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22 diciembre 2011

Una casilla en blanco

Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel

Leonardo Sciascia

Gallo Nero, 2010

ISBN: 978-84-937932-4-1

112 páginas

8 €

Traducción de Julio Reija


Alejandro Luque

Si ustedes tienen previsto pasar por Madrid antes del próximo 27 de febrero, no dejen de visitar la exposición que el Museo Reina Sofía dedica estos días a Raymond Roussel. Muchos descubrirán allí a uno de los escritores más extravagantes de todos los tiempos, capaz de escribir una novela como Locus Solus, sostenida sobre juegos de palabras, afinidades fonéticas y asociaciones arbitrarias, o unas Impresiones de África perfectamente inventadas, para lo cual hubo de olvidar minuciosamente lo que había visto y vivido en sus viajes reales al continente negro.

Roussel fue uno de aquellos ricos herederos de entre siglos, ociosos a tiempo completo, que supieron dilapidar sus fortunas sin renunciar a su curiosidad y al ejercicio de su talento. Su personalidad y su prosa fascinaron, entre otros, a Michel Leiris, a Michel Foucault, a John Ashbery y a nuestro Enrique Vila-Matas, que no desaprovecha ocasión para reivindicarlo. A él se acercó también Leonardo Sciascia, no tanto por afinidades literarias como por un hecho muy significativo: la muerte del parisino en un hotel de Palermo, el 14 de julio de 1933, en oscuras circunstancias.

Sciascia llega a este misterio de un modo casual: un estudioso francés le pidió que le consiguiera el certificado de defunción de Roussel, pero al obtenerlo le llamó la atención que la casilla “causa de la muerte” hubiera quedado en blanco. Esto animó al escritor siciliano a iniciar una serie de pesquisas que, siguiendo la fórmula de novela-investigación, o relato-encuesta (el original 'racconto-inchiesta di ambiente giudiziario' de Manzoni), da lugar a un nuevo concentrado de literatura, historia, política y crimen. ¿Alguien da más en medio centenar de páginas?

Publicada en España por Bruguera en los primeros ochenta, conjuntamente con En tierra de infieles, estas Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel ven la luz de nuevo, ahora como título exento, en una coqueta y muy portátil edición de Gallo Nero, sólo empañada por algunas lamentables faltas de ortografía. Una verdadera lástima, porque tanto las notas como el posfacio de Julio Reija responden a un mimo y una diligencia de los que el corrector de pruebas ha carecido.

Al margen de estos accidentes, el relato reconstruye con precisión la agonía de Roussel en el palermitano Grand Hotel des Palmes, un establecimiento de estilo Liberty en pleno centro de la ciudad donde al parecer Wagner remató su Parsifal. En la habitación 224, ajeno al tráfago de la capital, encontramos al padre de Locus Solus física y mentalmente degradado, acosado por tentaciones suicidas. En ese escenario aparece la figura de una dama con la que Roussel podría tener algo más que una sana vecindad, un camarero al que no se le escapa un detalle, un chófer más bien torvo, un médico de hotel que conocía la inclinación del huésped por los barbitúricos... Y todos estos ingredientes de novela de Agatha Christie acabarán reunidos alrededor del ilustre cadáver de Roussel.

¿Qué atrajo a Sciascia de este caso sin resolver? ¿Sólo el hecho de que un escritor famoso muriera tan cerca, en el corazón de su querida Palermo? ¿La simple curiosidad de una incógnita por despejar? ¿O la antigua simpatía que el siciliano profesó siempre hacia Francia y su cultura? Tal vez influyera todo eso, pero sobre todo una sospecha que se le convierte en reclamo irresistible: que el deceso de Roussel pudiera ser un crimen impune. Y la impunidad para él, como bien supo ver Federico Campbell en La memoria de Sciascia (1989), está siempre estrechamente vinculada con el poder, y en la sumisión de la justicia al poder. En este caso, la justicia chapucera e interesada del fascismo en aquel tórrido verano de 1933; pero podría haber sucedido en tantos lugares y épocas que no es exagerado hablar de lacra universal.

En la mencionada exposición del Reina Sofía, el visitante encontrará, junto a cuadros de Dalí o Max Ernst, manuscritos y objetos diversos, cosas tan curiosas como un vídeo de unos indígenas cocinando a un perro o una galleta a medio corromper que el inventor Camille Flammarion le regaló a Roussel. Ni una palabra, prácticamente, de los intentos de Sciascia por esclarecer qué hubo detrás de la sobredosis que acabó con él. Temo que, para cuando quieran reparar este error, los culpables se encuentren ya demasiado lejos.

18 octubre 2011

Paciencia, pan y tiempo


Muerte del inquisidor

Leonardo Sciascia

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-337-7

140 páginas

14 €

Traducción de Rossend Arqués




Alejandro Luque

En los sótanos del Palacio Steri, antaño sede de la Inquisición y hoy perteneciente a la Universidad de Palermo, Giuseppe Pitré descifró a principios de siglo unas palabras escritas en las paredes de una celda: “Paciencia, pan y tiempo”. Un telegráfico testimonio de angustia que sirve a Leonardo Sciascia como pórtico de uno de sus libros más enjundiosos y menos conocidos, Muerte del inquisidor.

El grueso de la obra de Sciascia podría dividirse en dos bloques: de una parte están las ficciones con algún crimen de fondo, en las que casi nunca se alcanza una solución clara, como sucede en Todo modo, El contexto, Una historia sencilla o El archivo de Egipto. Y por otro lado, las indagaciones sobre sucesos reales no esclarecidos, sobre los cuales aplica el autor siciliano una técnica deductiva basada en la lectura atenta y en la lógica. A este grupo pertenecen libros de contexto mayoritariamente histórico –escuela manzoniana– tan distintos como En tierra de infieles, El caso Moro, La desparición de Majorana o esta Muerte del inquisidor.

En un nuevo viaje en el tiempo, el inspector Sciascia se remonta a mediados del siglo XVII para ocuparse del caso del fraile Diego La Matina, quien después de verse sometido a larga prisión y torturas, en un arrebato de furia atacó y dio muerte al inquisidor Juan López de Cisneros golpeándole con sus propios grilletes.

Quién fue La Matina, cuáles eran las acusaciones que pesaban sobre él, cómo fue condenado a pagar por ellas, son algunas de las preguntas que Sciascia se plantea para abordar su investigación. Y tirando del hilo, a través de capítulos muy breves pero de una intensidad extraordinaria, llega a la conclusión de que el mayor pecado del desventurado fraile no fue otro que el de cuestionar la justicia de Dios –los indicios los tenía en sus propias carnes–, en la medida en que criticaba Su permisividad con los atropellos y miserias que padecía el pueblo llano. Una herejía, pues, que proyectaba desde la injusticia divina una denuncia de la injusticia social. Ni una ni otra, evidentemente, iban a ser permitidas por el poder.

Sin necesidad de llegar a esta conclusión, como una línea de trabajo paralela, Sciascia va desarrollando una reflexión en torno a la Inquisición, no como un fenómeno propio de un pasado remoto, sino como institución de plena vigencia, “menos religiosa que política; más que política, pedagógica; más que pedagógica, policiaca”. Y es precisamente esto, el propio concepto de policía, de las llamadas “fuerzas del orden”, su papel en una sociedad democrática y sus límites, lo que el escritor racalmutense termina cuestionando con severidad. La Inquisición, apostillará Sciascia, sigue viva y en activo, no necesariamente vinculada a la ortodoxia católica, a veces mostrando su rostro más descarado y otras oculta bajo los más astutos disfraces.

Considerado por Sciascia como su texto más querido “el único que releo y contra el cual aún me rebelo”, Muerte del inquisidor concita en apenas 140 páginas –con generoso cuerpo de letra– consideraciones políticas, sociales, morales, existenciales e incluso curiosidades localistas que dan, en efecto, para muchas relecturas. Sucede siempre con este escritor maravilloso: sus libros no parecen agotarse nunca, y a la luz de los nuevos tiempos sigue brindando nuevas preguntas y nuevas revelaciones.

En el prólogo de este libro, Sciascia recordaba su sorpresa al visitar librerías españolas durante el franquismo tardío, donde era posible encontrar lecturas sobre Marx o el Che Guevara, pero dificilísimo hallar estudios sobre la Inquisición: inequívoca señal de que la dictura prefería tolerar la propaganda rojeras a dar cualquier pista sobre sus ancestrales métodos de control. Sin embargo, creo que identificar el Santo Oficio con la vieja piel de toro –en todo el mundo se le conoce como “Inquisición española”– supone caer en otra vieja trampa. No sólo en Italia y Francia fue la Inquisición tan feroz como en España, sino que a lo largo de los siglos múltiples inquisiciones se han prodigado de Guantánamo a Pekín, de México D.F. a Moscú, de Palermo a Johannesburgo, de Montevideo a Delhi. Sus enemigos siguen siendo los de antes: la libertad (de expresión, de conciencia, religiosa, sexual...), la independencia, la rebeldía, la disidencia, la crítica a los poderes establecidos.

Ése es el giro imprevisto de este 'thriller' real: la certeza de que Cisneros no murió bajo los golpes de La Matina. Ha seguido trabajando afanosa y silenciosamente, enseñando su oficio a aplicados discípulos. A veces, incluso, con el respaldo de las masas votantes, en forma holgadas mayorías absolutas.

[Música de fondo recomendada para acompañar la lectura de esta reseña: fandango "Clemencia", en la voz de Enrique Morente o, en su defecto, de Miguel Poveda: "Que le tuvieran clemencia/ Un preso a un juez le decía/ No maté por valentía/ Ni yo he perdío la cabeza/ Fue por defender mi vía...”].