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28 febrero 2012

'… humani nihil a me alienum puto'


Crímenes

Ferdinand Von Schirach

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-389-8

192 páginas

15,50 €

Traducción de Juan de Sola



José M. López

Crímenes supone la primera incursión en el mundo editorial de Ferdinard Von Schirach, un abogado penalista alemán que ha decidido, basándose en su propia experiencia, plasmar en un estupendo libro de relatos una serie de casos delictivos. Da fe de la buena acogida de esta obra por parte del público el hecho de que algunos visionarios productores de cine ya estén preparando la versión para la pantalla grande.

El sello de identidad y punto fuerte de este libro reside, a mi parecer, en el retrato de los diferentes psicópatas, ladrones o asesinos que aparecen en cada cuento, y que realiza el autor desde un punto de vista realista y cercano. Con un estilo sencillo, telegráfico a veces, pero sin caer en la asepsia, Shirach nos ofrece una visión muy humanizada del crimen, provocando así que el lector llegue a “sufrir” cierta empatía con la persona que comete el, 'a priori', execrable delito. De la lectura de cada relato se desprende, en definitiva, que todos y cada uno de nosotros podríamos llegar a ser, en unas determinadas circunstancias, un criminal.

Debido, seguramente, a su dilatada experiencia en la marginalidad de este mundo, las descripciones de personajes y escenas son lacónicas y verosímiles, como las fotografías tomadas por el agente de policía recién llegado al lugar del crimen, y que desvelan el horror de una mancha de sangre coagulada sobre la alfombra. Esta sobriedad intencionada a la hora de enumerar hechos espantosos o dibujar ciertos ambientes se combina hábilmente con cierto lirismo apenas atisbado, consecuencia quizás del afecto o comprensión que el autor tiene hacia estas criaturas que por diversos motivos han incurrido en acciones horrendas. Porque, para el escritor, el crimen puede aparecer en circunstancias de lo más heterogéneas, y vestido de ropajes muy diferentes: por necesidad o desesperación, como un fatum irremediable que nos persigue, como legítima defensa, como fruto de la esquizofrenia o incluso como una acto de amor o fidelidad.

Otro aspecto realmente atractivo del libro es su enorme capacidad pedagógica. Me refiero a que el autor describe de manera muy asequible los, en ocasiones oscuros, procedimientos y entresijos que el mundo de la jurisprudencia conlleva, y que los ciudadanos de a pie estamos, en la mayoría de las ocasiones, a miles de millas de comprender. El autor plasma en estos relatos la variada casuística o juegos legales que deben manejar los diferentes agentes de la ley para proteger, siempre de la manera más efectiva posible, sus propios intereses, los de la sociedad o los de su cliente. Jueces instructores, abogados, fiscales o agentes de policía deben conocer a la perfección la letra escrita, para, interpretándola y valiéndose de sus vacíos, poder, por ejemplo, asignar una escucha a un testigo, mantenerlo en prisión preventiva o anular una pena por no ajustarse a legalidad, en el sentido más burocrático y absurdo del término.

Un buen libro, en definitiva, que recomiendo a todo aquel que desee acercarse a una serie de historias magníficamente contadas, que vuelven a hacer buenas aquellas palabras de Terencio en las que afirmaba que nada de lo humano no es ajeno, ni siquiera el crimen más espantoso. Aquel que no vaya buscando esto, no importa, que espere la película.

14 febrero 2012

No siempre se acierta


El vino de la soledad

Irène Némirovsky

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-403-1

221 páginas

15 €

Traducción de José Antonio Soriano Marco



Juan Carlos Sierra

Tras la monumental Suite francesa y su merecidísimo éxito de crítica y público, la editorial Salamandra ha ido recuperando poco a poco la obra narrativa de Irène Némirovsky, dando con cuentagotas -casi a razón de uno al año- otros títulos de la autora ucraniana afincada en Francia a partir de 1919. Desde la inauguración de lo que podría llamarse "Colección Némirovsky", el que suscribe estos párrafos ha ido buceando en su obra al ritmo de la publicación en español de sus novelas fascinado, principalmente, por su maestría a la hora de perfilar caracteres, de bucear en el alma humana, de crear personajes hondos, complejos y redondos.

Sin embargo, en El vino de la soledad las expectativas quedan un poco por debajo de lo esperado. Es más, de lo que conocemos hasta el momento de Irène Némirovsky podría afirmar que en este libro la escritora ucraniana rebaja sus exigencias literarias al nivel de la simple corrección. Evidentemente, esta valoración solo se puede realizar con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido y el conocimiento de otras novelas de mayor valía -y no me refiero solo a la sublime e inacabada Suite francesa-.

Si el valor más destacado de la escritura de Némirovsky desde mi punto de vista es la construcción de personajes de una pieza -pero como un mosaico donde cada una de las teselas explica el conjunto y le aporta sus propios matices-, los dibujados en El vino de la soledad adolecen de cierto esquematismo, de una suerte de previsibilidad que puede explicarse quizá por el mismo origen de la novela.

Como ha señalado gran parte de la crítica que se ha ocupado antes de esta novela, se trata de una de las obras más autobiográficas de Irène Némirovsky. De hecho, la protagonista, Elena Karol, puede considerarse su álter ego. Al margen del argumento de la obra, sobre el que no vamos a detenernos, porque no es necesario para nuestra argumentación y porque no queremos desvelar nada a los potenciales lectores de la novela, existe un principio en literatura que posiblemente pasa por alto Némirovsky en la creación de esta obra y que ya enunció Gustavo Adolfo Bécquer muy avanzado el siglo XIX: “Cuando siento no escribo”. Esta frase del poeta sevillano se refiere no solo a la distancia temporal -evidente en el caso de los sucesos que narra El vino de la soledad y el momento de transmitirlos como obra literaria-, sino más bien a la distancia emocional que ha de existir entre el instante de la vida vivida y su posterior plasmación en artefacto literario.

Cuando esa distancia no existe, aunque haya pasado mucho tiempo, el efecto literario puede resultar frustrante. Cuando uno sigue íntima y emocionalmente ligado a los sucesos que piensa trasladar al papel, por paradójico que parezca, el intento suele resultar fallido, porque los sentimientos son malos consejeros en la escritura, porque las confesiones hay que dejarlas para los amigos o para el cura, si se es creyente, y porque la claridad necesaria para construir una trama y especialmente unos personajes puede verse nublada y lastrada por los deseos de venganza, por los impulsos de ajuste de cuentas que, como es el caso que aquí nos ocupa, sobrevuelan El vino de la soledad.

Si no se ha leído nada de Irène Némirovsky, esta obra puede ser, no obstante, un buen comienzo porque al fin y al cabo -ya lo hemos apuntado antes- se trata de una obra correcta; si ya se ha disfrutado de Suite francesa o El baile, se puede prescindir de El vino de la soledad, que hay muchos libros esperando y muy poco tiempo.

27 octubre 2011

La gallina gorda que pesa poco


Libertad

Jonathan Franzen

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-397-3

672 páginas

25,00 €

Traducción de Isabel Ferrer Marrades



Fran G. Matute

Ser “el acontecimiento literario del año” podría convertirse en una losa para cualquier obra, salvo para Libertad (2010) de Jonathan Franzen. Una novela y un autor que se han acostumbrado a vivir en el peliagudo mundo de la grandilocuencia y la hipérbole, gracias a los críticos literarios, la revista Time y al Presidente Obama.

Todos ellos han situado a Franzen -en el marco de una muy bien orquestada campaña publicitaria- como una especie de salvador de la novela, un superhéroe literario llamado a cumplir una tarea legendaria: criar la gallina gorda que pesa poco. Esto es, facturar el híbrido perfecto entre la Gran Novela Americana (ese unicornio blanco en perpetua búsqueda y captura) y el ‘best seller’ (no como elemento identificador del número de ejemplares vendidos sino como concepto definitorio de un tipo de escritura mecánica y fluida que favorece y agiliza la lectura de una obra). Por tanto, la primera gran cuestión que deberíamos plantearnos a la hora de afrontar una recensión crítica de Libertad es si la novela hoy día necesita de un salvador o no y en qué términos. Y la segunda sería, no por obvia innecesaria, si la última obra de Franzen cumple tan altas expectativas.

Si bien reconozco que nunca he entendido muy bien esa enfermiza obsesión americana por escribir la ‘über roman’, la realidad es que cada vez que se anuncia la llegada de la nueva Gran Novela Americana corro a por ella a la librería más cercana. Curiosamente, la última publicación que unánimemente fue concebida o recibida por la prensa especializada como tal fue, precisamente, la anterior novela de Franzen, Las correcciones (2001). Y bajo el impacto de aquélla premiada y excelentísima obra debe a nuestro juicio valorarse Libertad, que en ningún caso parece romper el cordón umbilical que la une, inexorablemente, con su predecesora.

Percibimos, pues, que la nueva novela de Franzen funciona como una especie de continuación temática y estilística de Las correcciones y esta impresión no le aporta, objetivamente, demasiado valor. Podemos llegar a aceptar que Franzen está consolidando así su nuevo estilo (rompiendo con el claro postmodernismo de sus primeras obras de ficción, Ciudad veintisiete y Movimiento fuerte) que supone el paso de la experimentación al realismo y que lo anterior implica un importante posicionamiento conceptual sobre el futuro de la novela: el postmodernismo literario ha llegado a su fin, se ha convertido en un modelo agotado y es hora de volver a los orígenes de la literatura. Si este es el mensaje que nos está enviando Franzen con su nueva novela (y así lo creemos firmemente), se trata entonces de un mensaje importante y no existe hoy día escritor más adecuado para defender dicho posicionamiento.

No pretendemos analizar aquí el fin del postmodernismo (para ello lean a Lipovetsky) pero sí que podemos plantear una serie de comparables que nos llevan a creer en lo anterior. La última gran novela postmoderna fue La broma infinita (1996), del tristemente fallecido David Foster Wallace, adalid del movimiento y amigo personal de Franzen. Aquélla novela de más de mil páginas y cientos de notas explicativas supuso, en la práctica, el canto del cisne del postmodernismo literario. No se podía experimentar (embrollar) más sobre una historia que, en el fondo, iba sobre la familia y la sociedad capitalista. Y son estos dos pivotes temáticos los que vertebran la Gran Novela Americana reciente. Los mismos sobre los que se construyó Las correcciones, los mismos que configuran el endoesqueleto de Libertad.

Resulta, por tanto, posible paralelizar una obra tan compleja y distópica como La broma infinita con una tan deliberadamente realista como Libertad. Como hemos señalado con anterioridad, ambas novelas recorren los mismos senderos temáticos, pero hasta en los detalles podemos encontrar similitudes. La obsesión por el deporte (ya sea el tenis o el baloncesto) o, mejor dicho, por triunfar en el deporte y sus derivaciones sociales; la disección de esa institución nuclear que es la familia americana (ya sean los Incandenza o los Berglund); la preocupación por el medioambiente (ya sea el reciclaje de residuos radioactivos o la preservación de la reinita cerúlea); la existencia de plataformas suprainstitucionales con alto calado conspirativo (ya sea la O.N.A.N. o la Fundación Monte Cerúleo)…

Lo anterior entronca directamente con todo lo que se ha especulado sobre la complementariedad de las obras de Franzen y Foster Wallace en el escaparate literario contemporáneo. Así que tras la muerte de Wallace dicho debate quedó mudo: Franzen, solo ante el peligro, heredó la responsabilidad que ambos autores compartían hasta la fecha. Y su primera acción consciente ha sido declarar el fallecimiento de la novela postmoderna con la publicación de Libertad. Parece, por tanto, que Franzen sí ha asumido la labor de salvador del género, aunque dicha tarea haya sido más impuesta por los medios que buscada por el escritor, el cual, en cualquier caso, no parece haberse resistido mucho a la hora de aceptar su rol de libertador.

¿Qué podemos esperar entonces de Libertad? Para empezar, una novela exquisitamente escrita, con un dominio prodigioso de los diálogos (ríase usted de esos llamados “dialoguistas” tipo Richard Price o David Mamet), que narra la historia de los Berglund, una familia en constante caída hacia la desestructuración. Sí, ya sé, hemos leído muchas veces historias de familias en descomposición y la literatura norteamericana es rica en ello. Pero Franzen introduce, a nuestro juicio, un elemento innovador en la ecuación: la causa de todos nuestros males es la libertad, o mejor dicho, el uso que damos los ciudadanos a la misma.

“Todo gira en torno al problema de las libertades personales (…). La gente vino a este país por el dinero o la libertad. Si no tienes dinero, te aferras aún más furiosamente a tus libertades. Aunque fumar te mate, aunque no puedas dar de comer a tus hijos, aunque a tus hijos los mate a tiros un loco con un fusil de asalto. Puedes ser pobre, pero lo único que nadie te puede quitar es la libertad de joderte la vida como te dé la gana.” Es en este brutal (por sincero) fragmento en el que hemos encontrado la mejor definición posible de lo que Franzen pretende poner en tela de juicio con su última novela. Estaréis conmigo que se trata de una mastodóntica y pretenciosa labor que el de Illinois cumple a medias, ya que expone muchos interrogantes pero no ofrece las respuestas.

Para plasmar semejante pretensión, Franzen recorre en su novela los grandes temas que afectan a la civilización global, tal y como la estamos desarrollando actualmente: desde el medioambiente, a la superpoblación, pasando por la constante necesidad que tiene el ser humano de gustar a los demás, de desarrollar su ser social y empático. Para ello, Franzen hace discurrir a sus personajes principales (todos trazados con una precisión inmaculada), por un sinfín de contradicciones localizando en el seno de una misma familia criada al albur del capitalismo todos los puntos de vista posibles sobre las grandes cuestiones que preocupan al ser humano a comienzos del siglo XXI. No podemos, por tanto, minusvalorar el complejo mosaico que Franzen ha pintado en Libertad, con sus alambicadas relaciones personales y sus personajes ricos en matices, tan bien escritos que convierten a los secundarios en meros peleles dentro de la historia, con independencia de que algunos pasajes nos han parecido, en ocasiones, un tanto plúmbeos (esa epopeya medioambiental movilizada por el padre...), por no hablar de ese final enfermizamente buenrollista.

De todos los personajes centrales, queremos destacar el que, a nuestro juicio, supone uno de los grandes elementos diferenciadores de Libertad. Hablamos de Richard Katz, trasunto del típico músico de 'rock' al que su paso del ‘punk’ al ‘country’ alternativo le trae la fama y le destroza su orgullo. Un rockero pasado de vueltas que termina vendiéndose al corporativismo presuntamente por una buena causa y que sirve de metáfora viva de nuestros tiempos adultos: el adocenamiento y la facilidad con la que se asimila el sistema llegada la madurez. Gracias a Katz, Franzen introduce en su reflexiva novela algunos de los elementos de juicio más interesantes de todo el texto. Las constantes alusiones musicales (por ejemplo, a Jeff Tweedy de Wilco -como ejemplos de la grandilocuencia intelectual de la música- o a Conor Oberst de Bright Eyes -para poner de manifiesto la obsolescencia del viejo rockero-), convierten a estos pasajes en dignos de figurar en la obra del Nick Hornby más reflexivo, a la vez que establecen un vínculo con los más jóvenes, que deberían ser los principales destinatarios de esta novela, por cuanto de los errores del pasado puedan llegar a aprender.

Porque hablando de destinatarios, ¿a quién se supone que va dirigida realmente esta novela de corte elitista y cuerpo de 'soap opera'? ¿Pueden percibirla por igual el intelectual norteamericano que el europeo? ¿Alcanzarán a asimilar -esto es, gustar, disfrutar- esta novela en todo su esplendor las clases medias o el lector casual? La realidad es que Libertad resulta ser un fascinante lienzo de relaciones personales que sirve como excusa para contar temas mayores y de paso ofrece algunas de las mejores reflexiones filosóficas acerca de nuestro primer y más fiero enemigo, que somos nosotros mismos. No se trata de una novela eminentemente política pero sí trata sobre la crisis ideológica que vivimos. No pretende romper con el pasado inmediato, pero mira al futuro desde la tradición y de paso consigue situar a Franzen entre los grandes virtuosos de la narrativa descriptiva de nuestro tiempo sin necesidad de recurrir a la experimentación. Libertad es, en consecuencia, un artefacto literario imponente y aparentemente complejo que más que leerse se engulle. Y a pesar de todo lo anterior, deja en el aire una triste e inquietante sensación: la de que David Foster Wallace no se suicidó para esto...

25 octubre 2011

No es lo mismo


La acabadora

Michela Murgia

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-377-5

192 páginas

15 €

Traducción de Teresa Clavel




Alejandro Luque

Aunque acaba de desembarcar en el mercado español, Michela Murgia (Cabras, 1972) goza de cierto predicamento en su país, Italia, donde desarrolla una intensa actividad como 'blogger' y opinadora televisiva. Autora, entre otros títulos, del ensayo El mundo debe saber y de una curiosa guía de viaje por su Cerdeña natal, su consagración como escritora llegó con La acabadora, su tarjeta de presentación en España y el libro que le ha valido los premios SuperMondello y Campiello. Y es precisamente su condición de figura laureada y mediática lo que invita a examinar su obra con seriedad, sin la indulgencia que se reserva a los principiantes.

El planteamiento inicial de La acabadora merece, de entrada, un aplauso por su valentía. Acometer el tema de la muerte asistida desde la ficción, es por sí solo un convincente gesto de compromiso, una buena percha para atraer al lector desde el reclamo de contraportada. ¿Cuánto da de sí esa expectativa? Veámoslo.

El argumento central gira en torno a la relación entre una mujer, la modista Bonaria, y Maria, su “hija del alma” –léase tomada en adopción, por incapacidad de la familia legítima para criarla. Las ocasionales, intempestivas salidas nocturnas de la madre llevan a la muchacha a sospechar de un secreto que el pueblo entero mantiene oculto desde tiempos inmemoriales: la existencia de personas que asisten a los vecinos agonizantes y les ayudan a un “buen morir”, al margen de las leyes humanas y divinas.

Para desarrollar esta idea, Murgia construye una atractiva atmósfera rural, donde las miradas y los silencios forman parte de un código eficaz. Resulta imposible adentrarse en este ámbito sin recordar a la asombrosa premio Nobel sarda, Grazia Deledda, que supo recrear como pocos ese mundo cerrado y primitivo, lleno de impenetrables atavismos y ritos ancestrales.

Por desgracia, a la hora de escoger un dilema que rompa la acción Murgia comete un error de bulto. Presenta a Nicola, un vecino que sufre la (para él) insoportable humillación de ser mutilado y que, viendo canceladas todas sus expectativas de encontrar esposa y crear familia, pide a la Acabadora que le ayude a poner fin a su vida. Y es aquí donde, a mi juicio, se quiebra toda la gracia de la novela, pues no es de recibo confundir el acto de misericordia de la asistencia al moribundo, que no sabe o no puede aliviar su agonía, con un mero asunto de honor. ¿Qué sentido tiene comprometer a otro, si uno mismo puede optar entre seguir viviendo o acabar con todo por sus propios medios? Las prácticas eutanásicas se fundan sobre una idea de muerte digna que nada tiene que ver con las pulsiones suicidas. Mezclar estas churras con aquellas merinas es suficiente para hacer naufragar una historia que iba cogiendo vuelo. Murgia se mete ella sola en la trampa, y ella sola echa a perder la historia.

El giro que supone la marcha de Maria, el intento de contrastar el mundo pueblerino con la modernidad urbana, no consigue reparar el error mencionado, y la novela va resbalando hacia un final previsible. Pero queda en la cabeza del lector la sospecha de que esta historia podría haber dado más juego, y que su remate sería mucho más redondo de no haber permitido un golpe de efecto tan fallido como el de Nicola. De la carrera de Murgia, de sus habilidades y de su arrojo, cabe esperar todavía mucho más, siempre que el éxito precoz y las adulaciones no la echen a perder como novelista.

Confieso que leí esta novela el pasado verano, cuando estaba de plena actualidad el caso de Ramona, la vecina onubense a la que se retiró la sonda nasogástrica a petición de su familia, y tal vez me encontraba más sensibilizado de lo habitual. Puede que una novela no sea más que eso, una simple historia. Pero si la Literatura tiene un cometido más allá del entretenimiento, es el de ayudar a comprender la vida y la muerte, y no el de añadir confusión.

19 mayo 2011

No todos son iguales


El campo del alfarero

Andrea Camilleri

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-356-0

224 pàginas

14 €

Traducción de María Antonia Menini Pagès



Alejandro Luque

Pues no señor, no todos los 'best-sellers' son iguales. De hecho, la traducción literal del palabro, “los que mejor venden”, no debería tener connotaciones peyorativas después de haber acompañado a fenómenos como Cien años de soledad o El nombre de la rosa. Y sin embargo, ha acabado usándose como sinónimo de literatura basura, facilona, complaciente, de consumo rápido. Todo esto viene a la cabeza al terminar la última novela del 'best-seller' siciliano Andrea Camilleri, un hombre empeñado en seguir dando alegrías a sus seguidores, por longevo –86 abriles ya– y por mantenerse a pleno rendimiento, por encima del título por año.

Se trata, además, de una nueva entrega de la serie protagonizada por el comisario Salvo Montalbano, la misma que le ha dado éxito mundial y ha sido llevada a la televisión. Una vez más, nos reencontramos con todas las conocidas señas de identidad del protagonista, desde su gusto por la buena mesa a su obstinada misantropía, pasando por sus difíciles relaciones con Livia; y volvemos también a disfrutar con esa comisaría que siempre parece una mezcla de Brigada Central y Jaimito: Catarella, Fazio, Mimì Augello, sin olvidar a la insustituible Ingrid...

En esta ocasión, el caso a resolver es el de un cadáver hallado en una zona rocosa del litoral, despedazado y desfigurado. Poco después, una mujer hispana de las de rompe y rasga denuncia la desaparición de su marido. Tirando de los cabos sueltos, el policía empezará a relacionar ambos hechos y tratará de arrojar luz, esta vez con un problema añadido: los continuos choques con Augello, y sus dolorosas insinuaciones de que es hora de pensar en la jubilación y dejar paso.

Dicho esto, y sin ánimo de revelar más pistas de la trama –que por algo es una novela negrocriminal, en la que todos los detalles cuentan– toca explicar por qué este 'best-seller' no es homologable a la mayoría de subproductos que suelen etiquetarse de tal modo. Empecemos por la ambición de su planteamiento. El autor no se limita a exponer un crimen y a resolverlo mal que bien, encontrando al culpable y poniéndolo entre rejas. De hecho, la investigación es sólo un pretexto para dibujar un más que convincente paisaje moral de corrupción generalizada, donde están en crisis valores como el honor y la amistad, incluso los propios códigos ancestrales del crimen organizado. Y todo eso lo dota Camilleri de un notable fondo simbólico, cita del Evangelio incluida, que sostiene y enriquece el resultado final, salpimentado con buen humor.

Habrá quien proteste, no sin razón, el hecho de que Camilleri no hace gala precisamente de un estilo elevado. Su ritmo de producción en los últimos años no parece favorecer el mimo en el lenguaje (que sí ha desplegado, y de qué manera, en obras anteriores), sino más bien la agilidad y la eficacia. Es cierto: Camilleri no es Bufalino, ni siquiera Sciascia, por citar a dos de sus más ilustres vecinos isleños, ambos de prosa exquisita. Pero el aparente desaliño del autor de Porto Empedocle no debe ocultar el auténtico alarde de recursos de que hace gala en esta novela.

Alumnos de los talleres de escritura creativa del mundo, rescindan sus matrículas –a menos que les sirva para ligar– y tomen nota: en poco más de 200 páginas y por un módico precio, este vejete les enseña cómo se cuenta un sueño (¡nada más empezar!), cómo se construyen diálogos fluidos y verosímiles en persona y por teléfono, el dibujo rápido de personajes, cómo se usa la forma epistolar (incluso se atreve con la epístola enviada a uno mismo), o cómo un autor pone cervantinamente a su personaje a leer un libro suyo.

Quienes carezcan de ínfulas literarias, también pueden entregarse por gusto a esta historia de polis, mafiosos y conexiones con cárteles colombianos, porque la globalización ha llegado al mundo de Montalbano. Lo que todavía está por llegar allí es internet, dado que los personajes siguen escribiéndose con boli y papel, como en tiempos de Casanova. Lo que nos permite concluir que este Camilleri es, definitivamente, un señor chapado a la antigua.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

01 febrero 2011

Una mente curiosa


El curioso incidente del perro a medianoche

Mark Haddon

Salamandra, 2010. Colección "X Aniversario"

ISBN: 978-84-9838-333-1

272 páginas

10 €

Traducción de Patricia Antón de Vez



José María Moraga

La editorial Salamandra celebró el mes pasado su décimo aniversario lanzando una colección especial con los diez libros que, según ellos, han marcado la trayectoria de la casa. Estas reediciones cuentan con el aliciente doble de, por un lado, poner en perspectiva una suerte de “clásicos del tiempo presente” (tomo prestado el término de la Historia, ni siquiera me atrevo a decir “contemporáneos”) y, por otro, ofrecer reediciones de bolsillo básicas a un precio más que accesible. Nada de lujos, nada de farfolla: solo libros buenos para amantes de la lectura.

De entre esta colección destaco El curioso incidente del perro a medianoche (original de 2003, en España 2004) del autor inglés Mark Haddon. Se trata de un libro premiadísimo y millonario en ventas, sin duda una de las sorpresas de culto de la pasada década. Si –como me pasó a mí- se os escapó cuando apareció o en sus sucesivas reediciones, podéis aprovechar para acercaros a esta novelita intrigante, turbadora y engañosamente simple que no deja indiferente a nadie. Haddon, con una más que solvente trayectoria como autor infantil y juvenil a sus espaldas, nos lanza con El curioso incidente una bola curva: parece un libro para niños pero se trata en realidad de una obra estrictamente para adultos.

Sin querer pecar de hacer la sinopsis, sí diré algo por si no estáis al tanto: la novela es el relato en primera persona de Christopher, un niño de quince años con graves problemas de conducta y altísimas capacidades matemáticas. En todo el libro no se menciona el diagnóstico real de Christopher, aunque los términos “Asperger” o “síndrome del sabio” le vienen al lector enseguida a la mente en cuanto empieza a sumergirse en el estructurado e inflexible mundo del narrador. Digamos que podemos generalizar, con permiso de los expertos, que Christopher es autista, de esos con asombrosas capacidades para la ciencia, el cálculo, la geometría y todo lo que les ayude a imponer un orden en el caótico caudal de información que a estas personas les supone el mundo real.

Mientras sueña con ser astronauta, el mundo del protagonista/narrador se mueve en unos parámetros de sota, caballo y rey, lo que refuerza la terrible tensión, constante durante toda la novela, entre la realidad (que un lector medio puede fácilmente percibir) y las composiciones de lugar que Christopher se hace, lógicas y racionales hasta el paroxismo pero carentes de todo lo que huela a empatía, sentimientos o un ligero desvío de la literalidad (léase chistes, metáforas, religión). Hasta cierto punto, el chico es consciente de esta carencia suya pero, antes de sentirse desgraciado, se siente superior a sus semejantes, puesto que él no es vulnerable a los sentimientos (y por tanto débil) como lo son sus congéneres. A cambio, él es capaz de recordar con precisión absoluta imágenes, nombres y números, o de realizar complicadísimas operaciones matemáticas, vedadas, no ya al resto de los niños de su edad, sino a la mayoría de los mortales.

Pienso que en esta tensión entre narrador autodiegético infrasciente (cuenta su propia historia, sabe menos que el lector) y lector atento estriba el más potente recurso estilístico de El curioso incidente, aunque en honor a la verdad podría achacársele al libro que una vez se conoce el mecanismo este deja de sorprendernos. También el “extrañamiento” juega un papel importante al presentarnos Christopher nuestro propio mundo a través de sus ojos (por ejemplo, cuando ve una taquilla de una estación de metro sin entender lo que es y nos dice que había una mujer sentada detrás de una ventanita de cristal).

Tal vez los seres humanos que no percibimos el mundo así podamos extraer algún beneficio de enfrentarnos a él con los ojos de Christopher: tal vez más nos valdría hacernos fuertes y no depender tanto de los sentimientos, aplicar un poco más la lógica. Sin embargo, me atrevo a aventurar que la intención de Haddon no era sensibilizarnos sobre la problemática del autismo (él ha negado ser un experto en la materia) sino presentarnos de un modo original una compleja historia de expectativas, sentimientos y relaciones interpersonales. Por concretar más el contenido del libro baste decir que contiene un misterioso caso de asesinato, y que el ídolo y modelo de conducta del protagonista para resolverlo no es otro que el mismísimo Sherlock Holmes (de uno de cuyos cuentos está sacado el título de esta novela).

Así y todo, quisiera encuadrar El curioso incidente del perro a medianoche en una corriente de interés por las “mentes prodigiosas”, personas cuyos cerebros no funcionan de manera normal (estadísticamente hablando, no hay juicio alguno aquí) y que por ese motivo nos resultan fascinantes. Ya nos pasó con el Charlie Babbitt de Rain Man (1988), y recientemente los hemos visto en Una mente maravillosa (2001), las series Los informáticos (2006- ) y Big Bang Theory (2007- ) o el documental sobre Daniel Tammet El chico del cerebro increíble (2005). Como dice un amigo mío historiador, esta gente probablemente no hubiera durado ni 5 minutos en la época de las cavernas, pero pienso que a día de hoy son lo más parecido que tenemos a los ordenadores. Y si eso no causa piedad y terror, que venga Dios y lo vea (si existe, claro).

13 mayo 2010

En el alma del asesino

El caso Kurílov

Irène Némirovsky

Ediciones Salamandra, 2010

ISBN: 978-84-9838-273-0

155 páginas

13 euros

Traducción de José Antonio Soriano Marco




Juan Carlos Sierra

Desde que en 2005 se publicara por primera vez en español Suite francesa, el nombre de Irène Némirovsky ha ido ocupando por derecho propio un lugar de preferencia en las bibliotecas de los amantes de la buena literatura.


De aquella magnífica novela inconclusa por la muerte de su autora a manos del nazismo, lo que más sorprende es su honestidad, su resistencia a caer en el juego simplón de buenos y malos, su desnudez a la hora de enfrentarse a la esencia y complejidad del alma humana; y todo ello lo consigue Irène Némirovsky por la vía de la indagación psicológica, a través de la construcción de personajes con relieve, lejos de la visón plana y simplificadora de héroes y villanos, -tentación en la que fácilmente podría haber caído si tenemos en cuenta el momento de redacción de Suite

francesa, la Francia ocupada por el Tercer Reich-.


Hay que recordar que este libro fue el último que escribió Némirovsky, por lo que cabe especular que se trata del final de un camino, de una manera de enfrentarse a la novela, de un proyecto narrativo que empezó a gestarse en su primer título David Golder. Otro de aquellos libros primerizos fue El caso Kurílov –objeto de esta reseña-, en el que ya aparece, aunque sea de forma algo balbuciente, esa manera particular y exigente de construir a los personajes de ficción.


Efectivamente, en esta novela de Némirovsky lo que más atrae al lector y su mayor mérito es el hecho de que el personaje principal, Leon M. o Marcel Legrand, un terrorista revolucionario encargado de ‘liquidar’ a Kurílov –a la sazón Ministro de Instrucción Pública del zar Nicolás II-, no está tratado esquemáticamente, es decir, maltratado por su creadora como si fuera un personaje de guiñol.


El lector asistirá a lo largo de la novela al desarrollo de una extraña relación, la del asesino con su víctima, puesto que Marcel Legrand entra al servicio de Kurílov en calidad de médico personal. La estrategia parece estar clara desde las filas revolucionarias: hazte pasar por uno de ellos, aproxímate al máximo a tu presa porque así será mucho más fácil cazarla. Sin embargo, los autores intelectuales del atentado, utilizando una manida expresión moderna, no han tenido en cuenta que quien va a contar esta historia es Irène Némirovsky, tan atenta a los vericuetos por los que suele moverse el alma humana.


No vamos a desvelar si Marcel Legrand perpetra el atentado contra Kurílov o no, primero, porque la estructura de la novela lo deja claro desde el principio y, en segundo lugar, porque quedarnos en lo anecdótico no beneficia en nada su lectura. Como con Ulises, y salvando las distancias, aquí no se trata de llegar a Ítaca, sino del camino, del viaje, del conflicto que Irène Némirovsky nos plantea en un personaje que se enfrenta no sólo a Kurílov, su víctima, sino a sí mismo. Un trayecto –una novela- apasionante.

19 abril 2010

Insoledables

Pájaros de América

Lorrie Moore

Salamandra, Letras de bolsillo, 2009

ISBN: 978-84-9838-255-6

285 páginas

7,90 Euros

Traducción de María José Galilea Richard




Javier Mije

Hace ya unos años, demasiados años, el buen criterio de un editor desterró al purgatorio de las ideas ineficaces mi pretensión de llamar a un libro de relatos con el fatuo y rimbombante título de Los insoledables. No sé, la verdad, si el título que prevaleció es mejor que éste, y si la frustración de no haberlo utilizado entonces me llevará un día a comprar una finca y bautizarla de tan inédita forma para convertirla en camposanto. Está el cementerio lisboeta de Los placeres. ¿Pero no sería el nombre del mío, digamos, más realista? Les cuento esto porque acabo de regresar de un apasionante viaje entre seres tan solitarios que parecen condenados a la misma orfandad que los muertos. Seres cuyo desamparo parece no tener ni consuelo ni remedio en esta tierra. El cielo se ha cubierto de cenizas estos días. Las agencias de noticias atribuyen la causa a la erupción del volcán islandés Eyjafjallajoekull. Yo creo que mienten: es el rastro de dolor que han dejado en el firmamento unos Pájaros de América.
Lorrie Moore es sobre todo un estilo. Es propio del género breve ganar en la observación y los detalles el vigor que no alcanzaría sólo a través de sus anecdóticos argumentos. Esta premisa se cumple a rajatabla en estas páginas. Fácilmente olvidaremos –con alguna excepción, porque a duras penas nos quitaremos de la cabeza la pesadilla narrada en Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica- la peripecia contada en la mayoría de estos relatos. Moore se centra primordialmente en los conflictos, las contradicciones, los miedos y la complejidad de personajes que suelen actuar en la sístole de algún impulso que los lleva en el mejor de los casos a un poco reconfortante recorrido de ida y vuelta. “La vida es como un largo viaje por un vasto país. A veces hace buen tiempo. A veces hace mal tiempo. A veces es tan malo que el coche se sale de la carretera” (Pág. 117). Lo accidentado del viaje se debe casi siempre a la precariedad de los instrumentos de navegación: “No le habían dado las herramientas adecuadas con las que construir una vida de verdad: eso era. Le habían dado un sobre de sopa y un cepillo de pelo, y le habían dicho: “Espabílate”. Se había quedado allí durante años, pestañeando, confundida, cepillando la sopa con el cepillo”, en Dispuesta. Un viaje que causa extrañamiento –uno de los recursos estrella de Moore-, como el que siente Abby en Que es más de lo que puedo decir de ciertas personas al acomodarse en un coche británico: “sentarse en lo que debería ser el asiento del conductor, pero sin el volante, de repente le pareció un símbolo de algo”. O “se apretó mucho el cinturón de seguridad, como si ella fuera algo salvaje, un animal o una estrella”, en Vida en comunidad. Un viaje en el que estamos perdidos y donde no hay instrucciones de uso ni brújulas ni cartografía que nos permita comprender a nuestros semejantes: “por lo general, la gente no era mapas de carreteras. La gente no era ni jeroglíficos ni libros. No eran historias. Una persona era una colección de accidentes. Una persona era un montón infinito de rocas con cosas creciendo por debajo”, en Si es lo que te apetece, vale.

Qué necesidad de amor tienen las criaturas de Pájaros de América. Tanto que a veces están dispuestas a venderse en saldos a cambio de un abrazo, aunque no sea de la mejor calidad, como un preso que “necesita la comida de la cárcel aunque sea poco abundante”. Si alguien toma la forma de un gran amor es “sólo para luego mostrarse como un alienígena que tiene que subirse a una nave espacial para volver a su planeta. Aunque en la vida real, por supuesto, raras veces ves la nave. Normalmente lo que hay es sólo un montón de borracheras, balbuceos y alguna que otra cabezadita en la sala de estar”, afirma Ruth en La agencia inmobiliaria. En fin, creo que como muestra es suficiente. Este libro esta lleno de una luz muy intensa, aunque los focos iluminen un escenario cutre donde predomina la tristeza. Si la tristeza les parece triste es mejor que no lo lean. Yo sintonizo con estas historias. Creo que lo que Moore viene a decirnos es que la vida duele sólo por ser lo que es y no otra cosa cualquiera, que la vida no sólo va “en serio”, como escribió Gil de Biedma, sino que arrastra además “la sombra sentimental de no ser otra cosa sino eso mismo”. Abróchense el cinturón de seguridad o, si disponen de tiempo, háganse novelistas. Al fin y al cabo el arte, sugiere Moore, “comienza cuando un momento de dolor se mezcla con un momento de aburrimiento”.

30 marzo 2010

Miénteme bien

Maletas perdidas

Jordi Puntí

Editorial Salamandra, 2010

ISBN: 978-84-9838-261-7

444 páginas

17,50 euros

Traducción: Rita da Costa



Javier Mije

En otro lugar (Quimera, nº 249) he manifestado mi entusiasmo por la narrativa breve de Jordi Puntí. Tanto Piel de armadillo como Animales tristes, trasladada al cine por Ventura Pons, demostraban la solvencia de un autor privilegiadamente dotado para el análisis de esa institución en permanente crisis conocida como vida de pareja, y de cuyo preciso lenguaje y esmero en la administración de los detalles resultaba un puñado de cuentos recorridos por el raro aliento de la autenticidad. La pregunta que me he hecho en alguna ocasión durante los años que han transcurrido desde la publicación de Animales tristes (Salamandra, 2004), -¿qué libro estará escribiendo Puntí?-, acaba de resolverse ahora con la publicación por el autor de Manlleu de una ambiciosa –tanto por su volumen como su contenido- novela.

Maletas perdidas es la historia de “cuatro hijos de cuatro madres diferentes y un solo padre huido que intentan reconstruir un pasado vagamente común”. La elección de los nombres de estos personajes es, cuanto menos, arriesgada. Christophe, Christopher, Chistof –que, por si fuera poco, se hace acompañar de un muñeco de guiñol llamado Cristoffini- y Cristòfol son hermanos, fruto de la relación que su padre, un camionero de ruta internacional llamado Gabriel, mantuvo con mujeres de París, Londres, Francfort y Barcelona. Los hijos se han reunido años después de su fuga definitiva con el fin de reconstruir la figura paterna, primero aunados en la voz común de un narrador que hace de portavoz, explayándose luego cada uno de ellos en su propio relato. Gabriel, dice Puntí, “es un hombre que atrae a las casualidades”. Tanto las atrae que Maletas perdidas me ha resultado francamente inverosímil. El modo en que Gabriel –“un macho hispánico”, en la definición que hace de él una de sus conquistas- es seducido por sus mujeres parece más propio una fantasía sexual adolescente –léase el encuentro con una enfermera inglesa en el ferry que cubre el trayecto del Canal de La Mancha- que de un relato que parte de los presupuestos estéticos del realismo. Tampoco resulta fácil de digerir que Gabriel –cuyo atractivo es un misterio jamás desvelado- tenga tanta puntería como para concebir sistemáticamente un hijo al primer polvo, y que sus mujeres bien acepten o bien propongan ellas mismas llamar a sus hijos más o menos Cristóbal –porque conviene a la historia que el autor desvelará en el último capítulo-. Otros episodios, demasiados, requieren de un triple salto mortal para lograr suspender nuestra incredulidad. ¿Cómo puede –es sólo un ejemplo- una investigación policial decretar que un incendio no ha sido intencionado cuando la pirómana que lo ha provocado se ha servido del refinado método del bidón de gasolina? Lo que a la larga termina resultando inverosímil no son los hechos presentados como verdaderos por la narración, sino que Puntí haya querido hacerlos pasar como tales a los lectores. Puntí ha tensado demasiado la cuerda del azar, ha abusado de este recurso y las casualidades se han quedado juntas dentro de la novela y yo me he quedado fuera a una gran distancia. Demasiado lejos como para poder apreciar otros méritos que la novela probablemente atesora.

Pese a todo, estoy de acuerdo con Puntí cuando, en una entrevista, afirma que la verosimilitud no se dirime ni en las tramas ni en los argumentos, que “la literatura es engañar, mentir, hacer creíbles cosas que no lo son”. Una cuestión, en definitiva, de cómo se combinan las palabras unas junto a otras en un texto. Por desgracia no estoy de acuerdo con que Puntí logre seducirnos mediante la forma. No creo que el estilo de esta novela sea “la mejor prosa catalana del momento”, como afirman reseñas seguramente más solventes, ni siquiera la mejor prosa que puede escribir Puntí. En su mejor versión, el lenguaje de Maletas perdidas me parece un vehículo sin sofisticaciones, a veces lleno de huecos expresivos, precipitado en ocasiones. Hay otra afirmación en esa entrevista de Puntí con la que también coincido. Fotografiado con su libro bajo el brazo, Puntí afirma que se publica demasiado. “Se produce en exceso, a ver sin con la puñetera crisis se reducen los títulos”, dice. Amén.

08 enero 2010

Caravaggio, luces y sombras

El color del sol

Andrea Camilleri

Salamandra, 2009.

ISBN. 978-84-9838-251-8

125 pág.

12,50 euros.

Trad. María Antonia Menini Pagès.




Alejandro Luque

Los expertos tienen constancia de que Caravaggio vivió una temporada en Sicilia y firmó en esta isla varias de sus obras maestras. Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925), conocido por el gran público como autor de la saga policíaca del comisario Montalbano, se desvía de su línea habitual recreando tales hechos en El color del sol, el último de sus libros publicados en España. El germen de esta narración, conviene advertirlo, es una invitación de la conservadora del museo Kunst Palast de Düsseldorf para que Camilleri escribiera un relato sobre Caravaggio a propósito de una gran exposición dedicada al pintor. El siciliano envió las quince cuartillas solicitadas, pero a esas alturas su imaginación ya se había desbordado hasta el largo centenar de páginas que recoge este volumen.

Tarea de encargo pues, el relato arranca con el recurso del manuscrito encontrado, aunque tratándose de Camilleri siempre cabe esperar algo más que narraciones de plantilla. En efecto, el autor se pone a sí mismo como personaje que se desplaza a Siracusa para asistir a una representación teatral. Allí recibirá un extraño mensaje que le llevará hasta una finca rural, donde un no menos misterioso anfitrión le ofrece consultar un documento único: unos supuestos diarios de Caravaggio, a los que Camilleri accede tan sólo por unas horas, con la posibilidad de hacer anotaciones selectivas, antes de ser devuelto a la ciudad con el mayor secretismo.

Así pues, el lector dispondrá de una serie de fragmentos en los que podrá ir siguiendo de manera intermitente la peripecia de Caravaggio desde Nápoles a Malta, donde ingresó como pintor general de los Caballeros de la Orden. De allí fue expulsado por conducta inmoral, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo si fue por su proclividad a las riñas —gran pendenciero debió de ser Caravaggio— o por alguna grave indisciplina. Lo cierto es que su exilio en Sicilia, que se prolongó durante nueve meses, da pie a Camilleri para mezclar datos fidedignos y licencias fabulosas, encierros y mundanzas, amistades, amoríos y disputas, agudas observaciones sobre la pintura barroca y sobre la libertad del creador, supersticiones como aquel colirio que facultaba al artista para mirar sin peligro al sol —fundación mítica del tenebrismo italiano— y personajes reales que le sirvieron de modelo.

Todo ello, convenientemente ilustrado con buenas reproducciones a color, hacen del libro de Camilleri una lectura muy amena, a ratos absorbente. El itinerario que dibuja por Agrigento, Licata, Siracusa, Mesina y Palermo remite además a la larga tradición del relato de viajes en Sicilia, que va de los diarios de Goethe al Carrusel de Lawrence Durrell, pasando por el formidable Retablo de Vincenzo Consolo.

No obstante, de la lectura se desprende una serie de flecos que llevan a pensar que Camilleri podría haber obtenido un resultado más redondo. El hecho de que un escritor famoso como él se deje arrastrar por un anzuelo tan endeble como el de un simple mensaje deslizado en su bolsillo se antoja bastante inverosímil: la “deformación profesional” que invoca la publicidad de la editorial no es del todo convincente.

Por otro lado, ¿para qué le revela su anfitrión el original de los diarios, si sólo permite al escritor garrapatear a toda prisa algunos pasajes? ¿No habría podido permitirle fotografiar estas páginas, o prestarle una transcripción, si realmente quería divulgar su contenido? No es fácil sacudirse la sospecha de que este sistema alivia a Camilleri de redactar una novela en condiciones, de cabo a rabo, confiando en que el planteamiento esquemático sea suficiente.Claro que podemos imaginar al viejo escritor defendiéndose de estas suspicacias con un encogimiento de hombros y una sonrisa astuta: ¿Acaso —diría tal vez— no es la novela fragmentaria lo que se lleva en estos tiempos?

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

01 diciembre 2009

Acuarela sin profundidad

El secreto del calígrafo

Rafik Schami

Salamandra, 2009

ISBN: 9788498382440

416 pág.

19,00 €

Traducción: Carlos Fortea Gil.




Ilya U. Topper

Aquí tiene usted un retrato de Damasco a la acuarela. Podría lanzar la metáfora fácil y decir que Rafik Schami (Damasco, 1946, nombre artístico de Suheil Fadel, un cristiano sirio exiliado desde 1971 en Alemania) ha caligrafiado la ciudad de su infancia. Pero la mayor parte de la novela se asemeja a una mezcla de un alegre paisaje urbano pintado por Claude Monet y un cuadro de época.

Schami, un autor prolífico y muy reconocido en Alemania (publica desde hace 30 años en alemán), ha creado una novela histórica clásica, aunque ambientada en un pasado reciente: el Damasco de los últimos años cincuenta. Como cabe esperar, la vida, los colores, aromas y hábitos de la ciudad están pintados con un trazo seguro y cercano, del mismo modo que los críos que pueblan las callejas: cristianos, musulmanes, casi siempre juntos y revueltos.

Mientras desfilan niños, adolescentes y calles, todo va bien. Pero cuando el autor se ve frente al reto de dibujar el perfil psicológico de sus personajes adultos, el trazo se le vuelve inseguro. Que me expliquen cómo una muchacha de veinte años, con educación secundaria, formada como modista y suficientemente lanzada como para ir a buscar los primeros besos y caricias a la azotea vecina, acepte de repente casarse con un hombre mucho mayor al que nunca ha visto en su vida. Sin un amago de protesta. No digo que no ocurra: ocurre hasta hoy. Pero la labor de un novelista es explicarlo, mostrar la psique de las personas, llevarnos por sus emociones hasta que las entendamos.

El fallo se repite cada vez que Schami se enfrenta a un giro inesperado: entonces se limita a describir el curso de los acontecimientos sin permitirnos a comprender la evolución de su personaje. Y a falta de esta profundidad psicológica, la trama deja de ser un torbellino que arrastra al lector sino que se asemeja más bien a un río lento en el que hay que avanzar a golpe de remo. Y no ayuda nada el que la novela se convierta, conforme avanza, en un hormiguero con centenares de personajes secundarios, a menudo limitados a breves cameos. ¿Intenta el autor reemplazar la profundidad por la amplitud?

No me entiendan mal: Rafik Schami no escribe peor que la inmensa mayoría de los novelistas cuyas obras se amontonan en las grandes superficies. Si a usted le gustan Amin Maalouf, Ken Follet o Antonio Gala, sin duda le gustará El secreto del calígrafo. Y además aprenderá mucho sobre un país y una época ―la Siria contemporánea, tan cercana a nosotros― como sobre una civilización histórica ―la árabe― y ya nunca olvidará el nombre del inmenso calígrafo y científico Ben Muqla (o Ibn Muqlah). Otra cosa es si está usted acostumbrado a alimentarse con escritores de la talla de Juan Rulfo, Gustav Meyrink o Joseph Kessel.

Una última anotación, señor Schami: permítame que le diga que me he sentido un poco estafado al terminar el libro: insiste usted en que el calígrafo quiere simplificar la escritura árabe reduciendo el alfabeto de 28 letras a 19, y se sirve de esta reforma para darle una dimensión política a su novela, pero en ningún momento me dice qué letras habría que suprimir. Usted sabe árabe, sabe que cada letra expresa un fonema claramente distinto a todos los demás, aun cuando cada habla local confunde unos cuantos de ellos (pero en Siria no se confunden los mismos que en Egipto o en Marruecos). ¿Por qué, después de 416 páginas, no me desvela el secreto del calígrafo y me dice cuál podría ser esta reforma radical del alfabeto? ¿Se atrevió usted a imaginarla?