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25 julio 2013

Lo que no debes hacer (o sí) para ser escritor


Una vida subterránea (Diario 1991-1994)

Laura Freixas

Errata Naturae, 2013

ISBN: 978-84-15217-46-6

320 páginas

19 €




Alejandro Luque

De unos diarios que ven la luz, por expreso deseo de su autora, veinte años después de ser escritos, se espera de entrada una justificación a tanta demora. La propia Laura Freixas, en las páginas iniciales, confiesa su “esperanza de que el tiempo suavizara los filos demasiado cortantes”. Parece un buen gancho para adentrarse en el libro: ¿Cuáles serán esos filos? ¿Habrá ajustes de cuentas, revelaciones sorprendentes, perfiles insospechados? El segmento temporal que abarca el volumen, de 1991 a 1994, es aquel que va desde el momento en que Freixas se dispone a abandonar París, hasta su traslado a Madrid, es decir, el momento en que se fragua definitivamente como escritora, después de haber trabajado varios años en el ámbito literario como traductora, agente y editora.

Quienes se acerquen a estos diarios buscando –digámoslo claramente– cotilleos, pierden el tiempo. Hay pullas y rencillas personales, críticas venenosas y bocetos inmisericordes, pero las identidades están tan escondidas que resulta imposible (a menos que uno conozca el paño de primerísima mano) reconocer a casi nadie. Tan es así, que uno se pregunta hasta qué punto contar los pecados, pero no los pecadores, no desnaturaliza completamente el relato. En ocasiones preferiríamos que optara por el silencio antes que por el enmascaramiento tras iniciales o nombres falsos, opción respetable pero empobrecedora. Se dirá que los diarios de Byron o los de Benjamin Constant están llenos de alusiones a personajes que desconocemos… Pero no todos los diarios son los citados, ni todos los diaristas Byron.

Otros sí son reconocibles, como Javier García Sánchez, Mempo Giardinelli o Cristina Peri Rossi, si bien en papeles muy secundarios, como referentes más o menos lejanos. Y esto porque el tema central de estos escritos es la persecución de un sueño, el de ser escritora, y la búsqueda de una estabilidad personal que pasará, andando el tiempo, por la experiencia de la maternidad. La Freixas que arranca el diario lucha con su condición sexual –“para mí femenino significa cobarde, egoísta, pasivo, insignificante y melancólico”– y con su vocación, aunque más que por desarrollarla naturalmente, necesita demostrar que es escritora.

Es a partir de aquí donde Una vida subterránea empieza a antojarse un perfecto manual sobre qué no deben hacer los aspirantes a literato. “Hace tiempo que le estaba dando vueltas a la necesidad de especializarme en algún tema”. ¡Horror! La especialización ha hecho, en los últimos treinta años, que quienes pretenden saber mucho de algo acaben por no saber nada, encerrados en el arnés de su asignatura concreta. “Más que crear, debería decir tener éxito; que equivale a ser alguien; que equivale a ser otro, a no ser yo”. ¡Espanto! La literatura puede ser una manera de conocernos a nosotros mismos o de ponernos una máscara, o de ambas cosas a la vez, pero difícilmente pasará todo esto por una noción convencional del éxito –es decir, el reconocimiento por parte de crítica y público, de los otros–, sino por otra clase de desafíos y de búsquedas que suceden de puertas para adentro, fuera del foco.

“Cómo estoy deseando que acabe este purgatorio”, escribe Freixas tras un acto organizado por una gran editorial, donde se siente insignificante. “Recobrar una dignidad; publicar una novela, cambiar de trabajo, estar vistosamente embarazada…”. Anhelos legítimos que revelan, no obstante, una elección de modelos bastante cuestionable. “Me alegra estar al día, conocer la obra de mis contemporáneos; supongo que estoy preparándome para ser uno de ellos”. ¡Ay! Personalmente, creo que leer a los contemporáneos más allá de las dosis homeopáticas imprescindibles, conduce a actitudes propias de carreras de galgos, a indeseables clonicidades, a endogamias estériles. Una cosa es tener una idea aproximada del panorama actual (ya felizmente globalizado) y otra estudiar a los compañeros como una llave para ingresar en el club. Y así van pasando estas páginas, que se leen (o al menos yo las he leído) con desasosiego, con incomodidad, a veces con un escalofrío. Si la publicación de un diario íntimo es un 'strip-tease', el de Laura Freixas no quiere seducir, sino mostrar impúdicamente, como ella misma asume, “nuestras dudas, contradicciones, vergüenzas, miserias, vanidades…”

En un momento dado, Freixas expresa su duda “de si soy capaz –durante cuánto tiempo, hasta qué punto- de seguir trabajando sin reconocimiento, sin feedback, sin saber si tanto esfuerzo me servirá para algo”. No cabe duda de que un escritor se nutre, entre otras cosas, de la confrontación de su trabajo con el lector. Pero tampoco la hay de que aquel que no sigue en el camino por falta de aplausos, no merece ser llamado escritor. Será otra cosa, un vendedor de sus libros, un productor de literatura, qué sé yo, pero no ese modelo de conquistador (no de puestos en las listas de ventas, sino de ideas, sueños y emociones) que reconocemos en los grandes.

Mi consejo sería, como señalé arriba, que los aprendices de escritor no tomaran estas pautas como ejemplo, o en todo caso como ejemplo a no seguir. Por otro lado, he de reconocer que la evidencia refuta mi argumentación: siguiendo su fórmula, Laura Freixas logró ser una escritora reconocida, publicó en editoriales señeras, fue bien recibida por la crítica, ganó premios, fue invitada en cursos de verano y en universidades americanas, hizo reseñas para El País y se ganó su propia columna en La Vanguardia. La autora tiene todo mi respeto. Sólo me queda una tímida pregunta: ¿Se trataba de eso?

[Publicado en M'SUR]

06 marzo 2013

Silvio y barra libre


El show de Berlusconi

Simone Barillari

Errata Naturae, 2012

ISBN: 978-84-15217-22-0

256 páginas

19,90 €

Traducción de Miguel Ros González



Alejandro Luque

Confieso que al poco de escribir la primera versión de esta reseña, la archivé porque su principal protagonista, Silvio Berlusconi, había desaparecido aparentemente de la actualidad. Nunca me ganaré la vida como profeta: ahí está otra vez 'il Cavaliere', cosechando votos, desestabilizando el país que compró por piezas, Italia, y –cómo no– acaparando titulares de periódicos y horas de televisión.

También debió de pensar como yo el editor Simone Barillari al escribir que “de forma tan imprevista como dramática, la Era Berlusconi ha terminado…”, ignorando que algunos políticos, como los toreros, no se retiran por el simple hecho de cortarse la coleta, y siguen paseando orejas mucho después de abandonar los cosos. Pero Berlusconi no es tanto un torero, como un 'showman'. De ahí que cuando el cómico Beppe Grillo anunció su candidatura en las últimas elecciones italianas, a nadie le sorprendiera en el fondo: no era la primera vez que ocurría, ya habían tenido a un cómico en el gobierno durante casi nueve años intermitentes. Y un cómico de enorme predicamento, capaz de cosechar aplausos traducibles en votos: más de seis millones en esta última cita.

De los muchos libros que se han escrito sobre el político y empresario milanés, tal vez el que más le hubiera gustado a Freud, autor de El chiste y su relación con el inconsciente, fuera éste: un repaso al repertorio de chistes Berlusconi tanto en el gobierno como en la oposición, en consejos de gobierno, foros internacionales y platós de televisión, en privado y en actos oficiales… Según recuerda Barillari, Berlusconi empezó ganándose la vida cantando y haciendo su propio club de la comedia en cruceros: aquella experiencia marcó su manera de hacer política durante el resto de su trayectoria. Si la CIA tuvo su propio 'Boureau Of Jokes' para difundir chistes desestabilizadores en plena Guerra Fría, ¿por qué no hacer política desde la carcajada? Así, a la manera de aquellos viejos libros de baratillo titulados Los mil mejores chistes, o de las cintas de gasolinera con repertorios de Arévalo o Paco Gandía, este volumen recopila algunos de los más significativos. “Yo no cuento chistes sin más. Hago uso de los chistes para esculpir conceptos”, aseveró en cierta ocasión él mismo.

Los conceptos a los que se refiere son de sobras conocidos: clasismo, racismo, misoginia, soberbia, ambición, demagogia, satiriasis, narcisismo enfermizo, absoluta carencia de escrúpulos, convicción de que el dinero lo compra todo, humillación del adversario, barra libre para los amigos… Todos los materiales con los que este hombre insólito ha ido construyendo su carrera, adhiriendo voluntades, amasando capital. Poco ha importado que aunque algunas de estas bromas eran de pésimo gusto, y hasta hirientes con colectivos como los emigrantes o los enfermos de SIDA, jamás haya mostrado el menor arrepentimiento, ni una sola petición de disculpas: la infalibilidad ya no era cosa de una sola persona en Roma, sino de dos.

El libro de Barillari se acaba leyendo con cierto hartazgo por lo repetitivo, y no con una sonrisa, sino con un escalofrío: el que inspira el retrato en mosaico de Berlusconi y la idea de que cientos de miles de personas han votado por él. Y pensar que ello se debe a que representa como pocos el tiempo grotesco que le ha tocado vivir. “Así como la ironía aguileña y el aristocrático sarcasmo de Giulio Andreotti se ajustaban a la Primera República”, dice el autor, “el humor popular y las burlas carnavalescas de Silvio Berlusconi se ajustan a la Segunda; la una tiene de indirecta y mordaz todo lo que de directa y rotunda tiene la otra; la una es una mirada penetrante y una sonrisa sutil, la otra un codazo simpaticón y una larga y sonora carcajada; la una es calibrada y cerebral, la otra es improvisada y sube desde la barriga, y, sobre todo, la una es ironía cardenalicia, la otra es humor televisivo, puesto que ambas son una emanación del poder de su época: la una habla a la Italia de los primeros cincuenta años de historia republicana, que fue instruida por la Iglesia y votó a Democrazia Cristiana, la otra se dirige a la Italia de los últimos veinte años, que ha sido instruida por los canales de televisión de Silvio Berlusconi y lo ha elegido”.
              
Vengo de Cádiz, donde la guasa es una religión, una forma de afrontar la vida. Pero después de leer este libro me cuesta un poco más reír la gracia, seguir el cuento a quien hace chistes de tan mal gusto como los de 'Il Cavaliere'. Prefiero pasar por malaje a caer en esa tibia complicidad con el fascismo que es la humorada machista o xenófoba. Tal vez porque yo, como el músico Giorgio Gaber, “no tengo miedo de Berlusconi en sí, tengo miedo de Berlusconi en mí”.

23 abril 2012

Pack apocalíptico

José Martínez Ros

Entre los archivos del distrito

Kenneth Bernard

Errata Naturae, 2012. Colección "El pasaje de los panoramas"

ISBN: 978-84-15217-17-6

216 páginas

19,90 €

Traducción de Carmen Torres García




Errata Naturae nos trae esta semidesconocida novela de culto del también semidesconocido Kenneth Bernard. Su trama nos conduce al clásico futuro diatópico en el que la individualidad, simbolizada por el protagonista, un individuo solitario y huraño que pasa su vida de forma banal, dedicado a la observar los pequeños cambios que se producen en el mundo que le rodea, está a punto de extinguirse bajo el peso de una opresión constante y silenciosa. 

La receta es sencilla: tomamos algo de Kafka, en este caso, la existencia de una burocracia omnipresente e inaccesible que vigila la vida de todos los ciudadanos, que rinden cuenta ante ella por medio de todo tipo de procedimientos absurdos; algo del Canetti de Auto de fe: un personaje aislado y obsesivo, que ocupa todo su tiempo con sus pequeños rituales cotidianos, mientras trata de evitar a los diversos malhechores que florecen en una sociedad podrida; y por un último, un buen chorro del 1984: como en la gran novela de Orwell -como en Brazil de Terry Gilliam, como en El cuento de la doncella de Margaret Atwood, otras dos hermanas mayores de esta obra- el anónimo protagonista decide llevar a cabo una minúscula rebelión sin esperanzas de éxito. Recorrida por un humor oscurísimo, Entre los archivos del distrito funciona mucho mejor como descripción de un universo gris y apático que como canto a la libertad personal, pero no deja de ser una curiosa novela y una lectura agradable.






Revolver
Matt Kindt
Norma, 2012
ISBN: 978-84-679-0691-2
192 páginas
22,50 €
Traducción de Ernest Riera





Imagina que tu vida se escinde: por un lado, el mundo real, levantarse temprano, ir a la oficina, donde te espera un trabajo alienante, una jefa tiránica, una novia insustancial; al otro lado del espejo, cada vez que te duermes, un mundo en el que todo se colapsa aceleradamente, el gobierno bombardea las ciudades, se producen atentados terroristas a diario, una terrible pandemia empieza a extenderse... y en el que, paradójicamente, te siente mejor; vives una existencia azarosa, llena de peligro y experiencias traumáticas, pero, al menos, vives. Los personajes que conoces también están allí, al otro lado del espejo del sueño, pero sus roles también han cambiado; y quizás allí, puedes ser, incluso, un héroe… ¿En cuál de los dos mundos preferirías residir permanentemente?

A esa disyuntiva se enfrenta John, el protagonista de Revolver. La clave de esa existencia dual parece estar en manos de un misterioso personaje asentado en San Francisco, y tanto en sus "sueños" como en la "realidad", parte en su busca… Editada por Vertigo, la división de DC enfocada a un público más adulto en la que han explotado algunos enormes talentos, como Grant Morrison (El asco), Alan Moore (V de Vendetta) o Neil Gaiman (Sandman), Revolver está a la altura de sus antecesoras y es la novela gráfica más impactante que este humilde reseñista ha podido leer en mucho tiempo. Con un dibujo esquemático y efectivo, Kindt diferencia hábilmente ambas realidades sin que la transición entre una y otra se vuelva nunca mecánica y nos sumerge en una historia borgiana, claustrofóbica y misteriosa. Revolver, representa, asimismo un gran homenaje al imaginario de uno de los más grandes escritores del siglo XX, Philip K. Dick -piensen en Ubik o El hombre en el castillo, obras atravesadas por el temor a no saber reconocer lo que no es "real", a vivir en universos ficticios-, lo que también nos recuerda a la última (y muy recomendable) sensación del cine 'indie' norteamericana, la inquietante Take Shelter. Si van a leer un cómic -al menos, uno- este año, Revolver sería una magnífica elección.

11 noviembre 2010

Apunte del natural

Viaje a la Palestina ocupada

Eric Hazan

Errata Naturae, 2010

ISBN: 9788493 714581

128 páginas

13,50 €

Traducción: Sara Álvarez Pérez




Ilya U. Topper

Este libro es exactamente lo que pretende ser desde la portada: las notas de un viaje a la Palestina ocupada. Apuntes por orden cronológico, impresiones sobre el terreno, personajes que el viajero se va encontrando, entrevistas breves con las típicas figuras a las que uno visitará cuando recorre Cisjordania para tomarle el pulso a la situación: alcaldes de Hamás, diputadas de Fatah, defensores de derechos humanos, libreros marxistas, activistas feministas. Un cuaderno de viajes en estado puro, apenas retocado, tal vez nada retocado. Leer este libro es lo más cercano a hacerse un viaje relámpago a Palestina sin salir de casa.

En realidad debería poner fin a la reseña aquí, porque no hay más. Es esto. ¿Debería haber algo más? Bueno... Considerando que el autor, Éric Hazan (París 1936) es hijo de madre palestina apátrida y padre judío, tal vez uno se esperaba algo más. Algo así como un conflicto de dos personalidades en el pecho del autor, un desgarro de emociones, un choque entre la conciencia del derecho internacional y la ‘causa judía’ que eleva Israel ―único hogar seguro ad eternam― por encima del bien y el mal.

Pero no. No sé si Éric Hazan tiene una filiación política conocida, no sé si alguna vez en su vida se ha declarado marxista, anarquista o qué sé yo, pero es obvio que es un hombre que piensa, y que piensa muy claramente contra el poder, contra bastantes poderes, incluso contra la cómoda democracia liberal en la que todos vivimos. En otras palabras: sería ridículo esperar de Hazan, simplemente porque su padre era un judío egipcio, que se sintiera vinculado a un proyecto de conquista de tierras a favor de una raza determinada, justificada a través de mitos religiosos, como es el sionismo.

Eso sí, dedica un breve capítulo a la imagen que del Holocausto, es decir de la persecución de judíos en la Alemania nazi, tienen los jóvenes palestinos, y encuentra que hay mucho mito, y muchas ganas de no creer en él, o al menos no en las cifras avaladas hoy por leyes anti-negación, porque el holocausto es la pieza esencial que justifica la opresión israelí de los palestinos. También se encuentra con que nadie se sorprende ni nadie cambia de actitud cuando él se declara judío.

Lo que tal vez sí me hubiera esperado de un intelectual ―médico y editor― que lleva cincuenta años en la brecha (recordemos que se afilió en la década de los 50 a las redes clandestinas del Frente de Liberación Nacional que combatía por la independencia de Argelia) era algo más de reflexión personal, algún aforismo válido para cualquier tiempo y espacio, una visión que vaya más allá de Palestina.

Hazan hace como si llegara por primera vez a los territorios palestinos: observa atentamente, toma nota de todo, no comenta, no juzga. Recurso elegante (ya en los 70, Hazan fundó la asociación médica franco-palestina, y ha traducido y editado obras de Edward Said), que permite también al lector primerizo, el que poco sabe de Palestina, acercarse al terreno sin ser abrumado por análisis de experto.

La otra cara de la moneda es que el cuaderno no aporta mucho más de lo que usted puede leer en la prensa diaria o dominical, si se esfuerza un poquito en abrir regularmente las páginas de ‘Internacional’. En la prensa española, quiero decir. No sé si la prensa francesa mayoritaria ofrece la misma imagen realista y cruda de Palestina (la alemana o norteamericana no lo hace, por ejemplo) o si allí el libro ofrece toda una visión rompedora.

En este cuaderno, el veterano intelectual combativo Éric Hazan desaparece para dejar el espacio a la gente, en parte anónima, que le hablan. Sólo a veces aflora su posición personal en contra de un troceado Estado palestino y a favor de un Estado único palestino-judío, en contra de las interminables negociaciones, ya casi ficticias, de la Autoridad Palestina, y a favor de una renovada resistencia popular. Aunque no nos dice ―porque no sabe, porque nadie sabe― en qué podría consistir esta resistencia, si puede o debe ser violenta o pacifista, y a qué resultado podría llevar.

La traducción, bien. La edición, bonita, aunque la atribución de “Diseño de portada e ilustraciones” a David Sánchez omite aclarar que los numerosos esbozos ―esquemas, mapas, planos― con palabras explicativas en francés, así como las fotografías, pertenecen, con una probabilidad rayana en la certeza, al autor.

22 octubre 2010

Lo (no) grandilocuente

Tríptico
Santos que yo te pinte


Julián Rodríguez

Errata Naturae, 2010

ISBN: 978-84-937889-3-3 y 978-84-937889-4-0

48 y 64 páginas

5,90 y 7,90 €

Carolina León

“Lo que nos supera, nos aniquila”; "Mujeres que dejan atrás las pesadillas cuando se convencen de que son amadas"; “Así lo digo: sin la televisión, la soledad habría sido peor”; “Querer, una palabra insondable”; “Posiblemente tengas razón. Siempre la tuviste”; “Vaguedades como las palabras de amistad sucedánea, y el amor sucedáneo, y el tiempo sucedáneo".

He visto todas estas frases anotadas una junto a la otra, convocándome para escribir una reseña, y se ha despertado en mí algo antiguo, un reclamo de otros tiempos, de la adolescencia incandescente o de la juventud desbocada, de los primeros descubrimientos literarios -quizá los únicos verdaderos. He creído recordar cómo leía en aquellos tiempos: sorbiendo cada frase, tratando de descifrar los sortilegios, maravillada por la guerra interior de toda prosa.

Porque eran otros tiempos, quizá más inocentes. Ahora las cosas no nos arrebatan igual -y perdonen la crítica inmanente, ombliguista-. ¿Y entonces? ¿Tiene sentido hablar de ímpetu, de juventud, de ardor, para escribir sobre estos pequeños volúmenes de Julián Rodríguez, cuatro textos dependientes-independientes, de los que nos dicen que fueron escritos alrededor de 1998 y reescritos durante años hasta hoy? Tiene sentido, y me explico. Son relatos antiguos, sometidos a reescritura exigente a lo largo de los años. Se dan por primera vez a la lectura después de esa larga rumia, en dos libros separados: Santos que yo te pinte es un relato autónomo, Tríptico contiene, como su nombre indica, tres cuentos que se anudan por algunos de sus cabos. Viven del "entonces" y viven del "mientras tanto", así como de este momento.

El primero repta como una alimaña, inquieta por su discurso ensimismado, por la falta de referentes que aqueja al lector y las capas de significación que se amontonan en su prosa aparentemente liviana. El segundo, el Tríptico, es un retablo al estilo gótico, que en lugar de invocar episodios bíblicos tiene los pies narrativos bien pegados al suelo, a las "cosas del mundo". Se narran interrelaciones, incomunicaciones, ausencias, vacíos, deseos inacabados. Parejas que ya no se entienden, progenitores ponzoñosos e interlocutores no especificados. Brevedad, densidad, intensidad: en un primer recorrido alcanzamos a intuir que no hay ni una coma al azar y la palabra esconde mucho más de lo que muestra. ¿De qué "cosas" se está hablando, a las cuales nos referimos por medio de pedazos abstractos de grafías entrelazadas, significantes aislados?

Lo que pasa en ellos, en sí, no es importante, lo es la sensación de que la prosa lo contiene todo. El efecto que crea esta ebanistería tranquila, paciente, de la prosa es el de dar luz a esos huecos de la existencia, ese absurdo profundo que nos invadía cuando éramos jóvenes y teníamos menos armas -o menos cansancio- para entender. Lo que hace Rodríguez en estos libritos (que son, por utilizar una imagen enológica, "crianzas" que han envejecido muy bien, pero no precisamente por haber quedado inmóviles al fresco) es dar categoría filosófica a esos huecos. Un trabajo, una filigrana semántica y temporal que estamos más acostumbrados a encontrar en la poesía, pero que tiene grandes referentes en narrativa (pienso en Mario Levrero o en Natalia Ginzburg, por decir ejemplos que tengo fresquitos). No es que lo "cotidiano" entre aquí en categoría de nada, no es que ontológicamente se llene de "ser", puedo intuir que se trata de una materia cualquiera, como podría haber sido "el asesinato de Julio César" -y que hace involuntariamente de vehículo para otro tipo de cuestiones.

Sin embargo, en su germen está ese ardor que el escritor ha querido trascender a base de elaboración. Por eso pienso en la lectura gozosa y desprejuiciada de los años adolescentes. Pienso en el asombro constante. Y pienso en los abismos, en el sinsentido derrumbado que uno sentía en cada aspecto de su vida, la de verdad, y la muy acogedora y reconciliable sensación de protección, de perfección que deparaba una canción pop cuando no entendíamos nada de nada. ¿Capricho de reseñista? Santos que yo te pinte es un tema de Los Planetas, Rodríguez menciona A letter to Elise de The Cure en una de las notas finales, yo no puedo dejar de pensar en No hay nada como tú de Esclarecidos.

Así que me es fácil imaginarme a las muy afortunadas lectoras adolescentes del 2010 con estos libros en las manos -que bien pueden pedir como regalo al novio que pronto se les irá-. Si bien en el interior de estos cuentos sus personajes están desencontrados y ausentes (el mundo es así), cualquiera puede sucumbir a la belleza de las palabras, al "desdén de la grandilocuencia" inmanente en su prosa, a su condición insondable: traicioneras como son, las palabras en relatos como estos cuentan con espesor suficiente para rellenar vacíos. Algunos, al menos.

29 junio 2010

Después de Auschwitz

Fuck America

Edgar Hilsenrath

Errata Naturae, 2010

ISBN. 9788493714567

262 páginas.

19.90 euros.

Traducción de Iván de los Ríos


Alejandro Luque


Si un lector desistiera de acabar esta novela a la altura de, pongamos por caso, la página 200, le quedaría la sensación de haber leído tan sólo una fenomenal gamberrada, una loca provocación. Baste decir que su protagonista, Jakob Bronsky, hijo de familia judía que de milagro alcanza los Estados Unidos huyendo de los nazis, se propone escribir una novela titulada El pajillero que narre su cruda experiencia en el gueto. Mientras sueña con el contrato editorial que le dará fama y prosperidad, sobrevive mal que bien entre empleos miserables y golpes de picaresca, cociéndose a fuego lento en esa cocina infernal de Times Square donde moran las putas, los parias, todos los residuos de la gran ciudad.
El sueño americano muestra su verdadero rostro de pesadilla. El miedo cambia de asiento, pero no se deja conjurar. El superviviente arrastra consigo la culpa de la salvación, la sombra de “los Seis Millones” pesa demasiado en la conciencia. Pero las urgencias de Bronsky en 1952 son de otra índole: no se come un rosco y tiene dificultades para almorzar caliente. Así, la prosa cruda de Fuck America, su tono macarra y sus fantasías sodomitas, van conduciendo al lector hacia un giro final deslumbrante, donde el diván pondrá orden y sentido a tanto caos vital, como si Woody Allen y Wladislaw Szpilman se fundieran en un inesperado abrazo.
Adorno certificó la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz; Hilsenrath –quien vierte en este texto no pocas experiencias personales– viene a demostrar que, por el contrario, escribir es precisamente lo único que se puede hacer, oponer al espanto al menos un montón de palabras obscenas, febriles, alucinadas y, lo que resulta más sorprendente, nada autocompasivas y hasta cargadas de humor.

23 diciembre 2009

La televisión hace pensar

Los Soprano forever
Antimanual de una serie de culto


VV.AA.

Errata Naturae, 2009

ISBN: 978-84-937145-4-3

168 Páginas

16,90 €




Carolina León

¿Tiene una serie de televisión categoría suficiente para estimular a los pensadores de la estética y la filosofía modernas a crear en torno suyo? Frente a un libro como éste (y hay otro reciente en los estantes de “novedades”, Los Simpson y la filosofía), algunos pondrán una ceja en alto con toda la suspicacia del mundo.

Esos, en todo caso, son los que no han recorrido los ochenta y seis capítulos de Los Soprano (y probablemente ninguna de las muchas temporadas de series ya imprescindibles en el imaginario audiovisual reciente, véase Six Feet Under, The Wire o Mad Men). Con Los Soprano, como mundo televisivo, producto cultural que juntó a muchos miles de personas delante de sus pantallas por varios años y revulsivo de un género completo con varias décadas de historia (el cine negro y, dentro de él, el subconjunto de las películas de mafiosos), no sorprende lo más mínimo que críticos de la cultura como Noël Carrol increpen a los creadores de la serie desde puntos de vista como la moral, las trampas de la identificación con los criminales, la estética posmoderna, la psicología, las distintas interpretaciones del mal o el nihilismo.

El volumen diseñado por la editorial Errata Naturae es una selección (o disección) de algunos de los textos de otro volumen, norteamericano él, (The Sopranos and philosophy: I kill therefore I am, 2004), que aquí se cocinan en otros caldos. Los del mencionado Carrol, Peter H. Hare o Kevin L. Stoehr, profesores y eminencias en disciplinas humanistas en universidades del gran país, han salido de aquel otro libro para reunirse con artículos entregados por algunos de los señores más importantes de nuestras universidades: Iván de los Ríos, Fernando R. Lafuente, Ignacio Castro Rey o Fernando Castro Flórez, quien se marca un ensayo de sesenta páginas con ¡125 notas al pie!

Y es que dentro de una serie como ésta, donde se pusieron en entredicho muchas cosas dadas por sabidas, se pudo ver reflejado cualquier tipo de clase media (sin necesidad de dedicarse al contrabando, la trata de mujeres o las extorsiones) de cualquier ciudad del “primer mundo”, pudimos conocer la degradación existencial del mito del mafioso elegante y cool inmortalizado por Coppola en la persona de un inmenso (en todos los sentidos) Tony Soprano, y donde los tipos humanos más corrientes, tan parecidos a nuestros vecinos (esa Carmela con preocupaciones de andar por casa y remordimientos por la forma en que su marido gana el dinero, esos viejetes verdes en chándal deformante...), ha dado y dará para pensar mucho. Para tratar de desentrañar sus secretos.

Y, dentro de Los Soprano forever, hay espacio para divagaciones más o menos pertinentes, pero en cualquier caso se pueden encontrar ideas sabrosas y estimulantes. Como en “Mitología y desencanto: una introducción a Tony Soprano” (Iván de los Ríos), en que las lecturas se cruzan hacia el corazón del personaje que condujo la serie, tratando de entresacar una tipología del criminal dentro y fuera de la pantalla. El extenso, y sabio, ensayo de Castro Flórez, intensísimo en referencias y contactos con Freud, Lacan, Baudrillard, Bataille y otros muchos, en una apasionante exploración al interior de las relaciones de los individuos representados en la serie, en sus roles y en su visión de sí mismos (si es que un personaje puede tener autoconciencia), que funciona como el más abarcador análisis de los que aquí se pueden leer. Como el de Ignacio Castro Rey (“Vivir puede matar”), el más crítico con los conceptos de televisión y entretenimiento de entrega semanal, que abre muchas cuestiones en torno a la mitificación de la serie: si realmente se puede comparar con la historia del cine o si merece la pena dedicarle 86 horas de nuestra vida a su visionado.

Pues mi respuesta incondicional es que sí. Que hay que pararse a degustar despacito y con buen sofá bajo las posaderas (o, como dice Rodrigo Fresán al término, “mudarse a vivir a la casa de New Jersey”) toda la serie, para poder después entrar en el libro. Que el segundo es un conjunto de reflexiones desde lo modesto a lo más interesante, pero que no podrían existir sin el artilugio creado por David Chase y compañía. Buon anima!

20 noviembre 2009

La biblioteca infinita

Las bibliotecas de Dédalo

Enis Batur

Errata Naturae, 2009

ISBN. 978-84-937145-2-9.

96 páginas.

9,90 euros.
Traducción de Rafael Carpintero.




Luis Manuel Ruiz

El libro, cualquier libro, es una máquina sorprendente. Estira la memoria de un individuo hasta hacerla coincidir con la de la gran masa de los congéneres que le rodean, guarda detalles de personas, objetos, ciudades y bosques que desaparecieron sin dejar traza en el aire, interroga a quien se le aproxima haciéndole reparar en esos rincones de sombra que rodean toda vida y que hasta el momento sólo había observado de soslayo. Si la muleta es la extensión de nuestro muslo y el telescopio un ojo elevado al cuadrado, el libro significa el aumento artificial de la imaginación y de la memoria humanas: un miembro ortopédico que nos ayuda a desenvolvernos en el mundo impidiéndonos tropezar. Por eso la biblioteca (o la Biblioteca, tal y como la mayúscula Enis Batur, para distinguir el modelo impresionante y platónico de las colecciones domésticas de los aficionados a los libros) es una imagen, o un símbolo, que no deja de excitar continuamente la fantasía de artistas e intelectuales. La Biblioteca, donde cabe todo el saber, todas las mentiras, y los sueños, y las sospechas, y los desmentidos, es un trasunto del propio universo. Y, como el universo, caudalosa e indescifrable: nadie sabe cuántos volúmenes contiene, qué orden respetan dichos volúmenes, quién los colocó ahí, dónde comienzan o terminan, para qué.

A lo largo de su existencia, todo bibliófilo intenta, con mejor o peor fortuna, alcanzar un atisbo de esa Biblioteca monstruosa montando una pequeña maqueta en casa. Es lo que también hizo Enis Batur, escritor turco, autor de Las bibliotecas de Dédalo, una obra laberíntica y obsesiva, igual que el tema que trata de abordar: por qué hay ciertas personas que dedican su vida a coleccionar o perseguir libros, por qué hay libros que salvan la vida de ciertas personas. El bibliófilo (o bibliópata) busca compulsivamente el olor a papel viejo de las librerías de lance y se demora recogiendo el polvo de las estanterías con las yemas de los dedos. Visita con ojos aturdidos las grandes colecciones donde los lomos se aúpan unos sobre otros como los bloques de un zigurat, la British Library, la Nationale, la Marziana, la del Congreso, y registra sin miramientos ni educación los estantes del salón en cuanto entra en casa de un desconocido que, por azares del trabajo o la vecindad, le ha invitado a cenar. La bibliofilia, la bibliotecofilia, son afecciones extrañas que Enis Batur comparte con otros muchos extraviados (Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca, Borges, Robert Burton, Montaigne, Aby Warburg, Mario Praz, yo mismo) pero en la que sólo él se detuvo a pensar cuando un suceso aciago le dejó la vida a oscuras de repente: su biblioteca personal se incendió, como la del protagonista de Canetti, una tarde de verano.
En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi. Todo lo que se ha escrito está en esa Biblioteca, que le amenaza noche tras noche con el peso de lo que está a punto de olvidar, o peor, de lo que no leerá jamás, porque es imposible leerlo todo: «Soy lector —admite en el capítulo 12—, por lo tanto soy mortal». La Biblioteca es un símbolo que nos inquieta con la misma fuerza que el del laberinto, o el del universo que comienza al otro lado de nuestra córnea y nuestros dedos. Biblioteca, laberinto, universo constituyen tres facetas de lo mismo: un lugar extraño que aparentemente guarda una estructura o un sentido, pero por el que no cesamos de vagar en busca de un centro. Por eso aprovisionarse de libros y colocarlos en el mueble de casa siguiendo una pauta cierta tiene algo de hilo de Ariadna que nos consuela y nos redime; la vida puede habernos traicionado y haberse burlado de nosotros en las bifurcaciones, pero tenemos los libros: ahí hay un orden. Ernst Cassirer definió la biblioteca de Aby Warburg, que no estaba organizada sobre ningún esquema aparente, no como una colección de libros, sino como una colección de problemas. «Cassirer comprendió que la biblioteca Warburg era ‘un laberinto’ —anota Enis Batur en el capítulo 19—. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa».

[Extraído del blog La tormenta en un vaso]