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20 marzo 2013

La escuela de la calle




Diario de un músico callejero

José Miguel Vilar-Bou

Espuela de Plata, 2013

ISBN: 978-84-15177-75-3

228 páginas

16 €



Alejandro Luque

La experiencia de este reseñista como músico ambulante se limita a dos lejanos días de agosto en una calle de Cracovia. Deambulaba al azar por dicha ciudad, cuando me detuve a oír a unos chavales polacos que maltrataban una partitura de Vicente Amigo. Al reconocerme como español me preguntaron si tocaba algún instrumento. Como no tenía nada mejor que hacer, accedí a ocupar el cajón flamenco. A pesar de ser un 'amateur', leí en sus rostros la felicidad que les hubiera dado fichar a Tino DiGeraldo o a Rubem Dantas. Dos días después, al despedirnos, quisieron darme mi parte de la ganancia: no sólo la rehusé, sino que invité a todos a una ronda de cervezas. Era yo quien estaba agradecido por aprender cosas que, desde entonces, me impiden ver la figura del artista callejero bajo la misma óptica que antes. Había conocido el valor de la moneda que cae, el de la sonrisa fugaz, el de la escurridiza atención del público, y también, cómo no, la bofetada de la indiferencia.

Aquel recuerdo me ha llevado a las páginas de este Diario de un músico callejero, donde un periodista narra su peripecia como 'artista di strada' en Milán y otras ciudades italianas. Vilar-Bou, empleado de Amnistía Internacional en la carísima capital de la moda, tiene problemas para llegar a fin de mes y piensa que tal vez tocar su guitarra en la calle le reporte algunos ingresos extra. Pero, desde sus primeras tentativas, parece evidente que lo que el joven persigue es una ganancia de otra índole, una búsqueda de sensaciones genuinas e intensas. Tocar en la calle, en efecto, tiene menos que ver con la mendicidad de lo que se piensa. Casi nos atreveríamos a decir que tampoco tiene tanto que ver con la música. Es otra cosa. Parece más bien un juego de encuentros y desencuentros, donde el objetivo es que la parte estática –el artista– y la parte dinámica –el transeúnte– alcancen un momento, que puede ser casi un relámpago, de comunión, simbólicamente materializado en una propina.

Vilar-Bou va explicando esas sensaciones, sazonando su relato con anécdotas simpáticas y dando de paso consejos a todos aquellos que quieran iniciarse en esta práctica, lo que convierte el diario en una suerte de guía práctica: ¿Es mejor usar como cepillo la funda de la guitarra, o pasar el sombrero? ¿Debemos poner billetes como cebo? ¿Qué lugares son los más propicios para instalarse? ¿Qué tipo de repertorio es el más efectivo? ¿Cómo reaccionar ante situaciones adversas, ya sea la visita de la policía o de espectadores indeseables? Y aunque el autor no lo señale expresamente, de la lectura de estas páginas se desprende otra conclusión clara: tocar en la calle no sirve para hacer turismo. No en el sentido general del término. En cualquier caso, se aprende mucho más de la condición humana que de las ciudades que se visitan.

Tampoco puede decirse que Diario de un músico callejero sea una obra redonda: a pesar del tono ligero dominante, se echa de menos un poco más de voluntad de estilo, y también de ambición periodística. El apéndice de esta edición, compuesto por entrevistas a cuatro músicos callejeros –dos estadounidenses y dos chilenos– se antoja el anticipo de una futura obra mayor. No obstante, al existir tan poca literatura sobre el tema en nuestro idioma las notas de Vilar-Bou tienen un valor añadido, y su mirada refleja bastante bien los avatares del oficio. Además, si la economía española sigue cayendo a este ritmo, va a haber muchos jóvenes, y no tan jóvenes, dispuestos a echarse la guitarra al hombro y lanzarse a los caminos: no estarán de más unos consejos para empezar.   

24 octubre 2012

El joven Proust se matricula en el gimnasio del barrio


Los salones y la vida de París

Marcel Proust

La Espuela de Plata, 2011

ISBN: 978-84-15177-25-8

172 páginas

12 €

Traducción de Eduardo Caballero Calderón revisada por Vicente Corbi



Manolo Haro 

A finales del XIX, aunque pueda parecer una 'boutade' crítica, Proust no era aún Proust. Sería más apropiado decir que no era todavía el escritor cuya memoria-río, precipitándose por taludes y vaguadas, con una prosa a veces remansada, a veces impetuosa como un rabión, iba a convertirse en un hito para todos aquellos que miraran hacia atrás y ficcionaran o no sus vidas. Claro que para llegar a ser el Marcel de mirada somnolienta e índice en la barbilla hubo de pasar por los estadios larvarios que se muestran claramente en este librito que ilumina este día de cadencia otoñal, este que hoy ofrece nuestro blog. Los salones y vida de París, con el que ediciones Espuela de Plata coloca el número 13 de su colección en la llamativa estantería de su editor, Abelardo Linares, es el resultado del afán del escritor y periodista colombiano Eduardo Caballero Calderón, que allá por 1945 publicó en Bogotá una muestra de las crónicas de salones que el joven escritor francés daba a la imprenta de Le Figaro, junto a otros textos más que pudiéramos considerar pre-proustianos en el sentido más estricto del término. Tanto en la calidad y la profundidad de los dos bloques como en su ejecución hay, ya lo veremos, una notabilísima diferencia.

Proust acostumbraba a dejarse caer por las residencias aristocráticas del París de Fin de siècle. Alternaba allí con seres atravesados por los blasones y las sangres de apellidos principescos. A diferencia de Henry James, que ya en sus cuadernos de notas mostraba que lo que recogía eran semillas brillantes para construir sus árboles narrativos posteriormente, el joven Marcel hacía las veces de anónimo cronista para obsequiar a los lectores del conservador Le Figaro con lo que más tarde la masa democrática –tan aficionada a mirar por las ranuras mínimas de los grandes palacios para observar la pompa y la vida muelle– encontraría en el papier couché. Aquí no encontraremos sino a un autor que con esta actividad simplemente está preparando la paleta de colores para lo que vendrá más tarde en el mundo de À la recherche. A pesar de que la vida es observada sin filtros, sin visillos ni batistas, la viveza de los colores es apastelada, cuando no nula. Sí que se pueden espigar unas cuantas anécdotas sabrosas (no siempre) de todo ello –ni que decir tiene que, el lector actual aprovecharía más estas escenas de interiores con un aparato de notas que revitalizara la historia íntima de estos personajes–. Estos salones que han visto los bustos vivientes de Alfred de Musset, Balzac, Maupassant, Flaubert, Merimée, los Goncourt o Sainte-Beuve, entre otros, guardan entre sus paredes estúpidas anécdotas que no las contaría ni el peor de los humoristas de la época. Un asistente al salón de la princesa Mathilde  le contó a esta misma que Flaubert le había leído un día su Bouvard et Pécuchet; al llamarle la atención al sujeto sobre lo improbable del caso, acabó admitiendo que sólo le había leído a Bouvard. Mucho ha tenido que cambiar el mundo para que los de entonces se mondaran con estas chorradas de gabinete. Sí se le aplauden ciertas intuiciones, precisos fogonazos, que el lector proustiano celebrará sobremanera (los corchetes son míos intentando subsanar una muy mejorable traducción): “[Es] a menudo frecuente que los novelistas pintan/[pinten] por anticipado, con una especie de profética exactitud, hasta en los detalles más mínimos, una sociedad y unos personajes que no deberán existir sino mucho tiempo después”. No hará otra cosa el cronista cuando tamice todo lo que ve ahora y lo convierta –desde el ámbito de la ficción– en lo que luego será su opus magnum. Pero a cada uno lo suyo. Proust es un hombre complaciente que le sacará jugo a todo esto cuando mute realidad color pastel por literatura, cuando se siente en los tocones nervudos de su memoria. Desde luego, jamás hubiera soltado una perla en cualquiera de estos palacete como las que soltaba Baudelaire: “Hay que trabajar; si no por gusto, al menos por desesperación; ya que, considerándolo bien, trabajar es menos engorroso que divertirse”. Claro, a cada uno lo suyo de nuevo: 'champagne', vanidad y excelsas colgaduras para unos; absenta, el abismo del fracaso y la luna de los charcos para otros.

¿Cuándo, pues, vibra el lector con este librito? En los cinco artículos del segundo bloque, donde Proust hace abdominales para subir el promontorio del camino de Swann que vendrá pronto. Mucho se ha jugado con la magdalena y la camita del niño Marcel, pero pocos como él utilizan los objetos, las luces del día o los nombres para evocar tan magistralmente. En “Rayo de sol sobre el balcón” salta de su casa al recuerdo de su primer amor infantil entrevisto de lejos correteando por los Campos Elíseos: “Un día vendrá en que la vida no ha de traernos más felicidades. Pero entonces la luz que se ha asimilado a ellas nos las devolverá, esa luz que a la larga hemos convertido en humana y que no es ya para nosotros sino una reminiscencia del bienestar; nos lo hace gustar en el instante presente en el que brilla y en el instante pasado que nos recuerda, o más bien entre los dos, fuera del tiempo, siendo en verdad la felicidad de nuestros días”. En “Vacaciones de Pascua” afirma que “los novelistas son gente estúpida, que cuenta por días y por años. Acaso los días son iguales para un reloj que para un hombre”. Casi una declaración de intenciones, ¿no es cierto? En este hermoso escrito evocará cómo la mera promesa de un viaje a Florencia, que finalmente no se efectuará por motivos de salud, y lo lleva a confeccionar unas de las páginas vibrantes. “A mis fieles manos no les faltaron flores para honrar el aniversario del viaje que no había podido realizar. Después el tiempo volvió a ser frío en torno a los castaños y a los plátanos del bulevar, y en el aire glacial que los bañaba, he aquí que, como en una copa de agua pura, se abrían los narcisos, los junquillos, los jacintos y las anémonas del Ponte Vecchio”.

Cierra el volumen una defensa radical de las catedrales y sus cultos en respuesta al polémico proyecto Briand, cuyo autor fue el teórico de la confiscación de los lugares santos a la Iglesia por parte del Estado francés. Esta apropiación vino como respuesta a la ruptura del gobierno de la República con Roma, la cual sufriría a partir de la entrada en funcionamiento de tal plan el cese de partidas encomendadas a pagar ceremonias y mantener edificios, incluso pudiéndose usar estos, según Proust, para transformarlos en museos, salas de conferencia o casinos. Admirable resultará leer unas páginas de honda devoción por los rastros de una cultura milenaria –pero, atención, Proust no es un "capillita"– basadas en el trabajo profuso y esclarecedor del mayor especialista del gótico francés en la época, Émile Mâle.

El autor hizo abdominales con estos escritos de juventud. No pasaría nada si el vendaval Proust se hubiera manifestado al orbe literario por primera vez con En busca del tiempo perdido, lo cual hubiera sido un milagro de la creación artística. Sin este Proust no existiría el otro. Leerlo es un placer y una promesa. No hay nada como sonreírse de felicidad ante las inocentes balas de fogueo que luego el lector sabe que algún día explosionarán con la fuerza de un rayo matinal en verano.

23 febrero 2012

Uso y abuso de una guerra estúpida

La defensa de Madrid

Manuel Chaves Nogales

Espuela de Plata, 2011. Colección “España en armas”

ISBN: 978-84-15177-31-9

213 páginas

20 €

Prólogo de Antonio Muñoz Molina


Crónicas de la guerra civil

Manuel Chaves Nogales

Espuela de Plata, 2011. Colección “España en armas”

ISBN: 978-84-15177-30-2

237 páginas

20 €

Prólogo de Santos Juliá


Coradino Vega

Ninguna institución debería impedir la búsqueda y difusión de la verdad de los hechos. Para los regímenes totalitarios, la reconstrucción del pasado era percibida como un acto peligroso cuando no subversivo. Pero hoy la memoria, en lugar de por la supresión de la información, puede que esté amenazada por su sobreabundancia. A veces resulta difícil hablar de lo que se habla mucho. Otras, hay que repetir lo que se supone debería estar claro y no lo está o no lo quiere estar o parece no estarlo: que el levantamiento del 18 de julio de 1936 fue un golpe de Estado contra una República democrática cuya responsabilidad “última” recae, por pura lógica, en el grupo de militares que lo llevaron a cabo; que, una vez fracasado el pronunciamiento en las principales ciudades de España, se inició una guerra que Franco nunca hubiera ganado sin la interesada ayuda de Hitler y Mussolini; que, al desatarse la confusión y ante la pasiva no-intervención de Francia e Inglaterra, la República se vio despojada de su ejército y de su capacidad para mantener el orden público y, de un lado, se vio obligada a armar a los sindicatos y partidos proletarios y, de otro, a aceptar la no menos interesada contribución de la Unión Soviética; que muchos de los grupos del lado republicano, por más que hablaran de “libertad” y de “antifascismo”, no lucharon por la pervivencia de la democracia, sino por la Revolución que cada uno estimaba oportuna; que, en la retaguardia de ambos bandos, lo mismo se asesinó por llevar el carné de la UGT, que por rencillas personales, que por llevar un escapulario; que mientras lo que quedaba de República se esforzó en controlar y reprimir esos crímenes, los militares sublevados —autodenominados “nacionales”— orquestaron un plan de represión y exterminio que persistió después de finalizada la guerra; que, en definitiva, mientras la República llevó políticamente razón, tanto en la práctica como moralmente ambos bandos fueron un desastre. Si en muchas ocasiones resulta imposible ponerse de acuerdo en una comunidad de vecinos, imagínense hacerlo con este tema en un país aquejado de vehemencia bipolar como éste. Pero gracias a la labor de historiadores como algunos de los más grandes hispanistas británicos, o a la más reciente de españoles como Ángel Viñas, hoy podemos saber que los hechos fueron esos. Lo difícil es reconocerlo sin prejuicios o fardos ideológicos o, todavía peor, verlo no en retrospectiva, sino en el mismo momento, que fue lo que hizo Manuel Chaves Nogales.

Autor del conocido volumen de relatos sobre la guerra civil A sangre y fuego, de libros de no-ficción como Juan Belmonte, matador de toros, y de una valiosísima obra periodística, Chaves Nogales escribía con una concisa naturalidad muy poco española, tan alejada de la retórica como fedataria de lo vivo: como si el acto de observación de la realidad, su aguda interpretación y su trasvase al papel fueran en él una descarga de electricidad, algo simultáneo. Leyendo La defensa de Madrid, no deja de sorprender la parcial coincidencia estilística, temática, de carácter y hasta de destino, con ese otro clarividente testigo del inicio de la guerra en la capital que fue Arturo Barea. Escrito en 1938 y publicado por entregas, casi a modo de folletín, primero en México y después en Inglaterra —la primorosa reconstrucción llevada a cabo por Mª Isabel Cintas tiene tanto mérito filológico como detectivesco—, La defensa de Madrid es la narración de lo que pasó en esa ciudad desde que el gobierno huyó a Valencia, en noviembre del 36, hasta que la ofensiva franquista fue contenida y el frente estabilizado en la línea que perduró hasta el final de la guerra. La postura de Chaves Nogales es inequívoca: él está firmemente del lado de la República; no en vano aceptó ser director del diario Ahora tras ser incautado por su consejo obrero. Pero eso no le restó ni un ápice de independencia. A los pocos meses dejó el periódico y marchó al exilio. Porque Chaves Nogales no se casó con nadie, y si desde el principio tuvo claro que la inclinación de Franco por la Falange lo convertía en la extrapolación del fascismo en España, tampoco dejó de denunciar los desmadres republicanos ni su deriva hacia el totalitarismo comunista. Excepcional cronista a la vez que analista político lucidísimo, Chaves Nogales lo mira todo, conserva la serenidad y la sensatez en medio del derrumbe, incluso se adelanta a Orwell, Vasili Grossman, Koestler o Camus cuando detecta qué se halla tras la promesa del paraíso proletario en la Tierra. En La defensa de Madrid toma partido no por los políticos irresponsables, cobardes e instigadores de la violencia (el retrato que hace de Largo Caballero no tiene desperdicio); ni por los intelectuales “comprometidos” desde su cómodo sillón; ni por los líderes que empiezan las guerras en las que siempre mueren otros; sino por los seres humanos de carne y hueso que han sido arrastrados por las abstracciones de las doctrinas, por esos a los que Charles Simic llamó “personajes de poca monta que no toman decisiones”, por aquellos inocentes que tienen que pagar un precio muy alto sólo por estar en el sitio equivocado: “obreros y empleados humildes sin ninguna presunción heroica”. Sólo una figura sobresale por encima de ellos, el general Miaja (un “hombre sencillo, oscuro, sin ambición, sin ninguna prosopopeya, sin la más mínima vanidad personal”), quien al mando de la Junta de Defensa tuvo que combatir casi con la misma firmeza al enemigo, como a los exaltados de su bando e incluso las imbéciles órdenes que le llegaban del “gobierno fugitivo”. Chaves Nogales titula el último capítulo de este serial “La guerra estúpida”, aquella en la que “la matanza de seres inocentes continuaba un día y otro”, y de la que acaba responsabilizando a los “dirigentes infames que brindaron la tierra de España a la barbarie y abrieron las puertas de su país a la doble invasión extranjera”.

Porque ésa parece ser la tristeza con la que Chaves Nogales emprende el exilio, “con miedo y con asco”, a finales de 1936: la sospecha de que la muerte de cientos de millares de personas y la destrucción y la miseria del país, no fue provocada por la confrontación entre libertad y tiranía, justicia y opresión, sino por el choque irremediable de dos totalitarismos igualmente criminales. Cambiando el tono desenfadado, zumbón y cinematográfico de La defensa de Madrid por una voz más grave, segura, como de editorialista en lugar de reportero pero idénticamente indignada, ésa es más o menos la tesis que defenderá también a lo largo de estas Crónicas de la guerra civil en las que Mª Isabel Cintas ha recopilado una treintena de artículos de opinión, publicados en diversos medios ingleses, argentinos, franceses y norteamericanos, entre agosto de 1936 y septiembre de 1939. Su teoría sufre sin embargo un paulatino desarrollo. En un principio, Chaves Nogales se niega a aceptar la simplista afirmación de que la guerra se trataba de una lucha entre fascismo y comunismo, pero tampoco una primitiva contienda interior propia de un país atrasado (como se había escrito en Londres), ni una revolución original que alumbrara nuevos caminos para la humanidad: lo que pasaba sencillamente era que media España luchaba contra la fuerza armada de la nación que había traicionado al poder legítimamente constituido. Pero pronto comprende que el rostro de la contienda se transformó rápidamente y que, en efecto, con el aumento del protagonismo de la Falange y del Partido Comunista, la guerra española pasó a ser un cara a cara de los dos totalitarismos europeos: el que propugnaba la Revolución y el que propugnaba el Imperio. Por eso la intención que subyace en este conjunto de artículos es la de llamar la atención de las potencias democráticas, la apuesta por una mediación, el deseo civilizado de acabar cuanto antes con la guerra, advirtiendo al mismo tiempo del riesgo de una conflagración europea. De ahí que incluso se precipite al anunciar su final en mayo del 37, cuando Franco encarcela a varios dirigentes de la Falange —verdadero punto de colisión con Italia y Alemania— y Negrín asume la presidencia del gobierno republicano en detrimento de los comunistas, y empiece a hablar de “doble invasión extranjera”. Cae entonces Chaves Nogales en un esencialismo resbaladizo, con ecos noventayochistas, mediante el que pretende demostrar que tanto el fascismo como el comunismo son fuerzas extrañas “al verdadero carácter español”. Su voz se convierte en un grito que implora a los países democráticos que tomen conciencia de la “crueldad bárbara y primitiva que Franco practica ante el mundo entero”. Y oída desde hoy, desde un presente que —como en el poema de Gil de Biedma— sabe que la historia acabó mal, uno no puede dejar de admirar el coraje, la pasión e incluso la contumacia con la que Chaves Nogales utilizó su calidad humana e intelectual contra la guerra por medio de un minucioso y preclaro análisis de sus complejidades y contradicciones, aun equivocándose en la mayoría de sus pronósticos.

¿Tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto setenta y cinco años después? Por supuesto que sí. Aunque parezca lo contrario, se trata de un tema de estudio que no está agotado. Pero quizás haya que hacer un ejercicio de discriminación ante tanta literatura guerracivilista. Junto a libros de historia rigurosos y exhaustivamente documentados, y testimonios que aportan tanta claridad como éstos, han surgido en los últimos años ciertos pseudo-historiadores con la facilidad de convertir sus amarillistas tratados neofranquistas en 'best-sellers' nacionales. Del mismo modo, tanto la narrativa de ficción como el cine español han explotado el tema hasta la saciedad, quedándose muchas veces a caballo entre el panfleto chato y la novela rosa. No es por tanto extraño que algunos escritores nacidos a partir de la década de los setenta consideren que el tema de la guerra civil no guarda ninguna relación con sus necesidades imaginativas. Es legítimo. Allá cada cual con lo que piense y con la forma de decirlo. Sería algo incluso saludable si determinadas manifestaciones no revelasen una mezcla de ignorancia, irresponsable desprecio e imprudente frivolidad a la hora de manejar términos cuya carga semántica está construida de Historia. Tampoco puede que haya ayudado precisamente el ronroneo político-mediático sobre la Memoria Histórica. Lo que el recuerdo pone en juego es demasiado importante para dejarlo a merced del entusiasmo o la cólera, y sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. Los familiares de las víctimas de la guerra civil y la dictadura tienen el derecho de encontrar y honrar a cada uno de sus muertos. Pero también habría que plantearse cuál es el objetivo real de esa mirada al pasado. Si se trata de interpretar, como dice Todorov, la historia en un sentido “literal” y contribuir a que el odio antiguo rija el presente, también existe el derecho al olvido. Si por el contrario el uso de la memoria se interpreta en un sentido “ejemplar”, es decir, conocer para que no se repita, no sólo resulta pertinente sino que se torna imprescindible. Además está el matiz de si esa mirada atrás no sirve de cortina de humo para desviar la atención y evitar plantar cara al secuestro de la individualidad y la soberanía colectiva que se está produciendo actualmente. Cada crisis ha sucedido ya antes, pero siempre tenemos la sensación de que no se va a repetir, de que aquí no va a pasar, de que a mí no podría ocurrirme nunca. Por mucho que se hable de él, hoy es como si el siglo XX, con sus logros y fracasos, no hubiera existido. El renacimiento de ideologías extremas y los baños de sangre que suelen acarrear no tienen por qué ser irremediables.