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15 julio 2013

Monumento al detective desconocido

Os hemos engañado. Todavía nos quedaba un 'bonus track' en la recámara de las reseñas especiales por el IV Aniversario de EC. Pero no deja de tener su sentido que sea este cántico al albañil de las letras, a la literatura 'pulp' en definitiva, el que expíe, de verdad, los pecados lectores de los estadistas. Y es que, como comprobarán al final, nuestro Ilya U. Topper tiene más razón que un santo... Disfruten con este monumento al detective desconocido.


Ilya U. Topper

Llego tarde a entregar esta reseña. Padecía lo que los analistas llaman un suspense de creatividad estructural: se trataba, me dijeron, de airear un pecado o pecadillo literario. Y resulta que no recordaba ningún libro que me haya gustado y del que me avergüence, o viceversa, lo que, espero, se interprete como señal de buen gusto, y no de falta de vergüenza (aunque cualquiera sabe).  Cuando por fin caí y recordé uno, el problema se agrandó: no recordaba ni autor ni título.

Es por eso que ustedes verán aquí una portada marrón absolutamente anodina, y pensarán que les quiero dar gato por liebre, pero juro por todos los santos, empezando por Simon Templar, que es una fotografía real de un libro, y que no la he sacado de una tienda de atrezo digital. La fotografía, digo. El libro sí. Lo compró mi buen amigo Daniel Iriarte en las callejuelas del barrio de Tarlabasi -ese barrio del centro de Estambul donde filmaríamos un año más tarde un cortometraje ambientado en la guerra civil de Grozni, porque las calles daban el pego- a un señor que vendía libros al peso. Dani me trajo al menos cinco o seis kilos que, alineados en mi estantería, daban una excelente impresión de adusto aburrimiento, exactamente lo que necesitábamos para decorar el espacio vital de un disidente de Karayumurtistán Occidental con una debilidad por las transexuales de Estambul a punto de ser asesinado por un pistolero a sueldo capaz de despachar a un adversario con el canto de un terrón de azúcar.

Tras el fin del rodaje, y ante la difusa promesa de Dani de que vendría a recoger los volúmenes cuando le diera tiempo, junto con la camisa de mi asesino (que hoy es una de las mejores piezas de mi armario: el hombre siempre tuvo mejor gusto que yo en el vestir), empecé a hojear por distracción las obras, todas encuadernadas en el mismo falso cuero marrón, y descubrí que muchas eran en inglés y contenían historias de detectives y malhechores. Algunas manchetas ubicaban las ediciones originales en los años treinta, tanto en Nueva York como en Londres,  pero era algo difícil de determinar por la falta de pericia de los encuadernadores, probablemente analfabetos: muchas historias empezaban en medio, o terminaban en medio, justo en el momento de abrirse el ataúd con el falso muerto, aunque con suerte descubrías que seguían cincuenta páginas más adelante, y dándole la vuelta al libro para leerlo al revés. El peor en este sentido era el de relatos de Agatha Christie, aunque no importaba gran cosa, porque en las historias de doña Agatha, de todas formas el único capaz de seguir el hilo narrativo es Hercule Poirot.

Al final encontré dos o tres volúmenes con historias bastante completas, ubicadas en Nueva York, y en las que el típico detective privado persigue, pistola en mano, a mafiosos, millonarios con instintos asesinos y traficantes, encajando unos cuantos golpes en la nariz por el camino y contemplando a pelirrojas en vestidos transparentes (que es esencialmente lo más lejos que llega el erotismo literario norteamericano antes de cambiar de denominación de categoría). No recuerdo el autor -o los autores, porque creo que hubo varios, aunque indistinguibles- , me consta que no aparecían en internet y tampoco puedo comprobarlo ahora, porque al cabo de releer todas las obras varias veces al derecho y al revés -en el sentido literal de la palabra-  resolví que los volúmenes eran ideales para equilibrar el colchón de mi cama donde sobresalía por encima del armazón de hierro (que había tenido que capar con la rotaflex para subirlo por el hueco de la escalera). Allí, en tan inconspicuo lugar, los alcanzaría meses más tarde su destino, al romperse una tubería en la cocina e inundarse el piso entero. Sólo salvé de las densas capas de moho un ejemplar de The Saint, clásico casi tan inmortal como su protagonista, al que no había conocido hasta entonces. (Eso, no haberlo conocido antes, sí es el algo de lo que me avergüenzo, no el disfrutarlo hasta la saciedad, frase por frase, envidiar su impenetrable calma y su imperecedero estilo frente a al negro ojo de las pistolas). 

Sí tuve que despedirme de todas las aventuras de Leonidas Witherall, aunque sigo admirando profundamente a alguien (Phoebe Atwood Taylor, alias Alice Tilton, 1909–1976) capaz de crear un jubilado maestro de escuela, clavado a William Shakespeare, autor secreto de famosas radionovelas centradas en el ficticio lugarteniente Hazeltine y obligado en cada entrega a resolver un asesinato cuyo autor indudable es, a ojos de la policía, él mismo. Y alguien que de paso, mientras  se balancea en la cuerda floja entre el cuchillo del auténtico asesino y la silla eléctrica, es capaz de arrancarle al lector carcajadas. Hercule no duraría ni dos párrafos contra Leonidas.

Pero no quería hablar de los clásicos. Ni tampoco de esa otra autora, británica esa vez, que en los años cincuenta fue capaz de inventarse una pareja de asesinos a sueldo homosexuales, para darles un toque cercano y entrañable, profundamente humano. Y luego dicen que Brokeback Mountain.

No: mi homenaje va a ese autor o autores que no figuran en ninguna enciclopedia, que estaban obligados a repetir, mes tras mes (si tanto tiempo les otorgaba el editor) el mismo modelo de industrial amenazado, esposa desconfiada, amante de cabaret, traficante de droga, ladrón de diamantes y policía corrupto, una tras otra vez. Literatura que no deja huella. Literatura sin más pretensiones que, por parte de uno, comer caliente y del otro, pasar una tarde de verano sin pensar en su propia pequeña vida. Literatura de la más modesta y la más honesta. Metería presos a estafadores alquimistas que se creen guías de la humanidad, pero pondría un monumento al obrero de la máquina de escribir.  Y modesto no quiere decir fácil: aunque la trama no hace falta complicarla más allá del triángulo de sospechas, el estilo sí debe ser ágil y los diálogos, chispeantes, si uno quiere que el lector vuelve a decidirse por el mismo autor en el kiosco de la siguiente estación de trenes.

Recuerdo -y de eso sí me avergüenzo un poco- que a los veintidós años, y con la irreverencia imprescindible en un periodista cultural de esa edad, pregunté en una conferencia de Juan José Millas si no creía que gente como Andreu Martin mostraba mucho más oficio a la hora de narrar que unos cuantos grandes nombres premiados (entre los que no habría incluido al propio Millás hasta que publicara Dos mujeres en Praga). No recuerdo su respuesta. Tampoco puedo decir que sea muy fan de Martin, demasiado lúgubre para mi gusto.

Pero mantengo que el trabajo del albañil de las letras tiene su sudor. Un gran escritor puede fabular sobre su infancia o cualquier otra torre de marfil. Un autor de novela negra del tres al cuarto debe mantener siempre una mano en el pulso de la sociedad que le rodea, porque si la ambientación no funciona, el lector no se creerá las pistas falsas. En este oficio, lo primero es saber pintar bien el decorado. Y ese autor anónimo nunca podrá permitirse el lujo de volverse aburrido, insoportable, encadenador de frases incomprensibles, buzo de profundidades filosóficas insondables. No puede arrastrar al lector hacia un lugar donde no ocurra nada ni ocurrirá nada y hacerle creer que ese círculo vacío es el ángulo recto de la L de Literatura. Eso es algo que queda reservado a los grandes escritores, que quieren ver sus nombres impresos en tarjetones suecos.

Me quedo con un diálogo de uno de aquellos tomos amarillentos que, según aprendí hoy de Luque, se llaman 'pulp' en americano, y lo pongo por testigo que a veces son esas obras sin nombre ni gloria las que mejor resisten el paso del tiempo. Imagínense a un detective, manoseando inquieto su pistola en el bolsillo de la chaqueta, tomándose un café con un periodista local en un bar demasiado cerca del muelle, donde el sindicato del crimen descarga los fajos de droga que luego se almacenarán en la casa de un diputado:

- Te lo he advertido: no vayas. Te pegarán un tiro y la policía estará encantada.
- ¿Me dices que están todos compinchados?
- Todos.
- Pero eso hay que denunciarlo. Tú trabajas en un periódico. Los periódicos están para informar al público. ¿Por qué no lo destapáis?
- ¿Ves ahí enfrente la casa de putas? ¿Sí? Pues ¿sabes cuál es la única diferencia entre nuestra redacción y esa casa? Que nosotros no tenemos un piano en el vestíbulo.

Aún en 2013, tiene más razón que un santo. Más razón que Simon Templar. Que es, como ya habrán adivinado si se han fijado en las pistas que sembré, quien se oculta tras la portada que ustedes ven arriba (Follow the Saint, Leslie Charteris, 1939, edición de 1959). Los villanos en este libro son completamente imaginarios y no tienen relación con ninguna persona viva.

12 abril 2013

Los 'playboys' también lloran


Cerveza en el club de snooker

Waguih Ghali

Sajalín, 2012

ISBN:
978-84-9390-767-9

216 páginas

18 €

Traducción de Güido Sender Montes



Ilya U. Topper

El 'snooker' es una especie de billar, muy popular en el Egipto de los años sesenta. Popular quizás no sea la palabra para una diversión de las clases adineradas, y de eso se trata, porque se juega por dinero. Hay dos ricos armenios, propietarios de la zapatería de abajo, y tras media hora, uno de ellos habrá perdido cuarenta libras, es decir el equivalente a cinco meses del salario del mozo que atiende en el negocio. El ganador es el joven copto Ram, sin más ingresos que los del juego, pero de buena familia. Por eso puede jugar, pero no puede trabajar: sería una desgracia.

La vida es un juego, nunca debe darse la impresión de que sea otra cosa. Ésta es la máxima del 'playboy' de verdad. Por eso, cuando el armenio hace trampa y mueve una bola, Ram no dice nada sino que mueve otra. Has hecho trampa, dice el armenio al notarlo. Sí. El árbitro -Font, el mejor amigo de Ram, que además atiende el bar- entrega el dinero apostado al armenio. Éste se encamina hacia la escalera. Y Ram no dice nada. En esto consiste ser jugador: arriesgar lo que para otros sería medio año de sueldo, por la simple gracia de fingir que a uno no le importa. El armenio se dará la vuelta.

A Ram nada le importa mientras bebe cerveza Bass -“la cerveza de los intelectuales”, que Font prepara con whisky y vodka-, discute de Somerset Maugham o del último análisis político en el New Statesman y dice sí a todo lo que diga su madre, aunque no le haga caso nunca. Tiene mala fama porque el otro día tiró a su primo, que es rico, a la piscina del club delante de lo más granado de la sociedad cairota, y nadie cree que haya sido un accidente. Las chicas lo quieren, sí, y le prestan el bañador cuando necesita seducir a alguna americana. El el club, los cairotas de buena familia hablan francés.

"- 'Tu trouves qu'elle est plus jolie que moi?'
- No me importa quién es más 'jolie'; ella no es virgen como tú.
- 'Salaud'."

Desde luego, Ram desprecia a su primo, su tía -quien paga sus facturas y le da sermones- y toda esta sociedad feudal que se pulverizará cuando triunfe la revolución. Ram es comunista, aunque no se le note mucho. Tal vez sea demasiado inteligente como para lanzarse a una revolución que debería acabar primero con él mismo. Tal vez piense que es más útil militar en una organización clandestina sin aparentarlo. O tal vez sea simplemente demasiado jugador como para tomarse en serio a sí mismo. Pero sí se toma en serio su amor por Edna. La chica que le ha pagado meses de estancia en Inglaterra, bajo la ficción de un viaje de estudios. La chica con la que se ha ido a manifestaciones en Trafalgar Square. Edna es comunista de verdad y milita de verdad. Es judía.

"-¿Por qué te afiliaste, Ram?
- Si alguien ha leído una enorme cantidad de literatura y tiene un sólido conocimiento de la historia contemporánea, y tiene imaginación y es inteligente y es justo y es honrado y es sincero, le pueden pasar dos cosas: que se afilie al Partido Comunista y lo deje, regodeándose en sus defectos, o que se vuelva loco. O, si es buen actor y no es consciente de ello, puede irse a vivir a cualquiera de las muchas ciudades progresistas de Europa y disfrutarlo. -Pero Ram es egipcio."

Hagamos un 'fast forward'. Esta novela transcurre en los años sesenta en Egipto, cuando la clase dominante aún era la misma que había sido colocada en el poder y aleccionada por los dueños colonialistas (que la heredaron, por su parte, de la época otomana). Cuarenta años más tarde sigue siendo la misma. En Egipto, en Túnez, en Marruecos. Y el dilema para un joven inteligente y lector y justo y honrado es el mismo que entonces: no puede hacer la revolución, porque es su propia familia la que explota al pueblo. Y el pueblo no lee, no toma cerveza con los intelectuales, ni puede pagarla. El pueblo, cada vez más desesperado, y cada vez con menos comunistas en el país (algunos se habrán ido a disfrutar de las sociedades progresistas de Europa, otras habrán acabado torturados, encarcelados, muertos), acabará siguiendo a quienes se proclaman emisarios de Dios y prometen derrocar la tiranía no en nombre de la justicia humana sino en nombre de los libros santos. Serán mayoría y se apropiarán de todo cuando por fin, veinte, treinta años tarde, arde Tahrir.

Esta es la tragedia de Egipto del siglo XX y limítrofes, y está contenida en las 216 páginas de la novela de Waguih Ghali, la única que escribió este estudiante de Cairo, comunista con primos ricos y exiliado en Londres, antes de morirse a los 39 años. Egipcio como él solo -“habríamos muerto hace tiempo de no ser por nuestro sentido de humor”-, Ghali ha escrito una novela para divertir, con personajes dibujados a carboncillo, con diálogos hilarantes y magistrales (apúntenle una tanda de bolas de 'snooker' al traductor: ha clavado todas) con una ligereza que hace flotar la risa en el aire, con una sonrisa de tahúr propia del jugador que nada se toma en serio. O eso pretende. Porque cuando nadie mira, cuando Edna se ha ido, cuando saben que no les queda nada por hacer por este país que tanto quisieran que fuera suyo, pero en el que siempre serán una clase aparte, unos parias escupidos hacia arriba, cuando sólo les queda de confidente Didi, rica y sin embargo amiga, cuando se resignan a convertirse en actores para los restos, en vivir sin más remedio la vida que llevan tiempo fingiendo, cuando piden matrimonio, entonces los 'playboys' también lloran.  Hagan juego, señores. 'Rien ne va plus'.

11 marzo 2013

Los abuelos, ¿no follan?



la máquina de hacer españoles

valter hugo mãe

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-2040-750-0

304 páginas

18,50 €

Traducción de María José Arregui




Ilya U. Topper

Recuerdo que Marchante traía cara larga al entrar en la redacción. No se explicaba, porque iba ilusionado componiendo su primer importante trabajo fotográfico –acabaría premiándolo Canal Sur– titulado El sexo en la tercera edad. Pero aquel día resoplaba como alguien resignado a una realidad inmisericorde. Qué te pasa, le pregunté. Teníamos veinticuatro años los dos.
Quillo, que me he dado cuenta de que los viejos follan más que tú y yo.

Era palabra de reportero, y visto la carrera de Marchante, testigo siempre preciso de los hechos, podemos darla por inapelable. Tal vez a hugo valter mãe (así, en minúscula) le faltó por ver este reportaje, porque lo máximo que ocurre entre hombres y mujeres en la residencia de ancianos que es el escenario de la máquina de hacer españoles son unas cuantas frases galantes y unos tímidos intentos de tocar la mano entre dos personajes secundarios. El lector que se fíe de la ilustración de portada sufrirá la desilusión habitual en el sector.

Cualquier lector necesita algún motivo para seguir leyendo, una vez pasadas las primeras cincuenta o cien páginas. hugo valter mãe nos ofrece dos: por una parte nos intrigará cómo se resolverá el asesinato que investiga el inspector Isaltino de Jesús, aparecido de repente en escena para tomar muestras de sangre bajo la cama de una anciana, hincha del Porto, y por otra no podemos morirnos sin averiguar por qué demonios el libro se llama la máquina de hacer españoles. Cómo se acabará muriendo el héroe de la novela, antónio silva, a esas alturas ya importa bastante menos.

Lo mismo les puedo adelantar el resultado: El inspector hace un par de cameos más, pero acaba desapareciendo sin dejar rastro y sin resolver nada, ni aprovechando las pistas que le susurran los ancianos sobre la supuesta costumbre de la dirección de ir matando a los inquilinos demasiado viejos en aras de hacer lugar a nuevos clientes con más pecunio. Y el título se intenta explicar un poco al final con una genérica referencia al deseo de todos los portugueses de parecerse a españoles, es decir ciudadanos de un país con sueldos aceptables, servicios públicos correctos y un bienestar genérico (no me miren así, sé que esto queda fatal decirlo después de que los bancos se propusieran, y ejecutaran con pleno éxito, el plan de hundir España en la miseria, pero hasta 2010, cuando valter hugo mãe escribió el libro, aún duraba esta impresión generalizada, no tan equivocada durante la década anterior, al menos en comparación con varios países vecinos). Pero qué tiene que ver con esa percepción la fantasmagórica máquina que el protagonista sueña (?), no nos quedará claro ni al llegar a la última línea.

(Tampoco averiguaremos en ningún momento si el título –como sopesaba Alejandro Luque– pretende ser un homenaje a Washington Cucurto y La máquina de hacer paraguayitos (1999); y si lo fuera sería uno fallido, porque no cabe imaginar mayor contraste que el que hay entre el libidinoso barroco barriobajero del argentino y el perfectamente controlado pulso pequeñoburgués de los ancianos que nos presenta el del Minho –hugo valter mãe nació en Angola pero se crió y vive en Vila do Conde–, cuya máxima transgresión es arrancarle las palomas a una imagen de la Virgen María y llamarla Mariazinha, como una coleguilla cualquiera. Eso, a manos de un ateo confeso, oigan).

¿No les ha quedado claro de qué va la novela? No, no, a mí tampoco. El planteamiento es sencillo: un señor de 84 años, al que se le acaba de morir su amantísima mujer, es ingresado en una residencia de ancianos y debe acostumbrarse a pasar el resto de sus días en ese lugar, pese a que se creía algo mejor. Quiero decir: algo menos inútil. Hay unas cuantas subtramas, como la apariencia de un colega centenario que inspiró un poema de Pessoa, unas cartas de amor falsificadas, pesadillas y aves fantasmagóricas varias, intentos de asesinatos sonámbulos, un recuerdo de silencioso valor y traición silenciosa bajo la dictadura de Salazar, un español que reivindica su derecho a ser portugués de Badajoz. Pero nada de eso se trenza en una acción mínimamente coherente. Es como si el famoso diablo de aquel increíble relato de Félix J. Palma hubiera vaciado su saco de elementos literarios sobre la mesa del escritor, pero sin indicarle cómo componerlos.

Porque veamos: ¿para qué sirve escribir una novela entera en minúscula, sin punto y aparte, con voces que se confunden todas –todos los viejos hablan igual, hay que estar muy atento para deducir quién dice qué, no hay registros de expresión diferentes, apenas opiniones distintas– y luego intercalar tres veces unas cuantas páginas con sintaxis, mayúsculas, rayas y toda la pesca clásica del idioma, y un clásico policía rastreador de asesinatos, si luego no se hace nada con ese personaje? Si el autor quiso demostrar que domina el truco de escribir una novela en dos planos, se ha quedado corto. Uno sopesa si la sensación de 'cogitus interruptus' es intencionada y el autor se quiso mofar de nuestra necesidad de buscar tramas de detective, colocar a Isaltino de Jesús en una fila con Brahim Llob y Kostas Jaritos. Pero entonces tendría que haberlo dejado más claro: no me importa que me tomen el pelo, pero al menos díganme en qué momento me tengo que reír.

Leyendo la solapa del libro se me aclara que valter hugo mãe compuso esta novela como final de una tetralogía que versa sobre infancia, juventud, edad madura y, 'eccola', vejez. Eso explica muchas cosas: cuando uno necesita terminar un ciclo propuesto, lo hará, tenga o no algo que contar. Lo que no explica es por qué el libro viene acompañado de alabanzas de José Saramago; esperamos que sea en honor a anteriores obras, probablemente mejores, del autor, y no porque el Nobel pensara que imitar su manía de escribir sin pausa ni párrafo sea indudable sello de calidad.

Y no, tampoco se puede salvar valter hugo mãe aduciendo que simplemente quiso reflejar el día a día en una residencia de ancianos. Para eso, el libro es demasiado metafórico. Porque el héroe vive enclaustrado, con una muy literaria sensación de aprisionamiento, pero en la vida real, una residencia de ancianos no es una cárcel, y un señor, así tenga 84 años, si no ha sido declarado incapacitado mental por sus hijos, puede salir a la calle, tomarse un café en un bar cualquiera, charlar con la chica de la floristería de enfrente, observar el trajín del mercado. Puede al menos intentarlo. Estaría dispuesto a bajar mi umbral de la incredulidad al nivel de no darme cuenta, si el autor me ofreciera algo a cambio, pero no me basta con las pesadillas y la tumba de Laura.

'Summa summarum', me retrata mejor la vida de los ancianos en una residencia aquel breve del Frankfurter Allgemeine Zeitung que leí en una escala de avión en Munich, al tiempo que intentaba con sincero empeño seguir los banales debates de comedor de valter hugo mãe: “Detenido un anciano nonagenario en la plaza central de Munich, al intentar dirigirse en pijama al Hofbräuhaus para celebrar sus 90º cumpleaños con una jarra de cerveza; al ser devuelto por la policía, a la que le llamaba la atención por llevar una jeringuilla de la sonda en el antebrazo, la directora de la residencia, enternecida, le autorizó a tomarse una caña en el salón”. Deseaba que el clímax de la máquina... al menos se asemejara. Lástima.

04 marzo 2013

'Habemus panem'


El pan a secas

Mohamed Chukri

Cabaret Voltaire, 2012

ISBN:  978-84-9403-531-9

272 páginas

19,90 €

Traducción de Rajae Boumediane El Metni



Ilya U. Topper

Creo que no he pedido un autógrafo en la vida. Ni cuando tenía delante a un premio Nobel, ni para acariciar el ego de amigos escritores. Miento. Hubo una sola vez. Corría el año 1997 y me enteré de que Mohamed Chukri iba a venir a dar una conferencia en Granada. Me compré el libro momentos antes de subirme al autobús urbano y leí los primeros capítulos durante el trayecto. Sí, en aquella época aún podías entrar en una librería granadina cualquiera, pedir El pan desnudo, y te lo daban por un puñado de pesetas, en una edición ajada y con cubierta de color, como un 'best-seller' olvidado cualquiera. Que es lo que era. Luego vendría una década en la que responderían: Agotado, lo siento.

Esta década ha tocado a su fin. 'Habemus panem', de nuevo. Gracias a la cuidada edición de Cabaret Voltaire, recién salida del horno. Traducción nueva (quizás la primera, porque recuerdo nebulosamente que la mayoría de las traducciones de la obra a lenguas europeas se habían hecho a partir de la versión inglesa de Paul Bowles) y título nuevo: El pan a secas. Era algo reclamado desde hace años por varios arabistas españoles, tanto la traducción como la corrección del título. Y no voy a ser yo quien contradiga este ajuste de Al jubz al hafi, aunque yo siempre he utilizado el adjetivo como “descalzo”. Concepto que traduce mejor que ningún otro la idea del chiquillo de la calle, el hambre, todo lo que aquí llamamos posguerra y allí era época colonial (aunque la poscolonial, que aún dura, no ha ido mucho mejor). De todas formas, me temo que la obra pasará a la posteridad como El pan desnudo: hay imágenes que expresan mejor que una traducción más acertada toda la lírica que contiene el libro.

Porque desnuda es la realidad que describe Chukri, y es escandalosa como un desnudo. Un desnudo espatarrado, con las vergüenzas de la sociedad al aire. Y no es tanto –como él mismo explicó décadas más tarde en alguna entrevista– el sexo explícito que molesta en su libro, el pubis de las niñas en el jardín, la regla espiada, las putas ensimismadas o las pajas desesperadas, ni el ubicuo vino o el hachís. Lo que nunca le perdonaron es que hablara con odio indisimulado de su padre. Matar al padre, esa inmensa asignatura pendiente de la nación, fue lo que realmente dejó el libro en el destierro durante veinticinco años.

Dice una leyenda muy difundida que el libro estuvo prohibido en Marruecos. No es exacta: no llegó a prohibirse porque, de entrada, ningún editor se atrevió con una historia tan descarnada y rompedora. Cuando, una década después de alcanzar fama internacional con la novela, traducida a decenas de idiomas, Chukri lanzó una limitada edición personal del original árabe (1982), no fue decomisada. La compraban los amigos, los traficantes, putas y estibadores, aunque no supieran leer: no, no sé lo que pone, pero es de Chukri. Uno de los nuestros.

La leyenda es tenaz: Aún en los primeros años de la década 2000, un gran escritor de viajes español –lo elegante sería decir que su nombre no viene al caso, aunque me temo que el prestigio de Javier Reverte ha contribuido al arraigo de ciertas creencias– afirmaba, con ocasión de su paso por Tánger, que “los libros de Chukri siguen prohibidos en Marruecos”. En realidad, en aquel momento, la portada de Al jubz al hafi, por fin accesible en árabe, tapizaba los escaparates de cualquier librería marroquí que se preciara, junto a sus dos secuelas: Tiempo de errores y Rostros. Pero Chukri no había tenido que esperar hasta entonces. Desde los setenta había ido publicando relatos, ensayos y hasta alguna obra de teatro, como La Felicidad (1971/1994), una utopía visionaria y rompedora.

Cuando llegó a Granada para dar aquella conferencia, Chukri ya mostraba los estragos del alcohol. No puedo jurarlo, pero me parecía que el vaso de agua que le pusieron en la mesa tenía color ámbar. Tuvo que interrumpir la charla a la mitad “porque nos tuvimos que ir a tomar unas manzanillas”, explicaría su acompañante al regresar, para completar la conferencia. Me puse el último en la fila de los que pedían autógrafos. Chukri lamentó no poder ya escribir nada: agarró su mano derecha con la izquierda para trazar, con letra trémula, su nombre. Luego me respondió a cuatro preguntas mientras caminamos por el Albaicín. Muy poco para poder decir luego que lo entrevisté. Pero suficiente para que me revolviera los esquemas cuando le pregunté si era raro que un novelista marroquí, a diferencia de los francófonos Tahar Ben Jelloun o Driss Chraibi, se hiciera famoso escribiendo en su propio idioma.

- El árabe no es mi idioma. Mi lengua materna es el bereber del Rif, luego aprendí castellano en Tetuán y magrebí en la calle. El árabe clásico, el de mis libros, es mi cuarto idioma.

Presté el libro autografiado más tarde a una amiga de Granada que se fue a Londres y allí, en alguna mudanza, se perdió para siempre. A veces lo lamento; otras pienso que alguien se alegrará si acaba un día en Camden Markets. Un frío día de diciembre en Bagdad me enteré de la muerte de Chukri: ya nunca podría tomarme con él un vino desnudo en el bar Negresco. Al año intenté regresar a aquel local en Tánger y me dijeron que estaba desmantelado. Probablemente podrán ver aún su mostrador oscuro si acuden a la exposición –La vida perra de Chukri– que el fotógrafo Luis de Vega mueve desde octubre por Andalucía.

Entenderán que con tal retraso no sabré juzgar si la nueva traducción es mejor que la antigua, aunque cabe suponerlo. Para mi gusto, Rajae Boumediane abusa un poco de las palabras originales en árabe con nota al pie, pero lo único que realmente le reprocho es la extraña manía de poner “Allah” (así, en versión anglosajona, ni siquiera Alá) en lugar de Dios, excepto cuando la palabra la pronuncia un cristiano. Como si quisiera convertir a Chukri en un ser exótico o incluso creyente, alejándolo del lenguaje de barrio que comparten andaluces y magrebíes agnósticos. Vaya por Dios.

Usted no nos ha hablado de qué va el libro, me dirán. ¿Esto es una reseña? Pues no: los clásicos no se reseñan con los recursos del oficio al uso. Intenten reseñar el Lazarillo de Tormes. Y la literatura marroquí moderna no sería la misma sin Chukri, como no existiría la novela de picaresca española sin aquel anónimo de Salamanca. De manera que no me voy a meter en disquisiciones eruditas sobre el valor literario de la obra o los atractivos de la narración. Léanla, ya que tienen ustedes el privilegio. El de saber leer, digo. Y si no, cómprenla igual. Porque Chukri es uno de los nuestros. 

11 enero 2013

Una diva en el diván del wadi


En el Uadi

Michèle Drouart

Barataria, 2012

ISBN:
978-84-9297-927-1

302 páginas

18 €

Traducción de Delia Mateovich


Ilya U. Topper

Si uno hace un viaje puede contar cosas, dicen en mi tierra. Pero si además las quiere contar por escrito, pienso, debe plantearse qué cosas quiere contar. Durante siglos, los viajeros, empezando por Ibn Battuta, se centraban en relatar cómo eran los lugares y las gentes que visitaron durante su periplo, cosa muy de agradecer, porque no todo el mundo podía ir de Tánger a China y mirar por su cuenta. Para no aburrirnos, se saltaban los detalles personales, apuntando apenas un “Me casé con una chica de tal lugar y vivimos juntos unos años” o cosas por el estilo.

También se puede escribir un libro de viajes contando la transformación personal que uno experimenta a través del camino. Pero hay sólo dos opciones para que un relato así merezca la imprenta: o se es famoso –si Borges hubiera publicado un relato de su viaje a Sicilia, todos correríamos a comprarlo, incluso sin saber en qué mar cae tal isla– o se escribe bien. Escribir bien significa convertir al protagonista en personaje literario, por mucho que se trate de uno mismo. De otro modo, lo que ocurre es una confusión entre el rodillo de la linotipia y el diván del psicoanalista.

Igual no diría nada, pero la confusión me preocupa, visto que Michèle Drouart no sólo ha ganado un galardón en Australia (su patria) con En el Uadi, sino que además da clases de escritura creativa y es editora. Deberíamos suponerle que se ha planteado qué quiere contar en este libro, que repasa su historia de amor con un jordano por el que se va a vivir unos cuantos meses a un pueblo de la Jordania profunda, ese que está al lado del uadi o wadi del título.

A mí, Jordania me interesa: precisamente porque tiene una capital que muchos viajeros contamos entre las más aburridas del mundo, sin perjuicio de Addis Abeba y Uagadugu, aunque siempre he sospechado que debe de esconder una sociedad de lo más interesante, por desconocida. Si yo cojo el libro es para enterarme cómo vibra por dentro la sociedad jordana. Pueden pensar que en la época de los vuelos 'low-cost', describir un país ya no forma parte de las tareas de un escritor viajero. Pero sí lo forma, si lo hace bien, si gana realmente acceso a la sociedad, si tiene capacidad de observar los detalles que importan, que nos explican algo más allá de la postal de turista.

Esto le falla a Drouart: no sólo su dominio del árabe, que nunca llegará más allá de ese nivel que apenas te permite intuir lo que te están diciendo, sin mantener conversaciones profundas, sino que en la mayor parte de las escenas se dedica a describir su propia reacción, su impresión respecto a lo que cree observar. Es decir, al final sabremos lo que una mujer australiana-estadounidense-francesa piensa sobre la sociedad jordana campesina, y cómo asimila –o mejor dicho, no asimila– sus pautas de convivencia, pero no sabemos qué piensan de esas pautas las propias campesinas jordanas. Dedicará un folio a especular sobre las emociones de una mujer que vive en un matrimonio polígamo, pero cuando finalmente esta mujer aparece para enredarle en una conversación íntima (en inglés), la escena se despacha en un par de frases.

Porque todo eso no importa, intuimos: lo que importa es lo que la protagonista (autora) siente respecto a ese hombre al que conoció como estudiante tierno y sensible en una universidad estadounidense y que se convierte en un marido brusco, egocéntrico e inflexible defensor de las tradiciones locales en cuanto ella le sigue a Jordania (es decir, exactamente igual como hacen cada año miles de amantes-maridos de esa parte del mundo).

Pero también esto parece un escenario, porque tampoco nos cuenta realmente por qué coño este hombre le gusta tanto de tal forma que, hasta el final del libro, juega a mantenerse sumisa, no salir cuando él no quiere, no visitar a amigos sin él y todo eso (es decir todo eso contra lo que se rebelan, con mucho motivo, una importante cantidad de chicas jordanas con las que ella nunca llega a hablar). No es hasta la página 155 que, mediante un largo poema de amor “en un francés vagamente antiguo” nos revela (“Ami, vostre espee est droite / et faite para la gaine estroite = amigo, vuestra espada es recta /y hecha para una vaina estrecha”) que el sexo sí tiene algo que ver. O eso entiendo yo.

Pero tomarse por trovadora provenzal que canta los favores de un caballero no ayuda a entender a la autora-protagonista, que se ha metido en un vulgar rollo de amor con un vulgar machista, como pululan por doquier: no hace falta irse hasta Jordania para eso. Si la historia transcurriese en Navalmoral de las Habas o en Stratford-upon-Thames, pongo por caso, el amante-marido podría reaccionar exactamente igual, conozco a unos cuantos, pero entonces no se podría poner Uadi en el título, claro. Y no, Michéle Drouart no es Hester Stanhope ni Anne Blunt, y mucho menos es Isabel Eberhardt, perdonen un poco.

Lo que nos queda es recordarle a Drouart aquel consejo del viejo Voltaire a un aspirante a escritor: “Joven, escribir así de mal usted sólo se lo podrá permitir cuando sea famoso”. 

27 diciembre 2012

El sueño y los monstruos

Las tribus de Israel. La batalla interna por el Estado judío

Ana Carbajosa

RBA, 2011

ISBN: 978-84-9867-988-5

280 páginas

20  €

Prólogo de Enric González


Ilya U. Topper 

Érase una vez un hombre que tenía un sueño. El hombre se llamaba Theodor Herzl, era ateo y su sueño era reunir a todos los judíos de Europa en un territorio propio, un Estado Judío. Agonizaba el siglo XIX y aquel sueño y aquel hombre parecían venir cargados de razón. Le daba un poco igual dónde, pero al final consensuaron que iba a ser en Palestina, porque a los religiosos les gustaba tanto soñar con celebrar el Año Nuevo que viene en Jerusalén.
 
Un siglo más tarde, la periodista Ana Carbajosa se dedica a analizar qué ha pasado con aquel Estado Judío. Una especie de foto fija, una instantánea de los resultados de un sueño. Y como ya advirtiera Goya, son monstruos.
 
Ana Carbajosa no habla del sueño, o muy de pasada. No hace un recorrido histórico ni presenta a Herzl: para eso hay otros libros (el mejor lo comentamos aquí hace poco, el viaje del gran Albert Londres en 1930 por los gélidos infiernos de los judíos). Ella habla de los monstruos. Los hace pasar revista, uno por uno. Y es para asustarse.
 
Ahí van: Los ultraortodoxos. Los mizrajíes y demás judíos de segunda. Los colonos. Los activistas de izquierda. Y los palestinos con pasaporte israelí, los llamados árabes israelíes.
 
Asustan todos. De los ultraortodoxos, los haredíes, aquellos “que tiemblan” ante Dios y esperan al mesías, pero mientras tanto se dedican a salvar su alma cortando el papel higiénico por entre dos líneas de perforaciones en sábado, ustedes igual ya saben algo, si me han hecho caso y se han comprado Orgullosas y asfixiadas, de Anna García, como les recomendé aquí. Pero la galería de horrores que se intuye como entre sombras en el libro de García, aquí va fotografiada bajo una luz inclemente, los focos del periodismo conciso. Sí, créanselo: también las patrullas de recato de los judíos ultraortodoxos lanzan ácido a la cara de las chicas que van guapas; esto no sólo ocurre en Afganistán.
 
Los colonos. El que esto firma sólo pasó (disfrazado) un mes con ellos, precisamente en el asentamiento cuya alcaldesa es la dirigente entrevistada aquí: Daniela Weiss. Y me quito la kipá ante la precisión con la que Carbajosa describe el mundo mental de estos tipos que se creen pioneros en el Lejano Oeste, claveteando palizadas contra los pieles rojas sin quitarse la metralleta que llevan en bandolera: un buen palestino es un palestino muerto. Están todos: los muy creyentes, los menos creyentes, los casi hippies –pero no menos colonos y no menos seguros de que Dios les asignó esta tierra mediante contrato escrito– y los que no tienen donde caerse muerto pero tampoco conciencia.
 
Los activistas, polo opuesto a los colonos, también asustan, no por lo que son –son gente como usted y yo, gente que reacciona como reaccionaría cualquier persona que no haya sido transformada en monstruo por cien años de sueño– sino por su número. Por su escasísimo número. Y por los ingentes esfuerzos que tienen que hacer para poder hablar de cosas como paz o derechos humanos, términos que, como no deja de repetir Uri Avnery, son hoy en Israel palabras sucias, esas que no se pronuncian entre gente decente.
 
Los mizrajíes, más que asustar, entristecen. Mizrajíes es el término que engloba a todos los judíos de los países llamados árabes, desde Marruecos a Iraq y Yemen, también a bereberes, kurdos, persas, turcos, caucásicos... (a veces los llamamos sefardíes, pero sefardí sólo es  la élite castellanoparlante de este grupo heterogéneo). Es decir, eran árabes, bereberes, kurdos y persas de fe judía a los que el sionismo –y las circunstancias políticas provocadas por el sionismo– arrancó de sus patrias y trasladó a la Tierra Prometida. Donde se encontraron con que sus correligionarios y patrones asquenazíes, es decir alemanes, rusos, rumanos, húngaros, polacos, checos, moldavos, los trataron como mano de obra barata y despreciada. Y como baluarte contra el despiadado enemigo árabe. Sólo que ese despiadado enemigo era igual que ellos: hablaba su idioma, escuchaba la misma música, comía platos similares, se reía igual. 
 
“Puentes imposibles” llama Ana Carbajosa este capítulo, y es un capítulo para llorar (si no, pónganse de fondo música sefardí, cantada por una argelina a la que hace un año expulsaron de la Orquesta Andalusí de Israel por ser mujer). Porque los árabes, bereberes, kurdos y persas podrían haber elegido hermanarse con aquellos que les eran semejantes, compañeros no sólo en su cultura sino también en la explotación laboral y el desprecio del patrón blanco. No lo hicieron. O no les dejaron. Para no ser confundido con el enemigo, del que nada les distinguía, los mizrajíes se convirtieron en los sionistas más fervorosos, los más decididos a odiar a los “árabes”, los más entregados a un integrismo religioso que distaba años luz de sus creencias, pero en el que fueron adoctrinados por teólogos lituanos, algo así como la secta talibán del judaísmo.
 
Esto fue en los años cincuenta y sesenta, pero no se ha superado. Acompañen a Ana Carbajosa en su paseo por un mercado israelí intentando hablar en árabe con aquellos que aún lo dominan. La destrucción consciente de las ancestrales culturas judías mizrajíes y su transformación en un bloque lituano-integrista quizás no sea más cruel que la opresión que el gobierno de Israel inflige cada día a los palestinos, pero es uno de los mayores monstruos que ha parido el sueño de Theodor Herzl.
 
Y están los palestinos con pasaporte o, como los llaman allí, árabes israelíes. Estos ciudadanos de tercera, un 20 por ciento de la población, relegados a un espacio en el que no molestan, porque ellos son el resto del enemigo al que no se pudo expulsar, pero que se ha conseguido neutralizar. Mas si estos no son monstruos, protestarán ustedes. Son simples ciudadanos a los que les ha tocado vivir en un país que no les reconoce como tales, y en el que tienen suficiente con intentar sobrevivir. Sí, pensaba yo. Pero Ana Carbajosa ha ido a hablar con ellos y, sobre todo, con ellas. Y resulta que al igual que en los territorios ocupados, se están entregando en masa a los jeques islamistas. Por los mismos motivos: porque ante la desesperación, uno acaba recurriendo a Dios. Y a la mezquita, al velo y la represión sexual y todas esas cosas. No son tan severos, tan despiadadamente fundamentalistas como los judíos haredíes, en la barriada de al lado. Aún no. Pero el monstruo está apenas levantando su cabeza, y el sueño de los herederos de Herzl lo sigue alimentando. Ya verán.
 
Si Goya volviera, leería Las tribus de Israel antes de ponerse a pintar.

08 noviembre 2012

Ensaladilla rusa



El retorno de Eurasia. 1991-2011

Francisco Veiga y Andrés Mourenza

Península, 2011

ISBN: 9-788-499-4212-92

492 páginas

28,50 €





Ilya U. Topper

Corrían los años noventa y a una revista semanal española se le ocurrió sacar un reportaje sobre las repúblicas centroasiáticas, esas que están ahí en alguna parte que en nuestros atlas de colegio seguramente había una mancha blanca y que se llaman todas igual, o casi, y que además a nadie le importan. La revista tuvo la idea de añadir un mapita para orientar al lector. Y el infografista tuvo la idea –deduzco, conociendo a los infografistas– de poner en letra pequeña el titular “Ensaladilla rusa”.

Casi 20 años más tarde, precisamente los que median entre que picaron las cebollas y batieron la mayonesa, quiero decir entre el derrumbe de la Unión Soviética, y el día de sentarnos hoy a la mesa, a alguien se le ha ocurrido sacar la ensaladilla de la nevera y ver cómo está de apetitosa. Concretamente, se le ha ocurrido a Francisco Veiga, profesor de Historia de la Autónoma de Barcelona, y Andrés Mourenza, corresponsal de la agencia Efe, a la sazón en Estambul y hoy en Atenas (que es harina de otro costal).

Y resulta que aquel plato está de lo más apetitoso. Para los comensales de Moscú, Pekín, Ankara, Washington y Bruselas, quiero decir, aquellos que todas las mañanas se toman un trago de petróleo en ayunas y esnifan gas natural. Todos ellos están hincándoles los tenedores a esa ensaladilla, y a veces en los dedos, como quien no quiere la cosa. Es fascinante, sí.

Lo que tiene una digestión algo más pesada es, aparentemente, el libro. Sobre todo si usted lo empieza desde el principio y lee hasta el final, cosa recomendada porque sigue un orden cronológico. Y no tan recomendada porque usted puede engolliparse en el primer tercio, si no tiene tanto interés en saber exactamente qué porcentaje del dinero de la CIA se llevaba cada uno de los pistoleros afganos que entonces -hablamos de los años ochenta- aún no se llamaban yihadistas sino muyahidines o cómo los de Jomeini se cargaron al partido kurdo iraní marxista en el 79. Si lo quiere saber, desde luego  -y son cosas que no está nada mal saber, porque de aquellos huevos vinieron estas mayonesas-, este libro es una mina de caviar.

Ésta es una de las ventajas e inconvenientes del  libro: algunos de los ensayos que lo componen son tan extremamente detallados que sólo interesarán a quien realmente necesite información muy específica o es un gourmet de la Historia. Nada para hacerse una idea general de si la ensaladilla pica o no. Pero si usted está aburrido de degustar platos para turistas y quiere la receta exacta, sí, aquí la tiene. Si no es usted académico, casi sáltese el capítulo de "Estrategias para Eurasia", que tiene ese regusto de chef Michelín que deconstruye tortillas a base de analizarlas. Pero hay bocados suculentos alrededor: podrá usted enterarse quién le puso los cuernos con quién en los clanes kirguizes y qué floristería de Belgrado mandaba las rosas a Georgia y los tulipanes a Kirguizistán para sus respectivas revoluciones, y hasta qué jardinero estadounidense ponía el abono. Es un decir.

Si usted le tira más el aspecto periodístico, la sección tercera, "Nuevos y Viejos Actores", es de esas tapas que no vale dejar en el plato. Ahí tiene cuatro pinchos: Afganistán y Afpak (=Pakistán), Llegan los turcos (a Asia central), La incógnita china (pero algo menos incógnita tras la lectura) y El bunker iraní (nada impenetrable para usted, a partir de ahora).

Si aún le queda hambre, léase la cuarta parte: diría que lo del Cáucaso huele que alimenta, aunque en realidad huele podrido, y sobre todo huele a petrodólares saudíes, como casi todo lo que hoy día se llama islam. Luego tiene La eterna cuestión kurda, desde sus orígenes hasta hoy (en la medida que algo eterno tiene principio), que es también trago obligado si alguna vez ha querido hincarle el diente a esa patata caliente. Después, una vez más, la revolución kirguiz, y van tres, pero eso es como las tortillas: cada uno la hace a su manera y siempre sabe distinta. Y finalmente está la sorpresa del menú, o cómo Israel está intentando untar el Cáucaso y patés adyacentes en su rebanada de pan. Lo de untar quizás no sea un decir.

Falta el postre: “Eurasia, fijando el concepto”, por el propio Veiga. Como un buen flan, rellena los huecos entre la comida y convierte todo en una masa digerible. Aunque teniendo en cuenta que la digestión cerebral no siempre funciona igual que la intestinal, yo incluso recomendaría empezar con este postre y, una vez fijado el concepto, ir picoteando del resto de las tapas, según le conviene, le interese o necesite documentarse. Sobre todo si usted no tiene estómago para atiborrarse en un par de sentadas con 490 páginas.

Un consejo, eso sí: el libro lleva, a la académica manera, notas al final, y aunque en algunos textos puede creer que son sólo de bibliografía y no vale la pena meter un palillo de dientes, en otros serán fundamentales para entender de qué habla el autor. Así que no se me deje las migas, que también alimentan. Y otro: para mantel pídase un gran mapamundi, porque el único boceto que viene en el libro corre riesgo de quedarse corto.

Un aplauso para los cocineros. voy a citarlos de corridilla porque son muchos, algunos son amigos y no quiero que nadie me acuse de arrimar el ascua a sus sardinas. Ahí van: aparte de los chefs Francisco Veiga y Andrés Mourenza, han metido cuchara Ana Cardenes, Arturo Esteban, Carlos González Villa, Daniel Iriarte, Pablo Martín, Carles Masdeu, Ricardo Mir de Francia, Agus Morales, Nicolás de Pedro, Antonio Pita, Juan Sánchez Monroe y Luis Sánchez. Ea, que aproveche.