotros. Y entiende que para ello es necesario aprender los idiomas de la gente. Su poesía no se detiene en las grandes voces, sino es un medio para mostrar al mundo esas inquietudes.

El libro se divide en cuatro partes, que son un camino que hay que recorrer para llegar al milagro. La voz nunca es neutra: desde el inicio nos transmite la emoción de la belleza y el extrañamiento.

“Voy a contaros algo hermoso. En esta tierra
la gente toma el nombre de sus hijos.”

En la segunda parte nos muestra su ideología, a veces contra natura, pero siempre firme y decidida. Su corazón se debate entre el ser conservador que quiere lo que ama y ese otro ser que ama lo que quiere y que cree en conceptos como el bien común, que está ahí para que todos lo podamos disfrutar. Y a esa lucha dedica su tiempo. A esa lucha dedica también sus versos. A veces con cierto sentido del humor, como cuando escribe sobre el corazón:

“Y ahí nosotros, siempre en lucha
por demostrar que sigue estando,
como afirman los latidos,
a la izquierda.”

Empecé hablando de los poetas jóvenes que se consideran postmodernos y que no asumen la ideología. Asturias es tierra de luchadores, siempre lo ha sido. Pero en este libro asoman, en forma de citas, algunos poetas del sur que piensan que no es un valor a desdeñar. Se trata de Pedro del Pozo o de David Eloy Rodríguez, influencias que se dejan ven especialmente en la cuarta parte, la más lograda, que comienza con La levedad del pájaro, uno de sus poemas más hermosos.

“Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir como pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a la tierra.”

Como también lo es "Habitus", ahí está todo: lo que ha sido, lo que se esperaba de ella y lo que es:

“… la conciencia siempre al borde de la boca,
sus amores sin medida, sin razón y sin nombre,
sus dudas, sus temores, su desgarro,
la aventura constante,
los amigos más dulces y más sabios,
la innegable verdad del tranquilo fluir de estas tardes…”

En el poema "Conjetura" toma fuerza la conciencia ecologista, con versos que estos días están de triste actualidad:

“Cuentan que también vieron un árbol en Hiroshima,
cuando se quedó callada.”

Y al final del viaje, con parada en la casa familiar,

“En torno al río,
una ciudad que llevará tu nombre.

Y en medio de la ciudad,
una casa.”

Al final del viaje, decía, que nunca acaba, la fe en el mundo:

“Esa fe
no se quiebra. Tu sed
Es dulce.”

14 septiembre 2011

La búsqueda del salvaje


La casa de la araña

Paul Bowles

Austral, 2011. Colección "Contemporánea"

ISBN: 978-84-322-2830

512 páginas

10,95 €

Traducción de Rafael Garoz y Carmen Viamonte


Ilya U. Topper

Tres norteamericanos dos hombres y una chica que en cierto modo constituye un vínculo de rivalidad entre ambos se hallan en un país magrebí donde el ambiente es hostil y, sobre todo, incomprensible. Sus relaciones con los 'indígenas' los indican un rumbo hacia parajes cada vez más desconocidos, a medida que la relación entre los protagonistas se vuelve más y más neurótica... ¿Les suena el argumento? ¿El cielo protector, de Paul Bowles? No, esta vez es La casa de la araña, del mismo autor.

En los seis años que median entre la aparición de ambas novelas, Bowles ha hecho un esfuerzo para acercarse al país que describe. Así, si el entorno hostil de El cielo protector parecía un escenario de cartón piedra con escasos figurantes la acción se centra en los tres 'hombres blancos' sumergidos en un mundo que no entienden, que temen y que acaba por volverlos locos, ahora, Bowles introduce un contrapunto: el aparente protagonista del libro, Amar, un adolescente de Fes, acapara gran parte de las páginas.

Es buena voluntad, al menos. En realidad, la acción, la evolución de los caracteres, todo aquello que constituye una novela, se sigue centrando en los tres norteamericanos (o dos: el tercero acaba por eclipsarse de forma indolora a medio camino y sólo queda la pareja formada por el escritor John Stenham y una joven viajera-periodista norteamericana). Las páginas dedicadas a Amar se agotan en minuciosas y muy conseguidas descripciones de la medina de Fes, sus olores, colores, sensaciones, y en las ensoñaciones del chaval.

Como es habitual en Bowles repetiría modelo décadas más tarde en Puntos en el Tiempo, cuando se trata de representar Marruecos, el escritor carga las tintas todo lo posible para dibujar un mundo islamista, fanático, oscuro, cruel. Un mundo en el que se viola a las mujeres que salgan solas por la noche ―al menos habría que hacerlo en la opinión de los personajes― y los cristianos y judíos son objeto de sádicas fantasías, una y otra vez en nombre del 'islam'. Tengo una sospecha: para que no se le reprochara que sus personajes marroquíes actuasen, pensasen, sintiesen como europeos, Bowles ha inventado una mente marroquí-islámica como “debe ser”: distinta a la nuestra, con la palabra 'Alá' cincelada en todas las neuronas.

No es de descartar que Bowles se encontrara con chicos que asociaban la religión a ensoñaciones perversas pero, fino observador que es, acierta a la hora de dibujar sus demás figurantes, comprometidos en la lucha anticolonialista: beben alcohol, se ríen y evalúan la guerra contra la ocupación francesa de forma racional, en términos políticos, no acorde a fantasías de guerra santa. Amar es un extraño incluso en su propio entorno de Fes, donde es el único en albergar una visión integrista del islam (lo que ya es decir, tratándose de la ciudad más religiosa y conservadora del país).

La novela fue publicada un año antes de que Marruecos recuperara la independencia (1956) y la lucha nacionalista, junto a la respuesta francesa, forma un grandioso paisaje de fondo. Aunque la historia oficial hoy pasa de puntillas por la violencia de los últimos años del colonialismo, los archivos confirman los atentados, la represión violenta, con muchas decenas de muertos en ambos lados. Un fresco histórico muy conseguido.

Pero un paisaje de fondo incluso si es tan sobrecogedor y descrito con tanta maestría como la fiesta nocturna del Aid el Kebir en los montes berebereres ― no alcanza para hacer una novela. E ir presentando personajes ― el padre inflexible, el hermano enemigo, el maestro-patrón ― para acto seguido borrar todo rastro de ellos, no ayuda a encontrar un hilo rojo. Sólo hacia la mitad, los destinos de la pareja estadounidense y del chaval marroquí se irán por fin uniendo, pero entonces ocurre lo que a la vez hunde y salva la novela: el fundamentalista Amar, que sueña con degollar a cristianos y violar a sus mujeres, se convierte en un corderito, fiel servidor de los dos dos 'nazarenos' (nisrani, término aplicado a los extranjeros de cultura cristiana) que le han sacado de un apuro. Sin pestañear, sin plantearse siquiera la contradicción (que sólo existe por el planteamiento psicológico inicial de la novela, que en ese momento vuelve a la realidad sociológica).

Al margen de lo acertado que pueda ser representar Marruecos bajo la figura de Amar ―y al margen de la extraña psique de la protagonista femenina a la que yo le buscaría psicóloga― Paul Bowles plantea en la novela una interesante pregunta, que impregna toda la relación entre los norteamericanos: ¿hay que apoyar el progreso de los pueblos 'nativos' hacia la modernidad o hay que procurar que se mantengan en sus formas de vida y tradiciones ancestrales? Stenham, en una actitud de escritor cínico de vuelta de todo, defiende lo segundo, convencido de que la modernidad rompe la armonía de un pueblo que sólo será feliz mientras mantenga sus costumbres. Ella se rebela: ¿cómo llamar felicidad a una vida en la miseria, explotada, sometida a normas rígidas, en definitiva, sin libertad? Aunque podamos intuir en Stenham un alter ego del propio Bowles, no diría yo que él gana este combate intelectual. Lástima que Amar no se pronuncie.

13 septiembre 2011

Una de romanos



Los fugitivos

Carlos Pujol

Menoscuarto, 2011

ISBN: 978-84-96675-58-2

160 páginas

14,50 €




Alejandro Luque

El mercado editorial nos tiene muy mal acostumbrados a distinguir entre una literatura “de calidad” cuyo principal atributo es su capacidad para dormir a las piedras, y una literatura “de consumo” que no duda en sacrificar cualquier atisbo de excelencia en aras de una amenidad mal entendida. Por eso cabe preguntarse si, entre el prestigio de lo abstruso y el éxito de lo banal, tendrá alguna cabida una escritura a la vez ligera y esmerada, rica y gozosa, como la que brinda esa rara avis de las letras españolas conocida con el nombre de Carlos Pujol.

No se explica de otro modo, sino por lo difícil de clasificarlo en el panorama de la narrativa actual, el hecho de que este veterano escritor y traductor barcelonés siga siendo un autor de culto en el sentido más marginal y secreto de la palabra. Tomemos, sin más demora, esta última novela suya, Los fugitivos, cuyo personaje central es un agente secreto español, Agustín López Beruzzi, conocido como Il Capitano, quien recibe la misión de viajar a Roma en pleno verano de 1943 para sacar del país a cierto súbdito británico que resulta ser, ahí es nada, el mismísimo James Bond.

Planteada, pues, a partir de un registro paródico de las novelas de espías, con abundantes guiños a John Le Carré y –cómo no– Ian Fleming, la narración de Pujol no tarda en revelar su madera de escritor, pues en menos de 150 páginas sabe desplegar tantos recursos que casi abruma. Especial mención merece el formidable dibujo de personajes, sobre todo el de la familia romana de López Beruzzi, tan logrado que roba limpiamente el protagonismo al presuntuoso 007, de tal suerte que la trama de género se vuelve de improviso un divertidísimo vodevil doméstico.

No obstante, donde un novelista menos ducho habría derrapado en una mezcla de Anacleto, agente secreto y los hermanos Álvarez Quintero, Pujol sale airoso del desafío proyectando una visión original a partir de los clichés, insuflando vida a modelos prefigurados. Para lograrlo, el barcelonés pone el acento en el lenguaje, con un despliegue de diálogos tan sólidos como ágiles e ingeniosos, trufados de giros afinadísimos, así como en el desarrollo de una historia que va tomando, para solaz del lector, imprevisibles derroteros. Todo ello, dicho sea de paso, sin el menor alarde, sin subrayar el esfuerzo que estos objetivos comportan; por el contrario, el autor se ocupa de retirar todos los andamios para que la obra luzca como si se hubiera hecho sola.

No resulta menos meritoria la recreación, con asombrosa economía de medios, de la sofocante atmósfera que debió de envolver a la Ciudad Eterna en pleno ocaso de Mussolini. En tan extrema situación, la fiel sirvienta Giannina, la despótica y temperamental Adelaide, la solterona Giusta, la cocinera Ottavia, el tío Oreste, encarnan la supervivencia de las personas y de los ánimos, y desde luego del humor, en medio de la barbarie y la sinrazón bélica.

Vinculada de forma coherente con sus últimas entregas, Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes, Antes del invierno y El teatro de la guerra, todas ellas publicadas por Menoscuarto, Los fugitivos se presenta bajo la apariencia de un mero divertimento, pero tan generosa en detalles y claves –que llegan incluso hasta los guiños del colofón Dramatis personae– que invita a releer la obra apenas la hemos terminado. ¿Estaremos de veras a tiempo de descubrir a este “joven” escritor después medio centenar de obras publicadas?


[Publicado en Mercurio]

12 septiembre 2011

Elogiemos a Atalanta


Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina

Liudmila Petrushévskaia

Atalanta, 2011

ISBN: 978-84-938466-0-2

256 páginas

20 €

Traducción de Fernando Otero


José Martínez Ros

Esta reseña, lo aviso, empieza con cierto dudoso aire de publirreportaje. Pero, qué demonios, voy a confesarlo: me encanta la editorial Atalanta. Es estupendo que aún exista una editorial así y tenemos que felicitarnos por ello como lectores -y tal vez también como ciudadanos-, ya que a muchos nos gusta conservar una supersticiosa fe en el valor positivo de la buena literatura en prácticamente cualquier individuo, por mucho que los hechos nos hayan demostrado muchas veces lo contrario...

Lo mejor de una editorial como Atalanta no es sólo que publica con mimo libros excelentes, sino que, además, muchos de sus libros, nos tememos, encontrarían serias dificultades para aparecer en otra parte. Así, su de momento breve pero exigente catálogo abarca auténticos monumentos culturales, básicos para entender otras culturas ahora no tan lejanas en nuestro mundo globalizado, como La historia de Genji o el Ramayama, a algunos clásicos que llevaban demasiado tiempo sin ser publicados en condiciones –de Thomas de Quincey y Von Kleist a Alejo Carpentier y Salvador Elizondo, por ejemplo-, a hipermodernos como el japonés Yasutaka Tsutsui, el autor de la desopilante colección de relatos Hombres salmonela en el planeta porno y de Paprika, una novela vilmente saqueada en la hollywodiense Origen. Y por último, una más que necesaria serie de ensayos centrados en mostrar las limitaciones y contradicciones del racionalismo occidental y en revelarnos la posibilidad de ampliar los horizontes de nuestra psique, en busca de una mayor integración del hombre en la naturaleza que le rodea, entre las que habría que citar Cosmos y Psique de Richard Tarnas o Realidad daimónica de Patrick Harpur. Mi daimón y yo estamos muy contentos por la existencia de Atalanta.

La autora, Liudmila Petrushévskaia, de Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina no es precisamente una recién llegada al mundo de las letras, pues nos hallamos ante sólo una de las quince recopilaciones de narraciones cortas que ha publicado a día de hoy. Por si no fuera suficiente, es autora de novelas, obras para teatro, televisión y cine de animación, ha sido reconocida como una pintora y llegó a actuar en salas de conciertos y cabarets cantando canciones propias, por los que ha recibido los premios más prestigiosos que puede obtener un escritor ruso, y unos cuantos fuera de su país, entre ellos, el 2010, el Premio Mundial a la Fantasía, y todo ello sin que nadie, al parecer, en el ámbito de nuestra lengua, se hubiera percatado o demostrara algún interés. Seguro que los responsables de las principales editoriales españoles estaban muy ocupados acelerando la traducción de la última cagarruta de Palahniuk o de la penúltima flautulencia de Beigbeder.

Como su macabro título indica, los cuentos de este libro son, a menudo siniestros o fantásticos y, a menudo, ambas cosas a un tiempo, pero, en modo alguno, eso los convierte en banales ejercicios de escapismo literario, como sucede con tantos de sus colegas. En el prólogo, Jorge F. Hernández señala certeramente su parentesco con Chejov –en especial, se nota la influencia de sus escasos relatos fantásticos, como "El monje negro"-, mezclado con el mundo alucinante de Gogol y Bulgakov y el peso en su memoria del sombrío periodo soviético, lo que resulta visible en los desvalidos protagonistas de sus relatos: un padre cuya hija muere en la repentina explosión de un autobús, una mujer que enloquece y trata de asesinar al bebé de su compañera de piso, un militar que vuelve del otro mundo para pedir a su esposa que busque su cadáver y lo entierre… De todos ellos, resulta especialmente destacable "Los nuevos Robinson", la narración de una familia condenada a una inexplicada huida que puede considerarse, creo que con justicia, una magnífica parábola sobre la cruel historia de su país.

09 septiembre 2011

La sombra del siglo XX

Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia

Emil Ludwig

Acantilado, 2011. Colección "El Acantilado"

ISBN: 978-84-15277-13-2

161 páginas

16 €

Traducción de Francisco Ayala



José María Moraga

He aquí una reseña muy cortita de un librito muy corto. Tres dictadores… es una deliciosa obra de Emil Ludwig, afamado biógrafo alemán de origen judío (hoy sería polaco: nació en Breslau, hoy Wrocław, cosas de los cambios de fronteras durante el siglo XX) cuyos libros ardían estupendamente en las hogueras nazis de la Opernplatz. Lo anterior no es (solamente) una pedante acotación parentética, es que en el corazón de este baile de nombres, fronteras y nacionalidades se encuentra el mayor acontecimiento histórico del pasado siglo, la Segunda Guerra Mundial. Y esta guerra es el personaje que falta si queréis pero que preside como un fantasma el libro que nos ocupa.

En este caso, el fantasma que recorre Europa no es el del comunismo, sino el de las dictaduras autoritarias de uno u otro signo que se hicieron fuertes en el primer tercio del siglo XX y que desencadenaron la Guerra Mundial. La fecha de edición de Tres dictadores... tampoco es irrelevante: nada menos que noviembre de 1939, la guerra acababa de comenzar pero según como se mire aún no había comenzado “de verdad”. Este es el contexto en el que el recién nacionalizado suizo Ludwig publica su colección de minibiografías de tres de los dictadores del momento, Hitler, Mussolini y Stalin.

Se agradece esta reedición de Acantilado, primera en España desde su aparición original en 1939. Y resulta muy grato también que la traducción ofrecida sea la que en su día hizo Francisco Ayala, con lo que la buena prosa está asegurada. Si no hemos de leer a Emil Ludwig en el original alemán, leamos al menos al granadino Ayala.

Lo más interesante del libro son el carácter contemporáneo de las semblanzas de Ludwig y su conocimiento de primera mano de dos de los dictadores. El autor había tenido la oportunidad años antes de entrevistar a Benito Mussolini y a Josef Stalin (a los que no voy a decir que admira, pero sí que respeta más que al cabo austríaco), lo cual aporta una importante carga documental a esta obrita, aunque el propio Ludwig advierte de su subjetividad: “Historia contemporánea objetiva no es ni posible ni deseable.” La biografía de Hitler no goza de esta ventaja pero no se resiente, en ella Emil Ludwig despliega la misma lucidez, capacidad de análisis e incluso clarividencia que han hecho clásicas a sus biografías.

Incluso clarividencia: emociona pensar cómo Tres dictadores… se editó recién comenzado el mayor conflicto bélico conocido (y el que más profundas consecuencias ha tenido para mayor número de gente) y cómo su autor tuvo que enfrentarse a dudas de política ficción sobre futuribles: ¿Romperán Hitler y Stalin su pacto de no agresión? ¿Entrará Italia en la guerra? ¿Del lado de los Aliados? En algunas cosas Ludwig acierta de pleno: “[P]uede conjeturarse que al final de la guerra Stalin permanecerá todavía en el poder, Mussolini sólo en el caso de continuar neutral, y Hitler, en ningún caso.”

El “cuarto dictador” al que hace referencia el título es el Reino de Prusia, punta de lanza de la unificación alemana y, desde su proclamación en 1871, cabeza del ‘Reich’ alemán. Esta es la tesis de Emil Ludwig: que todos los males de Alemania, su militarismo, su autoritarismo, su expansionismo rampante, su desprecio por lo sublime que en el alma del ser humano hay, todo tiene su germen en la preponderancia prusiana, porque esos exactamente también son los “males” que aquejan a Prusia desde los tiempos de Federico el Grande, los ‘junkers’ y más allá. Esta teoría, bien que argumentada con apabullantes ejemplos, no deja de ser la pata más floja de este librito, y a mi juicio la menos interesante (aunque solo sea por haber quedado obsoleta).

En algunas cosas Ludwig acierta de pleno pero en otras no, pues afirma que estos tres dictadores “serán olvidados tan rápidamente como Napoleón III, quien durante veinte años fue más poderoso que ellos y del que no ha quedado nada” pero lo cierto es que aquí estamos todavía nosotros, 75 años después, a vueltas con los horrores del siglo que nos vio nacer.