07 septiembre 2009

El secreto dramático

Las heridas del viento.
Humo. Arizona.

Juan Carlos Rubio

Editorial Fundamentos, 2009

ISBN: 978-84-245-1179-1

158 páginas.

8, 65 €



Joaquín Blanes


Juan Carlos Rubio pertenece a la nueva hornada de autores dramáticos que con inteligencia y oficio están mostrando a la crítica más tradicional que sigue habiendo vida escénica en nuestro país después de Valle-Inclán, Buero Vallejo, Alonso de Santos o Sinisterra. Por supuesto no podemos hablar de una generación, porque sería incluir estilos muy diversos en una faltriquera cultural; de eso se encargará la crítica dentro de unos años. Desde luego no es lo mismo ver Caricias de Sergi Belbel, que Animales nocturnos de Juan Mayorga, aunque tengan una violencia verbal y física parecida. No creo en lo generacional, salvo por el hecho de que los autores hayan nacido en un periodo relativamente próximo y haber compartido ciertas modas culturales del momento.

En absoluto es igual ver una puesta en escena de una obra de Rodrigo García frente a una de Juan Carlos Rubio. El primero trata de agredir, de alguna manera, la conciencia burguesa, es el clásico ejemplo vanguardista de épater le bourgeois, mientras que el segundo se acerca más al teatro tradicional en su concepción de puesta en escena, arropándola con un toque poético, como demuestra Las heridas del viento, la primera de las obras que recopila este libro. Una obra que con sólo dos personajes es capaz de mantener la atención del lector/espectador. Su puesta en escena ha sido un éxito en Miami y en el offside de Nueva York bajo un montaje de Juan Manuel Cifuentes.

El punto de partida no es nuevo, pero sigue siendo interesante este tipo de incidente incitador. Tras la muerte de su padre, el protagonista, David, descubre entre sus pertenencias unas cartas de amor escritas por otro hombre y dirigidas a su progenitor. Desde ese momento, David decide buscar la verdad sobre la figura de su padre. Pero lo que aparentemente parece obvio para el lector/espectador en realidad no lo es, de ahí la riqueza de la trama que construye Juan Carlos Rubio en esta obra, llena de poética en los discursos vitalistas, aunque en el fondo agotados y amargos, del otro protagonista: Juan, el hombre que le escribía cartas de amor al padre de David. El final es insospechado y deja una sensación desoladora porque buscar la verdad de alguien extinto puede ser un problema.

La segunda obra es, seguramente, la más exitosa de Rubio, gracias a un plantel de actores que participaron en su estreno: Juan Luis Galiardo y Kiti Manver, un acierto en la elección de estos dos actores para los papeles protagonistas.

La historia recuerda en cierto modo a San Manuel Bueno Mártir, alguien que predica algo en lo que no cree, es el caso de Jack. Esta obra tiene un juego de diálogos muy ingeniosos en réplicas y contra-réplicas, así como una historia que se basa en el secreto dramático.

El secreto dramático es uno de los elementos esenciales en el teatro del siglo XX, podría decirse que es un como un McGuffin, haciendo una vaga analogía con el cine. Existe un secreto que silencian los personajes al espectador, un secreto del que no quieren hablar, pero que se respira en el fondo. Como el secreto de Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, el de Tío Vania de Chéjov, etc. Los secretos van dejando de serlo poco a poco y tienen mucho que ver con el sentimiento de culpa, con el psicoanálisis, con Freud y con sus reminiscencias oníricas.

La obra que cierra el libro es Arizona, una obra corta, de nuevo con dos únicos personajes (George y Magaret) donde se habla del miedo hacia el otro, hacia el inmigrante. En Arizona se habla del devastador desierto, una de las puertas de entrada de los emigrantes, concurrida y trágica. En lo que llevamos de 2009 han fallecido 161 personas intentando alcanzar un sueño que ciertamente no se logra nada más llegar, cruzar la frontera es sólo el comienzo de una vida ardua y maltrecha. Esta obra es una alegoría sobre la defensa de nuestras tierras de la llegada del otro, ese otro que, decimos, nos quita el trabajo, el dinero y a nuestras mujeres. Es una diatriba contra las fronteras. Breve e intensa, directa y sincera, dramática.

Como ya dijimos en la reseña del libro de Rodrigo García, publicar teatro es un acto de valentía, de otro modo, es difícil acceder a nuevos textos dramáticos. Por eso creo necesario el reconocimiento de editoriales como Fundamentos en su colección Espiral/teatro, Ñaque o la tan denostada SGAE, que publica obras de teatro a un precio más que asequible. Este libro nos da a conocer a un autor que comienza a ser de obligado seguimiento.

04 septiembre 2009

Después de la última noche en la Tierra.

Dissipatio humani generis

Guido Morselli

Editorial Laetoli
ISBN: 978-84-92122-11-1

152 páginas

15 euros

Traducción: Elena del Amo



Manuel Haro

"Para no serle del todo desconocido: soy emiliano, autodidacta, vivo solo sobre un pequeño trozo de tierra donde hago de todo, incluso el albañil; políticamente estoy en crisis, con casi ninguna esperanza de escapar”. Con estas líneas, en una carta fechada el 9 de octubre del 65, se despedía el suicida Guido Morselli (Bolonia, 1912-Varese, 1973) de Italo Calvino. Éste le había enviado una detallada recensión sobre un manuscrito de su novela Il comunista, en el que le apuntaba que, dado el alto contenido ideológico de la misma, bien podría haber confeccionado un brillante ensayo –campo en el que ya había sido reconocido por la intelectualidad de su país– en lugar de un romanzo. Para el lector español el nombre de Guido Morselli es muy probable que diga poco, tal vez nada –Herralde publicó en los 80 Roma sin papa y Divertimento, 1889–, pero esta edición de su novela póstuma (todas lo fueron) Dissipatio humani generis (Desaparición del género humano) por parte de la editorial navarra Laetoli es, sin duda alguna, una contribución inestimable a esa arriesgada tarea de recuperar maestros no canonizados y ofrecerlos al caprichoso mundo de las novedades.
Morselli vivió desde los 27 años bajo el auspicio de una pensión otorgada por su padre. A partir de ese momento su espíritu se cultivó con la lectura, la escritura y el estudio. La crítica especializada lo ha visto como un emblema de un universo editorial obtuso; de hecho, en vida sólo vio publicados sus ensayos, revelándose como un intelectual de gran calado, pero sufriendo el rechazo de numerosas casas editoriales italianas como romanziere. A partir de ese momento se autoexcluirá del ambiente de la cultura con esa clara vocación de ermitaño con la que se presentaba a ojos de Calvino.
Dissipatio humani generis fue el último título que guardó el escritor en su cajón antes de someterse al severo autojuicio del suicidio, al igual que intenta hacer el narrador de la novela. Ésta se abre con una rápida anotación en un diario perteneciente al 2 de junio: “La noche extraordinaria, entre el 1 y el 2 de junio. Esa noche, estaba decidido, iba a suicidarme”. La autoinmolación frustrada en el pozo de una cueva escondida entre las montañas del pueblecito imaginario de Widman, la vuelta a la ciudad de Crisópolis en la que habita y la pasmosa constatación que en ese intervalo de tiempo ha desaparecido toda vida humana del mundo ofrecen un amplio muro por donde trepará de forma portentosa y brillante una hiedra cuyas hojas regalarán al lector una gran tajada del talento literario y la cultura de ese lector omnívoro que fue Morselli.
“No cederé al psicologismo de tipo intimista: a partir de ahora, mi historia interior es la Historia, la historia de la Humanidad”. De esta manera se dirige el narrador a sí mismo; esa fortuita soledad es el camino hacia la introversión (el autor fue un admirador y estudioso del trémulo Marcel Proust, como demostró en su ensayo Proust o del sentimento), un estado de análisis que lo enfrentará a temas propiamente morsellianos como la memoria y sus paramnesias (alteración de la memoria por la se recuerdan situaciones que no han ocurrido o se modifican), la soledad, el viaje, el sentido del arte, el miedo, la enfermedad, el amor, la muerte o el suicidio.
Como se puede extraer de lo dicho, nos encontramos ante una obra que oscila entre dos géneros que se dan la mano desde el Tristan Shandy de Sterne o el Oblomov de Goncharov, la novela y el ensayo, aunque también hay aportaciones del género diarístico, detalle este que concede al volumen el vibrato enriquecedor de voces pertenecientes a seres que ya no están sobre la Tierra. Guido Morselli siempre creyó en ese híbrido genérico y en la primera persona como única posibilidad de contar; no hacían falta interlocutores, de ahí que el uso de cartas, grabaciones, fotografías, notas, etc. hagan revivir al narrador la presencia de los desaparecidos. El gran acierto de la obra descansa en la elección de la voz de ese narrador, lúcido, irónico, solipsista, hipocondríaco y fobántropo, que reflexiona desde el silencio estancado: “el silencio de la ausencia humana es, me daba cuenta, un silencio que no fluye. Se acumula”.
Estas son, en suma, las doradas espigas que nos agavilló un autor sobresaliente para regalarnos una novela de provechosa lectura para aquellos que gusten. Que nadie se lleve a engaño: no estamos ante un artefacto posmoderno deshilvanado, sino sobre la pista de una joya literaria bien engastada, pulida con oficio y sin fisuras. He de añadir que la edición y la traducción de Elena del Amo bien merecen las primeras flores de la primavera.
En esa despedida a Calvino con la que abríamos juego estaba resumida la vida de Guido Morselli: un hombre dado al estudio en el breve trozo de tierra que quiso habitar, un pequeño constructor de edificios intelectuales en los que dejó su impronta de artesano y un ser desesperanzado que volvió sobre los pasos suicidas de su último personaje. Salud.

03 septiembre 2009

Las condiciones del poeta

Nuevas cartas a un joven poeta

Joan Margarit

Barril Barral Editores


ISBN: 978-84-937136-0-7

89 páginas

17 euros.





Juan Carlos Sierra

Para quien está interesado en la creación poética, las Cartas a un joven poeta de Rilke son una lectura casi obligada. En ellas el autor de Elegías de Duino responde a las inquietudes y dudas poéticas de Franz Xaver Kappus en un intento, creemos, de no despachar desabridamente unos poemas probablemente de una calidad más que cuestionable. Esto sucedía a principios del siglo pasado.
En el inicio de la centuria que nos contempla otro poeta, pero esta vez español, Joan Margarit, ejerce también de exigente consejero lírico con su libro Nuevas cartas a un joven poeta, sólo que en esta ocasión ningún joven aguijoneado por las musas mueve al escritor catalán a reflexionar sobre el género, sino más bien las actuales circunstancias en las que se desenvuelve la poesía –y no necesariamente la producida por los más jóvenes-.
Es ésta, para empezar, una de las diferencias que quiere marcar Joan Margarit con respecto al casi homónimo libro de Rilke. Otra, la facilidad para publicar que en estos días ofrecen premios, concursos, certámenes, incluso revistas de ferias locales, publicaciones cofrades y hojas parroquiales. Para tratarse de un género minoritario, según los índices de lectura más fiables, sorprende la cantidad de poetas por metro cuadrado que existe –al menos, en este país-. Será, escribe Margarit, que poner en la tarjeta de visita ‘poeta’ confiere algún tipo de pedigrí social. Sin embargo, sigue argumentando Margarit, ni es bueno precipitarse en la publicación por aquello de los posteriores arrepentimientos ni el poeta debe perder el tiempo en ecos de sociedad –y menos si se trata de la sociedad literaria-.
Porque el lugar del poeta es la soledad, pero aquélla de la que escribió Cernunda en su ‘Soliloquio del farero’: “Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres./ Por quienes vivo, aun cuando no los vea;/ Y así, lejos de ellos,/ Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,…”. Esta es la paradoja del poeta: la soledad que busca compañía –la del lector-; la soledad que ayuda a indagar sinceramente en las galerías interiores del poeta –en sus miedos, sus frustraciones, sus heridas abiertas,…- para que los lectores presentes y futuros alcancen algún consuelo; la soledad, en definitiva, que aspira a ordena el caos de la vida en el poeta y en el lector.
Nuevas cartas a un joven poeta también habla de algunos de los pecados más frecuentes de la juventud poética: la obsesión por la originalidad –pero la tendencia al epigonismo, cuando no a la más descarada emulación-, cierto desprecio por los clásicos y por las normas, la pretensión de acoplar la vida a la poesía y no al contrario, el peligro del sentimentalismo, la búsqueda de un rápido reconocimiento social y literario,… Pero también trata algunos de los requisitos imprescindibles para el poeta: condiciones innatas, pulsión ineludible y necesaria, vivencia de la poesía como obsesión –“en el buen sentido de la palabra”, matiza Margarit-,…
Como del libro de Rilke, de las Nuevas cartas a un joven poeta de Margarit quien se haya sentido tentado por los versos puede salir un poco desilusionado, porque los mandamientos líricos que propone el escritor catalán son difíciles de cumplir al cien por cien y con buena nota. Sin embargo, como no se trata más que de la opinión de un poeta que cuenta sus vivencias – opinión fundada y muy respetable, pero al fin y al cabo eso, una opinión-, hay ‘dogmas’ que pueden merecer algún pero. Por ejemplo, aquel que dice que “los buenos poemas muestran siempre lo importante que es la experiencia del dolor” (página 86). ¿Y qué hay de la poesía que celebra la amistad, el amor, la vida? ¿Acaso no se puede hacer un buen poema de la felicidad, aunque sea efímera? ¿Es que Eduardo García, por ejemplo, no es un buen poeta?
Estas y otras preguntas surgen de la lectura de Nuevas cartas a un joven poeta de Joan Margarit. Pero para que así sea, hay que leerse estas diez cartas -y quizá también las de Rilke-.

02 septiembre 2009

Caricaturas decoloradas

Reginald en Rusia

Saki

Navona Editorial, 2009

ISBN 978-84-92716-20-3

128 pág.

7,50 €


Ilya U. Topper

Escribir una parodia es un arma de doble filo: la carcajada está asegurada, pero la inmortalidad no. Porque la parodia deja de entenderse cuando el original desaparece de la conciencia del público. Raros son los autores que han conseguido convertir las caricaturas en personajes de perfil propio, las situaciones ridículas en reflejos de toda la humanidad.
Saki ―su nombre original era Hector Hugh Munroe, nació en Birmania en 1870 y murió en la Gran Guerra en Francia, en 1916― no forma parte de ellos. Al menos no a través de su libro Reginald en Rusia (desconozco las demás obras), una colección de 15 cuentos breves publicados en 1910, con un punto en común: el fustigamiento de las costumbres victorianas de su época. Despiadado, elegante, sarcástico, con un lenguaje que a veces ejecuta piruetas sobre el trapecio de refinamiento irónico, estos cuentos tuvieron que ser la delicia de los lectores de la época, que seguramente se veían reflejados en ellos como en un espejo deformador, impecablemente bruñido.
Pero ¿hoy? La época victoriana ha sido enterrada, afortunadamente, bajo densas capas de moho y sus códigos sociales se nos antojan hoy ridículos por si solos, sin necesidad de caricatura. Parodiar a un payaso no tiene gracia. Me deja indiferente la descripción de unas señoras incapaces de hacer la compra en la tienda del barrio, no me divierten los esfuerzos denodados para mantener las apariencias y no me río al leer que en Turquía, otorgar el voto a las mujeres hará ganar al candidato que tenga el harén mayor.
Tampoco se puede decir que Saki construya bien sus viñetas. Muchas tienen un final flojo o directamente inexistente: uno pasa la página y se da cuenta de que ha terminado el relato. De eso se exceptúan “La reticencia de Lady Anne” y “El ratón”, que sí tienen golpe final. Algo más previsible es “El zurrón” (una puntualización: la mofeta no existe en el Viejo Mundo; Saki tuvo que pensar en el glotón ―skunk bear― que sí se halla en Rusia, aunque tampoco en Inglaterra, donde se desarrolla el cuento ―sólo allí la caza del zorro es un drama social― , de manera que el final sigue siendo inverosímil).
No todo es igual, por supuesto: “El sanjak perdido”, sin perder el lenguaje irónico, adquiere una dimensión borgiana absolutamente sorprendente: trata de la ejecución de un reo acusado de haberse asesinado a sí mismo... Y “El santo y el duende” es una maravillosa fábula eterna, tallada en piedra.
En conjunto, uno tiene la impresión de que Saki debe ser un brillante escritor al que le han hecho el flaco favor de reeditar algunos de sus textos más flojos, más estrictamente locales y temporales. Es como si al novelista Gustav Meyrink no lo conociéramos por su inmortal Golem sino por las gracietas de su Cuerno Mágico (1913), afortunadamente nunca traducido. Es la misma época que Saki: flagelar la hipocresía de la alta sociedad (en la que se movían) era el no va más de muchos novelistas. Entonces. Hoy, si quieren descubrir a Saki, recuerden que casi todas sus obras se han editado en España en la última década. Prueben con alguna otra.

01 septiembre 2009

Poemas en la frontera

Primera persona: Ella

Omar Pimienta


Littera Libros. Colección Litteratos. 2009

ISBN: 978-84-613-1541-3

64 páginas


8 euros


Daniel Ruiz García

A veces el panorama literario actual me recuerda a una gran competición de atletismo: todos estiran músculo, entrenan hasta el desfallecimiento e incluso se atiborran de anabolizantes intentando dar con el hallazgo editorial que de una vez reviente las plusmarcas vigentes. La industria editorial es cada vez más industria y menos editorial, y la eclosión de Internet, el e-book y todo lo que se nos viene encima no ha hecho sino afilar aún más las estrategias de producción y mercadotecnia, alejando cada vez más a la industria del libro del objeto que lo ocupa. Es un hecho que el libro entendido como bien cultural, como aportación creativa o intelectual cada vez importa menos. Por eso iniciativas como la que desarrolla la Asociación Cultural Littera Villanueva cada vez resultan más escasas y, considero yo, más necesarias. Reivindican un concepto editorial que a casi todos les parecerá desfasado y romántico pero que no hace sino reconciliarnos con la vocación humanística que siempre acompañó al cultivo de la letra. Desde hace varios años, esta asociación lleva a cabo una activa labor de difusión editorial cuyo enfoque lo aleja diametralmente de la corriente dominante en el sector. Explícitamente, la misión de esta Asociación es “publicar libros, trabajar por ellos –qué hermoso y reconfortante resulta este propósito- y dar a la imprenta títulos no enmarcados dentro del circuito comercial y, por cuyas características, jamás tendrían acogida dentro del mundo editorial”.

Una de las colecciones de Littera Libros es el ejemplo más palpable de la consecución eficaz de esta misión. Creada en 2008 y dirigida por el interesante y reconocido poeta José María Cumbreño –ha obtenido, entre otros, los premios Rafael Alberti, Ciudad de Badajoz y Alegría de Poesía-, la colección Litteratos busca a jóvenes valores con una trayectoria incipiente y con una voz distinta a los cánones poéticos imperantes.

El libro que traemos a esta reseña es la mejor muestra. Se trata de Primera persona: Ella, un estimulante acopio de poemas con una clara unidad marcada temáticamente por la nostalgia y el recuerdo de una persona querida (la madre) y estilísticamente por una voz fresca, desprejuiciada y muy cercana. Lo firma el poeta Omar Pimienta, natural de Tijuana (México), un aspecto decisivo para entender el tono fronterizo de su poesía, en la que abundan los anglicismos y las estructuras anglófilas castellanizadas. Primera Persona: Ella ya se publicó en México en 2004, pero es ahora cuando, merced a Littera Libros, aparece por primera vez en España, descubriendo una voz nueva, por neófita y por joven –Omar tiene sólo 28 años-, que dice las cosas de otra manera. La emoción y la rabia recorren en todo momento el poemario, una rabia suburbana y plagada de ironía, que está por encima de toda corrección lingüística y moral, y donde abunda el detalle nimio de lo cotidiano, la miniatura, como forma de elevación hacia conceptos sublimes como el amor, el paso del tiempo o la pobreza. Se lee como un Carver mojado en mezcal y contaminado de esa ética perdedora tan característica de los que viven en la frontera entre dos mundos.