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30 enero 2012

Bellow poliédrico

Cartas

Saul Bellow

Alfabia, 2011

ISBN: 978-84-938909-4-0

720 páginas

28 €

Prólogo de Benjamin Taylor

Traducción de Daniel Gascón


Sara Mesa

No soy especialmente mitómana, pero cuando siento curiosidad hacia la biografía de un escritor suelo inclinarme más hacia el lado de los fracasados, los desconocidos, los raros, aquellos que no alcanzaron la fama literaria y ni siquiera, quizá, la buscaron. Por eso el caso de Saul Bellow es una anomalía en esta tendencia: representa el modelo de escritor exitoso, galardonado hasta llegar a la cumbre del Nobel, agasajado en sus numerosos viajes, reconocido por escritores, críticos y hasta políticos, con legiones de admiradores por todo el mundo y, para acabar el lote, una larguísima vida acompañado de una no menos larga lista de mujeres (¡fue padre a los 84 años!). Pero es que resulta casi imposible no caer en la fascinación hacia este enorme escritor, un seductor nato, siempre brillante, siempre inagotable, siempre sugerente incluso hasta cuando es excesivo.

Buena muestra de todo esto son las cartas que ahora se publican en un grueso volumen en la editorial Alfabia, cartas que, para más inri, son solo las dos quintas partes de las conocidas. Sí, su vida fue larga, pero aún así se trata de una correspondencia considerable… podríamos decir entonces que el escritor padeció la misma enfermedad que Herzog, aquel inolvidable personaje poseído por el furor de escribir a todo el mundo sobre todos los temas posibles. La diferencia está en que el mismo Herzog sabía que su manía era excéntrica y ridícula, mientras que a Bellow lo vemos convencido de que la correspondencia era, quizá, la única manera de mantener el contacto con todos aquellos a los que tenía lejos. Sobre esta tendencia a escribir cartas le dirá a Martin Amis “Es una pena que la gente que me importa esté tan ampliamente distribuida sobre la faz de la tierra. Pero también uno tiende a pensar más en ellos. La proximidad no lo es todo”.

La primera sensación que uno tiene al leer estas Cartas es que está ante varios libros mezclados, varias historias que muestran las múltiples caras de Saul Bellow, su actividad frenética y multiforme. A través de ellas se ve cómo fue su relación con otros escritores, con sus editores, amigos, amantes, esposas, ex exposas, hijos. Casi todas las cartas, hasta las más formales, tienen el “sello Bellow”, esto es, esa “especie de fusión de coloquialismo y elegancia”, en sus propias palabras, o esa tendencia a reflexionar mientras escribe de una manera que es natural para él pero que resulta sorprendente para el lector. Ese poso de clarividencia aparece frecuentemente: en las cartas amorosas y en las de ruptura; en las que habla de literatura y en aquellas otras en que lo hace de filosofía, de política o de la cuestión judía; en las que disecciona con frialdad la sociedad del momento, pero también en las que se zambulle a fondo en sí mismo y confiesa su desánimo, su miedo a envejecer o sus deseos de congelar el tiempo. Bellow no puede nunca dejar de ser Bellow.

El lado más jugoso del libro son sin duda las cartas que dirige a otros escritores, en especial las que envía a John Cheever, Bernard Malamud, James Salter, Philip Roth y Martin Amis. También hay otras curiosidades: la famosa carta a Faulkner (donde le denegó su apoyo para pedir la liberación de Ezra Pound), y otras enviadas a Anne Sexton, Joyce Carol Oates, Vargas Llosa, e incluso a Marcelo Mastroianni, que quería llevar al cine una de sus novelas.

Hay cartas íntimas y otras más distantes, cartas complacientes y cartas díscolas. Bellow modula su tono, sabe hablar entre líneas, de modo que se aprecian sin problema las peculiaridades de la relación con cada interlocutor. El cariño y la admiración hacia Cheever son quizá de lo más emotivo del conjunto: en una carta de 1976, cuando Cheever le propone que lea Falconer, Bellow le dice: “¿Si me apetece leer tu libro? ¿Aceptaría un viaje gratis a Xanadú con Helena de Troya como ayuda de cámara? Anhelo leer las pruebas”. En otra carta de 1981 le confiesa su admiración rendidamente: “Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente”.

También hubo una estrecha relación con Philip Roth, al que no excluyó de sus críticas: en una carta de 1998 le cuestiona la verosimilitud de los personajes de Me casé con un comunista (“Eve es solo una mujer lamentable y Sylphid es una chica gorda, mimada y malvada con joroba de bisonta”), pero también admite: “no hay mucha gente con la que pueda ser tan franco”. Esto no impidió que en 2000 se dirigiera a la academia sueca para proponerlo para el Nobel. Lo admiraba realmente: “Cuando llegué a Chicago -le escribió- y leí tus cuentos, supe que eras auténtico. Cuando era niño, había herreros, y no he olvidado el sonido que hace un martillo auténtico sobre un yunque de verdad”. En otra carta posterior le agradece también su amistad: “En ti tuve un testigo de mi propia clase y un punto de equilibrio. Sin tu apoyo las olas iracundas me habrían arrastrado por la severa y rocosa costa judía”.

La relación con Martin Amis tiende más a ser de tipo paterno-filial. Algunas de las cartas que le remite resultan emotivas, pues a él, que había sido testigo por aquel entonces la enfermedad y muerte de su padre, pudo hablarle con franqueza de los miedos ante su propia vejez. Aquí Bellow se vuelve más introspectivo, también más humano y frágil. En cartas de 1994 expresa: “siento el rencor de la naturaleza contra la edad”. También le habla de lo que posiblemente fuese el secreto de su longevidad: mantenerse siempre activo (“Es la estrategia que uno tiene para hacer frente a la edad, y a la muerte. Porque uno no puede morir con tantas obligaciones por delante. Nuestra hábil especie, tan fértil, tan llena de recursos para negar su debilidad”).

Bellow fue generoso con sus colegas y sus amigos. A Malamud al principio lo trató con distancia, pero terminará llamándolo cariñosamente Bern y lo propondrá para la beca Guggenheim. Nunca perderá la relación con sus amigos de juventud, como Oscar Tarcov, y se enorgulleció de saber mantener sus “primeros contactos” a pesar de su carrera de escritor.

Muy curiosas resultan también las cartas de amor a Margaret Staats del año 1966, en las que se vislumbran la emoción, la pasión, el miedo a la diferencia de edad, también los celos. Enamorado, Bellow echa mano de los tópicos (“Anhelo volver a verte. Te echo tanto de menos, es como la enfermedad o el hambre. Una enfermedad de amor infantil”, “Has hecho que la humanidad y el mundo parezcan diferentes”, “Mi placer en la vida: pensar en ti. La valentina blanca. Tu rostro cuando hacemos el amor”). El romance fue corto, pero a Margaret Staats continuó escribiéndole durante muchos años. En 1984 le confesará “Parece que nunca he aceptado mi condición. La construcción de un artista; siete décadas de trabajo sin reconciliarme con los hechos esenciales de mi condición. Realmente, soy un alfeñique de considerable distinción, pero indudablemente un alfeñique”. Contemporáneas a las cartas de amor a Staat son las que envía a su ex mujer Sondra Tschacbasov, en las que le habla con cierta cicatería de la pensión que ha de pagarle a su hijo, o en las que discute con mordacidad por la educación del niño. Las miserias del divorcio junto con las del amor: Bellow completa así todos sus perfiles.

Hay que agradecer la inclusión en el volumen de numeroso material en torno a estas cartas: la introducción de Benjamin Taylor, sus notas finales, una cronología muy completa y un índice onomástico. Las cartas también van acompañadas de notas aclaratorias para situar al lector en el contexto, o para aportar datos sobre las personalidades menos conocidas.

¿Merece la pena este libro? Sí, sin duda, pero quizá solo para rendidos admiradores de su autor (que no son pocos). Esto es así porque no todas las cartas tienen el mismo interés, muchos de los destinatarios son desconocidos, uno se queda con ganas de saber algunas respuestas, dado que la correspondencia que tenemos es unidireccional (¿los celos que le carcomían a causa de Staat tenían motivos reales? ¿le contestó Faulkner a su negativa de apoyo?), pero, sobre todo, porque aunque Saul Bellow es grande siempre, lo es mucho más en la ficción. Eso sí, una vez leídos todos sus libros, nada mejor que continuar con estas maravillosas cartas, sin dudarlo: son un testimonio muy valioso de uno de los grandes del siglo XX.

19 julio 2010

La verdad y la mentira

Mitologías de invierno: El emperador de Occidente

Pierre Michon

Alfabia, 2009

ISBN: 978-84-613-2701-0

166 páginas

23 €

Traducción de Nicolás Valencia

Rafael Suárez Plácido


Como ya hizo Anagrama en Cuerpos del rey, el último de los libros que ha publicado hasta el momento de Pierre Michon, la joven y pujante editorial Alfabia ha reunido dos títulos en un volumen del autor francés: Mitologías de invierno, que se publicó en Francia en 1997, y El emperador de Occidente, una nouvelle de 1989. El motivo, en ambos casos, no es otro que la brevedad de cada uno de los originales por separado. El resultado, también en ambos casos, los hace doblemente apetecible.

La narrativa francesa vive un momento de esplendor. En realidad, nunca ha dejado de ser así. Especialmente me interesan tres autores contemporáneos: Patrick Modiano, Pascal Quignard y Pierre Michon. Los tres, autores respetados y considerados de culto; los tres en torno a los setenta años y también los tres, en plenitud creativa. Los dos primeros recientemente redescubiertos en España. Es curioso el caso de Modiano, cuyas últimas reseñas críticas, en lugar de alegrarse por este éxito, parece que desconfían de los nuevos adeptos y, en lugar de reseñar el libro, evocan melancólicos, sus primeros contactos con el autor, cuando eran sólo unos pocos los elegidos.

El caso de Michon es diferente. Michon es el autor del silencio, a veces del frío silencio. Él mismo se ha llamado “el autor que no escribe”. Y hasta los treinta y nueve años no publica su primer libro, el impresionante Vidas minúsculas, que no se tradujo a nuestro idioma hasta 2002, dieciocho años después. En Francia fue un éxito inmediato que colocó a su autor, en palabras de Rafael Conte, como “el gran patrón clandestino de las letras francesas”. A partir de ahí, una docena de títulos que van haciendo de él, cada vez, menos clandestino.

Comienza el libro que reseñamos con la colección de relatos Mitologías de invierno. Siempre se ha dicho que sus principales influencias han sido escritores sobre los que él mismo ha escrito: Flaubert, Beckett, Rimbaud y Faulkner. En este libro hay otra influencia mucho más evidente y que él, incluso, reconoce como única. Si leemos en el prefacio: “Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de la leyenda que es la historia…” reconocemos lo mucho que deben estos líneas a Borges. Borges, junto a Kafka y a Pessoa, son el siglo XX, con todo lo bueno y todo lo malo. Si cambiamos los paisajes que rezuman las historias de Borges, por la Irlanda de los tres primeros relatos o por el Macizo Central francés de los otros nueve, el resultado son estos prodigios de concisión y de belleza. Y aquí, como en Borges, la belleza nos salva: “Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad”. La belleza nunca es gratuita en Michon. La belleza, la literatura, es la salvación: nos da vida y nos hace libres.

Los relatos que ocurren en Irlanda tienen en común el paisaje y, en los dos primeros, la pasión por el saber. La bella Brigid quiere ver a Dios y está dispuesta a todo por conseguirlo. El fiero Columbkill —su maza y su espada son el azote de sus enemigos—, recorre las bibliotecas de monasterios y abadías en busca del placer de un libro nuevo, o de un manuscrito diferente, que añada o quite una frase, una palabra o una coma, que sea capaz de hacerlo todo distinto. Los relatos que ocurren en el centro de Francia podrían ser una novela, como lo puede ser Vidas minúsculas. En ellos el tema es la mentira en la literatura, y cómo nuestra habilidad a la hora de construir las ficciones nos salva en mayor o menor medida. Un abad, para evitar que sigan robando en su monasterio, pide a un monje “que lee y maneja a la perfección la lengua noble, que fundamente la legitimidad del monasterio…” Para ello inventan la “Vida de Santa Enimia”, antigua abadesa que ni era santa precisamente, ni había pisado la zona. El artificio de estos monjes le sirve a Michon para fundamentar una teoría de la literatura que se hace en la Edad Media en casi toda Europa. En realidad Michon piensa que no es sólo en esta, sino en todas las épocas. Esta idea es muy borgiana. Borges también amaba el juego y el artificio. A veces se usa la mentira para llegar a una verdad. A veces simplemente para llegar a la belleza “garante de nuestra existencia y nuestra libertad.”

El segundo libro que incluye este volumen, El emperador de Occidente, se vuelve sobre el tema de la mentira. En la fantástica entrevista que le hace José Manuel Fajardo nos lo revela el propio Michon: “La historia la encontré en el libro de Gibbon sobre el Imperio Romano. Eran sólo diez líneas sobre el personaje de Prisco Atalo, pero no busqué más, no investigué nada”. Con esos mimbres se urde la trama: un joven Flavio Aecio conoce a Prisco Atalo en su vejez. Hablan. Atalo cuenta su vida. Fue músico e iba de ciudad en ciudad hasta que el azar lo lleva a la corte de Alarico y se convierte en su músico principal. Se establece una relación de mutua admiración. Alarico es el guerrero incansable. Atalo, el mágico tañedor de la lira. Cuando tienen que nombrar a un emperador del Imperio de Occidente, Alarico nombra a su músico. Lo destituye y lo repone varias veces. Esta es la trama. Pero en las mejores obras la trama no es demasiado importante. Mucho más lo son las reflexiones tan hermosas o las palabras que utilizan: “Aquí comenzó… a pesar de que yo mintiera fingiendo tomarlo por otra persona,… y que él mintiera aceptando ser esa otra persona… lo que debo llamar después de todo nuestra amistad.” De nuevo la mentira admitida, el fingimiento, el artificio. Para ellos la palabra tiene un valor demiúrgico: “Hablamos por supuesto de navegación…, de navegación y de poesía griega: porque no se puede hablar de una sin la otra, hasta tal punto que no se sabe cuál es el texto de la otra, ni si primero se arrojaron frágiles armazones alquitranadas o metros de perfecta sintaxis al puro azar del mar y las lenguas.” Y como no podía ser de otra manera: “Pensaba por su parte que el poema precede al navío.”

Yo también podría preguntármelo. Aunque hace varios siglos que los avances científicos y técnicos nos conducen por otros caminos, por otros mares. ¡Pero qué le vamos a hacer! La literatura no sólo es “garante de nuestra existencia y nuestra libertad”, también nos ayuda a conocernos algo más. Si yo pudiera o supiera, haría mía la descripción que hace Flavio Aecio de Prisco Atalo: “Quería disfrutar de las cosas, sin duda; era miope. O quizás miraba tan sólo el mar, la extensión que no se abarca, la viejísima metáfora insensata”.

[Publicado en Clarín]