Artistas de la vida

El pabellón azul

Ramón Pernas

Tropo Editores, 2009

ISBN: 978-84-96911-15-4

211 páginas

18 euros






Carolina León


Un libro en el que, en apenas doscientas páginas, se repasa una vida, desde la perspectiva de la vejez, apela a nuestros prejuicios y los pone a preguntarse si de ahí se puede esperar una buena novela. Sin embargo, si a esa vida -motor, tema, argumento- le ponemos trashumancia, circo, vida en la cuerda floja, emigración, descubrimiento de nuevos mundos y nuevas capacidades, viajes, tradición y lazos afectivos, empezamos a manejar asuntos más atractivos y ya pueden empezar a callarse aquellos (prejuicios). Si a esto se le une un pulso narrativo organizado desde la memoria, de confección sencilla, casi humilde, y de inspiración sentimental y nostálgica, con un personaje narrador esperando los últimos días de su vida y la visita del mayor de sus hijos, repasando desde la infancia los trayectos y estancias, el resultado ya puede ser una lectura con frescura, elegancia y posibilidades de aprovechamento para cualquier lector sensible.

Y El pabellón azul es muchas cosas en su corta duración. Es una novela de memorias -los temas que recorren como ríos una vida, difuminados o engrandecidos por la distancia del espacio y el tiempo-, y como tal puede leerse como el recuento de las estampas dentro de un álbum fotográfico familiar.

Es un relato de ambiente nómada, y en ese sentido puede entenderse como novela de viajes e incluso road movie (en fin, road novel, pero con carromatos): el viaje es en sí otro personaje, a lo largo de toda su duración (novela identificada a una vida) y es el sino de la existencia de Augusto Bordino, protagonista y narrador, hijo de titiriteros y domadores de caballos, cuyo trayecto vital está marcado por el circo, la ausencia de plaza fija, las actividades artísticas (pasa de hablar con los osos a proyectar cine, a tocar acordeón, a cantar y bailar tarantelas para los emigrantes en Argentina, a dirigir una función de payasos y enanos, a producir espectáculo teatral en sala estable...). Todo el libro está lleno de una visión cariñosa, pero no apocada, sobre el pequeño gran arte. Al mismo tiempo, con ese viaje incesante se relatan las transformaciones de todo un siglo y los profundos cambios de paradigmas para las personas que lo vivieron.

Puede entenderse como relato de emigración, así como de saga familiar. Los protagonistas van sumando etapas, trasladándose de un lugar a otro y probando nuevas opciones de subsistencia, siempre en marcha y siempre implicando la imaginación para encontrar una nueva forma de salir adelante. El viaje los lleva a cruzar el mar y probar suerte en el país de las oportunidades, Argentina, y así se integran más temas aún, como el de los de los viejos europeos en el nuevo continente.

Es, también, una novela de freaks. Un término completamente anacrónico tratándose de un libro de factura tan clásica pero, en el interior, uno de los temas mejor y más transitados es el de la nueva familia desconectada del concepto canónico, rígido, presente por siglos en la tradición católica. Bordino sale de un inmenso clan gitano y, buscándose la vida, se asocia con infinidad de seres con los que no hay vínculo de sangre de por medio, y a los que une otro tipo de lazos. El río de la vida va acercando a su carro a gallegos sin hogar, ingenieros alemanes frustrados, extraños seres de dos colores, huérfanos androplásicos, ganapanes de todo tipo. Él, su mujer y sus hijos van adoptando y adaptando nuevos miembros, en una suerte de comunidad de conveniencia y de afecto, perfectamente moderno en su carácter de familia fundada sobre la necesidad y la convivencia.

Y es, al final de todo, una novela de artistas. De artistas de la vida, hagan o no malabares o equilibrios. Cada cual puede extraer una fina capa de curiosidades, temas afines o caras seductoras de este pequeño gran libro, porque en su desgranamiento está cuajado de sensibilidad, gracia, amor a la vida, descubrimientos. Pero lo que más me emociona, como lectora, en que en todo su transcurso, sin riesgos aparentes, lo que pervive y cobra protagonismo absoluto es la ferocidad de la imaginación que inventa y reinventa las opciones vitales para salir adelante, del personaje narrador y sus demás aliados.

La editorial Tropo hizo una estupenda elección al recuperar esta novela (la segunda) de Ramón Pernas, más de diez años después de su primera edición. Es necesario avisar que, como artefacto literario, es a ratos demasiado homologado, casi demasiado bien atado. Pero su envidiable costura interna y la preciosa baraja de temas interiores lo convierten en una lectura intensa, emocional y vibrante como las mejores obras creadas desde la nostalgia y la memoria.

La biblioteca infinita

Las bibliotecas de Dédalo

Enis Batur

Errata Naturae, 2009

ISBN. 978-84-937145-2-9.

96 páginas.

9,90 euros.
Traducción de Rafael Carpintero.




Luis Manuel Ruiz

El libro, cualquier libro, es una máquina sorprendente. Estira la memoria de un individuo hasta hacerla coincidir con la de la gran masa de los congéneres que le rodean, guarda detalles de personas, objetos, ciudades y bosques que desaparecieron sin dejar traza en el aire, interroga a quien se le aproxima haciéndole reparar en esos rincones de sombra que rodean toda vida y que hasta el momento sólo había observado de soslayo. Si la muleta es la extensión de nuestro muslo y el telescopio un ojo elevado al cuadrado, el libro significa el aumento artificial de la imaginación y de la memoria humanas: un miembro ortopédico que nos ayuda a desenvolvernos en el mundo impidiéndonos tropezar. Por eso la biblioteca (o la Biblioteca, tal y como la mayúscula Enis Batur, para distinguir el modelo impresionante y platónico de las colecciones domésticas de los aficionados a los libros) es una imagen, o un símbolo, que no deja de excitar continuamente la fantasía de artistas e intelectuales. La Biblioteca, donde cabe todo el saber, todas las mentiras, y los sueños, y las sospechas, y los desmentidos, es un trasunto del propio universo. Y, como el universo, caudalosa e indescifrable: nadie sabe cuántos volúmenes contiene, qué orden respetan dichos volúmenes, quién los colocó ahí, dónde comienzan o terminan, para qué.

A lo largo de su existencia, todo bibliófilo intenta, con mejor o peor fortuna, alcanzar un atisbo de esa Biblioteca monstruosa montando una pequeña maqueta en casa. Es lo que también hizo Enis Batur, escritor turco, autor de Las bibliotecas de Dédalo, una obra laberíntica y obsesiva, igual que el tema que trata de abordar: por qué hay ciertas personas que dedican su vida a coleccionar o perseguir libros, por qué hay libros que salvan la vida de ciertas personas. El bibliófilo (o bibliópata) busca compulsivamente el olor a papel viejo de las librerías de lance y se demora recogiendo el polvo de las estanterías con las yemas de los dedos. Visita con ojos aturdidos las grandes colecciones donde los lomos se aúpan unos sobre otros como los bloques de un zigurat, la British Library, la Nationale, la Marziana, la del Congreso, y registra sin miramientos ni educación los estantes del salón en cuanto entra en casa de un desconocido que, por azares del trabajo o la vecindad, le ha invitado a cenar. La bibliofilia, la bibliotecofilia, son afecciones extrañas que Enis Batur comparte con otros muchos extraviados (Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca, Borges, Robert Burton, Montaigne, Aby Warburg, Mario Praz, yo mismo) pero en la que sólo él se detuvo a pensar cuando un suceso aciago le dejó la vida a oscuras de repente: su biblioteca personal se incendió, como la del protagonista de Canetti, una tarde de verano.
En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi. Todo lo que se ha escrito está en esa Biblioteca, que le amenaza noche tras noche con el peso de lo que está a punto de olvidar, o peor, de lo que no leerá jamás, porque es imposible leerlo todo: «Soy lector —admite en el capítulo 12—, por lo tanto soy mortal». La Biblioteca es un símbolo que nos inquieta con la misma fuerza que el del laberinto, o el del universo que comienza al otro lado de nuestra córnea y nuestros dedos. Biblioteca, laberinto, universo constituyen tres facetas de lo mismo: un lugar extraño que aparentemente guarda una estructura o un sentido, pero por el que no cesamos de vagar en busca de un centro. Por eso aprovisionarse de libros y colocarlos en el mueble de casa siguiendo una pauta cierta tiene algo de hilo de Ariadna que nos consuela y nos redime; la vida puede habernos traicionado y haberse burlado de nosotros en las bifurcaciones, pero tenemos los libros: ahí hay un orden. Ernst Cassirer definió la biblioteca de Aby Warburg, que no estaba organizada sobre ningún esquema aparente, no como una colección de libros, sino como una colección de problemas. «Cassirer comprendió que la biblioteca Warburg era ‘un laberinto’ —anota Enis Batur en el capítulo 19—. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa».

[Extraído del blog La tormenta en un vaso]

La fealdad y el amor a la belleza

La venganza de Evaristo Cubista

Antonio Zamora

Hipálage, 2009

ISBN.13: 978-84-96919-21-1

135 páginas

13 euros



Jesús Cotta

Siempre me han gustado las novelas que de muy poco hacen mucho, que le sacan el máximo partido a dos o tres elementos muy sencillos, como La vida de Pi, de Yann Martel, una novela que narra los doscientos veintisiete días de supervivencia que un niño hindú pasa con un tigre y algunos otros animales salvajes en una pequeña embarcación.

Otras obras parecen empeñadas en complicar con muchos personajes y vericuetos una cosa sencilla, como esas novelas policíacas donde el crimen es de lo más normal y el autor nos presenta a mil sospechosos para despistarnos.

Sin embargo, La venganza de Evaristo Cubista es de las novelas que de muy poco hacen mucho, que arrancan con lo cotidiano y acaban en el paroxismo, sin saltar a la fantasía.

El autor nos presenta a un estudiante universitario, guapo, rico y remolón que, por una cuestión de orgullo personal, se empeña en robarle la novia al feo del grupo. Y de ese asunto sumamente simple nos lleva a una tragedia personal sin aspavientos ni sangre, sin recurrir al deus ex machina ni a las persecuciones ni al ensañamiento al que nos tienen acostumbrados ciertas películas. El protagonista, con naturalidad y sin eufemismos, nos explica su proceso interior de purificación a la par que los sucesos que lo conducen a ello, hasta que se acostumbra a vivir con el horror. Eso sí, el final es difícil de digerir y deja mal sabor de boca, pero tal vez sea para el protagonista la única salida posible si desea seguir vivo.

Antonio Zamora trata en esta novela asuntos como las aventuras eróticas, la enfermedad, la amistad y la venganza. Y todo con una verosimilitud que parece nacida de las propias experiencias del autor. Las chicas que aparecen en escena, aunque sus actuaciones son breves, parecen vivas en la voz del narrador. Pero lo que más me ha gustado es la contraposición entre la frivolidad amorosa del guapo y la intensidad con que el feo ama a una mujer.

Quasimodo, la Bestia o el fantasma de la ópera son feos insignes de la literatura con un elemento en común: su desaforada necesidad de amor y belleza, lo cual los hace grandes y a la vez peligrosos. En este caso, el feo, Evaristo Cubero, llamado Cubista por su rostro abstracto, no es un resentido contra el mundo ni oculta su fealdad, pero lo que lo hace peligroso es el deseo de vengar a una mujer que ha muerto de tristeza.

Aunque la sencillez, corrección y claridad del lenguaje es uno de los alicientes de este libro que se deja leer con una rapidez pasmosa, echo en falta un toque más literario en el lenguaje, alguna concesión ocasional a la poesía y al desgarramiento, una mayor osadía en las imágenes y en la expresión. La intensidad de lo narrado a veces lo exige. Eso no le habría robado agilidad al libro, sino que lo habría hecho más redondo. Pero, en realidad, el libro no defrauda. Cumple con lo prometido. Es de esos libros que empiezan bien y terminan mejor, porque rematan bien la faena.

Doy, pues, la bienvenida a esta novela y felicito al autor. Se nota que, tras todas esas líneas que él deja caer como una lluvia mansa, hay mucha vida, mucho trabajo y un gran mundo interior que, con esta novela, no ha hecho sino empezar.

Álgo más que poesía: la poética del cariño

Alguien más que yo soy

Carmelo Guillén Acosta

Fundación del Colegio Oficial
de Aparejadores y Arquitectos Técnicos
de Sevilla, 2009.

ISBN: 978-84-96698-34-5

89 págs.

10 euros.





Rafael Roblas Caride

Para comunicarse, para sobrellevar la mediocridad, para impresionar, para pasar el rato en el bus, para envalentonarse, para hablar con Dios, para ligar, para soñar, para charlar con los muertos, para conocer gente nueva, para imaginar, para distraerse, para crecer, para protestar, para maldecir, para inmortalizarse, para salir de la enfermedad, para enviciarse, para estudiar a los clásicos,… Este sólo es el comienzo. A partir de aquí, hay más de mil razones por las que el hombre se echa la manta al hombro y se tira al monte de la poesía.

Carmelo Guillén Acosta lo tiene claro. Su vocación de poeta es tan generosa que nunca ha encerrado sus versos en un torreón bajo llave. Por eso, siempre que lo veo por la calle -Adiós, Carmelo-, los poemas se le desparraman por la sonrisa y, en el abrazo, un aire alegre asalta las esquinas haciendo florecer las macetas en los balcones. Por eso, la palabra poesía, en Carmelo, es siempre sinónimo de amistad.

Alguien más que yo soy es el último abrazo de Carmelo. Su espuela en esta ronda que reafirma ese estado de gracia. Él mismo lo advierte en las Palabras de reclamo que sirven como prefacio a los poemas: Ellos, los seres más allegados a mí, se pierden entre mis versos, me enriquecen interiormente y, por tanto, alimentan mi poesía, que nace del gozo de querer y de saberme querido. Poética rotunda y clara. Tan clara como su mirada de niño travieso. El libro -un sobrio volumen editado por la Fundación del Colegio de Aparejadores de Sevilla- recoge una pequeña antología que gira en torno al eje fundamental de esta razón poética. Esta se extiende desde Envés del existir (1977) y llega hasta La vida es lo secreto (2009), incluyendo al final el capítulo Y otros poemas, que adelanta cinco inéditos.

En la antología se encuentran los momentos más representativos de la maratón lírica del poeta Guillén Acosta durante estos últimos treinta años. Según el compás inconfundible del autor se derraman parsimoniosamente los versos, limpios y soleados, con una cadencia uniforme que contagia la alegría de vivir, la excepcionalidad de lo cotidiano, la celebración de la costumbre, la alabanza de lo pequeño. Carmelo Guillén Acosta hace crecer en torno al lector esa vida monótona del día a día y la eleva, transcendiéndola. Como en Santa Teresa, los pucheros cobran naturaleza de divinidad y se transforman en obras de arte. El milagro lo consigue el amor. Al hombre, a la vida, al aire (Mi vida se reduce nada más que a querer, / así levanto el día y así se me hace corto…).

Amistad, amor,… cara y cruz de la misma moneda. A veces indisolubles. Alguien más que yo soy no es un libro amoroso explícito, pero esa confusión de lindes hace que nos topemos con exponentes tan claros y bellos como el siguiente “Poema (sentimental) de amor”, composición que no podemos dejar de transcribir para disfrute del lector de esta reseña:

Contigo al fin del mundo y acabamos en cáceres
no llegamos más lejos porque el mundo termina
donde el corazón quiere nunca en otro lugar
por eso me decía contigo al fin del mundo
y yo preso en sus ojos creía que era aquello
si no el fin del mundo al menos su antesala
en cáceres me dijo y miré su mirada
en ella me perdí como en una ciudad.

Como no podía ser de otro modo, la cotidianidad del día a día se traduce en un lenguaje sencillo, directo, coloquial, casi prosaico. Fondo y forma en equilibrio. Jorge Guillén y Gil de Biedma proyectados al fondo de un paseíllo por el que desfilan los amigos: […] si no por qué me viene Fidel con editarme, / o quedo con Felipe a tiempo, siempre a tiempo, / o, hala, por qué César me llama por teléfono / y, mira tú por dónde, a sentirme a mis anchas, / o, digo yo, por qué, si no es porque me quieren […]. Sin embargo, esta coloquialidad no repercute en la profundidad de su obra. San Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez se entrecruzan con la sabia voz anónima de la copla, del cantar, del flamenco.

De este modo, la antología avanza y surgen cabales reflexiones construidas sobre un monólogo interior lírico que sorprenden y se arraigan en el poema para que sean aprovechadas por el lector: A lo mejor es esto la amistad: verse a la vera / de alguien que contempla el mismo río azul / que tú y, sin pensarlo, / le dices algo así / como: -¡Qué!, ¿tú también? ¡Cómo me alegro!; o bien este otro ejemplo del arranque del poema “Solitarios”: Y siempre está de más quien no tiene esperanza / ni pone de su parte y se amarga en la vida…

Para finalizar, Guillén Acosta reserva lo más íntimo, quizás también lo menos optimista. Uno vuelve a los sitios donde se deja ver / la luz difuminada que entretejió la vida… Los padres, la ciudad, la autorreflexión. De especial intensidad resultan esas últimas páginas, las dedicadas a la selección de su último libro -La vida es lo secreto- y a los inéditos. Así, si la madre se retrata en un emotivo poema como consoladora, de la que fui engendrado, poco después es el recuerdo del padre el que asalta al poeta desde el cariño (y sigue vivo; y sigue enamorado / de mi madre…), para proseguir con la extrañeza de la ciudad natal (Ni siquiera los años que llevo aquí viviendo / dan razón de que haga de esta ciudad mi mundo…) y concluir en la confesión-balance “A los cincuenta y pocos”, donde “[…]hay palabras que / adquieren nueva vida: desastre, desandar, / desengaño, desgana, quizás deshabitado…". Quizás es la excepción que confirma la regla. Quizás es la constatación de que detrás de toda risa hay también un llanto que no respeta ni al poeta, aunque el poema se quede atrás (Por fuera, cerraré la puerta y pensaré / que el poema acababa justo al echar la llave).

Sully Prudhomme dejó escrito que no había en el día mejor momento que aquel en que dos amigos se reunían para hablar de cosas tristes. Cada vez que me topo con alguna composición de Carmelo Guillén Acosta recuerdo la sentencia y me reafirmo en su falacia. La poesía de Carmelo es una demostración de que el Premio Nobel francés se equivocaba. A pesar de que la tristeza, el desaliento o la incomodidad sobrevuelen el espacio, el amor –en cualquiera de sus manifestaciones- ganará la partida. ([…]Desde que te quiero, no sólo porque existes y / bebes de mi vaso el agua de tu sed, ten- / go mejor color y el tono de mi voz resulta / más suave […]). Es una manera distinta de mirar la vida. Es un modo diferente de enfocar la poesía, ese submundo tétrico habitado históricamente por tuberculosos desnutridos que cantaban a una luna imposible y desgraciada.

…para soportar la frustración, para volar, para sobrevivir, para destacar, para enloquecer, para cambiar el mundo, para caer en la bohemia, para viajar, para seducir, para enseñar al que no sabe, para superar la depresión, para protestar, para asesinar, para alcanzar la santidad, para comprar la fama, para olvidar, para inmolarse, para vivir y morir al mismo tiempo… Más de mil razones, recuerden. Carmelo Guillén Acosta sólo necesita una: para abrazar y querer día a día a sus amigos. Con esa le basta.

El acierto de la ingenuidad

Muhayababes (Chicas con velo)

Allegra Stratton

451 Editores, 2009

ISBN: 978-84-96822-60-3

278 páginas


17,50 euros


Traducción: Julia Osuna Aguilar

Ilya U. Topper

Mal empezamos. El título no se entiende: Muhayababes es un juego de palabras que funciona (a medias) en inglés, sabiendo que ‘muhayaba’ significa ‘chica cubierta con un hiyab (pañuelo/uniforme islamista). Pero dado que el lector español no identificará la palabra ‘babe’ (chica atractiva, pibón), el dardo no da en la palabra sino en el vacío. Si la editorial se hubiera atrevido a poner ‘Muhayabarbies’ ―asociación que sugiere la propia autora―, tal vez hubiera funcionado algo mejor.

Conforme uno avanza en la lectura, no se va reconciliando. El subtítulo ―Chicas con velo― promete una investigación sobre un fenómeno altamente actual y altamente preocupante: el de los movimientos islamistas modernos que arrasan entre los y sobre todo entre las jóvenes y están en vías de transformar por completo las culturas tradicionales del así llamado mundo musulmán. Es la investigación que se ha propuesto Allegra Stratton, periodista británica con formación de antropóloga. Pero no es la que nos ofrece.

Exceptuando un cameo a distancia de cien metros, la primera chica moderna tipo barbie con velo ―el primer ejemplar de esta extraña especie de muhayababes― aparece en la página 150. Hasta ese momento, Stratton se dedica a irse de copas con la farándula libanesa, colarse en ensayos de raperos, dilucidar los motivos de sus interlocutoras por llevar el pelo a lo afro y pulular por residencias de artistas ateos en Beirut y Ammán (sí, lo confieso, por supuesto yo habría hecho lo mismo, es infinitamente más divertido que ponerse a buscar chicas veladas, qué duda cabe).

La lectura podría ser aún divertida y, sobre todo, un refrescante contrapunto a tanta noticia de guerra de Oriente Próximo si no fuera porque el esfuerzo intelectual se nos va en intentar adivinar las referencias de la cultura juvenil británica en lugar de reflexionar sobre la libanesa o egipcia (“Tenía más rollo que Jennifer Beals en Flashdance pero menos que los extras de un video del MC precursor Grandmaster Flash”). La traductora transmite con mucho acierto el lenguaje juvenil-callejero-coleguita de la autora, a la que estamos tentados de adjudicar una carita de posadolescente semipija disfrazada de jipi. Dedica muchas líneas a describir la indumentaria de sus interlocutores, pero muy poco a contrastar datos y ofrecernos un contexto sólido. Durante su breve paso por los Emiratos nos enteramos de la disposición de los camastros en el estudio-albergue del productor de música, pero ni siquiera se nos revela si en Dubái las chicas llevan hiyab por la calle o van a pelo descubierto. Cuando de eso precisamente se trataba.

Pero... Pero pese a todo, Allegra Stratton se salva: su ingenuidad, incluso su ignorancia ―exhibida descaradamente― evita al menos la mayor plaga de la literatura sobre Oriente Próximo: la reproducción de los estereotipos cuidadosamente filtrados por los islamistas árabes y sus tan inconscientes secuaces agnósticos occidentales. Stratton ha ido a ver lo que hay. Y las copas y los canutos con la farándula al menos la han inmunizado contra la gran epidemia europea: la que hace creernos que el islam es lo que nos quieren vender sus más oscurantistas telepredicadores.

En este sentido, el libro de Stratton enseña infinitamente más que cien recortes de la prensa seria firmados por expertos europeos que se han estudiado el Corán hasta sus últimas notas a pie y ahora creen que saben algo del mundo musulmán (aplicando sus métodos de análisis, en España, país católico, no se podrían vender condones).

Es más: durante los capítulos dedicados a Egipto, acercándose a la figura del telepredicador joven y buenrollista Amr Khaled, Stratton revela con bastante acierto la estrategia de los teólogos fundamentalistas disfrazados de supermoderados y convertidos en ídolos de las masas (y en un excelente negocio de telecomunicaciones). Léanse, si pueden echarle mano al libro, las páginas 150-200. Son las que realmente importan (sólo dos precisiones: Egipto no es un país laico sino oficialmente islámico según su Constitución y se dice ‘los Ijuan’, no ‘la Ijuan’: significa Hermanos).

Si no tienen tiempo, leánse al menos el último párrafo de la página 199, que condensa la tesis de Allegra Stratton: Los telepredicadores amables y de cara guapa que se dedican a islamizar los países árabes, vendiendo una mezcla entre autoayuda, espíritu boy-scout y pegatinas leonardodicaprio, les están haciendo el trabajo sucio (el lavado de cerebro) a los movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes, que así pueden renunciar a reivindicaciones como la de implantar la charia (ley coránica) o la división de sexos en público. Ahora les basta con pedir más democracia, simplemente más democracia, y esperar a que caiga como fruta madura una sociedad que hace dos generaciones de islámica tenía el nombre pero que ahora se va, implacablemente, uniformando por obra y gracia de la televisión de satélite con capital saudí.

Allegra Stratton ha gastado un diccionario de la cultura pop juvenil londinense para explicarlo, pero tiene razón.

Del amor y sus matices

Del amor, del olvido

Darío Jaramillo Agudelo

Pre-textos. 2009.
ISBN: 978-84-8191-972-1

96 páginas.
10 euros.


Juan Carlos Sierra

Si se hiciera una encuesta al común de los mortales, de los que, por cierto, dicen las encuestas que apenas un diez por ciento lee poesía, una amplísima mayoría concluiría que los versos suelen poner sobre el papel las disquisiciones del amor, sus penas y glorias, pero especialmente las primeras, y en primera persona. Es decir, en el imaginario colectivo aún funciona, aunque casi nadie pueda corroborarlo por experiencia propia, el sustrato ideológico romántico acerca de la identificación de la poesía con la expresión de los sentimientos del poeta–especialmente amorosos- en una especie de arrebato místico atribuido a la visita de las musas.
Y hay quien incluso, recordando probablemente sus días de estudiante, esgrime a Gustavo Adolfo Bécquer –toda una autoridad y todo un clásico- como garante de esta idea. Evidentemente, la realidad del género ahora y siempre dista mucho de esta percepción, casi prejuicio –y olvidan asimismo que Bécquer dijo cosas como que “cuando siento no escribo”-. Sin embargo, esto no quiere decir que no sea y haya sido el amor una de las preocupaciones líricas más productivas, fecundas y socorridas para los poetas –buenos, malos y regulares-.
Como muestra de esto último fijaremos nuestra atención sobre el libro Del amor, del olvido del colombiano Darío Jaramillo Agudelo –un buen poeta-. Pero, lejos del frenesí amoroso romántico y sus excesos, esta antología de la poesía amorosa de Jaramillo trata al amor desde perspectivas muy actuales y, lo más interesante, desde una óptica variada, caleidoscópica, que intenta alejar a este tópico literario de los peligrosos tópicos que lo han encorsetado desde la tradición romántica.
En este sentido, la primera parte del libro, titulada sencillamente ‘Poemas de amor’, no es precisamente la más novedosa, salvo por algún que otro poema como ‘Primero está la soledad…’, que más allá de considerarse un poema amoroso al uso trata de explicar al lector un hecho básico de la condición humana, que viene claramente contenido en el título. Es a partir de la segunda sección de la antología de Darío Jaramillo Agudelo -‘Amores imposibles’-, cuando los poemas saltan del papel para agarrar el corazón del lector alumbrando zonas de sombra de las que pocas veces se nos ha hablado con tanta claridad y acierto.
En estos ‘Amores imposibles’ el poeta colombiano acierta a proponer y desarrollar una teoría sobre ellos que paradójicamente los convierte en los más auténticos, en los más puros, en los más ‘románticos’. Y, como en el poema antes citado, la lectura desemboca en parajes más o menos alejados del amor y muy cercanos a otras inquietudes más existenciales. Así cierra Jaramillo esta sección: “Los amores imposibles/ -es tan evidente que siempre lo olvido-/ son partes de ese mundo imposible/ que es mi mundo verdadero”.
El desamor también tiene su hueco en los versos de Darío Jaramillo Agudelo en forma de olvido. Pero no se trata de un olvido punzante, sino más bien higiénico, radical, liberador. Un auténtico destierro de la memoria del amor, “como si nunca fuese”. Esa memoria se reserva en el siguiente apartado del libro -‘Apariciones’- para los momentos dichosos de un amor que ya no es ni está, pero también para el recuerdo de las amistades antiguas. Este es el antídoto, parece afirmar Jaramillo, para hacer más respirable el presente.
Finalmente, las dos últimas partes de Del amor, del olvido cierran este círculo sinuoso en el tiempo con el presente y el futuro. En ‘Encuentros’, salvo los dos primeros poemas que tratan de la ausencia y su nostalgia, el resto gravita alrededor de la pasión, de lo carnal, de lo más real y físico del amor conjugado en presente continuo. Y los dos poemas o versiones de la sección que cierra esta antología ‘Some present moments of the future’ abordan uno de los matices más originales por poco frecuentes cuando los poetas se ponen a escribir sobre el amor: la espera hasta el encuentro, el presente ansioso e interminable del futuro perfecto, es decir, del encuentro con la persona amada.
En definitiva, un recorrido de ida y vuelta por los rincones del amor que dejará satisfechos a amantes, a lectores y a lectores amantes de poesía.

Nuestro amigo, el asesino

El caballo amarillo
Diario de un terrorista ruso

Boris Savinkov

Impedimenta, 2009

ISBN: 9788493711085

184 págs.

18.20 €

Traducción de James y María Womack.



Jabo H Pizarroso

Como somos unas hormigas metidas en el puchero del bienestar occidental, a las que incluso agarran al puchero con la frivolidad y la estafa de la crisis, sometidas a las migajas algunas y gobernando otras la fuente de las problemáticas H1N1 y subprime que esparcen el miedo suficiente para no ver más allá del puchero, puede que no seamos capaces de ver determinadas cosas, en el caso hipotético de que esas cosas existan.

Me refiero a la similutud, en muchos aspectos entre varios acontecimientos de comienzos del Siglo XX, y lo que viene ocurriendo en estos albores del Siglo XXI, desde los aviones bomba del 11-S hasta la actualidad. Algún pensador afirma que si el XX empezó con la bomba al archiduque austrohúngaro y siguió con la Revolución Mexicana y la Rusa, este XXI ha salido del cascarón con las torres destruidas y filmadas y las dos revoluciones más temidas, el socialismo probolivariano y cheguevarista del XXI, de raiz teológico-liberadora cristiana y el fundamentalismo revolucionario de Al Qaeda, de raiz fundamentalista islámica. Cada siglo suponemos a veces que es un mundo aparte, aislado, pero en este caso, estos dos siglos se empiezan a parecer demasiado. Por eso mismo es curioso que se rescaten textos como El Caballo amarillo, Diario de un terrorista ruso, de Boris Savinkov, el burgués con una bomba en el bolsillo, en palabras de Lenin, nuestro amigo el terrorista en palabras de los moradores de Montparnase, fauvistas, surrealistas y demás fauna.

Conocido por el nombre de Boris Savinkov, este autor preparó el atentado en julio de 1904, contra el Ministro del Interior Plehve, se involucró con Kerenski en la revolución socialista rusa y luego capitaneó junto a otros prebostes las espadañas del ejército blanco en la guerra fraticida que acabaron por ganar los bolcheviques en plenos años veinte. Hombre de acción, no tan barojiano como Zalacaín, porque es mucho más nihilista que éste, aunque sí tan barojiano como Andrés Hurtado, que sueña con colocarse tras una ametralladora para acabar con todos los que salen de ver un ccorrida de toros en las Ventas, en el libro El árbol de la Ciencia. Aunque Andŕes Hurtado se salva un poco de ese nihilismo por esa filosofía de búsqueda de la ataraxia cocida en medio de la república de Vera de Bidasoa e Itzea-torreón, aristocrática y de un egoismo racional inmenso.

Savinkov junto a Asev se convirtió en el estereotipo perfecto para que Albert Camus le metiera cabeza y tiempo a varias de las glorias del pensamiento del Siglo XX, El Hombre rebelde, la parte que aborda el nihilismo místico de los rusos, la obra de teatro Los Justos, y sobre todo El extranjero. En El caballo amarillo George OBrien, el protagonista, el hombre que escribe el diario de un terrorista ruso, es un trasunto del propio Savinkov. A lo largo del libro tendrá otros dos nombres más, en virtud de las circunstancias y en función de sus necesidades clandestinas conforme la policía zarista vaya cercando sus pasos, hasta acabar anónimamente confundido, sin nombre, como una sombra que se hace fuerte y que traerá de cabeza a todo el siglo XX. Si Dios ha muerto, yo soy Dios. Hay una diferencia notable, dice Camus, entre los crímenes de lógica y los crímenes de pasión. El código penal los distingue por su premeditación y el siglo XX se convirtió en el receptáculo de los crímenes de lógica, apunta Albert. El germen de todo esto está en Boris Savinkov, en libros como éste que de alguna forma son el sustrato perfecto para entender los razonamientos políticos y las circunstancias que han llevado a muchos hombres a justificar el asesinato de otros en virtud de un ideal supremo y en base a un desprecio de sí mismos y de todos, un nihilismo despectivo y hoy deportivo.

Boris Savinkov, como bien apuntan los traductores en el pŕólogo de este libro, hace todo menos habiografiarse a sí mismo. Relata su autobiografía a manos de un narrador con nombre diferente, y lo hace sin dejar hueco a la autocomplacencia. Cuenta de manera objetiva sus ruinas al igual que sus deseos y de esa manera este libro se convierte en una placa de rayos x que permite diagnosticar el problema moral del asesinato justificativo en una época, no sé si aplicable a este momento. Entre Yelena y Erna, la fabricante de explosivos, modula su amor, su enganche con el mundo, algo que le pone un pie fuera de ese nihilismo egocentrista,. Con sus compañeros de "comando", Fiodor, Vania o Heinrich, realiza una puntillosa y escueta relación del proceso de confección de un atentado a lo largo de un diario frío, desprovisto de sentimentalidad y bello como un hueso limpio. Los recursos casi cinematográficos en los que apoya sus descripciones, y sus notas de ambiente recuerdan en mucho a las que poco después poblarían los cuentos de grandes narradores como Isaac Babel o del propio Hemingway.

El caballo amarillo, diario de un terrorista ruso, rescata por tanto el magma de pensamiento de algo que todavía hoy explica muchos nudos políticos en el mundoy otros tantos delirios. Es curioso verificar que todo el sustrato místico de los protagonistas de este libro esté anclado en el apocalipsis de San Juan y el mesianismo cristiano nuevotestamentario y en su proceso crucificador en aras de un hombre renacido y resucitado. La praxis teológica cristiana dio santos y dio muchos mártires, pero lo que nunca quedó claro es que diera tanto verdugo iluminado como demuestra este libro. Rusia siempre ha sido el campo de experimentación de este tipo de enredos político-sentimentales. Raskolnikov abrió el camino, despejó el miedo con el hachazo a la vieja, con la imprevisión de sus trescientas páginas posteriores, en las que está la ecuación que todavía no se ha acabado por resolver del todo. Un libro para los verdugos del mundo y para los que quieran acabar con los verdugos del mundo y para los que quieran entenderlos. En esa confusión estamos. La literatura sigue abriendo puertas al conocimiento de nuestra realidad. De eso se trata.