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14 febrero 2012

No siempre se acierta


El vino de la soledad

Irène Némirovsky

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-403-1

221 páginas

15 €

Traducción de José Antonio Soriano Marco



Juan Carlos Sierra

Tras la monumental Suite francesa y su merecidísimo éxito de crítica y público, la editorial Salamandra ha ido recuperando poco a poco la obra narrativa de Irène Némirovsky, dando con cuentagotas -casi a razón de uno al año- otros títulos de la autora ucraniana afincada en Francia a partir de 1919. Desde la inauguración de lo que podría llamarse "Colección Némirovsky", el que suscribe estos párrafos ha ido buceando en su obra al ritmo de la publicación en español de sus novelas fascinado, principalmente, por su maestría a la hora de perfilar caracteres, de bucear en el alma humana, de crear personajes hondos, complejos y redondos.

Sin embargo, en El vino de la soledad las expectativas quedan un poco por debajo de lo esperado. Es más, de lo que conocemos hasta el momento de Irène Némirovsky podría afirmar que en este libro la escritora ucraniana rebaja sus exigencias literarias al nivel de la simple corrección. Evidentemente, esta valoración solo se puede realizar con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido y el conocimiento de otras novelas de mayor valía -y no me refiero solo a la sublime e inacabada Suite francesa-.

Si el valor más destacado de la escritura de Némirovsky desde mi punto de vista es la construcción de personajes de una pieza -pero como un mosaico donde cada una de las teselas explica el conjunto y le aporta sus propios matices-, los dibujados en El vino de la soledad adolecen de cierto esquematismo, de una suerte de previsibilidad que puede explicarse quizá por el mismo origen de la novela.

Como ha señalado gran parte de la crítica que se ha ocupado antes de esta novela, se trata de una de las obras más autobiográficas de Irène Némirovsky. De hecho, la protagonista, Elena Karol, puede considerarse su álter ego. Al margen del argumento de la obra, sobre el que no vamos a detenernos, porque no es necesario para nuestra argumentación y porque no queremos desvelar nada a los potenciales lectores de la novela, existe un principio en literatura que posiblemente pasa por alto Némirovsky en la creación de esta obra y que ya enunció Gustavo Adolfo Bécquer muy avanzado el siglo XIX: “Cuando siento no escribo”. Esta frase del poeta sevillano se refiere no solo a la distancia temporal -evidente en el caso de los sucesos que narra El vino de la soledad y el momento de transmitirlos como obra literaria-, sino más bien a la distancia emocional que ha de existir entre el instante de la vida vivida y su posterior plasmación en artefacto literario.

Cuando esa distancia no existe, aunque haya pasado mucho tiempo, el efecto literario puede resultar frustrante. Cuando uno sigue íntima y emocionalmente ligado a los sucesos que piensa trasladar al papel, por paradójico que parezca, el intento suele resultar fallido, porque los sentimientos son malos consejeros en la escritura, porque las confesiones hay que dejarlas para los amigos o para el cura, si se es creyente, y porque la claridad necesaria para construir una trama y especialmente unos personajes puede verse nublada y lastrada por los deseos de venganza, por los impulsos de ajuste de cuentas que, como es el caso que aquí nos ocupa, sobrevuelan El vino de la soledad.

Si no se ha leído nada de Irène Némirovsky, esta obra puede ser, no obstante, un buen comienzo porque al fin y al cabo -ya lo hemos apuntado antes- se trata de una obra correcta; si ya se ha disfrutado de Suite francesa o El baile, se puede prescindir de El vino de la soledad, que hay muchos libros esperando y muy poco tiempo.

05 julio 2011

Leer a Némirovsky entre los escombros de Beirut

Si mal no recuerda Juan Carlos Sierra, fue en una entrevista a Elena Medel que oyó hablar por primera vez de I. Némirovsky y su Suite francesa (2004). La poeta cordobesa afirmaba que se trataba de una autora imprescindible y nuestro crítico apuntó la recomendación para el verano. Mientras en el verano de 2006 estalla el conflicto entre Israel y Líbano, Juan Carlos se sumerge en un relato descarnadamente auténtico sobre otro conflicto antiguo pero igual de cruel. Y la literatura hizo el resto.


Juan Carlos Sierra

Con los libros a veces se producen coincidencias simpáticas como, por ejemplo, cumplir años un 6 de marzo y que te regalen Bomarzo o que Almodóvar "te robe" para hacer una película el argumento de un libro –Alejandro Luque lo puede explicar mejor-; por no hablar de la simbiosis habitual entre lector y personaje –“eso me ha pasado a mí y no sabía cómo explicarlo”-. Hay lecturas, sin embargo, que guardan una relación menos amable con la realidad.

En el verano de 2006 estalla un conflicto bélico entre Israel y Líbano y desayuno todos los días entre imágenes de destrucción y muerte. Por casualidad cae en mis manos Suite francesa, la novela póstuma de Irène Némirovsky. Entonces la realidad y la ficción me acorralan en una especie de fuego cruzado insoportable, pero necesario, y hacen que un libro signifique el 'shock' de un bombardeo.

Hay obras que iluminan las zonas en sombra que los 'flashes' de los fotógrafos o la luz de las cámaras de televisión oscurecieron hace tiempo, porque es falso que una imagen valga más que mil palabras.

Leer los periódicos o escuchar las noticias durante gran parte de aquel verano supuso añadir un poco más de dolor al habitual. Dolían los bombardeos indiscriminados de Israel sobre la población civil libanesa, sus bombas de racimo que auguran muertos y mutilados futuros. Dolían las víctimas en Haifa o Nazaret provocadas por Hezbolá. Dolía la metralla de un herido o el polvo que cubre un cadáver.

Dolía, pero como un pinchazo, como un aviso, superficialmente –si se quiere-, con una inquietud necesariamente pasajera, porque cada uno tiene que seguir con su vida a pesar de todo y hay muchas cosas que hacer, y hoy no llego, y todavía no he terminado el informe ni he preparado la cena, y pobre gente, pero mañana a las siete…

Y entonces, por suerte y por casualidad, la literatura se alía con el telediario –o viceversa- y me pongo a leer Suite francesa. En ese momento las urgencias se relativizan y la realidad estrena cuerpo: no importa tanto el informe sobre la mesa del jefe ni que tus hijos cenen a las once –al fin y al cabo, aún están de vacaciones-, ni siquiera que mañana haya que madrugar.

Aquella pobre gente, por obra y gracia de la obra de Némirovsky, ahora sí que tiene cara, brazos y piernas –algunos no-, fardos y maletas que arrastrar, niños a los que explicar lo inexplicable, prisa por abandonar una muerte casi segura por una muerte más que probable, dudas en el camino a elegir,…

Es curioso cómo opera la literatura en la vida. Mientras silba el miedo sobre las cabezas de tantos civiles libaneses e israelíes, leer Suite francesa, una ficción sobre la huida de los parisinos ante la inminente llegada de las tropas nazis, añade un nuevo matiz de realidad a las imágenes de la población civil saliendo de Beirut o Tiro que vimos durante gran parte de un verano desgraciado. Lo más importante, sin embargo, fue que para el lector que yo era en 2006 se recupera la tensión de las palabras y conozco con más precisión qué implica ser "refugiado", pero también cuál es exactamente el significado de algunos otros términos bajo las bombas: miedo, sangre, cráter, egoísmo, traición, coche, vanidad, amor, hambre, noche, generosidad…

Con Suite francesa Némirovsky trata de “Contar lo que le pasa a la gente y ya está”, pero mostrando la “lucha entre el destino individual y el destino común”, según declara en la tercera parte inconclusa del libro llamada "Cautividad". La lucidez para ver y sacar a la luz la esencia del ser humano en una situación límite, como la que se narra en Suite francesa, es la marca de la casa de la escritora francesa y la clave para que al lector que yo era entonces se le removieran los cimientos de una casa construida en la zona tranquila del estado del bienestar.

Su lucidez es nuestra lucidez en estos tiempos propicios al "nosotros" contra el "ellos", esto es, al odio: las abstracciones históricas roban el significado de las palabras y usurpan la vida real de la gente que está detrás de esas palabras. Por eso es necesario leer ahora y siempre Suite francesa, para saber qué late exactamente bajo las imágenes y las palabras que nos llegaban en 2006 desde Líbano e Israel y nos siguen llegando desde cualquier conflicto bélico actual o futuro.

13 mayo 2010

En el alma del asesino

El caso Kurílov

Irène Némirovsky

Ediciones Salamandra, 2010

ISBN: 978-84-9838-273-0

155 páginas

13 euros

Traducción de José Antonio Soriano Marco




Juan Carlos Sierra

Desde que en 2005 se publicara por primera vez en español Suite francesa, el nombre de Irène Némirovsky ha ido ocupando por derecho propio un lugar de preferencia en las bibliotecas de los amantes de la buena literatura.


De aquella magnífica novela inconclusa por la muerte de su autora a manos del nazismo, lo que más sorprende es su honestidad, su resistencia a caer en el juego simplón de buenos y malos, su desnudez a la hora de enfrentarse a la esencia y complejidad del alma humana; y todo ello lo consigue Irène Némirovsky por la vía de la indagación psicológica, a través de la construcción de personajes con relieve, lejos de la visón plana y simplificadora de héroes y villanos, -tentación en la que fácilmente podría haber caído si tenemos en cuenta el momento de redacción de Suite

francesa, la Francia ocupada por el Tercer Reich-.


Hay que recordar que este libro fue el último que escribió Némirovsky, por lo que cabe especular que se trata del final de un camino, de una manera de enfrentarse a la novela, de un proyecto narrativo que empezó a gestarse en su primer título David Golder. Otro de aquellos libros primerizos fue El caso Kurílov –objeto de esta reseña-, en el que ya aparece, aunque sea de forma algo balbuciente, esa manera particular y exigente de construir a los personajes de ficción.


Efectivamente, en esta novela de Némirovsky lo que más atrae al lector y su mayor mérito es el hecho de que el personaje principal, Leon M. o Marcel Legrand, un terrorista revolucionario encargado de ‘liquidar’ a Kurílov –a la sazón Ministro de Instrucción Pública del zar Nicolás II-, no está tratado esquemáticamente, es decir, maltratado por su creadora como si fuera un personaje de guiñol.


El lector asistirá a lo largo de la novela al desarrollo de una extraña relación, la del asesino con su víctima, puesto que Marcel Legrand entra al servicio de Kurílov en calidad de médico personal. La estrategia parece estar clara desde las filas revolucionarias: hazte pasar por uno de ellos, aproxímate al máximo a tu presa porque así será mucho más fácil cazarla. Sin embargo, los autores intelectuales del atentado, utilizando una manida expresión moderna, no han tenido en cuenta que quien va a contar esta historia es Irène Némirovsky, tan atenta a los vericuetos por los que suele moverse el alma humana.


No vamos a desvelar si Marcel Legrand perpetra el atentado contra Kurílov o no, primero, porque la estructura de la novela lo deja claro desde el principio y, en segundo lugar, porque quedarnos en lo anecdótico no beneficia en nada su lectura. Como con Ulises, y salvando las distancias, aquí no se trata de llegar a Ítaca, sino del camino, del viaje, del conflicto que Irène Némirovsky nos plantea en un personaje que se enfrenta no sólo a Kurílov, su víctima, sino a sí mismo. Un trayecto –una novela- apasionante.