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04 abril 2012

Apetito por la deconstrucción

Fargo Rock City. Una odisea metalera en la Daköta del Nörte rural

Chuck Klosterman

Es Pop, 2011

ISBN: 978-84-936864-4-4

350 páginas

17,95 €

Traducción de Óscar Palmer Yánez


Fran G. Matute

No me gusta el 'heavy'. No tengo ningún disco (y, creedme, tengo unos cuantos) que pueda ser considerado dentro de ese estilo musical, ni remotamente. Es más, juraría que no he escuchado un disco de 'metal' en mi vida. Alguna canción suelta, puede. Pero siempre de forma pasiva. Porque sonara en la radio, en la televisión, en casa de un amigo. Entonces, ¿qué hago leyendo este ensayo-diario de Chuck Klosterman que cuenta -como su propio título indica- la odisea metalera de un joven de Dakota del Norte? ¿No debería ser nuestro estadista Alejandro Luque, confeso metalero en sus años mozos, el más legitimado para diseccionar este libro? Lo vamos a intentar explicar.

Cuando se publicó Pégate un tiro para sobrevivir (2005), la contraportada rezaba: “Esta es una historia sobre el amor, la muerte, la conducción, Estados Unidos, la errónea exhibición del hecho de consumir drogas, la no práctica del sexo, los palitos de pan en un restaurante de la cadena Olive Garden, las conversaciones con desconocidos, la nostalgia por el pasado más reciente, las películas que no has visto, Kiss, Radiohead, Rod Stewart y –en menor medida- los mastodontes de las llanuras del Medio Oeste. Si estos asuntos no te interesan, no leas este libro”. Francamente, casi ninguno de esos temas me interesa lo más mínimo y aún así lo leí y me pareció tremendamente ingenioso, afinado y desternillante. Así que establecí una máxima: siempre que Klosterman escriba un libro sobre algo que no me interese en absoluto, iré corriendo a la librería a comprarlo. Y aquí estamos.

Antes he confesado que no me gusta el 'heavy metal'. Y es cierto. Pero eso no quiere decir que no me interese la música 'pop' (en su acepción más amplia) como manifestación cultural. Así que indirectamente, como texto antropológico sobre la "validez" de un movimiento musical tan exitoso como efímero, sí que me llamaba la atención este Fargo Rock City (2001), que no sólo aporta un recorrido más o menos cronológico de los hitos que contextualizaron el estilo y su estética (un recorrido bastante personalizado, todo hay que decirlo) sino que ofrece una suerte de memorias de un adolescente en el Medio Oeste norteamericano a mediados de los años 80 y principios de los 90.

Desde un punto estrictamente cultural, me atrevería a decir que Fargo Rock City no trata de música. Más bien recoge la forma en que una persona concreta "percibe" la música, cómo ésta se convierte en una segunda piel, en un elemento vivo que configura la forma de comportarse y sentir de un ser humano que se desarrolla en uno de los lugares más aburridos de los Estados Unidos. Y en esto, Klosterman bien puede considerarse el Nick Hornby americano, con el acierto de que habla en primera persona y no tiene que escudar sus fanatismos a través de unos personajes de ficción.

Naturalmente que en Fargo Rock City se citan decenas de grupos metaleros y se desgranan las letras de cientos de canciones y los significados de otros tantos vídeos (era la época en la que el formato visual de un tema era casi tan importante como el discográfico), pero en ningún momento se analiza la esencia sónica (perdón por el "palabro") del movimiento. Más que nada -y pienso que esta es una de las primeras conclusiones a las que llega Klosterman- porque el 'heavy metal' no aportó nada en este punto. Lo primero que me sorprende como lector absolutamente ajeno al concepto metalero es la nómina de bandas que teóricamente forman parte de él. Digamos que la obsesión de Klosterman por el 'heavy' nació con Mötley Crüe y murió con Guns N' Roses. De aquí podemos sacar una conclusión: que lo que le gusta al bueno de Chuck no es cualquier banda metalera, sino más bien el llamado 'glam metal' (que es, casi, de lo único que se habla en el libro).

Para alguien como yo que en su formación musical se quedó colgado en 1975 (discográficamente hablando), que Mötley Crüe pueda considerarse una banda de metal es casi una sorpresa. Aunque nunca los he escuchado profusamente, algún tema suelto sí que he catado, y por supuesto conozco las portadas de sus discos más emblemáticos (cuyos títulos no recuerdo pero que son fácilmente identificables como "el que copia el Sticky Fingers de los Stones" y "el que copia el Let It Be de los Beatles"). Y para mí, los Crüe no son más que una recreación de los New York Dolls, grupo que me gusta enormemente y que pasa por ser una de las bandas más arquetípicas del 'glam rock' de los 70. Así que musicalmente no veo la diferencia entre ambos grupos. Del mismo modo que no veo la relación de Guns N' Roses (a estos sí los he escuchado un poquito más, no quedaba más remedio si viviste los años 90) con el concepto "metalero", sobre todo cuando, en esencia, no dejan de ser una banda de 'rock' bastante clásica (no hay más que leer los créditos de su disco de versiones para darse de cuenta de que hasta tenían buen gusto) por mucho que se empeñe en gritar su cantante.

Pero Klosterman explica perfectamente las conexiones de ambas bandas -el alfa y el omega del metal clásico- con el 'heavy' y lo hace desde una perspectiva desmitificadora en la que prima los sentimientos adolescentes, la impresionabilidad de un zagal virgen y cohibido que debe luchar por integrarse en una comunidad absolutamente ajena a todo lo que está ocurriendo en el mundo. Así que más que hablar de música -que lo hace, en los términos expuestos-, Fargo Rock City es uno de los relatos más vívidos de lo que es crecer en un páramo geográfico y cultural. Y en esto, Fargo Rock City no tiene nada que envidiarle a la tan cacareada Knockemstiff de Donald Ray Pollock, por ejemplo. Lean las penurias de Klosterman con la bebida, con la opresión católica y con el "incidente" bancario y me cuentan.

Que Klosterman tiene labia para hablar de música y otras acepciones 'pop' ya lo había demostrado cuando leímos Pégate un tiro para sobrevivir (que curiosamente se publicó después de este Fargo Rock City, pero llegó a España antes). Sus digresiones sobre los primeros discos en solitario de los miembros de KISS, o ese estudio apocalíptico sobre Radiohead y su conexión con el 11-S, rozaban el frikismo más extremo. Y en este ensayo metalero no se queda muy lejos. Sus comparaciones de Guns N' Roses con Allen Iverson o los paralelismos de las cuatro canciones acústicas del GN'R Lies (1988) con los Evangelios harán las delicias de las mentes más preclaras del mundo del metal, el baloncesto y el catolicismo (si es que existe alguien que aúne todos ellos).

En esencia, si te gustan Cinderella, Ozzy Osbourne, Lita Ford y hasta Bon Jovi, aquí encontrarás las más retorcidas reflexiones sobre su música y su significado. Demasiado intelectual para el lector metalero medio (no se me tomen a mal este comentario, es más que nada una advertencia), demasiado autocorrectivo como para tomar en serio sus conclusiones desde un punto de vista sociológico (Klosterman tiene la manía de negarse constantemente la mayor cada vez que ofrece una afirmación de la que se desprende que el 'heavy metal' fomenta la misoginia, los suicidios, el satanismo y otras malas hierbas). Pero en cualquier caso, divertidísimo, ácido, elocuente, fanático, freaky e informativo (sobre todo si, como un servidor, ha tenido que leer este ensayo con la pantalla del ordenador delante buscando en Youtube los vídeos más variopintos). Baste decir que me han entrado ganas, en más de una ocasión, de comprar algún que otro disco capital del género (se aporta en el libro, por otro lado, una lista importante de obras básicas clasificadas en función del dinero que sería capaz de aceptar el autor para dejar de escucharlas durante el resto de su vida) y darle otra oportunidad a esos señores maquillados, con plataformas, empapados en laca hasta las cejas y que gastaban guitarras puntiagudas salpicadas de brillantina. Sólo me queda decir que estoy deseando que Klosterman vuelva a escribir de cualquier tema que me la traiga floja, que aquí tiene un fan irredento.

10 agosto 2009

Poética de la transgresión



Los trapos sucios

Mötley Crüe y Neil Strauss

Es Pop, 2009

ISBN: 978-84-936-8640-6

480 páginas

26 €



Alejandro Luque

Es posible –aunque poco probable– que usted jamás haya escuchado una canción de Mötley Crüe, pero no hay duda de que conoce perfectamente lo que representan. Tras la cortina de dulces vapores de marihuana y sueños filantrópicos que corrieron los años 70, la década de los 80 instituyó definitivamente una cultura que propugnaba el hedonismo individualista más radical. El cine, y la música con la irrupción del video-clip, no cesaron de recalcar que la felicidad era esto: mansiones con piscina y 'jacuzzi', chicas en bikini, corvettes aparcados en la puerta, joyas, ropa cara, 'jets' privados y una noción del éxito ceñida a la capacidad de vender y de adquirir. Por ese aro pasaron casi todos los músicos del momento, tratando de convencer al planeta de que la vida era una fiesta mientras la heroína, el paro y las guerras, de Las Malvinas a Nicaragua o Irán, hacían estragos por doquier.

Este libro quiere ser la biografía polifónica de un grupo de aquella época, pero no de un grupo más. Durante treinta años, Mötley Crüe ha llevado el viejo evangelio del sexo, las drogas y el rock and roll más allá de cualquier límite tolerable, y en ello descansa su fama y su leyenda. Aunque tienen un puñado de buenas canciones, nunca fueron los mejores músicos, ni los más duros, ni los más guapos: sólo los más transgresores. Y esas credenciales, en un mundo lleno todavía de mordazas, tabúes y miedo a la libertad, habría de reportarles mucho beneficio.

Estructurado en capítulos en los que cada miembro del grupo –y, eventualmente, algunos de sus colaboradores– van narrando sus peripecias en primera persona, Los trapos sucios narra el modo en que estos chicos californianos empezaron conquistando el circuito de clubes de Los Angeles con una rompedora mezcla de amigüedad sexual tomada del 'glam' (Bowie, T-Rex, Sweet, New York Dolls) y rabia 'punk'. Muy pronto quedará patente su condición de niñatos pendencieros, impresentables y autodestructivos, a los que el éxito arrastrará hacia un torbellino de alcohol, drogas y fornicaciones sin fin.

Resulta muy meritoria la labor en el libro de Neil Strauss, que no sólo pule los testimonios de unos y otros, sino que ordena la información con pericia de folletinista, enganchando al lector de un episodio a otro. Y no exageramos al decir que Los trapos sucios puede leerse como un dramón, porque entre polvo y polvo, entre pico y resaca, aquí pasa de todo: el cantante Vince Neil estrella su coche y mata al copiloto, un músico de los Hanoi Rocks, y luego pierde a su hija a manos del cáncer; el guitarrista Mick Mars vive alcoholizado, es sistemáticamente expoliado por todas sus ex-esposas y sufre una enfermedad degenerativa; el bajista Nikki Sixx acusa el veterano trauma de la ausencia del padre, pasa años abrazado a la heroína –narrados en el libro The heroin diaries, prueba de que no hay nada más aburrido que la vida de un yonqui–, descubre que tiene una hermana con síndrome de Down a la que no conoce y acude a verla cuando ya es demasiado tarde; y el batería Tommy Lee, con un largo historial de malos tratos a sus parejas, se salva de milagro de la sobredosis, de un terremoto y de un accidente con su instrumento volador, y tiempo después padece unos instructivos meses de cárcel.

En efecto, leyendo estas páginas uno piensa en los personajes de la ópera prima de Juan Carlos Fresnadillo, Intacto, que sobrevivían milagrosamente a todas las catástrofes como si estuvieran tocados por una indulgente divinidad. Los cuatro miembros fundadores de Mötley Crüe son eso, supervivientes privilegiados que pusieron todo de su parte para vivir deprisa y morir jóvenes, pero a los que se negó el capricho de tener un bonito cadáver.

Eso sí, la supervivencia más heroica del grupo es la que se refiere al mercado. Porque, después de la abusiva ola 'sleazy' de finales de los 80, la moda del grunge barrería sin piedad a todas aquellas bandas californianas: llegó a la fiesta Kurt Cobain y mandó parar. A Mötley Crüe, esta nueva hegemonía del desasosiego y la introspección les tocó, como a muchos, en el punto álgido de su carrera, e incapaces de reciclarse a tiempo fueron expulsados al purgatorio durante una buena temporada. No obstante, fieles a su costumbre de flotar en todos los fluidos, volvieron el año pasado con un nuevo disco, irónicamente titulado Saints of Los Angeles, y unas ventas nada desdeñables para los tiempos que corren.

Quienes busquen en estas páginas detalles de la vida privada de los músicos también los encontrarán, con pasajes especialmente enjundiosos de sus romances con Pamela Anderson, Bobby Brown, Heather Locklear, Vanity y algunas de las actrices porno predilectas de cualquier aficionado. Tampoco saldrán defraudados los interesados en cotillear las puñaladas traperas que unos músicos y otros se han repartido a lo largo de su carrera, pues entre las lecciones poco o nada edificantes de los Crüe también está la de la deslealtad. Y puede que tal vez aprendan algo quienes quieran saber cómo funciona una banda y una discográfica a los niveles que nos ocupan.

Esplendentes de lejos y repulsivos de cerca, con más dinero que moral y menos vergüenza que talento, cabe agradecerles a los Mötley Crüe que hayan querido ahorrarnos las clásicas explicaciones freudianas para su pésima conducta, aunque algo de eso haya, y la excesiva literaturización de sus andanzas, aunque algo haya también. Han escrito el relato más sincero y descarnado que podría exigírseles, y eso hace de Los trapos sucios una lectura fundamental en la vasta bibliografía del rock. Una letra al final del volumen resume bastante bien el espíritu que ha movido sus auges y sus caídas: “Gasté un millón de dólares en anfetaminas/ estrellé muchos coches/ me follé a todas las actrices estúpidas de Hollywood/ porque pude, porque pudimos...”.