08 diciembre 2009

La marimorena, los campanilleros y las ovejas

El Arca de Belén (capricho navideño)

Mercedes Marcos Monfort
& José Miguel Desuárez

Hipálage, 2009

ISBN: 978-84-96919-23-5

74 pág.

8,40 €



Jesús Cotta

España es un país de una admirable, amplísima y variadísima tradición navideña, con un repertorio casi inigualable de villancicos y de recetas centenarias y originales. Es una navidad con sabor propio, adornada de alegría popular, de niños pidiendo el aguinaldo y de fiestas familiares. A la larga y curiosa tradición de montar el belén, que se remonta a san Francisco de Asís, se ha sumado la del árbol de navidad y otras. Papá Noel aún no ha desbancado del todo a los tres misteriosos y nocturnos Reyes Magos, porque estos, al ser tres, traen más regalos que uno solo y, además, son de tres razas distintas, lo cual es muy apropiado en estos tiempos multiculturalistas.
Sin embargo, por estos lares la navidad casi nunca da el salto de la expresión popular hacia la creación artística, a diferencia de lo que ocurre en el mundo anglosajón, donde cada navidad se estrena una película navideña o algún cantante de éxito compone un villancico.

Para colmo, está de moda criticar la navidad. Uno queda así muy intelectual. Que si las reuniones familiares son un rollo, que si hay demasiado consumismo, que si son en realidad unas fiestas tristes e hipócritas. Hay incluso quien prefiere llamarla Fiestas del Solsticio de Invierno para no herir no sé qué quisquillosas sensibilidades. Siempre me ha parecido que los que critican la navidad suelen ser unos aguafiestas que no tienen con quién celebrarla. Pero los que de niños guardamos un recuerdo feliz y brillante de esas fiestas, los que nos llevamos muy bien con nuestras familias y no nos avergonzamos de tocar la pandereta y la zambomba, los que, en fin, aún creemos en los Reyes Magos y tenemos hijos que, en esa noche mágica, ponen agua y hierba para los camellos y tres copitas de anís, queremos que los niños las sigan disfrutando y nos parece muy bien que, aunque sea a veces postizo y efímero, cunda en navidad ese aire de luces callejeras y solidaridad y amor universal.
Por eso doy la bienvenida a este librito con este cuento encantador, ingenuo pero inteligente, donde las figuras de un belén cobran vida hasta convertirse en un acontecimiento de consecuencias imprevistas y universales. Me gustan esas narraciones que arrancan con lo ordinario y acaban en lo extraordinario.
De vez en cuando conviene reseñar libros cuyo autor no sea un cenizo invitándonos al suicidio o reivindicando a Caín y su quijada de caballo, sino libros escritos por personas felices que no quieren que nadie tire la toalla. Capricho navideño es uno de ellos.
El libro combina la navidad con un toque ecológico y de ciencia ficción que a los niños les interesa por unos motivos y a los adultos por otros. Deja además buen sabor de boca y no nos castiga con moralinas ni con críticas ni denuncias. Su estilo es sencillo, con un toque osado, lírico y emotivo, escrito además a cuatro manos por una pareja de escritores que sabe mucho de la infancia y de adultos que veneran y cuidan esa edad.
Los que aún no hayan perdido al niño que llevan dentro ni su espíritu de aventura se lo pasarán bien con él. Los que lo hayan perdido lo encontrarán tal vez con la lectura de este libro.
Ojalá sea el primero de una colección simpática, campanillera y alegre como una pandereta.

07 diciembre 2009

Mundos desconocidos, lecturas conocidas

Perturbaciones

Varios autores. Selección de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Salto de Página, 2009.

ISBN 978-84-936354-6-6.

384 páginas.

20,50 euros.


Alejandro Luque

El mercado y la crítica no se habían enterado hasta hace poco, pero son ya muchos los años que el relato corto en España lleva viviendo una larga primavera sin la menor sospecha de provisionalidad. En el campo concreto del relato fantástico, este florecimiento no debe extrañar si consideramos el peso de una tradición que va de Bécquer a Fernando Quiñones, pasando por las inacalculables riquezas de la veta hispanoamericana: un siglo largo de prodigios que forzosamente debía seguir creando escuela.
En esta antología de Muñoz Rengel vuelve a ponerse de manifiesto ese vigor sostenido, con un amplio abanico de 26 autores que comprenden casi tres generaciones, desde José María Merino (1941) a Miguel Ángel Zapata (1974). Aunque, como siempre en estos casos, cualquiera puede ceder a la tentación de lamentar ausencias o denunciar inclusiones arbitrarias, pocos podrán cuestionar los méritos de gente como Fernández Cubas, Juan Pedro Aparicio, Igncio Martínez de Pisón, Fernando Iwasaki, Pedro Ugarte, Carlos Castán, Miguel Ángel Muñoz, Félix Palma o Luis Manuel Ruiz.
Selección naturalmente heterogénea, hay en la mayoría una voluntad de no abusar de fenómenos sobrenaturales y criaturas inverosímiles. Por el contrario, el asombro suele brotar de contextos familiares y cotidianos, en los que se deslizan uno o varios elementos difíciles de asimilar con las herramientas de la lógica. Perturbaciones, eso son, alteraciones del orden racional, anomalías o distorsiones de la realidad.
Otro de los escasos puntos en común de casi todos los antologados es el modo en que unos y otros guiñan a sus referentes literarios, y que no pocas veces raya el homenaje. Poe y Kafka compadecen asiduamente en estas páginas; tampoco les son extraños Borges y Cortázar, y a partir de ahí se hacen más o menos visibles otras figuras, ya sean Carver, Italo Calvino o Roald Dahl. A ratos da la sensación de que la literatura fantástica actual, sintiéndose derrotada por el imbatible espectáculo del cine o los videojuegos –o acaso sabiendo que juega en otra liga-, busca su espacio en ese ámbito de referencias librescas, metaliterarias diría alguno, para hacerse fuerte y competitiva a la hora de reclamar la atención del público.
En la asimilación que cada autor ha hecho de la herencia literaria reside uno de los encantos primordiales de este libro, pero también una de sus intermitentes flaquezas. Si el escritor se somete demasiado a los dictados tradicionales, si no se libera de los más rígidos cánones del género, acabará dejando al lector, como sucede en muchos pasajes de Perturbaciones, con la sensación de haber visto o leído una historia similar en alguna parte. Se dirá que ése es el peligro de toda la literatura, y es cierto. Pero, ¿cómo no exigir al relato fantástico, precisamente, el máximo rendimiento de la imaginación, la máxima rebeldía ante lo ya conocido?

04 diciembre 2009

La vida es un haiku estirado

El cielo es azul, la tierra blanca

Hiromi Kawakami

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-92649-14-3

216 pág.

18€

Traducción: Marina Bornas Montaña

Manolo Haro

Si es usted una de las personas que empeñó casi dos horas de su vida en alguna sala de cine viendo a un Sergi López rollizo seduciendo a golpe de conversaciones de una memez extenuante a una bella japonesa; si, encima, creyó que eso era no sólo posible, sino absolutamente necesario para que la filmografía de Isabel Coixet siguiera engordando; si, además, logró disfrutar con esa cinta cursi llamada Mapas de los sonidos de Tokio, entonces El cielo es azul, la tierra blanca, según solventes críticos literarios, es su libro.
Ahora que la fascinación por lo oriental envanece cualquier interés por la cultura del septentrión, parece que es hora de que comencemos a saldar la deuda con aquel Rustichello de Pisa que copió de la boca de Marco Polo el Libro de las maravillas, allá por el siglo XIII, y que abría así la veda para la llegada de las chinerías que decoraron Versalles, para que en las casas de hacendados lisboetas lucieran bomboneras de Macao y para que el modernismo acicalara sus versos con gomina de haiku. Nuestro (post)-modernismo sigue en la misma senda a la búsqueda del orto, pero esta vez en su versión más occidentalizada: tecnología, manga, lolitas de pubis rasurados, visiones de Japón tomadas por directoras ario-caucásicas (Coppola & Coixet), budismo turístico y, como no, literatura.
La delegación literaria japonesa nos envía a Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) a la República Mundial de las Letras con un libro aclamado por la crítica y los lectores del país nipón. El testigo lo ha recogido el olfativo Vallcorba para su editorial Acantilado con éxito notable entre los nuestros. Me alegro de que una casa a la que aprecio por los buenos momentos que me ha regalado en estos últimos años pesque estos caramelitos, pero no comparto, como ya habrá dilucidado el atento lector de estas líneas, las supuestas excelencias del libro de Kawakami.
El hilo narrativo lo teje la voz de Tsukiko Omachi, una mujer de 38 años que cuenta su enamoramiento paulatino del viejo profesor Harutsuna Matsumoto. Ambos cargan con una vida manoseada por frustraciones amorosas y soledades abisales. El encuentro supondrá una búsqueda por parte de la narradora del corazón del anciano. Hasta aquí bien; sin embargo, la novela está trufada de conversaciones ñoñas, de descripciones de espacios desvaídos pintados con la misma tinta que se utiliza para decorar lámparas de papel, y, por encima de todo, de platos de comida japonesa. Si alguien se pirra por renegar de la sabiduría asentada en los peroles de su madre, aquí tiene un vademécum para épater a modernos comensales: pulpo con wasabi, erizos de mar salados, champiñón lila asado con salsa de soja, tofu mojado en salsa de sake, gelatina de konjac… Así hasta llenar una carta con un número considerable de exquisiteces del Oriente.
Por seguir con el símil de la costura, hay que hilar muy fino (no es mi caso) para toparse con la calidad que la fajilla promocional del libro promete. Si los comensales que se acercan a esta mesa gustan de frases como los ruiseñores se acercaban a picotearlos [los cristales] y trinaban en el jardín (momento post-lúbrico en la novela); o, también fuimos a Disneyland [sin comentarios]. El maestro dejó escapar una lagrimita cuando contemplábamos el desfile nocturno. Yo también lloré, corran a su librería más cercana.
Desconozco si “la teoría del iceberg” de Hemingway, ésa que consistía en mostrar un tercio de lo que se quería contar, para que el lector aportara los otros dos, sirve para explicarse la aceptación de esta novela, en la cual el que lee ha de estar encendiendo barritas de sándalo y haciendo continuamente mezcla en una hormigonera para dar volumen a una historia que no lo tiene. Tal vez corazones más sensibles que el de servidor, cuyas entrañas solidificadas por los embates de la vida lo apartan seguramente de la belleza que guarda esta historia, sepan extraer su néctar. Sólo alcanzo a decir que para amores imposibles, Mr. Nabokov; para cielos crepusculares, Mr. Chesterton. Para todo lo demás, El cielo es azul, la tierra blanca.

03 diciembre 2009

De la lectura como deporte de riesgo

Combates

Ednodio Quintero

Candaya, 2009.
ISBN. 978-84-937077-2-9

336 pág.
18 euros.

Prólogo de Carmen Ruiz Barrionuevo.

Alejandro Luque

El mercado del libro ha fomentado en los últimos tiempos un modelo de público un tanto infantilizado: el que afronta el ejercicio de la lectura con un talante más bien pasivo, dispuesto, cómo no, a prestar atención con las manos sobre las rodillas, y a oír sin perder detalle el cuento que tengan a bien contarle, pero quieto en su pupitre y sin pestañear siquiera. Si usted pertenece a este género de lector dócil, me temo que no puedo recomendarle los cuentos de Ednodio Quintero. Entrar en ellos le asemejará más al surfista que abandona la orilla para abrirse paso entre la espuma de las olas, o al explorador que, machete en mano, va acometiendo la espesura sin saber qué le aguarda al próximo golpe. Si me preguntan de qué van los cuentos de este escritor vacilo en responder, del mismo modo que tendría dudas si me preguntaran de qué va el mar, o cuál es el argumento de la selva.
Aunque perteneciente a generaciones y escuelas distintas, no he podido evitar leyendo estos Combates acordarme de otro gran autor venezolano, Adriano González León, pero no al más popular de País portátil, sino al de las Crónicas del rayo y de la lluvia, libro que abrió la colección Calembé de Cádiz, y que aún puede rastrearse en algunas librerías de saldo. Tanto en aquel González León como en Ednodio Quintero hay una voluntad de dar protagonismo narrativo a las fuerzas de la naturaleza, de domesticarlas de algún modo a través de un lenguaje portentoso, e incluso de asimilar al propio lenguaje como un fenómeno más.
De los cuentos de Ednodio Quintero llaman la atención, entre otras cosas, esa primera persona cuya mirada parece abarcarlo todo, pero que al mismo tiempo no vierte certezas, sino preguntas abundantes, esos “interrogantes bizarros”, como él mismo los llama. En estas historias se registran sucesos, como es lógico, pero no me atrevería a hablar de acción, pues todo parece ocurrir fuera del tiempo y, salvo excepciones, en espacios imprecisos, imposibles de identificar geográficamente, a menudo sólo localizables en alguna zona entre el sueño y la realidad, “ese parapeto que llamamos realidad”, diría él. Esa lograda, serena extrañeza es la que a mi juicio emparenta a este venezolano con la obra de sus dilectos Akutagawa o Tanizaki, escritores sombríos y majestuosos, hasta el punto que ese gran lector que es Juan Villoro llegó a decir que Quintero se le antojaba “un representante desplazado de la literatura japonesa”.
Sus personajes se desenvuelven en medio de potentísimos estímulos sensoriales y profundas emociones; si se fijan un poco, comprobarán que ninguno sale indemne. El escritor es un guerrero, un profesional que asume altos riesgos, que se juega la salud, la integridad o la vida como quería Roberto Bolaño. Pero tampoco ninguna de sus criaturas sale indemne, como es imposible pasar por la vida misma sin acabar evaluando conquistas y derrotas, recompensas y heridas de diversa consideración. También como en la vida misma, en los cuentos de Ednodio Quintero hay una llamativa vecindad entre el placer y el dolor, entre el sexo y la muerte.
Estas son sólo algunas consideraciones a vuelapluma que se me ocurre hacer al hilo de la lectura de los Combates de Ednodio Quintero, este señor de ancestros indígenas y andino de cuna, formado en las ciencias y, por suerte para todos nosotros, rendido a la avasalladora llamada de la vocación literaria, un Ingeniero Forestal con alma de poeta y pluma fértil. Pero es tan sólo, ya digo, una simple aproximación. Tendrá que ser el lector decidido el que se atreva a entrar de cabeza en estas rizadas aguas, o el que avance en estas páginas labrando su propio sendero en medio de la vorágine. Se expone a los antojos de la marea y a los peligros de lo desconocido, pero, ¿quién dijo que esto de la lectura fuera para gente ociosa y acomodaticia?

02 diciembre 2009

El hombre que fue alubia y se convirtió en hormiga

Nocilla Lab

Agustín Fernández Mallo

Alfaguara, 2009

ISBN: 9788420422343

187 pág.

16 €





Antonio Acedo

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Debe reseñar el último libro de Agustín Fernández Mallo, el tercero de la trilogía y a su vez el que cierra el Proyecto Nocilla, tras Nocilla Dream y Nocilla Experience.
El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
No cumplió su palabra de reseñar dos libros al mes y pretende subsanar su falta de compromiso con una buena reseña. Siente la presión y su incapacidad.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Quizá debería comenzar por hacer una pequeña introducción del autor, unas breves referencias a los dos libros anteriores de la trilogía, al éxito que obtuvo Nocilla Dream, editado en 2006 por Candaya y que supuso que parte de la crítica viera en él una renovación de la literatura española y uno de los autores de referencia de lo que se llamó Generación Nocilla, Afterpop o Mutantes.
Más tarde vendría su fichaje por Alfaguara con Nocilla Experience y la publicación en Anagrama de un ensayo en el que establecía las bases estético-literarias de esa generación. Pero todo esto le parece demasiado académico y aburrido, debe hacer algo diferente, adoptar una impostura literaria posmoderna que sorprenda. Algunos dicen que la novela del siglo XX ha muerto, él piensa que la crítica como género literario nunca nació.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Posiblemente podría hablar del argumento, de la identidad como tema principal de la novela, de la defensa de la diferencia del replicante o, como diría Cioran, “el caso clínico para luchar contra la monstruosidad de lo absoluto”, podría hablar del solapamiento de superficies que crean las fronteras estilísticas que desaparecen continuamente en la novela, para de esta manera, reflejar un ser idéntico o muy parecido al otro lado, en una continua paradoja. Ni siquiera la muerte podrá calmar este desasosiego. “La muerte esa combustión que genera dos realidades, el humo que se va y la ceniza que se queda”, Italo Calvino. Y es esto quizá Nocilla Lab, una salvación a través de la literatura en un proceso de autoficción, en el que el autor crea un alter ego para dejar de ser, para escapar.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Acaso tendría que hacer alguna anotación sobre la no estructura estructurada de la novela, sobre una primera parte sin puntos y aparte, contrapuesta al estilo fragmentario que había caracterizado la literatura de Fernández Mallo en sus libros anteriores y que se volverá a dar en la segunda parte de Nocilla Lab. También debería resaltar el brillante final del libro, un comic protagonizado por el propio autor y Vila-Matas. Un ejercicio de descaro literario en el que Fernández Mallo lleva hasta las últimas consecuencias sus preceptos estéticos. Podría hablar de todo esto pero el crítico no está convencido, no es lo suficientemente audaz, es predecible.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Decide buscar en internet información sobre la novela, encuentra varias críticas pero ninguna añade nada nuevo. Descubre un blog de crítica literaria, Estado Crítico, en el que hay una reseña sobre un libro de Agustín Fernández Mallo, pero se trata del ensayo escrito en Anagrama. En la portada de Estado Crítico ve una columna que anuncia las próximas publicaciones, y en ella aparece Nocilla Lab. Intenta acceder a ella y gracias a sus conocimientos informáticos entra como usuario del blog. La crítica la firma un tal Antonio Acedo y comienza de esta manera:
El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.