ISBN: 978-84-15039-80-8
11 junio 2012
Cuando la vida tampoco importa
ISBN: 978-84-15039-80-8
13 febrero 2012
De tanteos poéticos y ángeles inocentes

Ángeles sin sospecha
Ramón Miguel Montesinos
Ediciones Crusoe, 2011
ISBN: 978-84-938080-4-4
67 páginas
12 €
Prólogo de Luis Alberto de Cuenca
Rafael Roblas Caride
En ocasiones me pregunto por qué la poesía es tan imprevisible y caprichosa; por qué esa misteriosa focalización lírica sorprende a este autor a una edad temprana y a este otro se le presenta lentamente distraída, como un regalo inesperado fruto de una vocación tardía; qué fantasma familiar impide a Fernando Villalón escribir su primer poemario hasta cumplida la cuarentena o qué inspiradísima musa susurra sus versos al oído del casi adolescente Neruda de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En estas me encontraba cuando, casi de sorpresa, viene a posarse en mis manos, como un aleteo de mariposas azules, este primer libro de Ramón Miguel Montesinos, publicado por Ediciones Crusoe en un impoluto volumen de inmaculada blancura que complementa perfectamente la voz poética que respira en su interior.
Pero centrémonos. El hecho de que Ramón sea el hijo de Rafael Montesinos puede que importe poco al lector de esta reseña, por más que, como acertadamente indica en el prólogo Luis Alberto de Cuenca, no deba desdeñarse este dato que explica algunas de las influencias que actúan sobre estos Ángeles sin sospechas. Sin embargo, obviando los condicionantes sentimentales, biográficos o genéticos que hayan colaborado en la percepción poética de su autor, lo realmente reseñable es que la actividad contemplativa del poeta expectante ha dado paso al cabo de los años a una inquietud que encauza aquella vocación vital de siempre hacia el nacimiento del presente libro, un poemario fresco e ingenuo que da a conocer al público parte de esa creación atesorada por Ramón Montesinos a lo largo de muchos años de lecturas y silencio.
Labor catártica y de tanteo. Trabajo constante en el que la mirada lírica sobre el mundo cede paso a la palabra escrita para sobrevolar sobre el verso. Sea como sea, material poético primerizo, sí, pero firme y convincente, que aspira a algo más que a convertirse en un capricho pasajero. Y efectivamente, estos Ángeles sin sospecha pueden definirse como esos restos del naufragio del poeta -hasta ahora inédito y desconocido- que bracea por salir a flote y buscar el reconocimiento del lector. De este modo llegan por el aire del universo montesino estos ángeles que revolotean misteriosos y juguetones, procedentes de un universo pasado donde la luz y la oscuridad pugnan en una confrontación de contrarios. De esta lucha, precisamente, nace la plegaria inicial del libro, dirigida al Dios “de los ayeres y los astros”, al “Dios en la letanía de los amaneceres” invocado en los primeros versos.
Esta oración, que comparte en rara amalgama el mismo aire familiar del mejor Alberti y del romanticismo decimonónico, inaugura una galería de composiciones que se estructuran en torno a tres pequeños capítulos o apartados, y que a su vez se identifican por un estilo sencillo y directo, (“No te vayas aún, / quédate unos versos más conmigo.”, implora Montesinos en “Los difuntos enamorados”); que no desdeñan en ocasiones la pirueta metafórica o visual, procedente de la percepción onírica que tiene el poeta de su existencia (“En el camino también habitan / espectros jóvenes con miradas pueriles, / lloran junto a las orillas / de mares con sienes de ópalo...”) y que tampoco desprecian el guiño cotidiano, que en el madrileño se mezcla con una ingenuidad y una ternura conmovedoras, como ocurre en “Accidente”:
"He manchado con tomate
unos versos de Verlaine
y al hacerlo me he sentido culpable
de algo tan ingenuo.
¿Qué diría Verlaine?
¿Se habrá dado cuenta
y en su mirar de hinchadas pupilas
me insulte groseramente sutil;
¡oh, petit monstruo!,
o tal vez sus vulneradas musas
de arrogantes bustos altaneros
habrán sonreído pícaramente?
He manchado con tomate
unos versos de Verlaine."
Poema de estructura cerrada y circular, concluida con un epifonema que reitera, a modo de estribillo, los versos iniciales. Este recurso se repetirá en la penúltima composición, la que comienza con el verso “Murmuran las piedras al amanecer...” y, junto con el paralelismo y la anáfora, constituirá una de las tendencias estilísticas más acusadas de la muestra poética del Montesinos de Ángeles sin sospecha.
Pero abandonemos el análisis individual y concluyamos sobre la globalidad de este libro construido sobre el verso libre de arte menor. Temáticamente, Ángeles sin sospecha es un breve recorrido elegiaco a través de un universo que, paralelamente a la vida, delimitan el amanecer y la noche. No por casualidad, las abundantes referencias temporales giran en torno a la luz, sobre todo las del primer capítulo. Luz del sol en el horizonte, que compite en brillo con la tristeza; luz de lunas horadadas y de soles negros; luz al final de un amplio túnel de espejos y espumas; luz en el cielo de un alba nueva y diferente. Y como en toda elegía, el pasado -la infancia- se agiganta en el recuerdo, tras las “máscaras adormecidas / que entre sus azules penumbras” van desapareciendo lentamente, desvanecidas por el olvido. Aunque el poeta se resiste, quizás porque Montesinos sabe -o intuye- que “ese tiempo que no existe” se halla en la niñez remota, patria lejana y centinela de la belleza del mundo, al par que núcleo misterioso de la creación poética. Así parece reconocerlo el autor en el poema final, esperanzado y, al mismo tiempo, melancólico canto que concluye en deseo desesperado:
"[...]Y yo aún espero al niño poeta,
sé que tiene unos versos nuevos,
la canción de un instante,
un horizonte armonioso,
la esperanza de un náufrago
que va con rosales de silencio
hacia la melancolía del crepúsculo."
Y, como paisaje de fondo la desolación de la vida adulta, el alcohol, la desesperanza, la confusión, la locura, el opio, la muerte... desfilan en versos armoniosos y cuidados que se sustentan rítmicamente sobre la repetición de estructuras sintácticas y fónicas que actúan como estribillos. Libro de contrastes, de búsqueda lírica y existencial.
Así, con estos Ángeles sin sospechas, expectantes seres celestes sostenidos en su levitar de alas tanteos, Ramón Miguel Montesinos irrumpe en el mundillo lírico oficialmente. Y, a pesar de que su llegada se nos antoja demasiado tardía, de aquí en adelante nos queda la impaciencia por comprobar si esta galería de ángeles se queda detenida en un vuelo efímero o, más bien, su obra madurará cualitativa y cuantitativamente en nuevas entregas posteriores. Por lo pronto, la breve avanzadilla promete y dibuja en el horizonte una cierta esperanza puesta sobre la recién nacida promesa. A partir de ahora, sólo el futuro y el propio escritor podrán responder sobre la continuación de la misma, confirmando así si mereció la pena esperar tanto tiempo para asistir al bautizo del nuevo poeta. Que el futuro decida.
28 diciembre 2011
Al final del río

Antonio Hernández
Calambur, 2010. Volumen Uno y Dos
ISBN: 978-84-8359-189-5
487 y 425 páginas, respectivamente
50 €
Rafael Roblas Caride
Todo poeta que se precie como tal persigue al final de su vida el sueño de un volumen antológico que reúna el grueso de su obra bautizado con el título, más o menos explícito, de Poesía completa. De esta manera, descansarán cuidadosamente dispuestos en sus páginas los versos, los poemas y los libros, apacibles, esperando la “mano de nieve” del filólogo de turno que prepara su estudio o su tesis doctoral y que, a su vez, reza a los dioses por un 'corpus' ordenado que le permita acometer su labor investigadora sin mayores preámbulos.
La editorial Calambur parece últimamente empeñada en satisfacer a ambos, escritores y críticos, elaborando un catálogo en el que, tras las experiencias -escribo de memoria- de Rafael Morales, de Victoriano Crémer o de la recientemente galardonada Paca Aguirre, han encontrado también acomodo las completas de Javier Lostalé, Basilio Sánchez, Jesús Hilario Tundidor, Joaquín Benito de Lucas o Manuel Ríos Ruiz.
Así, tampoco se ha escapado de esta fiebre antológica Antonio Hernández (1943), estimable y polifacético autor, prosista y poeta, que ha visto reunidos todos sus libros de poemas en los dos volúmenes de los que consta esta cuidada edición titulada Insurgencias (1965-2007). En ellos, el lector puede compartir el extenso trazo de ese largo camino que va desde el primerizo El mar es una tarde con campanas (1965) hasta el último A palo seco, solazándose y recreándose en cada uno de los recovecos temáticos y estilísticos de la obra de Hernández.
De este modo, como si fuera un río o un tren, el verso del poeta arcense recorre estas páginas en paralelo a la vida, fluyendo hacia la conciencia del hombre o hacia el recuerdo del niño, tal y como nos indica Francisco J. Peñas-Bermejo en su extenso prólogo. Hermosos son los paisajes del pueblo y los encuentros desde el presente con la memoria perdida, ahondando en el tono elegíaco que Hernández hereda de uno de sus poetas favoritos, Antonio Machado.
"En esta soledad
que sólo puebla
el recuerdo,
estuvo la choza
donde vivíamos
en agosto.
Y por estas lindes
andaban la mula,
el perro
y las gallinas.
Todo me lo han cambiado
por un nudo
en la garganta."
Porque el pasado duele, sin duda alguna. “Mira si te amo, que al volver a mirar mi recuerdo lo aprieto en el pecho aunque me haga daño”, recita el autor en uno de sus primeros poemarios. Duele, pero sin embargo, se hace necesaria esa mirada atrás -hacia el primer amor, hacia los familiares muertos, hacia la tierra natal- para, desde el dolor, recuperar la esencia del ser y regresar a esa montaña que, como símbolo, se establece en la poética de Hernández en piedra angular sobre la que gira la vida, desde sus primeros libros, en contraposición a la dura y penosa llanura de la existencia adulta:
"Era la montaña lo mismo que una madre.
Por ella se podía correr, saltar sin el temor
de tener extravío [...]
[...] Y de pronto,
cuando más empezaba a tomarle apego,
por miedo, noté que estaba frente
a una llanura prodigiosa..."
Montaña y llanura. Arcos al fondo, como hipónimo de ese paraíso prometido, agrietado y polvoriento, conocido por Andalucía y que tan presente está también para Hernández, antológico es el poema XXVI de "Metaory", digno de figurar junto al archifamoso de Manuel Machado en los libros de texto de todos los escolares andaluces, y que, tras un repaso a las ocho provincias, culmina con el inequívoco sentimiento filial: “Si digo Andalucía / estoy diciendo el nombre de mi patria”.
Y, sobre la tierra madre, junto a su esencia primera representada en ese Arcos que merece el protagonismo de un libro entero -quizás el mejor a los ojos de su propio autor: Habitación en Arcos- surge de la nada esa galería de raros que encabezan El Troy, Kid Betún o Luis el Legionario. Porque no es la obra de Antonio Hernández dada a elevarse sobre malabares que olvidan el aspecto social y la actualidad más inmediata. En A palo seco, concebido según confesión autobiográfica como una suerte de terapia antidepresiva, desfilan los fantasmas del presente, con un prosaísmo cercano y periodístico.
"Se despeña un autobús en la India.
Cincuenta muerto. Se salva el conductor.
Israel arrasa el sur del Líbano:
mueren cien niños que estaban saliendo
del hambre. Hizbulá contraataca
con sus katiushas. Tampoco Abraham
se libra de la furia de Yavhé.
El sida gana por K.O. en África
y la malaria en Sudamérica.
El presidente Bush hace filosofía
en su discurso al pueblo yanqui.
Sigue la vida. ¿Cómo Dios
se va a aburrir, allá arriba, en su palco?"
Ripalda actualizado. Ironía ante la desesperación. Humor contra la catástrofe. Hernández desafía constantemente a los arcanos del verso con una extraordinaria batería de filosofía que se extiende desde los presocráticos hasta Marx, pasando por los sufíes y las corrientes arábigo andalusíes. “He vivido en Atenas y en Sevilla...” confesará el poeta haciendo gala de su cosmopolitismo cognitivo. Y es que al arcense puede acusársele de muchas cosas, excepción hecha de la monotonía. Monotonía que se rompe también en la gran variedad y alternancia de metros usados. “Habrá que experimentar y cambiar la forma de hacer las cosas, ¿no?”. De este modo, se alternan versos medidos y versos libres, arte mayor con arte menor, sonetos con soleares, algunas de una belleza insoslayable:
"Peña, río, casa pueblo,
Andalucía lejana...
Son los latidos que tengo."
Pero ante toda esta variedad, prevalece, eso sí, una cadencia, casi un murmullo asonante, que constituyen una unidad hernandiana de concebir la poesía.
Aunque, como no procede en una reseña extender el análisis hasta convertirlo en un sesudo y erudito estudio de una poética concreta, sino más bien, concretar la calidad de la obra y calibrarla con los gustos del receptor, mejor concluir en este punto, afirmando que, efectivamente, estas Insurgencias representan el necesario compendio de la obra de uno de los autores andaluces más representativos de la segunda mitad del siglo XX. O en palabras de Manuel Mantero, del mejor poeta gaditano vivo. Al menos que esta antología sirva para que no se cumpla el futuro que presagia el propio poeta en su libro final:
"Y que todo sea así
no para ganarme el Cielo
sino por que vuele en paz
mi ceniza en el olvido."
26 octubre 2011
La poética de la sinceridad
Miguel d’Ors
Renacimiento, 2010. Colección "Calle del Aire"
ISBN: 978-84-8472-516-9
75 páginas
12 €
Rafael Roblas Caride
“Pocas sorpresas cabe esperar del libro de un poeta ya veterano”, avisa el propio autor en la introducción de esta Sociedad limitada que hoy publica Renacimiento. La confesión se prolonga advirtiendo que, de la misma manera que en sus comienzos, el Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) que aquí se presenta se encuentra en la línea de la tradición, que “consiste, a fin de cuentas, en recibir con una mano la herencia del ayer y entregarla con la otra mano al mañana, pero no sin antes haberle añadido alguna aportación personal”. Rotundo y sincero. Con esta declaración de intenciones es complicado andarse por las ramas y aguardar imposibles piruetas.
Y así es. Formalmente Sociedad limitada se circunscribe al ámbito marcado por el ritmo del endecasílabo y del alejandrino, al que se les acoplan sus hermanos menores, el heptasílabo y el pentasílabo con evidente éxito. Miguel d’Ors se reafirma en esta faceta como un excelente músico del lenguaje que mide palmo a palmo la cadencia y respeta el canon renacentista. Ahí es nada: tradición. Porque un tal Garcilaso plantó en el XVI la semilla que dio origen al reinado del endecasílabo en la poesía española, con sus implicaciones posteriores, desembocando cuatro siglos después en un Antonio Machado o en un Luis Cernuda que abren el camino a esa poesía finisecular que algunos noveleros han etiquetado como “de la experiencia”. Paréntesis. Y yo pregunto inocentemente: ¿son las Coplas fúnebres manriqueñas “experienciales”? Pero ese es otro partido que no se juega hoy. Volvamos a d’Ors.
¿Y temáticamente? También el poeta gallego da la clave en su prólogo. Se trata de un poemario conformado por un conjunto de composiciones heterogéneas, donde “coexisten páginas graves con otras poco menos que disparatadas, poemas brevísimos con otros de cierta extensión, textos rimados con textos sin rima, sátiras con elegías, versos de amor con conceptos esparcidos…, pero todo ello […] tiene un transfondo común: la conciencia y el disgusto de vivir, como el título indica, en una civilización […] incapaz de levantar la vista por encima de lo físico, lo racional, lo útil, lo rentable”.
Nuevamente es sincero d’Ors. Por las páginas de esta Sociedad limitada deambulan algunos espectros y algunas realidades. Entre los primeros destacan los múltiples fantasmas familiares de la memoria. De entre los segundos, el vigoroso paisaje de su Galicia natal. Y uniendo ambos elementos, un irónico guiño de viajero harto de dar tumbos por este “cambalache problemático y febril” que llaman vida. De este modo se suceden ante los ojos del lector reflexiones y retratos misceláneos alternándose: la hermana retrasada y el café Savoy de Pontevedra, los tatarabuelos y el olor recién cortado del heno, el vecino mirlo que canta en la rama y las madres benedictinas de San Payo de Antealtares, la nieta recién nacida y los lejanos viajes de la infancia por “A Costa”… Pasado y presente se entrelazan para superar el misterio y revelarles a esa gente –para los que todo tan claro “porque / tienen ordenadores y descienden del mono”– que hay un montón de interrogantes que quedarán en el aire, como ese “lenguaje / inaccesible al hombre” de la naturaleza, ante el que sólo cabe “nuestro mejor silencio / y provisionalmente resignarnos / a llamarlo Belleza”.
Pero al contrario de lo que pueda parecer por su elevada esencia, el tono empleado por Miguel d’Ors en su libro se quiebra continuamente en el sarcasmo, en el guiño irónico, en el humor inteligente e, incluso, en la frivolidad lingüística, como lo demuestra el poema “La voz de la experiencia” en el que el poeta juega con las terminaciones –ajo, –ejo, –ijo, –ojo, –ujo en el final de cada verso para finalmente, citando a Abel Feu, aconsejar a un genérico hijo que se haga futbolista si quiere triunfar en la vida. Quizás esa querencia al humor sea una salida natural desde la ética y la estética a ese envaramiento abigarrado que se encuentra en tantos discípulos de la vacuidad sobrecargada y estéril. La naturalidad no es otra cosa que una sencillez, si acaso mínimamente descuidada y decadente, a la moda modernista, como bien indica este 'haiku' hipercrítico: “Tantos jazmines, / tantos jazmines, tantos… / ¡qué pestilencia!”.
En esa “deshabillé” también habría que entender, quizás, la “confianza con la Poesía” con la que enfoca d’Ors su oficio al cabo de tantos años, igualmente referida en el citado prólogo: “al cabo de los años se encuentra con ella [con la Poesía] como cada mañana se encuentra con su mujer: en la cocina, despeinado, en bata y con zapatillas de casa, y la trata no con menos respeto pero sí con menos formalidades y con una chispita de guasa relativista”. Y mucha guasa –y de la buena– hay en poemas como “De fuegos y buitres”, “Mis siete motivos para desear que no me dediquen una calle”, “Autorretrato condicional” o “Después de donar sangre”, donde el poeta concluye con una advertencia dirigida al posible receptor de su donación sanguínea, ante el peligro inminente de que se cruce con su propia esposa:
“Pero que sobre todo no te extrañe,
desconocido amigo,
lo que vas a sentir hasta en el pelo
si algún azar te pone alguna vez delante
a Concha Valladares”.
Sin embargo, como complemento a este tono humorístico, circula también por las páginas de este libro un halo de trascendencia, de un demiurgo divino –ajeno a lo racional y a lo físico– que todo lo anuda y explica desde la perspectiva de la Fe, con mayúsculas, trasmitida de padre a hijo. En esto es también valiente d’Ors, en confesarse creyente, casi de misa dominical, en una sociedad donde el laicismo es lo que está de moda. Este Dios justo, que medirá la balanza de las buenas obras al final y que terminará por contestar la insondable pregunta: “qué somos, dónde demonios vamos / y de dónde venimos”, se encuentra presente en todo el libro y el autor lo enarbola orgulloso cada vez que se le encarta. En este aspecto, nuevamente, está apegada la tradición al poeta.
Para terminar, sería también injusto no reparar en la última advertencia de Miguel d’Ors en la “limitación” de esta obra en “sociedad”, con respecto al talento propio. Y así lo indica de nuevo: “Por último, también es síntoma de la confianza con la Poesía la capacidad de percibir y aceptar, en los poemas que uno compone, las limitaciones del propio talento”. ¿'Captatio benevolentiae'? Eso parece. Nadie tira piedras contra su propio tejado y, mucho menos, cuando el obrero es tan osado que comienza un libro de poemas con un serventesio en el que riman “Aznar” con “degustar” y “coplero” con “Rodríguez Zapatero”. ¿De verdad quiere hacer creer “el poeta fingidor” a sus potenciales lectores que “La gratitud del campo” o “Pensando en el día menos pensado” no han quedado a la altura que debieran? Nuevo guiño. Nueva travesura.
Definitivamente y, como conclusión, hay que decir que el conjunto de poemas que componen Sociedad limitada configuran un poemario bastante sólido y técnicamente muy bien trabajado, con altos y bajos –eso es inevitable en libros de esta naturaleza miscelánea-, pero con un excelente buqué en su recapitulación. En la memoria quedan versos antológicos y reflexiones trascendentes que calan en el receptor. Y una sonrisa. En la lejanía, se oye un eco apagado. Llega hasta nosotros el ejemplo final. Que sea el paciente lector quien tenga la última palabra.
CATULANA
“Lidia se me insinúa –miradas y morritos–,
día y noche procura los escorzos propicios
para ante mí lucir su escaparate. Esfuerzo
vano: resisto su ardiente acoso. Pero
no por virtud heroica, ni por mero temor
al castigo divino. Es otra la razón:
su figura. El fornicio con semejante endriago
tendría más de penitencia que de pecado.”
25 julio 2011
La insoportable levedad del verano

Venganza en Sevilla
Matilde Asensi
Planeta, 2010
ISBN: 978-84-08-08835-6
300 páginas
21 €
Rafael Roblas Caride
Entre tanta reseña de calidad y tanta crítica erudita, miedo me da comenzar esta entrada de Estado Crítico confesando mi gusto por esas novelas leves, de trama sencilla y estilo llano, con que me divierto durante determinadas épocas del año en las que las meninges se derriten por efecto de las calores. Sí, amigos, sin pudor alguno me confieso ávido –y entusiasta- lector de esas denostadas obras que, con vocación de best sellers, invaden los expositores de los grandes centros comerciales. Y, es más, aunque sea tirar piedras sobre el precario tejado de mi reputación crítica, alguna que otra vez descubro en ellos valores literarios considerables. Resoplo y tomo aire. Ahora sí, entonado este mea culpa, puedo ya iniciar sin más dilación el comentario de esta Venganza en Sevilla que, a la sazón no es más que una nueva entrega de las aventuras de Martín Nevares, ese personaje parido por la imaginación de la escritora Matilde Asensi que comenzara sus andanzas en Tierra firme (Planeta, 2007).
Sin disimulo pues, tras el primer párrafo de esta reseña, el paciente lector puede inferir que la presente obra de Asensi no tiene otra pretensión que hacer pasar un agradable rato, transportando a su receptor durante algunas horas al siglo XVII, presentándole personajes prototípicos de la época, paseándolo por algunos de los lugares más emblemáticos del orbe barroco –Sevilla no puede faltar como emporio indiano- y sumergiéndolo en una trama sencilla -y a la vez falsamente intrincada-, donde la intriga, la pasión y la venganza anticipan el desenlace desde el comienzo del relato.
A saber. El pirata Martín Nevares Ojo de Plata -protagonista multifacético que muta a su antojo en la ilustre señora doña Catalina Solís- vuelve a las andanzas aventureras al enterarse que su familia ha sido afrentada por la Corona española y que su padre adoptivo ha sido apresado y trasladado a la Cárcel Real de Sevilla. Tras el anuncio de este desastre, otra noticia no menos desasosegante le atormenta: sobre este apresamiento actúa la sombra de la familia Curvo, viejos enemigos que deben toda su fortuna al asedio y al robo de materias preciosas provenientes de las Indias.
Este capítulo introductorio es el pretexto de las posteriores peripecias de un Martín Nevares que recupera el botín de aventuras anteriores, que fleta un barco propio y que viaja desde ultramar a la gran metrópoli –a Sevilla-, resuelto a liberar a su padre del presidio, pero que sin remedio se topa con la muerte de éste sobre un jergón de la Cárcel Real. A partir de aquí, el guión previsto, la sed de venganza contra los culpables y el consabido juramento: los cuatro hermanos Curvos pueden temblar.
No tengo ningún ánimo de destripar el final a los pacientes lectores de esta reseña. No sufráis que me callaré que el asesino es el mayordomo. Sin embargo, no hay que ser demasiado ingenioso para imaginar un desenlace donde el engaño basado en la doble personalidad del protagonista –los Curvo conocen a Martín, pero a Catalina no- juega una baza a favor del héroe.
En cuanto al estilo, Venganza en Sevilla está escrito en una esperable prosa, con abundancia de diálogos y carente de todo virtuosismo superfluo. Son las reglas del juego en un género que cada vez se está fundiendo más con el concepto de la narración cinematográfica. Lejos quedaron las piruetas malabares descriptivas de un Galdós o un Baroja, de un Verne o un Salgari. Como suele suceder en otras obras contemporáneas de este pelaje, Matilde Asensi destaca en la recreación de una época que se advierte que ha trabajado a fondo. Encomiable es la descripción minuciosa de la Cárcel Real, por poner un sólo ejemplo, y es justo resaltar que su labor como documentalista sólo es comparable a la de aquellos historiadores que rastrean al detalle la intrahistoria de las diferentes épocas de la humanidad para asegurarse el éxito de una investigación definitiva.
Sin embargo, no tanto agradecimiento encontrará el lector en el tratamiento dado por la autora a los personajes secundarios –y aún protagonistas- del libro. Planos, esteoreotipados, previsibles, de una dureza psicológica casi infantil, pese a la pretendida brillantez de los guiños dedicados a obras clásicas de la literatura española: episodios picarescos, duelos de capa y espada, envenenamientos y retorcimientos argumentales muy del gusto barroco...
También quedan en claroscuro distintos aspectos que escocerán al lector más quisquilloso y exigente: ¿Es creíble que nadie –ni los más allegados- reconozcan a Catalina caracterizada de Martín y viceversa? ¿Resulta verosímil suponer en una mujer como Catalina la fortaleza física necesaria para llevar a buen término una misión tan exigente? ¿No le cuesta demasiado al lector creerse que una desconocida indiana se integre y sea aceptada sin despertar apenas sospechas en la rígida aristocracia sevillana del XVII? ¿No sobrepasa la curandera Damiana las cotas de lo posible en sus cuasi mágicas intervenciones? Exageraciones o licencias del escritor. Sea como sea, sólo es dado al lector poner sus límites y, por lo que se ve en el número de ventas, éstas reflejan una tolerancia tremenda por parte de aquéllos.
Visto para sentencia. El libro se deja leer aunque no sea deslumbrante. Como buena saga de propósito comercial, quedan sueltos aquí y allá hilos que hay que retomar de la anterior entrega, la citada Tierra firme, pero que son fácilmente soslayables con una pequeña dosis de interés por parte del lector. Igualmente se percibe, cómo no, otros hilachos que conducen a la tercera entrega. Inevitable. Y surge la gran pregunta: ¿el libro es bueno o es malo? Depende de para quien. Para Matilde Asensi seguro que bueno. Sus abundantes ingresos así lo atestiguan. Para la literatura con mayúsculas no estoy tan seguro. Lo que sí resulta meridianamente claro es que para pasar una tarde de verano sin mayores pretensiones que las de rememorar el mundo perdido de los mitos de la aventura de todos los tiempos, Venganza en Sevilla es el sucedáneo ideal de aquellos sueños de nuestra primera adolescencia que ya tienen aborrecidos de puro manoseo los grandes obras de Defoe, Stevenson o London. Para algo más, ni fu ni fa, sino todo lo contrario.
13 julio 2011
Una lectura con ojos de niño
Tenía Rafael Roblas apenas doce años cuando se acercó a aquella cancela y la traspasó. Dentro le esperaba un niño llamado Luis Cernuda para descubrirle los secretos arcanos de su ciudad y también para inocularle el dulce veneno de la poesía. Ahora, al cabo de los años, Rafael vuelve su vista hacia ese patio querido y recuerda para los amigos de Estado Crítico en su II Aniversario aquel lejano verano. Su "Rosebud" particular se pronuncia Ocnos en el aire de Sevilla.
Rafael Roblas Caride
Definitivamente aún era ajeno a su mal humor y a su condición de homosexual. Todavía no se había lanzado en tromba contra el resto de su Generación, ni la familia renegaba de su parentesco –el títo maricón-, ni mucho menos se había producido el rescate del poeta-símbolo del deseo incumplido. Por no conocer, ni lápida tenía en la memoria aquella vieja cristalería de la calle Acetres en una ciudad natal donde faltaban décadas para que algunos mármoles centenarios enterraran su olvido con lápidas laudatorias. En algún sitio había leído, eso sí, que Ocnos -aparte del nombre de un burro- era el libro más hermoso que se había escrito sobre esa ciudad suya que tanto amaba desde la candidez de creer el mundo perfecto. Y hacia él se lanzó con curiosa avidez y con la sorpresa de los adultos que intuían algún tipo de desgracia en ese mocoso de once años que prefería aquel volumen amarillento a los dibujos del Mortadelo que le regalaban por junio, cuando el curso terminaba.
El niño todo lo desconocía, porque virgen era su mundo y virgen su palabra Y si lo he dejado escrito no es por adorno. Luis Cernuda no era nadie. Nada más que un nombre sin significado, unas letras al lomo de un libro, porque inexplorado estaba el bosque de la literatura en su inocencia de vida sin pasado.
En muchas ocasiones recuerdo las tardes interminables de aquel verano. Ojos de asombro y descubrimientos de la mano del paisano Albanio. Libre de prejuicios y dudas. Audaz como sólo saben serlo los niños. Y me sorprendo, en el medio de aquel patio, escuchando al fondo el piano de Turina desde la casa paredaña, o mirando la vela superior del patinillo, lloviendo pacientemente las palabras desde el cielo, para dejar en mí el doloroso escozor de la belleza presentida.
Años después otras veces oíste los mismos sones, reconociéndolos y adscribiéndolos ya a tal músico de ti amado, pero aún te parecía subsistir en ellos, bajo el renombre de su autor, la vastedad, la expectación de una latente fuerza elemental que aguarda un gesto divino, el cual, dándole forma, ha de hacerla brotar bajo la luz.
El niño no atiende a los nombres sino a los actos, y en éstos al poder que los determina. Lo que en la sombra solitaria de una habitación te llamaba desde el muro, y te dejaba anhelante y nostálgico cuando el piano callaba, era la música fundamental, anterior y superior a quienes la descubren e interpretan, como la fuente de quien el río y aun el mar sólo son formas tangibles y limitadas. (Ocnos, “El piano”)
Ciudad tan distinta y tan distante. Tan conocida y tan cercana. Ciudad mía que fui empezando a querer, junto al latido del corazón de un muchacho esquivo. Cómo iba yo entonces a sospecharlo. Amores primeros a la luz de la luna y al calor del verano. Cuerpos de bronce, brillando resbalosos a la orilla del río que el niño despojaba de equívocos y vestía de belleza. Músicas, sombras, mar, ecos viejos, sones, olor de barrios y de barreduelas. Amores prohibidos tras cancelas que huían de tópicos de geranios y macetas. Palabras de un amigo desconocido que, sin saberlo, crecía y crecía en mi interior como un coloso, un ídolo inmortal transfigurado en modelo futuro. Así, así quiero yo escribir cuando sea mayor.
Ir al atardecer a la catedral, cuando la gran nave armoniosa, honda y resonante, se adormecía tendidos sus brazos en cruz. Entre el altar mayor y el coro, una alfombra de terciopelo rojo y sordo absorbía el rumor de los pasos. Todo estaba sumido en penumbra, aunque la luz, penetrando aún por las vidrieras, dejara suspendida allá en la altura su cálida aureola. Cayendo de la bóveda como una catarata, el gran retablo era sólo una confusión de oros perdidos en la sombra. Y tras de las rejas, desde un lienzo oscuro como un sueño, emergían en alguna capilla blanca formas enérgicas y extáticas. (Ocnos, “La catedral y el río”)
Después llegaría el destierro y la visión de la ciudad desde las brumas británicas. Tampoco el pequeño lector llegó a intuir los trasfondos morbosos, los juegos de manos y pinceles –Gregorio Prieto mira desde el fondo-, las posteriores ironías y mentiras interesadas de viudas medio locas e infelices. Nada de amantes ni de sordideces. En mi lectura infantil, Ocnos sigue siendo aquel libro blanco cuyo canto de amor perdura. Amor a una ciudad sin contornos ni nombre. Borroso caserío que tiene una torre en el centro, clavada como la flecha del deseo en el costado de Luis. Porque Luis –a secas- se llamaba el escritor de aquel maravilloso libro amarillento.
Todo en este país, él y la tierra donde se asienta, parece inconcluso, como si Dios lo hubiera dejado a medio hacer, recelando de la obra. Y tal el país, la ciudad. Esta ciudad ha sido cárcel tuya varios años, excepto para el trabajo, inútiles en tu vida, agostando y agostando la juventud que aún te quedaba, sin recreo ni estímulo exterior, igual aridez en los seres y las cosas. Como la ciudad es, fachadas rojas manchadas de hollín, repitiéndose menudas en la perspectiva, cofre chino que en su cofre encerrara otro, y éste otro, y éste otro, así los seres que ellos habitan: monotonía, vulgaridad, repelente en todo ¿Cómo llenar las horas de esta existencia sin fondo? (Ocnos, “Ciudad Caledonia”)
Tierra nativa sevillana, también a medio hacer. Gloriosamente inconclusa. Os amo tanto como os odio. Quizás por la claridad de mi mirada nunca me ofendió la maldición de aquel transterrado. Os amo tanto como os odio. Entonces yo tenía once años. Han pasado por mí olvidos y desengaños. Descargó la tormenta de la injusticia y de la ira. Conocí el desamor. La inocencia fue agriándose y dibujó en mi cara una mirada torva y resabiada. No corren buenos tiempos para la prudencia. Hoy, mi vivido presente firma también las palabras de Cernuda. Él ya pertenece en mi conocimiento a una vida y una época concretas. Dejó de ser aquel Albanio de inmensos ojos que se sentaba conmigo en el patio de losetas negras y blancas y se convirtió en un inadaptado, solitario y neurasténico que murió en el exilio mexicano. Olvidado por todos, obsesionado por una felicidad que nunca alcanzó, masacrado por la realidad que aniquiló también el deseo de ser él mismo. Poeta tabú, rescatado mártir de la transición, gurú de la poesía de la experiencia, merchandising de una supuesta literatura homosexual. Demasiados cambios, ¿verdad? No son los únicos.
Pasaron los años, sí. Sin embargo, en mi memoria perdura –y cómo la añoro- aquella lectura de Ocnos en las puertas de mi vida. Ese verano inolvidable que me reveló una ciudad y que dibujó el mapa sentimental de un mundo al que también odio y amo a partes iguales. Y que echo de menos cuando, por temporadas, el aguijón de la realidad me hiere y escuece. Esos días azules y ese sol de mi infancia, que traducido resulta: volver a la niñez sin pensar ni ser nada.
04 mayo 2011
¿Nuevos aportes becquerianos?
Gustavo Adolfo Bécquer
Olifante Ediciones de Poesía, 2010. Edición de Agustín Porras
ISBN: 978-84-92942-00-8
75 páginas
15 €
Traducción de Luis Valdesueiro
Rafael Roblas Caride
Si hay un autor particularmente interesante para el filólogo especializado en la historia de la poesía española, ese es Gustavo Adolfo Bécquer. Por dos motivos fundamentales. En primer lugar, por el milagro de sus Rimas, obra extrañamente facilona que consigue metamorfosearse a lo largo de la vida del lector, pasando por estados diferentes que van desde la cursilería hasta la genialidad. Bécquer como denostado artífice de desamores adolescentes contra Bécquer como visionario cancerbero de la poesía española contemporánea. Romántico mediocre contra simbolista precursor. Por otra parte, el segundo motivo al que aludía antes es igual de misterioso que el primero. Y es que el corpus becqueriano parece no agotarse tras la muerte del autor en un continuo renacer de nuevas composiciones que -bien inéditas, bien perdidas en periódicos y otras publicaciones- van saliendo poco a poco a flote en una labor detectivesca que honra a toda esa cantidad de fieles becquerianistas que persiguen obsesivamente las sombras del poeta sevillano.
Agustín Porras es uno de estos últimos practicantes de la fe becqueriana que ha consagrado gran parte de su tiempo libre a una tarea de rastreo tan monótona como loable. Todo comienza con una intuición. Si suponemos que Gustavo Adolfo no se alimentaba del aire y a esto le sumamos la inquietud creativa que alentó su corta pero intensa existencia, podremos también suponer que esas vagas notas sobre el Bécquer traductor podrían deparar cuando menos curiosas sorpresas. Dicho y hecho, Porras tira del hilo conocido y se topa con dos curiosos títulos del francés Édouard Laboulaye publicados por la Biblioteca ilustrada de Gaspar y Roig que incluyen grabados de gran calidad debidos a Valeriano Bécquer: Abdallah o el trébol de cuatro hojas y Aziz y Aziza (cuento de las mil y una noches). Ambos, de honda raíz orientalizante, comparten también idéntico lirismo y pasajes en verso que, a simple vista, llaman la atención del iniciado. Pero aún hay más intriga: la versión al castellano de ambos textos responden a un enigmático y desconocido D. F. de T.
De naturaleza curiosa, Porras no rehúye el reto que se le propone e investiga, llegando a la conclusión de que, a pesar de la inexistencia en las publicaciones de fecha de edición alguna, dichos volúmenes ven la luz no más allá de 1869, esto es, aún en vida del autor del Libro de los gorriones, descartando así posibilidades apócrifas y falsificaciones más o menos intencionadas, por otra parte, tan habituales en la fijación definitiva del corpus textual, tal y como han demostrado a lo largo del siglo XX diversos becquerianistas ilustres.
Analizando el estilo de los poemas integrados en Abdallah o el trébol de cuatro hojas y en Aziz y Aziza, Agustín Porras inmediatamente se da cuenta de la libertad con la que el traductor ha desempeñado su trabajo y en la mejora más que ostensible producida sobre la versión original (traduttore- traditore). Por otra parte, aprovechando que Valeriano Bécquer pasaba por allí, establece paralelismos entre las Rimas y los nuevos textos llegando a una sorprendente conclusión, arriesgada pero más que posible: pueden proceder de la misma persona. El último escollo existente, el de las misteriosas iniciales que firman el trabajo de traducción, Porras lo solventa con una hipótesis muy del gusto del humor sevillano: ¿D. F. de T. esconde a un guasón Gustavo Adolfo que rubrica como Don Fulano de Tal? Tratándose de Bécquer nada es descartable.
De resultar certera la hipótesis de Agustín Porras, el descubrimiento de estas composiciones estaría abriendo un terreno inmenso a los estudiosos de la figura del Bécquer más desconocido: el traductor. ¿Cabe la posibilidad de que se trate de un caso aislado? ¿Habría más producción desconocida? A estas preguntas sólo el trabajo de campo podrá responder en el futuro. Por lo pronto, hay que conformarse con esta cuidadísima edición titulada Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, título un tanto desafortunado que lleva a la confusión y que, de hecho, ha dado pie a que algunos críticos salten a la yugular, tomándose el interesante trabajo y el posterior descubrimiento de Agustín Porras como una suerte de publicidad mal enfocada por un sensacionalismo barato que en nada se corresponde con la gestación del mismo. Y es que el propio editor les proporciona las armas de ataque: ¿Nuevas? Los poemas no son inéditos puesto que están publicados por Gaspar y Roig; ¿Rimas? No, puesto que no se corresponden con una producción original del autor dentro del Libro de los gorriones ¿De Gustavo Adolfo Bécquer? Todo indica a su autoría, aunque no hay ningún documento firme que pueda afirmarlo con rotundidad.
Quizás, este es el único pero que puede achacársele a este volumen de la editorial Olifante, que se ha arriesgado a reproducir los poemas encontrados por el incansable Agustín Porras y que se completa con la traducción literal de los originales de Laboulaye -sin el marchamo becqueriano, pues- debida a Luis Valdesueiro. Pero, como el movimiento se demuestra andando, quizás sea necesario concluir esta reseña reproduciendo una de esas pequeñas joyitas recolectadas, con el permiso del editor. Al fin y al cabo, sólo el lector –incrédulo o no- tiene la última palabra para decidir si es Bécquer o no el que respira tras estos versos de aire tan familiar.
ODA DE HAFIZ
En las tazas de plata
como un rayo de sol chispea el vino.
¡Beber! Él cura lo que nadie cura:
los males del espíritu.
¿Surca el dolor tu frente?
¿Temes las noches largas como siglos?
¡Pues apura tu taza y bebe en ella
el sueño y el olvido!
08 febrero 2011
Bécquer visto por un amigo
Bécquer
Julio Nombela
Mono Azul Editora, 2010. Colección “Vuelapluma”
ISBN: 978-84-937-9820-8
176 páginas
16 €
Rafael Roblas Caride
Así pues, dada la importancia del sevillano en el devenir de la historia literaria de nuestro país, no debe extrañarnos el número desmesurado de autores que han derramado ríos y más ríos de tinta en torno a la vida y a la obra del poeta, conformando éstos finalmente un auténtico laberinto de ensayos, biografías y estudios que corrieron desigual fortuna. Mas, de entre todas estas aportaciones, destacan por su interés documental aquellos textos debidos a sus coetáneos. Precisamente éstos, a pesar de adolecer de una evidente subjetividad, constituyen por su cercanía un excelente testimonio de primera mano que ha servido para que sucesivos becquerianistas hayan podido iluminar las abundantes sombras que aún hoy difuminan muchos aspectos personales y artísticos del joven Gustavo Adolfo que desembarca en el Madrid del XIX con la ilusión puesta en la conquista de la gloria.
Uno de ellos es el testimonio que hoy cobra actualidad por la peculiar reedición debida a Mono Azul: las memorias de Julio Nombela, amigo personal de Bécquer, con quien compartió más de media vida, desde su adolescencia sevillana hasta los umbrales de su muerte acaecida en el infausto diciembre de 1870. Y ente ambas fechas, toda una serie de vicisitudes del más variado signo –penas y alegrías- sobre la pantalla plana de aquel Madrid romántico.
Pero, ¿por qué hemos aplicado el adjetivo de peculiar a este volumen que hoy se trae a colación? Hasta ahora, las Impresiones y recuerdos de Nombela –que así se titula realmente el original- no habían dejado de ser una curiosidad de lectores selectos y amantes del XIX español o el instrumento de trabajo de becquerianistas especializados. Quizás por ello, el “tomaco” que reunía dichas memorias no distaba mucho de ser un mamotreto –ilegible por su formato y por su número de páginas- bastante difícil de encontrar, a no ser que se rastrearan a conciencia los anaqueles de las librerías de viejo más especializadas. Por otra parte, la obra de Nombela, en realidad una crónica común de una vida mediocre, no destaca más que por un motivo fundamental: por los citados recuerdos y referencias becquerianas. Y aquí tenemos al perspicaz Jabo H. Pizarrozo escudriñando la oportunidad y separando el mineral de la ganga para ofrecer un particular Bécquer que rescata precisamente la parte del libro de Nombela que realmente se salva. Al menos a nuestro modesto parecer.
En un prólogo brillante, aunque con ciertos excesos –aún se me repite el puchero metafórico-, el editor aclara sus pretensiones y su vocación de desenterrador clandestino: “Bécquer es un libro rescatado de otro libro. Es un volumen que durante muchos años ha dormido sepultado en la tumba o si prefieren, en el túmulo de otro libro”. No hay una descripción más gráfica y a la vez más hermosa para definir la naturaleza de esta edición de Mono Azul.
Tras el prólogo, a lo largo de la narración de Nombela, Bécquer se nos presenta como un amigo cercano con el que compartimos el despertar artístico en esa Sevilla de los Montpensier; los primeros tanteos líricos, ya en la capital del Reino; las ensoñaciones amorosas y las fantasías plasmadas en posteriores versos; los vestigios y señales de la enfermedad fatal que lo encamina prematuramente a la fosa; el triste epílogo firmado en aquel frío y mortal diciembre madrileño; la mítica reunión en la casa de Casado del Alisal, donde los amigos prepararán la edición de las Rimas como homenaje.
Sin embargo, tal como han apuntado numerosos becquerianistas, muchas afirmaciones de Nombela hay que cogerlas con alfileres, puesto que los amigos de Bécquer tuvieron la mala costumbre de apoyarse en la fama póstuma de su ilustre colega para intentar encaramarse ellos mismos al pedestal de la gloria. Y aquí el caso de Narciso Campillo es paradigmático, empeñado en encerrar los deliciosos “suspirillos germánicos” del sevillano en constreñidos y monótonos cánones decimonónicos y en no valorar convenientemente la importancia de esos “entretenimientos” que para él eran las Rimas. Afortunadamente, Nombela no llega al extremo de Campillo, pero el lector experto puede apreciar en su lectura al sesgo un complejo de inferioridad mal asumido que intenta empequeñecer –por comparación- la importancia de su amigo Gustavo. Esa es la causa de que pasajes como el que transcribimos a continuación se repitan cíclicamente:
“La vida que hacía Bécquer, que seguramente es lo que más deseará saber el lector, era monótona y triste; pero como la tristeza era su elemento, ni se afligía ni se quejaba. En vez de vivir en el mundo, vivía en su cerebro y en su corazón. Las miserias y pequeñeces de que está llena la existencia no alternaba su ritmo habitual, que era la calma, la serenidad, la resignación. Jamás sintió el aburrimiento. La soledad, que le agradaba en extremo, estaba para él llena de seres, de ideas, de sentimientos que formaban un mundo en el que hallaba sus más puras y hermosas satisfacciones”.
Este Bécquer triste, apocado, solitario, conformista y gris se contrapone a la descripción que el propio Nombela hace de sí mismo: analítico, perspicaz, extrovertido, poseedor de influyentes amigos, viajero. Es indudable que, de este modo, la imagen de Bécquer se resiente con todo su malditismo y su tristeza a cuestas, sólo distraído por la visita fugaz de esas musas que -como quien no quiere la cosa y a su capricho - dotan al poeta de la genialidad necesaria para componer obras maestras. Y nada más lejos de la realidad, ya que Bécquer, como se han encargado de demostrar expertos de la talla de Guillén, Pageard o Montesinos, es un autor que conoce muy bien los mecanismos de su oficio y, quizás –o sin quizás- es el primero que elabora una poética explícita para llegar al misterio del poema para dejarlo, precisamente, libre de ellos. De ahí su grandeza, de ahí su tremenda modernidad. Ésto no pudieron –o no quisieron- verlo sus coetáneos, por más que lo disimularan en sus testimonios, con la salvedad de Augusto Ferrán que, curiosamente, fue el encargado de destruir esas cartas que, “de sobrevivirme, serían mi deshonra”, por mandato del moribundo Gustavo.
En cuanto al carácter triste y melancólico, flaco favor le han hecho a la fama de Bécquer pasajes como los de Nombela, eso sí, muy en consonancia con el tópico de un romanticismo al uso, traducido al milímetro en el conocidísimo óleo de Valeriano que -en negativo- sirve de portada al libro reseñado y que tantas disimilitudes contiene respecto al cliché fotográfico que conservamos del poeta. Quizás, si esta última fotografía hubiera ilustrado los billetes de cien pesetas de hace algunos años y el cuaderno antimonárquico Los Borbones en pelotas lo conociera el gran público, la visión tradicional del Bécquer pasteloso que se estudia en bachillerato se engrandecería. Sin embargo, el pobre de Gustavo también resultaría más difícil de vender como personaje literario de sí mismo, tal y como ahora ocurre.
Pero olvidémoslo. No es este el medio más adecuado para estudiar pormenorizadamente las agresiones históricas sufridas por el genio romántico, sino para recomendar la lectura de esta perlita y felicitar la iniciativa de Mono Azul por recopilar y presentar al público general estos textos de difícil acceso hasta ahora. Además, los pasajes extractados de Impresiones y recuerdos se ordenan cronológicamente por capítulos, utilizando para tal fin versos sueltos de las Rimas. Otro aliciente más para un libro que se lee del tirón. Seguro que los amantes del “huésped de las nieblas” agradecerán esta labor altruista de síntesis de las memorias originales de Nombela. Y los estudiosos becquerianos, más aún.
30 junio 2010
Como la vida misma
La madeja y el doHay libros que llegan a las manos casi por azar. Un día, la curiosidad abandona los anaqueles de últimas novedades, se pierde por la vorágine de tomos inclasificables de la librería y, entonces, la vista repara en un volumen –¡ése!- que, sin saber cómo, parece haber reservado una cita ineludible con el lector. Así llegó hace algún tiempo a mi mesa esta opera prima de Jean Christophe García-Baquero Lavezzi, a la sazón licenciado de derecho residente en Bruselas y finalista del Premio Ateneo Joven de Sevilla de 2007 con esta La madeja y el do, de criptográfico título. Podrían existir múltiples explicaciones, aunque en el caso que nos ocupa no creo que la atracción se produjera por el insulso diseño de la cubierta ni por la reseña de su portadilla, demasiado general y tópica. Dejémoslo, pues, en que la caprichosa rueda del destino así lo dispuso. Sin más. Queda mucho más romántico. Y misterioso.
Como misterioso es que el argumento de La madeja y el do se mantenga en pie apoyándose sobre los cimientos de la nada. Porque, digámoslo ya, la obra de García-Baquero es la novela del no-argumento, es el espejo situado en un camino que devuelve la imagen de una existencia anodina, interpretada por los habitantes de una ciudad monótona, que se identifica con la Sevilla de inicios del siglo XXI. Así, no es gratuita la cita inicial de Baudelaire que la precede: C’est l’Ennui! (“¡Es el tedio!”). Efectivamente, a pesar de la esbozada historia de amor imposible, a pesar de la trama protagonizada por su correspondiente antagonista esquizofrénico, a pesar de la crítica al mundillo universitario y a los estereotipos de una Sevilla anclada en el tiempo, La madeja y el do es, ante todo, un bucle argumental en el vacío que sumerge al lector en la incertidumbre de una historia que, finalmente, queda inconclusa y que resalta, por omisión, lugares y personajes.
Sin embargo, será preciso que tratemos de esbozar este coitus interruptus argumental, siquiera para azuzar el interés de potenciales lectores. Víctor Espejo, profesor asociado de derecho en la Hispalense, se encuentra sumido en un estado de depresión tras la ruptura de su relación con Reyes, su novia de toda la vida. Aletargado física y anímicamente por el caluroso verano sevillano, Víctor trata de recomponer su presente durante las vacaciones estivales, abandonándose para ello en la redacción de su tesis doctoral. En el relato, focalizado en una tercera persona omnisciente, confluyen otras historias secundarias, aparentemente inconexas, que al final de la narración conformarán un todo: una modelo –tan misteriosa como bella- con un confuso pasado, oscuro y casi irreal; un joven estudiante de primero de derecho, mortificado por sus obsesivos delirios esquizoides; un catedrático universitario parapléjico, cuya fuerte personalidad y carisma le permiten alcanzar todo aquello que se propone; un extrañísimo pintor, surgido de la nada cuando el azar comienza a encadenar sus hilos… y como telón de fondo –a modo de desconcertante déjà vu- la épica de Ramón Bonifaz, Almirante de la flota de Fernando III el Santo que, según la leyenda, rompió la gruesa cadena que unía las orillas del Guadalquivir, facilitando decisivamente la entrada de las tropas cristianas en aquella rendida Ishbiliya de un lejano 1248...
Pero no nos engañemos y volvamos a repetirlo: en este entramado insulso y monótono, en este intrincado catálogo de personajes estereotipados que luchan por erigirse en grises protagonistas y antagonistas, en realidad, el vencedor resulta ser el hastío de una ciudad –podía ser Sevilla o Cáceres, da igual- que devora a sus hijos con la neblina de lo intrascendente. Quizás es este el motivo por el que García-Baquero no completa el esbozo de lo apuntado con un crimen, con una muerte violenta, con un romance pleno, con un happy –o un unhappy- end,… con una explicación explícita, en fin, que advierta a modo de moraleja quién es el bueno y quién es el malo de la historia, qué es lo que debe o no debe hacerse para ser buenos chicos y que los mayores nos miren con buenos ojos. Quizás porque todos somos culpables -incluidos los lectores- cuando nos ataca el tedio.
Ante esta ausencia de desenlaces, el lector termina la novela desorientado, confundido por los firmes contornos de una primeriza novela experimental en donde se le aparece el espíritu de Joyce proyectado sobre las cales de una tapia del barrio de Santa Cruz. Y esto no es casual. También García-Baquero ha conseguido profundizar en una psicología tan impenetrable como la sevillana. Tan abundantes son las descripciones de localizaciones concretas reales de la ciudad -Molviedro, Prado de San Sebastián, Plaza del Pan- como las pinceladas narrativas que relatan sus fiestas primaverales, demostrando que el escritor posee un amplio dominio de las claves hispalenses. Un ejemplo es el pasaje en el que Víctor recuerda la estación penitencial de la Hermandad de los Estudiantes saliendo desde el Rectorado y la formación previa de sus nazarenos en los patios de la Universidad. Otro logro más, que se apunta en el haber de esta inicial aventura: incorporar la Sevilla más ortodoxa y tradicional a la novelística moderna, alejándola así de tópicos panderetiles al uso.
Pero va llegando el momento de concluir y de emitir ese veredicto que con tanta ansiedad espera el escritor novel. ¿Es o no es una lectura recomendable La madeja y el do? Tras este somero análisis, la respuesta no puede ser otra que afirmativa. Y es que, a pesar de algunos despistes estilísticos puntuales y de determinados altibajos narrativos, esta opera prima abre un camino entre la maleza que presagia un futuro más que interesante. Definitivamente La madeja y el do desconcierta. Sus lógicos balbuceos de autor primerizo y sus logros finalmente alcanzados dejan la balanza equilibrada y el ánimo del crítico en estado de impaciencia, esperando una nueva obra que confirme la vitola de prometedora promesa que se ha ganado a pulso García-Baquero con su debut en este género. Quizás esta confirmación libre a su autor de esa indolencia que, como un castigo, persigue al hombre desde el comienzo de los tiempos. Y es que también los escritores mueren de tedio.
30 abril 2010
Sólo es verdad aquello que en la memoria existe
La novela de la memoria José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral, 2010.
ISBN: 978-84-322-1277-2
928 págs.
24 euros
Rafael Roblas Caride
Hay un momento en la existencia del hombre en el que se hace necesario buscar en los bolsillos, comprobar que las alforjas ya están medio vacías, encogerse de hombros con la dignidad del que ya nada tiene que perder más que su propia vida y hacer balance del camino recorrido. Si a esa necesidad vital se le suma cierta dosis de vanidad –que en el caso de los escritores suele ser casi letal- y, por otro lado, una pizca de fantasía y otra de exageración autohagiográfica, tendremos como resultado uno de los subgéneros más frecuentados por esa naturaleza cotilla que también el crítico especializado posee: la memoria literaria. De este modo, si hace pocos meses llegaba a esta mesa de disección el Corazón andariego de la Piñón, ahora le toca el turno al jerezano José Manuel Caballero Bonald, autor de esta “novela de la memoria” tan voluminosa y extensa. Debe de ser que nuestro perfil crítico se escora últimamente hacia el color rosa…
La novela de la memoria es una nueva edición revisada y ¿definitiva? de las memorias completas de Caballero Bonald, que fueron publicadas inicialmente en dos entregas y que recibieron en su día los nombres de Tiempo de guerras perdidas y de La costumbre de vivir. Ninguna novedad, pues, para el “lector semiprofesional” al que no le sorprenderá ni el estilo preciosista y barroco del autor ni el engreído malditismo de su “personaje autobiográfico”. Y aclaremos desde ya que aquí el término “personaje autobiográfico” está aplicado con toda intencionalidad, porque, lejos de una reconstrucción detallada y fidedigna del pasado, Caballero Bonald aprovecha este repaso vivencial como pretexto para reconstruirse una nueva personalidad, una nueva existencia, una nueva historia. Por ello, es conveniente iniciar esta reseña con un aviso a futuros navegantes: que nadie espere encontrar en este libro un apoyo documental, exacto, concreto y objetivo de lo realmente vivido. En este aspecto, el jerezano tampoco engaña a nadie y así lo repite una y otra vez a lo largo de la obra a manera, casi, de auto disculpa obsesiva:
“Es fácil malformar al cabo de los años lo que verdaderamente se sintió ante esa inicial comparecencia de impresiones desconocidas. De modo que no conviene excederse en las conjeturas propias del caso. Es cosa admitida que el presente hace su propia selección de los hechos vividos, o de sus referentes sentimentales, con lo que se tiende a incurrir en una serie de desvíos, o de alteraciones deductivas, cuyo grado de verosimilitud apenas tiene otro sentido que el suministrado por la propia credulidad”.
La novela de la memoria abarca desde el nacimiento de su autor (1926) hasta la muerte de Franco (1975) y por ella desfilan todo tipo de personajes más o menos reales; más o menos literarios; más o menos reconocibles. Entrañables resultan los retratos del entorno familiar del niño, obligados en los primeros capítulos: la madre, el padre, el primo Rafael, el abuelo e, incluso, aquel anónimo mendigo que cuidaba circunstancialmente el jardincillo de la casa a cambio de unas migajas de pan. Mucho más jugosos -aunque por motivos frecuentemente extraliterarios- se muestran los de aquellos otros que mantuvieron algún tipo de contacto con el Caballero Bonald adulto. Así, desfila también ante el lector una ilustre galería de nombres que van desde Romero Murube a Fernando Quiñones, desde el Che a Carrillo, desde La Chunga a Serrat. Dientes de sierra en una alineación de la cultura y la política hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX que echa en falta un índice onomástico al final del volumen que la ordene y clasifique.
Y si el relato admite una clasificación en función de sus personajes, otro tanto también podría hacerse ateniéndonos a lo narrado. De este modo, es destacable la “sinceridad” de la voz de Caballero Bonald cuando se interna en el espinoso terreno de la crítica personal o de la ajena, alimentada por la provocación más descarada y la maledicencia impertinente. Algunos ejemplos:
“De aquella comida con Borges apenas recuerdo la larga y susurrante perorata del maestro por antonomasia, entre agudas ocurrencias, gracejos varios y bruscos visajes de ciego cada vez que terminaba un relato y esperaba la reacción del auditorio emitiendo entrecortados ruidos guturales. […] Como en algunos otros casos similares, yo hubiese preferido ser lector gustoso de Borges sin haberlo tratado”.
“Siempre he pensado que hubiese preferido leer su poesía [de Pepe Hierro]- o las porciones de esa poesía que siguen atrayéndome- sin haber tratado al autor, pues en cierto modo había como un desnivel, probablemente gratuito, entre el personaje y su obra, con lo que la lectura de algún poema se veía con frecuencia importunada por el recuerdo del poeta”.
“Vi en su día esa película [refiriéndose a Entre visillos, homónima de la obra de Martín Gaite] y, pese a mi exigua solvencia en materia cinematográfica, me pareció descubrirle un raro atributo: era todavía más insulsa que el texto narrativo del que procedía”.
Sin embargo, en contra de lo que el malévolo pudiera pensar, tampoco evita Caballero Bonald auto infringirse un severo castigo al abordar el asunto de sus propios infiernos: el alcoholismo, la infidelidad matrimonial, la bohemia,… Destaca especialmente, entre esta amalgama de confesiones descarnadas, el escarceo con Charo Conde, a la sazón santa esposa del Nobel Cela, que se relata con una frialdad que realza el cinismo de la narración, justificándose el escritor una y otra vez tras la “primicia” ofrecida en su tiempo por “una revista deplorable” y difundida “de la peor manera posible”. Así, Caballero Bonald usa esta patente de corso para contraatacar y hacer pública una versión que comienza así:
“Un día, de improviso, en el transcurso de alguna de aquellas itinerantes cuchipandas nocturnas protagonizadas por Camilo, a la que me unía a veces, Charo reiteró que estaba cansada y yo me ofrecí a llevarla a su casa […]. Pero aquella noche se aceleró un desenlace no exactamente imprevisto o quizá en parte imaginado…”.
Pero lo más valioso –al menos a nuestro juicio- de esta Novela de la memoria reside en ese universo narrativo construido sobre los cimientos de la realidad con los ladrillos de la ficción puramente literaria: el mundo del escritor niño, que poco a poco configura su entorno y descubre los perfiles de la casa y de su ciudad a base de una y otra travesura; el encuentro recurrente con el destino, esa suerte de casualidad misteriosa que en vaivén caprichoso corre paralelo a la existencia del escritor hombre; los sucedidos surrealistas, como el de los “acostados”, hermanos-herederos indudables del realismo mágico hispanoamericano, que sustituyen el espacio de Macondo por el del próximo Jerez. En estas distancias más líricas que testimoniales es donde más brilla la prosa de Caballero Bonald, dejando en el recuerdo del lector personajes tan entrañables como el del abuelo, misterioso ser que un buen día renuncia a su vocación de transeúnte para encamarse y agotar su vida mirando el mundo desde la posición horizontal,… salvo los jueves, jornada elegida para pasear a los hermanos Caballero Bonald por el Jerez señorial y provocarles un atracón de pasteles que no les permita asistir a la escuela al día siguiente. La merecida regañina de la madre termina por suprimir esa dulce salida semanal y el abuelo, irremisiblemente, encontrará la muerte con prontitud, abandonado en su descansado cautiverio.
Frecuentemente, en este recuerdo selectivo y subjetivo, la imagen del niño aparece nimbada por una interesada aureola de enfant terrible que se corresponde con esa idea de justificación que todo comunista de origen burgués termina por sostener ante la sociedad. A la luz del relato infantil y de la reencarnación diabólica que resulta ser el niño Caballero Bonald -capaz tanto de tragarse una aguja como de explosionar el soberado de la casa natal para, finalmente, tiznarse la cara de negro el día de la Primera Comunión-, no es descabellado pensar que ese malditismo exagerado, basado en una realidad deformada a su propio conveniencia, sea la respuesta a la postura inmovilista y carca del Jerez tradicional de los años 30, a la vez que una coartada que sirva para prefigurar la imagen pública del futuro adulto: un escritor comunista, perseguido por el régimen franquista, que es encarcelado por defender las libertades, a pesar de los orígenes aristocráticos del apellido Bonald y de su supuesta condición de burgués acomodado.
“Sólo es verdad aquello que en la memoria existe…”. El alejandrino del sevillano Montesinos que titula la reseña podría haber servido como colofón de este repaso biográfico que hoy nos trae José Manuel Caballero Bonald a las manos. Sólo es verdad aquello que en la memoria existe. Testimonio o ficción. Verdad o mentira. Equilibrio o exageración. He aquí el dilema del que inventaría sus años pasados. Ni más, ni menos. Ni menos, ni más. Lo esencial es que el lector recuerde en la distancia, al menos, unas pinceladas de aquel retrato del tiempo, independientemente de lo que realmente aconteciera. Caballero Bonald lo logra con La novela de la memoria, apoyándose en su inconfundible estilo, trabajado y barroco. Justo es reconocerlo y aconsejar su lectura, aunque advirtiendo que cualquier parecido con la realidad puede ser (o no) una simple coincidencia.
17 febrero 2010
Sevilla tiene un color especial
123 motivos para no viajar a Sevilla
Jorge Molina
Jirones de azul, 2010.
ISBN: 978-84-928-6802-5
223 págs.
16,50 euros
Rafael Roblas Caride
Cuentan las crónicas que aquel cristiano converso ejercía su oficio desde tiempo inmemorial. Así, cada mañana, apostado con su mesita, su pluma y su tintero anotaba convenientemente los entierros que salían extramuros y cobraba los impuestos pertinentes. Cierto día, el azar hizo de las suyas y una investigación del Consejo descubrió la inexistencia de su cargo oficial, heredado de padres a hijos a través de varias generaciones. Nadie le explicó su situación administrativa, aunque sí le señalaron convenientemente el camino que conducía a
“A los sevillanos se nos acusa de ombliguismo,… pero es que Sevilla tiene un ombligo que es digno de ver”. (Antonio Burgos).
“Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo… lo peor es que puede que tengan hasta razón”. (Antonio Gala).
“Sevilla está donde tiene que estar. Las que están lejos son las demás ciudades”. (Rafael el Gallo).
Atisbado el panorama e informado el lector de la reseña sobre el paño que se gasta en la capital de
