10 febrero 2012

Artesano brillante


Cerrar los ojos para verte

Rodrigo Olay

Universos, 2011. Colección "Texu"

ISBN: 978-84-938530-6-8

86 páginas

10 €

Premio Asturias Joven de Poesía 2010



Rafael Suárez Plácido

Cuando se está hablando de un poeta español, aún por consagrar, publicado por una editorial desconocida y periférica, en una colección casi institucional y, además, es el primer libro de un autor tan joven, es muy difícil encontrar tanta unanimidad en el elogio como he encontrado ante este libro, Cerrar los ojos para verte, de Rodrigo Olay. Y eso que normalmente la juventud y el ser autor primerizo son factores que relajan a la crítica y le hacen estar poco atenta y se pasan por alto los errores con la manida frase: “es su primer libro, con todo lo que ello supone.” Hay una segunda frase también típica en estos casos: “no parece su primer libro.”

Rodrigo Olay es un autor brillante. Sus poemas son auténticos fuegos de artificio que provocan enorme admiración en quien los lee. Este libro parece un resumen de toda la historia de la poesía española. Yo diría que el repaso se quedó en Luis Cernuda, aunque también hay citas de Aleixandre y algunos poemas que nos hacen mirar de reojo a sus paisanos Víctor Botas, García Martín y guiños a José Luis Piquero. Es probable que haya algo de otros, pero asumamos estos tres referentes como esenciales. Claro que Víctor Botas y García Martín son presencias constantes en el libro y Piquero aparece con cuentagotas. Lo que sí veo que no hay es demasiado Rodrigo Olay. Y eso es un problema. Cuando descubro un autor nuevo, espero encontrar el motor o los motores que mueven su vida. En este libro encontramos algunos que podrían ser válidos: el desamor, el gran tema de muchos de los poemas del libro, y el amor a la poesía. Pensaba escribir “a la literatura”, pero dejémoslo en poesía, de momento.

Aún no he escrito su edad. Rodrigo Olay nació en 1989, luego estamos hablando de un autor que tiene unos veintitrés años. Probablemente terminó el libro un año o dos antes ya que fue premiado en 2010. Y en el subtítulo leemos que hay poemas de 2005. Conozco muy pocos casos parecidos y los que conozco hacen de él un autor muy prometedor. También es cierto que aún no ha demostrado nada. Sí, ha demostrado que es un brillante compositor de versos. Sí, ha demostrado que ha leído, pero no estoy seguro de que aún haya asimilado demasiado. Sí, también ha demostrado, quizás sea eso lo que más nos ha demostrado, que tiene un oído prodigioso para la poesía. Y no se queda atrás en ingenio.

Añora la época de la infancia: “un pasado / que hoy sueño cual –yo es otro- inalcanzado / e irrepetible cuento perdido”. En el soneto “Constantes vitales”, hace un repaso de su vida. Cuatro estrofas, cuatro etapas: infancia, adolescencia, madurez y senectud. Y se sitúa en la madurez. Se ha saltado lo que realmente está viviendo. Quizás no debería, pero reniega: “No soporto ser joven. / Es el mejor momento de la vida. / Pero no soy feliz.” La juventud, aunque en poesía casi siempre lo parezca, no siempre ha de ser estúpida, alocada ni ignorante. Cuidado con algunos cantos de sirena que tratarán de embarcarle en empresas poco favorables. La factoría Oliver es experta en hijos pródigos que han salido al mundo y se han ido perdiendo para la poesía. Probablemente les vaya bien en otros quehaceres cercanos o paralelos a ella. Pero “ir bien” no significa nada; no garantiza nada.

Parece que retoma, avergonzado, la cuestión de la juventud: “Lo confieso: también / yo fui joven y fui / dichoso”. Y fue joven en París. ¿Desea volver? “Lo peor, sin embargo, es que si existe / una buena razón para volver, / entonces sólo somos lo perdido, / entonces nos retienen los dedos de la lluvia, / sus hilos desgastados, su voz fina. / Y es entonces volver / ver vivir, estar muerto.”

Su dominio formal incluye formas que van del haiku y la soleá, al soneto. ¿Para qué escribe? “Escribes haikus / para engañar al tiempo. / Vive y engáñate.” Y ya tiene calculado cuál va a ser su sitio. Lo escribe en el título siguiente: “A un poeta menor de 1989”.

Los dos poemas que más me han gustado son “American dream”: “Cuántas veces soñé con no ser diferente, / yo quería ser sólo uno más en el grupo” (este verso me recuerda muchísimo a alguno de José Luis Piquero), y aun más, sí, es un gran poema, “Operación Triunfo” donde juega a hacernos ver que está hablando de algo, el concurso-reality para, al final, mostrarnos que nos habla de una cosa diferente. La imagen final nos evoca, claro, a José Luis García Martín.

¿Cuánto hay en estos poemas de Rodrigo Olay y cuánto de sus lecturas? ¿Puede un autor con veintipocos años decirnos que está en su madurez vital. ¿Es creíble el poemario? ¿La literatura será su vida o llevará la vida a la literatura? ¿Es real el personaje o es un brillante impostor? ¿Y si es un impostor, seguirá deslumbrándonos con sus artificios? No sé si habrá próximos capítulos, para desentrañar estas y más interrogantes. Me quedo con ganas de saber cómo es Rodrigo Olay. Sé que es brillante, pero eso no me basta. O tal vez sí.

09 febrero 2012

Hermosas ruinas


El rey pálido

David Foster Wallace

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-3972-399-8

560 páginas

23,90 €

Traducción de Javier Calvo



José Martínez Ros

Todos los que admirábamos a David Foster Wallace esperábamos con cierta ansiedad, pero también con temor a la decepción, la publicación del manuscrito en el que trabajaba cuando se produjo su resonante, inesperada, muerte. Existía la posibilidad de que fuera una novela burdamente reconstruida -como pasa con la mayoría de las obras póstumas de Hemingway, por ejemplo- para dar coherencia a un texto que carecía de ella o el último lamento de una persona hundida en la depresión, cuando los cuentos, novelas y reportajes de su autor merecerían ser considerados una de las obras más luminosas e inspiradoras -a pesar de que en ocasiones trate de psicópatas, festivales de porno, ferias agrarias llenas de paletos, adictos a diversas sustancias o ancianos que bailan la conga en un crucero por el Caribe- de esta época entre dos milenios. También, por supuesto, podía ser una obra maestra al 99%, como el 2666 de Bolaño. Ninguna de esas previsiones se ha cumplido.

Hay que dejar algo claro: El rey pálido no es el mejor libro para acercarse a la obra de David Foster Wallace. El escritor había anunciado años atrás que se había embarcado en “algo grande”. Después de leerla, uno tiene la impresión de que ha contemplado los cimientos de algo efectivamente “grande”, enorme, pero que nunca se llegará a terminar, que de hecho estaba aún muy lejos de ser completado. Y una segunda idea: aún en estado fragmentario, terminará siendo una de las mejores novelas inacabadas de la literatura universal, como América de Kafka o El último magnate de Scott Fitzgerald; y todos aquellos que han disfrutado de sus obras anteriores, no se sentirán defraudados, aunque sí, con toda seguridad, entristecidos por la ausencia de un “continuará”.

El rey pálido nos cuenta la historia de varios agentes de la Agencia Tributaria norteamericana destinados a un centro regional, en una pequeña ciudad del Medio Oeste; entre ellos, un joven que acaba de abandonar la Universidad llamado David F. Wallace. La mayor parte de las quinientas páginas que su viuda y su editor han conseguido reunir y ordenar después de una minuciosa exploración de sus borradores se sitúan, aparentemente, en dos líneas temporales: por un lado, la llegada al centro y la rutina diaria de los agentes y, sobre todo, cómo se enfrentan a un trabajo monumentalmente burocrático, repetitivo y aburrido hasta límites abisales. Wallace, que en La broma infinita, ya se las había arreglado para “narrarnos” la 'psique' de una adicción con una maestría difícil de concebir, triunfa aquí ante un reto aún más complicado: mostrarnos a gente que pasa hora tras hora repasando impresos de hacienda sin mitigar su absoluta y devastadora aridez, y volverlo literariamente interesante.

Con estas páginas bastaría para demostrar que DFW era un escritor magnífico, dotado de una habilidad técnica digna de sus maestros -John Barth, Pynchon, DeLillo- pero es el segundo grupo de capítulos donde da la medida exacta de su genio: cuando nos lleva a la infancia y juventud de los que iban a ser, presumiblemente, los protagonistas del relato, ese grupito de hombres y mujeres que por algún motivo enquistado en su pasado han elegido una de las profesiones más tediosas imaginables y peor consideradas por el público. Capítulos tan impresionantes como el 8, sobre una 'redneck' que se cría y educa en un parque de caravanas en un paisaje humano y social atroz que corresponde a nuestro mundo, pero que, por momentos, parece casi ciencia-ficción postapocalíptica -al estilo de J. G. Ballard o William Gibson- o el 22, centrado en la relación entre el personaje David F. Wallace y su padre -que incluye una impresionante conferencia acerca de la relación entre la burocracia y el heroísmo con ecos al sermón sobre Jonás de Moby Dick y la descripción de un accidente terrible y grotesco-, representan cumbres de su propia obra, pero también de la literatura de nuestro tiempo y, probablemente, de todos los tiempos.

David Foster Wallace se convirtió, con su suicidio, en mártir e icono de la narrativa contemporánea. Esto es un hecho contra el que no se puede luchar, aunque sus lectores tratemos de poner el foco en sus libros y sus ideas sobre literatura que espiga en sus ensayos (y que son ignoradas por sus supuestos seguidores). Para adentrarse en sus libros, les aconsejo que empiecen con “Animalitos inexpresivos”, el primer relato de La niña del pelo raro. Si lo leen y no piensan que es uno de los mejores cuentos que han leído jamás, pasen de largo, otros escritores les esperan. En caso afirmativo, continúen adelante con sus siguientes libros. Tras unos cuantos miles de páginas, se encontrará ante El rey pálido: una bellísima ruina.

Y más allá, no hay nada.

08 febrero 2012

Quitarnos la venda de los ojos



Articuentos completos

Juan José Millás

Seix Barral, 2011. Colección “Biblioteca Breve”

ISBN: 978-84-322-0942-0

957 páginas

27 €




José M. López

Ya era hora de que nos dijeran la verdad. Por fin alguien nos abre los ojos. Finalmente, hay una persona que, desde algún medio de comunicación (porque la mayoría de estos textos se publicó previamente y de manera periódica en El País) nos informe de qué es lo que realmente está pasando ahí fuera. La costumbre, la convención y el punto de vista homogéneo que nos impone la mayoría de las voces mediáticas nos llevan a percibir con normalidad, sin pasmarnos lo más mínimo, circunstancias o hechos extraños que encubren, en realidad, misterios incomprensibles y apasionantes. Siempre es necesario, por tanto, que alguien nos ponga sobre aviso de que nuestros punto de vista está viciado y adormecido, que nos descubra la magia que encierra cada gesto, cada hecho cotidiano. Y es que a fuerza de vivir, de levantarnos, tomar el desayuno mientras vemos las noticias, trabajar, pagar la hipoteca, cenar mientas vemos las noticias e irnos a la cama, a fuerza de vivir, en definitiva, terminamos convencidos de que el mundo que nos rodea es así, tal y como nos lo cuentan, y de que no no hay nada de asombroso o terrorífico en ello. Pero Millás nos quita la venda de los ojos, y nos obliga a sentirnos -al igual que el K. de Kafka- como un tipo que se extraña de todo, hasta de su propio cuerpo, al que ve como “un territorio con escasa vegetación, aunque con abundante fauna”. ¿Quién no se ha sentido, por ejemplo, si no como una cucaracha, como un extraño, como otra persona tras un intenso proceso gripal?

“La gripe me había abandonado. Me levanté, fui al baño, y aseé con esmero lo que había quedado de mí. Una vez reconstruido, me propuse recuperar la rutina anterior a la enfermedad, pero las cosas no fluían. El café no sabía a café ni el periódico a tinta. La calle, siendo en apariencia la de siempre, había perdido los lazos que la unían a mí. Entré en un bar donde creyeron reconocerme, pero yo sabía que saludaban a otro que había vivido en este mismo cuero que ahora era un edifico vacío” (De “Empezar”)

Los textos de Millás, algunos más explicativos, otros, los mejores, cercanos al microrrelato, siempre actúan como un afilado bisturí que penetra en lo cotidiano y nos descubre lo inestable que allí se oculta. Como en la casa que va siendo tomada de Cortázar, aquí el elemento mágico y el horror nace de nuestro devenir más cotidiano, de aquello que nos rodea y que apenas observamos, tranquilamente, cada día. Y debemos agradecer al autor (aunque lo sospechábamos, nadie nos advirtió de ello con anterioridad) que por fin nos revele que las boleras son lugares perversos donde dementes acuden a observar espaldas, los zapatos son aburridos devoradores de calcetines o los teléfonos, insólitos instrumentos que nos comunican con el pasado. Millás nos recuerda, si es que lo habíamos olvidado, que todo aquel que deje de fumar dejará irremediablemente de creer en Dios, y que nuestra relajada actitud ante la pasividad de algunos seres inanimados está claramente infundada, ya que, como todos intuíamos, la ropa envejece sola en los armarios (“La ropa”) o las perchas pueden llegar a sustituir a sus dueños (“El galán”). Nos desvela incluso que todos los objetos poseen una irritable tendencia al suicidio, que escondemos bajo el nombre de ley de la gravedad (“Suicidios”).

Con el dinamismo y sencillez del texto periodístico, pero experto también en condimentar el párrafo con ingredientes propios de la narración breve (principios que crean expectativas, dosificación de la trama, concisión, humor...), el autor de estos “articuentos” se muestra especialmente genial cuando nos revela lo absurdo (por convencional) y falto de lógica de su principal arma de trabajo: el propio lenguaje. Entro los textos que más nos han subyugado nos atrevemos a citar “Diario”, “No tiene perdón”, “Amortización” o “La corrección en el lenguaje”, entre muchos otros.

No sabe, además, el autor cuánto le agradecemos que haya decidido eliminar aquellos textos más relacionados con la realidad política actual, ya que en estos su talento se ve mermado e incluso sustituido por un radicalismo ideológico (da igual del color que sea) que roza la vulgaridad más aburrida. Así que, a pesar de que en este volumen de casi mil páginas encontramos escritos que parten de algún acontecimiento o noticia de actualidad, esta actúa siempre como punto de partida para mostrarnos la realidad de una manera distinta a la que estamos acostumbrados.

El autor ha dicho de este libro que es como una biblia, no por su carácter sagrado, sino, primero, por su grosor, y segundo, porque se puede leer de manera fragmentaria. En mi opinión, la mejor manera de disfrutar el libro es leer un “articuento” al día, cada mañana, justo antes de salir a la calle a enfrentarnos con esa extraña realidad que nos espera, y nos acecha. Su lectura nos ayudará a comprender mejor que todo aquello que antes nos parecía normal es, en realidad mágico, absurdo y, sobre todo, profundamente terrorífico.

07 febrero 2012

Espías como nosotros


El topo

John Le Carré

Debols!llo, 2011. Colección “Best-Seller”

ISBN: 978-84-9793-048-2

432 páginas

9,95 €

Traducción de Marcelo Covián



José María Moraga

En mi desconocimiento del género de la literatura de espionaje, pensaba que una característica de estos libros era abrir una ventana al laberinto, plagado de romance y exotismo, del mundo de los servicios secretos. Apenas había leído a Ian Fleming, y conocía bien la violencia glamurosa de James Bond y su universo, y aunque colegí que la realidad habría necesariamente de distar de esas novelas, había llegado a pensar que “novela de espías realista” tendría por fuerza que ser un oxímoron. Otro (pre)juicio mal formado que tenía era el de considerar a John Le Carré un autor menor, de nota al pie de página en los manuales, muy alejado de los grandes maestros que supieron reconciliar espionaje y alta literatura: estoy pensando en Conrad o Graham Greene.

Fue por tanto mayúscula mi sorpresa al comprobar cómo Le Carré en El topo (1974, obligatoriamente reeditada debido a la película de Gary Oldman) facturaba una compleja novela más psicológica que de acción, violenta por elipsis más que por contenido explícito, pero dotada de una fuerza dramática que la hacía rivalizar con cualquiera del siglo XX. Y he sido injusto: a día de hoy Le Carré es un autor respetado en el ámbito anglosajón, cuya obra se codea en colecciones de clásicos con la de los “sospechosos habituales” del canon. No utilizo muy a menudo el adjetivo shakespeariano para referirme a personajes o conflictos, pero si el Bardo de Stratford nos enseñó algo acerca de la Duda, los Celos, el Amor o la Ambición, algo de valía universal, creo no pecar de exagerado al decir que he encontrado trazas de esos mismos temas en El topo de John Le Carré, y con ecos shakespearianos, vaya el calificativo sin complejos.

Pues, ¿cómo describir si no el desgarro íntimo de un hombre caído en desgracia (el eterno protagonista de Le Carré, George Smiley), prejubilado a la fuerza, traicionado por su esposa y amigos, acusado injustamente de intrigar, testigo de cómo todo por lo que ha dado su vida (Imperio, Corona, Servicio de Inteligencia Británico, llámalo X) está corroído por un cáncer, un hombre relegado sin embargo al papel de clamante en el desierto? De loco que debe ser apartado, pero incapaz de apartar -a su pesar- la íntima convicción de que en la Inteligencia británica hay un topo soviético, que todo es un guiñol manejado de lejos por Moscú. La profusión de escenas aparentemente insulsas, el rico elenco de secundarios, no consiguen oscurecer la fuerza motriz del libro: la búsqueda del topo a cargo de Smiley y un reducido equipo de insobornables, el juego de sombras y espejos que les es propio a los servicios de espionaje, en el sórdido contexto de la Guerra Fría.

Se nos olvida que hace 35 ó 40 años los espías de verdad serían más parecidos a Smiley y compañía que a James Bond. Que en lugar de llevar mochilas-cohete, viajar en submarinos voladores y ligarse a macizas en bikini, estos trabajadores del subsuelo (perfectamente jerarquizados -cual hormigas- en interrogadores, vigilantes, asesinos, burócratas…) se movían por Londres en autobús, montaban operaciones de escucha en cutres pisos francos y al volver a casa se encontraban a sus mujeres con otros más guapos. Porque esa ha sido para mí la segunda gran revelación tras leer El topo: que los espías pueden tener sobrepeso, ser mezquinos, -cobardes incluso-, tener ardor de estómago… al fin y al cabo (valga la perogrullada) no son sino seres humanos, unos funcionarios más. O recontextualizando el título de aquella peli de John Landis: ellos son espías como nosotros.

Establecido el contexto y salvado el escollo de aludir a la trama, quisiera centrarme en tres ejes para mí fundamentales de esta novela de Le Carré: los personajes, los diálogos y la estructura narrativa. Los personajes de El topo son los grandes pilares sobre los que se sustenta, de ahí el halo dramático, shakespeariano, al que aludí antes. George Smiley es uno de los protagonistas, el que focaliza gran parte de la narración en tercera persona, y la figura cuya psicología se explora más profundamente. Interesantísimo el continuo conflicto en el que vive el personaje: lo público y lo privado, la lealtad y la traición, la convicción y la duda, y así podría seguir desgranando dicotomías, pero baste decir que frente a todo y todos Smiley es el faro que resiste las tormentas: es la única baliza que permite que el lector no se pierda en los intrincados recovecos de la trama del libro. Porque si la fábula de El topo es simple, no lo es su trama, que Le Carré hace deliberadamente compleja. Otros personajes que arropan a Smiley son su ayudante Peter Guillam, el traicionado Jim Prideaux y los varios candidatos a traidor: Alleline, Haydon, Bland o Estherhase, todos espías (casi) como vosotros y yo, todos sobresalientemente caracterizados mediante sus acciones, sus palabras o lo que otros dicen acerca de ellos.

En los diálogos encuentro (lacónicos, económicos, como si al autor cada palabra le costase un penique) otra de las claves de este libro. Diálogos realistas hasta el tedio, aparentemente banales pero que encierran toda la información que el investigador necesita para extraer sus conclusiones, y que una vez admiten al lector en su juego, aceleran la novela de modo que ya es imposible pararla, porque el diálogo hace que las piezas encajen como en un espectacular puzzle. La flema británica se muestra en todo su esplendor en los breves pero significativos intercambios que tienen lugar entre los personajes de El topo, lástima que la traducción solo pueda esforzarse por reproducir los efectos del habla funcionarial y elitista de la Inteligencia británica, así como el riquísimo vocabulario del Le Carré narrador en inglés.

En cuanto a la estructura, esta es compleja aunque principalmente cronológica (si exceptuamos las analepsis cada vez que Smiley le saca su historia a un personaje), y poco a poco se suceden las escenas que van armando la trama que desembocará en el descubrimiento del topo, punta del iceberg de la corrupción y el estado de descomposición moral en que se encontraban los servicios secretos británicos a principios de los años setenta, los más penetrados del mundo por el enemigo. Las decenas de mini capítulos con montaje en paralelo ayudan a Le Carré a dispensar el suspense con eficacia y aunque tras un prometedor comienzo lo exhaustivo del método de espionaje pueda conducir a una parte central de la novela un poquitín densa y aburrida, el cuarto final es tan absorbente que hace olvidar cualquier sensación negativa que pueda habernos visitado durante su lectura.

En este sentido, quiero ver en El topo un equivalente de espionaje a aquellas novelas “de procedimiento policial” que comenzaron en los años cincuenta, de modo que tanto o más importante que saber quién es el culpable (a mí francamente ya me daba igual al final quién fuera el topo) es conocer cómo se realiza en realidad una investigación y cómo esta afecta las vidas de todos los implicados. Literatura “de género”, qué duda cabe, pero que excede a mi juicio unos estrechos límites para pasar a ingresar por derecho propio en el club de los que escriben bien, entretienen y además nos hacen pensar y sentir cosas importantes. Léansela.

06 febrero 2012

Algunos de estos son galaxias


Mientras los mortales duermen

Kurt Vonnegut, Jr.

Sexto Piso, 2011

ISBN: 978-84-96867-94-9

256 páginas

19,95 €

Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez



Fran G. Matute

Mucho me temo que esta reseña va a terminar siendo más un cántico a la figura de Kurt Vonnegut Jr. que una recensión propiamente dicha de Mientras los mortales duermen (2011). Y lo será, no por demérito de la obra en sí sino por la pasión con la que abrazamos cualquier texto nuevo que vea la luz del celebrado autor de Matadero cinco (1969), por lo que no encontramos mejor excusa que la publicación por Sexto Piso de la obra póstuma del gran KV para hablar de uno de los escritores más perspicaces de todos los tiempos.

Pero antes de sumergirnos en la importancia vital de un autor tan relevante, es justo contextualizar la obra que nos traemos entre manos. Mientras los mortales duermen es la última colección de relatos publicados tras el fallecimiento de Vonnegut Jr. allá por 2007. Anteriormente han visto la luz Armaggedon in Retrospect (2008) -ésta aún inédita en España- y Mire al pajarito (2009), recuperada igualmente por Sexto Piso (editorial a la que hay que aplaudir no sólo la osadía de rescatar estos títulos sino su impagable labor por dar a conocer a otros contemporáneos norteamericanos de KV como William Gaddis o Donald Barthelme).

Todos los cuentos incluidos en estas colecciones son inéditos y están gestionados por el 'trust' que dejó constituido el autor tras su fallecimiento. Desconozco, evidentemente, los términos, condiciones o calendarios establecidos para la publicación póstuma de toda esta obra, pero tiene uno la impresión de que el viejo Vonnegut Jr. lo dejó todo atado y bien atado, pues la calidad de estos textos es espectacular y no desmerece en absoluto en comparación con sus grandes obras narrativas. Y hacemos insistencia en este asunto para despejar cualquier duda sobre la relevancia literaria de estas colecciones póstumas. No estamos (o al menos, insisto, no tenemos esa impresión) ante la publicación desesperada de unos herederos ávidos por explotar el legado del abuelo escritor en pos de regalías hereditarias. Es más, creemos firmemente que estos relatos deben formar parte del 'corpus' literario esencial de su autor, a la misma altura que Cuna de gatos (1963) o El desayuno de los campeones (1973). Así de sólidos los percibimos. Así de consistentes. Así de importantes.

Expuesto lo anterior, ya podemos babear a gusto. ¿Por qué nos atrae tanto lo que escribe Kurt Vonnegut Jr.? Si dejáramos al margen su fascinante vida personal (participó en la Segunda Guerra Mundial y vivió en primera persona el atroz bombardeo a Dresde, ha sido profesor universitario pero también representante de General Electric, es pintor ocasional y un defensor a ultranza de los derechos civiles, tiene siete hijos y varios adoptados y un asteroide lleva su nombre...) y nos centráramos en lo que escribe ¿dónde residiría su genio creador? Kurt Vonnegut Jr. no es un escritor avasallador o virtuoso. No percibimos en su forma de escribir ningún signo de grandeza, de diferenciación formal. ¿Y de qué escribe KV? En términos generales, de gente como tú y como yo. Su prototipo de héroe es un señor de mediana edad, que gasta chaqueta de cuadros imposibles, que vende coches usados y que cuando llega a casa su amada esposa le espera con una tarta de arándanos enfriándose en el alféizar.

Así que si no escribe de forma distinta a los demás y su temática no es especialmente interesante ¿qué hace tan relevante a Vonnegut Jr.? Diríamos que la sutileza, la ironía, el punto de vista que ofrece sobre las cosas cotidianas. La obra de Vonnegut Jr. es como si estuviera escrita por un extraterrestre que llegase a la Tierra y mandara a sus superiores un informe sobre qué hacen los seres humanos en el día a día. Baste recordar que su 'alter ego' es Kilgore Trout, un olvidado escritor de ciencia-ficción, visionario y cínico, que con su presencia secundaria ha ido hilando toda la obra literaria de Vonnegut Jr. Porque hasta las obras de ciencia-ficción de KV, como Las sirenas de Titán (1959) o Galápagos (1985), también rezuman humanidad. Y es evidente que los propios traumas vividos durante la guerra son los que han moldeado este punto de vista tan distante que toma Vonnegut Jr. a la hora de acercarse a su material literario.

Todo lo anterior queda expuesto, de forma palpable, en los relatos que configuran Mientras los mortales duermen, por lo que esta colección póstuma termina siendo no ya un punto de llegada, sino más bien de partida para conocer -si aún no estás familiarizado con la obra de Vonnegut Jr.- de qué va este autor tan fundamental. Encontraréis relatos de hombres que aman a robots, de mujeres enamoradas de enanos que regentan un cementerio, de hombres que se baten en duelo artístico por culpa de sus mujeres, de maridos obsesionados con maquetas de trenes y abnegadas esposas que deben lidiar con ello, de fríos y calculadores jefes que sucumben a la Navidad, de abogados que inventan personas, de tristes viudas que se enfrentan a sus horribles suegras... y en estos relatos no vamos a encontrar historias de redención o amor o castigos divinos o moralejas o finales con mensaje. Tampoco vamos a encontrarnos con Kilgore Trout, ya os lo adelanto.

En esencia, es todo mucho más sutil. Vonnegut Jr. nos va a exponer las imbecilidades que hacen los seres humanos desde que se levantan hasta que se acuestan. Y leerlas con tanta clarividencia, artesanía y maestría no sólo resulta fascinante para el lector, si no verdaderamente doloroso. Vonnegut Jr. desnuda al ser humano mejor que cualquier antropólogo. Tiene la capacidad de reírse de sí mismo, pero no lo hace desde una perspectiva cínica. Lo hace con pesadumbre, sí. Pero con el ánimo de que recapacitemos, de que no perdamos el tiempo, de que seamos capaces de dejar de mirarnos al ombligo y miremos el cuadro completo. Y te lo dice un hombre que ha vivido en primera persona los mayores horrores imaginables. De alguna forma, es como si KV se empeñara en hacernos ver que no somos más que un minúsculo ente vivo sin entidad de ningún tipo y que malgastamos, en el fondo, cada segundo de nuestra existencia. Es lo que, a mi juicio, viene a representar uno de los múltiples dibujos de Vonnegut Jr. que se incluyen en esta colección de relatos. Una caricatura del autor sumergido, empequeñecido ante el negro firmamento, las estrellas brillantes, el universo sobre nuestras cabezas. "Algunas de estas son galaxias", reza el título. Algunos de estos relatos también.