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19 julio 2013

Ese punto

Mi vida querida 

Alice Munro

Lumen, 2013

ISBN: 978-84-264-2139-5

336 páginas

22,90 €

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino




Coradino Vega

¿Qué es escribir bien? Para unos consiste en exigir un lenguaje fortalecido por la audacia verbal, la exuberancia subordinada o un puntillismo más o menos caprichoso que, en ocasiones, puede sonar demasiado a artificio. Para otros, en cambio, lo importante es la concisión, acuñar la palabra precisa y buscar una naturalidad que, sin reproducir exactamente el habla, rehúya un tono de excesiva literatura. Hay muchas formas de escribir bien, y no seré yo, que cada vez tengo menos certezas sobre más cosas, quien excluya ninguna posibilidad (cada vez que comento un libro temo que alguien me confunda con un crítico literario). Pero si alguien me preguntara qué es para mí escribir bien, creo que respondería que escribir como Alice Munro.

Como ocurre a menudo con Flannery O’Connor o Eudora Welty, da la sensación de que Alice Munro ha llegado a un punto en el que, tras aprender todo lo que podría llegarse a aprender sobre técnica narrativa, la decisión consciente de ignorar cualquier norma se funde con el deseo realizado de escribir con total libertad, como si fuese lo primero que se escribe, sin ningún tipo de corsé o de miedo, con la única pretensión de contar de la manera más rudimentaria posible. Sin altanería, parece que está por encima de cuanto no es importante: todo aquello que desdeña esa especie de academicismo contemporáneo con función policial que reduce tanto la experiencia literaria. Puede que los diez cuentos y las cuatro piezas autobiográficas que integran Mi vida querida no provoquen un impacto tan notorio como el que producían, por ejemplo, muchos de los relatos de su anterior entrega, Demasiada felicidad. Y es que, en su último libro, Alice Munro ahonda aún más en el despojamiento, en lo esencial, en una engañosa transparencia: las historias son más breves, los párrafos se comprimen casi tanto como los títulos de sus piezas y el silencio dice mucho más de lo que se enuncia explícitamente. Ya no hay apenas vidas completas, como sucede en la mayoría de esos cuentos suyos que abarcan condesada la materia de una novela, sino instantes, momentos insignificantes sólo en apariencia, comienzos de una cosa que luego se transforma en otra o que en realidad nos está hablando de una tercera.

Una mujer que ha publicado un libro de poemas vuelve algo bebida a casa de una fiesta en compañía de un hombre que no es su marido y al que irá a buscar años después, en un viaje en tren durante el que dejará un momento a su hija sola. Una joven maestra llega a un frío sanatorio de niños tuberculosos que está junto a un lago y allí se enamorará del médico que lo dirige. Una chica tímida y apocada se fuga de su pueblo con un novio huyendo de una familia terca, regresa al cabo de mucho tiempo y se encuentra con el policía que la acompañaba del trabajo a casa por exigencia paterna. Un niño rememora vagamente la separación de sus padres y cómo su hermana, para llamar la atención, se tiró sin saber nadar a una laguna. Una joven se queda a vivir con unos familiares cuando sus padres se van a Ghana y cuenta cómo su tío, que es un hombre inflexiblemente conservador y religioso, anula a su tía sistemáticamente. Una antigua criada chantajea al arquitecto que la hija tullida pero no acomplejada de un magnate local tiene por amante. Un meticuloso oficinista que se libra del ejército por su labio leporino y siempre vivió con su madre se hace amigo de la extravagante hija de un banquero y ambos quedan para ver la televisión cuando ésta aparece novedosamente. Un soldado vuelve de la guerra y, cuando queda muy poco para llegar a su pueblo, se arroja del tren y se queda a trabajar en una granja en la que vive una mujer sola. Una anciana con problemas de memoria va en coche al pueblo donde pasa consulta un doctor especializado en su tema y, cuando llega allí, no recuerda el nombre del médico. Un matrimonio de avanzada edad planifica su muerte conjunta pero aparece una antigua amante del marido y ambos acaban comportándose como dos jóvenes.

Todas esas historias transcurren en un espacio de tiempo en el que tiene una presencia continua y lejana la II Guerra Mundial, y que se extiende —con esa facilidad que tiene Alice Munro para contrastar el pasado con el presente— por los años de la Gran Depresión, el puritanismo que vino luego, y la revolución tecnológica y moral de los sesenta y setenta que, a la vez que el esplendor económico, parece traer consigo una fuerza liberadora no siempre exenta de consecuencias. Casi todas transcurren en pueblos pequeños o ciudades de provincia, y la autora les cede la palabra directamente a sus personajes, dignificados en su cotidianidad sin horizontes, como si le diera pudor estar en un primer plano aun sin dejar de estarlo invisible, constante, sutilmente. No hay muchas descripciones, ni una especial propensión al lirismo, si acaso un cambio de tiempo verbal para acelerar un desenlace. Y sin embargo, con pocos elementos y una sencillez muy difícil de conseguir, las ficciones de Munro exudan una riqueza vital expansiva, un crisol de experiencias de las que hay mucho que contar porque tratan de esas fronteras que todos tenemos que decidir si atravesamos o no en algún momento de la vida.

Si el estilo no es más que la extensión del temperamento de un artista, la limpieza de la prosa de Munro denota una sabiduría serena que, aun cuando nos habla de lo terrible sin nombrarlo, confiere al acto de contar un rango de felicidad originaria, un grado de entusiasmo y amor por la escritura que recuerda a ese ‘grain of stupidity’ sin el que, para Flannery O’Connor, era imposible hacer nada creativo en condiciones.

En la última sección del libro, Alice Munro recopila cuatro fragmentos, cuatro fogonazos recordados que ella misma confiesa autobiográficos: “lo primero y lo último —y lo más íntimo— de cuanto tengo que tengo que decir sobre mi propia vida”. En ellos, como si fuera una continuación posible a la reconstrucción genealógica explorada en La vista desde Castle Rock, la escritora ya octogenaria revisita a su padre, y en especial a su madre, desde el punto de vista intolerante de la niña que fue, la adolescente confusa marcada por el resentimiento o incluso la joven esposa absorbida por los hijos pequeños y su “siempre frustrante afán por escribir”. Son piezas que, por medio de una crudeza desnuda, revelan dos o tres verdades tan lacerantes como curativas. No hay consuelo ni remedio ni ninguna clase de indulgencia exculpatoria, pero sí perdón, una especie de pacto con la vida.

Leyendo Mi vida querida, volviendo la página atrás para recordar algún nombre o desentrañar un silencio, la ocultación consciente de un dato o un hecho, uno se siente más cerca de comprender lo que de ordinario e insólito, casual e inefable, maravilloso y cruel tiene la existencia. Una vez más, es lo que nos brinda Alice Munro: su hondura, su generosidad, su grandeza.

[Publicado en Micro-revista]

07 enero 2013

Generosidad y talento


El progreso del amor

Alice Munro

RBA, 2012

ISBN: 978-84-9006-236-4

393 páginas

21 €

Traducción de Flora Casas



Sara Mesa

El día que le dieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen yo no me alegré. Había pasado por encima de Alice Munro, una de las candidaturas que llegó hasta la final. Probablemente a Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) no le hacen falta este tipo de galardones, pero sigo pensando que no es lo suficientemente reconocida y valorada por los lectores, no al menos tanto como muchos de sus colegas hombres que, con igual o menor calidad literaria, obtienen bastante más repercusión con cada nuevo título. No soy la primera que lo dice, ni seré la última: Alice Munro está entre los mejores de la literatura contemporánea. Es una maestra del arte de la narración, domina a la perfección el aliento del relato largo (extensiones de 30-40 páginas en muchos casos), sus historias rezuman sabiduría, sensibilidad y una absoluta piedad y comprensión por cada una de sus criaturas. Es sencilla y elegante, y a la vez increíblemente profunda y ambigua. Es admirable, Alice Munro, y ninguna palabra puede suplir la formidable invitación que supone empezar cada uno de sus cuentos: simplemente leer el arranque, la manera de desenvolver poco a poco la historia, es la mejor manera de hacerse adictos, y adeptos, a sus libros.

He leído varios de sus volúmenes de relatos y es sorprendente comprobar la extraordinaria calidad de todos ellos. Funcionan como piezas compactas, coherentes, donde nada sobra ni falta. Esto lo explicaba muy bien nuestro compañero Coradino Vega aquí, y yo no voy a añadir más. Basta en este caso con confirmar que en El progreso del amor vuelven a encontrarse todas las virtudes mencionadas en aquella crítica, en once relatos impecables cuyo denominador común son las historias familiares -¡con todo lo que puede suponer la familia!- o de vecinos -¡con todo lo que pueden suponer los vecinos!-, los escenarios maravillosamente descritos de una Canadá rural de granjas, casas de retiro, pueblos y pequeñas ciudades, y esa lente de aumento que se coloca sobre la cotidianeidad para descubrir en ella toda su grandeza y complejidad.

Además de la finura y eficacia de su estilo, hay que destacar dos aspectos en la narrativa de Alice Munro que son realmente excelentes: la capacidad de penetrar en la psicología de los personajes y de describirlos con un solo trazo, un acto, una manera de mirar o una única frase (y en esto se revela como fiel seguidora de Chéjov) y el preciso manejo del ritmo de la narración, con continuos saltos temporales, alternancia de escenas y un inteligente uso de la elipsis. En el primer caso, la escritora se nos revela como una observadora inigualable de la naturaleza humana, con una agudeza que sorprende continuamente. Así, todas las relaciones que aparecen en sus cuentos resultan creíbles y cercanas: el hastío que siente un hombre por su amante y su obsesión por un nuevo amor en “Líquenes”, la desigual relación entre un hermano responsable y otro supuestamente alocado en “Monsieur les Deux Chapeaux”, la amistad entre dos adolescentes y su posterior ruptura en “Jesse y Meribeth”, la tentación de una infidelidad en “El vertedero blanco”, etc. Pero no hay que engañarse. No se trata de relaciones que por cotidianas resulten simples, aburridas o vulgares. Encontraremos en estos cuentos agresiones, engaños, traiciones, frustraciones, fingimientos, remordimientos, rencores, venganzas, pasiones, sueños, locuras... en fin, la vida en toda su dimensión, que como ha insistido en numerosas entrevistas la autora, se manifiesta con increíble riqueza en cada ser humano por corriente que parezca. A veces es un recuerdo o un hecho aislado lo que explica el desarrollo de toda la historia. Otras veces son revelaciones, verdaderas epifanías que producen giros inesperados. Siempre hay coherencia y verosimilitud, y sin embargo también hay riesgo. Alice Munro es una escritora valiente, que no elude temas complejos, sean los que sean, pero que los trata sin aspavientos, sin excesiva solemnidad ni trascendencia, como sin darse importancia.

En cuanto al segundo factor apuntado, el de la estructura de los relatos y su soberbio manejo del ritmo, sobresale de entre todas una pieza maestra, "Ataques", un relato de más de 30 páginas donde todo se narra en torno a una reveladora elipsis, a través de la sugerencia (comentarios de personajes, pequeñas acciones, saltos en el tiempo y secuencias alternas...). Hay que ser muy bueno para atreverse con esto sin que además resulte forzado o pretenciosamente experimental, pero es que Alice Munro es muy buena, y su naturalidad y prodigioso talento narrativo pueden con esto y con más.

El progreso del amor es un libro generoso, como todos los de Alice Munro -largo, denso, sin ningún relato que no merezca la pena o que ni siquiera merezca menos la pena-, tan bueno como cualquier otro para que aquellos que todavía no conozcan a esta escritora se inicien en su obra. No hay mucho más que pueda decirse al respecto en este espacio: alabar quizá su talante humilde y trabajador, su tenaz dedicación a la literatura a pesar de los impedimentos que pesaron sobre ella como “ama de casa que escribe en sus ratos libres”, su vitalidad e ingenio (en una entrevista reciente dijo: "...pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que... Sí, es posible que yo le hubiera gustado"). Pero nada de esto alcanza, y es mucho, a la grandeza que desprende cualquiera de sus libros. Monumentales.

20 mayo 2011

Misterios gozosos y dolorosos


Demasiada felicidad

Alice Munro

Lumen, 2010

ISBN: 978-84-264-1843-2

339 páginas

22,90 €

Traducción de Flora Casas



Coradino Vega


La mayoría de los libros de relatos de Alice Munro superan las trescientas páginas, albergan alrededor de una decena de cuentos con unas treinta de promedio, y cuando uno los termina siente la misma sensación de pérdida y duración que deja una densa, compleja y, al mismo tiempo, placentera novela. Más aún: cada uno de esos cuentos atesora esa cualidad de duración y mundo completo propia de la novela, microcosmos que ―gracias al primoroso dominio que tiene Alice Munro del tiempo narrativo y la elipsis― son capaces de contarnos una vida entera combinando la distancia larga dentro de la brevedad con el detallismo de lo concreto.

En esta última colección de nueve relatos y la pequeña nouvelle que la titula y cierra, hay al menos siete obras maestras. De cómo una joven madre encaja la muerte de sus tres hijos, de cómo otra encara la desaparición voluntaria del suyo, de cómo se afronta la muerte y la enfermedad, la crueldad de los niños o la soledad en pareja, son algunos de los temas de los que tratan estos cuentos acaecidos en un tiempo "en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores", ex hippies de vida tranquila o personas comunes o corrientes a las que, de pronto, sucede algo normal que se nos revela sin embargo extraordinario. Por su parte, la chejoviana Demasiada felicidad rastrea, de forma parecida a como hizo Coetzee con Dostoievski en El maestro de Petersburgo, los pasos de la novelista y matemática Sofia Kovalevski en el siglo XIX.

La prosa de Alice Munro es elegante, natural, de una técnica refinada y versátil que a la vez es precisa, afilada y pulcra, de una sobriedad y delicadeza en la que lo sereno se vuelve de repente punzante. En la misma página podemos sentir cómo se nos raja la cara de un navajazo y palpar simultáneamente la posibilidad de su cura. Porque en eso reside quizás la grandeza de Alice Munro, en su riqueza emocional, en la manera que tiene de dotar a la vida de sentido aunque sea narrando sus pequeños, inexplicables y numerosos sinsentidos. Cada escena cotidiana tiene la justa dosis de ambigüedad para entender el misterio que la habita. Leemos con placidez y armonía estos relatos que, sin embargo, encierran lo terrible, insoportable y tremendo como si nos adentráramos lentamente, sin estridencias ni artificios, en las aguas de una laguna llamada realidad. De ahí que Alice Munro sea una de las más grandes escritoras vivas, si no la que más: porque sabe conjugar complejidad y sencillez con la misma maestría con la que hace visible la maldad junto a la redención, la penumbra y lo epifánico, y las heridas con la bonheur de vivre. Leer a esta mujer que desprende sabiduría, comprensión y piedad es encontrarle sentido a la vida. Desde su hondura irónica, tibia y feroz, Alice Munro nos invita a amar la buena literatura o, lo que es lo mismo, a compartir con ella instantes de verdadera dicha.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]