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04 julio 2013

Cocodrilos en la playa

Cuando se publicó el 'best seller' de Katherine Pancol Los ojos amarillos de los cocodrilos se anunciaba en su faja: "Una novela que no deja a nadie indiferente". Y nuestro estadista José M. López no iba a ser menos. Obligado a leer dicha obra para evitar un conflicto familiar playero, el crítico se tuvo que terminar tragando gran parte de los prejuicios que tenía. He aquí la vergonzante pero divertida crónica de aquel caluroso verano rodeado de suegras y cocodrilos...



José M. López

Como todos sabemos, el verano es época propicia para saborear, por fin, toda una lista de libros apetecibles a los que teníamos pensado hincar el diente durante el invierno pero que, por diferentes causas, no tuvimos el tiempo necesario para leer. Debo confesar que nunca he sido un aficionado radical a la playa, pero, con el tiempo, y debido, en parte, a que mi pareja sí lo es, he aprendido a enmarcar una de mis actividades preferidas, la lectura, en ese extraño entorno de sombrillas, arena y chiringuito. Es más, yo no me limito, a pesar de la tendencia general, a leer en la playa libros livianos y de poco peso. He aprendido, con el tiempo, a compaginar aquel contexto lúdico y soleado con plúmbeas y apasionantes lecturas de esas de desgarrarte el seso. Poco a poco, toda aquella irritante coyuntura que rodeaba mis estancias en la costa se ha ido transformando en un entrono apacible, e incluso potenciador de la concentración necesaria para una agradable tarde de lectura: lo que antes era el fastidioso grito de una madre a su hijo, se torna ahora en ronroneo de fondo necesario para mi abstracción; el antiguo sopor de la canícula es ahora una idónea sensación térmica que me mantiene alerta ante las vicisitudes de la narración; hasta necesito, cada quince o veinte minutos, la interrupción producida por el golpe de una pelota de playa que me golpea furtiva como un necesario descanso tras la lectura de ciertos párrafos de especial intensidad. Bueno, pues aquella mañana de julio bajaba yo a la playa, mi libro cómodamente colocado entre el protector solar y las paletas, para empezar a disfrutar de mi primera lectura estival, pero, amigo Sancho, con los hados, o, más bien, con la familia, nos tuvimos que topar.

Cuando llegué a la arena, la familia de mi novia tenía ya perfectamente erigida su empalizada de sombrillas y sillas de playa. Ya hacía algunos años que me habían otorgado el privilegio de penetrar en ella, pues antes tenía que conformarme con acampar en los alrededores, como soldado advenedizo que aspira a conseguir ese honor. Pues bien, una vez dentro, y tras montar mi propia infraestructura defensiva, me dispuse a sentarme y a relajarme con mi ansiada lectura. Pero entonces observé a mi suegra leyendo una novela en cuya portada había un extraño dibujo de un cocodrilo con un ojo amarillo. Como no podía ser de otra forma, me dispuse a preguntarle por el libro, y ella contestó con un ciceroniano laudo hacia él. Tras ello, y como imponen las normas de cortesía, yo solté un “bueno, pues habrá que leérselo”. No di yo más importancia al asunto, hasta que la tarde siguiente mi novia se acercó con el cocodrilo de ojos amarillos en la mano y me dijo: “toma, mi madre ya se lo ha terminado, dice que te lo presta”. ¡Maldita cortesía, maldita familia y malditos hados! Tenía que posponer mi lista de lecturas ansiadas en pos de una novela de la que ya había oído hablar, y  sobre la que, debo decirlo, volcaba todos y cada uno de mis prejuicios literarios: éxito de ventas, autora de mediana edad, extremadamente 'cool' y, además, francesa. Vamos, una  novela de mujeres para mujeres, y, encima, con  título absurdo que nada tenía que ver con su argumento. Bueno, lo mejor sería acabar con ella cuanto antes, pero, oh Dios, otra nueva bofetada terminó de descorazonarme: tenía cerca de seiscientas páginas.

Con sumo cuidado me fui adentrando en la historia de Jo, una mujer casada y con dos hijas, que nunca ha tenido la entereza de valerse por sí misma, de dar rienda a sus sueños y poner en práctica toda una serie de proyectos que le apasionan y aterran a la vez. Esta mujer se ve abandonada por su marido, por lo que no le queda más remedio que encarar la vida, y estrangular de una vez sus miedos e inseguridades. Al principio, me mostraba reacio ante una historia que me parecía tópica y perfectamente diseñada para un tipo de lector/a muy concreto. Sin embargo, poco a poco, y ayudado por la calidez de una prosa nada torpe, me fui interesando por la protagonista, que si bien al principio me pareció estereotipada y anodina, va ensanchándose con el devenir de las páginas, y cobra una profundidad y calidez humanas considerables. La débil ama de casa que empieza la novela nada tiene que ver con la mujer que encontramos al final del relato. Jo se ha convertido, como la dama medieval que protagoniza  la novela que ella misma escribe, en una heroína cotidiana, a la que hemos acompañado desde el principio, nos hemos reído con ella, hemos sufrido por ella, e incluso, debo reconocerlo, nos hemos emocionado con ella. La narradora ha podido conmigo, me ha manipulado, y me ha obligado, a mi pesar, a encariñarme de esta antiheroína, de esta Woody Allen a la francesa.

La autora sabe perfilar la personalidad de su protagonista haciéndola interesante más que por sus virtudes, por sus defectos. Y estas características que en Jo son profundamente femeninas, trascienden lo particular y se vuelven, en mi opinión, universales, lo que provoca que no me sienta excluido para nada de la historia, y permite que, a pesar de las circunstancias propias del sexo, termine identificándome con esta mujer bondadosa y algo bobalicona.

Sin embargo, y a pesar de que toda la novela gira entorno de la protagonista, encontramos una amplia fauna de personajes no siempre cincelados con la misma fortuna. Muchos de ellos, sobre todo los personajes masculinos, son tipos de una personalidad plana, meros monigotes caracterizados normalmente por un solo defecto. El amante de su hija, por ejemplo, es el típico donjuán patético y engreído; su padrastro, un primitivo nuevo rico de carácter simplón; sus hijas, una la cariñosa y sensible, la otra la harpía con visos de futura 'femme fatale'.

Otro de los aspectos que, en mi opinión, lacra la historia, es su tono excesivamente 'naif'. A pesar de la crueldad de algunas situaciones, siempre hay una amiga para consolar a la protagonista o un caballero andante de jersey de cuello alto que termina salvándola. Hay que reconocer que el excesivo “buenismo” de algunos personajes y la desmesurada sensiblería de algunas escenas no hicieron más que apuntalar los prejuicios que albergaba antes de acercarme al libro.

Sin embargo, y pesar de estos vicios propios de toda obra que aspira a 'best seller', tengo que reconocer que ese inicio de verano, mientras me embriagaba el olor a la brisa salada y a filetes empanados, disfruté con la lectura de este libro. Y es que, a veces, un personaje salva una novela. Y debo admitir que la escritora da vida en el libro a una protagonista con un grado de humanidad tal, que, meses después de haber leído la novela, no estaba seguro de si el personaje de Jo pertenecía a una novela, lo había visto en alguna serie, o es que realmente había conocido a esa mujer.

Al final, y una vez terminada la novela, me di cuenta de que su lectura no había resultado una experiencia tan traumática como esperaba. Cerré el libro y observé con los ojos entornados a esa extraña gente que me rodeaba y que yacía tostada sobre sus toallas. Enterré un poco más mis pies en la abrasante arena y, me quedé dormido acunado por la extraña melodía que conformaban el romper de las olas sobre la orilla y el agudo silbato del vendedor de cuñas de Sanlúcar.

12 junio 2013

¿Tirso de Molina o Jorge Javier Vázquez?


El vergonzoso en palacio

Tirso de Molina

Galaxia Gutenberg, 2012. Colección "Real Academia Española"

ISBN: 978-84-672-5135-7

23,65€

360 páginas



José M. López

Hay días -muy pocos- en los que el estadista se levanta con la vena mercantilista o empresarial, y lo primero que se le viene a la cabeza cuando, por vez primera, se enfrenta al libro El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, Galaxia Gutenberg, colección Real Academia Española,  es a quién va dirigido, quién es, en definitiva, el potencial comprador de dicho producto.  Su acabado es precioso, de una pasta dura e impoluta que desprende ese agradable y familiar olorcillo a libro nuevo.  El estadista abre el libro y observa que tiene 360 páginas, de las cuales, solo 140 son ocupadas por el propio texto teatral escrito por Tirso de Molina. El resto de páginas consta de:

- Una breve presentación por parte del editor.
- Un primer anexo que presenta un estudio sobre la comedia barroca, una autobiografía del autor y un análisis literario no muy denso de la obra en cuestión.
- Tras ello, un extensísimo y pormenorizado aparato crítico con 3.956 notas donde encontramos las múltiples variantes según los diferentes manuscritos encontrados de la obra.
- Posteriormente, unas notas complementarias (ya el texto va salpicado de un gran número de notas a pie) con otras consideraciones del editor que ayudan, qué duda cabe, a que el lector comprenda ciertas expresiones y las enmarque dentro de la realidad lingüística, literaria y social del siglo diecisiete.
- Una profusísima bibliografía acerca del autor y sus obras.
- Un índice de notas.
- Un índice final

Es extraño, pero al estadista le sigue acompañando cierto escozor mercantilista, y, después de leer los anexos, continúa divagando acerca del potencial comprador del artículo. Por supuesto, cree que es un producto ideal para expertos en el teatro del Barroco, filólogos, o, al menos, estudiantes de Filología. Y el estadista está a punto de realizar la reseña, pero, justo antes de ponerse a escribirla, recuerda -¡vaya olvido!- que hay 140 páginas del libro que todavía no ha leído: la propia obra de teatro.

¿Y qué encuentra en esas 140 páginas? Pues un texto divertido, sencillo e ingenioso. Un obra de teatro que destaca, sobre todo, por su intención de llegar a todo de tipo de público, desde la nobleza de palacio hasta el vulgo iletrado que abarrotaba los corrales de comedias en el siglo XVII. Una jocosa y atrevida comedia palatina que, como en el buen cine comercial de hoy día, empieza ya desde los primeros versos intentando enganchar al público, y tiene la pretensión de no dejarlo parar de disfrutar, apelando para ello a los placeres más terrenos: violencia, amor, sexo y, confusiones.

En esta encantadora obra, el autor de El burlador de Sevilla nos presenta la historia de Merino, un joven pastor que aspira a codearse con las clases nobles. Este consigue entrar en palacio disfrazado de secretario, pero sus aspiraciones de ascender chocan frontalmente con su timidez, característica que lo convierte en un personaje tremendamente contradictorio, y a diferencia de otros protagonistas de Tirso de Molina, totalmente complejo y redondo en cuanto a su personalidad. Estas contradicciones se intensifican una vez que Magdalena, su señora, no para de insinuarse ante él, y duda constantemente entre atrapar al vuelo dichas insinuaciones y el pavor de sobrepasarse y, por tanto, quedar en ridículo. Magdalena, muy por encima de la moralidad regente, se niega a adormecer sus instintos sexuales, e impulsada por una irrefrenable carga erótica, cita a Merino y se acuesta con él, venciendo las tímidas barreras del muchacho. El fuerte y marcado carácter de los personajes femeninos no solo se muestra a través del personaje de Magdalena. Su hermana, Serafina, es una chica poco sociable, excéntrica y amante del teatro, cuyo mayor placer consiste en vestirse de hombre y representar a solas obras dramáticas. Como Narciso, y sin darse cuenta, termina enamorándose de ella misma vestida de cómico, y en una de sus representaciones Tirso pone en su boca un hermoso “panegírico” en defensa del teatro.

Tras la lectura de la obra, el estadista comprende la vocación popular con la que fue escrita en la época, y ve lógico que la gente se partiera el ojete, tanto en palacio, como en los patios, viendo las escenas en las que Magdalena, más caliente que… flirtea con el vergonzoso Merino a través de sugerentes juegos de palabras, sin que este se atreva a hincarle el diente; el estadista se identifica con el espectador que se  reía de las bromas escatológicas de los criados, y se levantaba de su asiento ante los violentos duelos de espada. Y el estadista se hace preguntas acerca de cómo han cambiado los gustos populares desde el siglo diecisiete hasta nuestros días. Parece ser que el divertimento más puro y primitivo era antes buscado por el pueblo en una comedia de Tirso o de Lope, y ahora en un Sálvame o un Gran hermano.

Pero el estadista se relaja, recapacita, piensa que se le está yendo la olla, que se está pasando algunos pueblos, debido quizá, a su inclinación a la analogía falaz y, por qué no decirlo, a ciertos prejuicios elitistas. Y cree que es normal que sea imposible que este libro tenga hoy día un amplio abanico de mercado, porque esta es una obra escrita en “español antiguo”, aunque en realidad, el español a partir de los Siglos de Oro sea básicamente el mismo de ahora, y aunque la obra se comprenda con extrema facilidad -los escasos arcaísmos que contiene están atinadamente glosados a pie-.

 Sigue reflexionando el estadista, y  piensa que seguramente sea el verso lo que eche para atrás al lector medio -algo similar a lo que sucede hoy día con las “películas con letritas”, o VOS-. O tal vez, supone, el factor crucial que impide que el libro llegue a cualquier lector sea simplemente la intención del escritor de crear una obra genial a través de un instrumento con el que juega y al que estira hasta sacarle el máximo partido: el lenguaje. Quizá hace cuatro siglos la afición al juego de palabras, a la dilogía, o a las imágenes ingeniosas era algo mas aceptado por todas las clases sociales, incluso las iletradas que, cuando escuchaban estos juegos en las comedias, los captaban y se divertían con ellos a través de su transmisión oral.

Quizá sea eso, pero el estadista se sienta, al final, satisfecho, a escribir su reseña, porque hacía tiempo que no pasaba una tarde disfrutando con chistes sobre caca, bromas que te ponen “palote” y cotilleos de amoríos sin sentirse un poco estúpido. Porque detrás de todo esto, que a todos nos encanta, hay una voluntad de estilo y un enorme talento a la hora de utilizar nuestro idioma. En definitiva, porque detrás de todo esto está Tirso de Molina, y no Jorge Javier Vázquez.

15 mayo 2013

El lector pasivo


Lo que no está escrito

Rafael Reig

Tusquets Editores, 2012. Colección “Andanzas”

ISBN: 978-84-8383-428-2

287 páginas

18 €




José M. López

Hoy vengo aquí a reivindicar la figura del lector pasivo. Gente que entiende de esto me había dicho que toda literatura de calidad requiere un lector activo, activísimo; y ya con las últimas olas posmodernas, algunos de cuyos prohibidos frutos, he de reconocerlo, he disfrutado, el receptor debía convertirse en un lector siempre dispuesto al esfuerzo, “vigoréxico” casi; un lector, en definitiva, explotado, obligado a realizar una serie de trabajos forzosos para desentrañar una trama compleja y apenas atisbada, para reconocer a unos personajes presentados a casi inexistentes pinceladas, para descubrir, finalmente, la grandeza simbólica de un libro donde nada es lo que parece. En esta literatura de calidad, el libro obliga al lector a trabajar por él, a hacer la tarea que él no se ha dignado, por obvia, a realizar, de modo que la novela en cuestión es más feliz cuanto más incómodo se siente el destinatario.

Yo estoy dentro de ese grupo de lectores masocas, pero qué pereza da a veces. En ocasiones, se agradece, tras una larga temporada realizando, a pico y pala, lecturas forzadas, convertirse en lector pasivo. No me refiero al lector dormido, que es otra cosa. El lector pasivo es aquel que, apoltronado en su sofá, disfruta de una trama que se muestra con claridad, pero también recibe, de manera placentera y descansada, una gran cantidad de jugosos conocimientos o agudas reflexiones que un autor inteligente decide aportarle. De una forma casi mágica, y  una vez acabada la distendida lectura, este lector pasivo  almacena en su mente toda una serie de insólitos puntos de vista  que le permite interpretar la realidad que le rodea de una manera totalmente novedosa. Y todo esto sin esfuerzo, en pijama, y dejando que el autor vaya colocando en su mente, sin que apenas lo note, todas estas ideas de una forma natural y descansada. Pues Rafael Reig es uno de eso autores a los que acudo si busco un libro que me aporte nuevos enfoques, personajes reales, y tramas bien diseñadas, con un estilo cuidado pero humilde, como si el autor no pretendiera  amargarme la vida.

 Debo decir que yo admiraba a Rafael Reig incluso antes de haber leído alguno de sus libros. Y esto se debe a que durante un año estuve visitando casi a diario su blog, que recomiendo desde aquí. En estas entradas aparece el día a día de un hombre inteligente y enormemente culto, pero sencillo, bebedor y campechano. Uno de esos tipos simpáticos que salen siempre sonriendo en las fotos, y abrazando fuertemente a la chica que posa con él. Así son, en mi opinión, sus libros: ingeniosos, eruditos y muy trabajados, pero amables y considerados con el lector.

El formato de novela negra es una de esas pastillitas que utiliza el señor Reig para aligerarnos la digestión del libro. El autor es un verdadero maestro a la hora de construir tramas, y sobre todo, a la hora de diseñar su estructura. En Todo está perdonado, su última novela, se entrelazan dos historias: una es un “thriller” psicológico, protagonizado por Carlos, un padre divorciado que recoge a su hijo Jorge para pasar un fin de semana en la sierra. Por un descuido aparente, Carlos deja a su ex mujer, Carmen, una novela negra que acaba de escribir. Carmen no puede comunicarse con ellos en todo el fin de semana, debido a que no hay cobertura, por lo que empieza a leer la novela, y a interpretar la realidad a través de esa ficción que su ex le ha dejado, no sabemos si intencionadamente o no. Obsesionada, termina creyendo que el libro está lleno de mensajes ocultos y malintencionados que su ex marido intenta comunicarle, y que aportan ciertas pistas a cerca de las, según ella, oscuras intenciones del padre. ¿Están verdaderamente en el libro esas maléficas intenciones del autor, o es la imaginación de Carmen, la que lee entre líneas lo que no está escrito, y de ahí su angustia? Así, como se afirma en la novela, “(…) este es el problema de la lectura, proyecta sobre el texto la sombra de tus deseos o de tus temores, tu propia sombra que oscurece la página hasta que sólo lees lo que esperabas leer, y todo trata de ti (…)”

El libro de Carlos se convierte, por tanto, en una amenaza, en una  novela viva, creadora del  mundo que rodea a Carmen, y que ansía ser leída, lo exige, para después jugar con la mujer, manipularla y desvirtuar así la forma en la que esta interpreta los hechos. De esta forma, Lo que no está escrito se convierte en una novela sobre la lectura, actividad no siempre saludable, pero, al igual que la escritura, también creativa, debido a la voluntad e inventiva del lector.

El libro gira en torno a estos tres personajes: a Carlos lo conocemos a la perfección. Es el padre severo, a la antigua usanza,  que ama a su hijo, pero del que a la vez se avergüenza, debido a que no soporta su debilidad. Carmen es la ex mujer bondadosa pero resentida, que se convierte en el espejo del lector, al que la novela, la de Carlos, o la de Reig, va a tomar como víctima.

Lo que no está escrito es una brillante novela de suspense que no te deja respirar hasta la última página. Y al terminarla, notas que el  autor ha jugado contigo, que has sido zarandeado, sacudido de un lado a otro como un pelele. Y has disfrutado como un niño; eso sí, tranquilamente, sin mucho esfuerzo. 

15 abril 2013

Repetirse o morir



Aire de Dylan

Enrique Vila-Matas

Seix Barral, 2012. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-32209-64-2

328 páginas

19,50 €



José M. López

Pues sí, aquí tenemos la nueva novela de Vila-Matas. El mismo, el que se repite siempre, el de “hijos sin hijos”, “escritores que no escriben”, el aburrido, el pedante, sí, aquel al que muchos odiáis… pero al que otros, debo confesarlo, amamos. Aunque solo sea desde un punto de vista literario. Sí, como Proust, como Woody Allen, como el Scorsese de antes de La vida de Hugo, Vila-Matas pertenece al grupo de creadores que siempre repiten la misma obra, y que debo admitirlo, más me gustan cuanto más se repiten. De este tipo de artistas espero con ansiedad su próxima creación, con la esperanza siempre de que no se renueven, no intenten reinventarse, y me ofrezcan otro delicioso producto con las mismas y geniales repeticiones que su producto anterior. Así que, una vez lanzada la careta al aire, una vez descubiertas mis vergüenzas, ya os imaginaréis que la reseña será de lo más condescendiente, y estará vestida de un subjetivismo amable totalmente inapropiado a toda crítica que se quiera llamar seria. Por tanto, pido a aquellos “odiadores” oficiales del escritor catalán que se abstengan de seguir leyendo, para así evitarles tan doloroso trance.

Bueno, una vez que estamos solos, podemos empezar a destripar la novela. Muy del gusto del autor barcelonés, la trama aparece hilada en una historia de investigación con tintes de novela negra, pero eso sí, protagonizada por personajes cargados de un halo 'freaks' a la vez que posmoderno -molón, vamos-, cuyo comportamiento inspira fascinación y risa al mismo tiempo. Quizás por eso, cuando leo al escritor catalán parece que estoy viendo de nuevo Al final de la escapada. En Aire de Dylan, tenemos a un escritor cincuentón, catalán, y con la firme intención de dejar la escritura (¿?), idea que se ve truncada al conocer al joven Vilnius, complejo muchacho que le pide ayuda para completar las memorias apócrifas de su difunto padre, un exitoso escritor posmodernista, y de paso para que le ayude encontrar a los asesinos de este.

Sí, los temas del autor catalán son prácticamente los mismos que podemos reconocer en anteriores novelas, como también es el mismo el cariz enigmático de sus palabras o el estilo hipnótico de su prosa, rasgos que me hacen no poder apartar la mirada del libro ya desde la primera línea:

“Algunos entran tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Este fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad (…)”

Y es que, además del homenaje a la serie negra, la enfermiza obsesión por la intertextualidad del autor transforma también la novela en un sugerente juego en el que el Vila-Matas se divierte mirándose al espejo y no observando su rostro, sino el de Pessoa, el de Kafka, el de Hammett, o, como en esta novela, el del propio William Shakespeare. Y, como en Hamlet, en Aire de Dylan la representación teatral aparece como el único medio posible para desenmascarar el alma de los conspiradores, de lo que se deduce que la ficción se acerca más a la verdad que  la propia realidad.  Al igual que le sucedía al príncipe de Dinamarca, también el espectro del padre de Vilnius sobrevolará obsesivamente su cabeza. Y terminamos descubriendo, como en un cuento de Rulfo, que la identidad de una persona la conforma realmente la sucesión de fantasmas de sus ancestros que no dejan de rondarle insistentemente. En definitiva, la voz del hijo no es más que un progresivo encadenamiento de ecos que se suceden, del mismo modo que la voz de Vilnius termina siendo un reflejo vago de la de Lancastre, su padre fallecido. Como consecuencia inevitable, la novela termina convirtiéndose  en una perpetua guerra de generaciones: 
- la del protagonista o la de Lancastre: aquellos escritores de entre cuarenta a sesenta años, que, ya sea siguiendo un estilo más realista, ya sea abrazando los encantos de la posmodernidad, basaron su éxito en el trabajo, en el esfuerzo diario;
- la de Vilnius y su novia: aquellos que, como Oblomov, el arquetipo del gandul en la literatura rusa, buscan el camino de su autenticidad a través del estatismo, y encuentran en la pasividad la única forma de evitar el fracaso.

En todos ellos está Vila-Matas, con todos se identifica,  pero, no nos equivoquemos,  de todos se ríe. Y es que aquello que, en mi opinión, hace grande al escritor barcelonés es que nadie sale indemne de su fina parodia. Se ríe de todos. De él, el primero.

A pesar de lo dicho, debo añadir que no coloco Aire de Dylan en el anaquel donde conservo  las mejores novelas de Vila-Matas. En algunos momentos del libro la extraña poesía que suele rodear las situaciones o personajes del autor no aparece. Él se da cuenta, y se ve obligado a echar mano de un último recurso con el que no se siente demasiado cómodo: la narración. Es decir, tiene que hacer que pasen cosas en la novela, aunque sean forzadas o incoherentes, con tal de suplir ese hueco lírico, emocional y surrealista que sus musas no han tenido la deferencia  de depositar en la novela. Y es que el peor Vila-Matas es aquel que se ve forzado a narrar por falta de inspiración.

Así que no quito la razón a aquellos que argumentan que al autor catalán ya se le están acabando los temas, o que su estilo es reiterativo y pretencioso. Sin embargo, a mí me sigue gustando, lo confieso, sobre todo, porque, si esto fuera así, que lo dudo, él sería el primero en parodiarse, y en reírse de sí mismo a través de la ironía, el pesimismo y la extrema clarividencia a través de los que observa el mundo.

07 febrero 2013

Retrato de una crisis -cualquiera-


El salón rojo

August Strindberg

Acantilado, 2012

ISBN: 978-8415277-52-1

383 páginas

24 €

Traducción de Jesús Pardo



José M. López 

Ya echábamos en falta la aparición de un intelectual que aportara un minucioso análisis del estado actual de nuestra sociedad en este momento de crisis, económica, sí, pero sobre todo, moral e intelectual. Por fin alguien nos ofrece un cuadro literario en el que aparecen reflejadas todas y cada una de las sucias estancias que conforman esta inhóspita casucha a la que llamamos estado del bienestar. Que hay que hablar de los usureros que se dedican a estafar al ciudadano medio hasta la asfixia, y que si por un causal terminan arruinados debido a su insondable avaricia son amablemente rescatados por el Gobierno, o sea, por los mismos que han sido estafados, pues se habla. Que hay que hablar de empresarios corruptos que crean empresas efímeras con la única finalidad de blanquear dinero y esclavizar a los trabajadores, pues hablemos. Los políticos, por supuesto, no se quedan atrás: verdadera ralea amoral que se erige en vate de una sociedad inculta y perdida. Funcionarios parasitarios que se niegan a arrimar el hombro, periodistas comprados por el poder o la oposición, la burguesía más acomodada que tan solo busca aplacar su conciencia fotografiándose con el mendigo al que regala alguna limosna, intelectuales, actores, dramaturgos, escritores, clero… nadie queda a salvo de este fresco tremendamente desesperanzado y, desgraciadamente, lúcido. Ni siquiera aquellos que se dedican a la crítica literaria, auténticos villanos de la palabra, capaces de elevar hasta los cielos o ahogar en las lavas del infierno a un escritor por motivos ideológicos o afinidades personales, en vez de por la calidad de una obra que, en ocasiones, ni siquiera ha llegado a ser leída. No, no se trata de ningún escritor actual hablando de la España de principios del siglo XXI. Ha tenido que ser un genio de finales del diecinueve el que, hablando de la sociedad sueca de la época, por fin ha puesto negro sobre blanco los motivos de nuestra mala hostia generalizada.

Pues eso, que el valor de esta obra de Strindberg (1849-1912) radica precisamente en la universalidad de sus ideas y en la inteligencia con la que estas se desarrollan. El autor sueco, al que Acantilado homenajea en el primer centenario de su muerte, es consciente de que el ser humano conforma el eslabón más miserable dentro del mundo animal, de ahí su visión tremendamente pesimista en relación a una raza que se caracteriza por ser tan malvada como su hipocresía le permite. En El salón rojo, por tanto, observamos que personajes tremendamente avariciosos, embusteros e insensibles comparten banquetes con otros de una ingenuidad risible y pasajera, ya que también terminarán atrapados en la tela de araña que una sociedad exenta de moral va tejiendo a su alrededor. Es el caso de Falk, quizás el personaje principal del libro, joven idealista que se cree capaz de revelarse contra el mundo que le asquea, pero que termina resignado y metido de lleno dentro de esta triste farsa.

Esta novela es, por tanto, un extenso y complejo cuadro de costumbres de la sociedad sueca de finales del diecinueve. Strindberg es un maestro en el arte de la descripción, le salen del alma, y son siempre mordaces y líricas. En ocasiones, estas se disfrazan de una objetividad fingida, de la que se vale el autor para terminar lanzando contra el descrito un juicio punzante y venenoso. El fragmento siguiente es delicioso, y en él Strindberg nos ofrece un retrato del clásico pelota con el que todos nos hemos topado alguna vez:

(…) los hombros le caían como canalones, de sus cadenas no quedaba huella, sus tibias se estiraban hacia arriba hasta el muslo, sus pies estaban tan gastados como zapatos viejos bajo los cuales hubiese quedado aplanado el empeine; sus piernas se esforzaban por inclinarse hacia delante y hacia abajo, como las de un obrero que ha soportado grandes pesos o ha tenido derecho la mayor parte de su vida. Era un perfecto tipo de esclavo”.

Maestro en el arte de las acotaciones, el autor sueco se siente cómodo en las descripciones de ambientes y de personajes. Quizá los momentos más gratificantes de mi lectura han sido aquellos en los que he releído lentamente pasajes en los que se describía a alguno de los títeres de esta farsa, utilizando el símil o la metáfora como armas de destrucción masiva. La maldad de su pluma se hace especialmente presente a través de algunas animalizaciones:

Tenía aspecto refulgente, como una tortuga puede refulgir ante una buena comida (…)”

Dicho todo esto, también debo advertir que El salón rojo no es una obra que se lea de manera desahogada. Como novela, pienso, peca de algún defecto que hace que su lectura no resulte fácil. Si bien hemos hablado de su maestría a la hora de describir, el autor se recrea tanto en estos pasajes que parece desatender la narración, y hace que esta fluya de manera torpe y a trompicones, lo que conlleva que el lector pierda el hilo de la historia y hasta, en ocasiones, deje de interesarse por ella y por sus protagonistas. Tampoco hay personajes centrales que estructuren la trama. Al principio, la cámara parece seguir con más insistencia a Arvid Falk, el joven idealista e ingenuo, pero otros personajes no dejan de cruzarse, y finalmente, la pantalla se llena de actores que entran y salen de plano sin que al espectador le dé tiempo a fijarse en ninguno.

La novela tampoco posee una unidad espacio-temporal a la que el espectador pueda aferrarse para contextualizar lo ocurrido. El lector no sabe si han pasado días, meses o años entre capítulo y capítulo, y el famoso salón rojo que da título a la obra apenas tiene presencia en la historia. Y es que realmente no hay historia, tan solo una sucesión de cuadros aislados que se suceden. Que sí, que sí. Puede que Strindberg a finales del XIX haya presagiado las innovaciones narrativas de los grandes novelistas del principios del XX (Proust, Joyce, Faulkner…), pero creo que no es el caso. Más que un explícito deseo de revelarse contra las convenciones de la novela, pienso que estamos ante un intento fallido de mostrar una serie de ideas muy valiosas a través de un formato novelístico. Es decir, el estilo de cada párrafo es genial, la descripción de personajes y ambientes resultan líricas y divertidas. Me he divertido con cada párrafo, pero el libro no me ha enganchado. Y es que la novela yerra en su estructura, y es por esto por lo que no me termina de saciar: porque fracasa, precisamente, como artefacto narrativo.

¿Que si vale la pena leerla? La respuesta es sí. Estamos ante una novela inteligente que nos reconfortará, ya que nos recuerda que nuestros males de hoy día (usureros, políticos corruptos, banqueros sin alma…) no son nuevos, y que nuestra generación no ha sido la primera -ni será la última- en sufrirlos. Desde un punto de vista muy personal, también he agradecido mucho el tono desesperanzado de la novela. Sólo desde el pesimismo más absoluto, pienso, puede afrontarse la realidad descrita con ciertas dosis de lucidez e inteligencia. Nada de condescendencias, nada de luz al final del camino ni cierta sonrisa esperanzadora hacia el tendido. La mirada de Strindberg es desalentadora y brutal. Sólo a través de esta perspectiva podremos averiguar, de una puñetera vez, qué nos está pasando. Los momentos para el optimismo vendrán después. Si es que vienen. Así nos golpea esta novela, con toda la fuerza de la clarividencia. Así nos golpea Strindberg, en mi opinión, mejor dramaturgo que novelista, pero, en definitiva, un autor genial.

11 diciembre 2012

La palabra es un arma cargada...


De retórica. La comunicación persuasiva

Xavier Laborda Gil

Editorial UOC, 2012

ISBN: 978-84-9788-555-3

117 páginas

12,50 €



José M. López

La palabra ha sido utilizada desde siempre como un poderosísimo instrumento, no sólo para describir el mundo que nos rodea, sino también para transformarlo, manipularlo, crearlo, en definitiva.  Del mismo modo, la comunicación siempre ha estado al servicio del fenómeno persuasivo, y si este es llevado a cabo por alguien que regenta cierto poder social, pues entonces aparecen sus empleos más violentos o inmorales. Xavier Laborda Gil es plenamente consciente de la descomunal fuerza que alberga la palabra persuasiva, y sitúa su origen en la retórica.  Nos propone un viaje, un viaje en el tiempo donde el protagonista es el arte de convencer. Viaje cargado, además del esperado rigor científico, de una sencillez y claridad que permiten que cualquier lector pueda acercarse al texto. El autor es un apasionado de disciplinas como la Historia, el Derecho o la Lingüística, y este sentimiento permite que cada concepto sea explicado con un entusiasmo que aligera el peso teórico, y le aporta un cariz divulgativo que se agradece. Cada explicación teórica viene acompañada de entretenidas anécdotas relacionadas con la vida cotidiana en la antigua Grecia, con ejemplos literarios, cinematográficos o pertenecientes al mundo de la publicidad. Esto hace que el libro entretenga y enseñe a la vez.

Otra de las constantes del libro es la intención del autor de desmontar los argumentos de todos aquellos que se empeñan en definir la retórica como una estrategia poco  ética.  Así, el autor nos recuerda que esta técnica ha ido siempre de la mano de la democracia. El inicio de la retórica se encuentra en la Sicilia griega del siglo V. a.C. Una vez que los tiranos fueron derrocados, y tras establecerse la libertad, los ciudadanos emprendieron una serie de litigios para recuperar los terrenos expoliados. El dominio de la palabra fue fundamental en este momento. La retórica, por tanto, ha estado siempre al servicio del ciudadano, como instrumento para garantizar sus libertades y sus derechos.

En relación a este tema, otro de los tópicos que el autor intenta desmontar es aquel que concluye que la comunicación persuasiva tiene como finalidad tan solo el propio beneficio del emisor. Sería al contrario, afirma, ya que la argumentación se da, sobre todo, en el diálogo, y aquí ambos interlocutores se enriquecen de la superposición de puntos de vista distintos, sin permitir que ninguno de los dos prevalezca de manera unitaria e impositiva. Hay que dejar claro, es obvio, que la retórica no va buscando la verdad, sino la eficacia y pertinencia comunicativas, pero esto no quiere decir tenga que estar ligada irremediablemente a la idea del engaño. Sólo cuando estas estrategias se llevan a cabo de manera artera y malintencionada, se pasa del argumento a la falacia, y de la persuasión a la manipulación, técnica esta última muy habitual en el lenguaje político o publicitario. Nos situamos en estos casos, y tal como esbozamos arriba, en comunicaciones que se originan desde determinados estamentos de poder. Estos -las empresas, los políticos- se apoyan en la ignorancia o inconsciencia del receptor, y mediante recursos de manipulación intentan engañarle. ¿La finalidad? Normalmente crematística, pero también ideológica. Esta última intención es realmente peligrosa, ya que de esta forma la retórica se transforma en un fino bisturí que sirve para dar forma y cohesionar ideologías en diferentes campos: jurídico, político, periodístico o educativo.  Esta es la fuerza y la amenaza de la palabra persuasiva: su capacidad para transformar la visión que el ciudadano tiene del mundo, llegando incluso a imponer un modelo “ideal” para el buen devenir de la sociedad -o para el buen devenir de una parte de ella, de la parte, en definitiva, que impone el discurso-. Entonces, ¿dónde queda la verdad de la que hablábamos antes? No le queda más remedio al autor que mostrarse totalmente escéptico ante la evidencia de que la única verdad evidente es aquella que se impone como resultado de la representación simbólica que nos llega desde las estructuras de poder. Cuando la comunicación retórica, por tanto, se realiza desde arriba, con una finalidad eminentemente ideológica, como medio de engaño y manipulación, y, además, aprovechándose de la inconsciencia de los receptores acerca del mismo acto retórico, en estos momentos, afirma Laborda Gil, es cuando se ejerce lo que él denomina “la violencia del poder” (112).

Otro de los aciertos que encuentro en el libro es su capacidad para demostrar, de una manera más o menos velada, la validez de una serie de conceptos acuñados en los últimos años por disciplinas afines al Análisis del Discurso o a la Pragmática Lingüística. Nos referimos, por ejemplo, a esta relación que se establece entre persuasión y violencia. De manera muy sucinta, el autor nos pone de relieve que, al insertarnos en el proceso argumentativo, corremos constantemente el riesgo de dañar la imagen del otro. En consecuencia, la argumentación y las diferentes teorías acerca de la (des)cortesía verbal van íntimamente ligadas. La validez, por tanto, de conceptos como (des)cortesía verbal, actividades de imagen, autoimagen, afiliación o autonomía puede contrastarse desde los orígenes mismos de la retórica allá por el s. V. a.C.

Termino diciendo que, más allá de su innegable valor científico, esta obra desprende amor hacia la palabra, y un renovado asombro hacia su innegable poder. Poder para transformar, ya sea de manera artera, ya sea partiendo de presupuesto éticos, la sociedad que nos rodea. Hablamos, en definitiva, de la palabra como arma, y, según afirma el autor, de la retórica como piedra donde esta arma debe ser afilada (96).

25 octubre 2012

Un festín de muerte

Crímenes ejemplares

Max Aub

Calambur, 2011. Colección “Narrativa”

ISBN: 978-84-8359-220-5

96 páginas

11,40 €

Prólogo de Eduardo Haro Tecglen
 
 

José M. López

¿Quién no se ha sentido tentado alguna vez de degollar al tipo que, sentado junto a él en el cine, no para de cuchichear y hacer ruiditos durante toda la película? ¿Quién puede negar que no se le ha pasado por la mente estrangular a un amigo que le ha hecho esperar durante 45 minutos en la esquina donde debían encontrarse, y que aparece alegre y distraído, sin ni siquiera disculparse? ¿Quién, por Dios Santo, no ha sentido el irresistible deseo de asfixiar con la almohada a su propia pareja, que no para de roncar durante toda la maldita noche, y que descansa plácidamente mientras el insomne no deja de observar cómo las manecillas del reloj de su mesita se acercan cada vez más a la temida hora que marca el inicio de su jornada laboral? Pues de estas humanas tentaciones, de estos comprensibles deseos nos habla Max Aub en esta obra que la editorial Calambur ha vuelto a rescatar -ya editó la obra en 1991 y 1996- para disfrute de los incondicionales del autor, o simplemente para aquellos a los que nos gusta de vez en cuando juguetear con lo truculento.

La idea de la muerte que encontramos en el libro entronca con una amplia tradición que, en mi opinión, se acerca más a referentes extranjeros -Thomas de Quincey, August de Villiers de L´Isle-Adam, André Breton- que a los nacionales -Quevedo, Goya o el “tremendismo” de la novela tras la Guerra Civil, por citar algunos-. Y esto se debe a que los aspectos más lúgubres son tratados aquí de una manera trivial, provocando incluso cierta sonrisa culpable en el lector. Ya desde el título el autor nos deja claras la ironía y la mala leche con las que traza cada uno de los microrrelatos que forman el libro. Estos crímenes, a diferencia de las Novelas ejemplares cervantinas, no pretenden ser precisamente modelos de comportamiento a imitar por la sociedad. Es más, podemos advertir que los móviles de muchos de los asesinatos que se comenten suelen ser, si no arbitrarios, pretendidamente descabellados:

La maté porque era de Vinaroz.”

Pero, a pesar de la aparente falta de lógica que le lleva a cometer estos asesinatos, cada texto supone una confesión descarnada de las manías del narrador hacia ciertas personas cuyas molestos comportamientos no le dejan otra salida que enviarlos al otro mundo. El criminal relata sus manías con tal sinceridad, que el lector se simpatiza en todo momento con él -en vez de identificarse con la víctima-, y llega a comprender su reacción ante comportamientos tan irrespetuosos como el siguiente:

La hendí de abajo arriba, como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor.”

La situación es tan absurda, que, a veces, el criminal achaca su delito, no a su libre albedrío, sino a pequeños detalles ajenos a su voluntad, y que son los verdaderos desencadenantes del crimen. El protagonista llega a afirmar que mató al cartero por culpa del pito que no paraba de tocar, o que el origen del acuchillamiento de un familiar estuvo en lo afilado del puñal que tenía sobre su mesa. Causas absurdas que dotan en ocasiones estos textos de un profundo tono existencialista

Otras veces el homicidio no nace de motivos disparatados, sino que se origina debido a que alguien no sabe acatar las apropiadas normas de cortesía, como en el caso de una visita que prolonga inesperadamente su estancia; o, por el contrario, por un exceso a la hora de poner en práctica estas mismas normas sociales, como aquel texto en el que el personaje no tiene más remedio que asesinar a la anfitriona que le insiste en que siga repitiendo arroz, aún a sabiendas de que el invitado está a punto de vomitar. Otra situación que puede justificar la muerte del prójimo sería, por ejemplo,  que este recaiga en determinadas confusiones imperdonables:

Le pedí El Excelsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí una cerveza clara y me la trajo negra. La sangre y la cerveza, revueltas por el suelo, no son una buena combinación.”

Una patosa pareja de baile, una criada que no para de hablar, un vendedor de lotería pesado o un alumno insolente son otras de las muchas víctimas que, por motivos obvios, se ven obligados a dejar atrás los quehaceres terrenales a manos del protagonista de estos Crímenes ejemplares.

Cuando Max Aub escribió este libro llevaba ya muchos años exiliado en México. Y la idea de trivializar con la idea de la muerte, de acercarse a ella de una manera lúdica e irreverente, viene muy influenciada por la idiosincrasia de este país. La muerte es parte de la vida, y la mejor forma de afrontarla es a través de la risa, y de un humor, que en ocasiones se torna, no negro, sino negrísimo, dando como resultados algunos crímenes de una crueldad y un lirismo muy intensos:

“Mató a su hermanita, la noche de Reyes, para que todos sus juguetes fuesen para ellas.”

A pesar de que encontramos magníficos textos que abarcan toda una página, es en los más breves donde el autor ofrece verdaderos recitales de su enorme dominio en el arte de lo breve, de lo no dicho. ¿El resultado? Microrrelatos que nada deben envidiar a otros más célebres, como el del famoso dinosaurio de Monterroso:

“¡Tenía el cuello tan largo!”

“¡Que se declare en huelga ahora!”

El libro termina con tres nuevas secciones: una de “Suicidios”, otra de “Epitafios”, y una tercera con una serie de crímenes suprimidos por el autor en una edición anterior.  La eliminación de estos textos por parte de Max Aub me resulta, por otra parte, incomprensible, pues aquí se encuentran algunos de los crímenes más divertidos del libro. También encontramos un prólogo algo insípido que Eduardo Haro Tecglen escribió para la edición de 1991, y un epílogo con mucha más chicha a cargo de Fernando Valls.

En esta época donde la hipocresía se disfraza de elegancia, donde podemos llamar perro judío a nuestro adversario político pero eso sí, siempre con chaqueta y corbata, donde los “bibianos” y las “miembras” son directrices de obligado cumplimiento, en esta época, digo, qué gusto da reencontrarnos con un libro que apuesta por lo políticamente incorrecto, por lo irreverente y transgresor, pero siempre desde la inteligencia, el talento y la calidad literaria. El buen gusto, vamos, aunque sea por lo macabro.

05 octubre 2012

La poética del perdedor


Inma la estrecha no quiere mi amor

Diego Vaya

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Levante"

ISBN: 978-84-15039-85-3

117 páginas

10 €




José M. López 

Quiero hablar hoy de una novela epistolar protagonizada por un joven que se encuentra en una situación deshonrosa, y que para justificar dicho estado escribe una serie de misivas en las que relata la multitud de agravios, sinsabores y sucesos bochornosos -a la vez que cómicos- que ha tenido que sufrir hasta llegar a casarse con la mujer que deseaba. El resultado: un matrimonio que, por fin, le ha proporcionado una cómoda posición social, a la vez que una aireada cornamenta. No, amigos, no estamos hablando de la enésima edición de El Lazarillo de Tormes, sino de la primera incursión en el mundo de la ficción narrativa del joven poeta Diego Vaya.

En claro homenaje a la insuperable obra renacentista, el autor  nos ofrece en esta novela corta un divertido retrato de un muchacho apocado que, a través de correos electrónicos, nos va deshuesando cada uno de los altercados, ruindades y humillaciones que ha tenido que sufrir hasta lograr casarse con la joven Inma, chica de una extraña frigidez, ya que dicha virtud tan solo parece mostrarse cuando ella se relaciona con el propio protagonista. Las aventuras de este perdedor descomunal, que podría protagonizar la última de Woody Allen, sirven al novelista para dibujar una ácida y divertida caricatura de la sociedad en que vivimos en sus diversas caras: la búsqueda desesperada de la sexualidad, el extremismo católico, la corrupción, el capitalismo deshumanizado… Al final, y tras el velo humorístico, el lector se queda con un pesimista y desesperanzado cuadro de nuestro día a día.

¿Qué pega podemos ponerle al libro? Pues que el autor no se haya esforzado, a mi parecer, en profundizar algo más en lo que los griegos denominaban la psique de los personajes. Desde el apocado protagonista, pasando por el padre militar o la madre "ultracatólica", y terminando por el psicólogo sudamericano, estamos ante meros estereotipos poco convincentes y que evitan que la trama adquiera credibilidad y sea, por tanto, más divertida aún. Sí, es cierto que estamos ante una novela humorística de tono pretendidamente ligero y entretenido, pero creo que no hubiera estado de más dedicar algunas páginas a dibujar en profundidad a estos personajes con los que se va topando el joven protagonista, de manera que, como ya he dicho, la implicación emocional del lector hacia ellos se hiciera más intensa, y la crítica social implícita, más universal.

Por otro lado, pienso que es de agradecer la naturalidad y falta de alardes de la novela, cuya mayor virtud reside precisamente en su sencillez y en su carencia de pretensiones "pseudo-filosóficas". Creo que Diego Vaya intenta presentarnos una obra para nada pretenciosa, un ligero divertimento con altas dosis de ironía, sarcasmo, y cargada de un humor chocarrero, mordaz y muy negro, negrísimo. Novela, en definitiva, ideal para desconectar un poco, pasar una tarde divertida y reírse un rato, hasta de uno mismo. Como con la última de Woody Allen.