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11 abril 2013

La ciudad es tuya


Bagheria

Dacia Maraini

minúscula, 2013

ISBN: 978-84-9558-793-0

170 páginas

14 €

Traducción de Juan Carlos de Miguel y Canuto



Alejandro Luque

Si ustedes viajan a la costa norte de Sicilia, podría recomendarles que visiten los frescos de la catedral de Monreale y el Palacio de los Normandos en Palermo, que paseen por Cefalú y hasta que se den un chapuzón en Mondello. Pero sólo si tuvieran mucho, mucho tiempo, podría recomendarles ir a Bagheria. Esta pequeña ciudad a 20 kilómetros de la capital siciliana es hoy sin duda una de las más feas y ruidosas de la isla, por no hablar de su conocida población mafiosa. Y, sin embargo, sorprende indagar en su esplendor pasado, sus tesoros escondidos son asombrosos, e imponente la lista de personajes ilustres nacidos en la villa, desde el pintor Renato Guttuso al cineasta Giuseppe Tornatore o el fotógrafo Ferdinando Scianna –que inmortalizó a sus vecinos en un libro bellísimo, Quelli di Bagheria–, sin olvidar a Fernando II de Borbón, el cruel rey Bomba.

Pero las ciudades a menudo cambian cuando se contemplan con los ojos de la memoria. Hace algunos años, nuestro compañero Ilya U. Topper hubo de afrontar una fugaz polémica por haber declarado en prensa su amor por una ciudad objetivamente fea como Algeciras. Los lectores algecireños podían aceptar la crítica, pero no la devoción, que es en sí misma un estatuto de apropiación, un modo de hacer nuestras las ciudades. Algo parecido hace Dacia Maraini (Fiesole, 1936) en este doble viaje, a la Bagheria que ya sólo existe en su memoria y a la actual, la de las reliquias asediadas por el tráfico y los adefesios urbanísticos.

Internada con su familia en un campo de concentración japonés hasta los diez años, Maraini pasó el resto de su infancia en Sicilia. Allí, recuerda, su madre llamaba la atención por vestir pantalones, cuando todavía era frecuente el luto perpetuo, y era inmoral que las niñas fueran al cine, incluso acompañadas. En la villa Valguarnera, habitada por la abuela Sonia, a la que Caruso piropeó en un autógrafo, y el abuelo Enrico, amante de la antroposofía y la teosofía, escritora vivió un proceso de aprendizaje que relata con genuina y cruda óptica femenina: el cura que le estampó un beso en la boca sin más, el amigo de la familia que también abusó de ella, reflejan un tiempo, acaso no tan pasado, en que ser niña –incluso niña rica– era un oficio muy difícil.

El abandono familiar del padre coincide en el tiempo con el inicio de ese proceso de sistemática destrucción que a partir de los años 50 demolió o arrinconó a buena parte de las magníficas villas dieciochescas de Bagheria. Maraini, que ya se había acercado a Sicilia desde la novela histórica en La larga vida de Marianna Ucrìa, confiesa haber sufrido como escritora cierto bloqueo, “evitando como la peste la isla de los jazmines y del pescado podrido, de los corazones sublimes y de las hojas cortantes”, explica. “Hablar de Sicilia significa abrir una puerta que había permanecido atrancada, una puerta que yo había camuflado muy bien, con enredaderas y marañas de hojas, hasta el punto de olvidar que alguna vez hubiera existido”.

Híbrido de reportaje y de anotación íntima deliberadamente divagatoria, Bagheria es ese exorcismo que ha permitido a Dacia Maraini reconciliarse con aquella etapa. Y, de paso, proclamar su amor por la ciudad fea, es decir, ponerle por delante el posesivo y gritarlo a los cuatro vientos.

[Publicado en M'Sur]

03 diciembre 2012

'The Very Best of Jordi Sierra i Fabra'


Mis (primeros) 400 libros: Cuándo, dónde, cómo y por qué los escribí

Jordi Sierra i Fabra

Ediciones SM, 2012

ISBN: 978-84-675-5703-9

304 páginas
                 
22,95 €



José María Moraga

Martes, 3 de diziembre de 2052

Kerido Diario:

Permiteme ke pase de las nuebas normas de la Akademia y buelba a eskribir komo aze kuarenta años, kon tildes, barias grafias para el fonema /k/, etc. Rescato la ortografía de los años 10 y anteriores para celebrar la concesión nada menos que del sexto Premio Nobel de Literatura a las letras españolas, del que Jordi Sierra i Fabra -un escritor de aquella época- es el flamante ganador. ¡Qué cerca lo tuvo en 2036 María Dueñas! Pero no pudo ser. Este año, parece que el nombre de nuestro Jordi se ha impuesto en el ánimo de la Academia Sueca a los de Haruki Murakami, E. L. James y Bob Dylan.

Todos nos alegramos, sobre todo después de que en 2051 -con motivo del ochenta aniversario del comienzo de su carrera literaria- la Biblioteca Nacional certificara a Serra i Fabra como el autor más prolífico en lengua castellana, seguido a gran distancia por Lope de Vega y por César Vidal. El voto en contra de J. M. Caballero Bonald (desde su pulmón artificial) no impidió que el catalán recibiese un galardón en reconocimiento a sus más de 800.000 libros publicados. Todo un logro, teniendo en cuenta que durante sus primeros cuarenta años de carrera Sierra i Fabra solo había publicado 400 obras.

Hace tiempo que alcanzó estatus clásico aquel monumental Mis (primeros) 400 libros (2012), tal vez solo igualado en el género por Mis primeros 500 discos (2028), del cantautor canadiense Neil Young. En aquellas memorias literarias, Jordi Sierra i Fabra se presentaba como un humilde escritorcito, alguien que un día se puso a juntar letras y cuando le dio por mirar llevaba publicados más de 400 libros, como quien no quiere la cosa. Hay que pensar que en 2010 Sierra i Fabra ya llevaba vendidos diez millones de ejemplares, que sus libros ya formaban parte del bagaje sentimental de al menos un par de generaciones. Hoy cuesta imaginarlo, pero en 2012 la educación era obligatoria (y gratuita) hasta los 16 años, y en muchas escuelas públicas se hacía leer a los jóvenes las obras de Jordi, por ejemplo aquel famosísimo Campos de fresa (1997).

Por aquella época, en su aún breve trayectoria, Jordi Sierra i Fabra ya lo había tocado todo, empezando por su Historia de la música Rock (de 1982, monumental obra escrita en solitario que amalgamaba decenas de sus propios títulos sobre el tema), el brutal encuentro de un niño con la guerrilla en Donde el cielo da la vuelta (2001), las guerras de la “Era Aznar” en La guerra de mi hermano (2004), el fútbol en Fuera de juego (2005) o Querido Ronaldinho (2004), la “alta” literatura en Kafka y la muñeca viajera (Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2007), el gris franquismo de posguerra en Sombras en el tiempo (2011) o los cementerios indios en El último verano Miwok (1987), por no hablar de su escarceo con el “Oro de Moscú”: Camarada Orlov, de 1998 pero escrita casi veinte años antes.

Aunque la producción de este autor tan prolífico ha tenido por fuerza que abarcar todos los géneros, tal vez la mayor aportación de Sierra i Fabra sea a la bibliografía de los Beatles en español (y del rock en general), y a la literatura infantojuvenil. Este que esto firma, con 13 ó 14 años no podía parar de leer a Jordi y trataba (a veces infructuosamente) de recomendar a sus amigos obrones como El joven Lennon (1985), La balada de Siglo XXI (1989) o El asesino del Sgt Pepper’s (1994). Y ¿cómo olvidar aquella Gran Enciclopedia del Rock de la A a la Z (1995-6), editada en fascículos acompañados de unos memorables CDs piratas? [El CD o ‘compact disc’, una especie de disco chiquitito que hoy se usa para ahuyentar a las palomas, era el formato preferido para el consumo de musica en la década de los años 90]. O ya puestos, el volumen 1953-2003 La era rock (2003), biblia para varios de mis amigos ya veinteañeros, que solo por esa foto de portada de Mick Jagger y Keith Richards con jersey ya merecía la pena. Pero las auténticas “biblias” por las que Jordi Sierra i Fabra siempre será recordado fueron el Diccionario de los Beatles (1992) y el Diario de los Beatles (1995), reciclado en 2012 como Diario de The Beatles.

Dudo mucho que en aquel 2012 nadie (aparte del propio Sierra i Fabra) se hubiera leído sus más de 400 referencias publicadas, ahora en 2052 dudo de que ni el propio autor se haya leído las 800.000. Si John Lennon (por citar al santo laico del flamante Nobel) te sacaba una canción de una noticia del periódico, el buen Jordi tiene mucho más peligro porque él te saca una novela entera. Y si a veces se repite un poco con los temas, las historias o los personajes, no seré yo quien lo censure: ¿acaso no se repite el gazpacho y está riquísimo? Hace cuarenta años, Jordi Sierra i Fabra escribió: “¿Con lo de «Mis (primeros) 400 libros» hago una broma?” La broma la podemos hacer nosotros fácilmente, alguno querrá ver esta misma entrada como tal. Pero yo te digo, Querido Diario, que siempre admiraré a un hombre que ha llegado tan lejos, ha escrito tanto y tan (más o menos) bien, ha dado tanto a la gente joven de varias décadas… sin haber tenido estudios ni cultura académica.

“Leer me salvó la vida. Leer, sea una novela buena o mala, es un regalo.” Amén, Jordi.

15 octubre 2012

Salman Rushdie, o el escritor como héroe

Joseph Anton

Salman Rushdie

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2585-5

688 páginas

24,90 €

Traducción de Carlos Milla



José Martínez Ros

En 1989, el año de la 'fatwa' o 'fetua', Salman Rushdie era un aún joven escritor anglo-indio al que se le consideraba una de las grandes promesas de la literatura mundial. Sus dos primeras novelas habían sido bendecidas por varios premios, críticas entusiastas y numerosos lectores. Tanto Hijos de la medianoche, una particularísima saga familiar -que recordaba, y mucho, a los Cien años de soledad de García Márquez- mezclada con una sorprendente historia de superhéroes hindúes, como Vergüenza, una muy truculenta novela política y una fábula aterradora sobre Pakistán, habían sido consideradas dos obras maestras mestizas que combinaban con maestría elementos de tradición oriental con la narrativa postmoderna más revolucionaria; y probablemente, sigan siendo sus novelas más memorables. Su tercera novela era aguardada con expectación.

En un primer momento, Los versos satánicos parecía un paso adelante literario bastante lógico, dada su temática: trasladaba a sus personajes característicos, con sus complicadas genealogías y sus fantásticos poderes, a Londres, a la gran metrópoli postcolonial. Sin embargo, algunos pasajes de su larga y ambiciosa novela hicieron que, tristemente, pasara de la actualidad cultural a la política. Rushdie, a través de las visiones de uno de sus protagonistas, se atrevió a novelar las experiencias místicas de Mahoma, el fundador del Islam (aunque en un tono notablemente respetuoso, mucho más, por ejemplo, que el que utilizaría José Saramago unos años después en El evangelio según Jesucristo) e incluía una larga descripción de un innominado y siniestro 'mulá' en el exilio donde muchos vieron un retrato sarcástico de Jomeini, el líder religioso iraní. Eso bastó: pronto se desataron protestas de integristas musulmanes en Pakistán y la India y en la misma Inglaterra. Hubo muertos. Y en Irán, Jomeini dictó su 'fetua': todos los musulmanes del mundo deberían emplear cualquier recurso a su alcance para dar caza y ejecutar al blasfemo. Una amenaza más que teórica: los expertos de los servicios de inteligencia británicos le advirtieron que los iraníes habían enviado a diversos grupos de asesinos a Europa en su busca. Aquí comienza la epopeya de Salman Rushdie y Joseph Anton -el nombre falso bajo el que se ocultó-, su última obra, unas memorias de los diez años en los que el escritor se vio obligado a permanecer bajo la protección de la policía británica, sometido a kafkianas normas de seguridad, alejado de su familia y amigos y de todo lo que significa una vida normal.

Como saben sus lectores, Rushdie es un magnífico narrador y, en este caso, tiene una gran historia que contar, la suya, y no la desaprovecha. Nos hace sentir la angustia de ese escritor casi anónimo, agnóstico y enamoradizo, devoto de Borges y Tolkien, que, de repente, convierten en un problema mundial. El gobierno británico, al mismo tiempo que lo protege, hace gestos conciliadores hacia los extremistas y lo acusa poco menos que de huésped indeseable. La prensa sensacionalista se queja de los elevados gastos que supone el dispositivo de seguridad que lo mantiene a salvo. Es tachado de pornógrafo, agente provocador al servicio del sionismo, mercenario. Distinguidos colegas situados, políticamente, a la izquierda (como por ejemplo, Le Carré o John Berger) le demuestran su hostilidad: al parecer, por muy absurdo que resulte en la Era post 11-S y 11-M, muchos intelectuales de izquierda creían todavía a finales de los ochenta y principios de los noventa que la revolución islámica era un movimiento “progresista”. La derecha abomina de él. Se colocan bombas en librerías. Su traductor al japonés es degollado. Su traductor al italiano, acuchillado. Un editor escandinavo, tiroteado. Y Rushdie, y no los verdugos, que apenas son perseguidos, aparece como  responsable. El libro sólo decae en los últimos capítulos, cuando la diplomacia occidental endurece su postura con el régimen iraní y lo obliga a recular. Rushdie se convierte, como es ahora mismo, en una especie de estrella literaria-social global y resulta un poco fatigoso repasar páginas y páginas llenas de celebridades que desean conocerlo o expresarle su admiración.

Durante el periodo más tenebroso, Rushdie consiguió, a pesar de los pesares, mantener su dignidad e identificar su causa con el secularismo, la libertad de expresión y pensamiento, los ideales universales de ilustración y libertad, la lucha contra la censura y el fanatismo. No le callaron. Siguió adelante. Publicó más libros -algunos interesantes como El último suspiro del moro y otros mediocres que no están a la altura de su obra anterior-, dictó conferencias, escribió a los periódicos, se entrevistó con políticos de todo el planeta, hizo lo posible y lo imposible para que el mundo no se olvidara ni de él ni de las demás víctimas del integrismo. He ahí su mérito, y el motivo de que aún concite bastantes odios. No se pinta a sí mismo como un ser humano perfecto (aunque no llega al nivel de autoflagelación de, por ejemplo, Coetzee): aparece como un individuo vanidoso (aunque su vanidad puede haber sido un factor positivo, cuando se trata de no dejarse amilanar o humillar ni siquiera por el Líder Supremo de la "revolución iraní"), que tiene graves problemas para establecer una relación sana y estable con las diversas mujeres con las que se cruza en su vida, y muestra una cierta tendencia -comprensible, en un caso como el suyo- a dividir el mundo en pro o anti Rushdie. Algunos de sus juicios históricos o políticos son superficiales o discutibles. Pero, en definitiva, es alguien que merece la pena admirar. No eligió la tarea que llevó a cabo: los asesinos lo eligieron a él, pero no se dejó aplastar por el curso de la historia. Si aceptamos la definición de Hemingway de heroísmo ("gracia bajo presión"), es uno de los héroes de nuestro tiempo. Y su causa fue la causa de la civilización, y este libro es un brillante autohomenaje al hombre que supo cargar ese peso sobre sus hombros.

[Publicado en notodo.com]

17 julio 2012

Camina, rocker

La magnitud del desastre. Memorias de un rock critic poco fiable

Oriol Llopis

66 rpm, 2012

ISBN: 978-84-939524-3-3

221 páginas

20 €

Prólogo de Alfred Crespo


Fran G. Matute

Barcelona y Sevilla siempre han compartido cierto paralelismo en su formación cultural. Al menos, a finales de los 60, ambas ciudades introdujeron, por motivos diversos, los necesitados vientos de cambio a una juventud prácticamente ajena a lo que ocurría más allá de las fronteras patrias. Smash y Máquina! se repartían el pastel de la modernidad musical en un país que venía bebiendo de los sonidos anglosajones pero que todavía no había participado plenamente de la vanguardia sonora. En ambos casos es la influencia extranjera el catalizador del cambio. Las bases militares norteamericanas y la cercanía con el país galo, la afluencia de turistas en definitiva, sirvieron de vasos conductores de lo que se estaba cociendo en Europa y en los Estados Unidos de América. De un lado la Gauche Divine; de otro el Grupo Esperpento. El nacimiento del rock en Andalucía; el rock progresivo catalán. Literatura, teatro, música... vías de escape para el ser humano. Unas basadas en la intelectualidad, otras en la ansiada libertad. 

No debería, por tanto, extrañarnos cuando llega a Sevilla un barcelonés de la periferia como, por ejemplo, Javier Pérez Andújar y te pregunta por Silvio o por Dogo. No debería, por tanto, extrañar que un sevillano de adopción vaya corriendo a la librería más cercana a engullir las memorias de Oriol Llopis, crítico rockero catalán que, mira tú por dónde, ha terminado afincándose a orillas del Guadalquivir.

Pero La magnitud del desastre tiene un problema muy serio, que es su hermano mayor -Corre, rocker (2004) de Sabino Méndez- y del que el propio Llopis es totalmente consciente nada más empezar éstas sus memorias. Corre, rocker no es que fuese tampoco una obra esencial pero sí que introducía, de alguna forma, una crónica válida, de primera mano, de lo que fueron los años ochenta en España. Así que, de cara a evitar repetir anecdotario, Llopis decide centrarse en lo puramente personal para mostrar su particular odisea por la supuesta "edad de oro del rock español". De este modo, La magnitud del desastre se transforma no ya en una reflexión de la época sino en una suerte de biografía fragmentada que prefiere pivotar sobre las desgracias de este 'stoner critic' cuya vida ejemplifica, por sí sola, lo que padecieron muchos ingenuos que confundieron la idiotez con la libertad.

No tiene miedo Llopis en desnudar su alma y ofrecer los momentos más patéticos de su vida como adicto para luego resurgir, no sin cierto tufo a moralina, como converso gracias al buen hacer de una mujer. Pero no es aquí donde reside, a nuestro juicio, la aparente falta de sustancia de La magnitud del desastre. Oriol Llopis siempre ha sido un crítico que ha gustado de insuflar vida a sus reseñas, incorporando el elemento subjetivo de la experiencia y utilizando un lenguaje claro y directo. Y bajo estas premisas están escritas sus memorias. Pero con independencia de que la vida de Llopis haya estado protagonizada por algún que otro evento curioso (como sus años como cuidador en un zoo, su encuentro con Dalí o su estancia en el manicomio), la verdad es que muchos de estos pasajes están narrados desde la desidia o la obligación y, en ocasiones, Llopis no consigue dar el brillo que merece a la narración. 

Se nos antoja, pues, que no es sobre esto sobre lo que quiere, en realidad, escribir el amigo Llopis. Él quiere hablar de música, de discos, de conciertos... Es por ello que los momentos más interesantes del libro se corresponden con los pasajes dedicados a la génesis de la 'inteligentzia' critico-musical de este país. El nacimiento de Ruta 66 con Ignacio Juliá y Jaime Gonzalo, su participación en La Edad de Oro de Paloma Chamorro, su paso por Star o Vibraciones... Todo este trasfondo periodístico es de lo poquito relevante de este libro y, honestamente, uno cree que Llopis podría haber escrito algo más (o mejor) sobre el particular pues La magnitud del desastre nos ha sabido a poco. Con este libro, el rocker parece que ha dejado de correr. Ahora solo camina, deambula, se arrastra... como los disonaurios del rock.

11 octubre 2011

Prohibida la inocencia



La fuente y la muerte

Pedro Sevilla

Renacimiento, 2011. Colección "Biblioteca de la memoria"

ISBN: 978-84-8472-627-2

332 páginas

20 €




Alejandro Luque

La poesía, ya lo sabemos, no sirve para nada, pero los pueblos que cuentan con buenos poetas son afortunados. Miren, si no, el caso excepcional de Arcos de la Frontera, a las puertas de la sierra de Cádiz. Allí vinieron a nacer y a cantar Julio Mariscal, los hermanos Murciano, Antonio Hernández, José María Velázquez-Gaztelu y también voces más jóvenes como las de Pepa Caro –un raro especimen de alcaldesa poeta–, María Jesús Ortega o Jorge de Arco. Entre unos y otros, destaca desde hace más de una década una voz, la de Pedro Sevilla, llena de hondura y verdades.

Esta vez, sin embargo, no toca ocuparse de un poemario suyo, sino de un volumen de memorias. Quienes estén familiarizados con la obra de Pedro Sevilla entenderán, al poco de empezar a leer, que la obra del arcense está de por sí llena de memoria: reconocerán al instante personajes plasmados en sus versos, como Ramón Amaya Flores, el gitano guapo que en el colegio marcaba goles de chilena, la veterana musa Carolina de Mónaco o Ángela, la madre silenciosa y abnegada de ojos azules; y también se reencontrarán con el hermano víctima de la adicción a la heroína que es el eje de Extensión 114, una de sus pocas incursiones en el campo de la novela.

Pero no se trata aquí de desmigar las interioridades de esta vida contada, sino de poner de relieve las bondades de un libro que, desde su título y como la vida misma, discurre entre dos extremos, la maravilla y el espanto, la dicha y el dolor. Lo primero que se agradece es el modo en que el autor sortea los peores peligros del género autobiográfico, a saber: la tentación de embellecer el pasado, o por el contrario de vengarse de él; la pose para la eternidad, la subjetividad interesada, la retórica al servicio de la deformación de los hechos, el recurrente maniqueísmo de los buenos y los malos. Ni rastro de eso en estas páginas que destilan honestidad y fluyen en un tono limpio y transparente como agua del río, pero dispuestas a abordar episodios terribles prescindiendo por igual del tremendismo y de la sacarina.

Porque, es hora de decirlo ya, la memoria íntima de Pedro Sevilla, y la de su pequeño pueblo blanco encaramado sobre una peña, es la memoria de esa España “violenta y triste”, como la define él mismo. Una patria sombría y aterrorizada, sumida en la larga noche de la dictadura franquista. Una escuela de crueldad que se quitaba el hambre a bofetadas y donde todas las injusticias hacían nido. Una memoria que no encuentra eco en la revisión del pasado más bien ñoña, políticamente correcta y para todos los públicos que ejercitan algunas series de televisión y no pocas novelas superventas. Esta obra es un rotundo mentís a esa idea de un pasado que después de todo –dicen– no era tan malo, y que tampoco –insisten– tan diferente de nuestro presente. No es posible salir indemne de La fuente y la muerte. No está permitida la inocencia después de una lectura como ésta.

Aunque se escriba en prosa, hay que ser muy poeta para recrear de ese modo el mundo de los perdedores, de los de abajo. Y especialmente, del humillado mundo femenino, que era el de las de abajo de los de abajo... Hay que ser poeta, y de un vuelo muy alto, para contar así la dureza de la vida en el campo, que los urbanitas ni alcanzamos a sospechar, la precariedad y la incertidumbre, el circuito perverso de la casa a la taberna, las angustias de la emigración… Y también, como una luz que se abre camino entre la sordidez, el amor, las utopías, el papel redentor de la poesía. Y, desde cualquier esquina, la imprevisible irrupción de la alegría, que Pedro Sevilla llama, hermosa y estremecedoramente, “la venganza del pobre”.

Al llegar al final del relato, que concluye a mediados de los años 90 con la transición democrática culminada y la sucesiva pérdida del hermano y del padre del autor, uno siente que todo el mundo, o al menos todos los poetas, deberían estar obligados a hacer un ejercicio como éste, de dejar testimonio de lo visto y lo vivido desde la máxima exigencia literaria, como obligación con sus contemporáneos y con las generaciones venideras. Lo mismo pensé con otro relato sin concesiones, publicado en la misma editorial, como son las imprescindibles Memorias de un antihéroe, de Javier Salvago. Qué suerte tiene Paradas, me dije al terminarlas. Qué suerte, Arcos de la Frontera. Y qué frío debe de hacer en los pueblos sin poetas.

08 febrero 2011

Bécquer visto por un amigo


Bécquer

Julio Nombela

Mono Azul Editora, 2010. Colección “Vuelapluma”

ISBN: 978-84-937-9820-8

176 páginas

16 €



Rafael Roblas Caride


Si a Garcilaso de la Vega le debemos la consolidación del endecasílabo en la métrica castellana y a Quevedo la fijación de la sátira, Bécquer representa la modernización de la poesía española de tal modo que se puede afirmar que, tras su obra, hay un antes y un después en las formas y maneras de afrontar la creación poética. Y es que la preferencia becqueriana por la asonancia, el adelgazamiento conceptual del poema y la búsqueda de la sencillez y de la naturalidad allanan un camino cuyo itinerario quizás no hubieran podido seguir sin el autor de la Rimas un Antonio Machado, un Juan Ramón Jiménez, un Luis Cernuda, un Luis Rosales o un Luis García Montero, por citar sólo algunos nombres al azar alejados entre sí en el tiempo.

Así pues, dada la importancia del sevillano en el devenir de la historia literaria de nuestro país, no debe extrañarnos el número desmesurado de autores que han derramado ríos y más ríos de tinta en torno a la vida y a la obra del poeta, conformando éstos finalmente un auténtico laberinto de ensayos, biografías y estudios que corrieron desigual fortuna. Mas, de entre todas estas aportaciones, destacan por su interés documental aquellos textos debidos a sus coetáneos. Precisamente éstos, a pesar de adolecer de una evidente subjetividad, constituyen por su cercanía un excelente testimonio de primera mano que ha servido para que sucesivos becquerianistas hayan podido iluminar las abundantes sombras que aún hoy difuminan muchos aspectos personales y artísticos del joven Gustavo Adolfo que desembarca en el Madrid del XIX con la ilusión puesta en la conquista de la gloria.

Uno de ellos es el testimonio que hoy cobra actualidad por la peculiar reedición debida a Mono Azul: las memorias de Julio Nombela, amigo personal de Bécquer, con quien compartió más de media vida, desde su adolescencia sevillana hasta los umbrales de su muerte acaecida en el infausto diciembre de 1870. Y ente ambas fechas, toda una serie de vicisitudes del más variado signo –penas y alegrías- sobre la pantalla plana de aquel Madrid romántico.

Pero, ¿por qué hemos aplicado el adjetivo de peculiar a este volumen que hoy se trae a colación? Hasta ahora, las Impresiones y recuerdos de Nombela –que así se titula realmente el original- no habían dejado de ser una curiosidad de lectores selectos y amantes del XIX español o el instrumento de trabajo de becquerianistas especializados. Quizás por ello, el “tomaco” que reunía dichas memorias no distaba mucho de ser un mamotreto –ilegible por su formato y por su número de páginas- bastante difícil de encontrar, a no ser que se rastrearan a conciencia los anaqueles de las librerías de viejo más especializadas. Por otra parte, la obra de Nombela, en realidad una crónica común de una vida mediocre, no destaca más que por un motivo fundamental: por los citados recuerdos y referencias becquerianas. Y aquí tenemos al perspicaz Jabo H. Pizarrozo escudriñando la oportunidad y separando el mineral de la ganga para ofrecer un particular Bécquer que rescata precisamente la parte del libro de Nombela que realmente se salva. Al menos a nuestro modesto parecer.

En un prólogo brillante, aunque con ciertos excesos –aún se me repite el puchero metafórico-, el editor aclara sus pretensiones y su vocación de desenterrador clandestino: “Bécquer es un libro rescatado de otro libro. Es un volumen que durante muchos años ha dormido sepultado en la tumba o si prefieren, en el túmulo de otro libro”. No hay una descripción más gráfica y a la vez más hermosa para definir la naturaleza de esta edición de Mono Azul.

Tras el prólogo, a lo largo de la narración de Nombela, Bécquer se nos presenta como un amigo cercano con el que compartimos el despertar artístico en esa Sevilla de los Montpensier; los primeros tanteos líricos, ya en la capital del Reino; las ensoñaciones amorosas y las fantasías plasmadas en posteriores versos; los vestigios y señales de la enfermedad fatal que lo encamina prematuramente a la fosa; el triste epílogo firmado en aquel frío y mortal diciembre madrileño; la mítica reunión en la casa de Casado del Alisal, donde los amigos prepararán la edición de las Rimas como homenaje.

Sin embargo, tal como han apuntado numerosos becquerianistas, muchas afirmaciones de Nombela hay que cogerlas con alfileres, puesto que los amigos de Bécquer tuvieron la mala costumbre de apoyarse en la fama póstuma de su ilustre colega para intentar encaramarse ellos mismos al pedestal de la gloria. Y aquí el caso de Narciso Campillo es paradigmático, empeñado en encerrar los deliciosos “suspirillos germánicos” del sevillano en constreñidos y monótonos cánones decimonónicos y en no valorar convenientemente la importancia de esos “entretenimientos” que para él eran las Rimas. Afortunadamente, Nombela no llega al extremo de Campillo, pero el lector experto puede apreciar en su lectura al sesgo un complejo de inferioridad mal asumido que intenta empequeñecer –por comparación- la importancia de su amigo Gustavo. Esa es la causa de que pasajes como el que transcribimos a continuación se repitan cíclicamente:

“La vida que hacía Bécquer, que seguramente es lo que más deseará saber el lector, era monótona y triste; pero como la tristeza era su elemento, ni se afligía ni se quejaba. En vez de vivir en el mundo, vivía en su cerebro y en su corazón. Las miserias y pequeñeces de que está llena la existencia no alternaba su ritmo habitual, que era la calma, la serenidad, la resignación. Jamás sintió el aburrimiento. La soledad, que le agradaba en extremo, estaba para él llena de seres, de ideas, de sentimientos que formaban un mundo en el que hallaba sus más puras y hermosas satisfacciones”.

Este Bécquer triste, apocado, solitario, conformista y gris se contrapone a la descripción que el propio Nombela hace de sí mismo: analítico, perspicaz, extrovertido, poseedor de influyentes amigos, viajero. Es indudable que, de este modo, la imagen de Bécquer se resiente con todo su malditismo y su tristeza a cuestas, sólo distraído por la visita fugaz de esas musas que -como quien no quiere la cosa y a su capricho - dotan al poeta de la genialidad necesaria para componer obras maestras. Y nada más lejos de la realidad, ya que Bécquer, como se han encargado de demostrar expertos de la talla de Guillén, Pageard o Montesinos, es un autor que conoce muy bien los mecanismos de su oficio y, quizás –o sin quizás- es el primero que elabora una poética explícita para llegar al misterio del poema para dejarlo, precisamente, libre de ellos. De ahí su grandeza, de ahí su tremenda modernidad. Ésto no pudieron –o no quisieron- verlo sus coetáneos, por más que lo disimularan en sus testimonios, con la salvedad de Augusto Ferrán que, curiosamente, fue el encargado de destruir esas cartas que, “de sobrevivirme, serían mi deshonra”, por mandato del moribundo Gustavo.

En cuanto al carácter triste y melancólico, flaco favor le han hecho a la fama de Bécquer pasajes como los de Nombela, eso sí, muy en consonancia con el tópico de un romanticismo al uso, traducido al milímetro en el conocidísimo óleo de Valeriano que -en negativo- sirve de portada al libro reseñado y que tantas disimilitudes contiene respecto al cliché fotográfico que conservamos del poeta. Quizás, si esta última fotografía hubiera ilustrado los billetes de cien pesetas de hace algunos años y el cuaderno antimonárquico Los Borbones en pelotas lo conociera el gran público, la visión tradicional del Bécquer pasteloso que se estudia en bachillerato se engrandecería. Sin embargo, el pobre de Gustavo también resultaría más difícil de vender como personaje literario de sí mismo, tal y como ahora ocurre.

Pero olvidémoslo. No es este el medio más adecuado para estudiar pormenorizadamente las agresiones históricas sufridas por el genio romántico, sino para recomendar la lectura de esta perlita y felicitar la iniciativa de Mono Azul por recopilar y presentar al público general estos textos de difícil acceso hasta ahora. Además, los pasajes extractados de Impresiones y recuerdos se ordenan cronológicamente por capítulos, utilizando para tal fin versos sueltos de las Rimas. Otro aliciente más para un libro que se lee del tirón. Seguro que los amantes del “huésped de las nieblas” agradecerán esta labor altruista de síntesis de las memorias originales de Nombela. Y los estudiosos becquerianos, más aún.

24 septiembre 2010

Héroes de la palabra

Yo, Curtis Garland

Juan Gallardo Muñoz

Prólogo de Javier Pérez Andujar e ilustraciones de Juan Antonio Troya

Morsa, 2009

ISBN: 9788461305230

140 páginas

15 euros



Daniel Ruiz García

Ahora que andamos con la cosa de las reparaciones de la Guerra Civil y el Franquismo, quizá va llegando el momento de que reconozcamos en su justa medida todo lo que hicieron por la literatura española, y especialmente por la literatura de género, ese grupo de valientes que, durante prácticamente todo el periodo de la dictadura, se camuflaron detrás de nombres descabellados y produjeron de forma compulsiva novelas para el divertimiento de millones de familias, haciéndoles así más llevaderos los duros años de la patria en blanco y negro.

Salvo casos contados como los de Manuel Vázquez Montalbán, Salvador Vázquez de Parga, Vicente de Santiago Mulas o el propio Manuel González Ledesma, en otro tiempo Silver Kane –probablemente el más visible y reconocido de los autores ibéricos de pulp merced a premios como el Planeta-, la crítica literaria ha pasado de puntillas por la producción española de género que se cultivó entre los años 40 y 70 del pasado siglo, sin duda la más prolífica, variada e incluso innovadora, por las temáticas abordadas, de toda la Historia de la literatura española. Ocultos y anónimos en ese paréntesis gris de la dictadura, y zarandeados por la comparación con otros escritores que sí firmaban sus obras desde el exilio o que simplemente ostentaban el rango de escritores del Régimen –compaginando, como ocurrió con algún caso memorable, su labor con otras más indeseables, como la de censor-, los autores anónimos del pulp fueron silenciados y reducidos a un lapsus de silencio, que es el que va desde el 27 hasta los años de la Generación del realismo social.

Cuando lo cierto es que la aportación de este conjunto de autores es una de las más extraordinarias que haya dado la literatura en castellano, tanto en su vertiente literaria como en la social. Son los autores del llamado bolsilibro, o el de las novelas “de a duro”, aglutinadas en torno a sellos como Bruguera o Editorial Rollán. Autores todos ellos españoles pero que por conveniencia editorial fueron ocultados bajo seudónimos de gran sonoridad, que evocaban en el público lector el cosmopolitismo y la libertad asociada a las letras norteamericanas: Frank Caudett, Clark Carrados, Ralph Barby, Lou Cardigan, Keith Luger o el que nos ocupa, Curtis Garland. Entre todos ellos pusieron en el mercado editorial, a través de la distribución de quiosco –hermana bastarda de la librería desde tiempo inmemorial- un nutrido catálogo de títulos que iban desde el género negro –casi siempre con inspiración en Hammet, Chandler, McDonald y los maestros americanos- hasta el de aventuras, pasando por la ciencia-ficción, la novela histórica o, ya en los tiempos de la transición, por el género del porno. Los argumentos eran de lo más descabellado, las tramas se precipitaban con un ritmo endiablado, los personajes resultaban tan acartonados y tópicos como los que aparecían en las portadas. Y sin embargo, engancharon durante varias generaciones a miles de lectores, que se abonaban al insomnio despreocupado a través de aquellas historias.

Yo, Curtis Garland son las memorias de uno de esos héroes anónimos que, a través del ejercicio de la escritura, contribuyeron a hacer más llevadera la vida a millones de personas durante la dictadura. Hablamos de Juan Gallardo Muñoz, quien a lo largo de su longeva vida como escritor se multiplicó en muchos pseudónimos, siendo Curtis Garland el más conocido. En este libro de memorias, Juan Gallardo Muñoz da un repaso a su vida, explicando cómo llegó a producir más de 2.000 novelas para acabar siendo un completo desconocido, que tuvo que arrastrarse hasta la jubilación, ya en los años de la democracia y por la consiguiente decadencia del género de las novelas “de a duro”, asumiendo un penoso trabajo como comercial.

El libro está escrito con la misma urgencia de aquellas novelas de Bruguera. Hay rectificaciones sobre la misma narración, como si en lugar de leer estuviéramos asistiendo a una charla de barra de bar. Y resulta sorprendentemente breve. Parece como si, después de esas 2.000 novelas, Curtis Garland se hubiera desinflado del todo, y ya no tuviera mucho más que decir, aparte de recordar a su esposa fallecida, Teresa, que recorre transversalmente todo el libro con un aroma de duelo. Aun así, y a pesar de cómo está escrito, el libro resulta tremendamente interesante. No cabe duda de que Curtis tiene oficio, y sabe lo que es escribir con nervio. Nada de espesura, nada de irse por las ramas, siempre hechos, realidades, verbo. Hay algunas anécdotas muy suculentas. Por ejemplo, que se carteó, durante sus primeros años como crítico cinematográfico para una revista barcelonesa –con apenas 16 años-, con numerosos actores de Hollywood, entre ellos Judy Garland, a quien probablemente robó su apellido impostado. O que compaginaba su labor de actor con la de escritor. El director de la compañía de actores en la que trabajaba le llegó a prohibir que escribiera durante las funciones, en los momentos en que Curtis no estaba en escena: el sonido del tecleo de su máquina de escribir llegaba desde el camerino hasta el escenario. En los momentos más difíciles, producía hasta 5 novelas al mes; aun así las pagaban mal, y sólo cobraba cuando la novela salía publicada. Este ritmo no evitaba su querencia por la noche y por las fiestas:

“Es extraño recordar que, a veces, salíamos a divertirnos, dejando yo una novela sin terminar en la vieja máquina Olivetti que entonces usaba, y al volver, ya muy de madrugada, me sentaba a terminar los ocho o diez folios que faltaban. Hecho esto, me acostaba, y a las once estaba en la editorial, para entregar el trabajo y cobrarlo, por supuesto”.

Hay muchas anécdotas más. Anécdotas como cuando, por ejemplo, fue llamado con urgencia por Televisión Española. El reconocido escritor Álvaro Cunqueiro había elaborado un texto para un reportaje con locución en off sobre Galicia. Cuando se pusieron a montarlo, la tarde antes de la emisión, comprobaron que el texto se quedaba corto para el montaje de las imágenes; había que improvisar un buen tramo de texto, y que pareciera que lo había escrito el propio Cunqueiro. Durante una madrugada, Curtis trabajó sobre las imágenes, recreando el estilo de Cunqueiro y alabando las bondades de la tierra gallega. Salió totalmente airoso del reto, a pesar de que Curtis no había puesto en su vida un pie en Galicia.

Hay otras anécdotas que sólo están contadas a medias, y en las que desearíamos que Curtis hubiera abundado más. Por ejemplo, en la amistad esporádica que trabó con el escritor Somerset Maugham, a quien Curtis define como un “hombre de mundo, versátil, culto, observador y lleno de un sentido del humor muy propio de su nacionalidad y de su inteligencia”.

Al concluir el libro uno tiene la sensación de haber escuchado el testimonio de un héroe. De alguien que logró sobrevivir gracias al arma de la palabra, sorteando el hambre y el infortunio, y viendo en ocasiones cómo otros se quedaban en el camino –resulta conmovedor el momento en que recrea el suicidio de un disparo de su colega de bolsilibros George Sanders, porque, como dejó escrito en una nota, “estaba harto de verse rodeado de ratas”-. Sorteando también la soledad. En su interesante prólogo, Javier Pérez Andujar se refiere a esta triste y valiente generación de escritores de este modo:

“Tenían el mismo oficio. Entregar trescientos, cuatrocientos folios al mes. Y una misión que no conocían, y que de sospecharlo hubieran ejecutado llenos de espanto: poner punto final a la edad de oro de la novela popular. Todos tenían aquel antiguo oficio desaparecido; pero ese oficio no era escribir novelas. No del todo. Su profesión era la soledad”.

En el apéndice, se incluyen algunos de los títulos publicados por Curtis Garland. No me resisto a dejaros aquí algunos de ellos, ya que resultan bastante representativos de la sensibilidad y el espíritu exótico y a la vez popular de aquella generación. Muchos de ellos todavía se pueden encontrar en librerías de viejo (yo conservo unos pocos, herencia de mi abuelo):

Agente Muerte
A ritmo de sangre
Blues para el muerto
Cinco discos de Jade
Divórciate y muere
Dragón de Chinatown
Ella sabe demasiado
Flores en tu funeral
La dama usaba veneno
La tarjeta del verdugo
Las curvas del peligro
¡No mires, Logan!
Águilas negras en California
Cantina de hombres muertos
Dad de comer a los buitres
Cuando los dioses mueran
¡Ruge, violencia, ruge!

Por último, aquí os dejo un vídeo interesante sobre el autor.

30 abril 2010

Sólo es verdad aquello que en la memoria existe

La novela de la memoria

José Manuel Caballero Bonald

Seix Barral, 2010.

ISBN: 978-84-322-1277-2

928 págs.

24 euros


Rafael Roblas Caride

Hay un momento en la existencia del hombre en el que se hace necesario buscar en los bolsillos, comprobar que las alforjas ya están medio vacías, encogerse de hombros con la dignidad del que ya nada tiene que perder más que su propia vida y hacer balance del camino recorrido. Si a esa necesidad vital se le suma cierta dosis de vanidad –que en el caso de los escritores suele ser casi letal- y, por otro lado, una pizca de fantasía y otra de exageración autohagiográfica, tendremos como resultado uno de los subgéneros más frecuentados por esa naturaleza cotilla que también el crítico especializado posee: la memoria literaria. De este modo, si hace pocos meses llegaba a esta mesa de disección el Corazón andariego de la Piñón, ahora le toca el turno al jerezano José Manuel Caballero Bonald, autor de esta “novela de la memoria” tan voluminosa y extensa. Debe de ser que nuestro perfil crítico se escora últimamente hacia el color rosa…


La novela de la memoria es una nueva edición revisada y ¿definitiva? de las memorias completas de Caballero Bonald, que fueron publicadas inicialmente en dos entregas y que recibieron en su día los nombres de Tiempo de guerras perdidas y de La costumbre de vivir. Ninguna novedad, pues, para el “lector semiprofesional” al que no le sorprenderá ni el estilo preciosista y barroco del autor ni el engreído malditismo de su “personaje autobiográfico”. Y aclaremos desde ya que aquí el término “personaje autobiográfico” está aplicado con toda intencionalidad, porque, lejos de una reconstrucción detallada y fidedigna del pasado, Caballero Bonald aprovecha este repaso vivencial como pretexto para reconstruirse una nueva personalidad, una nueva existencia, una nueva historia. Por ello, es conveniente iniciar esta reseña con un aviso a futuros navegantes: que nadie espere encontrar en este libro un apoyo documental, exacto, concreto y objetivo de lo realmente vivido. En este aspecto, el jerezano tampoco engaña a nadie y así lo repite una y otra vez a lo largo de la obra a manera, casi, de auto disculpa obsesiva:


“Es fácil malformar al cabo de los años lo que verdaderamente se sintió ante esa inicial comparecencia de impresiones desconocidas. De modo que no conviene excederse en las conjeturas propias del caso. Es cosa admitida que el presente hace su propia selección de los hechos vividos, o de sus referentes sentimentales, con lo que se tiende a incurrir en una serie de desvíos, o de alteraciones deductivas, cuyo grado de verosimilitud apenas tiene otro sentido que el suministrado por la propia credulidad”.


La novela de la memoria abarca desde el nacimiento de su autor (1926) hasta la muerte de Franco (1975) y por ella desfilan todo tipo de personajes más o menos reales; más o menos literarios; más o menos reconocibles. Entrañables resultan los retratos del entorno familiar del niño, obligados en los primeros capítulos: la madre, el padre, el primo Rafael, el abuelo e, incluso, aquel anónimo mendigo que cuidaba circunstancialmente el jardincillo de la casa a cambio de unas migajas de pan. Mucho más jugosos -aunque por motivos frecuentemente extraliterarios- se muestran los de aquellos otros que mantuvieron algún tipo de contacto con el Caballero Bonald adulto. Así, desfila también ante el lector una ilustre galería de nombres que van desde Romero Murube a Fernando Quiñones, desde el Che a Carrillo, desde La Chunga a Serrat. Dientes de sierra en una alineación de la cultura y la política hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX que echa en falta un índice onomástico al final del volumen que la ordene y clasifique.


Y si el relato admite una clasificación en función de sus personajes, otro tanto también podría hacerse ateniéndonos a lo narrado. De este modo, es destacable la “sinceridad” de la voz de Caballero Bonald cuando se interna en el espinoso terreno de la crítica personal o de la ajena, alimentada por la provocación más descarada y la maledicencia impertinente. Algunos ejemplos:


“De aquella comida con Borges apenas recuerdo la larga y susurrante perorata del maestro por antonomasia, entre agudas ocurrencias, gracejos varios y bruscos visajes de ciego cada vez que terminaba un relato y esperaba la reacción del auditorio emitiendo entrecortados ruidos guturales. […] Como en algunos otros casos similares, yo hubiese preferido ser lector gustoso de Borges sin haberlo tratado”.


“Siempre he pensado que hubiese preferido leer su poesía [de Pepe Hierro]- o las porciones de esa poesía que siguen atrayéndome- sin haber tratado al autor, pues en cierto modo había como un desnivel, probablemente gratuito, entre el personaje y su obra, con lo que la lectura de algún poema se veía con frecuencia importunada por el recuerdo del poeta”.


“Vi en su día esa película [refiriéndose a Entre visillos, homónima de la obra de Martín Gaite] y, pese a mi exigua solvencia en materia cinematográfica, me pareció descubrirle un raro atributo: era todavía más insulsa que el texto narrativo del que procedía”.


Sin embargo, en contra de lo que el malévolo pudiera pensar, tampoco evita Caballero Bonald auto infringirse un severo castigo al abordar el asunto de sus propios infiernos: el alcoholismo, la infidelidad matrimonial, la bohemia,… Destaca especialmente, entre esta amalgama de confesiones descarnadas, el escarceo con Charo Conde, a la sazón santa esposa del Nobel Cela, que se relata con una frialdad que realza el cinismo de la narración, justificándose el escritor una y otra vez tras la “primicia” ofrecida en su tiempo por “una revista deplorable” y difundida “de la peor manera posible”. Así, Caballero Bonald usa esta patente de corso para contraatacar y hacer pública una versión que comienza así:


“Un día, de improviso, en el transcurso de alguna de aquellas itinerantes cuchipandas nocturnas protagonizadas por Camilo, a la que me unía a veces, Charo reiteró que estaba cansada y yo me ofrecí a llevarla a su casa […]. Pero aquella noche se aceleró un desenlace no exactamente imprevisto o quizá en parte imaginado…”.


Pero lo más valioso –al menos a nuestro juicio- de esta Novela de la memoria reside en ese universo narrativo construido sobre los cimientos de la realidad con los ladrillos de la ficción puramente literaria: el mundo del escritor niño, que poco a poco configura su entorno y descubre los perfiles de la casa y de su ciudad a base de una y otra travesura; el encuentro recurrente con el destino, esa suerte de casualidad misteriosa que en vaivén caprichoso corre paralelo a la existencia del escritor hombre; los sucedidos surrealistas, como el de los “acostados”, hermanos-herederos indudables del realismo mágico hispanoamericano, que sustituyen el espacio de Macondo por el del próximo Jerez. En estas distancias más líricas que testimoniales es donde más brilla la prosa de Caballero Bonald, dejando en el recuerdo del lector personajes tan entrañables como el del abuelo, misterioso ser que un buen día renuncia a su vocación de transeúnte para encamarse y agotar su vida mirando el mundo desde la posición horizontal,… salvo los jueves, jornada elegida para pasear a los hermanos Caballero Bonald por el Jerez señorial y provocarles un atracón de pasteles que no les permita asistir a la escuela al día siguiente. La merecida regañina de la madre termina por suprimir esa dulce salida semanal y el abuelo, irremisiblemente, encontrará la muerte con prontitud, abandonado en su descansado cautiverio.


Frecuentemente, en este recuerdo selectivo y subjetivo, la imagen del niño aparece nimbada por una interesada aureola de enfant terrible que se corresponde con esa idea de justificación que todo comunista de origen burgués termina por sostener ante la sociedad. A la luz del relato infantil y de la reencarnación diabólica que resulta ser el niño Caballero Bonald -capaz tanto de tragarse una aguja como de explosionar el soberado de la casa natal para, finalmente, tiznarse la cara de negro el día de la Primera Comunión-, no es descabellado pensar que ese malditismo exagerado, basado en una realidad deformada a su propio conveniencia, sea la respuesta a la postura inmovilista y carca del Jerez tradicional de los años 30, a la vez que una coartada que sirva para prefigurar la imagen pública del futuro adulto: un escritor comunista, perseguido por el régimen franquista, que es encarcelado por defender las libertades, a pesar de los orígenes aristocráticos del apellido Bonald y de su supuesta condición de burgués acomodado.

“Sólo es verdad aquello que en la memoria existe…”. El alejandrino del sevillano Montesinos que titula la reseña podría haber servido como colofón de este repaso biográfico que hoy nos trae José Manuel Caballero Bonald a las manos. Sólo es verdad aquello que en la memoria existe. Testimonio o ficción. Verdad o mentira. Equilibrio o exageración. He aquí el dilema del que inventaría sus años pasados. Ni más, ni menos. Ni menos, ni más. Lo esencial es que el lector recuerde en la distancia, al menos, unas pinceladas de aquel retrato del tiempo, independientemente de lo que realmente aconteciera. Caballero Bonald lo logra con La novela de la memoria, apoyándose en su inconfundible estilo, trabajado y barroco. Justo es reconocerlo y aconsejar su lectura, aunque advirtiendo que cualquier parecido con la realidad puede ser (o no) una simple coincidencia.

29 marzo 2010

Ajustes y desajustes de una señora editora

Confesiones de una vieja dama indigna

Esther Tusquets

Bruguera, 2009

ISBN: 9788402421067

368 páginas

19,50 €



Manolo Haro

Cuando Federico Fellini decidió traer a la memoria su infancia, esa admirable etapa de la felicidad vital sin costurones, ofreció a aquéllos que vieron en las salas de cine Amarcord (“Mi recuerdo” en dialecto de la región de Emilia-Romaña) la posibilidad de que atravesaran el velo del tiempo para recuperar una estampa lírica del sur de Italia. Siempre he admirado los elementos que el director va sumando a la historia principal, delicada manera de mostrarnos el frágil tallo en el que se sustentan los recuerdos: los vilanos que atraviesan la pantalla al comienzo, la niebla nocturna donde quedan atrapados los personajes alguna vez, la nieve inusual que copa las calles, el fuego que arde en la pira donde queman la representación del invierno en la plaza del pueblo o el polvo que recorre los campos cuando Gladiuska se ha casado. En ese último parpadeo de la cámara, vemos a Tito, alter ego del director, salir de la pantalla. La fiesta se ha acabado, pero esos detalles permanecen en la retina durante el resto de la nuestras vidas.

Para mí, Amarcord es un bocado delicioso a unas memorias vitales, la elección de unas flores que, con la pérdida de la inocencia y el aprendizaje de la decepción posterior, pasarían a convertirse en otra cosa. He pensado que tal vez confidencias y memorias se diferencien en cuestiones que a simple vista podrían resultar de poca importancia; sin embargo, son las que aportan a cada una de ellas sus hallazgos y sus sombras. Sin ir más lejos, pienso que las memorias brotan de una reflexión asentada y solitaria, pescando en las profundidades del subconsciente para acabar regalándonos la vida escrita en un grano de arroz. Las confesiones serían algo bien diferente: pesca de superficie, una voz que susurra al oído de alguien tras la rejilla de un confesionario, un anecdotario ensartado, lúcido y a la vez vistoso, sí, pero sin demorarse en pasar el dedo sobre el marco de la ventana y mirar la yema blanquecina. En definitiva, el rumor incesante frente al grito sobresaltado y caprichoso.

Nada hay de malo en tomar uno de los dos caminos. De hecho, ambos brindan un continente puntual para la forma de contar que se desee. Esther Tusquets toma por el sendero de la confesión para imbricar su vida íntima con la vida editorial de la segunda mitad del siglo XX en España. He ahí el interés de este libro: su valor reside en pintar un fresco que ayuda a repasar un momento preciso al que le seguimos debiendo muchísimo tanto lectores como escritores. Observar las conexiones y carambolas personales (amistades, parejas, amores, familia) que han configurado la edición en Cataluña y por extensión en España sin duda ayudará a enmarcar parte de la historia cultural de la Península en su contexto.

Hasta ahí bien. Lo digo porque el resto del libro mezcla las opiniones de una señora que juzga, opina y reflexiona a veces como editora (en la parte más sobresaliente de la obra), otra veces como una dama catalana burguesa que se bañó en el Jordán del P.C. (un flamenco dixit) para jugar a la vida bohemia de la gauche divine. El anecdotario para los amigos del amarillismo literario es nutrido. Se pasean por estas páginas un Cela pesetero, una Matute con el alma enjaulada por el marido, las bondad y talento de Umberto Eco, la aproximación y posterior huida de la isla Balcells, los trajines sombríos de la Regás, etc. Las semblanzas tratadas con más profundidad y riqueza de matices recaen sobre la figura de Carlos Barral y Terenci Moix. A todo ello habría que sumarle la crónica de las incursiones de Esther Tusquets en el mundo del amor, con sus ritos iniciáticos de todo sesgo, amantes que salen y entran de escena con mayor o menor fortuna y gracia, y comentarios del tipo “el amor te atrapa como si fuera un virus” (p.358).

A modo de novela bizantina vamos saltando de Cadaqués, centro emblemático de la gauche divine, a las copas en el Bocaccio, de la consulta gauchista del psiquiatra Vidal Teixidor a Nueva York con Ralph Ellison, William Styron, Malamud y Susan Sontag, de Frankfurt a París. Navegamos por lugares y personalidades a las que se les va dando color con la reproducción de cartas o de conversaciones recordadas al cabo de los años. El libro no deja de ser una colección de sellos franqueados por la visión personal de la Tusquets, a la que hay que saber perdonarle las notas un poco ñoñas sobre el amor señaladas arriba, su abrigo de visón, el chófer prestado por mamá, los supuestos atiborramientos de coca y los lugares comunes acerca de ciertos asuntos de dominio público que se irán descubriendo con el paso de las páginas.

Todas las memorias o las confesiones son un ajuste de cuentas con uno mismo, con los otros, con las ciudades o con el tiempo. Éstas no iban a ser menos. A pesar de lo dicho, desde luego que merece la pena sumergirse en un libro que se lee con amenidad y del que podemos extraer algunas dosis de ironía que también harán disfrutar al lector. Hay que observar esta evidencia: Esther Tusquets es una marca en el agua de una manera de entender el mundo de la edición, enfrentada por su olfato y cariño al, como ella misma llama, gran jefe de Bertelsmann, estrictísimo paradigma de vender libros hasta en los supermercados de barrio. Aunque sólo sea por esto último, merece la pena dedicarle una tarde a estas Confesiones de una vieja dama indigna.

03 febrero 2010

Una lírica confesión a corazón abierto

Corazón andariego

Nélida Piñon

Alfaguara, 2009.

ISBN: 978-84-204-2355-5

328 págs.

19,50 euros

Traductora: Montserrat Mira



Rafael Roblas Caride

Acabo de concluir la lectura de este Corazón andariego y quiero confesar desde el inicio que es extraña la sensación que me ha dejado la última obra de Nélida Piñon, a la sazón una de las más laureadas autoras hispanoamericanas actuales, tal como reza la solapa del volumen publicado por Alfaguara.
“Mi testimonio es impreciso. Mezclo la cosecha de la memoria con la creación, porque es todo lo que sé hacer. Los episodios que aquí registro, de índole familiar y cotidiana, emergen de mi modestia y mis desaciertos”. Esta declaración de intenciones pone en guardia al receptor, que se apresura a buscar correlatos similares en el despertar a la vida de la Nélida más niña: el simbólico Ocnos del universo cernudiano, la deliciosa e inexistente Sevilla de Los años irreparables de Rafael Montesinos, el idealizado Puerto de Santa María del primer volumen de La Arboleda perdida albertiana o, quizás, el idílico paisaje gijonés de la semidesconocida Helena o el mar de verano de Julián Ayesta.
Y así, como convocados al unísono, se despliega ante los ojos de lector el abanico previsible en toda obra memorialística que, no sabemos por qué –Freud a lo mejor sí lo supo-, son comunes a todo recuerdo de infancia y adolescencia: la recurrente presentación del terruño natal; el inevitable recuerdo de los fantasmas paternos y maternos; la constatación de una casta ancestral que se perpetúa de generación en generación y que traspasa el tiempo y el espacio; la omnipresente figura del abuelo como mesías familiar; la sospecha del misterio; el nacimiento a la vida y a los libros –tal vez cara y cruz de la misma moneda-; la primera escuela; la religiosidad y sus adyacentes: los pecados de la carne, la gula y la lujuria; el despertar del deseo… De todos ellos, convenientemente reunidos y encajados entre sí, se sirve Nélida para trazar sus primeros años de nieta de español emigrado a Brasil. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.
Pero, al contrario de lo que podría esperarse, los episodios no forman una unidad narrativa lineal. Ya lo confiesa la brasileña también al comienzo de la obra, como advertencia sincera y aviso a navegantes temerosos: “La selección que hago de la familia, de los amigos, de los pensamientos vagos, compone mi horizonte personal. Sin duda, es arbitraria y presenta un alto grado de subjetividad. Evito ser minuciosa para reducir el margen de errores y también porque las versiones que guardo de los hechos narrados son en sí contradictorias. Yo misma, ante mis imprecisiones y mis provisionales certezas, me sorprendo con lo que relato”. Y eso es, en realidad este Corazón andariego, este recorrido autobiográfico: un pretexto para bucear con el lector por los abisales fondos del alma en busca de la verdad. Una búsqueda sorpresiva del yo y del tú. Un camino sin guía ni ruta. Una manera de justificar lo que puede que nunca existiera. Por eso, todo aquel que espere hallar en esta obra de la Piñon un recorrido pormenorizado por la infancia de la dichosa hija de Carmen y Lino se sentirá tremendamente defraudado y, más pronto que tarde, arrumbará el volumen en un rincón de la biblioteca y buscará otra lectura. Sencillamente porque las biografías no existen y nuestros recuerdos, en realidad, los escriben aquellos que nos recuerdan y que, a su vez -como en un bucle temporal- terminan por borrar momentos que vivimos y nos hacen protagonistas de ficciones que sólo acontecieron en la imaginación de quien nos piensa.
Aún dentro de esta confusión existencial, sorprenden en este Corazón andariego pasajes anecdóticos de una gran altura narrativa. Magistral aquella jornada campestre que termina con el vuelo del tío Adolfo, improvisado Ícaro tropical, arrojándose desde las alturas sin causa alguna que justifique su acción. O el encuentro de la adolescente Nélida con la Madre Patria –con la aldea paterna de Cotobade-, tantas veces recreada en el hondón que parece formarse en el alma de los hombres por el conjuro misterioso de la sangre. Sin embargo, lo más valioso del libro hay que buscarlo subordinado a la voz lírica de la brasileña de ascendencia gallega.
Así, las inflexiones de la voz de la autora se adensan continuamente, retrocediendo y avanzando, como ocurre en las conversaciones cuando el licor escasea ya en el vaso. En la sinceridad de la borrachera lírica, en el silencio de la página emborronada, retumba la poesía. Así leemos versos sueltos de poemas nunca escritos (“La memoria empieza adonde hemos nacido”, “La patria de la infancia es siempre una aldea…”, “Yo soy mi madre”) e incluso composiciones enteras, ¿o es demasiado disparatado pensar que, bajo la epidermis narrativa, no subyacen auténticos poemas en prosa como ocurre en el capítulo 87?... Y siempre, más allá, en el fondo del discurso, obviando discusiones filológicas que disecan el lenguaje y clasifican las palabras en fríos géneros literarios, sigue flotando el misterio o la conciencia de una verdad que a todos afecta y que sólo al escritor es dada siquiera a sospechar: “Hay misterios en la casa bajo formas que no describo, pero intuyo”. ¿Habla Nélida Piñon o es Juan Ramón Jiménez?
En estas confesiones es donde debe dejarse fluir la voz de la Piñon, libre y sincera, cabalgando en el susurro sensual de la lengua de su admirado Machado de Assis. En el eco, en las obsesiones: la voracidad lectora y el amor a la narración oral que desembocan en la vocación literaria de la niña Nélida; la irrefrenable atracción a la tierra y a lo cotidiano, responsables directos de los placeres de la mesa y de la carne; la enfermiza búsqueda de la raíz común de todos los hombres del planeta, proyectada sobre la pantalla de un idílico cosmopolitismo; el fraternal amor a la familia; el divino oficio del escritor, médium perseguidor del “misterio”, sólo intuido tras la belleza de las palabras…
Así, confesión tras confesión, sentencia tras sentencia y siempre poesía tras poesía, la obra de Nélida Piñon avanza adolescentemente hasta el capítulo 60, donde se inicia la segunda parte del libro bajo la titulación de “Santa Fe y otras aldeas”. A partir de aquí, la narración tiende a focalizarse en un único lugar y tiempo -es ya el presente en la casa leridana de la editora Carmen Balcells- y la prosa de la brasileña se adensa y complica en reflexiones que, cada vez más, se alejan de la anécdota narrativa y de la niñez. Su promesa de búsqueda –esa “sorpresa de lo que relato”- se hace efectiva y se multiplican las referencias literarias, filosóficas e históricas: D’artagnan se mezcla con Trajano y Camarón en un desfile donde poco nuevo se vislumbra. Nuevamente la mitología como cohesionador de ese tronco que llamamos cultura occidental. Nuevamente el cosmopolitismo como ideal de vida para un alma permeable y porosa que no se cierra a nada. Nuevamente el poder de la palabra como creadora de la existencia. Nuevamente el amor como motor del mundo. Y, nuevamente, esa pátina lírica con que la escritora brasileña ha barnizado este su Corazón andariego. Una y otra vez, como en un bucle. Hasta que todo está ya dicho.
Es extraña la sensación que deja la lectura de este Corazón andariego, escribíamos al comienzo de esta reseña. Ahora tenemos más datos para la reflexión y podemos atribuir esta extrañeza a su heterodoxia genérica, a caballo entre la prosa memorialística y la reflexión metafísica; a su híbrida naturaleza discursiva, a ratos narrativa a ratos lírica; a su desfocalización que continuamente se bifurca en un pasado que sube al lector en una montaña rusa vertiginosa para despeñarlo al instante hacia un confuso presente; a su estructura de falso diario recurrente, como un cauce de río que serpentea perezosamente acariciando las curvas de sus meandros. Pero quizás sea más extraña -y esto tal vez sea lo más importante- a causa de su hiriente sinceridad y de su honradez literaria, lo cual es ya mucho en estos tiempos que corren de ademanes contrahechos de cara a la galería. Ese es el mayor mérito de este corazón que Nélida Piñón deja líricamente sobre la mesa.