02 febrero 2012

Juegos reunidos



Rostros

Valentín Roma

Periférica, 2011

ISBN: 978-84-92865-46-8

208 páginas

18,50 €





Alejandro Luque

Ustedes recordarán un juego, llamado imaginativamente de los ceritos, con el que matábamos el tiempo en el siglo pasado. Para quienes no habían nacido entonces o no vivían en este planeta, diremos que consistía en una serie de ceros ordenados en filas, que los jugadores iban uniendo con líneas según su turno. Cada vez que uno lograba completar un cuadrado, marcaba el interior con su inicial. Una vez cubierto el panel, quien más iniciales contara resultaba vencedor.

El debut de Valentín Roma tiene algo de aquel divertimento. Parte de dos anécdotas casi simultáneas en el tiempo, el estreno de Faces, de Cassavetes, y el inicio por parte de Picasso de la serie Rafael y la Fornarina observados por el Papa: dos puntos unidos por una primera raya, el rostro como elemento común. Lo que sucede a continuación, salvo contados pasajes, es un abrumador encadenamiento de analogías, asociaciones, parentescos o simples aires de familia que tratan de explicar la proteica realidad actual a partir del poder iconográfico de la cara.

La propuesta no es un caso aislado. Sin ir muy lejos, a los ceritos han jugado –con felices resultados– dos críticos tan diferentes entre sí como Vicente Luis Mora, con sus Pasadizos, o Manuel Gregorio González con El arte inútil. Ambos nacidos, como Roma, en 1970, y como éste interesados en todos los campos de la creación. Pareciera que el ensayista de la era del zapping y el hipertexto, convencido de que el arte es hoy tan poliédrico o atomizado que cualquier intento de sistematizarlo resultaría vano, pudiera aspirar a lo sumo a detectar conexiones, cerrar cuadrados y poner su inicial en el centro. Por ejemplo, a partir de unas fotos del encuentro del papa Wojtyla y Ali Agca, señala:

"Si estuviesen más pulcramente iluminadas podrían haber sido hechas por Sebastião Salgado y si hubieran tenido un narrador, éste sería, sin duda, John Berger. A pesar de que hay algo en ellas que recuerda a Fray Angelico y a Tiépolo (…) viene enseguida a la memoria aquella Annunciazione (1440-1445) de Filippo Lippi, exhibida en el Palazzo Barberini de Roma…"

La portada de Rostros, con esos retratos dispuestos a modo de foto-mosaik o de tablero de Mahjong, es ya una invitación al juego. Abundan los nombres socorridos, fáciles de enlazar: Benjamin, Foucault, Derrida, Baudrillard, Sloterdijk... Otras vinculaciones son más osadas, e incluso hay dos capítulos, titulados "Injertos", que se limitan a enumerar morosamente iconos más o menos heterogéneos. ¿Se ha descompuesto la uniformidad de los ceritos (y quién sabe si de su nueva estructura resultaría uno de aquellos rostros ocultos que antaño proponían las revistas de pasatiempos), o hemos cambiado, sin previo aviso, de juego?

"…el perfil de elfo enfadado de Mortiis; Dee Snider, vocalista de los Twisted Sister, con los ojos pintados como Charlie Rivel; la calavera de The Misfits; las capuchas antigás de los Musroomhead; Alice Cooper con sangre de color negro en los lacrimales y en las comisuras de la boca; Koyi K Utho escapados de una pesadilla de Kokoschka… "

Si ustedes vivieron en los años 80 del siglo pasado (y en este planeta), recordarán el videojuego llamado Frogger: en él, una rana debía atravesar la pantalla, ora brincando, ora dejándose arrastrar sobre el caparazón de una tortuga o un tronco flotante, pero evitando en todo caso a camiones y cocodrilos. Así Roma, ensayista desconfiado de las teorías totalizadoras, más que aseverar conjura voces, salta de una cita a una conjetura, de una pregunta retórica a una licencia lírica, porque en medio del caos flotar es ya una victoria.

Hay que ser muy audaz, sin duda, para relacionar a King Diamond con Robocop, a Bioy Casares con Kantor, a Hitler con Cernuda u Onetti. Y más aún para confiar en que el lector, en el caso de que alcance a identificar estos y otras docenas de nombres que zumban en el libro como en un avispero, esté en condiciones de seguirle el ritmo. Puede que, más allá de eventuales conclusiones sobre estética o política, la intención de Roma sea construir una obra más poética que divulgativa. No instruir al lector, sino jugar con él. Ponerle en las manos un cubo de Rubick de mil colores, o un absorbente laberinto de erudición, como aquellos en miniatura, con su bolita de plomo, de nuestros recreos de los 80.

[Publicado en Mercurio, ampliación]

01 febrero 2012

Ensimismado & Ensimismado: una semana leyendo a cuentistas españoles

José Martínez Ros

Es difícil identificar el encanto exacto de un buen relato; mucho más difícil que el de una novela y tanto, al menos, como un poema, al que se parece en un detalle: mientras que existen novelas excelsas, y otras simplemente interesantes y otras mediocres, un relato funciona o no, lo mismo que un poema es bueno o no lo es, sin paliativos ni termino medio. Un relato que funciona es como una pequeña carga de profundidad en tu cerebro; hace que unas pocas páginas se amplifiquen en tu imaginación, que rellena los huecos de la historia o completa la melodía de las frases más allá de los límites del texto. O lo consigue o fracasa.

Y los malos relatos se distinguen, por el contrario, con facilidad: los que sacrifican cualquier grado de coherencia por un giro final sorprendente, sin dejar espacio para la emoción o los personajes; la versión degenerada del cuento realista-chejoviano que hace furor en los talleres literarios y se caracteriza -resumiendo- por estar escrito con el vocabulario de un graduado de primaria, con personajes que beben y fuman demasiado y están muy deprimidos…

No obstante, y para nuestra fortuna, algunos autores jóvenes se niegan a ser la caricatura de una escuela literaria y hay editoriales pequeñas, como Páginas de Espuma o Lengua de trapo que apuestan por ellos; y así se publican libros tan interesantes –y con puntos comunes que van más allá del título- como Los ensimismados de Paul Viejo y Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez.



Los ensimismados

Paul Viejo

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-092-2

136 páginas

14 €




En Los ensimismados, Paul Viejo consigue algo casi imposible, que es renovar el recurso cada vez más gastado y cansino de la metaficción, desdoblando al narrador en crítico/comentarista de su propia narración, lo que da resultados memorables en el lírico y algo cortazariano "Sin salir de Marta" y en el cuento-homenaje a Scott Fitzgerald "Una mirada irlandesa". Además, en el libro de Viejo -que tiene entre sus virtudes una prosa clara y concisa- encontramos delicadas miniaturas en las que en unas escasas líneas, en la breve descripción de una epifanía personal, hallamos el eco de una historia más compleja, de unas vidas que no se pueden resumir en un cuento, pero sí resplandecer, explotar en él y que justifican el subtítulo: “Una autobiografía confusa”. De lo que serían, a su vez, muy buenos ejemplos, los relatos "Derrapar", "Divinos detalles" o "Todos han vuelto".

Por supuesto, y más tratándose de su primer libro de cuentos, no todos funcionan así, y en algunos casos la filigrana se agota en sí misma, en su propio artificio, en una excesiva herencia libresca o cinematográfica y genera, a veces, la sensación de que “esto ya lo he leído o visto en otra parte”. Sin duda, tras Los ensimismados, el reto de Paul Viejo es demostrar que, más allá de su notable habilidad técnica para los relatos breves o muy breves, es capaz de construir, interrelacionar y hacer crecer sus personajes en una narración más extensa. Pero que un libro de relatos contenga varios tan bellos y antologables como los citados lo justifica sobradamente como conjunto. Y por supuesto, los amantes de ese género a menudo injustificadamente anónimo y subterráneo no deberían perdérselo.



Ensimismada correspondencia

Pablo Gutiérrez

Lengua de trapo, 2011. Colección "Serie Business Class"

ISBN: 978-84-8381-115-3

156 páginas

18 €



Ensimismada correspondencia es mi primera aproximación a la obra de Pablo Gutiérrez, que, además, ha publicado dos novelas, Nada es crucial y Rosas, restos de alas con una notable recepción crítica. Gutiérrez nos presenta a una serie de personajes aislados, solitarios, inactivos que no encuentran o ni siquiera buscan un interlocutor, una vía de escape. Puede tratarse de un joven que va en coche a la playa y evoca unos versos de Gil de Biedma. O un oficinista que recuerda a su amante veinteañera. O un profesor de religión obsesionado por el porno. O una quinceañera hastiada que pasa la noche conectada a un chat erótico y charlando con sus tortugas. O, incluso, el propio Juan Ramón Jiménez recibiendo cartas melosas, apasionadas, falsas, de una supuesta admiradora, una dama criolla de Perú.

En estos relatos donde la acción es mínima, y que en gran parte se reducen a la descripción de un estado mental, de una emoción, el verdadero protagonista es la prosa de Pablo Gutiérrez que posee una fuerza rítmica y un lirismo verdaderamente desusados. Quizás puede recordar al primer y mejor Umbral de Las ninfas o, incluso, al Cela de novelas-poema como Miss Caldwell habla con su hijo o Mazurca para dos muertos, aunque en su temática no tenga nada que ver con ninguno de los dos. Sólo por paladearla merece la pena la lectura.

Esa potencia expresiva, no obstante, no oculta que se trata de un libro irregular en el que dos de los relatos, el pictórico "Ultramort" -que es uno de los mejores cuentos que he leído en muchísimo tiempo- y "Georgina Hübner, en el cielo de Lima", tienen mucho más calado que los demás. En el resto, Gutiérrez parece realizar una serie de variaciones sobre una misma situación básica, el personaje aislado, estático, y un único escenario; y en ocasiones funciona mejor -"Búsqueda.doc", "Virgen de las aguas"- y otras bastante peor, como en su "Conferencia", supuestamente dirigida a un público adolescente y que se diría, en realidad, la proyección de una mentalidad adolescente. Por encima de esas debilidades, Ensimismada correspondencia ha sido, en resumen, el descubrimiento de un auténtico escritor. Y os aseguro que sus libros anteriores no tardarán mucho en caer en mis manos.



La familia del aire

VV.AA. Edición y prólogo de Miguel Ángel Muñoz

Páginas de espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-051-9

480 páginas

29 €




CODA: Para el comentario del último libro, prefiero tomar unas pocas citas de sus protagonistas:

Hoy en día, cuando estoy escribiendo y me hallo en algún punto álgido o epifánico de mi texto, me viene a la cabeza un lector enemigo, uno de esos odiadores que dicen que hago metaliteratura y no sé qué otras clasificaciones más, todas tan estereotipadas. Y me digo: ¡Cómo le va a cabrear esto! La simple idea de que al odiador le voy a sacar de quicio me estimula de forma grandiosa, me ayuda a seguir adelante, a seguir creando.Enrique Vila-Matas.

(¿Soy el único al que le divierten enormemente las puyas y pequeñas maldades que suele deslizar Vila-Matas en sus entrevistas?)

La identidad, o eso que antes llamaban alma, no es en realidad otra cosa que la memoria. Y si cerramos los ojos somos solo recuerdos y nada más. Cada cosa nueva que nos ocurre cae rápidamente en ese pozo de memoria donde va a mezclarse con todo lo demás, a veces hay reacciones químicas explosivas, otras el alma cambia misteriosamente de color.” Carlos Castán.

Escribí el libro, así suene a tópico, que a mí me hubiese gustado encontrar entonces en las mesas de novedades, un libro de cuentos escrito con algún desparpajo, con alguna valentía torera, que se jugase la vida en cada párrafo, literariamente incorrecto, irreverente con tanta norma establecida, un libro que supiera contarme bien un chaparrón de mentiras, para instalarme fuera del todo de la realidad. Es ahora cuando me lo pregunto: ¿cuántos lectores habrá por ahí afuera que busquen un libro así? No serán muchos, me temo.Hipólito G. Navarro.

“A lo mejor suena muy exagerado, pero es que yo me veo los próximos treinta o cuarenta años de mi vida escribiendo (¡en serio!), así que, pensándolo de este modo, ¿cómo voy a preocuparme porque no se hable de mi primer libro?” Sara Mesa.

(Si un escritor primerizo no es capaz de suscribir esta frase, debería cambiar de oficio. Inmediamente.)

La familia del aire. Entrevistas con cuentistas españoles, editado por Miguel Ángel Muñoz -conocido tanto por sus propios libros de relatos como por la impagable labor de difusión del género que realiza desde su blog El síndrome Chéjov- puede utilizarse como manual de autoayuda para jóvenes aspirantes a literatos, como mapa de un género que vive un (secreto) auge y, sobre todo, como panorama de las filias, fobias, lecturas, recuerdos y muchas cosas más de algunos de los mejores escritores de nuestro país, desde consagrados como Cristina Fernández Cubas o Enrique Vila-Matas a jóvenes valores en ascenso como Iban Zaldua o Mercedes Cebrián. No están todos los que son -y tal vez sea imposible que así sea-, pero, desde luego, vale la pena. No duden en recetárselo.

Nota: esta reseña se publicó parcialmente en notodo.com

31 enero 2012

El paisaje literario de los bloques



Paseos con mi madre

Javier Pérez Andújar

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-398-8

184 páginas

15 €




Daniel Ruiz García

En Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar retoma la senda iniciada en su deslumbrante novela de debú, Los príncipes valientes, con una recuperación de la memoria personal sobre la cual teje su propio ideario ético y estético. En cierto modo, cabe leer esta tercera novela de Andújar como una continuación de la primera, ya que, como ésta, recurre a la misma peculiar voz narrativa y al tono autobiográfico e intimista, reforzando muchas de las tesis ya expuestas en Los príncipes valientes y ampliando el arco de consideraciones hacia otras realidades, especialmente hacia su condición de sujeto perteneciente, sentimental y culturalmente, al extrarradio (“la internacional de los bloques”, como él lo denomina). Paseos con mi madre es un gran homenaje a las periferias urbanas, pero también es una rendición de cuentas con la memoria y con sus orígenes familiares obreros y humildes. La voz que encontrábamos en Los príncipes valientes afronta en Paseos con mi madre su fase de madurez, con el paso por el periplo estudiantil, por la incorporación laboral, hasta llegar a la época actual. Un recorrido que, en todo caso, no se aborda de forma diacrónica, sino a través de capítulos que operan como una suerte de flujos de conciencia donde, más que leer, pareciera que flotáramos hacia una deriva suave y muy musical cuajada de estímulos.

La familiaridad de Pérez Andújar con la cultura popular le permite manejar abundantes referentes pop con absoluto desparpajo. Esos referentes que en otras literaturas pueden resultar algo forzados o incluso chirriantes, en el caso de Pérez Andújar resultan enormemente naturales, casi inherentes al estilo. Esta solvencia en el manejo de los referentes de la cultura popular le otorga a su escritura una frescura que sin embargo no está reñida con la elegancia. Porque si algo sobra en la literatura de Pérez Andújar es precisamente la elegancia en su forma de contar, con un esteticismo que nunca resulta amanerado sino más bien vibrante y plástico, gracias a su competencia en la construcción de imágenes de fuerte potencia poética. El mismo Pérez Andújar define su forma de pensamiento como metafórica, analógica (“La analogía es la tecnología con que funcionan los sueños, la maquinaria profunda del inconsciente”, página 48), algo que queda muy patente en el texto, con metáforas de enorme altura (“Barcelona es el cromo de una tableta de chocolate”) y una tendencia al símil que desemboca en asociaciones asombrosas (“el lenguaje es la clase obrera de la realidad, es la mano de obra que la construye. A cada realidad que se dice o que se escribe, la realidad le debe una cuota de plusvalía”). Y si bien es cierto que no se trata de un hallazgo, ya que esto ya estaba presente en su primera novela, sigue sorprendiéndonos, por su audacia y su efectividad, el uso que Pérez Andújar hace de las formas verbales futuras para narrar hechos del pasado. Porque, como ocurría en Los príncipes valientes, Paseos por mi madre habla del pasado y de la memoria recurriendo al empleo de la forma futura. En esta audacia reside buena parte de la apariencia algo hipnótica del texto, y su flujo musical que nos conduce, como en volandas, hacia el final de cada capítulo.

La literatura de Pérez Andújar asume un posicionamiento ideológico claro, el de hijo y nieto de obreros que se siente excluido de una Barcelona donde todavía se impone el pedigrí y los grandes apellidos (“de Barcelona sólo se es por familia y por dinero, en riguroso orden”), pero su izquierdismo tiene más bien una orientación estética y casi diría atávica, poblada de símbolos sentimentales, como por ejemplo la cazadora de cuero negro que el narrador lleva luciendo desde hace 25 años y que recibió como herencia de su padre. “Se pertenece antes a una chaqueta que a una patria o a una clase”, llega a afirmar al respecto, reconociendo con ello el valor sentimental y memorial que esconden los objetos en los que se representa la huella familiar, que es una huella de lucha obrera y de resistencia frente a la invasión de los iconos de un nuevo tiempo. Iconos como el Pryca, y su condición de locomotora económica para Sant Adriá del Besós pero en realidad más bien apisonadora de sueños e instrumento para el embrutecimiento laboral colectivo.

Con Paseos con mi madre confirmo lo que ya sabía desde que leí el primer capítulo de Los príncipes valientes, y lo que más tarde demostró con Todo lo que se llevó el diablo. Que estamos ante una de las voces más peculiares, personales y estimulantes de nuestras letras recientes. Y que seguro que nos va a proporcionar, si continúa paseando así de bien, muchas alegrías lectoras.

30 enero 2012

Bellow poliédrico

Cartas

Saul Bellow

Alfabia, 2011

ISBN: 978-84-938909-4-0

720 páginas

28 €

Prólogo de Benjamin Taylor

Traducción de Daniel Gascón


Sara Mesa

No soy especialmente mitómana, pero cuando siento curiosidad hacia la biografía de un escritor suelo inclinarme más hacia el lado de los fracasados, los desconocidos, los raros, aquellos que no alcanzaron la fama literaria y ni siquiera, quizá, la buscaron. Por eso el caso de Saul Bellow es una anomalía en esta tendencia: representa el modelo de escritor exitoso, galardonado hasta llegar a la cumbre del Nobel, agasajado en sus numerosos viajes, reconocido por escritores, críticos y hasta políticos, con legiones de admiradores por todo el mundo y, para acabar el lote, una larguísima vida acompañado de una no menos larga lista de mujeres (¡fue padre a los 84 años!). Pero es que resulta casi imposible no caer en la fascinación hacia este enorme escritor, un seductor nato, siempre brillante, siempre inagotable, siempre sugerente incluso hasta cuando es excesivo.

Buena muestra de todo esto son las cartas que ahora se publican en un grueso volumen en la editorial Alfabia, cartas que, para más inri, son solo las dos quintas partes de las conocidas. Sí, su vida fue larga, pero aún así se trata de una correspondencia considerable… podríamos decir entonces que el escritor padeció la misma enfermedad que Herzog, aquel inolvidable personaje poseído por el furor de escribir a todo el mundo sobre todos los temas posibles. La diferencia está en que el mismo Herzog sabía que su manía era excéntrica y ridícula, mientras que a Bellow lo vemos convencido de que la correspondencia era, quizá, la única manera de mantener el contacto con todos aquellos a los que tenía lejos. Sobre esta tendencia a escribir cartas le dirá a Martin AmisEs una pena que la gente que me importa esté tan ampliamente distribuida sobre la faz de la tierra. Pero también uno tiende a pensar más en ellos. La proximidad no lo es todo”.

La primera sensación que uno tiene al leer estas Cartas es que está ante varios libros mezclados, varias historias que muestran las múltiples caras de Saul Bellow, su actividad frenética y multiforme. A través de ellas se ve cómo fue su relación con otros escritores, con sus editores, amigos, amantes, esposas, ex exposas, hijos. Casi todas las cartas, hasta las más formales, tienen el “sello Bellow”, esto es, esa “especie de fusión de coloquialismo y elegancia”, en sus propias palabras, o esa tendencia a reflexionar mientras escribe de una manera que es natural para él pero que resulta sorprendente para el lector. Ese poso de clarividencia aparece frecuentemente: en las cartas amorosas y en las de ruptura; en las que habla de literatura y en aquellas otras en que lo hace de filosofía, de política o de la cuestión judía; en las que disecciona con frialdad la sociedad del momento, pero también en las que se zambulle a fondo en sí mismo y confiesa su desánimo, su miedo a envejecer o sus deseos de congelar el tiempo. Bellow no puede nunca dejar de ser Bellow.

El lado más jugoso del libro son sin duda las cartas que dirige a otros escritores, en especial las que envía a John Cheever, Bernard Malamud, James Salter, Philip Roth y Martin Amis. También hay otras curiosidades: la famosa carta a Faulkner (donde le denegó su apoyo para pedir la liberación de Ezra Pound), y otras enviadas a Anne Sexton, Joyce Carol Oates, Vargas Llosa, e incluso a Marcelo Mastroianni, que quería llevar al cine una de sus novelas.

Hay cartas íntimas y otras más distantes, cartas complacientes y cartas díscolas. Bellow modula su tono, sabe hablar entre líneas, de modo que se aprecian sin problema las peculiaridades de la relación con cada interlocutor. El cariño y la admiración hacia Cheever son quizá de lo más emotivo del conjunto: en una carta de 1976, cuando Cheever le propone que lea Falconer, Bellow le dice: “¿Si me apetece leer tu libro? ¿Aceptaría un viaje gratis a Xanadú con Helena de Troya como ayuda de cámara? Anhelo leer las pruebas”. En otra carta de 1981 le confiesa su admiración rendidamente: “Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente”.

También hubo una estrecha relación con Philip Roth, al que no excluyó de sus críticas: en una carta de 1998 le cuestiona la verosimilitud de los personajes de Me casé con un comunista (“Eve es solo una mujer lamentable y Sylphid es una chica gorda, mimada y malvada con joroba de bisonta”), pero también admite: “no hay mucha gente con la que pueda ser tan franco”. Esto no impidió que en 2000 se dirigiera a la academia sueca para proponerlo para el Nobel. Lo admiraba realmente: “Cuando llegué a Chicago -le escribió- y leí tus cuentos, supe que eras auténtico. Cuando era niño, había herreros, y no he olvidado el sonido que hace un martillo auténtico sobre un yunque de verdad”. En otra carta posterior le agradece también su amistad: “En ti tuve un testigo de mi propia clase y un punto de equilibrio. Sin tu apoyo las olas iracundas me habrían arrastrado por la severa y rocosa costa judía”.

La relación con Martin Amis tiende más a ser de tipo paterno-filial. Algunas de las cartas que le remite resultan emotivas, pues a él, que había sido testigo por aquel entonces la enfermedad y muerte de su padre, pudo hablarle con franqueza de los miedos ante su propia vejez. Aquí Bellow se vuelve más introspectivo, también más humano y frágil. En cartas de 1994 expresa: “siento el rencor de la naturaleza contra la edad”. También le habla de lo que posiblemente fuese el secreto de su longevidad: mantenerse siempre activo (“Es la estrategia que uno tiene para hacer frente a la edad, y a la muerte. Porque uno no puede morir con tantas obligaciones por delante. Nuestra hábil especie, tan fértil, tan llena de recursos para negar su debilidad”).

Bellow fue generoso con sus colegas y sus amigos. A Malamud al principio lo trató con distancia, pero terminará llamándolo cariñosamente Bern y lo propondrá para la beca Guggenheim. Nunca perderá la relación con sus amigos de juventud, como Oscar Tarcov, y se enorgulleció de saber mantener sus “primeros contactos” a pesar de su carrera de escritor.

Muy curiosas resultan también las cartas de amor a Margaret Staats del año 1966, en las que se vislumbran la emoción, la pasión, el miedo a la diferencia de edad, también los celos. Enamorado, Bellow echa mano de los tópicos (“Anhelo volver a verte. Te echo tanto de menos, es como la enfermedad o el hambre. Una enfermedad de amor infantil”, “Has hecho que la humanidad y el mundo parezcan diferentes”, “Mi placer en la vida: pensar en ti. La valentina blanca. Tu rostro cuando hacemos el amor”). El romance fue corto, pero a Margaret Staats continuó escribiéndole durante muchos años. En 1984 le confesará “Parece que nunca he aceptado mi condición. La construcción de un artista; siete décadas de trabajo sin reconciliarme con los hechos esenciales de mi condición. Realmente, soy un alfeñique de considerable distinción, pero indudablemente un alfeñique”. Contemporáneas a las cartas de amor a Staat son las que envía a su ex mujer Sondra Tschacbasov, en las que le habla con cierta cicatería de la pensión que ha de pagarle a su hijo, o en las que discute con mordacidad por la educación del niño. Las miserias del divorcio junto con las del amor: Bellow completa así todos sus perfiles.

Hay que agradecer la inclusión en el volumen de numeroso material en torno a estas cartas: la introducción de Benjamin Taylor, sus notas finales, una cronología muy completa y un índice onomástico. Las cartas también van acompañadas de notas aclaratorias para situar al lector en el contexto, o para aportar datos sobre las personalidades menos conocidas.

¿Merece la pena este libro? Sí, sin duda, pero quizá solo para rendidos admiradores de su autor (que no son pocos). Esto es así porque no todas las cartas tienen el mismo interés, muchos de los destinatarios son desconocidos, uno se queda con ganas de saber algunas respuestas, dado que la correspondencia que tenemos es unidireccional (¿los celos que le carcomían a causa de Staat tenían motivos reales? ¿le contestó Faulkner a su negativa de apoyo?), pero, sobre todo, porque aunque Saul Bellow es grande siempre, lo es mucho más en la ficción. Eso sí, una vez leídos todos sus libros, nada mejor que continuar con estas maravillosas cartas, sin dudarlo: son un testimonio muy valioso de uno de los grandes del siglo XX.

27 enero 2012

Malas tierras, buenas historias


Bad Lands

Oakley Hall

Galaxia Gutenberg, 2011

ISBN: 978-84-810-9871-6

496 páginas

24 €

Traducción de Benito Gómez



Fran G. Matute

Los teóricos y críticos del mundo del cine, de cara a justificar sus pomposos y alambicados análisis audiovisuales, tienden a equiparar la épica del 'far west' con las tragedias clásicas del mundo grecorromano. Utilizan términos como "western crepuscular" para referirse al ocaso de los héroes que han vivido en un mundo salvajemente violento y cambiante. Hablan de la "moralidad" del 'travelling' como plano arquetípico a través del cual se puede mostrar al espectador tanto la grandeza y aridez de las llanuras como la soledad del vaquero. Pero lo peor de todo es que tienen razón. La estética del 'western' está ciertamente plagada de clichés, pero esconde en sus historias la pureza del ser humano en todas sus dimensiones y su lucha contra los elementos.

Por otro lado, no podemos engañarnos y es justo reconocer que toda esta "filosofía" creada alrededor del Lejano Oeste se ha visto consolidada gracias a las películas de Hollywood, con independencia de que su verdadero origen sea la literatura. No cabe duda de que los cineastas han tratado mejor a este género que los propios escritores, cuya obra ha quedado relegada, en el mejor de los casos, a la novela de quiosco (perfectamente respetable, en cualquier caso). La obsolescencia de esta temática a nivel literario no se ha visto reflejada en el mundo del celuloide. No es que no haya habido 'exploitation' a nivel fílmico (el propio Spaghetti Western es una muestra de ello, así como los múltiples seriales que inundaron la televisión estadounidense en los años 50 y 60), pero hoy día todo el mundo recuerda las grandes obras maestras del género facturadas por John Ford, Howard Hawks, Delmer Daves o Anthony Mann, y hasta los más recalcitrantes son capaces de identificar a los guionistas habituales que supieron dar nueva vida a estas historias (como Frank S. Nugent, Dudley Nichols, Leigh Brackett, Borden Chase...), pero ¿quién se acuerda de las obras literarias que inspiraron dichos títulos? ¿Quién reconoce hoy día la labor de Ernest Haycox, Alan Le May o Dorothy M. Johnson (con independencia de que esta última acabe de ser recuperada por Valdemar)?

Lo cierto es que uno de los pocos autores que hizo por revitalizar el prestigio del género a nivel literario fue Oakley Hall gracias a ese monumento que es Warlock (1958), un auténtico 'contender' al título de Gran Novela Americana y obra venerada, ni más ni menos que por Thomas Pynchon. En este caso, la novela sirvió también de base para una adaptación cinematográfica -El hombre de las pistolas de oro (Edward Dmytryk, 1959)-, si bien es cierto que el 'film' no fue capaz de captar toda la grandeza del texto, perdiéndose en dicha adaptación gran parte del esfuerzo ciclópeo de Hall por narrar la construcción de una ciudad sin estatutos, que era la cuestión esencial de la novela.

No deja de resultar curioso que Hall volviera a esta misma idea, veinte años después, con su siguiente obra ambientada en el Lejano Oeste: Bad Lands (1978). Porque en el fondo no podemos disociar esta novela de Warlock, con la que comparte más de una similitud. Hall reincide en su detallismo por narrar el tortuoso camino de los hombres en su empeño por alcanzar la formación de la voluntad popular, situando la batalla, ésta vez, en las tierras sin dueño de la futura Dakota, 'circa' 1884. Pero más allá de la brillante recreación histórica y la excelente contextualización de la historia que se narra en Bad Lands con el momento socioeconómico de la época, nos ha interesado, sobre todo, el diálogo que propone Hall entre el hombre y la naturaleza, entre el ciudadano y las instituciones. Como si quisiera echarle un pulso a su admirado Cormac McCarthy, nos deleitamos con los pasajes en los que Hall describe con inusitado lirismo una tierra hermosa, salvaje y prometedora que pronto tornará en lodo y sangre por la mano del hombre, por su avaricia, pero también por su ineficacia para gestionar los asuntos civiles. Porque al margen del mensaje "naturista" que inserta Hall en Bad Lands, el grueso del discurso se centra en las incapacidades del ser humano por convivir, ya no sólo con la naturaleza, sino con sus propios congéneres.

Nos interesa, también, sobremanera el antagonismo de los personajes principales de esta novela, y cómo Hall expone sus divergencias y sus complementariedades. De una parte, el señor Livingston, educado estadista de Nueva York, de familia acaudalada, que viaja al Lejano Oeste huyendo de una tragedia familiar y buscando confort en las tierras asilvestradas de Pyramid Flat, esa suerte de ficticia Tierra Prometida. De otra, el rudo y embaucador Lord Machray, de origen irlandés, ex-militar cultivado capaz de recitar de memoria versos de W. Shakespeare o R. Burns, cuya desmesurada ambición le ha granjeado enemistades con sus vecinos. Pronto se establece entre ambos una relación amor-odio que correrá paralela a su apego por unas tierras que terminarán envenando el juicio de sus habitantes.

Llegados a este punto, debemos advertir que gran parte de los hitos argumentales sobre los que pivota Bad Lands pueden llegar a generar algún tipo de 'déjà vu' en el lector si uno es lo suficientemente cinéfilo. Pues la inocencia de Livingston y su fe ciega en las instituciones y en la bondad del ser humano nos ha recordado al James Stewart de El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1963), del mismo modo que la trama relativa a los reguladores y sus ahorcamientos nos han traído a la mente, en más de una ocasión, parte de los sucesos narrados en El incidente de Ox-Bow (William Wellman, 1943), por no hablar de algunos paralelismos que tiene el texto con Horizontes de grandeza (William Wyler, 1958). Es evidente que los temas en el 'western' son limitados y han sido tratados de una forma u otra hasta la saciedad, de ahí que nos vuelva a interesar más en este Bad Lands la cuestión "jurídica", si se me permite la expresión. La lucha del ser humano por autoimponerse reglas de convivencia, leyes aparentemente asépticas que pretenden regular los conflictos desde la equidad. Pero como bien expone Hall en el breve pero enjundioso epílogo, el llamado Salvaje Oeste fue regulado por políticos y hombres de negocios del Este, que nunca pisaron esas tierras para calibrar si sus decisiones legislativas tenían alguna utilidad en un territorio que no conocía de límites físicos (no había vallas ni cercas ni zanjas) y los colonos (pues eran los Sioux los verdaderos habitantes de Dakota) vivían en aparente armonía. Dakota, a finales del siglo XIX fue un hervidero de mandatos: el oro de las Black Hills, el Tratado de Laramie, las leyes Kinkaid... lo que provocó que el territorio se llenara de 'carpetbaggers'. Y no hay más que ver esa barbaridad que fue Deadwood (2004-2006) de David Milch, para darse cuenta de lo que se estaba fraguando por aquel entonces.

Son estas pesquisas las que, a mi juicio, dan valor a esta obra de Oakley Hall, que si bien palidece en comparación con su antecesora y descomunal Warlock, sí que aporta una mejor visión de conjunto a la problemática del nacimiento de las comunidades en las postrimerías del llamado Lejano Oeste. Puede que fueran malas tierras para la convivencia de los hombres, por toda la putrefacción que sacaron a relucir los que quisieron poseerlas, pero no lo fueron para los contadores de historias. Quizás sea ese el verdadero legado del 'far west', la verdadera fertilidad de esas tierras que tanto odio generaron: su capacidad para alimentar a los narradores de historias épicas como las que nos cuenta Oakley Hall en este espléndido Bad Lands, que ningún fan del género debería dejar de leer.