07 julio 2009

Excéntricos fundando cielos

Excéntricos ingleses

Edith Sitwell

Lumen, 2009

ISBN: 9788426417022

440 pág.

20.90 €



Manolo Haro

En el año 1900, Sir George Sitwell, cuarto baronet de Renishaw Hall, le encargó al pintor John Singer Sargent un retrato de familia:


En un salón de evidente ambiente aristocrático, se observa a una joven de mirada insolente vestida de rojo junto a su padre, a una mujer hermosísima colocando unas flores en un recipiente y a unos niños sentados en el suelo mientras juegan entre piezas de puzle y soldaditos de plomo ante la mirada atenta de un perro. En los retratos de Sargent existe una enigmática fisura por la que se cuela cierto simbolismo, el cual despliega silenciosamente ante el espectador el revés de la historia de los retratados. En este caso concreto casi se podría contar la vida de los Sitwell a partir de esta estampa: Edith Sitwell (Scarborough,1887- Londres,1964), con apenas trece años, se nos brinda con una pose de absoluta independencia (seda roja sobre negro), una fuerte personalidad y una relación distante con sus progenitores, con los que nunca se llevó bien; con esos dos niños, Osbert y Sacheverell , afanados en crear un universo imaginario con sus juguetes, formará su hermana Edith uno de los círculos literarios más importante de la Inglaterra de los años 20 y 30.
El genial crítico Cyril Connolly, en su artículo “El movimiento moderno”, engasta el nombre de Edith Sitwell entre las escritoras Virginia Woolf, Colette, Katherine Mansfield, Edith Wharton, Willa Cather y Gertrude Stein, que en los años 20 formaban parte de un luminoso mediodía literario en el periodo de entreguerras. Más conocida como poetisa que como narradora (de hecho, su obra Collected Poems es incluida por Connolly en los cien libros claves del Movimiento Moderno), la obra que nos ocupa, Excéntricos ingleses, viene a mostrar un talento absoluto a la hora de agavillar retratos de personajes entre los que ella misma podría contarse. Ya en 1933, cuando dio a la imprenta estas hojas, la autora había reunido los suficientes hitos biográficos para que se la tomara realmente como una dama excéntrica tanto en el atuendo (vestidos de brocado, turbantes dorados, anillos inverosímiles) como en su carácter, lo que la convirtió en blanco de vulgares críticas en los periódicos del momento. El libro podría leerse como un essai á clef: su autora nos coloca ante una Naturalis Historiæ de la excentricidad, reflexionando sobre su significado y colocándose ella misma de alguna manera tras una larga tradición, en su gran mayoría, de británicos poco convencionales.
En el pórtico inicial del libro se traza una hermosa teoría sobre el origen de esta actitud ante la vida: la excentricidad es la lucha individual contra la docilidad, la búsqueda de algún antídoto que nos salve de la melancolía, la fundación, en definitiva, de un cielo en el que soportar nuestras existencias. Resulta algo arduo espigar entre este desternillante desfile de personajes algunos ejemplos que den la justa medida del talento compositivo de la autora. Ayudada por una pluma agudísima, Edith Sitwell cataloga, como si añadiera un apéndice a la enciclopedia del mundo natural que escribiera Plinio en el siglo I, ermitaños, curanderos, deportistas, aficionados a la moda, aventureros, intelectuales, escritores, piratas, fantasmas e, incluso, avaros, pues, tal como ella misma afirma, “la excentricidad adopta muchas formas”. Destaco entre todos ellos el retrato de Herbert Spencer (intransigente con la fealdad femenina); la relación de Margaret Fuller con Emerson y Carlyle; la intolerancia al ruido de este último (la mujer tuvo que pagarle a una aprendiz de pianista, a granjeros criadores de gallinas y a propietarios de gallos para que se alejaran de su martirizado marido); la fama póstuma del poeta Jonh Milton, mancillada por el comercio de sus restos por devotos fetichistas (mechones de pelos, dientes, costillas arrancados y puestos a la venta); la vida inverosímil de Monsier Louis de Rougemont, que vivió con caníbales australianos y vio osos voladores; o la acuática existencia de Lord Rokeby que, después de un viaje a Aquisgrán, se sometió de por vida a abluciones continuas.
Las fuentes de Edith Sitwell remiten a poemas, epitafios, biografías, memorias y cartas. Su estilo lleva al lector a pasar el revés de la mano por un brocado en el que las tramas doradas son el efecto resultante de tejer con sagaz ironía y con un punto de crueldad, sin abandonar esa sutil flema inglesa que nos hace sonreír a medida que vamos pasando páginas. Estas pequeñas obras maestras que conforman los diecisiete capítulos del libro se inician la mayoría de las veces con una apertura prometedora y un remate final lleno de inteligencia: el dedo índice y corazón tensan la cuerda del arco y oímos la fulgurante salida de una flecha que atraviesa el artículo, sin perder nunca brío, hasta atravesar el corazón de la manzana.
A pesar de lo afirmado arriba, la escritora nunca se tomó a sí misma como excéntrica, y con esa causticidad que atraviesa Ingleses excéntricos llegó a afirmar: “No soy una excéntrica. Lo que pasa es que estoy un poco más viva que la mayoría. Soy como una anguila eléctrica en una charca llena de peces de colores”. Vibren con sus chispazos.

06 julio 2009

Psiquiatra contra la España sagrada

Vidas y Muertes de Luis Martín-Santos

José Lázaro

Tusquets
ISBN: 978-84-8383-123-6

25 euros

456 págs

XXI Premio Comillas



Jabo H. Pizarroso

Vidas y muertes de Luis Martín-Santos, de José Lázaro, es el libro que se alzó con el último premio Comillas que convoca anualmente la editorial Tusquets. Una biografía de una humildad portentosa, no al uso, decididamente no lineal, que bucea en la memoria de las huellas al paso que dejó desparramadas por el mundo el grandísimo escritor llamado Luis Martín-Santos. Con una única novela publicada en vida, Tiempo de silencio, este donostiarra de África se ganó el prestigio de la novela española del siglo XX, que andaba coja entre colmenas y jaramas y preparaba el terreno para otro monstruo, Juan Marsé. Sin complejos, esta biografía está escrita de manera orgánica, como deberían escribirse algunas biografías, de manera subjetiva y objetivista.
La fórmula escritural recuerda en algo a El corto verano de la anarquía, de Enzensberger, en Anagrama, donde se rescata la figura de Durruti a partir de materiales diversos y agentes variopintos que lo conocieron. Este recuerdo es debido al uso casi collagero de distintos materiales orales, escritos y testimoniales de todas las personas vivas y aún muertas a las que ha tenido acceso como biógrafo e investigador el autor del libro. De primeras aparece un prolijo y detallado listado de todos ellos. Y una vez que el reconocimiento de los dramatis personae se ha hecho patente, éstos comienzan a destejer la máscara Martín-Santos.
Digo que es una biografía orgánica porque es un organismo vivo. Porque no hay mejor fórmula para acceder a la memoria de un escritor como Luis Martín-Santos que la de dar paso a los otros aquellos que moldearon el devenir del propio biografiado, dejar abierta la puerta del libro a la voz y a los recuerdos y a las reflexiones de todos aquellos que le conocieron. Ciertamente era un escritor oscuro, no por su prosa, me niego a decir eso de su escritura, quizá la más clara de toda la literatura española de fechas recientes, más bien por su vida, por lo que escondía un hombre tapado por la gran losa de un libro abismal y maravilloso. José Lázaro pretende descubrirnos a Martín-Santos y lo consigue, con la ironía manifiesta de todo biógrafo, y el miedo a perder el objeto de estudio en base a tal cantidad de datos. Humildad y profesionalidad se llama eso. Y con el pulso de escalpelo que se necesita para aunar en un libro las voces perdidas de todo aquel que tuviera algo que ver con Luis Martín-Santos. Aquí aparecen Antxo Eceiza, Oteiza, los hermanos Chillida, Josefa Rezola, el juez de Tolosa, Castilla del Pino, Blanca Andreu, la mujer de Benet y el propio Benet. No en voz, sí en escritura. Dando cuenta de la magia amistosa que unió en vida a estos monstruos de la literatura española. Dublín con el Missisipi, nuestro Joyce con nuestro Juanito Faulkner.
El libro plantea todos los Luis Martín-Santos que han existido. Porque un hombre y una vida en boca de amigos y de amigas, de familiares y de la multitud que ha contado con su presencia es un hombre multidimensionado, son muchos hombres y muchas vidas. Como la empresa sería amén de agotadora, imposible, José Lázaro trata de cazar el ratón Martín-Santos, “la cepa buena de Illinois”, con el filtro de una serie de etiquetas que nos hacen mucho más cómodo y asequible el recorrido por la vida de este hombre. El Martín-Santos psiquiatra, escritor, político. Los tres ángulos equiláteros de una vida que no se cumplimenta con tanta etiqueta, pero que para ir abriendo boca bien valen como estandartes de una estructura sencilla y caleidoscópica. Tiempo de silencio fue casi el informe de un psiquiatra sobre la España franquista, sobre el país de las chabolas que luego acabaría convirtiéndose en el país de los bungalows por obra y arte del Un, dos, tres, el catalizador del desarrollismo postfranquista. Hijo de un general africanista, uno de los corifeos en Donosti de Franco, Luis Martín-Santos traiciona la clase que le da de mamar, obligación de cada escritor o escritora. Este libro, su biografía, nos explica al monstruo y al genio. Luis Martín-Santos murió en un accidente de Tráfico en Vitoria. Iré este verano a poner un monolito allí, cerca de la salida en la antigua N1, un monolito de sarmientos donde asaré unas chuletas y brindaré por el maestro con vino glorioso. Se lo merece. Vitorianos amnésicos, tardasteis mucho en ponerle una estatua a Ignacio Aldecoa, ahora hay que ponerle voz de piedra a Luis. Oteiza no está ya, es una pena. Caja metafísica de palabras.

03 julio 2009

Una nueva mirada femenina

Color carne.
Erika Martínez.
Editorial Pre-textos, Poesía.
Valencia, 2009.
8 Euros.
ISBN: 978-84-8191-956-I

Juan Carlos Sierra

Cuando conocí a Erika Martínez en un curso de verano de El Escorial en 2003, nada me hacía sospechar que aquella muchacha con un discurso claramente desinhibido y alejado de prejuicios feministas y femeninos se convertiría a la vuelta de unos años en una nueva poeta en el panorama lírico español más joven, avalada por un premio de nueva creación y con un libro, Color carne, que en muchos aspectos también apuesta por una mirada y una voz desinhibida de prejuicios feministas y femeninos.
Color carne, el libro con el que se estrena Erika Martínez en el vicio solitario de hacer versos –y publicarlos-, se estructura en tres secciones, de las que la primera, ‘Marionetas’, es la que más me recuerda a la Erika con la que felizmente coincidí en aquel verano de 2003 y la que me convence de que, como en otros momentos he negado, sí existe una literatura femenina, que contempla el mundo y lo escribe desde una perspectiva diferente a la del escritor. Esa diferencia entre la voz masculina y la femenina, en el caso de Erika Martínez creo que se halla en el tono reivindicativo del conjunto de los poemas que componen esta sección.
Comienza ‘Marionetas’ con una especie de declaración de principios. Si Ángel González nos hablaba de que para que él se llamara Ángel González fueron necesarios “hombres de todo mar y toda tierra,/ fértiles vientres de mujeres, y cuerpos/ y más cuerpos, fundiéndose incesantes/ en otro nuevo cuerpo”, para Erika Martínez en ‘Genealogía’ lo que importa sobre todo es la presencia de las mujeres de la familia, las únicas capaces, por lo leído, de entender y soportar el dolor de otra mujer, es decir, de construir al personaje poético que toma la voz en Color carne.
A partir de aquí, el resto de los dieciséis poemas que conforman esta primera parte buscan el espacio femenino en este universo patriarcal “tan ruin, tan puñetero” (‘Mujer con puñal’) desde la infancia (‘La deslenguada’ y ‘Canción de Laura’), desde el lenguaje y la propia escritura (‘La tartamuda’ y ‘Escritura’), desde la maternidad (‘Perverso polimorfo’), desde lo público (‘Beata Illa’ e ‘Ingeniería civil’) y, finalmente, desde el papel que juega dentro de este nuevo universo poético femenino el amor y el sexo (sobre todo ‘Cruces’, ‘Amor’, ‘Caramelos’ y ‘Nieve’).
En las últimas décadas han surgido algunas poetas que generacionalmente se hallan en muchos sentidos en la órbita de estas inquietudes de construcción de un nuevo discurso femenino –Miriam Reyes, Elena Medel, Alejandra Vanessa,…-, pero Erika Martínez es quizá, hasta el momento, la que con más solidez y coherencia ha hilvanado los pespuntes de la reivindicación de un espacio y un lenguaje femenino diferentes. ‘Marionetas’, la primera parte de Color carne, así lo atestigua, pero también algunos otros poemas dispersos en ‘Combustión’ (principalmente ‘Anillo de humo’, ‘Observador internacional’, ‘Paraíso’ o ‘Visión del refugio’) y ‘El bosque interior’, las otras dos secciones del estreno poético de Erika Martínez.
Color carne es, no obstante, algo más que todo esto. En un proceso de adelgazamiento del número de poemas y de la extensión de estos, y a la vez de cierto hermetismo desde la narratividad al impresionismo –especialmente en ‘El bosque interior’-, las otras dos secciones del libro apuntan hacia temáticas algo diferentes, pero en ocasiones no muy alejadas de ‘Marionetas’. En ‘Combustión’ se observa un recorrido desde la memoria de los lugares sentimentales de la infancia, propia y ajena, hasta la huella que ese proceso deja en el presente: “El conflicto es mi única verdad,/ la memoria una sombra que me guía (…) Es mía esta palabra a la deriva” (‘A la deriva’). A esta sección pertenece uno de los mejores poemas del libro de Erika Martínez, ‘El edificio’, que parece transmitirnos una preocupante asunción del aislamiento como ordenamiento social que desemboca en el principio de productividad.
Finalmente, ‘El bosque interior’ apunta, con un hábil manejo en ocasiones de cierta imaginería surrealista, a un replanteamiento de la validez de todo el discurso mantenido hasta el momento en el libro, a la desconfianza en la memoria (‘Espiral’), a la fragilidad del presente (‘Ocaso’), a la apuesta por el poema (‘Amerizaje’) que nos salva de la inconsistencia de lo que creíamos firme y sólido (‘Humus’ y ‘Móviles’).
Después de este recorrido por la primera obra de Erika Martínez, la conclusión a la que uno puede llegar es que, mientras ‘Combustión’ y ‘El bosque interior’, con sus virtudes, continúan la línea de cierta poesía última española, ‘Marionetas’ indaga en un terreno más novedoso e interesante, más personal y rico, que por sí mismo justificaría la publicación de Color carne. La otra conclusión evidente tras la lectura del libro de Erika Martínez es que nos hallamos ante el inicio más que prometedor de una carrera poética –en el mejor sentido de la expresión- que hay que seguir con interés.

02 julio 2009

El lento devenir de la palabra

El viajero del siglo

Andrés Neuman

Alfaguara, 2009

ISBN: 978-84-204-2235-0

544 pág.

22 €

Joaquín Blanes

El viajero del siglo es una novela para tomar con calma. Absténgase el lector impaciente y no por el monto total de sus páginas, que son más de quinientas, sino por su trama pausada, lánguida, casi siempre contenida; imperceptible para el lector instintivo, el que lee buscando el goce de la trama y no el de la forma exquisita y los diálogos eruditos. Esto no es John Grisham.
El viajero del siglo está protagonizado por Hans, traductor y viajero vocacional, que llega por casualidad a Wandernburgo, una ciudad extraña y fea, donde incomprensiblemente sufrirá una especie de síndrome de Estocolmo que le impedirá abandonar el lugar y la compañía de su gente variopinta. Los personajes están muy bien elaborados, son complejos, llenos de dudas e inseguridades, también de impulsos y actitudes que los convierten en naturales, en personajes creíbles, como la protagonista, la vivaz Sophie Gottlieb, inteligente y hermosa, primero esquiva, luego complaciente.
La novela refleja una época inestable, en la que los estados europeos son volubles, con gobiernos inconstantes y fácilmente mudables, con un fuerte sentimiento nacionalista que provoca la militarización de la sociedad civil. Una época en la que los movimientos obreros comienzan a despertar por culpa de la industrialización y la mujer inicia la lenta conquista de los espacios públicos y la búsqueda de libertad en la toma de decisiones y acuerdos conyugales que tradicionalmente se acordaban entre varones. Todo eso respira en las páginas de la novela y, sin embargo, sorprende que una época de tanta convulsión social y espiritual se vaya descifrando en extensos diálogos, en batallas dialécticas, diatribas y monólogos versátiles, y apenas sucedan cosas, casi no hay acciones relevantes en el libro. La historia se desenvuelve principalmente entre ingeniosas sesiones de filosofía burguesa en casa de los Gottlieb o en una covacha donde habita el organillero con su perro Franz, lugar que frecuenta Reichardt (un viejo jornalero eventual) y Lamberg (obrero en una fábrica textil).
Neuman quiere alimentar el lento devenir de sus páginas incluyendo una subtrama policial. La historia de un villano enmascarado, un asesino de mujeres, estereotipo de la premeditación y la alevosía propia de los asesinos en serie. En esta subtrama aparecen dos personajes bastante divertidos que son los tenientes Gluck, padre e hijo, y que recuerdan por sus diálogos disparatados y su innata capacidad para desconcertar a cualquiera, a los hermanos Hernández y Fernández (Dupond et Dupont). Esta otra historia ayuda un poco a aligerar la lentitud de la trama central, sin duda folletinesca, en la que todo es, en cierto modo, presumible: la pérdida del amor verdadero por culpa de enfermedades como la tuberculosis o unas fiebres, el amor prohibido por las convenciones sociales y el locus amoenus que aquí es el cuarto de una pensión y un catre que dibuja los secretos más íntimos de los protagonistas.
Uno de los personajes de la novela, el profesor Mietter, dice (en una de las prolongadas sesiones de filosofía burguesa en casa de los Gottlieb): “la novela moderna es un espejo de nuestras costumbres, que no existen los argumentos sino la observación y que todo lo que ocurre puede caber en ella. Es una idea interesante, aunque también justifica el mal gusto imperante”. (132) ¿Una crítica al naturalismo en una novela profundamente naturalista? Resulta desconcertante.
Es evidente la inteligencia literaria de Neuman, llamado a ser un nombre imprescindible de la literatura contemporánea. Su paladar distinguido y educado, su construcción perfecta de la frase, el gusto poético por algunas imágenes, cautivará a algunos lectores. Lástima que haya tanto lector ingrato que no aprecie el denuedo de esta obra magna y persiga un poco más de acción entre tanto diálogo. Un diálogo, por otra parte, insistente en esta novela, que Neuman tiene a bien esconder entre la narración, sin el tradicional guión y sin demasiadas acotaciones. Bien es cierto que Saramago viene haciendo eso desde hace años, pero no está de más el estilo directo separado por puntos y las acotaciones entre paréntesis, agiliza y da esplendor a la narración.
Aunque a Neuman poco le debe importar un lector ingrato cuando todo son elogios por parte de la crítica y un gran premio como el de Alfaguara es un gran premio, aunque a los premios les pase como a los dados, que sólo tienen seis posibilidades y los números se repiten con bastante frecuencia.

01 julio 2009

Trilogía de la lujuria

Vitaliano Brancati

Tríptico siciliano

Lumen, 2009
ISBN: 978-84-264-1657-5

842 pág.
26,90 euros.

Traducción de Roberto Falcó Miramontes, Ángel Sánchez-Gijón y Rosa Marcela Pericás

Alejandro Luque.


Primero fue Verga, luego Vittorini. Ahora –ya estaba tardando– le toca el turno a Brancati. Ignoro a qué responde la coincidencia de que se reediten en España, en muy poco tiempo, las principales obras de tres maestros sicilianos del siglo XX casi olvidados, pero en cualquier caso se trata de una excelente noticia para los lectores. Y en el caso de Vitaliano Brancati (1907-1954), del que acaba de ver la luz este corpulento Tríptico siciliano, bien podemos hablar de pequeño acontecimiento.
Pero, ¿quién fue, quién es Brancati? Como los dos novelistas antes citados, este autor nació en la costa oriental de la isla, muy cerca de Siracusa. En su juventud se definió a sí mismo como “fascista hasta la médula”, y dedicó sus primeras obras a cantar las bondades de Mussolini y su régimen. Trasladado a Roma, su amistad con personalidades como Benedetto Croce fue abriéndole los ojos y permitiéndole tomar distancia del fascismo, periodo que siempre recordó como el de los años perdidos, y a su militancia como “borrachera de estupidez”. A este momento seguirá el comienzo de su fructífera colaboración con el semanario L'Omnibus de Leo Longanesi, así como el desarrollo de un estilo muy particular, ácido, socarrón, a ratos desopilante.
A esta línea responde nuestro Tríptico siciliano, que bien podría haberse titulado Trilogía de la lujuria, y que contiene, por este orden, un clásico, un rescate y una sorpresa. Los tres giran en torno los obsesivos misterios del sexo, y están protagonizados por una burguesía bovina y frívola en el marco de la Italia de los años 30, es decir, del apogeo mussoliniano. De hecho, como señaló en su día Sciascia, Brancati vincula eficazmente el erotismo y el fascismo como fenómenos trágicos en la vida de su país, escenarios en los que elementos como la privacidad o la libertad individual son fatalmente sacrificados. Para los cinéfilos, diríamos que sus personajes, tan reprimidos como obstinados, están entre el mundo de adolescentes onanistas y adultos bravucones de las películas de Tornatore y el imaginario grotesco de un Álvaro Vitale y su Jaimito.
El clásico es sin duda la novela Don Juan en Sicilia, que si no me equivoco estaba fuera del alcance de los lectores españoles desde la edición de Quarderns Crema, de hace 15 años. Su protagonista, Giovanni Percolla, ha hecho de la mujer el objeto de todo su pensamiento y el pretexto de todas sus acciones. Uno de sus amigos, igualmente contagiado de esta satiriasis, llega a afirmar que a su muerte quiere ser sepultado en la playa de Abbazia, sólo para que le pasen por encima las mujeres más bellas del mundo. Pero, lejos de emprender conquista alguna, todas las fuerzas se les van en mirar a los toros desde la barrera.
Con 40 años cumplidos, Percolla vive colmado de atenciones por tres hermanas que son como tres madres, hasta que se casa y se muda a Lombardía. Allí su vida dará un cambio notable, conocerá el éxito social, pero sospechamos que cambiaría su sueño cumplido por volver a aquellos años de holgazanería y cachondeo. Sátira despiadada del machismo en general y del donjuanismo en particular, la novela fue llevada al cine por Alberto Lattuada.
Como contrapunto a la figura del gallo siciliano se propone El guapo Antonio, el rescate de la trilogía, pues no veía la luz en nuestro idioma desde 1973, con Planeta. Si en el Don Juan el tema central es la conquista, aquí lo que planea es el terrible fantasma de la impotencia. A Antonio, “el más guapo de los sicilianos”, se lo rifan todas las mujeres, pero dista mucho de ser ese paradigma de virilidad que todos creen. También adaptada a la pantalla grande por Bolognini, con Marcello Mastroianni y Claudia Cardinale en los créditos, El guapo Antonio es también una caricatura del sentido del honor y una desmitificación del macho italiano como un modo de desenmascarar la grosera jactancia nacionalsocialista.
La sorpresa, por último, viene de la mano de Los placeres de Paolo -aunque tal vez la traducción más adecuada sería Paolo el caliente [Paolo il caldo]-, la novela póstuma e inconclusa de Brancati que hasta hoy permanecía inédita en español. Menos jocosa que las anteriores, se plantea como una sucesión de recuerdos personales de juventud encarnados en un personaje de ficción, Paolo Castorini, inmerso en un mundo de fiebres lúbricas, orgullos precarios e inconsolables ataques de celos, que Giancarlo Giannini y Ornella Mutti defendieron en el cine.
Leonardo Sciascia, que conoció a Brancati como profesor de su colegio, reconocía en él a un maestro –“Pensaba: así hay que escribir, así quiero escribir”- tanto por su estilo seco y punzante, preciso y sin excesivo gasto en florituras, como por su capacidad de penetración en la realidad y de vivisección de sus vecinos. La misma sociedad forjada entre la siesta con pijama y la bravata de barra de bar que, como señaló otro gran lector, Vincenzo Consolo, “había dado el poder al fascismo y en el fascismo había hallado su identidad”. Claro que tal vez resulte Brancati más actual de lo que sospechamos: ¿Es posible disociar esa vergüenza colectiva de la Italia de hoy, un país donde son más llamativas las entradas y salidas con jovencitas de un presidente apodado Papi que sus turbios negocios, sus escandalosas leyes, su abusivo control y su descaro a la hora de eludir a la justicia?