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13 julio 2010

Una mirada fresca y joven sobre Hispanoamérica

Cómo viajar sin ver

Andrés Neuman

Alfaguara, 2010

ISBN: 9788420406084

256 páginas

17'50 euros








Jesús Cotta

El autor de este libro de viajes se ha propuesto viajar sin ver, entendiendo por ver el mirar más allá de las apariencias y mostrar al lector la verdadera esencia de cada lugar. Así que durante un viaje de promoción literaria por encargo de Alfaguara por toda Hispanoamérica, desde Santiago de Chile a Miami, el autor va anotando como en un diario sus impresiones y anécdotas sin calentarse demasiado el tarro y sin calentárnoslo a nosotros. Y en eso reside su interés, en lo variado de lo que cuenta. Abundan las notas sobre las palabras usadas en cada lugar, sobre las hermosas catedrales de las diferentes capitales, sobre las opiniones políticas de la gente, sobre los autores literarios locales, sobre la recepción de los hoteles, los taxistas y algunas confesiones personales muy bien traídas.
Como el autor es argentino y español y recorre toda Hispanoamérica, la impresión es la de una enorme familiaridad hispana, de la que el libro sólo aporta unas cuantas teselas, pero que conforman un mosaico incompleto en la mente del lector; y está bien que así sea, pues no creo que hubiese libro capaz de abarcar en su riqueza y complejidad toda Hispanoamérica y por ello es preferible una obra posmoderna de notas inconexas sin la pretensión de explicarnos el todo.
En ese sentido, el título es un acierto. Es más bien el lector quien acaba viendo por su cuenta y riesgo, gracias a las ventanas que el autor va abriendo por aquí y por allá como quien no quiere la cosa.
En sus juicios de valor el autor tiende al matiz y al análisis breve y sutil, alejado del tópico, salvo en las frecuentes salpicaduras anticlericales que ensucian el libro, donde no se aportan razones, sino sólo prejuicio.
Otro gran mérito del libro, quizá sin que el autor se lo haya propuesto, es mostrar lo ficticias y conflictivas que son las fronteras políticas, sobre todo en países como esos, donde cultura, lengua, historia, costumbres y religión son comunes.
Libros como éste, frescos, breves, personales, con más resultados que pretensiones, hacen por la gran familia española de ambos continentes más que las Cumbres y los Tratados.

Viajar causa escritos

Cómo viajar sin ver

Andrés Neuman

Alfaguara, 2010

ISBN: 9788420406084

17,50 €





José María Moraga


Cuando un grupo o artista saca un disco de éxito lo normal es que hagan una gira para promocionarlo. Cuando la gira es un éxito, lo normal es que editen un disco en directo, reflejo de la gira, para capitalizar el momento / ganar tiempo / exprimir la gallina. En 2009 el escritor hispanoargentino Andrés Neuman ganó el XII premio Alfaguara de Novela con El viajero del siglo, obra muy celebrada por la crítica y los medios, si no es la misma cosa. A causa de El viajero del siglo, Neuman emprendió su propio viaje, una gira promocional del libro que le llevó por casi todas las capitales hispanoamericanas y que le sirvió de estímulo para alumbrar una nueva obra: Cómo viajar sin ver (2010).

La premisa de Cómo viajar sin ver se completa en su subtítulo: (Latinoamérica en tránsito). He aquí el objetivo confeso de Neuman, cronicar de modo fragmentario, asistemático, su gira americana y plasmar sus impresiones de -en teoría- “lo que no ve” antes que de lo que ve. De este modo quedan fuera del libro los ingredientes más obvios que cabría esperar de una obra así: las ruedas de prensa, las firmas de la novela, las reuniones con escritores, en suma, los actos públicos. ¿Qué es lo que queda? El revés de la trama, pues, los actos privados. Claro que seleccionados por el hábil escritor que es Neuman.

El autor hace que lo difícil parezca fácil, él, que es novelista, poeta, cuentista, ensayista, acomete Cómo viajar sin ver en un tono confesional de diario, quizás sería más apropiado decir de blog. Alcanza la complicidad con el lector casi sin proponérselo, fíjate lo que me pasó, te va contando el revés de la trama, las acotaciones, las tomas falsas. Y eso hace de este libro un artefacto endiabladamente entretenido.

El estilo es casi siempre rápido, urgente, a veces la sintaxis llega a ser telegráfica, pero en otras ocasiones Neuman se recrea en pasajes de inesperado lirismo. El apunte costumbrista se yuxtapone al aforismo, la reflexión filosófica a la impresión personal. De paralelo modo, la atención del narrador bascula entre los localismos (marcas de cerveza, usos y costumbres, giros dialectales del español) y la Globalización (muerte de Michael Jackson, comparación de hoteles y aerolíneas…)

Algunos temas se erigen en leitmotivs, dotando al libro de cierta continuidad entre episodios (más allá del viaje de ciudad en ciudad): preocupaciones comunes a varios países hispanoamericanos como la psicosis por la gripe A, el trasfondo del golpe de Honduras (y la lucha Zelaya-Micheletti), la represión a la disidente y bloguera cubana Yoani Sánchez… De entre todos destaca, por sus ramificaciones, la alargada sombra en el continente americano del chavismo, por el que Andrés Neuman no profesa simpatía alguna (igual que le pasa con el castrismo).

Más allá de la anécdota de quedarse sin calzoncillos limpios o compartir avión con Rosa “de España”, se aprecia en Neuman una tal vez involuntaria voluntad de imponer sentido a Latinoamérica, a la que se acerca como algo propio y extraño a la vez (por su condición de doble nacionalidad). Me explico. Ciudad que visita ciudad donde no deja de hacer referencia a la literatura local, citando liberalmente lo mismo a consagrados (Lima es Vargas Llosa, Ribeyro, Bryce Echenique) que a jóvenes y desconocidos valores de la poesía. Con esto el autor consigue trazar un panorama o al menos tomarle la temperatura a la literatura en español del otro lado del Atlántico. Igualmente, la conciencia social de Neuman emerge cada vez que cronica su incomodidad ante el hecho (del que es consciente todo el tiempo) de estar participando en una Latinoamérica privilegiada, irreal.

Tan irreal que a menudo se contraponen las zonas residenciales o acaudaladas de las ciudades a “la realidad”. Tal vez el signo de los tiempos sea cualquier cosa salvo la realidad real, hacer zapping mejor que ver un programa entero, mirar por la ventanilla de un avión y pensar en Google Earth (cuando debería ser al contrario), viajar sin ver, escribir un libro de viajes sobre una serie de eventos como excusa para acabar hablando, fragmentariamente, de cualquier otra cosa. ¿Es ésta “La precesión de los simulacros” sobre la que nos alertó Baudrillard hace más de 30 años? ¡Uuuuuf, amigos! ¡Estamos en verano! Dejemos estas cuestiones sesudas a los intelectuales, y leamos un librito fresco, ecléctico y divertido, por ejemplo este de Andrés Neuman.

02 julio 2009

El lento devenir de la palabra

El viajero del siglo

Andrés Neuman

Alfaguara, 2009

ISBN: 978-84-204-2235-0

544 pág.

22 €

Joaquín Blanes

El viajero del siglo es una novela para tomar con calma. Absténgase el lector impaciente y no por el monto total de sus páginas, que son más de quinientas, sino por su trama pausada, lánguida, casi siempre contenida; imperceptible para el lector instintivo, el que lee buscando el goce de la trama y no el de la forma exquisita y los diálogos eruditos. Esto no es John Grisham.
El viajero del siglo está protagonizado por Hans, traductor y viajero vocacional, que llega por casualidad a Wandernburgo, una ciudad extraña y fea, donde incomprensiblemente sufrirá una especie de síndrome de Estocolmo que le impedirá abandonar el lugar y la compañía de su gente variopinta. Los personajes están muy bien elaborados, son complejos, llenos de dudas e inseguridades, también de impulsos y actitudes que los convierten en naturales, en personajes creíbles, como la protagonista, la vivaz Sophie Gottlieb, inteligente y hermosa, primero esquiva, luego complaciente.
La novela refleja una época inestable, en la que los estados europeos son volubles, con gobiernos inconstantes y fácilmente mudables, con un fuerte sentimiento nacionalista que provoca la militarización de la sociedad civil. Una época en la que los movimientos obreros comienzan a despertar por culpa de la industrialización y la mujer inicia la lenta conquista de los espacios públicos y la búsqueda de libertad en la toma de decisiones y acuerdos conyugales que tradicionalmente se acordaban entre varones. Todo eso respira en las páginas de la novela y, sin embargo, sorprende que una época de tanta convulsión social y espiritual se vaya descifrando en extensos diálogos, en batallas dialécticas, diatribas y monólogos versátiles, y apenas sucedan cosas, casi no hay acciones relevantes en el libro. La historia se desenvuelve principalmente entre ingeniosas sesiones de filosofía burguesa en casa de los Gottlieb o en una covacha donde habita el organillero con su perro Franz, lugar que frecuenta Reichardt (un viejo jornalero eventual) y Lamberg (obrero en una fábrica textil).
Neuman quiere alimentar el lento devenir de sus páginas incluyendo una subtrama policial. La historia de un villano enmascarado, un asesino de mujeres, estereotipo de la premeditación y la alevosía propia de los asesinos en serie. En esta subtrama aparecen dos personajes bastante divertidos que son los tenientes Gluck, padre e hijo, y que recuerdan por sus diálogos disparatados y su innata capacidad para desconcertar a cualquiera, a los hermanos Hernández y Fernández (Dupond et Dupont). Esta otra historia ayuda un poco a aligerar la lentitud de la trama central, sin duda folletinesca, en la que todo es, en cierto modo, presumible: la pérdida del amor verdadero por culpa de enfermedades como la tuberculosis o unas fiebres, el amor prohibido por las convenciones sociales y el locus amoenus que aquí es el cuarto de una pensión y un catre que dibuja los secretos más íntimos de los protagonistas.
Uno de los personajes de la novela, el profesor Mietter, dice (en una de las prolongadas sesiones de filosofía burguesa en casa de los Gottlieb): “la novela moderna es un espejo de nuestras costumbres, que no existen los argumentos sino la observación y que todo lo que ocurre puede caber en ella. Es una idea interesante, aunque también justifica el mal gusto imperante”. (132) ¿Una crítica al naturalismo en una novela profundamente naturalista? Resulta desconcertante.
Es evidente la inteligencia literaria de Neuman, llamado a ser un nombre imprescindible de la literatura contemporánea. Su paladar distinguido y educado, su construcción perfecta de la frase, el gusto poético por algunas imágenes, cautivará a algunos lectores. Lástima que haya tanto lector ingrato que no aprecie el denuedo de esta obra magna y persiga un poco más de acción entre tanto diálogo. Un diálogo, por otra parte, insistente en esta novela, que Neuman tiene a bien esconder entre la narración, sin el tradicional guión y sin demasiadas acotaciones. Bien es cierto que Saramago viene haciendo eso desde hace años, pero no está de más el estilo directo separado por puntos y las acotaciones entre paréntesis, agiliza y da esplendor a la narración.
Aunque a Neuman poco le debe importar un lector ingrato cuando todo son elogios por parte de la crítica y un gran premio como el de Alfaguara es un gran premio, aunque a los premios les pase como a los dados, que sólo tienen seis posibilidades y los números se repiten con bastante frecuencia.