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29 julio 2013

Otra estrella de Irlanda

Poesía completa

Thomas MacGreevy

Bartleby Editores, 2013

ISBN: 978-84-92799-45-9

166 páginas

15 €

Traducción y notas de Luis Ingelmo

Presentación de Michael Smith

Epílogo de Anthony Cronin


Antonio Rivero Taravillo

Se nos dice que el autor de estas poesías es prácticamente un poeta desconocido. Doy fe. No lo había leído hasta hoy. Naturalmente, lo había encontrado paseándose por el segundo tomo de la monumental biografía de W.B. Yeats a cargo de R. F. Foster y también en algunas páginas sobre Joyce o Beckett. Pero su obra me resultaba desconocida. No viene representada, por ejemplo, en mi muy baqueteado ejemplar de la antología de Thomas Kinsella New Oxford Book of Irish Verse ni en el más flamante An Anthology of Modern Irish Poetry de Wes Davis (que se inicia con un poeta anterior, Padraic Colum). Aunque es cierto que abre la de Patrick Crotty (Modern Irish Poetry: An Anthology) y también figura en el Faber Book of Irish Verse de John Montague. En cualquier caso, como se ve, ha quedado eclipsado a menudo por otros poetas.

Thomas MacGreevy (1893-1967) fue muy parco con su poesía, hasta el punto de que solo publicó un libro en vida, de título igualmente lacónico (Poems, 1934). Aquí se le suma un puñado de otras composiciones, una de las cuales permanecía inédita. Su labor se decantó más hacia el arte (llegó a ser director de la National Gallery dublinesa) y firmó una valiosa monografía sobre el pintor e ilustrador Jack Yeats (para quien escribió un homenaje aquí incluido). Conoció muy bien la pintura española y escribió ensayos sobre Murillo, Velázquez y Zuloaga. También tradujo: además de a Valéry, una docena larga de poemas de Alberti, Jorge Guillén, JRJ, Lorca y Antonio Machado. Y gozó de la amistad y el trato de importantísimas figuras literarias del llamado modernismo anglo-norteamericano (nada que ver con el nuestro de Darío, aunque en esta Poesía completa no falten los cisnes), del cual fue prácticamente el único representante en Irlanda. No en vano se ha señalado la influencia de T.S. Eliot en “La otra Dublín” o en “El crepúsculo de los dioses” (donde veo más al Ezra Pound de The Cantos, incluidas esas reproducciones de partituras). En su epílogo, Anthony Cronin afirma que “si se exceptúa el que escribió Eliot, aunque no necesariamente imitándolo, el verso libre de MacGreevy es el más proporcionado y mejor modulado de todos cuantos se compusieron en aquella época no solo en Irlanda, sino también en Gran Bretaña y EE.UU.” ¿Barre para dentro Cronin? Desde luego, suena muy bien.

Muy de Eliot es ese 'barren place' del primer verso del libro e, indirectamente, el título y todo el muy breve contenido de “Otoño de 1922”, el año en que precisamente aparece The Waste Land: “El sol se consume, / el mundo se marchita // y el tiempo se amedrenta ante el triunfo del tiempo.”

Nacionalista republicano (su pacifismo le estorbó apoyar al IRA), llevó a sus versos las muertes de la Guerra de Independencia y la siguiente Civil, cuyo resultado fue la partición de la isla. Tras las ejecuciones que aquí se glosan y otras hubo “paqueo” y bombas. Son las fechas en que una tarde, al salir del cine, a donde había ido con la mujer de Yeats, tuvo que esquivar los tiros en plena Grafton Street. También la noche siguiente de la concesión del Nobel a Yeats cenó en el hotel Shelbourne con este y su esposa (de la que fue uno de sus principales amigos y apreciada fuente de cotilleos).

La amiga lo llamó “un cura desperdiciado… que vive en un magnífico vórtice de placeres vicarios”. Richard Aldington abundó en la idea: “El hombre más paradójico que uno pueda echarse a la cara. Un cura con ropas de seglar”, observó. Según Colm Tóibín, como muchos antes que él y aún después, fue homosexual en el extranjero y célibe en Irlanda, por guardar las apariencias. Se refiere a las temporadas que pasó en Londres y París (en cuya École Normale antecedió en el puesto al autor de Waiting for Godot, con quien mantuvo una importante correspondencia).

Su catolicismo se sobrepone a lo político en “Los seis que ahorcaron”. Refiriéndose a los siglos de dominación inglesa, escribe: “¡Estrella del alba, ruega por nosotros! // ¿Y durante estos setecientos años / qué le ha importado Irlanda / a la estrella del alba? // Aun así, siempre yo digo: / Ruega por nosotros.” Quizá el mejor MacGreevy sea el de la concisión, el imaginista. “Promenade à trois” es un buen ejemplo de ello, como también “Giorginismo”, con su punzante sensación de soledad, expuesta con una destacable economía de medios.

De los textos no recogido en Poems, y aún de todo este volumen, es preciso destacar la belleza emocionante de “Moments musicaux”, cuyo tema es la esterilidad, la incapacidad para volver a escribir poesía, felizmente conjurada en el propio poema (“Pensaste que te había abandonado”…). También resulta de una gran belleza “Oráculos bretones”, que se desarrolla en un ambiente de calveros y brumas del Finisterre que recuerdan a Castelao, inventariador de esas cruces de piedra, y Cunqueiro, a cuya cofradía se une el también celta MacGreevy (“Pertenezo a Irlanda”, declara, recordando un poema medieval citadísimo).

El volumen se adereza con diversos elementos (presentación, notas del autor y del traductor, tabla cronológica y el citado epílogo). Acertando en el tono y el ritmo, Luis Ingelmo ha realizado un loable trabajo al verter todo ello al español, una lengua, con su arte y su historia, que MacGreevy amó y conoció, y cuya trabazón con lo irlandés quiso resaltar en su poema “Hugh O’Donnell el Pelirrojo” (Ingelmo simplifica el original, que es el nombre en gaélico Aodh Ruadh Ó Domhnaill), ese aliado nuestro en la batalla de Kinsale. Solo he advertido un error, el de los colores de la bandera de Irlanda, cuyo orden correcto es verde, blanco y naranja. La franja blanca quiere representar la paz entre las comunidades católica y protestante, y su plata en “Los seis que ahorcaron” es la de las estrellas que, como escribió Wallace Stevens en el poema que dedicó a MacGreevy, tachonando el cielo americano “vienen de Irlanda”.


[Publicado en Nayagua, 19]

18 junio 2013

100 de 365



Cien de diez

Enrique Barrero Rodríguez

Ángaro, 2013

ISBN: 978-84-616-4193-2

142 páginas

10,40 €





Jesús Cotta

El poeta sevillano Enrique Barrero, autor de poemarios como El tiempo en las orillas (colección Adonais), Poética elemental (Renacimiento), Los héroes derrotados (Fundación Valparaíso) y muchos otros, y ganador de varios galardones literarios de prestigio, se propuso como meta personal escribir una décima espinela al día durante una vuelta de la Tierra al Sol. Las estuvo regalando al mundo día a día en su cuaderno de bitácora De cimas y subsuelos, como quien regala flores porque sí, porque le salen de las manos, y lo menos que se puede hacer por una flor es ofrecérsela a la gente que sepa apreciarla.

Ahora ha escogido las cien décimas mejores de las 365 y se han publicado en la Colección de Poesía Ángaro. Como el diez es un número redondo y mágico, el libro se divide en diez partes, cada una con diez décimas.

Hay hazañas épicas, como la resistencia de Numancia; deportivas, como la carrera de Fidípides para anunciar a los atenienses la victoria sobre los persas; amorosas, como recorrer a nado cada noche el estrecho de los Dardanelos para ir a ver a la novia, como hizo Leandro por su amada Hero (por cierto, más de dos milenios después, Lord Byron realizó ese trayecto a nado para demostrar a los desconfiados racionalistas franceses que esa hazaña era posible); y esta que aquí reseño es una hazaña literaria, que consiste en encontrar cada día un asunto que nos inspire y traducirlo al metro y a las exigencias de la décima sin que sobre ni falte nada, sin que el tema se resienta, sin que la rima sea una tirana que nos encorsete ni caiga en el ripio. Para esa hazaña hacen falta, además de tesón e inspiración, mucha técnica y mucho talento y, sobre todo, no basta con tener facilidad para versificar, sino sobre todo poseer una mirada poética para abordar el mundo y los asuntos del corazón en su dimensión de belleza y traducir todo eso en palabras lo más dignas posible.

El soneto nos vino de nuestra hermana Italia, pero la décima es más nuestra, en el octosílabo que es nuestro verso natural. El soneto es más solemne, pero la décima más sonora y redonda. En el soneto la reflexión tiene más espacio para desplegarse en cada una de sus cuatro estrofas, hasta que al final rompe; en la décima la reflexión es un pájaro que en seguida echa a volar y, por tanto, tiene que ser un pájaro muy bonito para que no se nos quede en poca cosa, en epigrama, en queja.

Los cien pájaros escogidos que echa a volar Enrique Barrero son todos de colores y cantan muy bien y no son ni epigramas ni simples estampas. Salen de las páginas en un vuelo elegante y sencillo y revolotean alrededor durante un rato y tienen siempre algo narrativo cargado de reflexión y bellas imágenes y un buen remate.

La contemplación respetuosa de los elementos naturales ( “Los secretos de la luna/ los conoce solo el mar”), la versión andaluza de “Nuestras vidas son los ríos” de Manrique (“La vida, Guadalquivir,/ se parece a tu corriente”), la décima escrita tan solo con nombres de calles de Sevilla, que en la décima parecen calles de una República de poetas, los escarabajos que el recuerdo infantil del poeta ascendió “hasta el grado de alacrán”, el rescate que el poeta hace del jaramago, de la vieja bicicleta y todo lo que ella significa, “y la espada rojiza del verano”, y un agradable y alado etcétera, son ejemplos de todas estas décimas dedicadas al mar, a Andalucía, a Sevilla, al paso del tiempo... A mí me han gustado mucho las dedicadas a sus hijos y las diez décimas de "Menudencias", porque rescatan de su aparente insignificancia las cosas olvidadas, pequeñas o inadvertidas y exterioriza la alta belleza interior que les corresponde. Pero las mejores son las diez finales, las de la décima parte del poemario, "Palabras en la hondura", donde está el Enrique Barrero más profundo y revelador.

Ignoro la distribución que Ángaro hará de este  libro, pero no me resisto a echar a volar a estos cien pájaros por la Interred.

Y sea bienvenido. La poesía española no se limita solo a los endecasílabos blancos y a los versos libres, sino que tiene una gran riqueza estrófica de la cual este libro es digno heredero y continuador, como lo hicieron Jorge Guillén y Gerardo Diego.

04 junio 2013

Oda al otoño

Se pierde la señal

Joan Margarit

Visor, 2013. Colección “Visor de Poesía”

ISBN: 978-84-9895-843-0

170 páginas

12 €

Edición bilingüe a cargo del autor



Antonio Rivero Taravillo

Si, como se afirma, la poesía no vende, los libros de Joan Margarit (1938) constituyen la excepción a esa maldición o regla. No serán desde luego cifras elevadas que reporten pingües regalías a él ni beneficios abultados a la editorial, pero desde luego es innegable que los lectores del género siempre están atentos a la publicación de una nueva entrega de este poeta. Afortunadamente, en lo que llevamos de siglo esto ha sucedido varias veces, la más reciente con Se pierde la señal, aquí en versión castellana del propio poeta que, como ya es habitual acompaña al original catalán ya publicado en la editorial Proa.

La memoria es la principal protagonista de este libro de composiciones en general breves, quiere decirse intensas. “Envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”, escribió Jaime Gil de Biedma en sentencia que parecen confirmar los versos de Margarit, que lejos de ser rupturistas ahondan en su poética. Con la experimentada volatilidad del tiempo y el perdón que la edad enseña a conceder, “Una estructura” recuerda a un título anterior, Cálculo de estructuras y la profesión ejercida de arquitecto. Aquí hay un envejecer sereno y digno de un estoico de la Tarraconensis que en la madurez que comienza el último tramo de la vida sabe estar Misteriosamente feliz (otro libro anterior) y que se expresa en versos como estos: “Sents el convenciment de que estàs vivint / uns anys sense esperançes que ja són / els més feliços de la teva vida.” (“Y tú estás convencido de vivir / unos años que, aun sin esperanzas, / son ya los más felices de tu vida.”). No obstante, en “El gran parterre” parece contradecirse a sí mismo cuando sostiene la necesidad de cierta amnesia para la dicha: ”Recordar és això: deixar passar / una oportunitat de ser feliç.” (“Recordar es eso: dejar que pase / una oportunidad de ser feliz.”

La presencia recurrente de los padres alcanza una cota de emotividad poco común en “Sis anys” (“Seis años”), que es un gran ejemplo de cómo el poeta, como un deportista de riesgo, bordea a menudo lo patético pero lo elude con precisión milimétrica. No hay red en ese salto mortal, y si la hay es invisible, porque la teje la inteligencia, que no se deja empañar por lo sensiblero.

Hay también poemas sobre las herramientas del poeta y sobre la propia poesía. “Dignitat” nos dice de la lengua en la que empezó a escribir su poesía: “El castellà m’ofega i no l’odio. / No en té la culpa d ela seva força: / de la meva foblessa, encara menys.” (“Me ahoga el castellano y no lo odio. /  No tiene culpa alguna de su fuerza / y menos todavía de mi debilidad.”) En “Educació” escribe: “La poesia es la primera lògica. / Ha parlat sempre del mateix i, en canvi, / el que diu sempre és nou, tant como ho és / la sortida del sol o el cel de nit.” (“La poesía es la primera lógica. / Ha hablado siempre de lo mismo, / y, en cambio, lo que dice resulta ser tan nuevo / como el amanecer o el cielo de la noche.”).

Como gatos panza arriba, Yeats y Cernuda se rebelaron con rabia contra el envejecer. Como perro noble tendido ante una chimenea, Margarit lo acepta como algo natural, sin renunciar al deseo pero conforme consigo mismo y con la plenitud serena de los años maduros. Qué hermosa palabra catalana, la 'tardor', para el otoño. En el de su vida, como en la oda de Keats (a quien nombra en un poema), Margarit podría decir que él y su poesía están ahora en la “estación de nieblas y plena abundancia.” Y qué frutos nos da: “Después de cenar”, “Gente en la playa”, “Brindis” o “Nubes blancas en el aire azul” consiguen la emoción con sus palabras donde otros, en los que no se alía al corazón el cálculo, naufragan en la palabrería o en sentimientos íntimos que, mal expresados, son públicos ridículos.

20 mayo 2013

Banquete suburbial


Disociados

El Ángel, Karmelo C. Iribarren, Roger Wolfe y David González                        
  
Ya lo dijo Casimiro Parker, 2013

ISBN: 978-84-9392-706-6

232 páginas

15 €

Selección y prólogo de Gsús Bonilla y José Ángel Barrueco



Daniel Ruiz García
  
El planteamiento es tan atractivo como ambicioso: reunir en un solo volumen ("antilogía" la llaman los editores) a cuatro autores que por distintos caminos han realizado una contribución extraordinaria al panorama del 'underground' poético patrio, erigiéndose en referentes dentro de la poética suburbana nacional.

El formato de Disociados repite una fórmula que Ya lo dijo Casimiro Parker probó en 2010 con Contrapoesía: cuatro autores se unen y reúnen para presentar una parte significativa de su obra, combinando piezas ya editadas con otras de carácter inédito. Una suerte de pelea a ocho manos, con un espacio para cada uno de ellos que está prologado de forma sucinta para entender mejor su obra.

Disociados es un libro muy bellamente editado, con una composición a base de tiralíneas blanquinegras que casan muy bien con el concepto minimalista y aparentemente prosaico de la literatura que contiene dentro. La forma está en este sentido muy bien trabada con el fondo, ya el estilo de los cuatro poetas es seco, punzante, expresivo, contundente y en líneas generales negro. Además de compartir todos estos elementos, demuestran un gusto casi atávico por el malditismo, con una postura frente al mundo que denota pura actitud 'punk' en su vertiente más desencantada. El envase es común, pero cuando se entra a degüello en los versos los estilos adquieren matices, reconstruyendo cuatro universos distintos que corresponden a cuatro voces muy señaladas.

La primera de las figuras en saltar al ring es El Ángel (1961-1994), símbolo del poeta maldito y también icono de los desechos de la movida madrileña, que comparece con foto de García Alix, invitándonos desde el recuerdo de una muerte joven a introducirnos en su obra, casi reducida a un único libro hoy considerado de culto, Los planos de la demolición. La obra de El Ángel es la obra de un yonki a la deriva entre la euforia de la heroína a la depresión más inconsolable y oscura, con una voz que titubea entre el mesianismo y la contundencia 'punk'.

Karmelo C. Iribarren (1959) es el segundo poeta invitado. Si hubiera que buscar en España a un poeta cercano a la poesía de Raymond Carver, ése sería sin duda Iribarren. Mujeres, whisky, humo de tabaco, decepción: son algunos de los motivos simbólicos sobre los que se construye la obra de este poeta del desencanto, cuyo fraseo y laconismo otorga a muchos de sus poemas la apariencia de miniaturas de gran potencia aforística (“La soledad es eso,/ahora lo sé:/lo que hay/antes y después de tu nombre”).

Roger Wolfe (1962) es probablemente, y sin desmerecer al resto, el peso pesado del poemario. No estoy diciendo algo que pueda ofender, teniendo en cuenta que hablamos de quien probablemente constituya la muestra más lograda y referencial de la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. Su voz, que muchos han querido identificar como una impostación de otras voces de la literatura 'underground' anglosajona, alcanza, vista en perspectiva, una densidad incontestable, con una personalidad poética fuera de toda duda y que se ha convertido en todo un modelo de referencia para muchas generaciones de poetas jóvenes. Los poemas que ya le leímos en libros imprescindibles del 'underground' poético patrio como Días perdidos en los transportes públicos o Hablando de pintura con un ciego mantienen en esta edición toda su vigencia. El Wolfe inédito que aquí se nos muestra conserva su mordida cínica y desengañada, y reconocemos la misma voz cansada, el mismo esplín, que recorre con su aliento amargo toda su obra.

Cierra el cuarteto David González (1964), sin duda una voz poética de gran singularidad, que aporta a la paleta general del libro los colores más intensos e inflamables. La literatura de David González es una literatura de rabia, construida con pedazos de cristal y que parece consagrada a hacer daño. Es una poesía memorial, engendrada desde la conciencia de la desventaja. Como el perro maltratado, tiene tendencia a morder, y entretanto nos regala ladridos que sin embargo nos devuelven extrañamente la esperanza por su intensidad musical.    
                                                                                                    
De esta singular reunión son especialmente culpables los "antílogos", José Ángel Barrueco y Gsús Bonilla, que han sabido armar un libro esencial para entender la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. A ellos hay que agradecerles su esfuerzo y su acierto a la hora de seleccionar los platos y a los invitados. No se me ocurren mejores comensales para un banquete suburbial. 

16 mayo 2013

Cénit eterno



Alma Venus

Pere Gimferrer

Seix Barral, 2013. Colección "Los Tres Mundos"

ISBN: 978-84-322-1475-2

104 páginas

16,50 €



José Martínez Ros

Dudo de que sea necesario presentar a Gimferrer, traductor, editor, erudito, crítico literario, novelista y, ante todo, poeta, un de los más altos de la literatura española -y de la catalana- contemporánea. “La persona que desempeña el papel de musa existe en la vida individual de cada uno, pero una vez empieza el poema esta persona adquiere otra existencia. El poema solo triunfará como tal poema si la persona individual se convierte en una realidad absoluta en las palabras, si no tan sólo sería un poema anecdótico, y no tendría más valor que el privado”, afirma recientemente en una entrevista con Ignacio Elguero, y quizás esa sea la clave para leer su último libro, Alma Venus, o el conjunto de su obra: una poesía que se puede leer, desde cierto punto de vista, como literatura fantástica o incluso ciencia-ficción, pues en ella subyace el deseo por crear una realidad absoluta, un mundo artificial y autónomo de palabras que se nutre de la realidad, pero se vuelve independiente de ella. Un mundo de palabras ígneas, palabras-luz y palabras-oscuridad, palabras-muros y palabras-ventanas.

Esa ambición que ya subyacía en su primer libro, Arde el mar, se prolonga hasta alcanzar su cénit en un libro extraordinario, cima de la poesía contemporánea, L'Espai Desert, donde quizás llevó hasta su límite un proyecto literario deudor de dos de sus maestros, Octavio Paz y Mallarmé, el poema como realidad totalizadora y revolucionaria. Curiosamente, mientras que muchos grandes poetas como Yeats, Juan Ramón Jiménez o Cernuda, optaron en sus últimos libros, por aligerar sus obras, por escribir de una forma más densa, seca, epigramática y descarnada en la que tal vez sea la última fase de su poesía. Gimferrer ha optado justamente por lo contrario: el barroquismo, el juego, el artificio permanente. En eso -quizás- estriba su dificultad y su atractivo, su belleza proteica, metamórfica y única.

Da la impresión de que en cada poema y, más aún, casi en cada verso, es un pequeño pasaje de un enorme laberinto cultural en el que nos adentramos sin mapa, casi a ciegas, pero hipnotizados por su desafiante ritmo y su ilimitada valentía. Como ocurría en sus últimos libros, en Mascarada, en Amor en vilo, en Tornado, en Rapsodia, los poemas, o el único poema fragmentado, que es Alma Venus resulta, a la vez, un inagotable cúmulo de referencias literarias, políticas, cinematográficas, pictóricas, mitológicas, artísticas y, a la vez, una inmensa declaración de amor y una suerte de juego sin barreras con el lenguaje.

No es poesía para todos los públicos, desde luego; pero sí para la eternidad. O, al menos, por la eternidad al alcance de un gran poeta.

14 mayo 2013

Lo que importa es la poesía


Casi

Rodrigo Manzuco

Visor, 2013. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-844-7

74 páginas

10 €

XI Premio Emilio Alarcos



Antonio Rivero Taravillo

Hay poetas que se quitan años por coquetería (Cernuda o Gil-Albert) y otros que se los añaden para aparentar, junto a la mayor edad, más entidad, más cuerpo. Esto último es lo que sucede con Rodrigo Manzuco, quien, puesto a ser joven, lo es mucho más de lo que pregona la nota de contracubierta: 1988. En cualquier caso, vamos a los poemas, que es lo relevante. Y aquí hay algunos excelentes entre muchos buenos.

Se agradece en ellos el desenfado, la capacidad de evitar solemnidades, mediante imágenes frescas. La noche “se rasca en las esquinas del alba / como dos cuerpos que se aman.” En otro lugar leemos: “Explicar sentimientos es abrir los regalos / antes de darlos, es / describir la rosa hasta agotarla / de puro aburrimiento, es arrancar sus pétalos / para hacerla entender.”

Se aprecia aquí un humor hermano del de Enrique García-Máiquez, con sus travesuras con el lenguaje, como en el breve “Mirad las aves del cielo” con su “marear la perdiz” y su cita del evangelio de Mateo.  “Yo ya te” es por su parte un delicioso poema sobre el amor lleno de titubeos y confusión propio de la edad del pavo. “Paisaje azul”, ambientado en Tarifa, es otro de los mejores del libro: en él se nos dice que un desierto de dunas “era un mar / disecado”. Y concluye: “Nos lo pasamos bien aquel verano. Lástima / no haberse ahogado como altivos héroes trágicos.” Quizá este final, más que el poema “El final de la luz”, justificaría la dedicatoria a Juan Antonio González Iglesias. El verano y sus goces, la plenitud que representa, ilumina también otras composiciones.

Con alejandrinos (en la elegía, que también la hay, a la madre muerta), con versos fracturados o el casi 'haiku' “Faro de Adra”, el autor despliega una pericia no necesariamente atada a la métrica y pendiente sobre todo de las metáforas y las sorpresas, como en “Desahuciados del paraíso”, donde tras declarar que “todos los meses deberían ser julio” y abominar del tic-tac, escribe: “deambular por las horas / mirando el sitio donde estaba el Swatch / para vernos la marca tatuada / del dios Sol en la muñeca nívea, / su marca inmaculada sobre la marca negra.”

El ingenio a veces juega malas pasadas, “Uni-verso” es un poema malo, aunque al menos, ateniéndonos a lo que se establece dos páginas antes en “Breve tratado de Literatura”, “Si malo y breve, pues menos mal”. Dialoga el poeta a menudo con otros a través de referencias veladas o explícitas, como en “No más Belleza”, donde, tras una cita de Abraham Gragera, escucho un eco de W. B. Yeats (The Man and the Masks según Richard Ellmann) y su “No Second Troy”. Manzuco dice: “qué astutas las imágenes de Homero / con la verdad agazapada dentro, / como caballo de Troya / a punto de destruir la impenetrable ciudad”.

“Nata líquida” y “Soñar despierto” (no así su apéndice “Soñar”) son también estupendos poemas, ya en la recta final del libro.

Manzuco, y discúlpeseme el juego de palabras, comparte mucho con el Man del título de Ellmann. Vale, chaval, decimos al cerrar su libro, devolviéndolo al limbo sin edad que habitaba antes de que leyéramos su obra. Pero le estamos agradecidos porque nos ha entregado más que muchos otros vates del común. Quiero decir, de carne y hueso. A fin de cuentas, lo que importa es la poesía.

09 mayo 2013

El encabalgamiento es revolucionario


Fuera de campo. Poesía reunida

Pablo García Casado

Visor, 2013. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-847-8

181 páginas

12 €

Prólogo de Antonio Lucas




Rafael Suárez Plácido

Que todavía está por hacer toda la recuperación del catálogo de la lamentablemente extinta editorial DVD y que esta labor es especialmente atractiva y necesaria en el terreno de la poesía española -digamos: hispana, pero básicamente española- es una realidad incuestionable que comienza a conjurarse con esta edición en Visor de la Poesía reunida -y completa- de Pablo García Casado, en este sí, de verdad, necesario volumen que han llamado: Fuera de campo. No deja de ser sorprendente que hable de volumen necesario refiriéndome a la Poesía completa de un autor nacido en 1972, con apenas cuarenta y un años, pero es que las características del mercado español hacen que al haber desaparecido la editorial en la que ha editado toda su obra, se hayan retirado todos los ejemplares que quedaban en las librerías y, al mismo tiempo, se haya cerrado la posibilidad de continuar reeditándolos -no sólo los de Pablo García Casado, ahora pienso también en otros autores, en José Luis Piquero por ejemplo, que tendría que repetir esta misma operación en esta Visor o en alguna otra editorial que esté interesada en alcanzar o mantener, según se trate, un lugar en la historia de la Poesía española actual-.

Lo cierto es que en 1997 -qué lejano suena y, sin embargo, qué próximo está—, Sergio Gaspar apostó para su casi recién inaugurada aventura editorial por un conjunto de poemas que entonces no tenía parangón en la joven poesía española. Es cierto que García Casado ya había publicado parte de esta colección en una 'plaquette': El poema de Jane, en el Ateneo Obrero de Gijón. Es cierto que el libro respondía a los intereses de la recién creada editorial: esa poesía que aún no tenía ningún sitio en el que ser encajada. Es cierto que ya había un primer Fonollosa en el catálogo. Es cierto que los casi coetáneos, pero anteriores, Roger Wolfe y Karmelo C. Iribarren habían abierto líneas de fuga -quizás habría que añadir a Francisco Gálvez-. Y, finalmente, es cierto también que el olfato de Sergio Gaspar no iba a desaprovechar esta primera gran oportunidad de ir creando un estilo propio de sello heterodoxo que posteriormente se materializaría en la antología Feroces, de la mano de Isla Correyero. El título de ese libro iba a ser Las afueras y sí, podría decir que se trata del libro que más ha influido en todos los aspectos -buenos y no tan buenos- en las generaciones posteriores de poetas, en lo que son aun más jóvenes.

Las afueras eran cuarenta y ocho poemas, o quizás fragmentos de poemas, por lo general entre breves y muy breves, en los que se alude a la vida en los noventa en una ciudad de provincias. Que esa ciudad fuera Córdoba sería absolutamente irrelevante, de no ser por el hecho de que allí se iba formando un núcleo de poetas que se ha ido expandiendo y que, hoy día, colocan a esta ciudad como la más representada en cualquiera de las antologías que se van haciendo de poesía joven. Esta situación actualmente sólo podría discutírsela con argumentos, nombres y libros, Asturias. Ni Madrid ni Barcelona ni Sevilla están a su altura.

Decía Godard que el cambio de plano puede ser más revolucionario que cualquier mensaje. Leyendo los poemas de Las afueras igualmente podríamos decir que el encabalgamiento es revolucionario. No se trata del lenguaje ni tanto de las influencias. La elección de Raymond Carver o Tom Waits o Leonard Cohen, sin dejar de ser cierta no es tan novedosa. La verdadera influencia en Las afueras es Jaime Gil de Biedma: esa sensación de agonía dolorosa, de no poder escaparse nunca, de sentir que esas afueras son la cárcel o el laberinto que nos atrapa: la familia, el trabajo, el sexo. Vivimos para la búsqueda inútil del placer. El automóvil que en García Casado se convierte en el lugar casi de residencia de la clase media o media baja. Y que más de una década después retoma Manuel Vilas en la impagable elegía a su coche, de su libro Calor, que también está a su manera impregnado de Las afueras, de los barrios y los polígonos industriales. Es curioso que Vilas y García Casado también tienen trayectorias editoriales muy parecidas: de DVD a Visor. La columna literaria por excelencia de la prensa española, de Juan Bonilla, también se llamaba "Las afueras". También hay algo de trayectorias paralelas entre la Jane de Las afueras y la Violeta C. Rangel de Manuel Moya. No olvidemos que Manuel Moya recibió, con Cosecha roja, el Premio Ciudad de Córdoba en el mismo año que se publicó Las afueras, aunque no me cabe duda de que ambos se conocían y más aun: que ambos conocían estos poemas. Pero con todo esto, la clave de estos poemas sigue siendo doble: el encabalgamiento revolucionario y el minimalismo. El poema de Las afueras es, ante todo, un proceso exhaustivo de depuración. En el poema no tiene cabida ninguna palabra que pudiera ser suprimida. Ezra Pound en estado puro, tachando y tachando versos y estrofas y poemas de Eliot. Y no olvidemos que Pound también fue el apóstol del encabalgamiento y de las enumeraciones necesarias. La ruptura de la secuencia versal tradicional, a la que después se va a volver en libros posteriores es la marca de identidad más destacada de Las afueras, pero no es exactamente una ruptura, más bien es acumulación de secuencias:

LAS AFUERAS

"por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán para siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán

amaneciendo los restos del amor en las afueras"

Cuatro años después publicó, también en DVD, El mapa de América, su segundo libro de poemas. Poemas más extensos sin llegar a serlo demasiado, más narrativos sin renunciar a la lírica de lo que sigue permaneciendo a las afueras. En esta 'road movie' poética, el autor desgrana un conjunto de historias a veces con un marcado acento post apocalíptico, a veces con el sentido de homenaje a la cultura estadounidense. Un español en los Estados Unidos, con referencias a Machado, a Gil de Biedma, a Cernuda. Música, cine, cultura 'pop', especialmente películas y canciones van marcando este viaje por ciudades de los diversos estados de Norte América. Una Norte América de la que se conocen referencias y que se visita en coche. De nuevo el automóvil, casi lugar de residencia: On the road. Ya se advierte con más intensidad el tema que siempre estuvo: el dinero. Y más que dinero, el trabajo. Las contradicciones de la sociedad capitalista que en Estados Unidos está muy lejos de ser la sociedad del bienestar ni de haberlo sido nunca para la inmensa mayoría.

Es cierto que entre Las afueras y El mapa de América hay una situación de desamparo que necesita de nuevo un gran libro para volver a ser el escritor que parecía que iba a ser, y ese gran libro va a ser, en 2007, Dinero. Continúa esa fidelidad a DVD, pero no dejo de pensar en una colección de prosas breves que iba a publicar en la editorial cordobesa Plurabelle y que llegó incluso a estar anunciada en solapas de otros libros.

Dinero comienza con una maldición bíblica: “Con el sudor de tu frente”. La eterna paradoja. Textos que apuntan a la necesidad del trabajo para conseguir dinero con el que mantenernos. En 2007 aún no éramos conscientes de la crisis que se avecinaba. Aún había otros valores a tener en cuenta antes que el dinero. Democracia, Libertad, Amor, Ética… hoy suenan a palabras huecas o que en todo  caso están por detrás de eso mucho más palpable: el dinero. De todas formas, García Casado ya en su primer poema de Las afueras habla de tres causas de desengaño: el sexo, no el amor; la muerte, no la vida, y las oposiciones. Aunque es innegable el humor si no negro, sí oscuro, algo de visionario había en quien escribía esas palabras.

Ahora los poemas son textos en prosa. No hay división en versos. Algún crítico se ha referido al libro como a una novela fragmentaria. Algo de eso podría haber. García Casado siempre se ha acercado sin miedo, o sin conciencia del peligro, al precipicio de los límites entre los géneros. En este libro es donde eso llega más alto. Y, como para corroborarlo, es el primer libro en el que puntúa los textos. De todas formas, la historia de esa presunta novela es la vida de un hombre que ya ha dejado atrás la iniciación a la vida, en Las afueras, y algo de aventuras, en El mapa de América, y ahora se centra en las crisis sentimentales: rupturas con su mujer y tratar de ser un buen padre para sus hijos. Esa crisis de los cuarenta tan tratada y por la que todos han pasado al menos una vez en sus vidas, en la que es tan difícil separar y reconocer la naturaleza de los problemas: pareja, hijos, el tiempo, en definitiva todo se resume en Dinero:

"No es ambiguo sentimiento de angustia, es dinero."

Las historias se suceden y algunos personajes se repiten, incluso personajes de otros libros. El automóvil sigue siendo lugar casi de residencia. Se abandona el paisaje americano y se retorna a España, no necesariamente a Córdoba. Algunos textos son tremendos: “Summertime”, quizás sea el poema más hermoso del autor; “Sevilla Este” y “Estación de autobuses” retratan mi ciudad, aunque es cierto que podría ser cualquier ciudad, de nuevo las afueras de cualquier ciudad, como si hubiera vivido en Sevilla. De hecho, tiene su cierta lógica, porque el autor vivió en Sevilla los años que publicó este libro. Y “Felicidad” podría ser el prólogo perfecto de un estudio de la crisis anunciada, la crisis económica que estamos viviendo. Me gusta la nueva Jane de “Monopoly”:

"Le gustaba que la llamara puta, ¿cuánto vas a pagarme? Él le metía un billete en las bragas, ¿eso es todo lo que tienes?, y ella volvía a ponerse la falda, se subía el tirante del sostén y la cremallera de las botas. Él entonces cogía un puñado y lo tiraba a la cama."

Pablo García Casado es un poeta lento si entendemos como normales los cauces por los que transitan la mayor parte de los poetas de su edad. Pero no es así. Con cuarenta años tiene tres poemarios que le sitúan en el grupito de cabeza: Manuel Vilas, José Luis Piquero, Juan Antonio González Iglesias y pocos más, de los poetas actuales de su generación. No, realmente no es exacto: sumando algunos más, unos pocos más, es de los mejores poetas vivos que hay en este país.

02 mayo 2013

Búscame en el Café Dióscuri


Atenas

Juan Vicente Piqueras

Visor, 2013. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-839-3

67 páginas

10 €

XXV Premio Fundación Loewe



Juan Carlos Sierra

Como dice la "Nota del autor" que encabeza este poemario, “Atenas no es el tema de este libro”. Así que absténganse quienes busquen en él una mirada poética al presente o al pasado de la capital griega, una crónica de la actual situación crítica del país heleno o una mirada nostálgica a la Grecia clásica.

Atenas, la última y premiada obra de Juan Vicente Piqueras, habla sobre el viaje, sobre la imperiosa necesidad vital de este, sobre las capas que van dejando en el personaje poético las ciudades -en este caso Atenas- que forman parte de su rutina itinerante. Inevitablemente, para contar esta nueva etapa del viaje del protagonista lírico hay que hablar de ella, de la capital griega: de sus rincones -"Calles de Atenas"-, de sus 'graffitis' callejeros y su literatura -"Amor o nada"-, de su degradación -"Limosna"-, de su paisanaje -"Matrículas búlgaras"-; incluso en poemas como "Tebas", "Delfos", "Caronte", "Heridas sirenas", "Asterión agoniza",… de la geografía mítica o de los dioses tan terrenales que el inconsciente colectivo asocia inmediatamente con Grecia y su capital.

Se puede decir que este es el material más inmediato a partir del cual se trabaja el poema, es decir, la anécdota, el sustento físico o cultural que alimenta el músculo del auténtico discurso poético de Atenas. Lo interesante del libro de Juan Vicente Piqueras es el impacto de esta geografía, como lo podría ser cualquier otra, en el personaje poético que aparece en estas páginas. En este sentido, habría que leer Atenas como un viaje interior, como un recorrido por las incertidumbres, las dudas, las obsesiones,… de quien se expone a un nuevo paisaje urbano, a un idioma extraño y a una cultura asimilada a distancia a través de la literatura.

Y ese viaje interior solo tiene como objetivo iluminar a través del poema las zonas en sombra de quien protagoniza estos poemas: el yo que se mira en un pozo -"El laberinto"- y descubre que “el minotauro está dentro de mí”; el yo que intenta desobedecer al canto de sirenas de sus propias heridas para emprender “la odisea feroz de ser feliz” -"Heridas sirenas"-; el yo que conoce y calla su doblez: “Soy sólo aquí y ahora/ y lo que no me atrevo aquí y ahora/ a decir” -"Un instante"-; el yo que humildemente asume su oficio, su pasado y su soledad -"El burro de Kea"-,…

Además de todo esto, en Atenas podemos encontrar un juguetón homenaje al poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory en "Gracias de Grecia" y algunos poemas de difícil encaje en el conjunto -"Perdices", "Batalla" o "El mar en Kalamata"-; en ellos el lector puede perder el hilo y el libro pierde de hecho algo del pie sólido sobre el que había caminado en su viaje hacia, en y desde Atenas.

26 abril 2013

Huellas de la ausencia



Falsa pimienta

Amalia Bautista

Renacimiento, 2013. Colección "Calle del Aire"

ISBN: 978-84-8472-772-9

88 páginas

12 €




Antonio Rivero Taravillo

Desde 1988 hasta hoy, Amalia Bautista (Madrid, 1962) ha publicado Cárcel de amor, La mujer de Lot y otros poemas (1995), Cuéntamelo otra vez (1999), Hilos de seda (2003), Estoy ausente (2004) y Pecados (2005), libros que han sido recogidos en Tres deseos. Poesía reunida (2006) y en las antologías La casa de la niebla (2002) y Luz del Mediodía (2007). En 2008 apareció Roto Madrid, con fotografías de José del Río Mons y prólogo de Andrés Trapiello, donde ya figuraban aunque en otra ordenación poco menos de la mitad (28 frente a 63) de los poemas que la poeta ha reunido un lustro después en esta Falsa pimienta.

Hay versos que resultan familiares y suenan a ya leídos, lo que sin duda es atribuible a su presentación anterior en Roto Madrid, pero también al ritmo preponderante en la autora de endecasílabos blancos (aunque no sea el único) y, pese a las vicisitudes de la vida -con alguna mudanza importante sobre la que la autora pasa de puntillas-, por su conexión con el mundo intimista, hondamente femenino y tantas veces dolido de sus anteriores libros.

Sin embargo, hay páginas aquí muy frescas que no solo se manifiestan nuevas por su condición de inéditas, y que cultivan una línea de la poesía de Bautista que particularmente se agradece: la del humor y la ironía, nunca sarcástica, más el juego, el jugueteo, lo lúdico. Muestras de esto son “Tríptico de la espantapájaros” y “Z”. También “Compañeros de viaje”, con la sorpresa que encierra, muy efectiva gracias a una calculada ejecución.

No pasa de ser una fruslería “Adivina adivinanza”, y hallamos contorsiones para evitar el sentimentalismo como en “Noche de San Juan” (donde sin embargo lo huella, y hasta se quema), pero hay aquí excelentes poemas de tema amoroso, que no eluden la mutilación de la separación temida o la acumulada en un tiempo que discurre lejos de la persona amada, como en “Circo” (con el horror a ser abandonados tan propio de la infancia, la edad de ir al circo por excelencia) o “La torre”, cuya segunda estrofa matiza los primeros versos que comienzan con ese imperativo del plural tan catuliano: “Hagamos una torre de minutos, / apilemos los ratos que hemos podido vernos”. El poema que los precede también es magnífico, con su eco explícito a Borges y el latente (latente de pulsaciones de angustia) a Robert Frost y su tantas veces citado pero poco leído “The Road Not Taken”.

Amalia Bautista es una de nuestras más sólidas poetas. Anclada en lo cotidiano, sin elevar la voz (esa operación de riesgo que en tantos produce notas desafinadas), consigue emocionar desde la sencillez sentida y con un puñado de imágenes como la de “Otra puerta giratoria”, donde tras declarar que “Resulta que la vida no era sólo empujar” explica: “Había que encontrar el punto justo /donde azar y destino son lo mismo, / el exacto momento en que la puerta / giratoria te ofrece una salida.” Existen  encabalgamientos, más que permisibles, necesarios, y este es uno de ellos, con su giro de un verso al otro, justo en ese momento en que el poema acaba, su salida. En cuanto al correlato objetivo (aquí en la identificación vida y puerta), Amalia Bautista es una maestra. Pero mejor que catalogar ejemplos, que el lector los busque y los disfrute.