11 junio 2013
Lo que sólo el viento oyó
28 junio 2012
'Take Me Home, Country Roads'
Breece D'J Pancake
Alpha Decay, 2012. Colección "Héroes modernos"
ISBN: 978-84-92837-37-3
232 páginas
21 €
Traducción de Albert Fuentes
Presentación de John Casey
Fran G. Matute
12 junio 2012
La verdad indestructible
Edición de Michel Delorne
16 febrero 2012
El electrón es burdo
Los electrocutados
J. P. Zooey
Alpha Decay, 2011. Colección “Héroes Modernos”
ISBN: 978-84-92837-28-1
172 páginas
15 €
José María Moraga
Al enfrentarme a la nueva novela de J. P. Zooey (pseudónimo de un autor argentino de 1973, que llamó mucho la atención dos años atrás con su debut Sol artificial) me invade una doble sensación de ilusión y miedo. Ilusión por descubrir a un nuevo talento, a un renovador de la lengua o al menos de la narrativa, a una voz sensible capaz de describir el mundo actual tratándolo de tú a tú (pues conoce sus coordenadas), a diferencia de los “tardomodernos”, dinosaurios ‘et alii’, eternamente acusados de no enterarse o estar fuera de onda. Miedo, empero, a que se trate del último ‘hype’ literario, del último drama o dulce de cacao con avellanas, de un “buñuelo de aire”, como diría Manolo Haro. En el caso de Los electrocutados (2011), mucho me temo que al terminar su lectura dichos temores se han visto confirmados.
La segunda novela de J. P. Zooey exhibe todas las trazas de la obra literaria posmoderna, que ya resultaría tedioso volver a listar aquí (curiosos ver, por ejemplo, a Ihab Hassan), y en ese sentido es un producto todo lo químicamente puro que una obra de estas características puede ser. Los detractores de este fenómeno tendrán con eso cumplida su mala crítica, pero yo voy más allá: voy a intentar explicar por qué no me ha gustado, siendo como soy, un apasionado de la literatura posmoderna, fragmentaria, lúdica, intertextual e iconoclasta. Lo primero que quiero decir es que Los electrocutados me ha parecido un esfuerzo fallido, en ningún caso una tomadura de pelo, una broma o una obra fatua.
Admiro la sensibilidad del narrador, y desde el minuto 1 me sentí atrapado por el juego narratológico de ida y vuelta entre las voces de Dizze Mucho (protagonista de la novela), su albacea J. P. Zooey (quien proporciona un nivel textual más) y la hermana de Dizzie: Oidas, la gran ausente. Y por la ruptura de expectativas continua que tanto aprecio en Vila-Matas o Antonio Orejudo (por poner dos ejemplos punteros). Pero lo que en esos y otros escritores me pareció un válido ardid para montar el andamiaje de una historia que se enriquecía con dichos juegos y trampas autorales, en el caso de Los electrocutados me he quedado con la sensación de que se ha enmarañado porque sí una historia bonita que podría haber resultado mucho más efectiva si se hubiese contado de otra manera. ¿De cuál? No me corresponde a mí decirlo, solo dejar constancia de que el armazón posmoderno confunde y no aporta mucho a lo que por otra parte me parece un valiente intento de explicar el mundo.
Vuelvo a dar una de cal y otra de arena. La historia que Los electrocutados cuenta podría resumirse en la búsqueda de dos hermanos durante toda su vida de “la frase del Sistema Solar”, pues Dizze y Oidas están convencidos de que cada planeta y el Sol tienen una palabra que decir, y que juntas las diez conforman una frase que vendría a definir el sentido de la vida. Algo así como la música de las esferas, pero en versión 2.0. El protagonista Dizze busca las huellas o trazas de este significado (algo 100% posmoderno, no lo olvidemos) en signos que le van remitiendo a otros signos, de modo que el significado último siempre queda diferido. Estos signos son los gatos, los transbordadores espaciales, una pieza de Bach… Al final, sin reventaros la intriga os diré que la frase del Sistema Solar es conocida por Dizze (y por los lectores), pero claro está, una apuesta con unas expectativas así corre el gran riesgo de degenerar en un “Parto de los montes”.
Si hay dos pilares que salvan Los electrocutados del ridículo o de la acusación de patraña son, a mi entender, su acerada sensibilidad (nunca cae en lo cursi, aun transitando su frontera) y su juicioso uso del humor, algo que siempre es de agradecer. De lo primero dan testimonio las cartas de Dizze a su hermana Oidas, diálogo unidireccional, repletas de un amor emocionante. La contrapartida del humor la encontramos en forma de unas demenciales clases universitarias de Dizze (profesor de “Historia de las Ideas Menores”), cuyos textos se interpolan en la novela y que constituyen lo mejor del libro, por lo imaginativas, refrescantes y bizarras. Como botón de muestra, sépase que una de ellas trata sobre un tal Kilgore Trout, estudioso de la vida ‘alien’ y defensor de la teoría de que toda la vida en la Tierra es de origen extraterrestre y se implantó en 1950 (Kurt Vonnegut, Jr. estaría orgulloso).
Pese a estos momentos brillantes de ironía, sátira y ‘gore’, Los electrocutados descansa sobre una serie de 'leitmotivs' que francamente me han parecido un poco oportunistas o traídos por los pelos. Así, hay constantes referencias a la Red, Internet, Twitter, la electricidad como metáfora extendida o alegoría de las conexiones que establecemos y que según el narrador son el signo de los tiempos… aparte de los símbolos ya mencionados: el transbordador espacial (la huida del hombre hacia el cosmos), los pájaros (como ancestros nuestros que demostrarían lo absurdo del lenguaje: otra idea clave de la Posmodernidad) y los gatos (máximos exponentes de los interrogantes de la Humanidad, dada la forma curvada de su cola).
De este modo, un libro que tiene un comienzo si no delicioso sí absolutamente prometedor e intrigante, se pierde en meandros y vericuetos que pueden parecer a priori profundas reflexiones pero que a menudo se quedan en aislados destellos de talento. Porque talento hay, no seré yo el que le niegue a J. P. Zooey el mérito de haber creado su propio universo, bastante consistente, pero es una pena que la historia y los temas de base (el amor de los dos hermanos, la búsqueda del sentido de la vida, la naturaleza de la creación literaria o el lenguaje mismo) tengan que disfrazarse “de no sé qué ropajes” para llamar la atención en estos días.
20 diciembre 2011
Busque, compare y si encuentra una revolución mejor, ¡cómprela!
La conquista de lo coolThomas Frank
Alpha Decay, 2011. Colección "Héroes modernos"
ISBN: 978-84-92837-11-3
440 páginas
25 €
Traducción de Mónica Sumoy y Juan Carlos Castillón
Fran G. Matute
El eterno dilema: ¿Qué fue antes? ¿La gallina o el huevo? Sobre este incómodo concepto pivota este inquebrantable y espléndido ensayo de Thomas Frank, titulado La conquista de lo cool (1997). ¿Fue la revolución de la contracultura norteamericana de los años sesenta la que cambió el mundo o fue un producto más de la cultura de masas creada por el capitalismo? Thomas Frank parece decantarse más hacia la segunda opción. Fueron las agencias de publicidad de Madison Avenue las que inocularon en la población las ansias del inconformismo consumista; fue el sistema capitalista el que ideó todo el imaginario colectivo asociado al movimiento 'hippy'. Una vez más, fue el individuo el que se dejó engatusar por los cantos de sirena corporativistas. Si eres un soñador, un hijo de la era de Acuario, un idealista, un woodstockniano... no te va a gustar leer este fantástico y completo estudio sobre las relaciones entre la publicidad, la cultura y el consumismo de los años 60. Si alguna vez creíste que aquélla fue la época de la auténtica revolución, ha venido Thomas Frank a joderte el invento.
La conquista de lo cool parte de la hipótesis de que los años de la contracultura no fueron sino una reacción al capitalismo más anquilosado y marmóreo. Ese que se impuso durante los años de esplendor del 'American Way of Life' y que tan bien retrató en sus novelas Richard Yates y en sus películas Douglas Sirk. Porque no era oro todo lo que relucía en aquéllos barrios residenciales cortados bajo el mismo patrón, con sus utilitarios fabricados en serie, esas espléndidas esposas de calendario, esos trabajadores de traje gris y sombrero de ala ancha. El capitalismo se volvió aburrido y la abundancia tornó en conformismo y homogeneización. Precisamente contra aquélla uniformidad impuesta surgió ese halo de individualismo anticonsumista, de aparente ruptura con el sistema, que posteriormente se denominó -en su acepción más amplia- "contracultura" pero que, en su fuero interno (o al menos así lo contempla Thomas Frank en su análisis), no era sino una forma de personalizar el ansia consumista. De tener cosas que no tienen los demás. De diferenciarse. De ser único. Y esa ansiedad por "individualizarse" fue captada por las agencias de publicidad más avezadas y desarrollada con enorme éxito en sus campañas.
Así, bajo esta premisa, Frank desgrana el funcionamiento de las agencias de publicidad más éxitosas de Madison Avenue (J. Walter Thompson; Doyle, Dane, Bernbach; Wells, Rich, Greene...) y destaca la personalidad de sus principales y excéntricos ejecutivos creativos (Bill Bernbach, Jerry Della Femina, George Lois, David Ogilvy...), su visión del negocio de la cultura y su acierto en identificar, de una forma absolutamente distinta a como estaban funcionando las empresas hasta entonces, las necesidades más básicas de estos "rebeldes" del sistema. Pretende con ello Thomas Frank poner en evidencia que los cambios que se pusieron de manifiesto durante la década de los sesenta en todos los ámbitos de la cultura (desde el cine, pasando por la moda, la música, el arte o la literatura) también hicieron mella en uno de los actores más importantes -si no el que más- del sistema capitalista: las empresas. Pero no se me asusten, pues éste no es un ensayo de corte empresarial sino sociológico. Algo así como más Harper's Bazaar y menos Harvard. Afirma Frank, por tanto, que las grandes compañías, sujetas a reglas de funcionamiento tan estrictas como efectivas, comenzaban a perder su contacto con la realidad. Tenían que adaptarse a los tiempos que corrían. Entender a la juventud, a los "inconformistas". Y la única extremidad de la anquilosada estructura corporativista que supo no sólo adaptarse sino adelantarse al cambio fue el marketing.
Baste recordar que en 1960, uno de los grandes economistas y teóricos de la publicidad del pasado siglo, Theodore Levitt, escribió su celebérrimo artículo "Marketing Myopia" (que sorprendentemente no es citado por Frank en todo el ensayo, quizás por ese prurito sociológico al que hacíamos referencia con anterioridad), que introdujo un cambio radical en la concepción del producto por parte de las empresas, y su forma de presentarlo al mercado. La "miopía" a la que hacía referencia Levitt era la que sufría la industria en aquél momento que, en términos generales, únicamente se orientaba hacia el producto en lugar de hacia las necesidades del cliente/consumidor, cuyas prioridades básicas estaban claramente cambiando a principios de los años sesenta. En este sentido, afirma Frank en su ensayo que:
"Afortunadamente la revolución contra el conformismo no fue una rebelión contra el consumismo o la institución de la publicidad. De hecho, (...) los mejores anuncios (...) no sólo nacían del nuevo rechazo a los convencionalismos sino que lo habían provocado e incluso 'anticipado'. La sociedad de masas era ahora el objetivo de una sublevación generalizada y lo alternativo se estaba convirtiendo en un estilo cultural muy extendido, pero mientras estuviese atenta y abrazase la crítica de la sociedad de masas, Madison Avenue podía cabalgar sobre la ola del malestar hasta alcanzar nuevas cimas de prosperidad. En el fondo, la contracultura no era sino una rama de la misma revolución (...)."
Es, por tanto, vía las agencias de publicidad, que la contracultura llegó también al mundo empresarial y gracias a ellas se consiguió desarrollar una imponente campaña de "consumismo diferenciador" que conformó gran parte de los símbolos contraculturales que hoy día se asocian, por ejemplo, con el movimiento 'hippie' (léase, la furgoneta Volkswagen o la Generación Pepsi). Es, precisamente, a través de un minucioso estudio de las grandes áreas de consumo norteamericanas del momento (la industria automovilística, el tabaco, las bebidas alcohólicas, la moda masculina y los refrescos de soda), que Frank analiza la capacidad de adaptación de las empresas a ese nuevo cliente/consumidor al que hacíamos referencia. Para ello se realiza un completo análisis de los diferentes anuncios que las grandes marcas "contraculturales" idearon durante la década de los sesenta y cómo sus mensajes y logos publicitarios eran asumidos por la juventud más alternativa, siendo ésta la prueba definitiva del éxito del nuevo enfoque que las compañías querían dar a su 'portfolio'.
¿Y qué vigencia puede tener un ensayo como éste, escrito hace cerca de quince años y que versa sobre lo ocurrido cinco décadas atrás? Me alegro que me haga esa pregunta, amigo lector. Pues este es el 'quid' de la cuestión. ¿Vigencia? ¿Aplicabilidad práctica? Al margen de que la lectura de La conquista de lo cool pueda hacer las delicias de los amantes de Mad Men (téngase en cuenta que el libro fue escrito antes de que se emitiese la éxitosa serie de Matthew Weiner, por lo que no se hace referencia alguna a Don Draper -por cierto, personaje moldeado sobre el perfil del publicista creativo Leo Burnett- y compañía), la realidad es que la época que contempla, el modelo sobre el que Thomas Frank basa sus conclusiones, es fácilmente equiparable a lo que está ocurriendo en nuestros días. En su capítulo final -titulado "El inconformismo, el estilo oficial del capitalismo"- Frank incluye las que a mi juicio son las reflexiones más memorables de este ensayo al valorar, desde la perspectiva histórica, el legado de la revolucion consumista de los sesenta, la cual cayó en desgracia con el cambio de década (el autor cita el Congreso Democrático de Chicago, Altamont, los Weatherman o Charles Manson, como los acontecimientos definitorios del fin de la revolución a principios de los 70). Hoy podemos percibir, con más claridad que nunca, que la revolución contracultural cayó en saco roto (no hay más que ver cómo estamos), pero como afirma Frank "[a]ctualmente hay pocas cosas más queridas por los medios de comunicación que la figura de rebelde cultural, el individualista insolente que se resiste a los mandatos de la civilización de las máquinas. (...) el rebelde se ha convertido en el cliché supremo de los entretenimientos más populares, el símbolo más importane del sistema que se supone que está subvirtiendo. En publicidad es el líder supremo".
Este es pues el gran legado de la revolución de los sesenta. El único que queda vigente hoy día. Hasta el punto de que "(...) los publicistas de los noventa continúan imaginándose el mercado como un lugar en perpetua revolución, siguen considerando el espíritu como la actitud ideal del consumidor, y al mismo consumismo como una máquina que avanza locamente hacia adelante gracias a un combustible tan abundante como es el disgusto popular hacia el propio consumismo." Hoy día se estudia en las escuelas de negocios la teoría del 'Long Tail', que tal y como lo formuló Chris Anderson en 2004 en la revista Wired, supone una nueva aproximación al mercado, esta vez amparada en la especialización del consumidor, buscando vender menos cantidades de más productos. Es el sistema que pone en práctica Amazon o eBay. Es el sistema en el que nos movemos todos los consumidores hoy día. Es el equilibrio, en virtud del cual, seguimos creyendo que somos "únicos", que podemos comprar a nuestro antojo y ser diferentes. Esta nueva era de la publicidad no es analizada por Frank en su ensayo, por una mera cuestión temporal, pero mucho nos tememos que de realizar una comparativa de las técnicas de marketing aplicadas hoy día a los productos más en boga entre los consumidores alternativos, encontraríamos mucha similitudes con las conclusiones a las que llega Thomas Frank en este impagable, pletórico y desmitificador ensayo que todos deberían leer ahora que se acercan las fechas más salvajes del consumismo de masas.
09 diciembre 2011
Piña colada
PiñaMichael Cera
Alpha Decay, 2011. Colección "Alpha Mini"
ISBN: 978-84-92837-32-8
64 páginas
7 €
Traducción de Mercedes Cebrián
Ilustraciones de Blanca Miró
Fran G. Matute
Permitidme una frikada: una de las últimas grandes escenas de la historia del cine fue protagonizada por Michael Cera en aquélla obra maestra espantosamente titulada en este país como Supersalidos (Greg Mottola, 2007). Os sitúo: escena de la fiesta. Cuando Evan, el personaje interpretado por Cera, es invitado a cantar por unos drogados (que lo confunden con otra persona) y el amigo se lanza a destrozar las primeras estrofas del "These eyes" del grupo canadiense Guess Who. ¿Ya le ponen cara? Sí, ese es el autor del relato que nos traemos hoy entre manos.
¿Y por qué le publican un relato a un actor de comedieta juvenil con cara de alelado? Os lo voy a confesar: porque ha escrito uno de los textos más redondos del año. Así de simple. En apenas 60 páginas. Como hacen los grandes maestros del género. Como hacen, por ejemplo, Rick Moody, David Sedaris, George Saunders, Michael Chabon...
Fue idea de Dave Eggers incluir este Piña en una de las últimas ediciones de su McSweeny's y fue el propio Eggers el primero en poner en solfa la calidad del relato. ¿Y qué es lo que tiene de meritorio? ¿Por qué cantamos sus alabanzas? Por su falta de pretensiones. Su candidez. Su ironía. Su inteligencia. Su precisión. Su sencillez. Su perfección.
La historia de Piña es la de un actor en horas bajas que deambula por Hollywood buscando su sitio, un nuevo papel que interpretar que lo desencasille y quizás, en el fondo, lo que busca sólo sea el sentido de la vida. Mal sitio para ello, Los Angeles. Imagino que muchas de las anécdotas que le ocurren a Carroll Silver -el protagonista de este relato- provienen de la propia experiencia de Cera (ese encuentro en el autoburger, tan arquetípico). Y sí, mucho hay en este relato del Cera de la excelente Nick y Norah, una noche de música y amor (Peter Sollet, 2008). Así que originalidad no es precisamente lo que ofrece Piña. Y sin embargo no nos ha importado lo más mínimo. ¿Cómo negarse a una historia en la que se visita -ilustración incluida- la mítica Amoeba Records? ¿Cómo obviar esos diálogos tan bizarros? ¿Esa historia de amor -si la podemos llamar así- tan disfuncional? La verdad, como crítico me cuesta explicar el éxito de este texto pero no puedo evitar haber sucumbido a él.
Hablábamos antes de falta de pretensión y creo que es ahí donde reside el acierto de un relato como Piña. Su frescura. El que Cera sea consciente de que está jugando en una liga que no es la suya. Dudo mucho que el actor se pase a la escritura, pero ahí quedará para siempre este texto. Un 'one hit wonder', como dicen en el mundo musical. Una nueva jugada del maestro Dave Eggers, ese gran gestor del talento ajeno. Uno tiene la sensación de que con este relato nos la han colado, amigos lectores. Nunca debió haberse publicado y sin embargo todos caen rendidos a sus pies. Disfruten de esta Piña colada. Es verdaderamente refrescante.
30 junio 2011
¿Todos somos judíos?

La filosofía judía, una guía para la vida
Hilary Putnam
Alpha Decay, 2011
ISBN: 978-84-928-3712-0
190 páginas
19,50 €
Traducción de Albert Fuentes
Ilya U. Topper
Si este libro se llamara “Elogio y comparativa de Rosenzweig, Buber y Levinas”, yo no tendría nada que objetar. Pero se titula La filosofía judía, una guía para la vida. Tendría que tener asumido tales incongruencias desde que escogí en una manta en la acera mi ejemplar de Kaputt, del gran Curzio Malaparte, pese a la escotada rubia con pistola en la portada (no, no, créanme: en Kaputt no salen rubias, y las que salen no van armadas; probablemente fuera un truco para circumnavegar la censura franquista).
En el caso de Putnam, francamente no lo sé. Quien espera encontrar una versión hebráica de los panfletos de autoayuda de cierto tecleador y cuyo nombre no precisaré por amor a Brasil, va listo (afortunadamente). Aquí hay filosofia de la verdadera, es decir, lo que los laicos en la materia nos imaginamos que deben de enseñar en las aulas de Filosofía en la universidad (y que nos parece motivo para huir de tales asignaturas). El de Putnam no es un libro fácil de regalar, me temo. Quien no sepa distinguir entre el fenomenismo de Carnap y la fenomenología de Husserl o no sabe “practicar la 'abstención' (epojé) fenomenológica” en el sentido de éste último, no sabrá sacarle todo el jugo que la obra probablemente contenga. Hecha esta advertencia procedamos a destripar el libro, confiando en que el autor se lo tome con filosofía.
En la introducción, Putnam asegura que su propia filosofía es científica y naturalista (no religiosa) y relata cómo se convirtió en judío practicante pese a no creerse nada de aquello (sí, la típica historia de quien va a la iglesia para que el cura no se niegue a darle la primera comunión a la niña y no haya que renunciar al álbum familiar con vestidito blanco). Sorprende que un filósofo también valore más el qué dirán que sus propias ideas y que, además, lo proponga como una actitud a seguir. En esto, Putnam sí revela una actitud de aquel judaismo ortodoxo que pone la letra de la ley por encima de todo, sin importar en absoluto el espíritu. Aunque deja muy claro en las próximas páginas que su maestro es Wittgenstein, no la Tora.
Y es a través de Wittgenstein que analiza al primero de los tres filósofos tratados: Franz Rosenzweig. Habrá que pasar un capítulo y medio para encontrar la primera mención de la Biblia: Rosenzweig (1886-1929) pertenecía a ese judaismo alemán ilustrado indistinguible del cristianismo y del humanismo. Éste que se ha dado en llamar “valores judeocristianos de Europa” y que no son ni lo uno ni lo otro. El que se agarra a la “verdad revelada” de la Biblia contra la propia certidumbre de que aquel libro es un pastiche, y que utiliza sus historias abrahámicas, etimologías hebreas incluidas, para.... pues precisamente para eso: filosofía wittgensteiniana. El único mandamiento que el Hombre recibe de Dios, según Rosenzweig, es uno: “Ámame”, explica Putnam. Más cristiano, imposible.
Distinto es Martin Buber, al describir la relación con Dios como una relación del "yo y tú", donde Dios no puede ser descrito, ni imaginado, ni conocido, porque todo intento de hacerlo lo convertiría en un “ello” que no es. Buber no pertenece, obviamente, a la rama cristiana-ilustrada sino a la mística, en una línea directa con Ibn Arabi y Juan de la Cruz, en ese punto donde da exactamente igual qué parte del epíteto jerosolimitano ―judeocristianomusulmán― se le coloca a su monoteísmo. Este misticismo que usted, gentil lector, sabrá entender incluso si es ateo. O precisamente entonces.
Volvemos a un teísmo rígido con Emmanuel Levinas (1906-1992), que sí es un judío ortodoxo. Lo que en Rosenzweig suena a una ficción benévola ―creerse que la Biblia es palabra de un dios, que ese dios se enamoró precisamente del "pueblo" judío y le entregó determinadas leyes en un lugar y una fecha históricas― se convierte aquí en fundamento de la filosofía: Levinas exhorta a sus lectores judíos a resistir “frente a la llamada del Ángel de la Razón”.
Su filosofía ética se basa, según aclara Putnam, en la vieja norma de que todo judío debe responder por todos los demás judíos. Algo que explica muy bien la proyección política que hoy día tiene Israel en el mundo, pero usted, gentil lector, se preguntará cómo le atañe esta obligación de una religión únicamente para con sus fieles, frente a los demás.
Putnam tiene la respuesta: para Levinas “todos los seres humanos son judíos”. Y aunque Putnam se esfuerza por destacar el modelo del rabino Hilel (s. I a.C.) y su frase “Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a los demás” que según la leyenda, equivaldría a todas las enseñanzas de la Tora, para Levinas la ética no es una reflexión inteligente o recíproca, sino simplemente un deber: la obediencia incondicional frente al imperativo de ser responsable para todos los demás, sin tomarse en cuenta uno mismo.
Gentil lector ¿aceptaría esto como una guía para la vida? Putnam, que se declara “incorregible aristotélico” (para amar a los demás es preciso amarse uno mismo), no lo acepta. Permítanme adherirme.
En resumen: si usted, lector, es judío creyente, entenderá a Levinas. Si es cristiano, le gustará Rosenzweig. Si es ateo, preferirá a Buber. Pero dudo de que en ninguno de los tres casos convertiría la filosofía de ninguno de los tres en una guía para su vida. Aunque sólo sea porque los místicos como Buber no quieren ofrecer guías sino gnosis.
Es cierto que la palabra "judía" para referirse a tres (o tres y cuarto, contando a Wittgenstein, como apunta con cierto humor el autor al sacar a relucir su abuela judía) pensadores éticos y universales puede reconciliarnos con esta religión en una época en la que los mayores rabinos de Israel llevan las consecuencias de su fe tan lejos como para asegurar, basándose en toda la literatura talmúdica disponible, que es lícito matar a niños gentiles si éstos podrían convertirse más tarde en personas dañinas para la comunidad judía (primordialmente palestinos, por supuesto, pero "gentiles" son todos que no sean judíos), y que no es lícito vulnerar el descanso del shabat para salvar la vida de un gentil.
Pero también cabe advertir a Putnam que llamar “judío” todo aquello que haga un hijo de vecina judía tiene sus riesgos. En los años treinta hubo quien rechazó la Teoría de la Relatividad, elaborada por Albert Einstein, con el argumento de que era una teoría “judía”. Proteste, gentil lector.
25 marzo 2011
Proxm Gnr@cion
Tao Lin
Alpha Decay, 2011. Colección "Héroes modernos"
ISBN: 978-84-92837-20-5
232 páginas
19 €
Traducción de Julio Fuertes Tarín
Fran G. Matute
Los más viejos del lugar recordarán aquella infame jugada comercial que la editorial Mondadori se sacó de la manga a mediados de 2002, inventándose la etiqueta "The Next Generation" para referirse a una serie de autores norteamericanos que, si bien es cierto que compartían un alto de grado de afinidades culturales y temáticas en sus obras, merecían una denominación de origen un poco más enjundiosa. La "próxima generación" serán todas las que vengan después de la que estamos viviendo y esto, por mor del movimiento de los planetas del sistema solar, ocurre con cada latido del corazón, con cada aleteo de mariposa, con cada pulsión humana. O sea, siempre.
Así que hoy, 25 de marzo de 2011, bien podría nacer una nueva generación de autores. Es más, me la voy a inventar 'à la' Mondadori. Demos la bienvenida a la "Proxm Gnr@cion" y como muestra un botón: Tao Lin, uno de sus más firmes estandartes. Si la cosa fuera así de fácil, pues ahora tendría que contaros cuáles son las características estilísticas que identifican a los autores de la "Proxm Gnr@acion". Por un lado, hacemos referencia a escritores precoces, publicando ya en su veintena más barbilampiña. Por otro, encontramos en sus obras un profuso uso de las nuevas tecnologías como medios de comunicación eficaces y una involucración activa con las redes sociales por parte de sus personajes. Temáticamente, lidian con la alienación derivada del abuso de todo lo anterior.
Resulta, entonces, que la tercera novela de Tao Lin, que responde al sugerente título de Richard Yates (2010) -en clara alusión a la problemática del extrañamiento en la pareja, tan tratada por el autor de Vía revolucionaria (1961)-, encaja a la perfección con los parámetros señalados con anterioridad ya que cuenta la historia de Dakota Fanning y Haley Joel Osment (sin relación aparente con los niños-actores-prodigios), una chica de 16 años con problemas alimenticios y un jovenzuelo escritor de 21 que viven en ciudades distintas capeando los envites del amor cuasienfermizo que padecen. Dakota y Haley prácticamente sólo se hablan a través de 'chats' y 'sms', con lo que Richard Yates termina siendo un cántico a la distancia, a la asepsia del lenguaje propia del medio telemático y, en definitiva, al vacío existencial.
Como obra generacional funciona a las mil maravillas. Lin verdaderamente triunfa al hacernos vivir con la carga de ser adolescente hoy día, enfrentándonos a sus miedos más primarios que no son otros que el contacto humano. Dakota vive horrorizada por su físico y Haley es incapaz de exteriorizar sus sentimientos verdaderos. El único medio que ambos encuentran para desarrollar su relación es internet, a través de interminables "conversaciones" en las que dan rienda suelta a su pasión, esa que cuando se encuentran físicamente uno al lado del otro son incapaces de sentir. Estos pasajes nos han traído a la memoria aquélla obra maestra que era Pasos (1969) de Jerzy Kosinski, que diseccionaba la vida en pareja a través de fragmentos de diálogos de alcoba.
Pero no todo en esta novela son mensajes de texto. Lin también acierta al contextualizar el mundo físico que rodea a su pareja protagonista. Cuando Dakota y Haley hablan de películas, discos, marcas de ropa, lo hacen con una frialdad inusitada. Todo es visto como un mero artículo de consumo que apenas es capaz de producir empatía al consumidor. Quizás por ello su obsesión por robar. No es el producto en sí lo que provoca el disfrute, es el hecho de poseerlo y me atrevería a decir que es el hecho de tenerlo gratuitamente, como ocurre con el P2P. Puro materialismo dialéctico.
Como buena novela generacional, ésta debe contar con referentes literarios y en el caso de Richard Yates son cristalinos. Resulta difícil no paralelizar esta historia con el Menos que cero (1985) de Bret Easton Ellis o con la Generación X (1991) de Douglas Coupland, sólo que en estos casos la comparación va en detrimento de la novela de Lin, que parece querer ser una nueva versión de las anteriores. O, por ser más justos, quien parece conformarse con ser un trasunto de Ellis o Coupland es el propio Tao Lin, el cual se encuentra todavía muy lejos de convertirse en un escritor de la talla reverencial de los anteriores. Es esta falta de personalidad (llamémosle así) lo único que hace desmerecer, en su justa medida, una novela como Richard Yates que, en cualquier caso, cuenta con innumerables aciertos como los que hemos señalado anteriormente. Y sobre todo si comparamos (perdónenme de nuevo la odiosa osadía) a Tao Lin con Nick McDonell, otro joven autor al que perfectamente podríamos adscribir a la "Proxm Gnr@cion", cuyo talento nos resulta desbordante en comparación.
Con todo, Richard Yates termina siendo una potente novela generacional que puede llegar algún día a servir de obra de referencia (como lo será La red social de David Fincher) de un determinado período de la historia en el que el medio se ha convertido definitivamente en el mensaje. Pero por el momento, conformémonos con decir de ella que es la típica novela que nunca recomendarías para la hija de tu jefe.
11 febrero 2011
Himno generacional #83

Hilo musical
19 €
Tengo singular interés por Hilo musical debido a dos motivos: 1) sé que Miqui Otero es un maestro del epigrama, la sentencia friki-pop y el comentario insidioso y 2) la novela se presenta como una especie de ‘Bildungsroman’ para mi generación. Ambas cosas son palmarias desde la página uno, y en ambos casos Miqui Otero triunfa solo a medias. El principal problema (a mi entender) radica en la frase “para mi generación”. Sin querer pecar de elitista o esnob, no es ocioso que haya incluido en esta reseña el año de nacimiento de Miqui.
Los referentes culturales (“cultura” con c minúscula, claro) de Hilo musical están anclados en el tiempo, son válidos para personas que hayan vivido los 60, 70 y 80, o estén muy interesados en lo que proporcionaba entretenimiento durante aquellos años. Los nombres de Los Salvajes, Torrebruno, E.T., el Inspector Gadget o Trinaranjus desfilan junto a otros más esotéricos como Teen Wolf, Joe Meek, Os Mutantes, Pau Riba o El pueblo de los malditos, citados a veces de perifrástico modo. Como novela de iniciación, Hilo musical funciona, es la típica historia de un chavalote más bien pardillo (¡qué bendición la etiqueta ‘friki’ para dar prestigio!) que, merced a una serie de aventuras y con una chica como catalizador, se espabila durante un verano y, cual personaje de El Mago de Oz, encuentra su corazón, su cerebro y su valor.
Todo esto se desarrolla contado por el propio Tristán, un veinteañero perdedor que entra a trabajar en una especie de ciudad de vacaciones + parque temático llamada Villa Verano, hija de la cultura del pelotazo (leyendo ‘à clef’ podemos ver un trasunto de Marina d’Or y Terra Mítica, con unas gotitas de la Seseña de “El Pocero”). A ritmo de rock’n’roll, a caballo entre la nostalgia de los 60 y el mileurismo actual, a medio camino entre la fábula etiológica y la agonal, los personajes que rodean a Tristán en Villa Verano adoptan los más variopintos disfraces, las más de las veces de animales.
Lingüísticamente, Hilo musical nos proporciona muchísimas perlas del comentario jocoso, muchos de esos epigramas y frases lapidarias junto a bastante tópico y algo de morralla también. Así y todo, ciertos giros son tan kitsch que terminan por sublimarse, por ejemplo el símil: “La noche se ha esfumado como en un mutis de Batman” (de acuerdo, no es Raymond Carver ni Daniel Ruiz García, pero el chico apunta maneras). En cualquier caso, queda de manifiesto una perogrullada: que escribir columnas o blogs no es lo mismo que parir una novela.
Quién sabe si cuando pula su estilo Miqui Otero estará destinado a permanecer en las letras españolas, aunque en una entrevista vista en Facebook afirma que escribir ficción es lo que más le llena. De momento ya ha sido aclamado por la pandilla ‘afterpop’, aunque, no temáis, no encontramos en Hilo musical ni rastro de esa tan cacareada “narrativa mutante” (aquí solo hay primera persona en orden cronológico, planteamiento-nudo-desenlace, etc). No sé si creerme que en la Barcelona sesentera de la VI Flota todo el mundo hablaba catalán pero me ha hecho gracia bucear en un submundo en el que los Rolling Stones comparten cartel con MC Randy & DJ Jonco. También pone Miqui Otero la siguiente frase en boca de Julio Iglesias: “Todo español debería tener un jet”. O escribir una novela, añado yo: algunos ya han empezado.
14 enero 2011
Daniel Pearse y la piedra filosofal
Stone Junction. Una epopeya alquímicaJim Dodge
Alpha Decay, 2011
ISBN: 978-84-92837-18-2
535 páginas
20 €
Traducción de Mónica Sumoy Gete-Alonso
Prólogo de Thomas Pynchon
Fran G. Matute
Si tuviera que explicarle a un amiguete, así en frío y grosso modo, la sinopsis de Stone Junction (1989) me quedaría algo muy parecido a lo siguiente: esto va de un niño, llamado Daniel Pearse, que se queda huérfano y que va a una especie de escuela de magia donde aprende a desarrollar una serie de cualidades especiales para terminar enfrentándose a un alma maligna que protege una piedra mágica.
Ya me diréis si esto os suena o no a alguna exitosa saga literaria infantil ambientada en el Reino Unido. Pero no quiero decir con lo anterior que la amiga J. K. Rowling haya leído a Jim Dodge. Es más, apostaría lo contrario. Y como las comparaciones son odiosas, nos vamos a centrar más en las evidentes diferencias que existen entre ambas obras. Sí, Harry Potter podría ser un trasunto de Daniel Pearse, pero las asignaturas que se imparten en la Alianza de Magos y Forajidos no tienen nada que ver con el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Para empezar, a Daniel Pearse lo instruyen en las artes del amor, de las drogas, del juego, de los explosivos… y, claro está, de la magia. Todas estas habilidades jugarán luego su rol a medida que avanza esta “epopeya alquímica” y amoldarán la personalidad del protagonista.
Aunque no lo parezca (sobre todo a la vista de las directrices expuestas hasta el momento en esta reseña) Stone Junction es una novela de culto escrita por un autor de culto. Jim Dodge es de esos escritores escurridizos y minoritarios, muy del estilo de Thomas Pynchon (el cual, en un gesto extraordinario, prologa este libro), que pululan por los Estados Unidos de América. La obra de Dodge es realmente escueta: sólo 3 novelas publicadas en los años 80, una colección de poemas y un par de ensayos sobre bioregionalismo. Una obra con una fuerte conexión con la naturaleza, la juventud y la cultura popular en su más amplia acepción. De sus tres novelas, sólo una queda inédita en España (Fup). Las otras dos fueron traducidas en 2008 con el empuje de Kiko Amat, que se hartó de recomendar El cadillac de Big Bopper (1987) y la novela que aquí reseñamos (que por aquél entonces se tituló Introitus Lapidis), que ha sido reeditada, renombrada y adecentada por la editorial en busca de un público más amplio y mejor.
Si se me permite la asimilación, Stone Junction me recuerda a las novelas de S. E. Hinton. Historias en las que los jóvenes deben enfrentarse a un mundo de adultos, en las que nadie adoctrina sobre lo que está bien y lo que está mal, sino que los aprendizajes surgen de la experiencia. Me consta que hay lectores de esta novela (colaboradores de “Estado Crítico”, a más inri) que la consideran pueril e insensata. Pero servidor quiere romper una lanza por esta obra que desvela la aventura del coming-of-age de Daniel Pearse. Una historia de jóvenes contada para adultos, una odisea socrática que transcurre por la América de las carreteras secundarias.
Imbuida de un sutil postmodernismo (prefiero seguir pensando que este es un texto dirigido a infantes en los que la imaginación tiene toda la cabida del mundo), Jim Dodge transita en esta novela territorios comunes a los de su confeso admirador Pynchon, autor que se erige, en este sentido, como una figura cuasi paternal. No pretendemos aquí excedernos en elogios, pero si nos gustaría dejar constancia de que Stone Junction debería ser leída por todo hijo de vecino (y que cada cual juzgue su pretendida profundidad) y que dicha lectura debería hacerse con el mismo espíritu libre con el que fue escrita hace ya más de veinte años.
10 diciembre 2010
Un norte no demasiado interesante

Suomenlinna
Javier Calvo
Alpha Decay, 2010
ISBN: 978-84-92837-05-2
104 páginas
12 €
José Martínez Ros
Primero nos llegó Corona de flores, un simpático pastiche gótico ambientada en una Barcelona decimonónica que no llega a elevarse en ningún momento por encima de sus modelos –por ejemplo, From Hell de Alan Moore-, escrita con una versión suavizada de su estilo anterior, sin su agresiva prosodia, pero también sin su ambición. Calvo crea unos cuantos personajes brillantes y consigue una perfecta Barcelona gótica (aunque en ella no desentonaría Jack el destripador), pero la trama se sostiene (no del todo) a base de convencionalismos. Después de esa pequeña decepción, no excesiva, puesto que se trata de una novela brutalmente entretenida, su llegada a la nueva y aguerrida editorial Alpha Decay parecía ser una excelente oportunidad para recuperar sus mejores cualidades. Lamentamos que no haya sido así.
En esta breve narración, Suomenlinna, destacan algunas de sus virtudes, pero también algunos, demasiados, defectos: entre las primeras su habilidad para contar historias distintas a cualquier otro –en este caso, la de una problemática adolescente finlandesa, fanática del black metal, condenada por un crimen racista-… que, no obstante, no es más que una nueva variación de las clásicas historias de adolescente problemático made in Salinger, cargado de nuevo de referentes musicales y cinematográficos.
Probablemente, el mayor problema (dejando de lado el pequeño estremecimiento estético de leer que una finlandesa dice un estepario “qué cojones”, los poco memorables diálogos, que nunca han sido su fuerte, o las molestas mayúsculas, remedo del estilo de su adorado Foster Wallace) es que nunca nos llega a fascinar en exceso su protagonista, ni su racismo pedestre, ni su tópico enfado con el mundo. Los adolescentes, en general, son unos protagonistas difíciles, a pesar de la venerable tradición que va desde el Lazarillo al Missisippi de Huckleberry Finn y llega a los maravillosos y sabios vástagos de la familia Glass: después de todo, es complicado no recordarse a uno mismo, durante esos años, como un poco gilipollas, dando una importancia desproporcionada a una intimidad que, sin duda, no la merecía. Calvo, enfrentado a un reto semejante en dos de los relatos de Los ríos perdidos de Londres –Crystal Palace y Rosemary- y lo solventaba con mucha mayor eficacia, tal vez porque en esta ocasión pesan en exceso los elementos paródicos y la falta de una auténtica interrelación entre el plano simbólico (que hace recordar aquella frase del historiador británico Trevor-Roper definiendo la mitología nazi como un montón de majaderías nórdicas) y una realidad no demasiado interesante. No obstante, Javier Calvo, más allá de este pequeño paso en falso, continúa siendo uno de los escritores de este país a los que merece la pena leer.
19 mayo 2010
La horma de mi zapato
ExhumaciónAntonio J. Rodríguez y Luna Miguel
Alpha Decay, 2010
ISBN: 978-84-937269-1-1
60 páginas
6,50 €
Carolina León
Se mire como se mire, éste de los libros pequeñitos resulta ser un vehículo muy apropiado para empaquetar propuestas de "fuera" de los circuitos: de nuevos, de gente desconocida, de firmas que aún deben concretar su apuesta; de tal forma que se crea una cuña, sobre el corte longitudinal del ecosistema literario -en un momento, en un lugar determinados-, y quizá se logre cambiar su fisonomía. Buscando... ¿la legitimación? A Luna Miguel, los lectores del diario Público y los lectores de blogs literarios la deben conocer. Quizá no tengan tan presente quién es el otro 50 por ciento: Antonio J. Rodríguez se debate como Ibrahim Berlín haciendo lo mismo que aquí hacemos, crítica literaria, en su blog. Son dos jóvenes muy jóvenes, en el caso de Miguel ni siquiera ha cumplido los veinte años: y esto lo digo a pesar de que, como el sexo del autor/a, debería ser un dato que no estuviera ni mínimamente presente en las valoraciones de la crítica; se trata de un condicionamiento autoimpuesto, en la creencia de que en el texto debe estar la clave para leer el texto, y no en nada más.
Vayamos, pues, al texto: en las escasas páginas de Exhumación, el lector corriente (yo misma) se va a sentir perdido prácticamente en cada página. Desde el mismo párrafo inicial:
Afuera, Los Mundos colisionan; perduran las Guerras entre Hades y Eros. Entre los Muertos Vivientes por la Música de Club y las milicias que defienden los Viejos Valores del Humanismo. Estupor, incomprensión.
Se acabó la política -ay, muy poco cool, ¿a quién le importa ya? Tomaron los Dioses el Parlamento. Luego llegaron al Club. Extrañeza, pasmo.
We are your friends, dice el tema de Simian Mobile Disco y Justice que repiquetea en tu tímpano. (¿De verdad sois mis amigas?). Desarraigo, desorientación.
Podríamos seguir extrayendo, sacando de contexto pasajes del mismo cariz, y quedando igual de descolocados: nombres, entrecomillados, cursivas, referentes que sólo serán reconocibles con un diccionario de las artes de vivir del post-adolescente actual en la mano. Porque el cuento tiene la osadía de hacer literarios el "chino de Plaza España" y el "club Zombie" (aquí Rostro Expresivo). Porque tiene la garganta profunda de poner a dos personajes amantes, uno defensor de los "viejos valores del humanismo", es decir, se contenta con un tarro de Häagen Dazs y una buena conversación, y otro adicto a la música, la fiesta y la moda. Una vez, un amigo me dedicó un libro en extrañas circunstancias (durante un concierto de instituto), y escribió algo así como: "Escribir una dedicatoria en un concierto de rock es como rezar en una caseta de feria". Pues bien. Miguel y Rodríguez se han dedicado a "rezar" literariamente en las noches madrileñas, entre zombies y amantes del estertor sonoro, a ritmo de música electrónica, sintiendo los abrazos resbalosos de la entropía que está echando a perder nuestro mundo.
Pero es un libro -un cuento- éste tremendamente autoconsciente. Relleno, a pesar de su apariencia inconexa. Exhumación parece estar escrito por un Lynch (si éste hubiese sido escritor) adolescente, y no drogado, que imaginara cómo se ha de escribir drogado.
Así que estos jóvenes jovencísimos saben de lo que hablan. Disparan, pero previamente prepararon la munición. Cuando el lector común (yo misma) logra entrar en aquellos referentes y cruzarlos con estos referentes, está ante esa colisión, la de los "muertos vivientes" contra los "defensores del viejo humanismo", y el cuento en sí contiene, en sus sesenta páginas, una historia de amor (Amanda versus Djuna), pero quizá más propiamente hay una historia del horror. La historia de cómo el ocio y el negocio entraron a tropel en los anaqueles de los clásicos y desbarataron la seriedad de los cánones literarios. La historia de cómo aquello que importaba a los celadores de la cultura se vio, sin remedio, dominado por la Moda.
Lo confieso, al leer Exhumación no entendí un pimiento. Pero intuía que había algo ahí para extraer.
Volviendo a lo de arriba: leer estas sesenta páginas sin conocer a estos autores, sin entender las claves contemporáneas a ellos, insertadas por ellos, y sin atenerse a la circunstancia de su muy exquisita juventud, sinónimo de osadía, irreverencia, desapego de la norma, contestación, burla o directamente lucha, puede ser una tarea estéril, y bastante absurda. Cerré el libro aquel día (hace ya bastantes semanas) y lo volví a abrir ayer. En este tiempo no he podido quitarme la sensación de no ser capaz de escribir algo digno sobre él. Creo de verdad que a este libro le faltan aún sus críticos; creo que faltan muchos libros como éste, y que con éste -quizá no aspirante a clásico, pero precuela segurísima de lo que estos jóvenes bichos de palabras pueden llegar a dar-, los críticos de este minuto en este país encontramos la horma de nuestro zapato. Porque nos zarandea tanta verborrea bien apuntalada, nos dejará sumidos en el estupor (pienso en los críticos de los primeros experimentos vanguardistas, ¡ay!) y caeremos sin remedio en la defensa de los Viejos Valores del Humanismo. Para mal.
31 marzo 2010
Al calor de la teoría
Las teorías salvajes Pola Oloixarac
Alpha Decay, 2010
ISBN: 978-84-92837-03-8
280 páginas
19 €
Carolina León
Primeramente, este es un libro que desborda: información, historias, teoría, análisis, comentario, crítica de la cultura. Personajes de hace dos siglos, de hace medio, de hace treinta años, de ahora. Filosofía, ciencia, psicología, antropología, arte, comunicación interpersonal, izquierdismo, historia contemporánea, historia bélica, técnicas de seducción... Engarza y engarza, hiperbólica, abusiva, extralimitada como novela, te lleva de uno o a otro hilo argumental, del cielo al cieno (de nada reniega), y durante todo el viaje podrás levantar la ceja con escepticismo, pero no podrás dejar de sonreirte ante tamaño despliegue argumental e irónico. Sobre la "ceja enarcada", algún lector puede quedarse con la idea de que el batiburrillo persigue la idea de epatarnos, sin más, como un magnífico festival de fuegos artificiales. Argumentaré que la yuxtaposición de ideas y temas consigue que esos fuegos artificiales, en vez de consumirse en el cielo, caigan como meteoritos sobre las mentes, a dejar quemaduras en las ideas gastadas.
Se le puede criticar, y se le critica, que se tome el mundo (y quizá la literatura) a chanza. Sin embargo, el deje irónico post-post moderno incrustado en Las teorías salvajes no tiene ni pizca de cinismo. Tiene, quizá, tristeza (de eso hablamos después), pero tomar la historia reciente argentina, el papel de la izquierda en su país, los ecosistemas universitarios -en especial la Facultad de Filosofía-, el estado actual de las relaciones interpersonales, la autoestima flagelada en la era blog, la erotomanía y la obsesión por la juventud, así como un millar de conceptos estéticos, con el caudal de referencias y lecturas y esas comillas devastadoras con las que enmarca todo su sainete gargantuesco, tiene profundos ecos en la tradición literaria en español, casi diría que desde el Siglo de Oro. No, Oloixarac no está de broma.
También se dice que la profusión de elementos, subtextos e hilos argumentales hace que su desarrollo dé una sensación de desorden o inacabado tallaje de escultura. Sí: hay un impulso inicial al modo de una gran obra de la era ilustrada. Quiso entrar en la dinámica de la novela total, que teoriza sobre su tiempo desde una galería gigantesca de elementos, puestos en serie, en relación y en hervor. Pero esto lo hacía desde una insólita (por lo poco frecuente) autoconciencia, que incluye la conciencia de su imposibilidad.
Desde esa autoconciencia, uno de los méritos de este libro es su ambición totalizadora: porque no es de recibo hablar de lo mismo (todo se ha dicho ya) fundándonos en una voz individual y huérfana, que se hubiese caído del guindo anoche. La "narrativa del yo" es quizá lo que recibe más palos aquí (ese diario de una joven activista dirigido a Mao...). El patchwork estilístico intenta sumar voces para completar esta descacharrante weltanschauung, pero le sale con áura triste, frustrada. Poseedora de las armas correctas, también sabe que no hay forma de alcanzar esa totalidad. Insisto: sin cinismo.
Ya no hay cierres posibles. Ni para este mundo ni para la literatura.
Mientras tanto, Oloixarac lo ha intentado: escribir y escribirnos. Hablar desde la experiencia y la ciencia de la brutalidad inserta en toda puesta en relación de personas (esa cita inicial entre las muchas que hay, lo dice todo: "Toda la práctica, toda la humanidad del trato y la conversación es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano"). Sirviéndose de todos los registros posibles y trabajando en un nivel que no admite réplica para lo que va a intentar. Y ése es el de la prosa sin complejos. Rica, elaborada, cargada, culta, popular, argentina y universal, una prosa que hace disfrutar de cada página, al margen de que estemos perdiendo el hilo de esa página (que es fácil de perder). Una prosa que no toma el pelo al lector ni lo trata de subnormal. Una prosa altiva y también altisonante. Una prosa que, queriendo o sin querer, devuelve dignidad al idioma y hace recordar otros tiempos.
A mí se me queda ese regusto, ese logro. El escritor se encuentra hoy ante un mundo así de obsceno e inabarcable. Cuando se plantea una labor tan amplia, la ambición tiene que ser ajena al desfallecimiento: es por eso que se puede decir que esta novela, como puzle que es, no consiguió encontrar ciertas piezas, pero en su composición se hicieron grandes hallazgos. Recorrer el camino de la mano de algunas de estas páginas es más importante que no lograr ver la esfera completa.
Me da por recordar que su compatriota, Pizarnik, amaba a Góngora y no podía con Quevedo. Creo que Oloixarac preferirá el sarcasmo profundamente realista y triste del madrileño. Puede que sea olvidada pasado mañana, pero mucho me temo que la primera experiencia narrativa de Oloixarac va a ser retenida en los subconscientes unos cuantos años.
10 marzo 2010
La Norteamérica freak
Manual del contorsionistaCraig Clevenger
Alpha Decay, 2009
ISBN: 978-84-937269-4-2
336 páginas
25 €
Traducción: María AlonsoCarolina León
A menos que odiemos su producción cultural, sabemos que Norteamérica no es una, es muchas: la del Wasp, la de los negros, la de los judíos, la del Este y la del Oeste... Y, también, está esa otra que no tiene una adscripción geográfica ni racial clara, que podríamos llamar la Norteamérica del freak: en este orden, es donde los productos culturales se hacen más espesos, creativos y cercanos, gracias a la tendencia, también muy norteamericana, de la autoconciencia y la autocrítica, pocos sistemas culturales se muestran y se cuestionan tan a menudo, y con tanta virulencia, como lo hace el propio de los Estados Unidos: la masificación deja resquicios al argumento original, generando creatividad encontrada, de doble camino, de trampas más o menos envenenadas. No pongo ejemplos, porque el lector de este blog tiene los suyos propios ya en mente.
En sus primeras páginas, el lector quizá pueda pensar que se va a encontrar con un catálogo de sobredosis, sus tomas, sus técnicas, el protocolo posterior. Afortunadamente, si bien las drogas están dentro, como eslabón, no se trata de eso. Rota por dentro, estructura y trama deslabazadas, el resultado es un gran acierto, una especie de montaña rusa cuyas referencias nos sonarán más cinematográficas que literarias (quizá, y solamente, porque de su misma época de creación nos ha llegado más cine que novela, y es por eso atinada la apuesta de Alpha Decay por esta semi olvidada narrativa). El personaje-narrador es, como adelantábamos, un freak: un ser de seis dedos en una mano que presentó problemas de adaptación y/o aprendizaje en la infancia y, en la adolescencia, escarceos con la legalidad. Pero, en el punto en que nos cuenta su historia, ésta no va de raros sino de estrategias de solapamiento y camuflaje de ellos, los raros.
Desde una de sus sobredosis para atajar el dolor, el personaje va a ir abriendo y cerrando las cajas de sus identidades, presentes y pasadas: lleva años entrando en la sala de Urgencias de los hospitales y siendo evaluado por expertos psicólogos, que han de averiguar si la sobredosis no ha sido accidental. Así, por cada una de sus crisis, John Vincent estrenará un nuevo personaje: ha aprendido todas las técnicas para tener papeles "como nuevos", con nombres honorables o, al menos, sin manchas en los historiales clínicos. Como un Jason Bourne corrientito, el vecino de la puerta de al lado con una prodigiosa habilidad para engañar a la autoridad. Mientras el lector va conociendo estas viejas coordenadas, él se ve sometido a una nueva inspección que, visto que lo acosan desde mafias de traficantes y quiere retener a su chica, a la que le importa, le va a resultar complicado evitar el final, que es ser enviado a una institución para enfermos mentales.
Thriller muy personal, con una intriga en donde el centro de la cuestión es el individuo, en él asistimos a algo muy reconocible, también, de este imaginario, y es la lucha del uno contra el muchos. El personaje de John Vincent se ha borrado a sí mismo, su historia familiar y sus antecedentes (¡en infinidad de ocasiones!), en pos de ser alguien anodino, apto para poseer un permiso de conducir y algunas tarjetas de crédito. Así, envuelto en un papel de trama atractiva, con chicas y drogas y black-outs y peligros, lo que más interesa de este libro es el tema de la identidad (o de la ausencia de la misma), y de ella como eslabón roto de un sistema come personas. La creatividad y doblez del individuo junto a ciertas claves para no ser molestado por las instituciones, y seguir siendo el mismo freak de seis dedos y prodigiosa capacidad matemática. Destacar es molesto.
Neo-noir, punk-thriller, nueva narrativa... Sólo me queda por decir una cosa. Manual del contorsionista es una novela estupenda que se lee como una película indie de los noventa, con encantadores y muy queribles outsiders, cuya banda sonora de acompañamiento, de necesitar alguna, podría ser un medley entre Butthole Surfers y Nirvana, que plantea algunos de los temas más interesantes en la nueva narrativa (escrita o no) norteamericana.
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