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12 julio 2013

Una bolsita de gravilla, por favor

Nos ha costado sonsacarle a Sara Mesa un pecadillo de juventud lectora pero una vez abierto el tarro de las esencias... resulta que la vocación escritora de nuestra laureada estadista fue ¡Isabel Allende! Así que pasen y lean esta desgarradora confesión de un pasado lector ecléctico como pocos y que terminará, como no puede ser de otra forma, en lapidación. Ponemos así fin, con este broche de oro, a esta serie de reseñas especiales motivadas por el IV Aniversario de Estado Crítico. Esperamos que las hayan disfrutado.



Sara Mesa

Lo confieso: si no es por la presión de algún que otro estadista contumaz no hubiese escrito jamás este texto. Qué le vamos a hacer, una a veces se avergüenza de su pasado. Pero luego viene eso tan sano de la vergüenza torera y de dar la cara y reírse de una misma, así que aquí estoy, admitiendo mi devoción adolescente por esa escritora sonrojante a la que –que sí, que sí- tanto debo en mi formación lectora. A ver: se trata de leer con entusiasmo, ¿no? Con devoción. Con pasión. Pues eso, sí, ni más ni menos es lo que me pasó a mí con Isabel Allende. ¿Me excusa el hecho de tener 15, 16 años cuando empecé a leerla? ¡Espero que sí! Con esa edad espongiforme yo devoraba todo lo que caía en mis manos. Qué veranos aquellos en los que no podía salir con mis amigos y tenía que refugiarme en los libros… lo mismo Agatha Christie que Dostoievsky, Martin Vigil que Cortázar, Herman Hesse que Flaubert, la revista Nuevo Vale –que compraba a escondidas- que La conjura de los necios… Cuando digo todo, es TODO, independientemente de que lo entendiese o no… ¡pero si hasta me leí de cabo a rabo El año del peluquín, de Santiago Carrillo, porque lo regalaban con el periódico, o las selecciones del Reader’s Digest de los años 50 que encontré en casa de mi tía abuela! Así que, por un lado, suplico el perdón para esta chica despistada y un pelín aburrida (¡captatio benevolentiae, por favor!), pero por otro, ya que estamos, tengo que ser sincera y admitir mi pecado: a mí de verdad lo que en realidad me atrapaba, más que ninguna otra cosa, más que las aventuras de Raskolnikov o los conejitos de la carta de una señorita en París, eran aquellas novelas de amores tremendos, fantasmas, mujeres brujas, sexo más o menos explícito y trama más o menos política que leí y releí ¿cinco? ¿seis? ¿diez veces?... Ah, todavía recuerdo mi fervor por La casa de los espíritus, por De amor y de sombra y por aquellos cuentos que, en fin, sí, admito que me parecían una auténtica obra de arte: me refiero a los de la almibarada, tramposa y cursi Eva Luna.

De hecho, venga, voy a echar los restos aquí con más confesiones. Siempre digo que fui una lectora voraz pero que jamás, nunca, me planteé que podría llegar a escribir algún día. Más allá de mis infumables diarios, no fue hasta llegar a la treintena que sentí verdaderamente ese impulso de sentarme a escribir mis propias historias. Jamás fui una escritora precoz. Pero cuando digo esto, también miento un pelín. En realidad, el primer impulso, todavía incipiente pero el primero al fin y al cabo, lo tuve leyendo a Isabel Allende… ¿podría yo hacer algo similar, me dije? ¿Podría yo contar historias como las de ella? Copiaba párrafos de sus novelas para aprender… cuántos adjetivos tan intensos, qué sintaxis tan envolvente, qué encantadores me parecían sus personajes encantadores y qué retorcidos sus personajes retorcidos. Isabel Allende fue mi primera maestra… ¡era mi modelo! ¡Cuánto me indigné cuando vi que no le dedicaban ni un mísero párrafo en la sección de literatura hispanoamericana de mi manual de historia de la literatura! Alejo Carpentier, sí, Gabriela Mistral, y Rulfo, y Borges, y más recientitos García Márquez y Vargas Llosa, estupendo… pero ¿dónde dejaban a Isabel Allende? ¿A quién se le había olvidado incluirla? ¡Esa gente no sabía nada de libros! Aquella jovencísima Sara Mesa no podía entenderlo.

Más adelante las cosas fueron cambiando y ya con 18 años cayó en mis manos Paula, el libro en que la Allende relataba la enfermedad y muerte de su hija. Ahí el tufillo empezó a ser demasiado evidente y una alarmita se encendió en mi cabeza todavía considerablemente hueca: ¿no era aquello demasiado morboso? ¿Estaba la escritora tendiéndonos una trampa melodramática? Sin dudar del verdadero dolor que una madre siente ante una tragedia así, ¿no era aquel libro innecesario? A mí desde luego me generó rechazo. Me aparté. Y poco después empecé a renegar de toda su obra. Me da la sensación además de que todo lo que vino después era aún peor, sustancialmente peor. Pero, ¿tenían aquellas primeras novelas que yo leí algún valor? Debería releerlas para contestar con propiedad, aunque intuyo que literariamente hablando no son más que plastiquete del barato (codazo, codazo, guiño, guiño, para los compañeros Luque y Moraga). Y sin embargo, seamos justos: no pasa nada por leer librillos como estos. A esta que les habla no le ha impedido posteriormente leer otras cosas. Incluso escribir y todo, bajo premisas estéticas radicalmente distintas. Todo sirve, todo contribuye. Por qué no. Está claro que Isabel Allende no debía estar en el canon de mi manual de literatura. Pero quizá tampoco deberían estar otros que conocemos, contemporáneos nuestros, en los canones de la crítica actual. Si vamos a ponernos en plan de lapidar a autores (al modo 'naïf' de La vida de Brian, faltaría más) no solo deberíamos ensañarnos con escritoras como Isabel Allende: otros más encumbrados también se merecerían lo suyo. Así que todos a comprar bolsitas de gravilla y barbas postizas...

26 junio 2013

Fraude

El adversario

Emmanuel Carrère

Anagrama, 2013. Colección "Compactos"

ISBN: 978-84-339-7715-1

176 páginas

7,90 €

Traducción de Jaime Zulaika



Dedicado al Pera

Sara Mesa

Coincidiendo con la traducción de la excelente novela-biografía Limónov, Anagrama saca ahora en formato de libro de bolsillo otro de los títulos más brutales de Emmanuel Carrère, El adversario, narración que ha sido comparada con acierto con el A sangre fría de Truman Capote por el acercamiento literario a una realidad criminal con los procedimientos de la ‘non-fiction’. La historia que se cuenta en El adversario posee por sí misma ingredientes de sobra para resultar atractiva, pero con el material con el que cualquier escritor mediocre podría haber construido un subproducto comercial, Carrère factura una novela impecable, de gran valor literario y humano. El caso sonó mucho en su época, 1993, por lo inusitado y absurdo de su crueldad, y su extraña mezcla de exceso, delirio y quizá pura arbitrariedad. El responsable, Jean-Claude Romand, mató a toda su familia -padres, mujer e hijos- justo en el momento en que empezaba a desenmascararse la cadena de mentiras que le había llevado durante casi 20 años a fingir ser un reputado médico e investigador en la Organización Mundial de la Salud. Pero había más que eso: Romand construyó para sí, durante toda su vida, una existencia completamente falsa no solo en lo referente a su profesión, sino en otras muchas facetas, engañando y estafando a sus amigos y familiares sin que ninguno de ellos sospechase jamás de su fachada de buen ciudadano, esposo y padre. ¿Un farsante, un mentiroso compulsivo, un frustrado patológico, un egoísta? ¿Ante qué tipo de monstruo nos encontramos, se pregunta Carrère?

Lo que seduce a Carrère de esta historia no es en sí el crimen, sino el grado de impostura que conduce hasta él, la personalidad que se oculta tras este Romand incomprensible que paseaba por los bosques del Jura o dormitaba en su coche durante horas mientras se suponía que estaba en la OMS. Asusta pensar que una simple llamada a sus oficinas hubiese bastado para poner al descubierto toda la farsa, pero su habilidad para el engaño, y también el azar -que tiene gran importancia en esta historia- hicieron que durante años Romand pudiese ir sorteando la verdad. Carrère no coloca el acento en los hechos en sí, que desde el primer momento conocemos, sino que quiere meterse en el cerebro del protagonista, aun sabiendo que el empeño es inútil. Como sucede en Limónov, este libro contiene también la historia de la escritura del propio libro.

El relato se articula como una crónica judicial, aunque en su estructura tienen cabida otros materiales, como cartas del propio asesino, narraciones focalizadas en personajes secundarios y reflexiones sobre las dificultades y dilemas morales a los que se enfrenta un escritor cuando intenta abordar el retrato completo, con todos sus perfiles, de un criminal real, cuestión esta que es central en la obra de Carrère (y que él mismo expone con gran lucidez aquí) ¿No puede ser al fin y al cabo esta novela, se pregunta Carrère, una manera de alimentar el ego enfermizo de Romand? ¿Es justo desentrañar la historia desde la perspectiva del asesino, dejando fuera la de sus víctimas? ¿Al hablar sobre la infancia, los traumas, los problemas de Romand, se están justificando de algún modo sus espantosos crímenes? ¿Puede un escritor trabajar sobre el material de la realidad más atroz y salir impune, sin escorarse hacia la compasión o el morbo? ¿Existe el peligro del enamoramiento hacia el criminal, al modo de Capote con Dick Hickock? Lo cierto es que El adversario sortea admirablemente todos estos riesgos sin dejar de enfrentarse a ellos, conduciendo al lector hacia los mismos dilemas y dudas, dejando las preguntas latiendo en el aire después de cerrar el libro. Se ha dicho que esta historia es un viaje al horror, y sin duda es así, pero también es un viaje al desconcierto, a la terrible sensación de desconocimiento de la escurridiza y ambigua naturaleza humana.

Con su prosa elegante, bien medida y sobria, marca de la casa del magnífico escritor que es Carrère, El adversario resulta una novela inquietante no solo por la historia de este crimen sorprendente, sino por el buceo en las profundidades del mal, un mal gratuito e innecesario. Carrère confiesa finalmente su fracaso: no hay enfoque acertado, no es posible comprender, ni siquiera conocer, a ese "adversario" maligno que se encarna en los ojos de Romand, ese mismo que quizá también está en los nuestros cuando lo estamos mirando con fascinación y miedo. Pero por si acaso, más allá de la confusión final, algo nos queda claro: es mejor no fiarse del 'curriculum vitae' de nadie. Ni siquiera del nuestro.

06 mayo 2013

Otro Sur, la misma sangre


Cuentos completos

William Goyen

Seix Barral, 2012

ISBN: 978-84-322-0966-6

572 páginas

25 €

Traducción de Esther Cross y Carlos Ribalta



Sara Mesa

Las etiquetas literarias, las clasificaciones, las denominaciones geográficas o generacionales, son útiles en tanto que sitúan al lector en un marco de interrelaciones -no hay nada mejor para el conocimiento que la comparación-, pero también, como suele decirse, pueden ser empobrecedoras y simplificadoras. Hablamos de literatura sureña, a veces incluyendo un adjetivo más, "literatura gótica sureña", y pretendemos meter en el saco a autores tan dispares como William Faulkner, Truman Capote, Flannery O’Connor, Carson McCullers, Katherine Anne Porter, Tennessee Williams o Eudora Welty. ¿Qué tienen en común? ¿Qué los une? En su maravillosa Antología del cuento norteamericano, Richard Ford habla del Sur como de un territorio fecundo para la creación literaria: “estaba la sensación generalizada de la insuficiencia de la vida..., un lugar y un tiempo en que los ciudadanos estaban aislados de sus vecinos, pues en realidad todo nuestro terruño estaba separado de la vida cultural a gran escala de la nación americana debido a los prejuicios raciales... Así pues, no es de extrañar que se dieran unas condiciones muy fértiles para la gran literatura... Era como si la literatura articulara las palabras que el habla convencional prohibía...”. El Sur es indudablemente una región con una personalidad propia y distinta, fruto de circunstancias históricas que marcan su carácter: una guerra civil, una ocupación militar, la tradición rural y agrícola, una identidad reacia al progreso industrial que deriva, indefectiblemente, hacia un hondo sentimiento de nostalgia y una religiosidad profunda. Pero considerar que estos escritores -y escritoras, hay que incidir especialmente aquí: qué mujeres-, como un todo homogéneo es simplificar demasiado las cosas. Solo en un contexto que remarque la variedad de esta etiqueta de “lo sureño” es posible situar la obra de William Goyen, que por lugar y fecha de nacimiento (Texas, 1915) entra de lleno en el grupo, pero cuya obra, de unas características muy distintas, bebe también de otras tradiciones (él mismo citaba como influencias a Pound, Milton, Eliot o Dante).

A Goyen, quizá como gancho para el lector, se le asigna la etiqueta de escritor de culto, el más desconocido y misterioso de los sureños. Autor de varias novelas publicadas con desigual fortuna en España, en los últimos años hemos asistido a un rescate de su narrativa breve. En 2011 Páginas de Espuma editó su libro de cuentos La misma sangre, clave en su trayectoria, y en 2012 Seix Barral sacó estos cuentos completos. Casi 600 páginas y 40 cuentos de distinta extensión escritos a lo largo de unos 50 años hacen inevitable que sea un volumen irregular, pero también de una riqueza y una variedad indiscutibles. La lectura demorada de estos cuentos nos conduce también por la progresión espiritual del autor y su vida marcada por una honda religiosidad, el cuestionamiento de los valores del “sueño americano”, el alcoholismo, las crisis personales y un particular universo onírico y enfermizo. En mi opinión, el autor evolucionó para mejor en una trayectoria ascendente, desde unos relatos primerizos, excesivamente cargados de moralejas y alegorías, a una plasmación de ese mismo mundo simbólico a través de una narración más sutil y eficaz.

El libro se organiza en cuatro bloques. Los primeros cuentos, breves y poéticos, están marcados por ese tono de parábola moral aún excesivo y que, a mi modo de ver, lastra la narración. En ellos hay una apuesta por el regreso a las raíces (el campo, la Biblia) y un claro rechazo a la modernidad de la ciudad, representada por personajes desarraigados. En el segundo lote de cuentos, los pertenecientes a Los fantasmas y la carne, los relatos comienzan a alargarse, gana fuerza el elemento narrativo (por ejemplo en el magnífico “El gallo blanco”), pero perdura el tono fabulístico y simbólico, que alcanza el tedio en el largo y reiterativo “Forma de luz”.

Muchos mejores son los que componen el grueso central del libro, La misma sangre, en los que continúa la alternancia entre cuentos con más peso narrativo y otros de un marcado tono lírico. La diferencia en este caso es que Goyen consigue ya plenamente la fusión entre ambos rasgos y logra cimas como “Savata, mi hermana rubia”, “El geranio”, “Puente de música, río de arena” o “Sobre el pueblo”. Como en casi todos los autores sureños cobra gran importancia la religión o, mejor expresado, la espiritualidad, así como el terrible papel del destino en las relaciones humanas de las pequeñas poblaciones rurales, el poder de los lazos de sangre en la familia y el conflicto entre el individuo y la comunidad. La particularidad de Goyen radica en su tendencia al misticismo -al modo de Whitman-, en la utilización de una simbología de la naturaleza de rasgos casi mágicos y en su implicación como narrador en el relato. Goyen se mete en sus personajes -y hay que reconocer que a veces esta inmersión molesta un poco-, buceando en sus vaivenes emocionales. En uno de sus cuentos, dice explícitamente: “Pero así como hay narradores que dicen que nunca se meten en la historia que cuentan, también dicen que hay enfermeros que nunca sufrieron el dolor de sus pacientes ni se curaron a través de la curación del paciente. ¡Si encuentran uno, quiero verlo!”.

La gran sorpresa del volumen se encuentra en el conjunto de los siete últimos cuentos. Aquí parece que el viejo Goyen decide arrojarse a la piscina con más valentía: el Sur es retratado como un anti paraíso marcado por la crueldad y la bestialidad, una sexualidad enfermiza e irrefrenable que no excluye el incesto, la amenaza del Ku Klux Klan y esas demoledoras historias familiares centradas en el odio, el abandono y la venganza. La escritura, despojada ya totalmente de los excesos líricos anteriores, tiene una fuerza envidiable, y llaman la atención más que nunca las figuras de los narradores, que utilizan los procedimientos clásicos de la narración oral: narradores testigos marcados por la obsesión, la locura o simplemente la curiosidad, que cuentan sus historias a instancias de otros, de manera sinuosa, con contradicciones y repeticiones, etc.

William Goyen es un escritor interesante que, sin dejar de pertenecer a esa literatura sureña tan rica e inquietante, se aparta a su vez de ella mediante el cultivo de esa “poética capacidad visionaria” de la que hablara Stephen Spender. No entiendo la insistencia en la comparación con Carson McCullers o Flannery O’Connor, exagerada en mi opinión, porque estas dos autoras tienen una capacidad narrativa mucho mayor y una calidad estética apabullante de la que Goyen no siempre hace gala. Pienso sinceramente que el mayor valor de la obra de Goyen -esa tendencia a una sentimentalidad exacerbada, la religiosidad, la atmósfera continua de secretos y revelaciones- es también su mayor lastre. Al mismo tiempo, es su sello personal, su identidad irrenunciable. El Sur de Goyen es otro Sur posible, narrado desde otro ángulo, pero sin duda marcado por el mismo espíritu o, parafraseando uno de sus títulos, recorrido por la misma sangre, esa sangre de un Sur de proporciones casi míticas.

18 abril 2013

La trapecista y la elipsis



El hombre que decía haber salvado a Rebeca B.

Miguel Ángel Maya

Alegoría, 2013. Colección "Tusitala"

ISBN: 978-84-15380-06-1

165 páginas

14 €



Sara Mesa

Comienzo a leer El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. No es el primer libro que leo de Miguel Ángel Maya, ganador en 2008 del premio Caja Madrid de Narrativa con Últimas horas y 58 minutos, publicado en Lengua de Trapo, escritor disperso -y aquí la dispersión es un valor-, músico, guionista, cinéfilo. Precisamente por conocido no me sorprende el excelente arranque de esta novela: una prosa ágil, bien medida e intrigante. El ritmo consigue pautar los tiempos de lectura a la perfección. La historia seduce, engancha. Pronto nos vemos envueltos en una atmósfera singular: misterio, oscuridad, 'glamour', intensidad, terror. Cinematografía por todos lados. Espectros. Seres doloridos que esconden secretos. Una ciudad que también esconde secretos. Se reconoce al autor en cada párrafo: sus temas, sus obsesiones, su universo. Pequeños y amenazantes seres gulliverianos, enigmáticos personajes femeninos, canibalismo, la brutalidad que convive con el refinamiento, inventores de objetos peculiares, mitografías propias, el mundo del circo, la magia…

Qué mejor se puede decir de un escritor que se le reconoce en cada párrafo. Que tiene mundo propio. Si yo hubiese leído El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. sin saber que está Miguel Ángel Maya detrás, hubiese pensado inmediatamente en él. Eso es un gran logro: el escritor palpitando tras cada línea. Esto hace que en el contexto de la literatura contemporánea española Maya sea una especie singular, en tanto que sus libros son singulares. Maya no se adscribe a modas, no está sujeto a ningún condicionante. El único sentido que guía sus libros es el propio Maya, el mundo de Maya.

Los riesgos de una literatura tan personal podrían pasar a veces por la falta de conexión con el lector. Pensemos: ¿a quién le interesan nuestras obsesiones, nuestros temas recurrentes? ¿Cuál es el valor de la autenticidad? Pero el autor sortea bien este obstáculo porque sus temas no solo son inquietantes en sí mismos, sino que también cuentan con un poder simbólico innegable, lo que, digamos, amplía su radio de acción.

Para situar El hombre que decía haber salvado a Rebeca B hay que hablar de una ciudad de la Costa Este norteamericana, Saint-Simon. Pequeña, cerrada en sí misma, sitiada: por un lado el mar, por otro las dunas móviles. Por si eso fuera poco hay unas galerías subterráneas que supuran un óxido que se come la ciudad. Resulta curiosa esa excrecencia: en esas galerías convive la mayor sofisticación (la música) con la más terrorífica barbarie. Por un lado, habitantes que no saben que existe un exterior; por otro, un exterior que desconoce -o calla- la existencia de las galerías. Coches lujosos que entran y salen de la ciudad, con sus élites melómanas y ávidas de crueldad. Pero hay más: un circo poblado de criaturas extrañas, marginales, y una reserva de indios: dos focos de posibles enemigos cuando el poder necesita justificar su acción represora. Así es la temperatura de este libro. Basta abrirlo para sentirla y respirarla. La técnica narrativa es uno de los puntos fuertes, y Maya la maneja con soltura y naturalidad. Estampas sueltas, breves relatos que se encadenan, que completan huecos y sentidos, personajes que aparecen y desaparecen, pero también distintas versiones de los mismos hechos, contradicciones, elecciones que deberemos tomar para montar nuestro propio puzle, piezas de muy distinta naturaleza: transcripciones de grabaciones, papelotes, cartas, testimonios, fragmentos de libros. Y también algo muy sorprendente e inusual: todo se construye en torno a una gran elipsis: qué pasó con la trapecista Rebeca B. en el Bed & Breakfast de la playa. Una mujer se asoma a mirar el mar, el mismo mar que arroja un náufrago con una amenaza para la ciudad. ¿O la amenaza estaba en otra parte? Sabemos que a Rebeca B. le sucedió algo terrible, sabemos que en torno a ese suceso se montó toda una historiografía quizá falsa, quizá verdadera, quizá en parte falsa y en parte verdadera… ¿pero qué pasó exactamente?

Miguel Ángel Maya sabe callar y sabe hablar. Maneja con habilidad los hilos de la narración, el perspectivismo, y nos hace pensar en otros posibles Saint-Simons una vez que hemos cerrado el libro. Porque este libro cuenta una historia y apunta a su vez a otras muchas historias. Rebeca B. no es solo una trapecista enigmática: es toda una experiencia. Por eso merece la pena entrar en ella.

28 marzo 2013

El poder del verbo



La transmigración de los cuerpos

Yuri Herrera

Periférica, 2013

ISBN: 978-84-92865-69-7

134 páginas

16 €




Sara Mesa

No había leído nada de Yuri Herrera hasta ahora, a pesar de que me lo habían recomendado encarecidamente amigos de cuyo criterio me fío. Intuía que sí, que me iba a gustar, pero he de decir que las expectativas se han superado con creces. Leí primero este, La transmigración de los cuerpos, y después, fascinada, sus dos anteriores, Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo, todos ellos editados en Periférica. Puf, increíble. Me tiene noqueada la escritura de este tipo. Decir que es bueno es decir muy poco. Decir que es sensacional puede sonar exagerado -y más en mí, que tiendo al entusiasmo cuando algo me gusta-, pero creo no estar pasándome en este caso: Yuri Herrera tiene una fuerza narrativa y un dominio del lenguaje inusuales. Sus libros son para quitarse el cráneo, y sin embargo, a pesar de su grandeza, son libros que podemos sentir como nuestros, que nos miran de frente, que no nos imponen, sino que entran en nosotros con la sencillez de lo verdaderamente valioso, sin subterfugios ni trampas, para quedarse.

En La transmigración de los cuerpos nos encontramos con una ciudad asolada por una epidemia en la que El Alfaqueque, un personaje dotado del poder del verbo ("y de la verga", dirá él de sí mismo más adelante), acomete una misión, una más, de mediador entre turbios conflictos familiares. El poder de la atmósfera -irracional, pesadillesca-, la creación del ambiente de una ciudad en estado de alerta, el dibujo de un paisaje de decadencia moral, el simbolismo de los personajes y su caracterización brevísima y certera, son elementos que sobrecogen desde el primer momento, y que nos conquistarían hubiese o no detrás una buena historia. Pero es que aquí, además, hay una buena historia, una historia con una dimensión mítica, clásica en estado puro, de regreso a las raíces básicas del relato. Al igual que en Señales... el protagonista emprende una misión, vence obstáculos, tiene oponentes y ayudantes, y hay una lectura moral -que no moralista- de los hechos. El Alfaqueque, situado al borde del relato, es al mismo tiempo el afortunado que consigue seducir a la, en apariencia, inaccesible Tres Veces Rubia. La trama así se desdobla en dos hilos: el exterior –esa ciudad llena de charcos sanguinolentos, inseguridad y caos- y el interior –las sombras de los cuartos, el bloque de vecinos, la imperiosa necesidad de los cuerpos-. Impresiona comprobar cómo en poco más de cien páginas -ese formato de la novela corta tan difícil de acometer- nada sobra, nada falta. Belleza y dureza se dan la mano: la historia es sórdida, es cruel, hay violencia y hay desesperanza, pero los personajes se mueven por pulsiones arraigadas, humanas, de extremada pureza. Las escenas sexuales entre El Alfaqueque y La Tres Veces Rubia son de una sugestión turbadora, raramente perfectas, poseen la hondura y el arrebato necesarios que solo en extrañas circunstancias nos regala la vida pero que aquí podemos sentir gracias al poder alquímico de la palabra.

Entre las muchas virtudes de la escritura de Yuri Herrera una de las más destacables es su talento –que se percibe natural, nada forzado- para aunar dureza y delicadeza en la narración, muy en la onda faulkneriana. El lenguaje posee una cualidad poética sorprendente, en el sentido más filológico de desplazamiento del lenguaje habitual. Y esto lo consigue, además, sin perder ni un momento el sentido de la oralidad. No es un lenguaje en absoluto enrevesado, y sin embargo está dotado de una plasticidad y una riqueza de matices que consigue dar peso a cada una de las frases, cada una de las palabras. Nada que ver con el preciosismo, tan odioso, sino al revés: un respeto reverencial a la palabra, a la esencia de cada palabra, que se explora, se retuerce, se exprime en todas sus capacidades sonoras, morfológicas, semánticas. Frases cortas, contudentes, con giros inesperados. Diálogos llenos de veracidad, de fuerza expresiva, de neologismos bellísimos. Ritmos endiabladamente cautivadores. De verdad, leer a Yuri Herrera -y leerlo despacio, demorándose, paladeándolo- es un gustazo. "El verbo es ergonómico", dice El Alfaqueque, "sólo hay que saber calzarlo con cada persona". Y cómo lo calza Herrera. El poder del verbo -presente en sus tres novelas, pero más explícitamente en sus dos últimas- se destaca desde el planteamiento mismo de las historias. El poder del verbo, incapaz de alterar el destino -terribles equívocos y casualidades nefastas en la historia de estas dos familias que intercambian cadáveres-, incapaz quizá de darle sentido a las bromas macabras de la vida, pero capaz, eso sí, de dar dignidad -y qué dignidad- a los seres humanos que pueblan los mundos desolados a los que nos transporta el autor, y de elevar los personajes humildes y cotidianos a la categoría de dioses y de héroes.

Hablar de libros malos suele ser fácil: basta con desgranar los argumentos que nos causaron rechazo. Hablar de libros buenos tampoco es del todo difícil: es suficiente con enumerar los rasgos que nos atrajeron, aquello que nos enganchó. Hablar de libros como este, en cambio, es extremadamente complejo: hay en ellos un valor que siempre escapa al razonamiento. ¿Qué es, en el caso de la narrativa de Yuri Herrera? ¿El simbolismo de sus historias? ¿El perfecto dominio del formato corto, tan intenso? ¿El ritmo medido, la textura perfecta? ¿La mezcla de belleza y crueldad, de lo culto y lo popular? ¿El lenguaje? ¿La experiencia, la sabiduría que se atisban detrás? ¿Todo ello junto? Sí, quizá todo ello junto y algo más. Ese "algo" más que sacia, sobrecoge y hace pedir más y más y más. Ese "algo" que arranca el entusiasmo, la admiración y la sonrisa. Ese "algo" indefinible que nos lleva a cerrar el libro y agradecer profundamente que su autor haya nacido con el talento necesario para escribirlo. ¿Aún no les convenzo? Seguro que El Alfaqueque lo lograría con dos palabras…

18 marzo 2013

Impudor y elegancia


Mi hermana y yo

J. R. Ackerley

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-19-7

287 páginas

23 €

Traducción y prólogo de Andrés Barba

Edición, notas y epílogo de Francis King


Sara Mesa

Sucede a veces que la vida es el mejor material narrativo. La vida personal, íntima, intransferible, a menudo insustancial, pero que bajo la lupa del talento cobra una dimensión inesperada. Así ocurre con la obra de J. R. Ackerley (1896-1967), editor, crítico literario y cronista de su tiempo y de su propia existencia. Como suele decirse, vida y obra se confunden, se mezclan, son una única realidad indisoluble en su escritura. Ackerley, siempre volcado en las memorias y en los diarios, lo explica con claridad en Mi padre y yo, esa gran biografía, autobiografía o relato impúdico de una relación paterno-filial: no hay tiempo para más. Demasiado centrado en sus enredos vitales (particularmente en la búsqueda de muchachos guapos), nunca tuvo la concentración necesaria para inventar ficciones, de modo que el ansia de escribir se plasmó siempre en la observación de sí mismo y de los que le rodeaban. Ackerley y su familia: una historia que de pronto despierta nuestro interés gracias a la aguda mirada de este singular escritor. Y su concepción de familia, hay que decirlo, incluye también a su perra. Títulos como Mi perra Tulip o Mi padre y yo, publicados por Anagrama, son rarezas deliciosas escritas desde la transgresión de los convencionalismos literarios, en tanto que también se narran hechos fuera de lo convencional.

Ahora Sexto Piso edita Mi hermana y yo, libro póstumo que en sentido estricto no fue concebido como tal por su autor, sino que obedece a una selección realizada por el albacea Francis King de los diarios de Ackerley de aquellos fragmentos -y son muchos-, fechados entre agosto de 1948 y julio de 1957, en los que se recogen los pormenores de la particular relación con su hermana Nancy. Posiblemente el momento en que mejor se revela la naturaleza de esta relación es cuando Ackerley compara a su hermana con la tenia, peligrosa, absorbente, imposible de sacarse del cuerpo: “¿Qué oportunidad puede tener uno de librarse de una criatura así? (...) Es una criatura tenaz, resiste a todos los intentos que puedan hacerse para librarse de ella; incluso cuando uno consigue librarse de todo el cuerpo del insecto, la cabeza permanece ahí y, poco a poco, toda la criatura vuelve a crecer a partir de ese punto, centímetro a centímetro.” Se trata de una relación amor-odio constante, basada en el desprecio, el sentimiento de culpa, la obsesión y el vampirismo. Nancy no sale bien parada (“No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”), sin embargo hay momentos de ternura y de auténtica preocupación por su salud física y su estado mental. Lo cierto es que nadie sale demasiado bien parado en los diarios de Ackerley (salvo la perra Queenie, hacia la que tenía una devoción rayana en el patetismo), ni siquiera el mismo Ackerley, que se nos presenta a sí mismo como un ser egoísta, veleidoso, engreído, frustrado y misógino -como diría un amigo mío, en tanto que misántropo-. Hay muchos detalles íntimos en el libro, que no solo afectan a él y a su hermana, sino a otros personajes que salen y entran en el escenario: la tía Bunny, por ejemplo, y también sus amigos E. M. Forster y Siegfried Sassoon, pero hay que recordar que Ackerley tuvo un curioso concepto de la intimidad. Si ya en Mi padre y yo desvelaba el secreto familiar de su padre y ofrecía con precisión y sin recato detalles de su propia homosexualidad, aquí -apareciendo también estos asuntos- el foco se coloca en la hermana, sus celos obsesivos, la convivencia imposible con la tía Bunny y los paseos matutinos con Queenie en los neblinosos parques de Londres, sin excluir todo tipo de pormenores privados y escatológicos. El talento de Ackerley reside en su capacidad de ofrecernos todo esto sin perder en ningún momento un ápice de elegancia ni renunciar a ese finísimo humor que atraviesa el libro de parte a parte -incluso al narrar el intento de suicidio de Nancy-, quizá porque no hay una intención de provocar o sorprender, sino más bien la necesidad de contar la propia vida con sencillez y sin alardes.

La lectura de Mi hermana y yo es una experiencia adictiva -tras ella corrí a por más libros de Ackerley-, sorprendente, a ratos divertida y también, diría, extravagante. No existen muchos libros así, en los que un escritor se despreocupe con tal naturalidad de las consecuencias de bucear en la privacidad propia y de su familia, sin deseo de ajustar cuentas o de justificarse. Ackerley, con su visión ácida y sarcástica de las relaciones sociales y familiares, se lanza a describir su vida hasta las últimas consecuencias, y este relato -monótono, cotidiano, a veces insignificante- posee también la grandeza de la sinceridad. Según explica Francis King en el revelador epílogo -en el que por cierto se ofrece una visión de Nancy sustancialmente diferente- Ackerley “estaba dominado por el irresistible impulso de hacer público todo lo que se refería tanto a su persona como a su familia. Aquella hambre suya de decir la verdad era tan intensa que ni siquiera la posibilidad de ser acusado de calumniador le detuvo”. Dice también Andrés Barba, que traduce y prologa, “sobra decir el pudor que he sentido a veces al traducir algunas de estas páginas (...). Por momentos era como estar tocando, literalmente, la superficie informe y cálida de unos sentimientos que estaban forjándose en ese instante preciso...”. Creo que estas dos citas reflejan con bastante fidelidad la peculiaridad y el valor literario de este libro. Los interesados en las relaciones familiares enfermizas lo disfrutarán sin duda, porque además demuestra, con absoluta perspicacia, que a veces la familia funciona como una reproducción a pequeña escala de toda la complejidad humana.

25 febrero 2013

Existe y yo lo conozco...


Limónov

Emmanuel Carrère

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7855-4

396 páginas

19,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Prix des Prix 2011, Premio Renaudot, Premio de la Lengua Francesa


Sara Mesa

¿Quién es Limónov? ¿Quién es ese hombre que nos mira con severidad desde la cubierta de este libro, con atuendo militar, la mano posada en una máquina de escribir, girado hacia la cámara en un rincón de su desangelado escritorio? Es un personaje real, se apresura a decirnos Emmanuel Carrère desde el primer momento, “existe y yo lo conozco...”, un personaje fascinante, complejo, contradictorio, excesivo, testarudo hasta la idiotez, inigualable en todo caso... La atracción que tal sujeto genera en el autor de De vidas ajenas o El adversario es tan honda que el lector se siente contagiado de inmediato. El resultado es cautivador: el libro se lee más como una novela que como una biografía, y diría más: como una novela de aventuras, una novela apasionante protagonizada por un hombre que, de no ser porque basta con "googlearpara verificar su existencia real, parece sacado de un ejercicio de imaginación extrema.

Biografía novelada o novela biográfica... los libros que cabalgan en la hibridación de géneros suelen mostrar perfiles muy interesantes... En este caso, el propio Carrère, aunque siempre de fondo, se nos presenta también como un personaje de la obra. Carrère, que a principio de los 80 se sintió profundamente atraído por Limónov -cuando el escritor ruso era “el niño mimado del mundo literario parisino (...) nuestro bárbaro, nuestro gamberro: le adorábamos”-, se reencuentra con él años después y decide escribir sobre su agitada vida. De modo que el libro se convierte también en una historia sobre la propia escritura, sobre el por qué de esa fascinación que reside en la personalidad completa de Limónov, con todas sus luces y sus no pocas sombras.

Contradicción pura. Asombro. Admiración, pero también repulsa. Sentiremos todo esto al leer el libro. Carrère y Limónov cara a cara, en un combate desigual en el que obviamente ganará el segundo, el audaz, el apasionado, frente al papel de bobo aburguesado que el francés se atribuye a sí mismo. Pero Carrère se retira pronto y deja todo el protagonismo al ruso, para contarnos su vida en varios capítulos que abarcan desde 1943 a 2003, y que se ubican en diversos escenarios: Ucrania, Moscú, Nueva York, París, Sarajevo... Y en este recorrido, aparecen todos los perfiles de Eduard Savenko, el nombre auténtico de nuestro Limónov: desde fundador del partido extremista nacional-bolchevique, a poeta de vanguardia en sus años de juventud; desde mendigo en las calles de Nueva York, viviendo entre la picaresca y una sexualidad sórdida y desenfrenada, a romántico empedernido capaz de amar intensamente a una mujer durante años; desde escritor de prestigio 'underground' con sus escandalosos libros autobiográficos, a preso en la Rusia poscomunista por tenencia ilegal de armas; desde mayordomo de un millonario, a francotirador ocasional en la guerra de los Balcanes en apoyo de la causa serbia. Violento y místico, ambicioso pero capaz de renunciar a todo si es preciso, siempre franco, directo y a veces, nos da la impresión, llevado más por el instinto que por la inteligencia: así es Limonóv, o así nos los presenta Carrère. Esplendor y miseria se dan la mano en su peculiar vida, “un tipo sexy, astuto, divertido, que tenía a la vez un aire de marino de juerga y de estrella del rock (...) no era raro que al final de una cena, cuando todo el mundo estaba ebrio menos él, que tenía un aguante prodigioso para el alcohol, hiciera el elogio de Stalin, lo que atribuían a su gusto por la provocación (...) Le gustaba la trifulca, tenía un éxito increíble con las chicas...”. La limpidez de la prosa de Carrère -que muestra una vez más su talento para una escritura pulcra, envolvente y plena de matices-, nos absorbe tanto como las peripecias de su personaje. 

A pesar de los muchos episodios cuestionables de su biografía, Carrère afirma que no juzgará a su personaje. Su libro no está para eso. Bucea en las contradicciones más esenciales del escritor maldito y, por extensión, en las nuestras. En este sentido, creo que la orientación del libro no apunta tanto hacia la comprobación de la veracidad de lo contado (en efecto, Carrère no contrasta las fuentes y el punto de vista predominante es el del propio Limónov), sino hacia el análisis, mucho más escurridizo y subjetivo, de la irremediable atracción que se siente hacia los personajes extremos. No está escribiendo Carrère un reportaje periodístico -aunque haya mucho de su técnica-, ni un ensayo -aunque se encuentren densas reflexiones en la obra-, ni una biografía al uso -aunque haya mucho de ella, en efecto-, sino literatura, pura literatura que no se ancla en más limitaciones que las que el propio autor desea imponerse.

Pero además, este magnífico libro es también un relato sobre la convulsa historia de Rusia de los últimos cincuenta años, una crítica soterrada al aburguesamiento de la clase intelectual y a la interpretación unilateral de la realidad, una indagación en la contradictoria naturaleza humana y un paso más en la sólida trayectoria de uno de los escritores franceses actuales más interesantes. Merece, y mucho, ser leído.

25 enero 2013

Pequeños deslices sin importancia


Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) y otras novelas

Mario Levrero

Debols!llo, 2012

ISBN: 978-84-9989-944-2

334 páginas

12,95 €

Prólogo de Ignacio Echevarría


Sara Mesa

Soy levreriana. No sé si alguien más ha usado esta denominación para hablar de los admiradores de la obra de Levrero, ese gran escritor imperfecto. Me rindo ante la extravagancia y la profundidad de El discurso vacío, ante la torrencialidad desordenada -y un poco mística- de La novela luminosa, ante el onirismo y el humor negro de la "trilogía involuntaria" (La ciudad, París, El lugar), incluso ante el delicioso divertimento que constituyen los microrrelatos de Caza de conejos. Sin embargo, este libro -un conjunto de tres obras menores del uruguayo- me ha decepcionado, y muy a mi pesar. En realidad, ya había leído previamente la tercera de estas novelas, Dejen todo en mis manos, que publicó hace unos años Caballo de Troya, y que es, con diferencia, la única que merece salvarse del lote. Las otras dos -Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La Banda del Ciempiés- son, en mi opinión, perfectamente prescindibles. Pueden leerse, claro que sí, pero desde luego no son un buen inicio para entrar en el universo de Levrero. Si yo hubiese empezado por ahí... no hubiera continuado después.

El motivo de reunir las tres novelas en un solo volumen es, según el sello editorial, que todas ellas suponen un guiño a la novela negra y que su hilo conductor son “las peripecias de tres protagonistas metidos a detectives improvisados”. Esto de los guiños a la novela negra tiene su lógica. Levrero las leía compulsivamente -de hecho, constituían el grueso de sus lecturas-, y su tendencia a la parodia y el humor hacen el resto. Pero eso no garantiza su éxito. Es frecuente en la narrativa de Levrero la aparición de personajes que de pronto se ven inmersos en mundos desconocidos, extraños, con reglas herméticas que los determinan sin que consigan averiguar por qué. En este sentido, la figura del “detective improvisado” es, de algún modo, una constante en su obra. La diferencia estriba en que Levrero se maneja mucho mejor con el material onírico (surrealista, en un sentido amplio del término) que con los tópicos de la novela policíaca. Es curioso comprobar que estas novelas fueron escritas entremezcladas con las de la "trilogía involuntaria": La ciudad es de 1970, Nick Carter... de 1975, París y El lugar de 1980 y 1984 respectivamente, La Banda del Ciempiés de 1989...  Me arriesgo a lanzar una hipótesis para explicar por qué unas son tan buenas y otras tan... fallidas: Levrero -personaje disperso, neurótico, obsesivo, atormentado pero con un excelente sentido del humor, tendente al autobiografismo casi siempre- se involucró mucho más en la "trilogía involuntaria" (donde pueden rastrearse obsesiones y miedos personales) que en estas narraciones inmaduras, que más bien parecen una vía de escape ("freudiana", he leído por ahí) para unos impulsos aventureros que él mismo no pudo vivir. Pero también puede haber más razones. Una de ellas es, sin duda, los lastres de la escritura por encargo (y en el caso de La Banda del Ciempiés, por entregas), algo que casi siempre resiente la calidad de cualquier escritor.

Con todo, cada novelita tiene su particularidad y merecen analizarse por separado. Nick Carter... es más alocada, a ratos realmente entretenida (es memorable el papel de Tinker, el ayudante del detective, que duerme en su maletín y tiene la costumbre de doblar cada papel cientos de veces). Sin embargo la historia resulta en exceso disparatada, casi un ejercicio adolescente de improvisación. Sin estructura ni sentido, parece haber sido escrita por pura diversión y sin más pretensión que hacer pasar el rato (más al autor que al lector). Los símbolos sobre espejos y dualidades están forzados: dan juego, pero poco más. La novela no está tan mal si se toma de manera aislada, pero sí en el conjunto de la obra de Levrero, que ya había demostrado años antes que podía escribir mucho mejor. Por su parte, La Banda del Ciempiés es la más insuficiente del conjunto: se hace pesada y aburrida, los chistes no siempre tienen gracia, la chispa levreriana no se encuentra por ningún lado. Además, la estructura seriada la hace repetitiva y lenta, con un estilo en el que no se reconoce en absoluto al autor. Rasgos curiosos como la violencia extrema y el erotismo desenfrenado no resultan aquí llamativos. En suma, muy menor. Por último, como dije al principio, Dejen todo en mis manos es la mejor de las tres: aquí vuelve a despuntar el talento del escritor, su capacidad de abocar a los personajes a situaciones absurdas, la gracia del lenguaje, la estructura en apariencia caótica pero en realidad bien medida. Novela menor pero digna, divertida, levreriana por derecho propio.

La conclusión es clara: a Levrero hay que leerlo, pero no merece la pena empezar por aquí. Los curiosos podrán hacerlo, eso sí, por un precio muy razonable -las tres novelas juntas cuestan prácticamente lo mismo que la edición aislada de Dejen todo en mis manos-. ¿No es un gran libro? No, no lo es. Pero a Levrero se le perdonan estos pequeños deslices sin importancia. Al fin y al cabo, los levrerianos somos incondicionales.

07 enero 2013

Generosidad y talento


El progreso del amor

Alice Munro

RBA, 2012

ISBN: 978-84-9006-236-4

393 páginas

21 €

Traducción de Flora Casas



Sara Mesa

El día que le dieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen yo no me alegré. Había pasado por encima de Alice Munro, una de las candidaturas que llegó hasta la final. Probablemente a Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) no le hacen falta este tipo de galardones, pero sigo pensando que no es lo suficientemente reconocida y valorada por los lectores, no al menos tanto como muchos de sus colegas hombres que, con igual o menor calidad literaria, obtienen bastante más repercusión con cada nuevo título. No soy la primera que lo dice, ni seré la última: Alice Munro está entre los mejores de la literatura contemporánea. Es una maestra del arte de la narración, domina a la perfección el aliento del relato largo (extensiones de 30-40 páginas en muchos casos), sus historias rezuman sabiduría, sensibilidad y una absoluta piedad y comprensión por cada una de sus criaturas. Es sencilla y elegante, y a la vez increíblemente profunda y ambigua. Es admirable, Alice Munro, y ninguna palabra puede suplir la formidable invitación que supone empezar cada uno de sus cuentos: simplemente leer el arranque, la manera de desenvolver poco a poco la historia, es la mejor manera de hacerse adictos, y adeptos, a sus libros.

He leído varios de sus volúmenes de relatos y es sorprendente comprobar la extraordinaria calidad de todos ellos. Funcionan como piezas compactas, coherentes, donde nada sobra ni falta. Esto lo explicaba muy bien nuestro compañero Coradino Vega aquí, y yo no voy a añadir más. Basta en este caso con confirmar que en El progreso del amor vuelven a encontrarse todas las virtudes mencionadas en aquella crítica, en once relatos impecables cuyo denominador común son las historias familiares -¡con todo lo que puede suponer la familia!- o de vecinos -¡con todo lo que pueden suponer los vecinos!-, los escenarios maravillosamente descritos de una Canadá rural de granjas, casas de retiro, pueblos y pequeñas ciudades, y esa lente de aumento que se coloca sobre la cotidianeidad para descubrir en ella toda su grandeza y complejidad.

Además de la finura y eficacia de su estilo, hay que destacar dos aspectos en la narrativa de Alice Munro que son realmente excelentes: la capacidad de penetrar en la psicología de los personajes y de describirlos con un solo trazo, un acto, una manera de mirar o una única frase (y en esto se revela como fiel seguidora de Chéjov) y el preciso manejo del ritmo de la narración, con continuos saltos temporales, alternancia de escenas y un inteligente uso de la elipsis. En el primer caso, la escritora se nos revela como una observadora inigualable de la naturaleza humana, con una agudeza que sorprende continuamente. Así, todas las relaciones que aparecen en sus cuentos resultan creíbles y cercanas: el hastío que siente un hombre por su amante y su obsesión por un nuevo amor en “Líquenes”, la desigual relación entre un hermano responsable y otro supuestamente alocado en “Monsieur les Deux Chapeaux”, la amistad entre dos adolescentes y su posterior ruptura en “Jesse y Meribeth”, la tentación de una infidelidad en “El vertedero blanco”, etc. Pero no hay que engañarse. No se trata de relaciones que por cotidianas resulten simples, aburridas o vulgares. Encontraremos en estos cuentos agresiones, engaños, traiciones, frustraciones, fingimientos, remordimientos, rencores, venganzas, pasiones, sueños, locuras... en fin, la vida en toda su dimensión, que como ha insistido en numerosas entrevistas la autora, se manifiesta con increíble riqueza en cada ser humano por corriente que parezca. A veces es un recuerdo o un hecho aislado lo que explica el desarrollo de toda la historia. Otras veces son revelaciones, verdaderas epifanías que producen giros inesperados. Siempre hay coherencia y verosimilitud, y sin embargo también hay riesgo. Alice Munro es una escritora valiente, que no elude temas complejos, sean los que sean, pero que los trata sin aspavientos, sin excesiva solemnidad ni trascendencia, como sin darse importancia.

En cuanto al segundo factor apuntado, el de la estructura de los relatos y su soberbio manejo del ritmo, sobresale de entre todas una pieza maestra, "Ataques", un relato de más de 30 páginas donde todo se narra en torno a una reveladora elipsis, a través de la sugerencia (comentarios de personajes, pequeñas acciones, saltos en el tiempo y secuencias alternas...). Hay que ser muy bueno para atreverse con esto sin que además resulte forzado o pretenciosamente experimental, pero es que Alice Munro es muy buena, y su naturalidad y prodigioso talento narrativo pueden con esto y con más.

El progreso del amor es un libro generoso, como todos los de Alice Munro -largo, denso, sin ningún relato que no merezca la pena o que ni siquiera merezca menos la pena-, tan bueno como cualquier otro para que aquellos que todavía no conozcan a esta escritora se inicien en su obra. No hay mucho más que pueda decirse al respecto en este espacio: alabar quizá su talante humilde y trabajador, su tenaz dedicación a la literatura a pesar de los impedimentos que pesaron sobre ella como “ama de casa que escribe en sus ratos libres”, su vitalidad e ingenio (en una entrevista reciente dijo: "...pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que... Sí, es posible que yo le hubiera gustado"). Pero nada de esto alcanza, y es mucho, a la grandeza que desprende cualquiera de sus libros. Monumentales.