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16 octubre 2012

Para entender el XXI…

Pensar el siglo XX

Tony Judt (con Timothy Snyder)

Taurus, 2012

ISBN: 978-84-306-0910-9

400 páginas

23 €

Traducción de Victoria Gordo del Rey



Coradino Vega 

Más allá del drama humano que supuso su pérdida, da rabia que Tony Judt falleciera justo cuando la crisis económica actual empezaba a poner ciertas legitimidades patas arriba. El inicio del colapso financiero coincidió con el diagnóstico de la esclerosis lateral amiotrófica que fue paralizando cada uno de sus órganos hasta acabar con su vida dos años más tarde. Por entonces, en 2008, Tony Judt ya había pasado de ser un heterodoxo historiador angloamericano, un ‘outsider’ con especial inclinación a las no siempre coherentes ideas de la 'intelligentsia' francesa del siglo XX y cuya obra no se había visto consagrada hasta el éxito de su monumental Postguerra, a convertirse públicamente en lo que parece que, por emulación de sus admirados Albert Camus, Raymond Aron o Léon Blum, y a través de sus artículos en The New York Times y The New York Review of Books, siempre se consideró a sí mismo: un intelectual, en el sentido más amplio del término, cuya característica mezcla de autoconfianza cultural y sentido del deber le llevó a involucrarse en las mejoras públicas. A partir de entonces, postrado en una silla de ruedas primero y en una cama reclinable después, dictó de memoria dos libros brillantes, valientes, insobornablemente libres y de una argumentación tan lúcida como contundente, que a modo de testamento personal y político constituyeron la última prueba de la testaruda lucha de su inteligencia contra la muerte: ese alegato para generaciones venideras que, entre otras cosas, es Algo va mal, y los hermosos fragmentos autobiográficos agrupados en El refugio de la memoria.

Con tales precedentes, decepciona, cuesta asimilar que Pensar el siglo XX sea el último libro de Tony Judt si no se conocen sus condicionantes. La idea de éste, justo antes de que le detectaran la enfermedad, era escribir una historia intelectual y cultural del pensamiento del siglo XX, algo que pronto comprobó que no podría llevar a cabo. Por lo que cuenta su última esposa, Jennifer Homans, la propuesta de Timothy Snyder de hacer un “libro hablado” no sólo se convirtió en la única forma de intentar desarrollar un poco ese proyecto, sino que a la larga sus conversaciones ayudaron a mantener a Judt con la cabeza activa, centrada en un propósito que espontáneamente se fue ampliando hasta dar como resultado esta mezcla de libro de historia, biografía y tratado de ética. Cada uno de los nueve capítulos que lo conforman va introducido por un relato en primera persona que recuerda un periodo de la vida de Tony Judt en el que irrumpe Snyder con una pregunta que relaciona esa experiencia, ese perfil, con alguno de los episodios más relevantes de la historia del siglo XX. A partir de ahí, el libro se troca en un diálogo por el que desfilan los orígenes judíos de Judt vinculados con un “mundo de ayer” que tiene poco que ver con el que recordara Stefan Zweig, la formación marxista —que le vacunaría contra los entusiasmos de la Nueva Izquierda de los setenta— heredada en parte del padre de un joven de clase humilde nacido en el londinense East End y educado en un sistema de enseñanza pública y meritocrática hoy extinguido, los años de Cambridge y maestros como el recientemente fallecido Eric Hobsbawm, el desencanto del sionismo “kibutzista” o los orígenes teóricos del fascismo, Berkeley y las ideas maximalistas de unos pocos de las que dependieron las vidas de tantos otros, la inaceptable hipocresía del intelectualismo francés, el pensamiento de los liberales de Europa del Este en la línea de Adam Michnik o Václav Havel, la responsabilidad del historiador o la defensa de una socialdemocracia para Estados Unidos.

Resulta admirable la capacidad retentiva de Tony Judt, la titánica memoria capaz de combinar lecturas y experiencias con una erudición y un conocimiento de causa verdaderamente extraordinarios. Su posicionamiento es abogar por la verdad como tal, la de los hechos históricos en vez de la de las abstracciones (“especulaciones parafilosóficas”, como las llama el propio Judt), al tiempo que se aceptan sus múltiples formas y fundamentos; es decir: por un pluralismo que no es sinónimo de relativismo sino su contrario. También acierta Timothy Snyder sacando a colación algunos temas, como la cuestión judía, que no sólo se quedaron fuera de los últimos libros de Tony Judt, sino que él mismo reconoce no haberles dedicado suficiente atención en sus escritos por un motivo u otro. Sin embargo, la sensación global de este libro es la de reiterar ciertas ideas que ya estaban expuestas en Algo va mal y El refugio de la memoria con una claridad expositiva de la que, quizás por su naturaleza oral, carece buena parte de Pensar el siglo XX. El rumbo que sigue Snyder, además, se pierde a veces en casuísticas y detallismos prolijos que pueden alejar el texto de un lector común no tan interesado en los vericuetos de la intrahistoria como en la panorámica general, nunca reduccionista ni simple, surgida de la visión rigurosa a la par que accesible que caracterizó la obra del último Tony Judt.

Y sin embargo, un libro redundante, disperso y de circunstancias que parta de Tony Judt ya es demasiado. Como suele ser habitual, y demuestran estas conversaciones pertinentemente, la formulación del pensamiento depende de la propia experiencia. Así, si para Stefan Zweig hubo un tiempo en el que la gente de su tiempo pensaba que todo era estable y, de pronto, supieron que no, que todo fluye; o si toda la teoría económica de Keynes parte igualmente de la nostalgia y el sentimiento de pérdida del extraviado mundo de su juventud; la apoyatura intelectual de Tony Judt está cimentada en los logros del siglo pasado que permitieron a una cantidad sin precedentes de personas vivir mejor. De ahí que dirija toda su munición crítica a los focos ideológicos que socavan unos pilares que hoy de nuevo parecen en riesgo de derrumbe. La desconfianza intuitiva de Judt hacia la intelectualidad filocomunista a la Jean-Paul Sartre primero, o universitaria amiga de cualquier nuevo –ismo de su generación después, parte de la comprobación personal de cómo convirtieron la “dialéctica” en el arte y la técnica de caer siempre de pie. Por eso prefiere invertir la Undécima Tesis sobre Feuerbach de Marx: a veces no se trata tanto de cambiar el mundo como de comprenderlo o, incluso, de preservar lo que merece ser preservado en lugar de especular con políticas de todo o nada: “Tendemos a olvidar que el marxismo ofrece una explicación extraordinariamente atractiva de cómo y por qué funciona la historia. La promesa de que la historia está de nuestro lado, de que nos dirigimos hacia el progreso, resulta reconfortante para cualquiera”. Pero del mismo modo tendemos a olvidar cuál ha sido el mayor pecado intelectual del siglo XX: emitir un juicio sobre el destino de los demás en nombre de un futuro tal y como uno lo ve. Una cosa es que alguien esté dispuesto a sufrir por ese futuro incognoscible y otra muy distinta autorizar el sufrimiento de los demás en nombre de esa misma e inverificable hipótesis. Siempre fue una cuestión de creer en un edificio futuro que justificaría el infinito número de ladrillos rotos del presente, dice Judt, pero “los intelectuales no bajan a la calle y se ponen a degollar a la gente o a colgarles de un gancho de carnicero”.

Al igual que sintió que ser judío le obligaba a criticar a Israel enérgica y rigurosamente, “de una forma que los no judíos no podían por temor a espurias pero eficaces acusaciones de antisemitismo”, y decir alto y claro que la mayor utilidad del Holocausto para Israel ha sido servirle de excusa para su mal comportamiento, Tony Judt no se cansa de proclamar que el ocaso de la socialdemocracia tras la caída del Muro es tan injusto como desafortunado porque ni sus orígenes ni sus logros estuvieron nunca vinculados a la experiencia soviética. Jugando con la paráfrasis de otra presencia recurrente en estas páginas, Hannah Arendt, el último capítulo se titula “La banalidad del bien”, y versa sobre la misma socialdemocracia que ya defendiera Judt en Algo va mal, un concepto aplicado más al modelo de Estado del bienestar afianzado por los consensos sociales de mediados de siglo en la Europa continental que a una idea partidista, y que tan poco tiene que ver con la acepción utilizada en este país asociada a la pusilánime blandenguería del zapaterismo del todos y todas, y que lo mismo sirve para confundir con la hipocresía “progre” o el denominado buenismo, que para despreciar desde las dos orillas del espectro político. La independencia de Judt respecto a cualquier sigla pone todo su énfasis en la sociedad civil y en las posibilidades de intervención del Estado. El Estado del bienestar no es un producto de los socialdemócratas. La historia de la planificación es la historia de diferentes sociedades europeas que llegan a diferentes conclusiones sobre cómo y dónde es deseable utilizar el Estado para perseguir unos propósitos éticos y pragmáticos. Nadie, por así decirlo, planificó la planificación. Eso que ahora parece darse por supuesto proviene de los reformistas ingleses de la segunda mitad del siglo XIX, tiene a sus referentes fundadores en Keynes y William Beveridge, y cristalizó en las políticas del New Deal, el Plan Marshall, el laborismo y los acuerdos entre socialdemócratas y democratacristianos en Francia y Alemania desde la II Guerra Mundial hasta los años setenta, mientras hubo una clase política que se tomó en serio las recetas keynesianas y aplicó la austeridad en épocas de bonanza y el gasto público en épocas de recesión, teniendo el pleno empleo como objetivo principal en lugar del continuo crecimiento económico. La eclosión de una nueva ornada de economistas que se tomaron al pie de la letra el descontextualizado autismo político de Hayek —la intervención en la economía es siempre y en todo lugar el inicio del totalitarismo— abrió un tiempo de desregularización, en que tanto la ética como la política derivaban de la economía, del que parece que no hemos salido.

La denuncia de Tony Judt pasa por lo fácilmente que pueden desbaratarse y menoscabarse los logros pasados. Y para ello desmonta una a una muchas de las falacias neoliberales que los siguen poniendo en peligro: que primero haya que crecer para después distribuir, que lo privado sea siempre mejor que lo público, que la caridad repare las deficiencias de la vida de la gente, que las guerras se libren en nombre de los derechos humanos y no para el bienestar empresarial, la tontería neopragmática del final de la historia. De un lado, desconfía de las alternativas a “cierta abstracción llamada capitalismo” y aboga por mantenerlo estable y bien regulado con el fin de limitar las consecuencias de su propio éxito. Pero, de otro, Tony Judt no es para nada un fundamentalista democrático. Crítico como pocos con la deriva de la política estadounidense bajo el mandato de G.W. Bush (pero también con el de Clinton), sostiene que si bien la democracia ha sido la mejor defensa a corto plazo contra las alternativas no democráticas, ni constituye una defensa frente a sus propias taras congénitas, ni es condición necesaria para una sociedad buena y abierta, ni está fundamentada su exportación en todo caso: como antes hizo Isaiah Berlin, reconoce que algunas sociedades anteriores no democráticas fueron en ciertos aspectos mejores que democracias posteriores. A Tony Judt le preocupó la tendencia de la democracia a producir políticos mediocres, que la política ya no fuera un lugar al que tendiesen a dirigirse las personas con autonomía de espíritu o amplitud de miras. Consciente de la responsabilidad del historiador, que ha de saber de lo que habla y tener algo que aportar, apuesta más por una ética práctica que por una moral teórica al tiempo que, cuando Snyder le recuerda aquello que les preguntó Camus a Sartre, Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir: “¿Y qué pasa si simplemente todos estamos equivocados? ¿Y si Nietzsche y Hegel nos han engañado y realmente existen unos valores morales?”, afirma que el desafío al que se enfrenta cualquier intelectual serio hoy en día es cómo ser un universalista coherente. Sólo ante el peligro como se quedó en su oposición a la guerra de Irak desde su cátedra de la Universidad de Nueva York, Tony Judt se desespera ante el conformismo provinciano de la sociedad norteamericana, atenazada por el miedo a transgredir la comunidad en la que se vive, por el temor a ser impopular y a estar en contra de la mayoría. Y es una pena que Timothy Snyder centre el debate de la socialdemocracia en el marco de Estados Unidos en contraposición a los logros del viejo continente (“un desempleo sin acceso a la sanidad pública es algo que ninguna sociedad debería aceptar nunca”), pues eso conlleva a que ambos den por afianzadas una seguridad económica, física e incluso cultural que, al menos en los países del sur, penden actualmente de un hilo. Hubiera sido interesante saber la opinión de Judt sobre lo que está pasando hoy día en Europa, pues ya en 1995 afirmó que la Unión Europea corría el riesgo de desestabilización por una mezcla de exceso de ambición y miopía política.

Para los jóvenes de mayo del 68 (para los de París, no para los de Praga), las viejas lecciones eran irrelevantes: precisamente porque los liberales habían ganado, sus hijos no tenían ni idea de lo que había estado en juego. Para Tony Judt, la misión del historiador no puede ser la de inventar ni explotar el pasado para unos fines presentes. Pero sin la interpretación del pasado, sin el conocimiento de los hechos de la historia y sus consecuencias, resulta imposible entender el presente. Por eso, desde Algo va mal, Tony Judt escribió fundamentalmente para la generación de sus hijos, y se empeñó por todos los medios en dejar bien claro este mensaje: seríamos unos insensatos si renunciáramos a un legado que concibió la política como instrumento de cohesión social. La idea más extendida en los años noventa fue dar por hecho que habíamos dejado atrás el siglo XX como un lamentable historial de dictaduras, violencia, abuso autoritario del poder y supresión de los derechos individuales. El siglo XXI, sin duda, sería mejor, aunque sólo fuera porque se cimentaría en un Estado mínimo, un “mundo plano” de ventajas globalizadas para todos y libertades ilimitadas para el mercado. ¿Qué hemos perdido con el hecho de dejar atrás el siglo XX y qué podríamos esperar recuperar y utilizar de él para construir un futuro mejor? ¿Qué pasaría si no partiéramos por una vez de una narrativa del horror y la barbarie? El siglo XX asistió a importantes mejoras en la condición humana en general; dentro de muchos Estados bien establecidos, la vida progresó espectacularmente. ¿Cómo? ¿Haciendo qué? Según Tony Judt, parece que ni la guerra de Irak de 2003 ni la crisis financiera de 2008 han sido lo suficientemente catárticas como para evitar la regresión en la que estamos inmersos hasta el cuello. 

Intelectuales del presente, que bien están indignados bien se expresan con claridad pero que raramente hacen las dos cosas a la vez, no dejen de leer a Tony Judt. Ciudadanos manifestantes, profesionales o desempleados, urdidores de utopías asamblearias o simples defensores de la dignidad, lean o vuelvan a leer a Tony Judt. Señores políticos, responsables institucionales, lean de una vez por todas a Tony Judt y…, por favor, háganle caso. Empiecen por Algo va mal, conózcanlo mejor en El refugio de la memoria, atrévanse con su impresionante Postguerra o con Sobre el olvidado siglo XX o con Pasado imperfecto, y si han llegado hasta ahí, entonces comprenderán por qué la lectura de Pensar el siglo XX será también inevitable. Aunque no sea el mejor libro de Judt. Aunque fuera el asidero que le proporcionaron Timothy Snyder y su familia para sus últimos meses de vida. Aunque su promoción editorial huela a explotación de marca sin contemplaciones.

17 mayo 2012

Tortilla sin romper huevos

Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin

Timothy Snyder

Galaxia de Gutenberg, 2012

ISBN: 978-84-8109-949-2

620 páginas

25 €

Traducción de Jesús de Cos



Coradino Vega 

Dice Tzvetan Todorov que los verdugos del lado hitleriano están a favor de la comparación porque les sirve de justificación, las víctimas del lado hitleriano están en contra de la comparación porque ven en ella una justificación, los verdugos del lado estalinista están en contra de la comparación porque ven en ella una acusación y las víctimas del lado estalinista están a favor de la comparación porque les sirve de acusación. Sin embargo, la existencia de unos no convierte de ningún modo en menos culpable la perpetración de los otros. Un ciudadano polaco, posiblemente intelectual, ve por entre la ranura de un superpoblado vagón de tren —dispuesto por las Waffen-SS o por el NKVD— a un campesino hacerle un gesto atravesándose el cuello con el dedo. Un joven nazi observa en el gueto de Varsovia cómo un bebé sigue mamando del cadáver azulado en que se ha convertido el cuerpo de su madre. Una maestra ucraniana escucha un ruido extraño y, al salir al patio, sorprende a una manada de críos despellejando al más pequeño para después comérselo. Son sólo tres ejemplos sepultados por la rotunda cifra —y calibrada a la baja— de catorce millones de muertos provocados por las políticas de asesinatos en masa orquestadas por Hitler y Stalin, entre 1933 y 1945, en el espacio geográfico que Timothy Snyder ha denominado “Tierras de sangre”. El impresionante número de víctimas, exhaustivamente computadas a lo largo de este revelador, documentadísimo y espeluznante libro, podría adormecer nuestra percepción de cada una de ellas. “Querría llamar a cada una por su nombre”, escribió la poeta rusa Anna Ajmátova. Pero a diferencia de las abstracciones a las que llegó Hannah Arendt para explicar la génesis del totalitarismo, Snyder procura no olvidarlo.

Profesor de la Universidad de Yale e investigador en las principales ciudades centroeuropeas, Timothy Snyder pertenece a esa nueva generación de historiadores anglosajones dispuestos, con el malogrado Tony Judt a la cabeza, a inventariar los errores del siglo XX desde un posicionamiento moral, transido de un divulgativo a la par que riguroso pragmatismo, que arroje luz a nuestro desconcertante y sombrío presente. En concreto, el objeto de estudio de este libro son los métodos de exterminio masivo, junto con sus causas y consecuencias, que sirvieron a la realización de las sanguinarias utopías nacionalsocialista y estalinista, en un territorio delimitado por Berlín al oeste y Moscú al este, y que percutió con inusitada crueldad —primero fueron ocupaciones soviéticas, luego alemanas y, por último, de nuevo soviéticas— en las repúblicas bálticas, Bielorrusia y, sobre todo, en Polonia y Ucrania. Snyder es sumamente cuidadoso con los términos y la acotación de su trabajo, de ahí que excluya a las víctimas directas de la Segunda Guerra Mundial, sus bajas militares e incluso al contingente judío originario de otros países asesinados en este enclave. Hasta el sorprendente pacto de no agresión Mólotov-Ribbentrop, que diseccionaría por la mitad las Tierras de sangre y prepararía la invasión conjunta de Polonia con la que se iniciaría la guerra, las víctimas de Stalin en tiempos de paz fueron mucho mayores que las de Hitler. A partir de 1939 sin embargo, Hitler empezó a eliminar a ciudadanos de otros países con la misma o superior eficacia con la que Stalin había matado a sus propios conciudadanos. Para Snyder, no es lo mismo Solución Final (plan alemán para la eliminación de los judíos que pasó por distintas fases, desde las proyectadas y no realizadas deportaciones a Madagascar o el Gulag hasta las cámaras de Treblinka) que Holocausto; como tampoco es igual campo de concentración o de trabajos forzados, que campo de exterminio (Auschwitz vendría a ser un híbrido que compaginaría ambas modalidades). Y aunque los grupos elegidos variasen según el determinismo de cada quién —racial en el caso de Hitler, y de clase o nacional en el de Stalin—, las razones económicas (las fértiles tierras de Ucrania o el petróleo del Cáucaso) fueron parecidas. Waffen-SS o NKVD, Ejército Rojo o Wehrmacht: sus modos de actuación fueron también similares. Y en las Tierras de sangre sus acciones se solaparon hasta tres veces, siendo sufridas por las mismas nacionalidades.

El sueño de Stalin era una Rusia industrializada en la que llevar a cabo su utopía comunista. Pero a principios de los años treinta la Unión Soviética era un vasto territorio en esencia agrícola. Así que si las condiciones objetivas no existían, tendrían que crearse. La colectivización prevista en 1933 provocó primero la hambruna en Ucrania y, años después, el Gran Terror que propició la eliminación o deportación de la mayoría de ‘kulaks’ supervivientes de la primera, así como de las minorías nacionales calificadas de “enemigas”. En 1939, soviéticos y alemanes invadieron Polonia y pudieron ensañarse aún más con sus detestados por ambas partes ciudadanos. Cuando Hitler rompió el tratado de no agresión e invadió en 1941 la Unión Soviética, la Wehrmacht aplicó su Plan de Hambre a tres millones de prisioneros de guerra más un millón de habitantes en el sitio de Leningrado. Mientras, en la retaguardia, las SS asesinaban a millones de judíos con armas de fuego o con monóxido de carbono. La resistencia bielorrusa fue implacablemente reprimida por los nazis. El levantamiento de Varsovia fue estimulado por los soviéticos que luego contemplaron, sin implicarse, cómo los alemanes mataban a más de cien mil polacos y arrasaban la ciudad. En cierto modo, Hitler y Stalin compartían un estilo de tiranía paranoico: sus errores, sus masacres, siempre eran culpa de los otros, de sus subalternos o de los polacos o de los campesinos ucranianos o de las conspiraciones capitalistas o judías que demostraban que sus políticas eran necesarias o deseables. Hambrunas soviéticas, terror de clases, persecución nacional, factorías de la muerte, limpieza étnica, antisemitismo estalinista. Un personaje de una novela de Vasili Grossman exclama que la clave tanto del nacionalsocialismo como del estalinismo fue la capacidad de privar a grupos de seres humanos del derecho a ser considerados como tales.

¿Pero cómo fue posible que se infligiera ese final violento a tantísimas personas? La ideología se convierte en una forma de explicación moralizante del asesinato de masas, que sirve para separar cómodamente a las personas que la explican de las personas que matan. La identificación con las víctimas afirma una separación radical con el que las comete. Para Stalin, el pueblo judío no tenía derecho a arrogarse el monopolio del sufrimiento nazi porque las verdaderas y heroicas víctimas de la guerra sólo fueron las soviéticas. Resulta así muy fácil usar la muerte de las víctimas para santificar políticas o identidades. Menos atractivo, pero más urgente, resulta entender las acciones de los perpetradores. Calificarlos de “inhumanos”, como Koestler, no sirve de nada. Después de todo, el peligro moral no es que uno pueda convertirse en víctima, sino en perpetrador o en simple testigo mudo. Tanto el nazismo como el comunismo despreciaron a las democracias liberales. Tanto Hitler como Stalin alcanzaron tales cotas de fascinación y poder a raíz de la impotencia de los sistemas pluripartidistas a la hora de plantar cara a la crisis del 29. La Gran Depresión fue el caldo de cultivo de esas dos utopías asesinas. Si los socialdemócratas de la República de Weimar hubieran pactado con los comunistas en una suerte de “frente popular” prohibido explícitamente por Stalin, que tachó a los primeros de “socialfascistas” antes de patrocinar la fórmula que luego facilitaría en el resto de Europa cuando comprendió la magnitud de su error, Hitler no hubiera llegado quizás nunca a la cancillería del Reich. Stalin se refocilaba con la crisis económica del decadente capitalismo y, para justificar su alternativa, repetía que no se podía hacer una tortilla sin romper huevos. Algo similar debió de pensar el voluntarista Hitler. La crisis que empezó en 2008 cada vez se parece más a la del 29. Timothy Snyder, como antes Tony Judt, se paran un momento, miran atrás y nos señalan cuáles son las líneas rojas. Esas tan fáciles, tan tentadoras de sobrepasar y tan peligrosamente recurrentes.