22 diciembre 2009

La vida a dos tintas

George Sprott (1894–1975)

Seth

Mondadori, 2009.

ISBN. 978-84-397-2200-7

64 páginas.

17.95 euros.

Trad. de Ernest Riera Arbussa.



Alejandro Luque

¿Qué queda de uno cuando desaparece para siempre? Me temo que poca cosa. Podemos preguntarle a quien ha pasado décadas trabajando a tu lado, a tu cónyuge, a tu familia, y apenas serán capaces de poner en pie algunos borrosos rasgos de tu personalidad, la esquemática ficha de tus gustos y aficiones, tres o cuatro anécdotas que te conciernen. Creías haberle dado al mundo un novelón, y sólo le estabas dictando notas dispersas y balbucientes. Lo de veras interesante sería comprobar qué retrato resulta de sumar las opiniones de quienes nos rodean y nos han tratado, el modo en que un mosaico de espejos devuelve el reflejo de lo que proyectamos sobre cada uno de sus cristales. Por ejemplo, qué perfil obtendríamos de mezclar el testimonio de tu madre con el de tu peor enemigo, y el de tu pareja con el de tu amante, y el de tu superior con el de tu subordinado. Algunas redes sociales intuyen ese interés y ya han ensayado encuestas que coquetean con esta idea. Un dibujante canadiense, Seth (Clinton, Ontario, 1962), ha sido capaz de desarrollarla en una serie memorable.
Lo único que sabemos al abrir esta graphic novel –como se dice ahora- es que un tal George Sprott, como indica el título, murió en 1975 a la edad de 81 años. Pero, ¿quién era el tal George? ¿A qué se dedicaba? ¿Tenía parientes? ¿Tenía memoria? ¿Qué pensaba o sentía? ¿Cómo fueron los últimos momentos de su vida? A todos esos interrogantes fue Seth dando paciente respuesta en una serie de entregas que aparecieron periódicamente en las páginas de The New York Times, y que ahora ven la luz reunidas en una espectacular edición de Mondadori.

A través de continuos saltos hacia atrás y hacia delante, el lector va descubriendo que Sprott fue en su mocedad explorador en el Ártico, que todas sus experiencias son el sustrato del programa de la televisión local que presentará con notable éxito durante dos décadas, Aurora Boreal; que tuvo una delicada relación con sus padres, y una hija a la que no quiso reconocer; que solía fumar deleitosamente y padecía una suerte de apnea del sueño, que lo dejaba roque en medio de las grabaciones; que era el paradigma de unos “viejos tiempos” que acabarían siendo devorados por alguna desconsiderada modernidad, como todos los viejos tiempos.

El guión alterna sabiamente pasajes de una mareante locuacidad con profundos silencios a doble página. El dibujo, de un delicioso sabor retro y consagrado al bicolor –que participa del juego de saltos temporales y estados de ánimo-, despliega en contraposición a su aire clasicista una notable audacia en la composición de las páginas, con una original distribución de viñetas y bocadillos, buscadas reiteraciones, delicioso gusto por el detalle e importación de recursos propios del medio audiovisual al lenguaje gráfico.

Pero tal vez estos pormenores técnicos sean secundarios para hablar de un cómic tan fieramente humano como el que nos ocupa. Con muy poca afectación, sin adornar al protagonista con excesivas virtudes, la historia de Sprott seduce y emociona, provoca instantáneos ataques de melancolía como espontáneos brotes de risa. Y si el protagonista es inolvidable, no merecen ser ignorados los numerosísimos secundarios que desfilan por la serie, algunos entrevistados a propósito de Sprott como si se tratara de un documental, otros simplemente mencionados en recurrentes galerías: uno querría conocer la historia de todos esos representados, las estrellas del Canal 10: Eve Rivière, Kenybo The Clown, The Bull-Cook, Miss Bachelor, Violette Bruyeres...
Ahora que lo pienso, tal vez esté cometiendo una imprudencia recomendando un tebeo como éste en plenas fechas navideñas, tan deprimentes; una historia con el polo de fondo, con la que está cayendo; un cuento que acaba mal, precisamente ahora que todos tenemos el ánimo por los suelos, y que al dirigir la vista hacia el horizonte sólo vemos negros nubarrones y vaticinios agoreros. Correré el riesgo. Creo en el poder de la magia y la corriente eléctrica de la sensibilidad. Atrévanse ustedes también. Pidan en su carta de Reyes las memorias de Casanova, de acuerdo, pero como segunda petición anoten el George Sprott. No puede fallarles un artista que tituló su mejor obra La vida está bien si no te rindes.
Ah, y felices fiestas.

21 diciembre 2009

Las turbulentas aguas de los EE.UU.

Al pie de la escalera
Lorrie Moore

Seix Barral, 2009

ISBN: 9788432228537

384 páginas.
19 euros.

Traducción de Francisco Domínguez Montero.



Manolo Haro

A la hora escribir ficción en el mundo contemporáneo y concretamente en los Estados Unidos, ese ser creador, que si es bello y joven llenará carteles promocionales en vestíbulos de hoteles y escaparates en cadenas libreras asociadas a multinacionales del entretenimiento, tiene dos disfraces potenciales: el de mago o el de forense. No se asusten, se trata del clásico binomio compuesto por el autor escapista y el autor el comprometido.
El mago siempre tendrá a alguna solvente productora golpeando insistentemente con los nudillos la puerta de su torre de marfil, pues su invención adaptada podrá llenar salas de cines y procurarles a un gran número de personas el merchandising de moda. Para ello, simplemente le bastará con retirar la seda negra que cubre la realidad y mostrar algo maravilloso, raro o irreal. Un ejemplo de ello es la escrupulosa cronista del mundo vampírico y adolescente que tantas secuelas y recuperaciones está regalando en la actualidad Sophie Meyer.
El caso del forense, menos amable tal vez, supone un riesgo difícilmente asumible: para aquellos poseedores de esta condición, escribir significa retirar la sábana y descubrir un cuerpo destrozado en el que el maquillaje aplicado hará resplandecer algún que otro rincón escondido. A esta línea pertenece la escritora Lorrie Moore. El cadáver que disecciona son unos Estados Unidos que tras los atentados del 11-S no han cambiado las cuencas de sus vías fluviales, sino que además otros ramales de corrientes turbulentas se han sumado a ríos angostos y envejecidos que acabarán completando un embalse colapsado siempre a piques de reventar.
Al pie de la escalera es una novela que surca esas aguas con la guía de la voz de una joven universitaria de la ciudad de Troy en el Medio Oeste estadounidense. Tassie Keltjin salta del mundo rural al urbano para estudiar. Una vez en la ciudad, es contratada por un matrimonio de clase media ilustrado que está a punto de adoptar una niña negra proveniente de una empresa dedicada a la gestión de adopciones. A partir de ese momento su percepción de la realidad se hará más amarga y real. A ello contribuirá la historia de amor frustrado con Reynaldo y la conciencia de que la distancia entre la visión del mundo de sus padres y, poco a poco, la suya está cada vez más agigantada.
El libro es una radiografía certera del territorio de los sentimientos y del territorio de un país; esta placa deviene en una amalgama de voces que proporciona rumores que creíamos extinguidos unidos a nuevos sonidos: el racismo, la soledad y la culpa, la gestión fracasada del fracaso social, el nivel cultural de la América rural, la administración de la muerte, la ingobernable alianza de civilizaciones, las guerras infinitas en territorios lejanos, el Islam dentro y fuera, etc. El lector se va cerciorando de que las piezas del puzzle no encajan bien, un puzzle gigantesco e inabarcable que se llama Estados Unidos y que es tan grande como desconocido para sus propios habitantes.
Todo ello está contando por medio del gran logro del libro: la voz de Tassie, que está directamente emparentada con el Holden de Salinger en El guardián entre el centeno por su ironía y por su descarnada forma de contar sus avatares. Hago especial hincapié en la lectura de la parte final de la novela por su poética crudeza al abordar el tema de la muerte de una manera original.
Lorrie Moore ya fue saludada como un nombre a tener en cuenta hace unos años por un escritor tan acreditado como Julian Barnes tras la publicación de Pájaros de América. Ahora Al pie de la escalera viene a refrendar esa apuesta. Logra con ella aportar una lente más a la poliédrica mirada que autores realistas coterráneos suyos (Faulkner, Kerouac, Capote, Cheever, Dos Passos, Carver, Mailer …) han dado de ese barco gigante que se llama Estados Unidos.
Decía Henry James que la novela era un ruido. “Un ruido acerca de algo, y cuanto mayor la forma que adopte, mayor desde luego el ruido”. Ruidosa y genial resulta ésta de Miss Moore. Si desea oír cantar al cíclope, arrime el oído a la gruta.

18 diciembre 2009

Un detective demasiado humano

Los relatos del padre Brown

G. K. Chesterton

Acantilado, 2008.
ISBN. 978-84-96834-46-0

1176 páginas.

33 euros

Traducción de
Miguel Temprano García.

Luis Manuel Ruiz

Para la inmensa mayoría de lectores contemporáneos, decir novela policíaca significa bajos fondos, ex presidiarios de nariz rota, detectives acabados con un ventilador en el despacho que de repente chocan con el asesinato de su vida y mujeres de piernas verticales a las que el humo no molesta en los ojos cada vez que aspiran el cigarrillo. Pero antes de ese álbum de tópicos, el género fue otra cosa. Salvador Vázquez de Parga, en su escrupulosa historia del relato policíaco, data en torno a los últimos años veinte la cesura que dividiría en dos todo este orbe de sangre: fue entonces cuando el detective se mudó de los aristocráticos cottages ingleses a la Gran Manzana y el pausado ejercicio intelectual de reunir pistas que racionalmente debían conducir a la identificación de un culpable cedió paso al puñetazo y tentetieso, a la jerga de la calle.
Podrían, sin duda, marcarse otras fases, pero las dos esenciales que jalonan la evolución del género preferido de los quioscos son estas: la inicial, inaugurada con el monsieur Dupin de Poe, continuada por Conan Doyle, llevada hasta sus últimas consecuencias por Agatha Christie, conocida habitualmente como fair play; y la negra, cuya denominación proviene del roman noire acuñado por primera vez por Marcel Duhamel para designar ese nuevo linaje de novelas americanas que, con Dashiell Hammet a la cabeza, estaban llenando las editoriales de pistolas, adulterios y whisky. En este contexto, la saga del padre Brown constituye todo un capítulo aparte, culminación y epílogo de la primera de las fases mencionadas.
Hasta la fecha del primero de sus relatos, 1910, el protagonista del relato policial había solido coincidir con una criatura impersonal, de frialdad matemática, apenas sin espesor, liberado de las molestias de la vida doméstica que atribulan al resto de los mortales: Dupin, Holmes, Van Dusen consistían, parafraseando al último de ellos, en puras máquinas de pensar. El padre Brown va a ampliar la paleta de ese retrato en blanco y negro con una nueva gama de pinceladas humanas, demasiado humanas: lejos de la torre de marfil en la que se recluyen los detectives puramente cerebrales que le han antecedido, Brown es orondo, torpe, benévolo, paciente, trivial.
Sin lugar a dudas, la mayor aportación de Chesterton al género es la invención de este personaje, cuya enormidad reside precisamente en su insignificancia; otras, por supuesto, son la promoción del cuento policíaco a algo más que un mero pasatiempo intelectual y su conversión en literatura de primer orden, rebasando la condición de comida rápida que hasta el momento se le solía atribuir. Junto a Shakespeare o Milton, Gilbert Keith Chesterton (1874 -1936) comparte el raro honor de pertenecer a los escritores menos ingleses de la literatura inglesa. Un estilo barroco, cercano al desafuero, una tendencia al panfleto que a veces abusa de la paciencia del lector, un gusto por los tintes más extremos de la realidad en lugar de los tonos medios no concuerdan con esa enfermiza tendencia al autocontrol y la expresión sobria que caracteriza a la mayoría de sus compatriotas, de siglos anteriores y de los que habrían de venir.
Amante de la polémica y del pensamiento paradójico, Chesterton llegó al extremo de volverse católico y de defender públicamente su credo en un entorno que no podía mirarle sino como un animal exótico (como el enorme elefante blanco, digamos, de una de sus más famosas novelas). Quizá la vena principal de su literatura consista en el anhelo o la persecución de un orden, sea religioso, ideológico o social, que mitigue la profunda sinrazón sobre la que levita la condición humana y que él, mejor que muchos otros, supo sospechar en ciertas actitudes y ciertos gestos; quizá su inclinación al humor siniestro o su uso reiterado de los andamios del argumento policíaco tengan por objeto la introducción de racionalidad o de sentido común en un universo que, por principio, carece de él. Ambos géneros, el humorístico y el criminal (a veces revueltos) se reparten la mayoría de sus títulos más recordados: entre los primeros podrían mencionarse El club de los negocios raros (1905) o El poeta y los lunáticos (1929); de los últimos, aparte de los que ahora nos ocupan, citemos El hombre que sabía demasiado (1922), Las paradojas de Mr. Pond (1937), y, sobre todo, ese delicioso alegato político-estético-vivencial que constituye a la vez uno de los más acabados ejemplos de novela de suspense y que lleva por título El hombre que fue Jueves (1908).
Quizá el análisis más lúcido sobre la saga del padre Brown corresponda, como en muchos otros casos, a Borges. En la cuarta conferencia de su Borges oral (Alianza, 1998) el maestro argentino ha desvelado con pulso de cirujano qué es lo que diferencia netamente a la creación de Chesterton de cuantas le han antecedido y llegado más tarde y en qué radica su valor. En primer lugar, queda claro que a lo largo de sus cinco volúmenes (El candor del padre Brown, de 1910; La sagacidad del padre Brown, 1914; La incredulidad del padre Brown, 1926; El secreto del padre Brown, 1927; El escándalo del padre Brown, 1935) se nos ofrece un tipo de narración insólita que el género policíaco no había abordado todavía y que luego rara vez se atreverá a retomar. Cada cuento del padre Brown constituye, al tiempo que un acertijo criminal, una obra de teatro y un apólogo. La identificación del culpable supone sólo un detalle marginal dentro de la profusa serie de peripecias y altibajos de cada episodio: mucho más cruciales resultan el desvelamiento de cómo pudo producirse el crimen y de su porqué. El relato suele concluir con una absolución o con un arrepentimiento; lo que importa es que el malhechor comprenda que ha violado la ley y que eso está muy mal, sin necesidad de meter en juego a la policía, ya bastante ocupada en detener anarquistas. Asimismo, el esquema de la narración se desenvuelve respetando un escrupuloso programa de calidad, que convierte a Chesterton en uno de los más exigentes orfebres del fair play. Autores previos habían escondido la solución al enigma de sus tramas en un detalle inadvertido del pasado de los personajes, del mobiliario en el que tuvo lugar el crimen o en un descuido del detective; Chesterton, más puntilloso y genial, llega a ocultar sus ases en rutinas de pensamiento o formas de expresarnos que empleamos todos los días.
El programa de calidad que he mencionado antes cuenta, entre otras, con las siguientes exigencias: ha de existir un crimen inexplicable; en algún momento el lector ha de entrever una solución razonable a dicho crimen; en algún momento esa razón ha de resultar imposible, sobrenatural; finalmente, la razón depende de un detalle venial que se había dejado pasar por alto. Todo ello comprimido en apenas quince páginas de debates, agudezas, desmayos y moralina parroquial. Mis pobres conocimientos editoriales registran la existencia de otras cuatro ediciones previas en castellano de la saga del padre Brown, algunas de ellas incompletas: los dos primeros títulos formaron parte de la inevitable colección El Libro de Bolsillo de Alianza entre 1988 y 1998; Anaya publicó los cinco volúmenes en su no menos ubicua Tus Libros durante los primeros ochenta; muy anteriores son las versiones, generalmente suramericanas, que la casa cristiana Encuentro ha vuelto a reeditar en fecha tan reciente como 2008; de entre 2000 y 2007 proceden los coquetos ejemplares ilustrados de Valdemar. A todos ellos, la presente de Acantilado suma virtudes inéditas: traducciones actualizadas, márgenes que invitan a usar el lápiz, papel de primera calidad y tres relatos nunca traducidos al castellano.


[Publicado en La Tormenta en un vaso]

17 diciembre 2009

Los cuentos que buscaban ser novela

Tanta gente sola

Juan Bonilla

Seix Barral, 2009

ISBN. 978-84-322-1268-0

219 páginas.

17 euros.








Rafael Suárez Plácido

Encuentro en la solapa de este libro, de Juan Bonilla, que él piensa que en estos últimos veinte años sólo ha escrito tres libros: uno de relatos, otro de ensayos y un tercero de poemas. Pienso en su primer libro, Veinticinco años de éxitos (La Carbonería, 1994), y me pregunto en cuál de esos tres se incluiría. Él mismo contaba que no lo aceptaron en un premio al mejor primer libro de narraciones, imagino que el Tigre Juan, porque lo consideraron de ensayo. Pero que su segundo libro, El que apaga la luz (Pre-textos), tampoco fue admitido al mismo certamen porque fue considerado su segundo libro de narraciones. No tiene que extrañarnos demasiado, ya que en sus primeros libros encontramos ese tipo de narración breve con la forma del artículo, o artículos que cuentan hechos de ficción. Y no termina de separar los géneros, o de mostrar una evidente voluntad por hacerlo, hasta La compañía de los solitarios (Pre-textos).
Toda esta reflexión es pertinente porque Tanta gente sola (Seix Barral, 2009) tiene también algo de ese género híbrido. Se empieza leyendo como un libro de relatos en el que van apareciendo personajes y temas de unos cuentos en otros: un poeta que, tras un primer volumen muy exitoso, va descubriendo cuál es su verdadero lugar en el mundo; la soledad, que nunca nos hace mejores; la búsqueda de los nuevos héroes en esta sociedad del espectáculo, que son personas, a veces anónimas, que aparecen en la televisión o en el Guinness de los Récords; el deseo de llevar la literatura a la vida, de hacer reales historias literarias, y sobre todo eso: la literatura, mucha literatura, comenzando por el maestro Borges, al que dedica “Metaliteratura”, uno de los mejores relatos del libro, o Georges Perec y su ya clásico entre nosotros, gracias al propio Bonilla, Me acuerdo. Sus lectores más avezados pensarán que estos son los temas de libros anteriores. Y lo son, casi todos ellos desde ese primer Veinticinco años de éxitos, que años después reeditaría Pre-textos como El que apaga la luz. Lo que ocurre es que un creador que alcanza una voz propia en su primer libro, no cambia sus temas, sino que estos evolucionan. Decía que Tanta gente sola se lee, la primera vez, como un libro de relatos con personajes y temas recurrentes; pero quien lea el libro una segunda vez leerá una novela. De hecho podríamos proponer a los editores o al autor el juego rayuelístico de poder cambiar el orden de los relatos para leer un libro diferente. Y es que ya hay una alusión, aunque despectiva, al libro de Cortázar en el primer cuento. Si leemos en primer lugar el último relato, “El lector de Perec”, cambia no sólo la estructura del libro, sino incluso su sentido.
Hace unos años publicó en su columna “Las Afueras” una reseña o artículo o relato, o quizá las tres cosas, sobre el texto mencionado de Perec. A partir de ahí lo publicó en varios libros y antologías, a veces más desarrollado, a veces dando sentido a todo un libro. Pasaron unos años hasta que Yolanda Morató, a quien dedica este Tanta gente sola, tradujera y editara Me acuerdo, en Almuzara. “El lector de Perec” no sólo engloba a todos esos artículos, sino que se convierte en un fantástico relato que da con todas las claves de este libro.
Es en el relato “Metaliteratura” donde mejor se explica esa unión entre literatura y vida o literatura y verdad: “Desde aquella decepción creo que empecé a buscar en los textos aquello tan extraño y misterioso que sólo sé denominar de una manera insuficiente: lo que merecería ser verdad, aunque no lo haya sido nunca.” Varios de los personajes del libro buscan ficciones a las que dar vida. En otras ocasiones se pretende integrar la poesía en la sociedad del espectáculo (la alusión a Debord es mía, pero intuyo que Bonilla la suscribiría): en el primer relato, el poeta es contratado para participar en una despedida de soltero y tendrá que competir, con un malabarista callejero y con un dj africano, por los favores de la novia; en otro, el mismo poeta ha de convencer a una admiradora que pretende suicidarse de que no lo haga, y así en varias ocasiones. La sensación que da es la del poema de Baudelaire donde se compara al poeta con el albatros: hermoso y majestuoso en el vuelo, pero torpe y humillado por los rudos marineros del barco, cuando baja a cubierta. A la sociedad del espectáculo le da igual la literatura, pero a Juan Bonilla no. Desde el principio guiños y alusiones, a Keats, a José Mateos, a Juan Ramón Jiménez, a Monterroso, a Nabokov, a Paul Celan, por supuesto a Borges y a Perec, que harán las delicias de cualquier rastreador de alusiones semiocultas. Y es también el momento de acabar con algunos tópicos, especialmente ese que dice que lo mejor de Juan Bonilla está en el regate corto. Es cierto que sus primeros libros abrieron unas expectativas que para muchos no llegaron a cumplirse plenamente en sus novelas. Nadie conoce a nadie que, en mi opinión, sigue siendo la mejor de estas hasta la fecha tiene un arranque fantástico. Es cierto que la trama de la segunda parte flaquea. Cansados de estar muertos o Los príncipes nubios están lejos de ser malas novelas. Sí es cierto que no llegan a colmar las expectativas que nos crearon sus recopilaciones de artículos o de relatos breves. Pero a partir de La compañía de los solitarios ya no es justo hablar de regate corto en las historias de sus libros. Con este Tanta gente sola da un paso de gigante. No me interesa ahora entrar en la discusión de si es una novela o si son relatos, “Voluntad: borra el nombre exacto de las cosas,” pero sí hay que decir que lo mejor de sus historias es la evolución psicológica de los personajes. Aquí no encontramos la filigrana que, por otra parte, tanto nos gusta en Bonilla. O sí, también la hay, pero nos llama más la atención cómo actúan los personajes y sobre todo por qué. “Estamos diseñados para que quien descubra cómo estamos diseñados se adueñe de nosotros.” Los personajes son seres que están vivos y que pueden equivocarse y a veces mucho, pero viven como vivimos nosotros.
Hay un grupo de escritores españoles nacidos en torno a 1965 (el propio Juan Bonilla, Julián Rodríguez, Manuel Vilas, Ismael Grasa, José Luis Piquero, Jesús Aguado, Pablo García Casado...) que nos gustan porque reconocemos sus historias en las nuestras, en las que nosotros vivimos. A veces, en las que desearíamos vivir, pero más en las que vivimos. “Fregoli” es nuestra más bonita historia de amor y no nos importa tanto si acaba bien o mal, como en la vida. “En la azotea” debería ser leído por todos los jóvenes, si queremos vivir en un entorno un poco mejor. Y la soledad en un mundo donde es físicamente imposible estar solo, pero donde también es imposible no sentirse solos a poco que reflexionemos un instante, es el otro gran tema de Bonilla, también desde sus inicios.
Hace años que sé que Juan Bonilla es uno de los más interesantes escritores que conozco. También hace ya años que no nos ofrecía un libro tan bueno como Tanta gente sola.

16 diciembre 2009

La voz de la razón islámica

El Corán y el futuro del islam

Nasr Hamid Abu Zayd / Hilal Sezgin

Herder, 2009

ISBN 9-788425-425950
200 páginas.

17,80 €

Traducción: Gabriel Menéndez Torrellas.


Ilya U. Topper

Un breve recorrido por un buscador de internet nos revela que Nasr Hamid Abu Zayd es un pensador egipcio, doctorado en estudios islámicos y árabes en El Cairo y denostado en la Universidad por sus ideas poco ortodoxas respecto a la interpretación del Corán. Tan denostado que un tribunal civil le declaró apóstata ―lo cual en Egipto no es un delito penal― y decidió divorciarle de su mujer. La pareja se exilió a Holanda, donde Ab Zayd ocupa la cátedra Ibn Rushd de Humanidades e Islam.

Es, pues, con expectación que uno abre el ensayo El Corán y el futuro del islam. Una reciente conferencia de Abu Zayd en la Casa Árabe en Madrid, en la que el autor asume la condición de pensador no ortodoxo, científico, racionalista e incluso “hereje”, en todo caso alejado de la teología, aumenta la curiosidad.

El libro (¿realmente hizo falta colocar a una chica con pañuelo en la portada justo cuando su autor defiende que el islam no manda cubrirse la cabeza?) conquista desde la primera página con un estilo directo, claro, sencillo, sin florituras y sin eufemismos. Arranca con un breve resumen de la historia del islam y un excelente análisis de su mala imagen actual, provocado por las corrientes que hoy usurpan el nombre de esta religión. El autor es consciente del enorme peligro que acecha a todo pensador musulmán que escribe para un público europeo (ignorante en todo lo que se refiere a esta fe): el de reaccionar con vehemencia frente a los tópicos equivocados y de deslizarse hacia una enardecida defensa del islam. Abu Zayd evita este escollo y dibuja el islam en su contexto histórico, producto de las tensiones políticas de la Península Arábiga y de las influencias culturales griegas, persas, romanas... ni mejor ni peor que otras confesiones.

Pero quien abre el libro con la esperanza de encontrarse una revisión racional y científica de la historia del islam y su futuro, lo cerrará con desilusión. Abu Zayd no se aparta de la visión tradicional y clásica del islam. Mantiene que el Corán es, íntegramente, fruto de la inspiración divina, aunque se esfuerza en separar este texto divino de todo el compendio de leyes que luego derivaron de él sus exégetas y que, por supuesto, no son divinas.

Para un creyente, sea del signo que sea, esta manera de ver la historia de una religión es, seguramente, lúcida y racional. El libro se dirige, pues, en primer lugar a los musulmanes en Europa (inmigrantes de segunda generación, conversos), que quieren conocer cuál es realmente la religión en la que creen, más allá de las prédicas fundamentalistas que se han apoderado de las mezquitas. Cabe imaginar que fue ésta la intención de las entrevistas que la periodista turco-alemana Hilal Sezgin realizó a Abu Zayd y que desembocaron en este libro. En un país profundamente religioso como es Alemania, además, un gran sector de la población cristiana entenderá plenamente el discurso del pensador egipcio y se sorprenderá de las escasas diferencias que hay entre la teología islámica y la cristiana, dos religiones gemelas, como subraya el libro con mucho acierto.

En España, acostumbrada a un discurso científico laico, meter a Dios en un análisis histórico de una religión y asumir los postulados de los teólogos musulmanes como si fueran verdades arqueológicas (empezando por la propia existencia de Mahoma) debe sorprender un poco más. No obstante, El Corán y el futuro del islam tiene, también para el lector agnóstico, el atractivo de presentar una versión coherente y sencilla del islam visto por los musulmanes.

Su mérito ―y no es un mérito menor― consiste en recuperar esta visión tradicional y clásica frente al batiburrillo fundamentalista wahabí que hoy impera en las pantallas de televisión de todo el mundo. Porque, y eso se olvida demasiado a menudo, la visión del islam que nos llega hoy desde los noticiarios de cualquier televisión, sea árabe, europea o americana, tiene tanto que ver con el islam como un telepredicador de los testigos de Jehová tiene que ver con el cristianismo.

A falta de conocer las demás obras de Nasr Hamid Abu Zayd, aun no traducidas al castellano, el libro suscita una inquietante pregunta: si su autor fue declarado apóstata en Egipto por defender la visión clásica y tradicional del islam... ¿de qué calaña son hoy quienes se adjudican el papel de gran inquisidor del islam, santo cielo?