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21 mayo 2010

Lucha de clases

Las grandes superficies

Juan José Téllez

Visor, 2010

ISBN. 9788498957525

76 pág.

10 euros.

XXIV Premio Unicaja de Poesía




Alejandro Luque

Juan José Téllez fue el primer poeta al que conocí en persona. Vino al instituto donde yo estudiaba a dar una charla, y para mí supuso una revelación. A él le debo descubrir que la poesía, más allá de los bécqueres y los esproncedas de los manuales, también podía oler a gasolina y saber a ron, tener la luz de los días azules como de los sórdidos callejones de los barrios conflictivos, y sobre todo cantar al amor en un tono más cercano al del cine negro o el rock que al de la eterna primavera de los tópicos románticos.

Lo malo fue que, como con todas las primeras influencias, cuando se tienen muchas ganas y todo el tiempo del mundo, me dediqué a desmontar y a montar cada uno de los engranajes de los poemas de Téllez, pieza a pieza. Me aprendí varios poemas suyos de memoria, y los recité a menudo en noches de pleamar etílica. Creo que aprendí mucho, pero llegó un punto en que su poesía no podía depararme ninguna sorpresa. Ese momento, además, coincidió con un momento de consolidación de la poética del algecireño, fijada definitivamente en Transatlántico (2000) y Las causas perdidas (2005), y de mi creciente interés por otras formas de expresión. Si como autor y lector fuéramos un matrimonio famoso, habrían cundido rumores de separación entre los paparrazzi.

No sé si Téllez merecerá un lugar en el Olimpo entre Darío y Vallejo, pero de lo que no me cabe ninguna duda es que al menos un libro suyo, Daiquiri (1986) merece estar entre los grandes títulos fundacionales de lo que luego llamaríamos poesía de la experiencia, junto a El jardín extranjero de García Montero, La caja de plata de Luis Alberto de Cuenca o Los vanos mundos de Benítez Reyes. Incido en ello porque los cronistas de esa época suelen olvidarse algunos nombres con demasiada ligereza, pero también porque el último libro de Téllez, Las grandes superficies, recupera y pone al día aquella sensibilidad.

Aquí concurren todas las señas de identidad de su poesía: el ritmo regular y constante, los plurales mayestáticos, las enumeraciones, las imágenes exóticas y cinematográficas, los finales rotundos e incluso sus famosísimas erratas, si bien muy reprimidas en esta edición. Pero lo que de veras conecta al citado libro de los 80 y a éste del siglo XXI es precisamente el tiempo transcurrido entre ambos, ése en el que nuestro país salió del subdesarrollo para entregarse a una borrachera colectiva cuya resaca pagamos ahora, después de jugar durante demasiado tiempo a que éramos ricos y eternamente jóvenes.

Algunos versos son como baldes de agua directos a la cara del lector dormido: "Al salir cargados los carros de la compra/, quizá nos detengamos a reparar que fuimos/ forajidos sin guarida y amazonas intrépidas,/ cuando los corazones galopaban salvajes/ y las costumbres solían ser atrevidas/ como una mano lasciva sobre un escote palabra de honor.// Vino después a domarnos la gente de orden,/ a ceñirnos la brida de un empleo honrado/ y enseñarnos el rumbo de las compras a plazos,/ de las ideas baratas y las horas extraordinarias,/ mientras el alma se llenaba de grandes superficies".

Téllez propone una reflexión que pasa, necesariamente, por echar una mirada atrás. El poeta que creyó en las utopías sigue enarbolándolas, aun con todos sus desengaños, 25 años después. Sin embargo, del mismo modo en que no podemos (ni debemos) enamorarnos como cuando éramos quinceañeros, es preciso ajustar nuestras emociones y nuestras revoluciones al tiempo presente. Tal vez la poesía, como sugiere este libro, sea una herramienta imprescindible en la exigente revisión que nos toca afrontar.

PS.- Las grandes superficies resultó ganador de un premio convocado por una entidad bancaria. Me divierte imaginar que, a la entrega del galardón, los poderes económicos creyeran que estaban domesticando al poeta a golpe de talón, en tanto éste sonriera al culminar su acción quintacolumnista. Acaso la lucha de clases no se haya resuelto, pero, ¿quién dice que no ha ganado en elegancia y civilización?

20 enero 2010

Deprisa, deprisa

Poemas a toda plana. Poesía y periodismo

Juan José Téllez (ed.)
Prólogo de Luis García Montero

Visor, 2009
ISBN: 978-84-9895-731-0

306 páginas
16 euros.


Juan Carlos Sierra


Mi corta experiencia en la redacción de un periódico y los comentarios de los amigos ‘plumillas’ me dicen que uno de los males con los que debe coexistir el periodista es la prisa, al margen, claro está, de otros que tienen que ver con los horarios, el salario o la precariedad laboral; en fin, todos los que cualquier hijo de vecino ha de soportar en un medio en el que prima la publicidad –de todo tipo- y los intereses empresariales.
De todos ellos, sin embargo, el que puede provocar más ansiedad, si uno quiere llevar a cabo su labor honestamente, es el mencionado en primer lugar; insistimos, la prisa, los plazos excesivamente breves, los empujones de la actualidad en las mesas de redacción y los espacios exiguos que dejan los diseños de maquetación. El resultado: falta de profundidad, noticias para el consumo –es decir, de usar y tirar-, errores ortográficos, ausencia de coherencia y rigor en la redacción de los textos, noticias no contrastadas suficientemente,…
La antología o recopilación, que ha confeccionado Juan José Téllez, magnífico periodista y poeta, bajo el título de Poemas a toda plana da la sensación de que adolece de algunos de los pecados achacables a la prisa periodística en un género, la poesía, que se lleva mal con las urgencias. Al igual que en algunas de las columnas de un diario redactadas a toda velocidad, en estos poemas seleccionados por Téllez falta alguna que otra tilde, los dedos al teclear han confundido vocales y consonantes, se han incluido quizás demasiadas letras de canciones que a duras penas encajan en una recopilación lírica y algunos de los textos seleccionados están cogidos por los pelos simplemente porque algún versos aparecía el campo semántico de lo periodístico, a pesar de que, no lo olvidemos, en Poemas a toda página, según reza el inicio de su introducción, el autor trata “de seleccionar textos íntimamente relacionados con los medios de comunicación”.
En cualquier caso, son todos estos pecados veniales, ya que el conjunto de poemas y autores que se dan cita en las páginas de Poemas a toda página resulta bastante digno y muy representativo de lo que pueden ser las páginas de un diario. Aparte de la estructura del libro, a la manera de las secciones del periódico o de un telediario, en sus titulares y en el cuerpo de sus textos predomina lo heterogéneo, es decir, la riqueza y variedad de la vida que se cuela en las páginas de cualquier cabecera o en los versos de los poemas. Y como en la vida y en los periódicos, hay buenos poetas y no tan buenos, buenos poemas y no tan buenos, incluso no los mejores poemas de los mejores poetas seleccionados, quizá atribuible a las limitaciones de las intenciones primeras de esta recopilación.
Pero, como señala Téllez en la introducción a estos Poemas a toda plana, este conglomerado más o menos amorfo de autores y textos “busca constituirse, obviamente, en un canto a la libertad de prensa” que se desliza entre “el juego y el capricho”. Así que no hace falta añadir nada más, puesto que en este sentido se puede afirmar que el objetivo está suficientemente conseguido.
Sólo una cosa más: soberbio prólogo el que ha escrito Luis García Montero para estos Poemas a toda plana. Y una idea fundamental del poeta que gusta de leer y colaborar en prensa: “lo mejor que pueden hacer los medios de comunicación por la poesía es defender la dignidad del periodismo”. Sin prisas, por supuesto.