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09 julio 2013

Como Nick Hornby pero sin churra

Que nuestro estadista José María Moraga es un britanófilo empedernido, es de sobra conocido. Pero de ahí a que sea capaz de tragarse cualquier producto que proceda de la Pérfida Albión hay un paso. Pero aquí lo tenemos confesando su devoción por El diario de Bridget Jones, una obra que le ayudó a entender a la mujer inglesa. A la mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado, claro.


José María Moraga

Desde el respeto, supongo que las feministas se habrán horrorizado con el título de esta reseña, y primero que nada me apresuro a darles la razón: antes de que a Germaine Greer o a algún discípulo de Lacan o de Freud (si es que quedan) les dé por tratar de castrarme a mí, confesaré la injusticia de tal título. Pido perdón por semejante barbaridad: ¡decir que Helen Fielding viene a ser una versión de Nick Hornby menos la churra! ¿Cómo he podido? Cuando todo el mundo sabe que Nick Hornby es infinitamente mejor escritor que Helen Fielding…

Lo cual no quita que la novelista inglesa haya escrito unos libros muy divertidos, dignísimos continuadores de la tradición satírica de su país, con un sesgo claramente femenino pero altamente disfrutables por todos los sexos (creo que hay siete, según Kurt Vonnegut). La comparación con Nick Hornby no debería haber sido autor con autor sino libro con libro: así, por impresionista e imprecisa intelectualmente que mi apreciación resulte, el punto de partida de mi afición a Bridget Jones es su razonable paralelismo con otro personaje desafortunado en amores: el Rob Fleming  de Alta fidelidad, nacido igual que Bridget en 1995, en plena época del ‘cool Britannia’.

Ambos personajes son enamoradizos hasta la patología; ambos idealizan a sus parejas pero saben muy bien con quién quieren compartir su vida en realidad. Ambos son perdedores en el sentido ‘loser’ del término: tienen pandillas de amigos bastante peculiares, los dos tienen un éxito moderado en trabajos mediocres que sin embargo les placen bastante. Los dos tienen familias que los acosan con el tema de sentar la cabeza.

Cuando estaba leyendo Alta fidelidad, con veinte años, creo, no paraba de pensar: “¡Dios mío! ¡Como este libro caiga en manos de una mujer estamos perdidos!”, porque me pareció que exponía la masculinidad del revés, como un calcetín. Allí estaban al desnudo todos nuestros miedos, ansiedades, pequeñas ridiculeces, que a diario tratamos de cubrir con una supuesta coraza, especialmente en temas de amores. Cuando leí El diario de Bridget Jones (1996) dos años después, sentí que estaba ante el equivalente femenino de Rob, vaya -ahora sí- el término sin la más mínima intención de desdoro. Sentí esto, porque, además de las similitudes ya apuntadas, ambos eran ridículos hasta resultar entrañables, y muy obsesivos ambos: Rob con sus listas de canciones y Bridget con su diario. Supongo que habrá aglomeraciones para rebatirme este razonamiento, cuya veracidad nunca podré constatar porque nunca llegaré a sentir lo que siente una mujer, pero hasta donde llega mi intuición, creo que no es mal punto de partida para empezar a valorar El diario de Bridget Jones.

Por tanto, no se me ocurre mejor libro para una reseña-aniversario, si como dijo Cotta, se trata de hablar de “obras que, porque eran malas o por lo que sea, no deberían haber[nos] gustado”. A mí El diario de Bridget Jones no debería haberme gustado porque soy un tío, y en principio no pertenezco a la población-objetivo de lectores que probablemente Helen Fielding  y los de Picador tenían en mente cuando la editaron. La novela no es mala: es buenísima: un excelente ejemplo de literatura de género (de un género, la 'chick-lit’, que contribuyó a popularizar hasta lo que es hoy) pero que puede llegar a satisfacer los paladares más variopintos. No hace falta ser una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado para sentir empatía hacia una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado. Antes bien, cualquiera con sentido del humor y un mínimo conocimiento de las convenciones sociales disfrutará a carcajadas de un libro tan bien escrito y (entiendo que) tan realista. Si Carrie (Sexo en Nueva York, 1997) quiere unos zapatos de Manolo Blahnik que cuestan miles de dólares y Belle (Las aventuras íntimas de Belle de Jour, 2005) se gasta miles de libras esterlinas en lencería para calentar a sus clientes, Bridget se conformará con unos peniques para comprarse una botella de vino barato para irse a llorar a su cuarto, aunque en su cándido interior sueñe con los mismos artículos de lujo y experiencias fantásticas que las otras dos ‘glamazonas’.

El gran acierto de El diario de Bridget Jones me sigue pareciendo, más de una década después de haberlo leído, ese formato de diario. Una historia puede verse esclavizada por su carácter epistolar o diarística, pero en este caso el pequeño formato del diario da alas a las vivencias/ocurrencias de Bridget. Lo que empieza como una resolución firme (dejar de fumar, beber menos, mostrarse fría ante los hombres) en una entrada del diario puede quedar sardónicamente obliterado ante la “cuenta de cadáveres” (unidades de alcohol, calorías y cigarrillos consumidos) de la entrada siguiente, exponiendo la debilidad de Bridget, que puede ser la de todos nosotros. Por otro lado, y antes no de la invención de internet pero sí de su hegemonía (no digamos de la web 2.0 de Facebook o Twitter), cada entrada del diario puede ser una excelente cápsula de información con sentido completo, yendo del aforismo al relato breve, según convenga al desarrollo de la trama, que tan a menudo juega también con las elipsis (¿por qué no escribe Bridget en tal fecha?, etc).

El diario de Bridget Jones me encantó, me divertí muchísimo leyéndola, y sucumbí al guiño British-cultureta de la importancia de Orgullo y prejuicio de Jane Austen en toda la trama. Tanto fue así que me leí también la segunda parte Bridget Jones: Sobreviviré (1999), igualmente divertida y acertada en el tono y la finura de las observaciones de Bridget aunque quizás sensiblemente más floja en cuanto a argumento. Pero ¿qué más da? Esto es literatura para disfrutar. ¿Mala? Al contrario: ¡buenísima! Promete una cosa y la cumple a las mil maravillas, y no aliena a media humanidad de potenciales lectores, como ha hecho -por ejemplo- la trilogía de Grey.

La primavera pasada, antes de pensar siquiera en esta reseña-aniversario, nos alegrábamos con la noticia de que Bridget vuelve, de que Helen Fielding va a continuar su historia (que parecía más o menos felizmente cerrada) con otra novela el 10 de octubre, Bridget Jones: Mad About the Boy (sin traducción, por el momento, al español). Poderoso caballero será don dinero que hace resucitar un personaje que funciona perfectamente en caja (y en taquilla: no olvidemos que ya hay dos películas y que no hay dos sin tres), pero ¿quién se resiste a ver si Helen Fielding tiene todavía el ‘knack’, la rara habilidad de tomarles el pulso a las mujeres y hombres de su tiempo? ¿Quién no quiere ver a Bridget años después, probablemente con los mismos problemas u otros nuevos, en la era de Internet? ¿Acaso no resucitoó Conan Doyle a Sherlock Holmes? ¿Acaso no sacó Cervantes una segunda parte de El Quijote una década después?

Para redondear mi confesión: hace doce años me encontraba de Erasmus en Inglaterra y ligaba menos que la gata del Vaticano. Entonces un amigo norteamericano me regaló -con toda la retranca- El diario de Bridget Jones “para ayudarte a entender a la mujer inglesa”. Empecé a leer la novela como una broma y aquí me tenéis recomendándola. Apuntadme en la cola para la que sale en octubre.

17 junio 2013

Las novelas de un literato

Naturaleza de la novela

Luis Goytisolo

Anagrama, 2013. Colección “Argumentos”

ISBN: 978-84-339-6354-3

200 páginas

16,90 €

Premio Anagrama de Ensayo 2013



José María Moraga

El curriculum de Luis Goytisolo como novelista es apabullante: a su monumental tetralogía Antagonía (1973-1981; recogida en un solo volumen en 2011) habría que aunar los premios Biblioteca Breve, de la Crítica y Nacional de Narrativa, obtenidos por distintas obras en distintas décadas. 'A priori', nadie más cortesano ni pulido para encarar la tarea de reflexionar sobre la novela como género literario. A modo de mosquita cojonera, empero, lanzo el siguiente desafío: salga usted ahora mismo a la calle y pregunte quién ha leído algo de Luis Goytisolo. Bingo. No se trata de una refutación de su prestigio o idoneidad para pontificar sobre la novela, sino de una lamentable constatación de su elitismo y desconocimiento para el gran público, ese que al barcelonés parece interesarle más bien poco. Según el menor de los hermanos Goytisolo la novela está en crisis (“Luis Goytisolo y el R.I.P. de la novela”, titulaba El País hace dos meses), la novela del tipo que él lee y escribe, claro. La novela tal y como se ha entendido durante los últimos cuatro siglos está en decadencia porque también lo está la sociedad que la hizo posible: esos prismas rectangulares de papel encuadernado manchado de tinta que en la actualidad se venden por millones… bueno, eso directamente no son novelas. ¿A que empieza a caeros bien este señor?

Con Naturaleza de la novela Goytisolo ha ganado el Premio Anagrama de Ensayo 2013, y aunque se trata de un texto pulcro, compacto, bien argumentado, a la fuerza había de serlo dadas su brevedad y la modesta ambición de su plan como obra. En otras palabras: cuatro ideas muy bien dispuestas, pero no dejan de ser cuatro ideas repetidas, y aquí el reseñador desconfiado podría preguntarse (codazo, codazo, guiño, guiño) si los señores de Anagrama no habrán ido a premiar un nombre “grande” de nuestras letras antes que un texto provocador. Y en comparación con el ensayo premiado en 2012 (Ética de la crueldad de José Ovejero, un texto incómodo y correoso), yo diría que la respuesta es sí.

Suspicacias aparte, entremos a valorar el ensayo de Goytisolo por lo que vale. Lo primero que llama la atención es su brevedad: sólo 166 páginas de “turrón”, impresas con generosos márgenes, de las cuales nada menos que 61 corresponden a fragmentos de otras obras. Se me dirá que para bien argumentar un ensayo son imprescindibles las citas textuales, debidamente referenciadas,  cuando son pertinentes. Pero es que Goyitisolo parece incluir por sistema un fragmentito de cada obra que nombra y, francamente, en algunos casos la pertinencia de estas macrocitas no salta a la vista (no hay empacho, por ejemplo, en plantificarnos cuatro paginazas de Mio Cid, de Proust o Faulkner, que podrían ser igual de ilustrativas que otras cuarenta o cuatrocientas). Releyendo este párrafo me doy cuenta de que no ha sido precisamente laudatorio, y sin embargo Naturaleza de la novela no deja de tener su interés, aunque sólo sea el de proporcionar una distinción entre los novelistas que en el mundo han sido, sean “bíblicos” o “evangélicos”, según su obra guarde similitudes (conscientes o no) con la mitología, el tono y el estilo del Antiguo o el Nuevo Testamento, respectivamente (Balzac bíblico vs. Flaubert evangélico, y así sucesivamente, si al lector le place el jueguito).

Apoyándose en los hombros de gigantes de la Crítica Literaria más rancia (T. S. Eliot, Curtius, Auerbach… a Slavoj Žižek no lo iba a nombrar, para que os hagáis una idea…),  el ensayo explica cómo la novela tiene sus precedentes en la Biblia y en la literatura grecolatina, así como en otras obras narrativas: cantares de gesta, Boccaccio y Dante. Si entramos en el razonamiento del autor y -obviando que en la actualidad cualquier relato en prosa de ficción más o menos largo se considera “novela”- con él definimos novela como una forma de literatura surgida en el occidente cristiano a partir de los siglos XVI y XVII, podremos estar de acuerdo en que los siglos XVIII, XIX y XX fueron los grandes siglos de la gran novela, producida sobre todo en Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y los Estados Unidos (en España no, al parecer, a no ser por los albores picarescos y El Quijote). Aquí, las filias de Luis Goytisolo le hacen describir Inglaterra como “el país más regular o constante a lo largo de los siglos desde un punto de vista literario” (117), mientras que el resto de la gran producción novelística y la aparición de los grandes nombres que la parieron bascula entre los diferentes países y sus etapas de esplendor, de 1800 a 1950 aproximadamente: la Francia de Balzac, Flaubert, Stendhal y Zola, la Rusia de Tolstoi y Dostoievski, la Alemania de Goethe y Thomas Mann, la América de Melville y Henry James. Curiosamente, entrado en siglo XX, la Santísima Trinidad de la Novela (Proust, Kafka y Joyce) no es adscrita por Goytisolo a sus respectivas realidades o tradiciones nacionales (ni siquiera se menciona que James Joyce fuera irlandés, mientras que para explicar a los novelistas franceses del XIX se hacía imprescindible comprender el concepto de “burguesía”). Tampoco entiendo por qué quedan fuera de este ensayo nombres del calibre de Joseph Conrad o Virginia Woolf (por no hablar de otros italianos o hispanoamericanos), ¿es que no aportaron nada a la novela?, ni por qué la indagación se detiene a mitad del siglo XX. El ‘nouveau roman’ es despachado de medio plumazo, mientras que nada se dice del Boom hispanoamericano ni de la novela posmoderna propiamente dicha: el último libro citado es ¡Absalom, Absalom!, obra de William Faulkner de 1936.

La respuesta a esto último sí parece fácilmente discernible: para Goytisolo la novela está en crisis, por no decir que está acabada; su modelo de novela, que es a la vez síntoma y causante de una época, novela que bebe de la épica grecolatina, de la Biblia, de la literatura provenzal y toscana, del Humanismo… Por tanto para Goytisolo, una vez pasados los titanes decimonónicos (robo el concepto a José-Carlos Mainer) y algún que otro epígono del siglo XX como los ya citados, la novela está agotada/ agotándose porque la sociedad en que nació está ya agotándose/agotada, y por eso cada vez habrá menos lectores (y escritores) de auténticas “novelas”. Si esto es así, ¿qué se vende hoy día por millones, sea en papel o en formato digital? ¿Qué son entonces las obras de Dan Brown, George R. R. Martin, Stieg Larsson, Carlos Ruiz Zafón o E. L. James? Pues para Luis Goytisolo esto son ‘best-sellers’, un subproducto narrativo fácil y altamente gratificante, cocinado con el (único) objetivo de ganar dinero. Se trata de  entretener a gente con mentalidad adolescente -no ya de educarlos o hacerlos pensar-  a base de proporcionarles emociones fuertes y facilonas, o como diría Janis Joplin, ‘cheap thrills’.

En las páginas finales de Naturaleza de la novela Goytisolo se hace varias preguntas interesantes pero propias de un ‘old-timer’ al que la sociedad de las pantallas le ha cogido con el pie cambiado. Con no rechazar el libro digital, el autor da a entender que su advenimiento y futura hegemonía acabarán con los lectores (desde aquí me ofrezco voluntario para moderar un careo entre Luis Goytisolo y Vicente Luis Mora), y se lamenta de que esto vaya a ser así. No obstante, este tono de jeremiada del epílogo no es el predominante en el ensayo, que constituye más bien una solvente -aunque limitada- indagación histórica acerca del ADN de la novela. En este sentido, encuentro que el último Premio Anagrama de Ensayo podría resultar de mucho interés y utilidad a estudiantes universitarios de la rama de Humanidades en busca de una reflexión propedéutica sobre el género novelístico a lo largo de la historia. También nos gusta a usted y a mí porque nos gustan estas intelectualadas, aunque como estado de la cuestión diste bastante de ser una obra completamente satisfactoria.

06 junio 2013

El llano ‘on fire’

Estampas del Valle

Rolando Hinojosa-Smith

Xordica, 2013. Colección “Carrachinas”

ISBN: 978-84-96457-84-3

144 páginas

13,95 €

Prólogo del autor



José María Moraga

Leí Estampas del Valle porque me dijeron que acá vivía mi lengua: una tal lengua española. Años de afición y estudio universitario de las literaturas norteamericana e hispanoamericana no me pusieron delante a un autor mayúsculo, que me atrevería a calificar de desconocido en España salvo para especialistas, como resulta que es Rolando Hinojosa-Smith. Tras este nombre imposible se esconde un narrador, poeta y académico tejano nacido en 1929, autor de una enorme saga conocida como Klail City Death Trip (Viaje de la muerte de Klail City),  quince volúmenes que presentan las vidas de un millar de personajes que pueblan el condado imaginario de Belken, en el Valle del Río Grande (Texas).

La región imaginaria en literatura por esas latitudes tiene egregios precedentes en las obras de -por ejemplo- Juan Rulfo o William Faulkner, autores de los que es obligatorio acordarse cuando nos enfrentamos  al libro que traigo entre manos. Me enfrento al volumen fundacional del Klail City Death Trip, Estampas del Valle (1973), que la editorial Xordica ha tenido a bien editar en España como una atractiva novedad, pero se trata de todo un clásico. Originalmente titulado Estampas del Valle y otras obras, el libro (como dice el propio autor en un prólogo) “ya es mayor de edad, este año de 2013 cuenta con cuarenta años de vida” (7) y consta de varias secciones, que podrían calificarse de relatos, a su vez subdivididas en estampas o viñetas. La hilazón de todas ellas resulta difícil pero va fortaleciéndose de a poquito: al principio el lector avanzará desorientado, dadas la multiplicidad de voces y personajes y la falta de trama convencional de las píldoras literarias que las Estampas del Valle ofrecen. Asistimos a una yuxtaposición de anécdotas en tercera persona, monólogos en primera, diálogos inmediatos y textos diversos (notas de prensa, documentos jurídicos…), desordenados cronológicamente. Se comprenderá entonces que las menciones a Faulkner y Rulfo de este mismo párrafo no eran una mera cuestión de ‘name dropping’.

Los personajes, los lugares (imaginarios) y las anécdotas reaparecen de modo cíclico, con lo que poco a poco se va trazando un embrionario fresco de la gente del condado de Belken, en ocasiones rayano en las genealogías bíblicas, que lentamente va cobrando más sentido. El carácter fragmentario, la copia de personajes y la temática de las anécdotas -ora correrías bélicas, ora escenas familiares- me han recordado también a otros puntales de la literatura mexicoamericana, como The House On Mango Street (1984) de Sandra Cisneros, Los de abajo (1916) de Mariano Azuela o incluso nuestro valleinclanesco Tirano Banderas (1926). Hinojosa-Smith reclama por derecho propio su lugar en el coro de voces hispanoamericanas: sus diálogos no tienen nada que envidiar a los de un, digamos, Pedro Páramo (1955). No faltan en Estampas del Valle los elementos temáticos de la mitología de la frontera: los ‘rangers’ de Texas (“rinches”, aquí), la reivindicación de “la raza” (entendida como sinónimo de pueblo chicano, es decir, mexicoamericano) frente a los “bolillos” (anglos emigrados tardíamente a Tejas), la violencia, las cantinas con sus tragos, y en general las tradiciones nacionales mejicanas frente a las novedades provenientes del resto de los Estados Unidos. La unión de ambos mundos se efectúa en la obra de Hinojosa de manera natural, sin aspavientos. Si hay conflicto, que sea armado, por unas tierras, como lo habría con unos vecinos cualesquiera y no por un problema de integración racial. Los chicanos no tienen problemas en este crisol Tex-Mex puesto que están en su casa: ellos desayunan “one tortilla de harina con PLENTY OF PEANUT BUTTER!” (123), por poner un ejemplo.

En este sentido, el gran regalo de esta colección de estampas del Valle del Río Grande reside en el lenguaje. Por si no ha quedado claro en todo lo anteriormente expuesto, el libro está escrito en español. En español de América; para ser más precisos en español de Texas, Estados Unidos. Por supuesto que este es una variedad del español mejicano (de ahí los parentescos literarios que busqué antes), pero el léxico se muestra rico en particularidades geográficas: eso que los puristas odian y que tanto enriquece la lengua: el Spanglish. Así, los ‘rangers’ se convierten en “rinches”, un gato hidráulico es un “yaque” (‘jack’), un camión un “troque” (‘truck’), un pinchazo es un ‘flat’y así sucesivamente. Las voces inglesas también aparecen en el texto, a veces en boca de los personajes, sin solución de continuidad, y algunos pocos de los fragmentos del libro (una deposición en un juzgado, varias noticias de un periódico) están escritos en inglés, sin que autor ni editor ofrezcan traducción alguna. Esto sin duda no es una coincidencia: en el ámbito privado los tejanos viven su cultura de modo libre, hablan como mejicanos y mantienen sus tradiciones; en un momento dado el lector podría pensar que las historias se desarrollan en algún estado del norte como Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas, pero la realidad anglo se muestra tal cual es en la esfera de lo público: los tejanos pagan en dólares, deben acudir a tribunales y prisiones federales y combatir en la Primera o Segunda Guerra Mundial, o en la de Corea.

La clave simbólica o temática de esta obra he querido verla en un párrafo del fragmento titulado “Los revolucionarios”, que a mi juicio ejemplifica muy bien la realidad de la frontera Tex-Mex, y que por tanto reproduzco:

“Como la tierra era igual para los mexicoamericanos dada la proximidad a las fronteras y el bolón de parientes en ambos lados que nunca distinguieron entre tierra y río, el atravesar la una y cruzar el otro lo mismo era, fue y (aunque los de la inmigración -la migra- no lo crean) sigue siendo igual para muchos mexicoamericanos; la raza, pues, hacía lo que le daba la gana con su vida.” (97)

De este modo la frontera era antiguamente una línea imaginaria que los tejanos transitaban a su antojo porque no les afectaba (ellos no cruzaron la frontera, la frontera les cruzó a ellos, según el conocido aforismo chicano). Todo esto cambió cuando cambió la geopolítica norteamericana y por tanto las leyes de inmigración, y el que quiera más sobre esto basta con que se informe sobre la nueva reforma migratoria que quiere poner en marcha Obama en 2013. Cuando apareció Estampas del Valle hace cuarenta años, aunque ya existiera la migra, las cosas eran más fluidas, y hace cien, no me lo quiero ni imaginar. Hoy todo es muy diferente, la poeta chicana Gloria Anzaldúa habló de “un choque, a cultural collision” y a mí se me vienen a las mientes la escena de Babel (2006) en que la niñera mejicana lleva a los niños a su cargo a una boda en Tijuana sin permiso, u otras de la película Traffic (2001).

Adivino en Estampas del Valle un programa o guión de un asombroso logro literario. Confieso que la información que sobre el escritor he dado la remito de oídas: el propio volumen, Wikipedia… confieso que hasta ayer que me compré el libro no había oído nunca hablar de este autor, pese a haber vivido en Estados Unidos, tener amigos estudiosos de la literatura chicana y ser ávido degustador de relato hispanoamericano. El lector sabrá perdonarme esta falta, porque acaso él o ella tampoco conociera hasta hoy a este gigante de las letras hispánicas que ahora desembarca en España, esperemos que para quedarse (la misma editorial promete para el año que viene Klail City y sus alrededores, original de 1976). Sinceramente, tengo tantas ganas de leer más obra de Rolando Hinojosa–Smith como si se tratase de Juan José Arreola,  Guillermo Arriaga o cualquiera de los antes mencionados.  Quiero vivir en el condado de Belken con sus habitantes, quiero beberme unas raspas -o unos tequilas- con ellos, quiero quemarme con su sol y que me sane una curandera partiéndome un huevo en la cara (bueno, eso no). Permítaseme terminar esta reseña intertextuando al amigo Fran G. Matute, con una pregunta: ¿para qué cruzó Rolando Hinojosa-Smith el Océano Atlántico? Para que lo lean ustedes, evidentemente.

30 mayo 2013

Los crímenes de Oxford hacen una carrera de letras

La juguetería errante

Edmund Crispin

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15130-20-8

320 páginas

22,20 €

Traducción de José C. Vales



El canto del cisne

Edmund Crispin

Impedimenta, 2013

ISBN: 978-84-15578-22-2

280 páginas

19,95 €

Traducción de José C. Vales



José María Moraga

La editorial Impedimenta viene haciendo una más que encomiable labor si no de arqueología sí de antropología (robo la metáfora a Stephen Thomas Erlewine) al rescatar algunos títulos que se encuentran entre los más celebrados de su tiempo pero que en algún momento del siglo pasado cayeron en la oscuridad y que, francamente, a día de hoy resultaban desconocidos en España, incluso para gente más o menos puesta. Este es el caso de las novelas detectivescas de Edmund Crispin (pseudónimo de Bruce Montgomery, 1921-1978), que vienen a unirse a otros “rescates” sonados como los de los libros de Stella Gibbons, Terry Southern, Joan Lindsay o E. F. Benson, por citar algunos casos espigados (casi) al azar de entre el catálogo de la casa.

Por el momento, dos son los títulos que han aparecido en España: La juguetería errante (primera edición de 2011, original de 1946) y El canto del cisne (2013, de 1947). En ambos casos se trata de “Un misterio para Gervase Fen” -como rezan sus subtítulos- curioso detective aficionado, que entre caso y caso enseña Literatura en la universidad de Oxford, cuando la universidad de Oxford era la universidad de Oxford y cuando “literatura” se escribía con mayúscula. Estas novelas no marcan la aparición del detective (que tuvo lugar en 1944 con The Case of the Gilded Fly) pero La juguetería errante sí es su aventura más famosa y desde luego más recordada. El canto del cisne, ambientada en la segunda posguerra mundial, supone una dignísima continuación a la anterior, y me atrevería a decir que si no resulta más memorable que su predecesora al menos sería lícito decir en su favor que está mejor escrita.

En cierto modo podríamos hallarnos ante el último gran exponente de la novela detectivesca clásica, la novela de detección propiamente dicha, de historias que empezaron acaso con Poe y Conan Doyle, y que alcanzaron la perfección con Agatha Christie. No conviene olvidar que al otro lado del Atlántico hacía tiempo que se estaba desarrollando la edad de oro de la novela negra; baste apuntar que para 1938 (año en que se desarrolla La juguetería errante) D. Hammett y R. Chandler ya habían dado a la imprenta lo mejor de su producción. Crispin el autor no es ajeno a esta revolución, y en ocasiones algunos de sus personajes tratan, en plan de broma, de parodiar el lenguaje bronco de la ‘hard-boiled fiction’, retienen a alguien a punta de revolver o entran en un cine en el que se proyecta una película que claramente pertenece al género negro. Pero así y todo, y a pesar también de algunas (post)moderneces narratológicas (como por ejemplo el hecho de que el propio Gervase Fen piense en posibles títulos para los libros que recogerán sus aventuras), tanto La juguetería errante como El canto del cisne pertenecen de lleno a un imposible mundo de la “Inglaterra que se nos fue”: esa a la que tanto cantaron los Kinks, la de los ‘village greens’, las tazas de té a las 5, los ociosos paseos en automóvil, esa en la que las buenas gentes sencillas se conocían todas entre sí y dejaban la puerta abierta porque se fiaban del cartero, el lechero o el policía del pueblo. La Inglaterra soñada y nostalgizada que acaso nunca existió en realidad.

Es en este contexto de ingenuidad el que los personajes de La juguetería errante florecen. El mencionado Fen y su amigo y “Dr. Watson” el poeta Richard Cadogan, Hoskins: el estudiantillo salido, el Dr. Wilkes: anciano profesor con una botella de whisky por biberón, Sally: la pizpireta dependienta a dos segundos de convertirse en un “tipo” (solo una problemática inteligencia la salva del rol de guapa tonta) y toda la galería de secundarios, incluido el asesino, que pueblan el Oxford de postal de esta novela. En una época en la que la policía británica no llevaba armas (¡ah, que sigue sin llevarlas!), en la que los 'pubs' solo vendían alcohol en un horario muy estricto, en la que la gente escolarizada citaba a Shakespeare y a Milton de memoria, un crimen resulta ante todo una falta de cortesía. Y un asesinato supone una atrocidad apenas imaginable. Lo mismo podría pensarse de El canto del cisne, en el que un doble asesinato cometido durante los ensayos de una ópera de Wagner es resuelto por Fen (esta vez sin compañía de Cadogan pero con otra nutridísima galería de secundarios entre los que destacan el tenor Adam Langley, la escritora Elizabeth y el inspector de policía Mudge) exclusivamente gracias a sus dotes clásicas de detección analítica y a unos dudosos experimentos químicos de última hora que hacen pensar al lector en Sherlock Holmes jugando al Quimicefa. El idílico mundo inglés sí se percibe levísimamente resquebrajado en este segundo libro al tratarse el tema de la ópera wagneriana y su relación (o no) con el nazismo, algo un poco manido hoy día pero valiente en 1947.

¿Qué hace de La juguetería errante y El canto del cisne novelas tan memorables y perdurables, aparte de su estricta trama policiaca (del tipo problema insoluble o asesinato en una habitación cerrada)? Tal vez sea por la más o menos rocambolesca desahogada resolución de los misterios, donde no faltan pasajes deductivos, persecuciones a pie, en bicicleta y automóvil, actos de violencia bastante brutales y pasiones humanas narradas con la sorna y ligereza de una retransmisión de cricket pero escasean los ingredientes sexuales (la época y el público al que iban dirigidas estas obras no daban para más). Pero si tengo que apostar (¡algo tan británico, pardiez!) diría que el caballo ganador de esta serie de libros de Edmund Crispin es sin duda la figura del detective. Gervase Fen, un hombre que bebe whisky como quien lee un soneto, no como esos huelebraguetas del otro lado del Atlántico. Gervase Fen no fisga: él detecta (permítaseme el anglicismo). Gervase Fen es un tipo cáustico, un sabio despistado y ajeno al estilo a no ser un dandismo muy particular de bufandas y pelos de punta. Y pese a ser británico (o a lo mejor por eso), su extrema cortesía puede rayar en la mala educación, pero es un águila. No solo trabaja “de salón” sino que -igual que su predecesor en la melancolía y la detección del 221b de Baker St.- es capaz de darnos escenas de acción trepidante como esa del tiovivo de La juguetería errante que dicen que un tal Alfred Hitchcock plagió años después en su película Extraños en un tren (1951).

08 mayo 2013

París bien vale una fiesta


Sobre París

Ernest Hemingway

Elba, 2012

ISBN: 978-84-939902-2-0

166 páginas

14 €

Prólogo y traducción de Clara Pastor



José María Moraga

Los Grandes también anduvieron en zapatillas, y es una corriente fácil de constatar la recuperación por parte de editoriales pequeñas de obras menores de autores mayores. Así, las mesas de librerías ofrecen hasta el último cuento de Proust, Melville, los rusos o -un favorito de esta arqueología literaria- F. Scott Fitzgerald. Todo esto está muy bien, y estas obritas, a menudo bien editadas y presentadas, no tan a menudo bien de precio, suponen una preciosa adición al catálogo de estos autores, pues ofrecen títulos difíciles de encontrar o directamente nunca antes aparecidos en España. Pero son obras menores, y aunque es de ley alabarlas en su justa medida, no suelen resistir la comparación con las obras “grandes” que hicieron famosos a los que las firmaron.

Tampoco lo pretenden. Es el caso de este Sobre París, título 'ad hoc' compuesto por la Editorial Elba a base de recopilar algunos de los artículos que Ernest Hemingway (1899-1961) escribió en la capital francesa entre 1922 y 1923, y que aparecieron publicados originalmente en el Toronto Star (en sus ediciones tanto diaria como dominical), periódico para el que el futuro Nobel de Illinois ejerció como corresponsal en Europa. ¿Qué ofrece este libro entonces? Algo desde luego no desdeñable: los primeros pasos de un Hemingway que todavía distaba mucho de ser el autor de éxito en que se convirtió, uno que redefinió la prosa en inglés del siglo XX: en 1923 Ernest Hemingway ni siquiera era aún un autor publicado.

El germen del estilo de Hemingway se halla presente en Sobre París (si bien confieso que nunca he leído los artículos originales en inglés), pulcro, seco, conciso; amigo de las frases breves que sin embargo encierran enormes cargas de profundidad humorísticas o que sugieren mucho más de lo que explicitan. Eso que los cursis dicen de que en la literatura de Hemingway lo que no se dice es más importante lo que se dice. Tan solo en la pieza “Visita de un veterano al antiguo frente”, en la que el Hemingway veterano condecorado de la Primera Guerra Mundial toma la palabra, se permite el periodista alguna veleidad descriptiva,  y tal vez también en “Un vuelo París-Estrasburgo”, crónica de un primitivo viaje en avión, medio que aún se encontraba en pañales en 1922. También encontramos en Sobre París el germen de algunos de los temas que hicieron universal a este escritor: la ya citada Primera Guerra, su obsesión por la vida nocturna (en especial la parisina), por el alcohol, por el precio de las cosas, su incipiente interés por el toreo y todo lo auténtico de la vida en general. Lo anterior resultará familiar al lector de Adiós a las armas (1929) o Fiesta (1929), por citar las dos novelas donde estos temas se hacen más patentes, que son además las que elevaron al autor al estrellato literario, dentro de aquella afamada Generación Perdida norteamericana que tantos lazos mantuvo con la Europa de entreguerras.

La cronología y la referencia al resto de la obra de Ernest Hemingway no es un adorno aquí: por ejemplo, en 1923 el escritor frecuentó al también norteamericano Ezra Pound, verdadero pope del Modernismo (entendido a la anglosajona), a fines de ese año apareció su primer libro Three Stories and Ten Poems y ya para el año 24 Hemingway era un fijo de la pomada parisina y se había hecho amigo de F. Scott Fitzgerald. Paralelamente, el último artículo de este volumen Sobre París, “Navidad en París”, está fechado el 22 de diciembre de 1923 y antes que una mera crónica constituye un sugerente y comedido relato más afín al famoso cuento de 1933 “Un lugar limpio y bien iluminado” que a otras piezas periodísticas aparecidas en esta recopilación, del tenor de “Clemenceau, políticamente muerto” o “Elecciones papales: entre bastidores”.

Por tanto, la lectura de los artículos de Hemingway para el Toronto Star puede arrojar una interesante luz sobre los inicios literarios del autor, además de constituir un deleite por sí mismos, es decir, la forma tiene mérito pero también lo tiene el contenido. Las piezas resultarán tanto más interesantes cuanto más interesado esté el lector en la geopolítica europea de entreguerras (todo aquello de Clemenceau, Poincaré, la Paz de Versalles, la ocupación de la cuenca del Rhur…). No obstante, aunque no seamos expertos en estas cuestiones, la prosa y el ojo del Hemingway reportero se posan en una suficiente diversidad de temas como para satisfacer a todos los paladares. Especialmente notables por lo divertidos son los artículos “Americanos bohemios en París” (que se abre con la frase “La escoria de Greenwich Village, Nueva York, ha sido espumada y depositada en grandes cantidades a la zona contigua al café de la Rotonde, en París”), “La música desenfrenada de las noches de París” y “La vida nocturna europea: una enfermedad” (en que se compara la vida nocturna de París, Berlín, Madrid y ¡Constantinopla!). Estos artículos cuentan, además, con el interés de ofrecer las opiniones y visiones tempranas de Hemingway acerca de una vida bohemia y noctámbula que volvería a hacer acto de presencia en su ficción (Fiesta) y en su no ficción (París era una fiesta, póstuma de 1964), placer que dejo valorar al lector pero que para mí ha resultado uno de los mayores alicientes de Sobre París.

Notorio es que, como recoge Clara Pastor en su conciso aunque informativo prólogo, “Hemingway se labró una reputación como fabulador, en el sentido de que exageraba tanto las experiencias vividas como su participación en los acontecimientos” (11). Estoy de acuerdo con la prologuista y traductora empero en que Sobre París no muestra esta tendencia de manera tan marcada, sino que más bien “las crónicas del joven Hemingway evidencian una voluntad de rigor y de precisión” (13), lo que a mi juicio no les impide dar cuenta de modo consciente e inconsciente de la infinita admiración que un Hemingway de veintidós años sentía por la cultura francesa y por París en particular. Todo un festín portátil, ¿no creen?

14 febrero 2013

El autobús azul nos está llamando…



Jinetes en la tormenta

Diego A. Manrique

Espasa, 2013

ISBN: 978-84-670-0913-2

336 páginas

19,90 €



José María Moraga

El esnobismo es un fenómeno curioso: dicta que hay cosas inaceptables y otras buenas, pero por lo arbitrario y evanescente de las modas resulta complicado estar al día de la ortodoxia ‘cool’, y pocos campos tan esnobs y esclavos de la moda como la música popular llamada rock. Hay gente que dirá que le encanta la música y, preguntados, dirán que solo escuchan “la radio”. Hay otros que despreciarán a estos por ignorantes. Hay quien pensará que escuchar a Mumford & Sons es muy ‘cool’, hay quien los considerará unos vendidos. Hay quien lleva cuarenta años escuchando nada más que a los Beatles, y así sucesivamente… Servidor ha sufrido estos traumas: de adolescente quería ser guay (musicalmente) y escuchaba lo guay, pero también me avergonzaba en secreto porque flipaba con Luis Aguilé, Antonio Machín o Aznavour.

Y así seguí hasta que empecé a escuchar a Diego Manrique y su Ambigú en Radio 3, un programa en el que el periodista burgalés recomendaba música sin absolutamente ningún complejo, mezclando a Fela Kuti con Arctic Monkeys y hablando con el mismo respeto de Kiko Veneno, Fito Páez o Daddy Yankee. Y a él no se le podía acusar de “no entender” o de no tener criterio: Diego A. Manrique (como gusta de firmar) es en España una memoria viva del rock y todo lo que lo rodea. A su saber erudito une una inusitada facilidad para el epíteto y la frase feliz (cualidad que solo he visto superada en su compañero Chema Rey), lo que le convierte en un extraordinario divulgador del rock. Por si esto fuera poco, Manrique es también narrador homodiegético de sus vivencias rock: a menudo se coloca como personaje secundario en las epopeyas que narra o visibiliza su papel como entrevistador “autor”.

Su labor evangelizadora del rock la ha venido desarrollando Manrique desde hace décadas en la tele, la radio y (últimamente sobre todo) en la prensa escrita. Le faltaba el libro, ya que este crítico no ejerce de enciclopedista ‘à la’ Jordi Sierra i Fabra sino más bien de periodista ‘gonzo’, y siempre ha preferido la crónica, la opinión o la entrevista a otro tipo de obrones fasciculables. El mes pasado se publicó Jinetes en la tormenta, recopilación de artículos suyos aparecidos anteriormente en el diario El País y su órbita editorial, una auténtica delicia para los fans de la música rock, amén de una lección de redacción amena. Manrique es tan ameno que en ocasiones puede pecar de hacerse el gracioso. Otro pecadillo: el síndrome del “yo-yo-yo-yo y yo” (robo la frase a Manolo Haro), pero ¿quién puede culparle cuando dice que en tal año estuvo en tal o cual sitio con tal o cual artista si resulta que es verdad? Yo se lo perdono todo porque soy un poco fan de Diego Manrique (igual que él se confiesa fan de los Beatles, algo que hubiese censurado un Lester Bangs) y lo único que lamento del libro es que no sea un programa de radio y que no se pueda salpimentar las jugosas anécdotas que contiene con la música de los artistas a que hace referencia.

Jinetes en la tormenta comprende noventa artículos introducidos por entradillas nuevas escritas 'ad hoc'. Algunos son entrevistas, también hay obituarios, y todos repartidos entre seis bloques temáticos: “Venimos de África” (sobre música negra, oh sorpresa), “Raros, malditos, insumisos” (genios y figuras desde Syd Barrett a Yoko Ono), “Los colosos” (los que conocen vuestros padres), “Los mejores años de nuestra vida” (pop-rock español), “Así suenan las palmeras” (música exótica) y “La sacristía” (que abraza lo más bizarro del pop). En sus entretenidísimos textos Manrique no oculta sus filias y fobias. Así, a John Lennon, Bebe o The Doors se les perdona todo (el título del libro es la traducción del de una de las canciones más celebradas de estos últimos) mientras que se da cañita sorda a Led Zeppelin, Deep Purple o Coldplay, aunque siempre desde el respeto. La selección del canon de artistas incluidos en Jinetes en la tormenta será siempre un misterio: se comprende que no falten Elvis, Sinatra, Beatles, Stones, Dylan, Clash, Bob Marley o Police, pero ¿por qué no están invitados a la fiesta Aretha Franklin, AC/DC o Ray Charles? También es comprensible la voluntad de conectar con la música (léase “el público”) actual, de ahí la inclusión de Coldplay y Bebe, pero por esa regla de tres hubiéramos metido antes a Whitney Houston que a R. Kelly.

Como el objeto de esta reseña no es decir lo que falta sino lo que sí se nos ofrece, haré hincapié en el carácter excepcional de testigo en primera persona que aporta Diego Manrique. Impagables sus descripciones de Willy DeVille o Jimmy Page, su papel catalizador en la difusión de la Movida (“nueva ola”, como a él le gusta llamarla) o sus lamentos sobre la suerte corrida por Enrique Urquijo, Antonio Vega, Amy Winehouse (¡y tantos otros!). Recomiendo Jinetes es la tormenta a todos los aficionados de la música sin complejos, la gente que se compra al menos un disco cada dos meses. Si la música te toca de pasada solo, a lo mejor parecerá que no es necesario saber tantos detalles acerca de Prince. Pero si te gusta el soul y tampoco te vas a leer la biografía de Etta James, tranquilo que Manrique sí se la ha leído, la ha visto en directo y no la entrevistó porque la diva lo dejó plantado, que si no…

Si en el Reino Unido tienen a Nik Cohn y en Estados Unidos a Greil Marcus, nosotros podemos decir sin ruborizarnos que tenemos a Diego Manrique, coño. A Manrique hay que quererlo, hay que leerlo, y después -como él mismo recomienda- hay que ponerse a escuchar música. Porque este libro no está pensado para tragárselo de una sentada: el orden temático permite seguir la disposición sugerida o ir picoteando aquí y allá según nos interese. Incluso si eres un fan de la música nivel Alta fidelidad te hará gracia este libro, aunque sea para disentir de él o enmendarle la plana. 

31 enero 2013

¿Pudo haber un Franco más gracioso?



El general y la musa

Román Piña Valls

Sloper, 2013

ISBN: 978-84-940204-5-2

216 páginas

15 €




José María Moraga

Si Gil de Biedma nació “en la edad de la pérgola y el tenis” (¡perdonado, Jaime!), la mayoría de los reseñadores de Estado Crítico somos hijos de la democracia. Para nosotros, el Generalísimo Francisco Franco Bahamonde es una figura histórica heredada, a medio camino entre el horror y el ridículo. Parafraseando a J. M. Serrat, “si no fuera tan temible nos daría risa”. Que Franco es risible a pesar de los pesares no es algo nuevo, abundan las parodias, las vueltas de tuerca al personaje: el poder siempre diana de las burlas, que levante la mano quien no se sepa algún chiste de Franco. Pero Franco es gracioso además a unos niveles que solo los gourmets del humor sutil pueden percibir. Sus esfuerzos por pasar a la historia, su marcialidad viril, su retórica caduca, provocan risa por lo inútiles y absurdos que parecen hoy. Provocan la risa propia del humor surrealista.

Sin recurrir a la parodia o la sátira, basta acercarse a las fuentes primarias: las propias imágenes de Franco hablando en inglés, tutelando a Carmencita mientras esta desea lo mejor “a los niños de Alemania”, o su discurso reprobando el ataque a la embajada española en Lisboa  (aquello de la "conspiración masónico-izquierdista de la clase política, en contubernio con la subversión terrorista-comunista en lo social") son piezas dignas de figurar en las antologías del humor patrio, junto a los disparates de Miura o Tip y Top.

A un nivel más serio, la Guerra Civil, como gran trauma o catarsis fundacional es el mito nacional por excelencia. Intuyo que por esta razón la figura del Caudillo ha sido secuestrada en tantas ocasiones- por partidarios y detractores- y utilizada desvergonzadamente como mascarón de proa para satisfacer los anhelos de cada uno. Todo el mundo ha escrito o rodado sobre Franco y/o la Guerra (hasta Eduardo Mendoza ganó el Planeta con una novela sobre el tema, se queja Román Piña), y no han faltado quienes han resucitado al Generalísimo en sus obras, desde Vizcaíno-Casas (…Y al tercer año resucitó, 1978) hasta Álvaro Vázquez de la Torre ("Hallaré la muerte, si me llega", 2012). La última barrabasada que conocemos en este subgénero de la Franco-ficción es El general y la musa (2013), del mallorquín Román Piña Valls, quien ya deslumbrara en 2009 con Stradivarius Rex. La pregunta con que el provocador videotráiler (visionado imprescindible) promocional de esta novela nos interpela es “¿Pudo haber un Franco más gracioso?”, y mi respuesta es “¿Más gracioso todavía!”.

Aunque resumir un libro no sea el objetivo de una reseña, en esta ocasión se hace imprescindible dar noticia del argumento de El general y la musa. Cuando en 1933 Azaña -Presidente de la República- envió a Franco a Baleares como jefe de la Comandancia Militar para tenerlo lejos de Madrid y de tentaciones golpistas (hasta aquí la verdad histórica), el General(ísimo) redactó un diario íntimo donde refleja sus actividades en Mallorca durante seis meses. Lejos del Franquito marcial de los cojones por bandera y los platos de lentejas por montera, en este diario descubrimos a un Franco inédito hasta ahora: melómano, consumado percusionista de jazz, bebedor en demasía, juerguista, curioso, soñador incluso. Franco frecuenta a la intelectualidad de la isla, y así aprende el mallorquín de la mano de Francesc de Borja Moll o practica el nudismo junto a Robert Graves. Para alarma de Carmen Polo, Franco comienza a desplegar una conducta inexplicable por lo disipada: toca jazz en un club nocturno, se enamora de Patricia Conde y la enarbola como musa aun sin saber quién es (sí, esa Patricia Conde), o se enfrasca en una detectivesca pesquisa sobre la autenticidad de las huellas dejadas por Frédéric Chopin y Georges Sand tras su estancia en Mallorca en 1838-39.

Por si esto fuera poco, Román Piña completa al Franco mallorquín -auténtico G.I. Joe- con extrañas visiones: Franco inventa el carril bici, Franco compone “Imagine” o “I Am the Walrus”, Franco pergeña los guiones de Casablanca, Solo ante el peligro o Ciudadano Kane…, todo ello sin dejar de lado su realidad contemporánea, pues el futuro Caudillo no tiene empacho en acudir a un lupanar con líderes radicales de la izquierda (Largo Caballero) o la derecha (José Antonio). Tamaña desvergüenza supone la conversión del General Francisco Franco en un monigote, en un muñeco de ventriloquía que puede llenarse del contenido que uno desee, y la verdad es que Román Piña desea para Franco unas cosas acojonantemente divertidas. Algo así como el Tom Sawyer, detective (1896) de Mark Twain, que pretendía explotar el éxito de un personaje famoso, pues aquí “Franco, jazzman”, “Franco, nudista”, “Franco, adalid del catalanismo” y “Franco, detective” también, por qué no. Franco, el ‘bright young thing’ de los años 30, pero no por los motivos que todos recordamos (héroe de África, general más joven de Europa, etc) sino por otros que molan infinitamente más.

Parece que el novelista haya querido decirnos “si todo el mundo puede apropiarse de Franco y adulterarlo, por qué no yo”; o, parafraseando los libros que ahora escribe Miqui Otero: “Elige tu propio Franco”. Yo, queridos lectores, prefiero que Franco sea fan de Louis Armstrong a que dé un golpe de estado de corte fascista, en otras palabras: prefiero el brazo de Lionel Hampton al incorrupto de Santa Teresa. Tengo que decir que no me había reído tanto con una ucronía y una sátira desde Fabulosas narraciones por historias (1996) de Antonio Orejudo (quien, por cierto, situaba en los años 30 una novela titulada Los Beatles). De todas las excentricidades y locuras que Román Piña pone a hacer y decir al Generalísimo, creo que el gran acierto y el tuétano de la novela es su obsesiva investigación acerca del legado mallorquín de Chopin. Admito que, al ser hijo del Estado de las Autonomías, no conozco bien la historia de Las Islas Baleares, pero me ha parecido detectar en El general y la musa una gran carga irónica contra algunas de las vacas sagradas de la actual autonomía balear. Todo el asunto de la verdad histórica, lo que ocurrió y lo que no y cómo nos lo han contado, es uno de los temas principales de la novela, y es tema sobre el que a día de hoy podemos sacar provechosa reflexión, como durante todo el affaire de la autenticidad de los pianos de Chopin o como cuando F.B. Moll le dice a Franco que “Cataluña no es España” porque “¿No ve que tenemos otra lengua y otra cocina?” (p.108).

Si el encuentro de Robert Graves con otros militares-intelectuales como Sigfried Sassoon, Wilfred Owen o Lawrence de Arabia está perfectamente documentado en varios libros, no lo estaba el encuentro con Franco, y ¿cómo podíamos pasar sin conocerlo? Son tantas las anécdotas y los diálogos disparatados que encierra El general y la musa que no revelaré más para no aguar el placer de su lectura. Si he de ponerle un “pero” sería el cierre del libro, insatisfactorio para mí pero acorde con el posmoderno prólogo con que la obra comienza y en todo caso coherente con el universo "romanpiñeano". Háganse un favor y corran todos -franquistas, antifranquistas, los de la 3ª España-, corran todos a leerlo. ¿Pudo haber un libro sobre Franco más gracioso? Sinceramente, lo dudo.