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23 octubre 2012

La historia de los vencedores

El pirata Gow

Daniel Defoe

Gadir, 2011


ISBN:
978-84-9697-488-3

120 páginas

11 €

Traducción de Celia Recarey Rendo y Carlos Valdés García



Ilya U. Topper

No es verdad que la Historia la escriban siempre los vencedores. A menudo, la versión que perdura es la de los vencidos. Busquen ustedes en internet el término “genocidio armenio”, por ejemplo, y verán que Turquía, el país que salió victorioso de los embistes de aquellos convulsos principios del siglo XX, aún hoy no tiene oportunidad alguna de hacer valer su versión contra la de aquel pueblo que fue destruido y casi exterminado y dispersado por el mundo.

O los piratas. Cualquier crío aprende desde las primeras fiestas de disfraces en la guardería que los piratas son tipos admirables, malos, sí, pero de este tipo de malos al que todos nos queremos parecer, con su pata de palo y su catalejos. Y en la literatura, desde la Canción del Pirata de Espronceda a la del gran Quiñones y su capitán Amaro Bonfim, pasando por el Corsario Negro de Salgari, ya me dirán. Hasta tal extremo llega la cosa que el otro día, concretamente en 2003, los de Spielberg & Cía, en un clarísimo acto de piratería intelectual, convirtieron al venturoso marino mercante Sindbad en un pirata aventurero, confundiendo de paso el Mediterráneo con el Índico y el culo con las témporas. Pudieron hacerlo impunemente, porque todos sabemos que los piratas, en el fondo, son los buenos.

Esto no era así en las épocas en las que realmente había piratas, claro. Entonces, los ciudadanos como usted y yo creían que los piratas eran unos tipos malajes que se merecían la horca. Y lo curioso es que no haya durado hasta nosotros esta versión de la Historia, pese a que es la de los ganadores. Porque los piratas acabaron de hecho en la horca, antes o después, los mares se declararon limpios y ganaron los buenos, los de la estrella de sheriff en los galones. Como debe ser. 

Desde luego, lo de que no quedan piratas no es cierto: los sigue habiendo, y muchos, por ambas costas del Índico y hasta las Molucas, pero como ya no llevan arpeos sino AK-47, ya no se balancean en las maromas sino que manejan fuerabordas y como ya no van a por barriles de ron sino a por los de petróleo, ni visten estos sombreros inmensos de los dibujos, pues como que ya no es lo mismo y no cuentan. Aunque los marineros y pescadores de hoy día, pregunten a uno de La Coruña, probablemente tengan su opinión sobre quienes son los buenos y los malos. (Esta opinión quizás no coincida con la de los atunes ante la costa de Somalia, que llamarían pesca pirata lo que hacen los navíos europeos).

Entonces, pongo por caso en 1725, la cosa estaba bastante clara. Al menos para Daniel Defoe, si este novelista es realmente el autor del Relato de la conducta y proceder del difunto John Gow, alias Smith, Capitán de los difuntos piratas, ejecutado por asesinato y piratería (me paro aquí, si quieren ustedes leer los restantes dos tercios del título, cómprense el libro). Que lo sea, no lo afirma ni la editorial que saca esta versión en castellano; pero se le ha atribuido con mucha frecuencia y con todo lo que Defoe, quizás uno de los primeros periodistas, solía redactar, bien puede ser suyo.

Porque periodístico es el relato: intenta reconstruir con fidelidad y detalle la conducta y proceder del difunto John Gow (etc. etc), desde el primer momento que le rebanó la garganta al capitán mercante bajo el que servía, en la rada de Agadir (Santa Cruz de Berbería), pasando por sus correrías ante las costas de Lisboa y Cádiz hasta su prendimiento en Escocia y su juicio y exhibición, ya cadáver, en las orillas del Támesis. Eso sí: con una clarísima postura moral, reiteradamente expresada, de que aquel Gow era un bellaco superlativo y que todos su cómplices hallaron su merecido fin gracias a una justicia casi divina.

Con tanto afán de dejar claro quién es el malo, lo que sorprende (y honra al autor) es la escasa sed de sangre del pirata Gow. Aparentemente, los barcos asaltados se tomaban sin combate, los marineros eran hechos prisioneros, y luego se les dejaba ir en el siguiente barco capturado, incluso “para fingir generosidad”, Gow les regalaba parte de la propia carga que no le era útil. Bien mirado, los cuatro asesinatos del principio del libro, para hacerse con el navío, y las ejecuciones al final son los únicos momentos en los que corre sangre. Me temo que los de Dreamworks se aburrirían bastante.

Además, Defoe insiste enormemente en la idea de que John Gow tuvo la idea de echarse a pirata antes de embarcarse, y que es falsa la puesta en escena de Gow: que el motín en la 'George' era un acto espontáneo de rebelión contra el mal trato y la escasa comida impuestas a la tripulación. Porque si efectivamente fuera así, si los marineros sólo se echaron a piratas porque bajo el amo no hay quien aguante, entonces tal vez no eran tan malos. Entonces hasta podría pensarse que...

Piensen lo que quieran. Aquí tienen la versión oficial. La de los vencedores. John Gow fue ahorcado el 11 de junio de 1725, junto a siete de sus hombres. Y por cierto, los caladeros ante Somalia siguen siendo territorio sin ley. Sin ley de pesca, quiero decir.

10 septiembre 2012

¿Quién dijo que la literatura y las matemáticas se llevaban mal?

La variable humana

Rodrigo Martín Noriega

Gadir, 2012

ISBN: 978-84-940165-5-4

123 páginas

14,50 €

Premio de Novela Corta de la Fundación Monteleón 2012


Juan Carlos Sierra
        
Para contextualizar La variable humana, una novela corta o un relato largo, habría que buscar su origen varios siglos atrás, exactamente en el XIX, cuando la fe en los avances científicos llevó al hombre a plantearse la posibilidad de reemplazar a Dios en su tarea creadora. Partiendo de esta premisa, no obstante, en este inicio del siglo XXI las herramientas han cambiado. Ya no se trata de aplicar las teorías sobre el galvanismo para dar vida a un cadáver, como hiciera Mary Shelley en 1818 con Frankenstein o el moderno Prometeo, sino de cuestionarse si es posible analizar la realidad y manejarla -crearla- a través de complejos algoritmos matemáticos aliados con la capacidad combinatoria de la informática para así desterrar definitivamente al azar como elemento que justifica y explica una parte importante de nuestras vidas. Esta es la tesis-ficción que recorre La variable humana.

La historia que propone Rodrigo Martín Noriega, y que le valió el premio Fundación Monteleón 2012, gira en torno a tres personajes: Alfred Keitel, un matemático brillante que de un día para otro se alejó de las investigaciones que seguía y se retiró a su despacho de profesor emérito universitario; Samuel Bates, alumno del anterior y ahora profesor de universidad con un marcado sentido práctico de las matemáticas; y, finalmente, John Farrell, joven pupilo de Bates -este dirige sus trabajos de investigación- con un talento extraordinario para las matemáticas que se siente fascinado por la obra inconclusa de Keitel y cuya pretensión es llegar al final del camino que este abrió años atrás y que misteriosamente abandonó.

Este abandono y su misterio soportan el inicio de la novela. Los primeros seis capítulos se dedican a la presentación de este triángulo matemático -sus circunstancias, inquietudes, envidias, recelos, aspiraciones, frustraciones,…- y de la familia del joven John Farrell, cuyo papel queda un poco desdibujado ya que su inclusión en el relato solo sirve para anclar una parte marginal del conjunto de la trama -la posibilidad de crear a través de un programa informático una obra que Chopin podría haber firmado-. Al tiempo que se plantea el mapa de las personalidades que van a soportar sobre sus espaldas de ficción el relato, el autor va dejando aquí y allá pistas sobre el camino que va a recorrer la novela, pero a veces con alguna piedra innecesaria o tramposa. Me refiero a aquellas pistas que despistan, como el párrafo que cierra el capítulo 5 (página 51) donde el autor insinúa en la despedida de Keitel y su secretaria Eloise Chant algo que se halla muy apartado de la trama real de la novela y que induce al lector a seguir una trayecto narrativo errático -un cabo suelto que queda sin atar al final de la novela-.

Será a partir del capítulo 7 cuando el misterio empieza a dejar de serlo -poco a poco- y la novela comienza a crecer realmente en interés y ritmo hasta alcanzar, como todo buen relato, un final que por inesperado no deja a un lado la verosimilitud en esta suerte de 'thriller' tecnológico-matemático, pero también existencial.

Independientemente del oficio del autor para plantear una narración más o menos absorbente, interesante y atrevida, el libro deja en la mente del lector preguntas que tienen que ver con la ética o la moral -que cada uno elija su opción-, cuya respuesta parece que queda cerrada con el final de la historia, pero que una vez que se cierra el libro puede entretener el insomnio o la vigilia de más de un lector.

12 agosto 2009

Una hermosa parábola rusa

Las tres preguntas
León Tolstói
Gadir, 2009
ISBN. 9788496974197
56 pág.
15 euros.
Trad. de Patricia Gonzalo de Jesús
Ilustraciones de Raquel Marín
Alejandro Luque

A la importante tarea de recuperación de clásicos que viene desarrollando la joven editorial Gadir, especialmente de maestros italianos (Buzzati, Pirandello, Morante, Vittorini) cabe añadir ahora una serie de libros infantiles merecedora de todos los aplausos. Si de la veintena de títulos lanzados hasta la fecha he escogido éste es, entre otras cosas, porque resume perfectamente la filosofía de la colección: recuperar relatos o escritos breves de grandes autores de la literatura universal, aptos para el público infantil pero también disfrutables para el lector adulto, adaptarlos con rigor y buenas traducciones e ilustrarlos lo más hermosamente que sea posible.
En Las tres preguntas descubrimos que León Tolstói, paradigma de escritor de larguísimo aliento, fue también artífice de deliciosas miniaturas. No es difícil imaginar que el hombre que concibió este cuento es ya el anciano de largas barbas canas que conocemos por varios retratos, el viejo hombre de campo que ha penetrado en la esencia del ser humano observando el trabajo duro de sus labradores –no es improbable que lo escribiera para ellos- como los ciclos de la naturaleza en las ramas de los abedules y en la tierra húmeda de Iásnaia Poliana. Esa sabiduría le dictará un texto que, como observa el propio editor, tiene algo de parábola bíblica, de relato oriental o de fábula moralizante, y que pone de manifiesto la hondura espiritual y filosófica que alcanzó el maestro ruso en el ocaso de sus días.
El protagonista es un zar que propone tres consultas a los sabios de su reino: ¿Cuál es el momento adecuado para cada tarea? ¿Qué personas son las más necesarias? ¿Cómo no equivocarse al decidir qué tarea es la más importante de todas? El poderoso gobernante recibe tantas respuestas como eruditos son consultados, pero ninguna aclara sus dudas. Finalmente, hallará la solución en el bosque, allí donde un viejo ermitaño habita un pequeña isba y cultiva un huerto. En este escenario, la acción aparentemente sencilla se complica un poco para desembocar en la lección magistral que, por motivos obvios, no revelaremos. Digamos tan sólo que remata una de las historias más lúcidas e instructivas que el lector pueda recordar.
La traducción de Patricia Gonzalo de Jesús y las bellas ilustraciones de Raquel Marín son dos alicientes extra de esta edición, que se acompaña de un modo espléndido en el catálogo con otras entregas dedicadas a Pessoa, Pushkin, Oscar Wilde, Zola, Virginia Woolf o Marguerite Yourcenar, entre muchos otros.
De modo que, padres responsables, no lo piensen: pongan de su parte en la difusión de la lectura y queden de paso como reyes con sus churumbeles. Sólo ustedes sabrán que, en realidad, el regalo se lo están haciendo a ustedes mismos.