30 marzo 2012

Estar solo no es estar desolado


Armenia en prosa y en verso

Ósip Mandelstam

Acantilado, 2011

ISBN: 978-84-15277-36-1

144 páginas

16 €

Traducción y edición de Helena Vidal



Alejandro Luque

«Rusia es el país que más importancia da a sus poetas. En ninguna parte se toman la molestia de ejecutar a tantos». Esta frase, que cito de memoria, resume con nítida crudeza el tiempo que le tocó vivir a Ósip Mandelstam, quien acabó sus días deportado en el infierno helado de Siberia, condenado a trabajos forzados por el mismo Stalin del que había osado mofarse en un epigrama. Ocho años antes de su muerte, en 1930, el poeta ruso y su esposa Nadezhda hicieron un memorable viaje a Armenia. De allí surgió este libro que, con una sobresaliente traducción y un interesantísimo prólogo, recupera ahora el sello Acantilado.

En el momento de hacer las maletas, Mandelstam lleva cinco años sin escribir poesía. Ha sido víctima de una feroz campaña de difamación, vetado en todos los medios y obligado a sobrevivir a duras penas con faenas de traductor. Es entonces cuando Armenia le acoge con los brazos abiertos, y la inspiración regresa como por arte de magia. Las notas introductorias, a cargo de Helena Vidal, dedican no poco esfuerzo en responder a esta cuestión: ¿Qué encontró el poeta en aquella tierra extraña y remota? Puede que fuera su condición de encrucijada entre Oriente y Occidente, el límite del mundo judeo-cristiano; tal vez se dejara conquistar pronto por la nobleza y sencillez de ese pueblo «que vive a puro esfuerzo,/ que computa cada año como un siglo», según consigna en un poema; o por la sonoridad de aquella lengua «inasequible al desgaste», donde columbraba las genuinas raíces indoeuropeas. Armenia, su historia y su cultura, ejercerán sin duda sobre el autor un potente magnetismo, espolearán su curiosidad y dispararán su fantasía.

Yo me atrevería a barajar, no obstante, otra hipótesis: la posibilidad de que Mandelstam alcanzara a sentirse allí, bajo “el cielo miope” de Armenia, bien, simple y llanamente bien. Y dicho bienestar viene asociado de forma inseparable a la idea de libertad. Como bien apuntaba Muñoz Sanjuán en la introducción a Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos (Árdora, 2005), «según van transcurriendo los días, Mandelstam estará más solo y a su vez más libre: nadie quiere lo que escribe, y así, él puede escribir lo que realmente desea». Lejos de las intrigas moscovitas, fuera del alcance del aparato represivo soviético, el bardo se reencuentra con la Naturaleza y consigo mismo. Armenia será el viaje a la semilla que le reconcilie con su vocación de cantor, incluso aunque no volvieran a publicarle jamás.

Abanderado del acmeísmo, aquella corriente opuesta al simbolismo y defensora de un lenguaje limpio y claro, el sutil poeta que es Mandelstam se revela también en prosa, como cuando se refiere a la anchura «casi gubernamental» de los troncos, o habla de la separación como «la hermana pequeña de la muerte». Pero sobre todo lo es en verso, donde se alternan con frecuencia la pincelada esteticista y el escalofrío, siempre sobre una honda base moral: «Moscú son cerezos en flor y teléfonos/ y días marcados por las ejecuciones…».

Allí, en la capital, le esperaba el poder afilando sus cuchillos, reclutando a sus chivatos, haciendo inventario de sus infamias. Allí estaban aquellos tipos que se tomaban la poesía tan en serio, que no dudaban en pasar a sus artífices por las armas. Pero para Ósip ya no habría vuelta atrás. Es el problema de haber sido verdaderamente libre alguna vez: que resulta muy difícil regresar al rebaño por el propio pie.


[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

29 marzo 2012

Cartas a unos señoritos en París


Cartas de mamá

Julio Cortázar

Nørdica, 2012. Colección “Minilecturas”

ISBN: 978-84-92683-91-8

72 páginas

8 €

Prólogo de Jorge Luis Borges



José María Moraga

A estas alturas no voy a venir yo aquí a descubrir la pólvora haciendo notar que Julio Cortázar es -quizás- el cuentista más admirado en lengua española, maestro de maestros, y que su estilo ha sido tan influyente que se ha copiado hasta la inoperancia. Que muchos de sus textos exhiben una perfección formal, un compromiso y un vuelo estético que hacen de él un clásico contemporáneo, en todos los sentidos de la palabra. Casi cualquier persona alfabetizada en lengua española ha oído hablar de este autor argentino, y los más espabilados recordarán su extenso relato titulado “Cartas de mamá”, publicado en 1959 dentro del imprescindible volumen Las armas secretas, que incluía también “El perseguidor” o “Las babas del diablo”, por nombrar otros dos clásicos.

Con todo lo anterior en la cabeza, lo que sí procede en esta reseña es valorar el nuevo producto editorial que Nørdica presenta: una pequeña y bonita edición de “Cartas de mamá” (ahora Cartas de mamá) que incluye un prólogo de Jorge Luis Borges, “el otro” cuentista argentino universal. Valorar la idoneidad o no de este libro como tal, que se presenta en un atractivo formato, el de la colección Minilecturas (“Lecturas para disfrutar en el tiempo que dura una película, al precio de una entrada de cine”, es el eslogan de esta serie). La edición es una preciosidad y está cuidadísima, lo que no ha impedido que se cuele una errata. Todo, desde la imagen de portada hasta el papel, pasando por el diseño interior, invita a la lectura.

Sin embargo, es lícito preguntarse si merece la pena gastarse los 8 euros que cuesta el librito de 72 páginas en un relato que podríamos encontrar en otros volúmenes más completos (cualquier edición de Las armas secretas o cualquier recopilación de cuentos). Sé que la literatura no se vende al peso, que no es cuestión de comprar el libro más gordo al precio más barato. Pero también sé que estamos en crisis y que por poco más de lo que cuesta este Cartas de mamá es posible adquirir Rayuela, la novela cumbre de Cortázar de 1963.

“Cartas de mamá” sigue siendo ese relato perfecto, esa partida de ajedrez a tres –o cuatro- bandas en la que lo fantástico (lo contrario a lo que nos es familiar, que dirían Freud o Poe) se abre paso subrepticiamente y sin explicaciones en el seno del más gris realismo (como ocurre en otros relatos de Cortázar, se viene a la memoria “Casa tomada”), y donde lo inesperado toma carta de naturalidad. Las anodinas cartas de la mamá de Luis/suegra de Laura, la fantasmagoría del hermano muerto, París, el cine francés… todo se conjura para dejar al lector atónito al encarnarse en el preciso español de Julio Cortázar. El prólogo (no inédito) de Jorge Luis Borges no pasa de lo anecdótico, aunque esto no le resta interés puesto que en él parece actualizarse el relevo entre las dos generaciones de cuentistas “perfectos” argentinos, algo que añade algún valor a esta edición.

Pero en definitiva, si ya se había leído “Cartas de mamá” no creo que aporte mucho adquirir este Cartas de mamá (salvo que, como yo, se sea un cortazariano impenitente), y si no se conoce es mi deber recomendar una exploración más profunda de la cuentística de Cortázar. Con todo, este cuento me parecería una muy buena introducción al tema, y he de confesar que -pese a lo dicho- no pude evitar comprármelo cuando lo vi tan bonito en la tienda. Lo cual no deja de encajar con esas anécdotas inexplicables que solemos encontrar en los relatos de un tal Julio.

28 marzo 2012

Anatocismo humano


La deuda

Felipe Hernández

Sloper, 2011. Colección "La noche polar"

ISBN: 978-84-938278-4-7

302 páginas

20 €




Fran G. Matute

La recuperación por parte de Sloper de La deuda (1998) de Felipe Hernández es fruto del empeño de su editor: Román Piña. Apasionado de esta obra y de su autor (al que ha publicado recientemente el poemario musicado Un corazón de noche bajo el pseudónimo de Philip Meridian), Piña siempre ha expresado su admiración por esta novela en particular. Así que estamos ante una apuesta personal, un intento por recuperar del olvido una obra favorita y darla a conocer a un nuevo público, un sentido homenaje por parte de alguien que también es escritor y quiere, de alguna forma, pagar una deuda -nunca mejor dicho- con un autor al que admira. Pero con independencia del vínculo personal que pueda existir detrás de esta reedición, nos parece tremendamente pertinente la recuperación de esta obra no sólo por su calidad sino por su sintonía con los tiempos que corren.

Felipe Hernández no era, desde luego, un completo desconocido dentro del mundo de las letras pues en su día cosechó reconocimientos importantes por parte de la crítica y el mundo editorial (su novela Naturaleza fue finalista del Premio Herralde en 1989). Pero sí que ha estado, por circunstancias personales, apartado del mundo literario en los últimos años. Así que nadie (o casi nadie) se acordaba ya de una novela tan estremecedora como La deuda, un auténtico oasis dentro del panorama literario de este país, un ejemplo de literatura psicológica que ahonda a partes iguales en la oquedad de lo cotidiano como en el terror de lo intangible.

No creo, sinceramente, que se haya publicado en castellano una obra similar a esta. Una historia angustiosa en la que apenas hay acción. Una novela profunda que transcurre en espacios reducidos e impersonales, en la que los objetos tienen casi la misma entidad que las personas. Una economía de personajes y sentimientos inusitada. Y una prosa puntillista y minuciosa que vertebra un relato diferente sobre las relaciones humanas y nuestra interacción con la sociedad y el mundo exterior.

Todo parte de una visita que Andrés Vigil hace a un prestamista. El azar quiere que Andrés sea testigo de un incidente que provocará una sucesión en la posición acreedora de su deuda a favor de Alejandro Godoy, un personaje inquietante con una capacidad sorprendente para influir en las personas. Sin saber muy bien cómo, la deuda de Vigil se convertirá en un infierno de intereses y deberes accesorios que multiplicarán la agonía de su titular obligándose a presentar su propia persona como único y último garante del pago final de la misma. Una situación que, sin duda, recuerda al 'film' de Jaime de Armiñán y Fernando Fernán-Gómez titulado Stico (1985), sólo que en la obra de Hernández no existe ni un ápice del elemento de comedia negra que sobrevolaba la película.

Pero al margen del esqueleto de La deuda, lo verdaderamente fascinante del texto es ir profundizando en el desarrollo de las mentalidades de Andrés y Alejandro, en su confluencia y sus divergencias, y como la pusilanimidad de Andrés se va tornando en firmeza y confianza a medida que va perdiendo autonomía vital y conciencia como individuo libre. Del mismo modo, el férreo programa mental que impone Godoy, construido sobre la propia incoherencia del ser humano y su debilidad frente a lo material, se verá transformado tras su encuentro con Vigil. Del choque de ambas personalidades, que a pesar de sus complejidades -sobre todo la de Godoy- no dejan de objetivizar dos comportamientos básicos (el autoritario y el sumiso), surgen reflexiones absolutamente brillantes acerca de los sistemas socio-económicos que regulan nuestras relaciones como ciudadanos.

No deja de resultar curioso -y, por otro lado, tremendamente certero desde un punto de vista conceptual- que los dos únicos personajes secundarios ajenos al círculo de influencia de Godoy sean un inspector de Hacienda y un juez, que representan la autoridad externa y ajena al sistema de pensamiento autocrático y etéreo que aplica Godoy a su séquito. En uno de los encuentros con el inspector del fisco, Godoy afirma lo siguiente: "Si usted pudiera entender siquiera que el pensamiento y el dinero son una misma sustancia quizás adelantáramos un poco. (...) Me habla usted de números y yo no entiendo de números. El dinero no es un número, sino un fluido. Es el movimiento mismo de la inteligencia, y sólo lo tocan manos necias. Y no piense que le estoy hablando de especulación o del mercado de futuros ni de nada semejante. Le estoy hablando de la naturaleza misma de la inteligencia." Sirva este fragmento para ilustrar la particular y enigmática filosofía de Godoy y lo sorprendentemente actual que resulta su reflexión.

Pero no piensen que este texto es una pieza de dramaturgia abstracta disfrazada de novela pues ofrece algunos de los pasajes más desasosegantes que haya leído un servidor en mucho tiempo. No sólo estamos pensando en el "escarnio" ideado para el inspector sino también en las íntimas escenas que comparte Andrés con Lucía, esa extraña mujer, hermosa y ciega, que acompaña sentimentalmente a Godoy en su destierro voluntario del mundo sensorial, que ofrecen una tensión apagada y que complican, aún más si cabe, la catalogación de una obra narrativa como esta.

Así, con todo, no nos cuesta mucho afirmar, movidos por la hipérbole, que La deuda es, posiblemente, la mejor lectura en castellano que se ha publicado recientemente en este país. Aunque dicha afirmación no es, en sí mismo, una buena noticia. Ya que resulta verdaderamente triste constatar, en primer lugar, que esta obra fue escrita hace más de diez años y, en segundo lugar, que una historia poblada de usureros que promueven el anatocismo humano resulte más vigente hoy día que nunca.

27 marzo 2012

Mr. Difficult


Gótico carpintero

William Gaddis

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-96867-97-0

288 páginas

21,90 €

Traducción de Mariano Peyrou



José Martínez Ros

William Gaddis fue uno de los más grandiosos narradores de lo que podríamos llamar “la pesadilla americana”, como nos vuelve a demostrar este Gótico carpintero, traducido por primera vez al español por la valerosa editorial hispano-mexicana Sexto Piso. La gran pesadilla americana nace a su vez, obviamente, del fracaso del sueño americano: la idea de que los primeros colonos y los padres fundadores de los Estados Unidos habían creado una nación de hombres libres, lejos de la opresión política y religiosa del Viejo Mundo. El sueño americano ha tenido, a lo largo del tiempo, importantes manifestaciones políticas -el partido republicano-, religiosas -los evangélicos sureños, los mormones, para los que Norteamérica es la auténtica Tierra Prometida-, filosóficas y culturales -Thoreau, Emerson, Walt Whitman- y, por supuesto, acabó engendrando a sus propios contradictores, para los que la antigua tierra de abundancia y promisión se estaba convirtiendo en la tierra de las tinieblas. Desde su inicio, la gran literatura norteamericana ha señalado cómo los colonos traían de Europa los gérmenes del fanatismo religioso -La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, Moby Dick de Melville-, que la tierra, que su riqueza se había creado con la explotación inhumana de los esclavos -Absalom, Absalom, o Luz de agosto de Faulkner- y el exterminio de sus pobladores originales -la apocalíptica y macabra Meridiano de sangre de Cormac McCarthy- creando una mancha, un "pecado original" casi imposible de borrar, que los medios de comunicación y la publicidad estaban convirtiendo los ideales originales en una parodia grotesca -El día de la langosta, Miss Lonelyhearts de Nathanael West-, hasta crear un paranoico imperio mundial basado en las fuerzas de la tecnología y el dinero -la obra completa de Thomas Pynchon, desde V a Contraluz-.

Gaddis nos presenta en Gótico carpintero un escenario reducido y claustrofóbico, una vieja mansión en estado ruinoso, y sólo tres personajes, que encierra entre sus muros y en sus pequeños roles vitales. Liz, una mujer que llena su vacío interior tratando de encontrar un médico que le diagnostique alguna de sus enfermedades y lesiones imaginarias. Su esposo, Paul, un periodista a sueldo del reverendo Ute, un predicador mediático de tendencias homicidas que intenta censurar la teoría de la evolución. Y por último el doctor McCandless, el dueño de la casa, un antiguo geólogo que observa horrorizado la situación de su país. Como sucedía en Ágape, se apaga, apenas hay acción: los tres personajes están atrapados en sus propias carencias y mezquindades y no tienen la capacidad de cambiarse a si mismos. La novela está compuesta, en su mayor parte, por diálogos -en persona o por teléfono- que en realidad son monólogos entrecortados, ya que todos los personajes tienen una manifiesta incapacidad de escuchar a los demás. Gaddis tiene algunas peculiaridades estilísticas que recuerdan, por ejemplo, a Thomas Bernhard, un escritor muy semejante a él en muchos aspectos; en conjunto Gótico carpintero es un libro brillante, que impresiona por la violencia psíquica y social que consigue transmitir. La Norteamérica actual pocas veces ha parecido tan oscura como en esta breve y concisa novela. A falta de que Sexto Piso nos traiga sus novelas cumbre, Los reconocimientos y J. R., Gaddis me parece un escritor notable (y notablemente desesperanzado), aunque no del nivel de uno de sus referentes más obvios, como es el genial Nathanael West.

William Gaddis -que respondía a la perfección a uno de los estereotipos del artista norteamericano más queridos por la novela y el cine: solitario, ausente de los medios, obsesionado con mantener a toda costa su privacidad y con la creación de una obra enorme, monumental e interminable- aceptó, no obstante, ser entrevistado por la que es la revista literaria más famosa y longeva del mundo, The Paris Review. En el curso de la entrevista, se le hizo una pregunta inevitable a un escritor que, desde la publicación de su primera novela, Los reconocimientos en 1955 (que la mayoría de los críticos consideran la primera novela postmoderna norteamericana) cuando tenía treinta y tres años, hasta su muerte en 1988, había sido perseguido por calificativos de “ilegible”, “pretencioso”, “demasiado complicado”, “demasiado ambicioso” y hasta apodado malévolamente como Mr. Difficult en un ensayo de Jonathan Franzen. “¿Escribe usted como escribe porque ésa es la manera más fácil para usted, o es que obras tan "difíciles" de leer son igualmente "difíciles" de crear?”. William Gaddis contestó: “Bueno, como he intentado dejar claro, si el trabajo no me resultara difícil, lo cierto es que me moriría de aburrimiento”.

A mí, personalmente, me parece una respuesta magnífica.

26 marzo 2012

Morir de éxito

Los Living

Martín Caparrós

Anagrama, 2011. Colección "Narrativas hispánicas"

ISBN: 978-84-339-7232-3

430 páginas

19,90 €

Premio Herralde de Novela 2011



Sara Mesa

El accidente, estoy convencido, es la fuerza central que gobierna las vidas, o sea: el desgobierno más extremo. Ya verán, a medida que avance mi relato, que mi teoría se sostiene”. Esto es lo que dice Nito, el protagonista de Los Living, empeñado en demostrarnos su profundo convencimiento de que no somos más que azar, o, dicho desde el ángulo contrario, que somos incluso todo aquello que no pudimos llegar a ser: “ese dedo en el culo, la cachetada consiguiente, el dedo más profundo, la cachetada con más saña, las tetas apretadas las nalgas exprimidas las bolas relamidas secas, las noches de hoy me duele mi amor, las noches de por qué tardaste tanto (..) Yo soy todo eso pero soy más que eso: soy cada paja de mi padre”.

Se ha dicho que la última novela del argentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), reciente Premio Herralde, aborda la relación del ser humano con la muerte, pero yo diría más bien que el concepto que une todas estas páginas es la casualidad o el accidente, en palabras de Nito. Aparece la muerte, sí -aunque más que una novela sobre la muerte es una novela sobre los muertos-, pero hay más que eso: una reflexión -distendida y sin embargo densa- sobre los hechos que nos hacen ser lo que somos, que nos conducen por un camino y no por otro, que nos marcan irremediablemente casi sin que nos demos cuenta, que nos etiquetan, nos definen y nos conducen -ahora sí- hacia una muerte y no hacia otra.

La historia es sencilla -no desvelaré su última parte-: Nito, un joven argentino nacido en el 74 (año de la muerte de Perón) relata su vida como una consecuencia lógica de las circunstancias que marcaron su infancia -incluso las que marcaron su concepción-, centrándose en especial en la ausencia de su padre, muerto cuando él solo tenía dos años. Una foto, las evasivas explicaciones de su madre y una imaginación desbordante son los ingredientes con los que cuenta el joven Nito para montar toda una armazón novelística que se asemeja, en muchos rasgos, a la novela de aprendizaje -el niño descubre el mundo a través de una borrosa noción del no-ser-, pero también a la novela picaresca. De picaresca hay mucho, sobre todo al final de la historia, cuando el conocimiento de la muerte al que alcanza el chico después de tanto tiempo reflexionando sobre ella lo lleve a afrontar el asunto desde otro punto de vista: el de la superchería, la extorsión y el negocio.

¿Qué hacemos con los muertos? Esta es la cuestión que se plantea en la segunda mitad de la novela. “Vivieron con nosotros, viviremos con ellos”, expresa el rótulo de una instalación pseudoartística, sospechosamente cercana al timo, que consiste en reunir a un conjunto de muertos embalsamados en un 'living'. La idea, ocurrente y absurda, tangencialmente crítica con la industria del arte, resulta también algo chirriante en un libro que parecía prometer otra cosa.

En mi opinión, Los Living es una novela fallida en muchos aspectos, que podrían resumirse en uno solo: Caparrós muere de éxito. El escritor parece incapaz de domeñar su innegable ingenio y nos ofrece muchas -pero muchas- más páginas de las deseables. El ingenio está bien, pero también está sobrevalorado: por sí mismo no construye una buena novela. Pondré un ejemplo: en una de las fases de la historia el protagonista se dedica a ir casa por casa anticipando -inventado- las futuras muertes de sus habitantes. Hay muertes variadas (suicidios, cánceres, infartos, asesinatos) y el narrador tiene una sugestiva capacidad para poner ante nuestros ojos toda la casuística; el problema es que, efectivamente, las cuenta todas (y de manera extensa, y de manera también repetitiva). Una, dos, hubieran sido más que suficientes. ¿Cuántos 'gags' humorísticos pueden verse en televisión, cuántos monólogos en el teatro, sin que uno llegue a cansarse? Depende del 'gag', depende del monólogo, depende también del espectador, pero sí, existe un límite, o varios posibles. Me temo que en este libro se sobrepasan todos estos límites. Sin exagerar, creo que esta novela hubiese ganado mucho con el tercio de sus páginas. Eso supondría sacrificar fragmentos divertidos y bien escritos, pero también supondría no cansar al lector y dar más entidad y sustancia a lo no sacrificado.

No seré yo quien haga el elogio de la brevedad, porque pienso que son el tema, el tono y el estilo los que deben definir la extensión de una obra. Soy de las que aguanta bien que un señor me cuente en 300 páginas la fiesta de la duquesa de Guermantes, pero pienso, como Saul Bellow, que, si se desea escribir un buen libro, el autor “no hará gestos innecesarios, no se permitirá ningún manierismo, no perderá el tiempo del lector; escribirá con la mayor brevedad posible”. El mismo Bellow, autor de tochazos importantes (pero deliciosos) era consciente del error que supone explotar, quizá por vanidad, el talento. Porque Caparrós tiene talento, es indudable, pero termina cansando. La mesura es siempre más importante de lo que pensamos: así de claro lo dijo Borges en el prólogo de El jardín de los senderos que se bifurcan: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos". En este caso, además, esa longitud desmesurada es la responsable directa de las otras debilidades que tiene la novela: el tono no se mantiene, el devenir del personaje no resulta creíble, la estructura flaquea, se entra en los chistes fáciles. En definitiva: el conjunto se resiente.

Sin embargo, frente a otros libros que me defraudan, Los Living no me ha generado cabreo, porque -hay que ser justos- contiene elementos valiosos: la historia reciente de Argentina se presenta con una sutilidad realmente interesante, solo como telón de fondo; se maneja un lenguaje rico, nada artificioso y lleno de coloquialismos; se ofrecen momentos de brillo incuestionable, como en esta nada metafísica definición de la muerte: “O sea que esto era la muerte: tres docenas de señoras y señores murmurando alrededor de un cacho de carne maquillada que antes fue mi abuelo”. Lástima que el peso de las páginas termine aplastando y haciendo menos visibles estos méritos.

23 marzo 2012

Todo el mundo sangra

La fábrica de animales

Edward Bunker

Sajalín Editores, 2011. Colección "Al margen"

ISBN: 978-84-938051-7-3

315 páginas

19,50 €

Traducción de Laura Sales Gutiérrez



Daniel Ruiz García

Siempre que leo a Edward Bunker me parece estar escuchando a Johnny Cash. Será porque su modo de contar historias, su propia voz literaria, comparte en cierto modo el tono confesional desencantado y de vuelta de todo tan propia de Cash. O será porque siempre -no sé por qué- me imagino a Bunker entre los cientos de reclusos que pudieron estar allí, en el mítico doblete que Cash dio en la prisión de Folsom el 13 de enero del 68 y que Columbia Records congeló para siempre transformándolo en carne de vinilo inolvidable.

En toda la literatura de Edward Bunker la cárcel tiene una presencia constante. Ya sea la prisión de Folsom, ya sea Alcatraz o, como es el caso de La fábrica de animales, San Quintín. Hay mucho que valorar en la literatura de Bunker, pero sin duda una de sus contribuciones más interesantes es el potente, realista y descarnado retrato que hace de la cultura carcelaria, elevada hasta la forma de una sensibilidad y una actitud frente al mundo.

Porque la cárcel siempre está, aun cuando se contempla como una amenaza. En La educación de un ladrón, sus interesantes memorias (que en realidad se leen como una novela de iniciación), el temor de regresar a la cárcel se convierte en una obsesión tan palpable que llega a constituirse como una suerte de personaje abstracto, identificable o al menos respirable casi en cada página.

En La fábrica de animales, que se desarrolla casi íntegramente en la prisión de San Quintín, Edward Bunker tiene ocasión de centrarse y explayarse en los detalles del ambiente carcelario y de los códigos de conducta que regulan la supervivencia de los presos en dicho ambiente. La sordidez, la agresividad, la actitud defensiva constante, el racismo, el odio a la autoridad y al chivato, la lealtad, la venganza, son algunos de los atributos que forjan el carácter del presidiario de largo aliento, en el que el propio Bunker se reconoce a través de los sosias protagonistas de todas sus novelas, como el Max Dembo de No hay bestia tan feroz o el viejo Earl Coppen de La fábrica de animales. Las proyecciones literarias de Bunker siempre tienen ese punto de extraña dignidad que los convierte en personajes simpáticos e incluso admirables, por encima de sus miserias que no resultan por lo general nada dignas. “Todos podemos morir -le dice Coppen al joven Ron Decker, su pupilo-. Todo el mundo sangra. Y cualquiera puede matar, si se dan las circunstancias”. Una enseñanza que ayuda a comprender el ideario ético en el que se desenvuelve la vida en la cárcel, y donde lo único que importa es sobrevivir cada día sin que te cosan a cuchillazos o te partan el culo.

En realidad, como todas sus novelas, por encima del poso sórdido y miserable que sobrevuela las existencias de los personajes, la historia de La fábrica de animales tiene un fuerte aliento clásico. Es la historia de un perro viejo que ayuda a un jovencito recién salido del cascarón a sobrevivir a los peligros de una cárcel atiborrada de asesinos y dementes. Y como casi todas sus novelas, La fábrica de animales tiene un final más o menos feliz. Sorprenden los 'happy endings' en un novelista como Bunker, a quien no cuesta definir como una suerte de Bukowski enjaulado, aunque algo menos embustero. Porque no es necesario leerse la biografía de Barry Miles -basta con darse un garbeo por sus hiperbólicos relatos eróticos- para comprobar cuánto de pose hay en la literatura del viejo Hank. Sin embargo, algo muy estimable de Bunker es que siempre suena sincero, con una crudeza que no resulta nada impostada. Su literatura está fabricada a golpe de palabras que parecen puñetazos, pero al final siempre emerge la compasión. Es como si él mismo, a través de los finales felices, quisiera redimirse de todas las penurias sufridas a lo largo de décadas como presidiario. Como si leer fuera igual que sobrevolar la celda, a bordo de un buen canuto de marihuana, escuchando en la radio el Folsom Prison Blues de Johnny Cash.

22 marzo 2012

El dilema


Conversación

Gonzalo Hidalgo Bayal

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-348-3

238 páginas

17 €



Rafael Suárez Plácido

Alguien me tiene dicho que la primera reforma importante que habría que hacer en España es la de enseñar, o aprender —según como se mire—, a conversar, y no le falta razón. Es normal. El concepto de tertulia que se nos vende a través de los canales de televisión y emisoras de radio, verdaderos maestros, sobre todo la televisión, de hoy en día, no tiene nada que ver con la idea ya clásica de una conversación en la que funcionan varias partes y necesariamente es una la que interviene hablando y otra u otras, las que lo hacen escuchando. La mayoría cree y asume que está preparada para hablar, para opinar. ¡Qué diferente sería si pudieran oírse! Pero son muy pocos los que saben escuchar. No tenemos que ir a canales de televisión ni a bares para comprobar esto. Baste con visitar cualquier parlamento o sala de juntas. Baste con asistir a cualquier juicio, en los que constantemente hay que mandar callar a las partes, sean estos quienes sean. Luego se quejan los profesores: ¡si supieran que en sus aulas es donde más se respetan las maneras!

Profesor, y de Secundaria, es también, además de novelista, Gonzalo Hidalgo Bayal y a su último libro le ha dado este título que me suena tan atrevido: Conversación. Atrevido y utópico. Y es atrevido no sólo por esta reflexión anterior, sino porque sus cuentos se presentan casi como fragmentos de otro tiempo. No sabría decir de cuándo, pero sí, de otros tiempos. Son cinco relatos en los que un hombre de edad avanzada recuerda algo que ha ocurrido, o está ocurriendo, hace ya bastante tiempo y lo cuenta a alguien que le está escuchando y no interviene más que oyente y, diría más, lector. Apenas hay diálogos, pero la presencia de los interlocutores es constante. De ello dan fe las fórmulas de cortesía y las construcciones fáticas, que, a su vez, funcionan como pequeños respiros para el lector ante la avalancha de información con que le van seduciendo estas historias.

A algunos les parecerá un caso de autor tardío, pero no, no es eso. Hidalgo Bayal lleva a sus espaldas varios libros de poesía, relatos y novelas. Pero hasta la publicación de Campos de amapolas blancas y La paradoja del interventor, para mí hasta el momento sus dos mejores libros, no llamó la atención de Tusquets que, inmediatamente, procedió a reeditar ambos títulos con el lógico éxito de crítica que supone una obra tan singular y tan milimétricamente forjada y, a partir de ahí ha publicado la novela El espíritu áspero y el pasado 2011, este libro de relatos: Conversación.

Son cinco relatos, ya lo he dicho, en los que un hombre confiesa o justifica o ambas cosas algo que ha sido esencial en su vida. “Prometí que nunca contaría lo que voy a contar…” Así comienza el primero de ellos, “Kalé heméra”. En realidad, los cinco relatos rompen el silencio que, por una u otra razón, se ha impuesto el narrador durante años. La Literatura es un asunto muy importante: si lo que tienes que decir no es fundamental, no lo digas. O eso parece pensar el autor extremeño.

El citado “Kalé heméra” es uno de los mejores relatos. En él el narrador relata su primera casi experiencia como profesor y a lo que esta le llevó. Nos dice algo así como que lo que tiene que ser, será. Se preguntarán ustedes si queda justificada esa ruptura del secreto al que se refiere al inicio del relato. Eso tendrán que juzgarlo ustedes tras leerlo. Yo sólo les puedo adelantar que este relato, como los otros cuatro es un goce del lenguaje. Si ya han leído a Hidalgo Bayal, ustedes también lo sabrán.

El relato que más me ha interesado es “Aquiles y la tortuga”. Un personaje importante del mundo de las letras repasa la vida de un condiscípulo de su época de estudiante de Bachillerato. En este relato, quizás el más personal que el autor haya escrito da rienda suelta a lo que es una de sus mayores pasiones: el gusto por el mundo clásico. Al inicio de este texto dije que eran unos fragmentos de conversaciones y este relato gira sobre los fragmentos de los presocráticos y cómo su lectura puede cambiar la vida de un joven en quien su entorno tenía fijadas otras metas. Pero ya lo hemos dicho: lo que tiene que ser, será. Y cuando menciono el gusto por el mundo clásico, también podría mencionar la Filosofía, o la Ética. El eterno problema del bien o el mal. Todos los relatos nos crean la duda de si lo que hacen los personajes está bien o mal hecho. Los narradores no se dejan nada en el tintero. Y lo que se dejan, nos lo dejan ver con artificios más sutiles. ¿Está bien lo que hace el profesor de “Kalé hemerá”, o lo que hace su alumna, o su marido? ¿Y es posible justificar lo que hace el Corzo? ¿Sabemos realmente qué es lo que ha hecho? ¿El “Monólogo del enemigo”, esa reformulación de El Duelo, de Conrad, parece una apología del mal por ambas partes, o ambos son inocentes? ¿Y quién diablos es el narrador de “Reparación” y qué pretende? En todas y cada una de sus páginas reside el dilema ético y los narradores, cuando lo cuentan todo, son conscientes de ello y de que no siempre van a salir bien parados.

El otro ingrediente es el lenguaje, que es el que lo justifica todo. Si alguien no cuenta la historia de unos personajes, estos no existen; ¿si alguien no cuenta nuestra historia, existimos? ¿Estamos vivos o muertos? ¿También el lenguaje nos justifica a nosotros?

21 marzo 2012

Verano azul



Bobby Logan

Miguel Ángel Oeste

Zut, 2011

ISBN: 978-84-615-4992-4

198 páginas

16,50 €




Fran G. Matute

El 14 de febrero de 1982 a toda una generación se le puso un nudo en la garganta escuchando los acordes de "Amor de verano" (1963) del Dúo Dinámico a través de la televisión. Puede que hoy, por culpa de la sobreexposición, recordemos aquel momento de forma ñoña o hasta cómica, pero pocos ejemplos se me ocurren mejor que ese para describir un sentimiento tan triste como era, en la adolescencia, el final de las vacaciones, la vuelta al colegio, la despedida de los amigos, el adiós a un amor efímero... Traigo a colación dicho sentimiento porque es el que recorre todas las páginas del debú de Miguel Ángel Oeste, titulado Bobby Logan.

No deja de resultar curioso el paralelismo que se puede establecer entre dicha novela y la serie de Antonio Mercero. Casi el mismo escenario (una playa malagueña) y época (principios años 80), personajes similares (una pandilla de chavales) y un drama perpetuo buceando entre las olas. Pero las realidades son bien distintas porque el "verano azul" que propone en todo momento Miguel Ángel Oeste hace alusión al estado de ánimo, no al color en sí mismo. El verano de Bobby Logan es un verano eminentemente triste. Y se trata de una tristeza que se arrastra al resto de estaciones, todas bañadas de una pátina de fatalidades y desestructuraciones sociales.

En el centro de todo este 'pathos' se encuentran los Chicos de la Playa, un grupo de amigos apasionados del surf que se reúnen en el Bobby Logan, la discoteca de moda, lugar al que van a confluir todos sus triunfos y anhelos. Ellos son el Búho, el Lapa, el Pelúo, el Amante de las Piscinas, el Lepra y el Cabeza. Y sus "grandes éxitos" nos serán emitidos en episodios independientes a través de los cuales conoceremos a Pepe El Loco, al Chico que Cuidaba Cómics o a la Chica de la Librería, personajes aparentemente secundarios que marcarán las vidas de los protagonistas y de los habitantes de Pedregalejo.

A medida que vamos profundizando en cada Chico de la Playa descubrimos que ninguno es un niño de papá. Que los padres son o borrachos o putas o drogadictos. Que su visión de futuro es bastante limitada aunque son inconscientemente sabedores de que, por mucho que así lo crean, el Bobby Logan no es el Cielo que pretenden ni la playa de Arenas Blancas un lugar paradisíaco para surfear. Pues en el fondo todos ellos buscan algo mejor. Ir a Pelotas Tristes -su Xanadú particular-, tan inalcanzable para ellos como las chicas más potentes que se dejan ver por la playa y que terminan en los brazos de los pijos de puta que invaden su territorio cada verano.

Hasta aquí todo muy generacional, muy popero. Muy Kiko Amat. Pero entonces Miguel Ángel Oeste pulsa el 'play' del radiocasette y los "grandes éxitos" a los que hacíamos antes referencia comienzan a sonar. Y nos sumerge en una melancolía incómoda cuando nos cuenta la triste historia de El Pelúo -reminiscente, en su hermoso final, de la de John Merrick en El hombre elefante- o la dureza del relato de Pepe El Loco, a medio camino entre el Azarías de Los santos inocentes y el personaje de John Mills en La hija de Ryan. Y es que tiene Bobby Logan mucho de cinematográfico (no tiene reparos Miguel Ángel Oeste en tirar de citas del Excalibur de John Boorman o directamente mencionar El gran miércoles de John Milius, quizás el referente más afín de todos al tono de la novela) no solo en cuanto a estructura sino en la capacidad descriptiva de los pasajes dedicados al surf, el único momento real que tienen los Chicos de la Playa para evadirse del drama que les ha tocado vivir.

También circula entre ellos un mantra que simboliza el final de una era: "Los 'saturday nights' tienen fecha de caducidad", se repiten una y otra vez. Y es en ese ocaso de la adolescencia y de la inocencia, cuando uno se da de bruces con la cruda realidad y solo permanecen los recuerdos. Pues tiene uno la sensación, a medida que va leyendo este Bobby Logan, que esta novela está construida sobre sucesos más o menos reales, sobre personas de carne y hueso que el autor deforma en su justa medida. Es por ello que el capítulo dedicado al Chico que Cuidaba Cómics (con su sorprendente revelación de identidad) nos resulte terriblemente fuera de lugar, al ser su historia tan inverosímil que la ficción, en este caso, supone un lastre para la narración.

En cualquier caso, Miguel Ángel Oeste acierta plenamente al plantear un relato generacional con un fuerte calado autobiográfico sin caer en el peor de los defectos posibles: creer que tu adolescencia fue más interesante que la de los demás. De ahí que aplaudamos un texto como Bobby Logan, tanto por su honradez temática como por el compromiso con la ficción que destila la prosa de su autor, más lírica que contundente, todo hay que decirlo. La verdad es que si algún día me diera por escribir una novela (Dios no lo quiera), creo que me encantaría que me quedara algo muy parecido a este Bobby Logan.

20 marzo 2012

De la luz y la sombra


El Sunset Limited

Cormac McCarthy

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2502-2

96 páginas

14,90 €

Traducción de Luis Murillo Fort



Coradino Vega

Las novelas de Cormac McCarthy se caracterizan por una prosa incisiva, de una riqueza y una plasticidad tan seca como penetrante; una recreación del paisaje físico casi orgánica, en la que la naturaleza se convierte en otro personaje; una constante reflexión sobre el mal y lo apocalíptico; y una difuminación de las referencias deícticas que exige al lector estar muy atento para saber quién está hablando. Esos elementos, tan presentes en Meridiano de sangre o en su Trilogía de la frontera, brillan sin embargo aquí por su ausencia. Porque, escrita a la par que su aclamada La carretera (2006), El Sunset Limited se trata de una obra teatral en un solo acto, protagonizada por dos personajes claramente acotados en un espacio desde la primera línea reconocible: “Una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York”. Pónganles las caras de Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones a estos personajes porque ésos fueron los rostros que protagonizaron la adaptación televisiva que dirigió el segundo para la HBO. El negro es un expresidiario que, tras una reyerta carcelaria, escuchó la voz de Jesús. El blanco, un profesor universitario para quien la única razón de estar vivo es tirarse a las vías del tren en el momento en que entre el Sunset Limited en la estación a más de cien por hora. El primero ya ha evitado que el segundo lo haga y, a modo de ángel de la guardia, lo retiene en su casa para que no lo vuelva a hacer. La suya es una misión evangélica. Intenta razonar con el blanco por qué ha llegado a esa situación y hacerle cambiar de punto de vista.

El diálogo empieza de una forma acartonada pero rápidamente alcanza la tensión de contraponer dos cosmovisiones 'a priori' irreconciliables. El blanco sólo ha creído en la cultura, pero “la civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau”. Por lo que a día de hoy no le queda nada a lo que agarrarse. Ha sido precisamente el conocimiento y la preponderancia del intelecto lo que le ha llevado a ver el mundo como un campo de trabajos forzados. Para el negro, en cambio, toda pretensión de conocimiento es vanidad (“Dentro de mi cabeza no hay pensamientos propios”, “Le sorprendería el poco tiempo que paso tratando de entender la vida”, “Mi manera de ver el mundo es muy limitada”), y sugiere si no ha sido esa arrogancia de la razón la que le ha conducido a la desesperación autodestructiva. Sin embargo, la obcecación del blanco es inflexible: “Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para elegir la muerte lo antes posible”. Cuando el negro le pregunta qué de malo hay en ser feliz, el blanco replica que la felicidad es contraria a la condición humana. El coraje de pretender lo contrario, más que insuficiente, es una farsa. Y el negro asiste perplejo a las consecuencias de la lucidez: a la brillante verbalización del no, a la irrefutablemente lógica evidencia de que la visión pesimista siempre es la correcta.

NEGRO: "Dígame, ya que no le convence esta vida, ¿cómo cree que tendría que ser?"
BLANCO: "Ni idea. Pero así no."

Ante ese potencial, al negro sólo le queda contraponer la fe, algo que por supuesto el blanco únicamente reconoce en personas con una grave carencia, mientras que el negro lo ve al revés: “El que no cree tiene un problema. Se ha propuesto desentrañar el mundo, pero cada vez que descubre algo que no es verdad deja otras dos dudas en su sitio”. Él sólo puede ofrecer una receta: “O amas a tu hermano o mueres”. Pero su capacidad argumental, la insuficiencia del lenguaje para cimentar la afirmación o verbalizar la “gracia” de la que hablaba Flannery O’Connor, no puede competir con las armas dialécticas de una razón dispuesta a demostrar su inexistencia. ¿Cómo hacer ver a quien sólo ve sombra que la luz está en todas partes y que la sombra la produce quien se empeña en no verla? De ahí que la misión del negro se troque en una terrible prueba de su propia creencia. Está claro que el blanco quiere el perdón, pero ¿y si no hay nadie a quien pedírselo? La lucha impotente por salvar al profesor choca de lleno contra el silencio del universo.

No hay por tanto aquí atmósfera de 'western', ni distopías, ni concomitancias con Hemingway o con Faulkner. Este Cormac McCarthy prescinde del envoltorio y simplifica el escenario y el lenguaje para mostrar en crudo los grandes temas de la humanidad: el sentido de la vida, la muerte, Dios, la felicidad o el conocimiento. Y aunque estemos ante una obra en apariencia menor por su comienzo titubeante y un final tan enorme como dramáticamente precipitado, McCarthy —con este despojado diálogo que nos hace acordarnos de Platón y de los ilustrados del siglo XVIII— elude toda contingencia y se atreve a penetrar en lo esencial para, como Shakespeare, llegar a la conclusión de que si existe una verdad no tiene más remedio que ser dialógica.

En un tiempo en el que la literatura le ha dado la espalda a los grandes temas en aras del detalle o del solipsismo, no le falta razón a Harold Bloom cuando considera a Cormac McCarthy un clásico vivo.

19 marzo 2012

Elegía desde el crepúsculo


Proyecto para excavar una villa romana en el páramo

Luis Antonio de Villena

Visor, 2011. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-802-7

137 páginas

10 €




Juan Carlos Sierra

Creo que fue cuando Paul Weller publicó su disco Heliocentric, después del inconmensurable Heavy soul. Entonces -corría el año 2000- algún crítico de una de las cabeceras punteras del periodismo patrio decía algo así como que el músico británico estaba empezando a repetirse. También recuerdo que por entonces Ramiro Domínguez, mod de primera hora y director ahora de Sílex Ediciones, y quien suscribe esta reseña llegábamos a la conclusión de que bendita repetición, de que preferíamos seguir disfrutando del Paul Weller que nos había emocionado y nos seguía -y nos sigue- poniendo lo pelos de punta. Es más, pensábamos, después de varias vueltas al disco, que algo sonaba diferente, aunque dentro de un esquema que adorábamos y que no queríamos perder.

Si cito estos recuerdos musicales es porque al nuevo libro de Luis Antonio de Villena algún crítico literario ahora puede achacarle el mismo "bendito" efecto -que no defecto- repetitivo. Sí, en Proyecto para excavar una villa romana en el páramo se dan cita todos los ingredientes que han hecho de la poesía de Luis Antonio de Villena lo que es: culturalismo -grecorromano fundamentalmente-, sensualidad, corporeidad, nocturnidad canalla, moral aristocrática, reivindicación de la ética del fracaso, personajes socialmente poco convencionales,… Solo por esto que apuntamos ya merece la pena volver a leer a de Villena, siempre y cuando se dé la condición de que al lector le interese el universo que el poeta madrileño ha ido componiendo desde Sublime Solarium (1971).

No obstante lo dicho, hay que advertir que Proyecto para excavar… contiene novedades nada desdeñables. La principal y la que vertebra el conjunto de los poemas recogidos en esta obra tiene que ver con su marcado tono elegíaco. Aunque en otros libros de Luis Antonio de Villena la elegía pueda estar más o menos presente, lo novedoso en su último poemario se halla en el sostenimiento de este acento a lo largo de la gran mayoría de los 71 poemas que lo componen y en la perspectiva elegida por el poeta para escribirlos: la última vuelta del camino de la vida -aunque su biografía y su edad contradigan esta postura-.

Desde quien se siente al final del trayecto se observa y se canta la vida, la memoria y el olvido, pero también la vejez presentida -fea, humillante y cruel- y la muerte futura -dulce y sin dolor, si puede ser-, se ajustan cuentas con la historia en primera persona y con aquellas historias de otros truncadas demasiado pronto -porque “jóvenes mueren quienes los dioses aman” nos decía el poeta en "Que la mala vida es maravillosa" (Como a lugar extraño, 1989)-, se recuerda amargamente la amistad -traicionera en la mayoría de los casos-, se vuelve a la infancia sobreprotegida de hijo, sobrino y nieto único y a una adolescencia inhóspita,…

Este echar la vista atrás desde la conciencia del deterioro y de la pérdida se carga -y aquí encontramos otra de las novedades del libro- de un fardo autobiográfico más pesado que el que se puede encontrar en otras obras de Luis Antonio de Villena. No sé si se puede concluir necesariamente que se trata de los poemas más sinceros que nunca haya escrito de Villena, pero lo que queda claro en Proyecto para excavar… es que la trama de lo ficcional queda aquí claramente adelgazada a favor del autobiografismo.

Para ir concluyendo, aunque la riqueza de la última entrega de Luis Antonio de Villena daría para un análisis mucho más extenso, habría que destacar por otro lado que lo elegíaco en Proyecto para excavar… no se detiene en el matiz de pérdida que parecen contener los asuntos hasta aquí tratados. A la manera clásica -otra vez la tradición grecolatina-, muchos poemas se encuentran cargados de excitación, de placer, de plenitud, de gozo, de vida vivida intensamente.

Y ya que estamos hablando de tradiciones elegíacas, da la sensación de que de Villena en este libro recoge también un legado mucho más cercano en el tiempo y en el espacio. No sé si deliberadamente, pero el conjunto de los poemas de Proyecto para excavar… recuerdan al Gil de Biedma de Poemas póstumos, más concretamente al poeta que escribió dentro de esta obra "Arte de ser maduro" e "Himno a la juventud", cara y cruz de lo elegíaco, haz y envés del discurso mantenido por Luis Antonio de Villena en Proyecto para excavar…

Así, pues, parece que ni Proyecto para excavar… es tan repetitivo como cabría concluir de una quizá apresurada primera lectura, aunque tampoco desmejoraría el conjunto. Ni tampoco lo era probablemente el Heliocentric de Paul Weller.

16 marzo 2012

En ocasiones ve muertos


La primavera del comisario Ricciardi

Maurizio de Giovanni

Lumen, 2012

ISBN: 978-84-2642-027-5

384 páginas

18,90 €

Traducción de Celia Filipetto Isicato



Alejandro Luque

¿Cómo así? ¿Un policía que en ocasiones ve muertos, que recibe incluso mensajes de ellos, como si se tratara de una mezcla de El sexto sentido y la saga de Montalbano? Pues sí señor, nada menos que esto es lo que propone Maurizio de Giovanni en su serie de novelas negrocriminales protagonizadas por el comisario Ricciardi, y que ya lleva dos entregas: la correspondiente al invierno y a la primavera, lo que invita a pensar -elemental, querido Watson- en una tetralogía correspondiente a las estaciones del año, como hizo Leonardo Padura en su día.

En esta ocasión, el misterio que Ricciardi deberá resolver gira en torno al brutal asesinato a golpes de una anciana cartomante, actividad profesional que compaginaba con la de la usura. Crimen dostoievskiano donde los haya, este caso servirá como pretexto para presentar a una serie de personajes de distintas clases sociales que rodeaban a la pitonisa, todos ellos con más o menos motivos para ser sospechosos. Ricciardi y su fiel colaborador Maione, policía implacable y sentimental, irán así invitando al lector a hacer sus propias quinielas respecto a la identidad del culpable, para lo que habrá de sortear no pocas pistas falsas.

Ahora toca dirigirnos al lector dominguero, de natural perezoso, que lleva un rato con la mano levantada y una sonrisa nerviosa dibujada en el rostro, y que invariablemente preguntará: “¿Pero engancha, engancha?” Sí señor, La primavera del comisario Ricciardi engancha, se lee de un tirón, tiene todos los ingredientes para depararle un buen rato de lectura al sol, ahora que acecha la primavera. Lo que no estamos tan seguros es de que se trate realmente de un buen 'giallo'. En primer lugar, porque se nota demasiado la plantilla, el esquema tipo de la investigación y la urdimbre precocinada de la trama. Eso agradará a quienes les gusta transitar por lugares conocidos, pero en ningún caso alentará el espíritu aventurero del público lector.

Luego está la ambientación espacio-temporal de la novela. De Giovanni ha elegido, imaginamos que nada azarosamente, el Nápoles de 1931, es decir, el apogeo de la dictadura mussoliniana. Sin embargo, salvo muy contadas pinceladas de esas que llamamos de color, la acción podría tener lugar en cualquier parte y en cualquier lugar. El autor prefiere contar una historia de buenos y malos completamente blanca, sin detalles que puedan herir susceptibilidades políticas o históricas, antes de meterse en camisa de once varas. Pero para eso podría haberse ahorrado la fecha, incluso el nombre de la ciudad: sintiéndolo mucho, Nápoles no resulta visible entre las brumas de esta obra. Y aunque esté feo comparar, invitamos a leer Puertas abiertas de Leonardo Sciascia, por ejemplo, para entender que se puede ir mucho más allá, y más adentro.

“¿Pero es mala, entonces?”, pregunta el turista de la lectura con sus 20 euros arrugados en la mano. No, señor. No del todo. De Giovanni ha encontrado, tal vez sin buscarlo, un filón narrativo en ese comisario alucinante que en ocasiones ve muertos, que vive con su anciana tía y distrae las horas jugando a ser 'voyeur' con la vecina de enfrente, abandonado a una extraña melancolía. “El hombre que mira –escribe el autor, en implícito homenaje a Alberto Moraviano vive, pero puede tratar de poner las cosas en orden”. Ése es el camino por el que el novelista napolitano puede llegar a hacer grandes cosas. Entre tanto, se conforma con darnos un buen entretenimiento, algo que en estos tiempos turbios también se agradece sinceramente.

15 marzo 2012

Hay que pararse



Quietud

Sergio Fernández Salvador

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Vela de gavia"

ISBN: 978-84-15039-75-4

96 páginas

12 €



Rafael Suárez Plácido

Nos sorprende la cita de Aristóteles que justifica, en parte, el título del libro: “Hay que pararse.” Siempre hemos achacado a los primeros libros de algunos poetas esas prisas. Por otra parte, la cita está incompleta: ¿para qué hay que pararse? ¿Para contemplar el mundo que nos rodea? ¿Para contemplar nuestros primeros años vividos con algo más de perspectiva? ¿Para reflexionar y entender mejor lo que estamos tratando de decir? No, la cita no está incompleta. Las tres respuestas son válidas y se corresponden con cada una de las partes en las que se divide el libro, cada una de ellas es la continuación de la cita de Aristóteles.

Pero antes tenemos un acierto, unos primeros versos, los primeros que publica el autor a sus treinta y seis años, que nos ponen en guardia: “Con ese olor a pólvora / y ese falso silencio que sucede / a la detonación,…” La detonación se ha producido nada más abrir las páginas del libro y ya olemos la pólvora. Es el único poema que está fuera de esas tres partes mencionadas: un acierto, porque nos va a empujar a seguir leyendo. E insistimos en esto, porque este poema bien podría haber estado en la tercera parte del libro: “Elegías”.

La primera parte se titula “Clamores” y sí, son muestras de entusiasmo ante la naturaleza que rodea al poeta. Algunas postales o imágenes que asombran al autor de estos versos. Quietud es el primer libro de Sergio Fernández Salvador y esto no deja de notarse. Es bueno que se note. Un primer poemario siempre nos dice mucho del poeta que aún no ha encontrado las máscaras con las que desea mostrarse. De momento, sus máscaras son las que son, lo que siempre le ha asombrado: la nieve en un pueblo de Burgos, la imagen de Castilla que tiene mucho de Unamuno, de quien también nos ofrece algunas citas a lo largo del libro –directas o más ocultas-, o una imagen del cielo nocturno que contempla desde su ventana y que le ha enseñado “…que no existen / dos silencios iguales.” Esos silencios suponen otro de sus temas. El silencio es el lugar del creador, porque sólo desde él se puede aspirar a logar ese estado: la quietud. Las correspondencias entre la naturaleza y la escritura se hacen más evidentes en “Larus Michahellis”: aquí no son albatros, sino gaviotas las que le ofrecen esa correspondencia que recoge en el verso final: “La sombra de su vuelo en esta página.”

Hay poemas, en esta primera parte, en los que advertimos que estamos ante un primer libro: una lucha en la que el autor se sumerge en ese mundo y lo hace usando imágenes hermosas pero, eso sí, algo gastadas: mareas que van y vienen, un nombre de mujer “que me quema los labios”. Uno se identifica, cuando ve un muy buen primer libro, más con los deslices que con los aciertos. Y lo cierto es que son muchos los aciertos. Y se sustentan en dos aspectos esenciales: la poesía es música, el ritmo se sostiene en prácticamente todos los poemas, las palabras han sido cuidadosamente escogidas, y hay un afán por comprender las claves de la poesía, que son las mismas de la vida.

La segunda parte es “La educación sentimental”, quizá la menos conseguida del libro, pero es el tributo que todo poeta que hable de sí mismo tiene que pagar. En el poema “Relatividad” vuelve a mostrarse esa correspondencia entre poesía y paisaje o vida o viaje. En el tren es posible hallar esa quietud necesaria para vivir y que, ya lo sabemos, también necesitamos para escribir. Sólo en esa quietud puede contemplar que sea “el papel –inmóviles / mano y pluma- quien caprichoso dicta / con arbitrario curso…”. Es la idea del trance, del poeta como médium entre la naturaleza y el poema. Esta educación sentimental concluye con el nacimiento del hijo, con todo lo que ello conlleva: “Hoy mejor te comprendo, padre, incondicional / abrigo de la sangre…”

La tercera parte se titula “Elegías” y comienza con dos poemas que profundizan en su asombro, marcado por cierta tristeza, por la dificultad de escribir lo que se desea. Sus reflexiones están más logradas que sus imágenes. Así lo vemos en “Per se”, donde da con las claves de lo que en su opinión es la poesía: “¿Y si fuera el poema simplemente / dar noticia cabal del mundo, levantar / acta fiel de esta tarde…?” Quizás el poema que más nos ha calado es “Mirlo en el jardín”, una vuelta de tuerca al tema de la escritura que aquí vuelve a emparentarse con la naturaleza, pero también, como novedad, con el sueño. Hemos pensado, creo que era inevitable, en el ruiseñor de Coleridge. Un primer libro ofrece poemas de épocas diversas. Volvemos sobre nuestros pasos y entendemos que hay cierta conexión entre “Larus Michahellis” y este último que debe ser posterior en el tiempo. No sólo eso: también será un adelanto de lo que nos espera en futuras entregas del poeta leonés, un poeta que avanza desde la quietud, desde este primer libro primorosamente cuidado por La Isla de Siltolá hacia el mundo.

14 marzo 2012

De Litteraria Expeditione et Sophortia


Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Tusquets, 2012. Colección "Fábula"

ISBN: 978-84-8383-385-8

960 páginas

12,95 €

Traducción de Jordi Fibla



Fran G. Matute

A simple vista, poca enjundia parece ofrecer el trazado de una demarcación geográfica. Pero todo tiene su historia. Y en el caso de la llamada Línea Mason-Dixon hasta podríamos decir que mucha. Todo fue fruto de una disputa territorial entre cuatro de las antiguas colonias británicas americanas: Delaware, Virginia (en aquel entonces, West Virginia), Pennsylvania y Maryland. Una frontera imaginaria que separara el Sur del Norte allá por 1767. Esclavos sí o no, era la verdadera cuestión de fondo. Un encargo que fue acordado otorgar por la Royal Society a un astrónomo y a un topógrafo, ambos de origen inglés: Charles Mason y Jeremiah Dixon.

A la hazaña de Mason y Dixon le han cantado Johnny Cash, Waylon Jennings y hasta The Long Ryders, por lo que no se trata de un evento totalmente ajeno a la memoria colectiva norteamericana. Pero si dicho momento de la historia, tan puntual como tangencial, es retratado por Thomas Pynchon, la cosa cambia. Enormemente. Se suele apuntar que Mason y Dixon (1997) es la obra a la que más años de trabajo ha dedicado su autor. Lo cierto es que cuando se publicaron sus cerca de 800 páginas (en la versión original), Pynchon contaba ya con 60 años. Y Mason y Dixon se convertiría -hasta la publicación de Contraluz (2009)- en su segunda novela más voluminosa.

Quizás resulte pertinente enfocar, antes que nada, el planteamiento que utiliza Pynchon para contar la epopeya de Mason y Dixon. No nos parece desafortunado afirmar que Mason y Dixon es una novela histórica. Con tintes postmodernos, por supuesto, pero histórica por encima de todo. Aunque bien es cierto que Pynchon no pone el acento en las vicisitudes territoriales que dieron lugar a la expedición sino que le preocupa, en esencia, la relación de amistad entre sus dos protagonistas. El "historicismo" de Pynchon recae, básicamente, en un elemento: la novela está escrita al estilo de las grandes obras del Siglo XVIII. Es un esfuerzo por recrear una literatura ya histórica en sí misma. Hacer creer al lector que se encuentra verdaderamente ante un texto contemporáneo a los hechos que se narran en él. Para ello se apoya en un subterfugio: la historia de Mason y Dixon es contada por un personaje de la novela, el Reverendo Wicks Cherrycoke, que asegura haber conocido en primera persona a los verdaderos protagonistas y se encarga de relatar, a todo aquel que le quiera escuchar, la odisea que vivieron estos dos particulares científicos.

"Los hechos son juguetes con los que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando...", pone Pynchon en boca de Cherrycoke. Y esta frase ejemplifica a la perfección el segundo juego metaliterario que ofrece Mason y Dixon. Porque Pynchon juega con el lector del mismo modo -o, mejor dicho, a la vez- que el Reverendo lo hace con su cálida audiencia. Pues la narración tornará folletinesca cuando las mujeres estén deambulando por la casa o incidirá en los aspectos más fantasiosos y aventureros si, por ejemplo, los jóvenes gemelos se sientan al calor de la chimenea. Y gracias a este sutil y constante juego de espejos, Mason y Dixon se convierte en un carrusel de estilos narrativos y anacronismos.

Si bien el enfoque "historicista" que toma Pynchon en Mason y Dixon puede llegar a resultar novedoso hasta para el más pynchonita, no lo son, en cambio, el resto de elementos que salpimentan la novela. No se sorprendan si en el marco de esta narración dieciochesca surgen perros sabios que hablan o patos robóticos junto a personajes históricos en situaciones comprometidas. O incluso si creen leer alguna alusión, por muy velada que esta sea, a la invención del 'ketchup' o a una abdución extraterrestre. Tampoco echarán en falta las típicas disquisiciones cientificistas, tan del gusto del autor, pues hay páginas y páginas de discusiones sobre las herramientas y técnicas utilizadas por Mason y Dixon en sus mediciones topográficas así como profusas explicaciones sobre el cálculo de vectores, latitudes y meridianos, para determinar los cuatro segmentos en los que se compuso el área a demarcar: la línea Este-Oeste, la línea Norte, la Tangente y ese contradiós geométrico derivado de aplicar un radio de doce millas alrededor de New Castle (Delaware), conocido como "el Arco". Y durante el trabajo, una constante sucesión de debates entra la ciencia y la creencia, la astronomía y la geomancia, la astrología y las fuerzas magnéticas.

Como siempre, la clarividencia de Pynchon y su verborreica prosa inunda toda la novela, convirtiendo un, 'a priori', frío y aburrido encargo en una aventura de lo más excitante. Pues a lo largo de su recorrido -casi en paralelo al río Potomac-, Mason y Dixon, y toda su expedición, van topándose con la fauna más variopinta. Una sucesión de personajes que recuerdan al extraño viaje que proponía Donald Barthelme en El padre muerto (1975), y que es utilizado por Pynchon para ofrecernos toda una lección de historia sobre los nativos de América.

Y todavía no hemos hablado de lo más fascinante que tiene Mason y Dixon que no es otra cosa que el retrato que nos regala Pynchon de los dos protagonistas. La forja de una amistad caballerosa, de respeto profesional y personal, de admiración y aprendizaje, de camaradería al fin y al cabo. Pues en el fondo, lo que Pynchon nos ofrece, bajo tantas capas de metaliteratura, es la radiografía de dos seres de carne y hueso que son manipulados hasta la extenuación por un escritor en estado de gracia. ¿Cómo es posible hilar tan fino en la construcción de una personalidad en medio de tanto caos creativo? Ahí reside el genio de este autor capaz de humanizar el desorden y de domar la incongruencia. Por ello Mason y Dixon es la obra más equilibrada de Thomas Pynchon hasta la fecha. La que mejor aúna el ansia experimentalista de su autor con esa ingente capacidad narrativa y descriptiva que tiene. No se me asusten por el tamaño pues Mason y Dixon es, dentro de las obras maestras de Pynchon, probablemente la más lineal y accesible. Por eso creemos firmemente que si quieren empezar a leer a Pynchon, este es el lugar adecuado: en algún punto entre la latitud 39°43′15''N y la 23''N.

13 marzo 2012

Orilleando



Maremágnum 44

David Benedicte

IslaVaria, 2011

ISBN: 978-84-6151-476-2

145 páginas

12 €




Ilya U. Topper

Cuando alguien te manda un libro suyo incluyendo petición o sugerencia de reseña, y te gusta, bien. Pero si no te gusta, estás en un aprieto. Hay quien optará por la vía suave y responderá que como no le gusta el libro, prefiere quedarse callado. Pero a mí siempre me ha parecido una manera poco honesta de escaquearse de la responsabilidad asumida al meterse en esto de la crítica literaria (y no importa si uno se gana el pan con este oficio o simplemente tiene un compromiso voluntario con los lectores). Otra cosa son quienes se dedican a recomendar libros, pero como tuvimos que aclarar más de una vez en largos debates, que a veces adquirían cierto pH de acidez, Estado Crítico no recomienda libros sino que reseña novedades. Cuáles de entre las muchas que existen en el mercado depende necesariamente de lo que Cristina Peri Rossi llama la “intervención imprevisible del azar”.

Desde luego no me he tirado este rollo para luego decir que el libro que nos ocupa hoy me encanta. No, no, sospechan bien, se trata de una especie de nota disculpatoria previa. Calibré un momento si dejar el libro de lado por insignificante, pero no es insignificante: su autor, David Benedicte, tiene tres novelas en el mercado, una de ellas (Travolta tiene miedo a morir) premiada con el Francisco Umbral de novela, éste es su segundo poemario. Un poco de respeto, pues. Y respeto quiere decir reseña.

De entrada, me habría encantado que me encantara el libro. La portada –dos niños desnudos en la playa, todo un atrevimiento o una llamada a la resistencia ante las olas de puritanismo que amenazan con desbordar en algún momento los países allende los Pirineos e inundar el Sur– me gusta. La contraportada, también: este poema de prueba, esa historia de amor entre una sirenita feliz como una langosta y un garboso bacalao tiene un algo de Gloria Fuertes y una reminiscencia de Joachim Ringelnatz que me toca singularmente (algo infantil en la acepción más bella, más lírica de la palabra). Me lanzo al resto del libro como un crío al agua. Y parece fresquita.

Un 'haiku' acertado para empezar, algunos hallazgos en ese tono satírico-refrescante (cual novio ficus / recién plantado; la poesía: flotador / de papel mojado; melancohólico...) argumentos intrigantes, desde luego: un surfista ahogado que tararea "La Cumparsita", un 'playboy' que descubre la poesía... El libro promete. Pero luego la sensación es que uno, por mucho que bracee, sigue quedándose en el agua poco profunda, como ocurre en esas playas familiares que todos odiamos; siempre en la orilla de la lírica y sin opción de sumergirse de verdad. Resulta que también el tono de ternura se pierde: abundan las descripciones más bien ácidas de la fauna humana playera, atestadada de "guirilandeses" (concedo: un gol idiomático).

Hay un juego en estas páginas: se retoma varias veces la muerte del surfista, aparecen versos sueltos de otros poemas en piezas posteriores, poco a poco se va tejiendo una red de imágenes y personajes. Me gustaría que me gustara. Sólo que no me convence. No me convence que casi todos los versos del libro consten de una o dos, máximo tres palabras. La poesía es saber dónde cortar una frase, pero si se cortan todas las frases por el mismo patrón, acabarán asemejándose al perejil para la ensalada. Y eso de leer los menús de los chiringuitos como si de poesía se tratara es un juego al que nos hemos dedicado todos, pero no todos lo hemos publicado.

Al final queda la sensación de que los hallazgos, las palabras atrevidas (medianochea / en la cala), las imágenes certeras, la mirada capaz de atribuir sensaciones, voluntades, intenciones (incluso aviesas) a objetos tal vez no tan inanimados -el aparato de aire acondicionado, la cámara digital, todos estos “actores secundarios” (apunten otro gol)-, se ahogan en un griterío de playa familiar que nos estropea la lectura.

Hay quien rechaza reseñar libros de autores vivos, patrios y cuyas obras no le gusten, por miedo a que le retiren el saludo la próxima vez que se crucen en la calle, a que le lancen miradas asesinas en la próxima convención de literatos o incluso, quién sabe, a que le tiren el cubata a la cara. Soy consciente de correr cierto riesgo con David Benedicte, porque resulta que nos gustan las mismas playas, y por mucho que yo viva en las puertas de otro continente no es de descartar que nos crucemos este mismo verano por las calas del Cabo de Gata y me diga cuatro cosas. Sólo me queda un consuelo: dado que a los dos nos gustan las playas nudistas, al menos hablaremos a calzón quitao.

12 marzo 2012

Libros perdidos en el transporte público. Parte I

José Martínez Ros

Tardo, aproximadamente, una hora y cuarto en llegar a mi trabajo y, por supuesto, otra hora y cuarto en volver a casa, al término de mi jornada laboral. Dos horas y media cada día de lunes a viernes en el transporte público. Los autobuses, los vagones del metro y el cercanías son mi sala de lectura móvil. Hace una semana, estaba tan absorto por una novela -la magnífica La lluvia de los inocentes de Andrés Ibáñez, uno de los mejores y más minusvalorados narradores de este país- que me equivoqué de tren y no reparé en mi error hasta pasadas cinco estaciones, pero eso no suele suceder a menudo (por fortuna). De vez en cuando, lo que ocurre es que escojo del montón de “pendientes” el libro equivocado, el que hace que, tras algunas decenas de páginas, empiece a mirar con desesperación a mi alrededor, al sujeto a) que se dedica febrilmente a mandar SMS, al b) que repasa su maquillaje, al c) que aturde a todos los presentes con su pseudomúsica chirriante o al d) que apesta a sudor/cerveza/algo indefinido, aunque en teoría todavía ni ha llegado a su puesto de trabajo… No me gusta nada equivocarme de libro. Pero alguna vez pasa.

Caso A:


Ritual en la oscuridad

Colin Wilson

Libros del silencio, 2011

ISBN: 978-84-9394-330-1

608 páginas

26 €

Traducción y epílogo de Javier Calvo



Ritual en la oscuridad es una recuperación, la primera novela de su autor, el británico Colin Wilson, que al parecer la escribió a los dieciocho años, aunque no fue publicada hasta siete años después, cuando el éxito internacional del ensayo filosófico The Outsider había encumbrado ya a su autor como un joven prodigio de las letras inglesas y una de las figuras más destacadas de los Angry Young Men, lo que, en perspectiva, tras la lectura de esta novela, es bastante equívoco. No hay nada -absolutamente nada- de la acre visión social de ciudades grises, de vidas grises y sin esperanza de las novelas de Amis (padre) o Sillitoe. Wilson (que más adelante perdería la chaveta y se dedicaría a la ufología y el ocultismo) resulta una más bien curiosa, pero un tanto indigesta, mezcla de decadentismo y 'pulp', un cóctel venenoso de D´Annunzio y H. P. Lovecraft, y un lejano -y menor- antecedente literario de Houellebecq. A lo largo de seiscientas -interminables, agotadoras- páginas de prosa esquemática y vacuas conversaciones nos lleva a un Londres conmocionado por un asesino en serie que parece emular al célebre Jack, donde se encuentran Sorme, un irritante aspirante a escritor con delirios de grandeza y un supuestamente fascinante bohemio, Nunne. La relación entre ambos incluirá abundantes dosis de sadismo, homoerotismo latente demodé y mucho rollo nietzscheniano adolescente y parafascista, pero muy poca literatura. Ritual en la oscuridad tiene cierto interés como curiosidad psicológica, pero nada más. Libros del Silencio suele publicar traducciones interesantes y ha desenterrado un buen número de joyas olvidadas, pero no es el caso.

Caso B:


El centro del frío

Salvador Galán Moreu

Lengua de Trapo, 2011

ISBN: 978-84-8381-103-0

148 páginas

16,90 €

IX Premio de Narrativa Caja Madrid



El centro del frío es el primer libro de su joven autor; 'a priori' inspira cierta benevolencia. Pero mi benevolencia no llegó a la página 50. Galán Moreu nos presenta a una serie de personajes -de un camarero de Florencia a un concursante televisivo- desubicados mediante pequeños fragmentos narrativos. Lo más positivo que se puede decir es que muestra un cierto interés con experimentar con distintos tonos, aunque en una novela tan breve -menos de ciento cincuenta páginas- lo único que consigue es despistar con una serie de forzados ejercicios de estilo que remedan a Bolaño, Cortázar o Foster Wallace sin demasiado éxito, debido a una prosa muy pobre, escasa de vocabulario y ritmo. La breve novela de Galán Moreu está plagada de influencias mal asumidas, de citas -algo habitual de las primeras obras, en su mayor parte innecesarias-, pero, lo que es más grave, de incorrecciones verbales, demostrando que en la editorial alguien no ha hecho su trabajo al permitir que el libro sea publicado en estas condiciones. Respecto a su estructura, diré que no tengo nada contra la fragmentación (así se han escrito obras maestras como, por ejemplo, Farabeuf de Salvador Elizondo), siempre y cuando las diferentes escenas posean una relación simbólica/metafísica/narrativa que sirva para enlazarlas y éstas posean en sí mismas la suficiente fuerza para que el lector rellene los huecos en su cabeza: no vale reunir una serie de historias incompletas y banales y, pensar que, mágicamente, funcionarán como conjunto.

Que El centro del frío sea un fracaso literario no tiene una especial importancia, ni siquiera para el propio autor: un buen número de grandes novelistas -Faulkner y Balzac, por ejemplo- escribieron unos cuantos bodrios horrorosos antes de hallar su propia voz, pero me fastidia un poco por venir de donde viene. Lengua de Trapo es una de las editoriales españolas que me merecen un mayor respeto. Los dos libros anteriores al de Galán Moreu que había leído de Lengua de Trapo fueron Sonría a cámara de Roberto Valencia y Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez. Ambos de relatos, ambos de autores jóvenes y ambos muy buenos (mejor Sonría a cámara). Una editorial modesta que publica nuevos talentos merece nuestro aplauso, y yo aplaudo a los responsables de Lengua de Trapo por publicar libros como esos. Díganme, señores editores, ¿piensan que El centro del frío está al nivel de los dos títulos que, un poco al azar, he citado?

09 marzo 2012

Cuidar de los detalles


Segunda residencia

Margarita Leoz

Tropo, 2011

ISBN: 978-84-96911-47-5

208 páginas

18 €



Alejandro Luque

A partir de una idea de Cortázar sobre la tensión que exige todo buen cuento, Sergio Pitol formulaba esta diferencia entre escribir y redactar: “La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y en el desorden”. Son muchos los autores que, tras la estela del propio Cortázar, han buscado esa zona de brumas en lo prodigioso y lo sobrenatural, acaso como una respuesta a un determinado realismo gris y sequerón en el que vegetaban las letras españolas antes del Boom. Otros, en cambio, parecen decididos a pulsar en la realidad cotidiana las teclas del asombro o, al menos, de la emoción desprevenida.

Margarita Leoz, joven escritora pamplonesa fogueada en varios premios, se adhiere al segundo grupo desde este, su primer libro de relatos. La docena de historias que le sirven de tarjeta de presentación están transitadas por personajes de lo más comunes, inmersos en situaciones ordinarias, de las cuales se propone la autora tomar los elementos que susciten, más que la conmoción, un sutil escalofrío del lector. No hay en estas páginas, pues, sucesos extravagantes. Sus protagonistas no desempeñan profesiones llamativas, ni poseen rasgos físicos especialmente pronunciados. Para los amantes del cine, valdría decir que, frente al gusto por lo desmesurado de, por ejemplo, los filmes de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, Leoz estaría en el bando equivalente a la contención de Isabel Coixet.

No se trata, en todo caso, de enfrentar escuelas –hay sitio para todas en el hospitalario panorama actual–, sino de poner de manifiesto un reto literario plenamente asumido. A partir de él, la autora se propone marcar un tono muy desnudo de artificios, que se permite incluso algunos desaliños estilísticos, y lo sostiene con firmeza para dar homogeneidad al conjunto. En cuanto al enfoque, Margarita Leoz parece apelar a la condición de 'voyeur' que cada lector lleva dentro, invitándole a asomarse a la intimidad de los personajes a través de una mirilla que sólo muestra un campo acotado de la realidad, pero que nos permite imaginar que siempre hay más. Los finales deliberadamente ambiguos, algunos abruptos, colaboran también en ese juego.

Una doctora se reencuentra en un centro de depilación, al cabo de los años, con la chica que le hacía la vida imposible en el instituto; una adolescente regresa a su pueblo por el nacimiento de un hermanito; un chico convaleciente de un trágico accidente de moto recibe la visita de una amiga; una muchacha quiere dejar de trabajar en el bar de su compañero; una reunión de vecinos sólo aparentemente distendida; una pareja regresa por vacaciones al lugar donde perdió a su hijo; un chaval se siente atraído por una señora varios años mayor que él, matriculada en su facultad… Las historias de Segunda residencia están impregnadas de esa insatisfacción crónica que contagia a las sociedades modernas, ese no saber por dónde empezar en la inaplazable búsqueda de la felicidad.

Acaso sin pretenderlo, Margarita Leoz da una valiosa pista a sus personajes: en estos relatos, la atención se desplaza constantemente del argumento central a los detalles, a veces insignificantes, casi anecdóticos. Pero cuidar de ellos puede servir para salvar la historia. En ellos, parece indicar la autora, tal vez se encuentren las claves para encontrar el camino, o para hacer las paces con uno mismo. Y la llave para lograr aquella ambición borgiana de decir asombro donde otros solamente ven costumbre.


[Publicado en Mercurio]

08 marzo 2012

Ansiamos belleza


Codex de los placeres y los encantos

Martín Rodríguez-Gaona

Olifante, 2011

ISBN: 978-84-9294-213-8

80 páginas

15 €

Introducción de Manuel Rico



Rafael Suárez Plácido

Algunos textos nos llevan a dialogar con ellos, aunque haya divergencias, y esto es así cuando encontramos una voz lúcida, objetiva y abierta. Uno de estos textos resultó ser Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (2010), de Martín Rodríguez-Gaona, al que entonces desconocía. Más adelante leí su poemario Parque infantil (2005), un sugerente diálogo con el padre que ya no está. Hay temas difíciles que nos llevan a caer en excesos sentimentales. La ausencia del padre es uno de ellos.

Codex de los poderes y los encantos es uno de los mejores poemarios que he leído este año. Usando palabras del crítico Rodríguez-Gaona, diría que es “un libro de poemas que, tomando elementos de la narrativa de ficción (aquí tendría que añadir: y del ensayo), se propone como un canto en abierto desafío a los aspectos homogeneizadores y deshumanizados de la sociedad contemporánea”. Son las palabras con las que presenta Resurrección, de Manuel Vilas. El autor se inscribe así en una de las más interesantes de las corrientes de la poesía castellana actual, aportando una experiencia propia, leída, meditada y vivida. El libro nos ofrece, en siete frescos, una cosmogonía particular en la que reflexiona sobre su vida y sus dudas, las de un lector que ha entrado en los cuarenta, sorprendido de que con el tiempo, todo parece más difuso.

En Parque infantil, encontramos una poesía más concreta, que fija los recuerdos del padre y de un mundo repleto de certezas, en el que nos sentíamos protegidos. Son poemas y versos breves, que ya adelantan técnicas como el collage, el lenguaje coloquial y la cultura popular. El nuevo libro enmarca estos elementos en la alta cultura. Desde el título se percibe la pretensión de explicar el mundo. Los poderes y los encantos son una de las caras que nos ofrece este mundo frente a la realidad. Lo social está presente, pero no es la base ni el sustento. Algunos pensamos que son caras indivisibles de una misma moneda.

El libro nos ofrece una visita al cementerio de Highgate, donde descansan los restos de hombres ilustres, pero nos dirige a las tumbas de algunas mujeres que les acompañaron. Las referencias son múltiples: la Biblia; esa otra historia sagrada que es la obra de Eliot y su amigo Pound, en quienes habría que encontrar el primer paso de esta búsqueda que es actualmente la poesía: escupir poemas, escupir vida; o Nabokov; o los más próximos César Vallejo o el Inca Garcilaso, que arropan las historias del poeta peruano que busca la verdad. Esta búsqueda atañe a cualquier persona, pero es la razón de ser de un escritor, y para hacerlo, es vital haber leído antes. Así leemos un texto que bien podría haber estado en su libro anterior: “¿Qué puedo decirte que no habite en ti? / Sólo aspiro a vivir en tu reflejo. Tienes razón: / algunos son herencias, otros representan benévolos / hermanos mayores. / Todos poseen un significado distinto / mas sus páginas encierran / las historias que te gustan tanto. / Ellos nos mostrarán / el camino para llegar a casa.”

Nada nos asegura el éxito. Es más, sabemos que es una lucha abocada al fracaso, porque hoy los poetas declaran su nombradía, son albatros de los que se ríen los marineros: “¿Eres tú aquella divinidad / del Arpa y la Poesía? ¿Por qué quieres / que me porte como una santa / y me llamas Cecilia? Eres un tío / muy raro, joder, así que / déjame en paz.” Pero algunos, quizá demasiados, seguimos buscando algo en estos libros: “Ansiamos belleza, Padre, y no / sabiduría.”

07 marzo 2012

Un buen artesano



Cárceles imaginarias

Luis Leante

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-204-1108-8

360 páginas

18,50 €




Daniel Ruiz García

Confesaba Luis Leante hace unos días en una entrevista a Alejandro Luque su desconfianza y desarraigo hacia las camarillas literarias. Todas, dice, le resultan algo forzadas, y nunca se ha identificado con ninguna. De ahí que siempre haya ejercido su oficio literario por libre, y que sea muy difícil de meter en el saco de cualquiera de los grupos que, a modo de taifas, dan cuerpo al abigarrado mapa de la literatura española contemporánea.

“Todos los escritores con quien hubiera deseado formar escuela están muertos”, o algo así, le oí decir el otro día en la entrevista, y aquello me dio que pensar. Porque después de leer Cárceles imaginarias uno reconoce muchas deudas en la literatura de Leante. Pero por ese gusto impertinente que uno tiene por la comparación, uno no piensa en el socorrido modelo cervantino, donde de un tiempo a esta parte todos los autores españoles parecen querer plantar su raíz, ni siquiera en los noventayochistas, que fraguaron esa cosa del espíritu de intelectual español. Pienso sobre todo en Somerset Maugham, y en las muchas similitudes que el escritor murciano tiene con el inglés. Empezando por el aspecto físico algo 'british' de Leante, aparentemente sobrio y comedido, desde luego muy poco español. Continuando con la querencia por los ambientes exóticos en la construcción de muchas de sus novelas, y por el gusto por el viaje como motivo literario. Siguiendo por la solidez en la construcción de personajes, por la apuesta por estructuras narrativas bastante férreas y bien pergeñadas. Y terminando por el propio ideario literario, que en el caso de Leante, como en el de Somerset Maugham, podría resumirse en contar buenas historias e intentar contarlas con eficacia.

El estilo de Leante en Cárceles imaginarias parece incluso haberse “anglificado” más que de costumbre, de forma que hay una renuncia total al adorno, a la adjetivación, a descripciones que resten músculo a la trama. Ello no quita que el murciano gaste un estilo elegante, con un uso de la metáfora comedido pero muy efectivo, donde hay detalles de poética diminuta que otorgan una estimable "gracia" al texto. De eso trata, pienso, saber contar una historia, porque todo parece consagrado a contar la historia que se tiene entre manos.

Estamos ante un arquetipo de novela con poso de intriga histórica. Pero esta intriga no es, como suele suceder en las novelas de este tono, nada grandilocuente ni ambiciosa. Aquí no hay ninguna verdad oculta que vaya a cambiar el sentido del mundo o nuestra percepción sobre personajes relevantes de nuestra Historia. Es una intriga más bien psicológica, personal, incluso íntima, que se desarrolla a través del formato de trama dentro de otra trama. La trama, digamos, periférica, es la que justifica y da pie a la trama interna, que funciona en sí misma como una segunda novela. Es, a mi juicio, esta segunda historia la que le da consistencia al libro, y la que concentra todo el interés del lector. Mucho más expresiva que la primera, mucho más concentrada y estimulante, es la culpable de que el libro se lea con avidez y expectación, sin altibajos de tensión, reservados normalmente a la trama periférica (que, en todo caso, también se lee con interés: en todo momento "se nos está contando algo").

Cárceles imaginarias centra su mirada en un personaje enigmático, cuya personalidad se va dibujando a lo largo de toda la obra. Un anarquista de finales del siglo XIX que va mudando su identidad y emborronándola a través de diversos viajes por Europa, Asia y Latinoamérica en los que asume otros nombres y padece todo tipo de peripecias, perseguido siempre por la sospecha y atenazado por un carácter quizá algo dubitativo, desnortado, con poca fe en sí mismo y en sus propias creencias. Un modelo posible de antihéroe, en medio de unos sucesos poco heroicos, con los que Leante pone en pie una reflexión sobre el azar y sobre la forma en que se construye nuestra vida y, por tanto, nuestra memoria. Ni el protagonista principal, ni ninguno de los secundarios -otra cosa que lo acerca a Maugham: su buena mano para el dibujo de los personajes de reparto-, destacan especialmente por su valía personal o su genio. Son seres humanos bastante normales, atrapados en unas circunstancias vitales determinadas, donde el aparente libre albedrío es machacado por el azar y su caprichosa madeja. Una dinámica existencial, pienso, muy parecida a la que gobierna nuestra propia vida, la real, no la que reconocemos en los libros. Y es por ello que, por encima de las peripecias, de los viajes, de los peligros, no cuesta sentirse identificado con la historia de esta novela, en la que Leante da muestras de su competencia literaria. Una competencia nada exhibicionista ni rutilante, sino silenciosa, elegante, discreta, acorde con lo que cabe esperar de un buen artesano, de todo un maestro de oficio.