29 junio 2009

Hacia la novela punk

Rompepistas

Kiko Amat

Editorial Anagrama. Colección Contraseñas
ISBN: 8433923951.

320 páginas

16,50 euros


Daniel Ruiz

Podrá gustar más o menos, podrá resultar más o menos simpático o agradable, pero de lo que no cabe duda es de que Kiko Amat posee un estilo personalísimo, una forma de escribir distinta a la mayoría, con carácter. Absolutamente autodidacta, y embajador de lo macarra, Amat es uno de esos autores que, al igual que le ocurre a otros como Montero Glez, Loriga o el tristemente fallecido Bolaño –ojo: cada uno de ellos con un sello muy diferenciado-, se han quedado descolgados entre generaciones, en tierra de nadie, a oscuras, buscando siempre su propio faro sin el amparo de grupúsculos y lobbies literarios. De esta forma acaban convirtiéndose en puntos de referencia, en personalidades literarias seminales que abren nuevas puertas hacia pasillos o estancias poco transitadas.
Lo que hace Amat no es nuevo, pero probablemente sí es bastante insólito en nuestras letras. Lo suyo es muy anglosajón, en la línea de autores como Irvine Welsh, Easton Ellis, Coupland o Hornby. Su gran riqueza no radica en un manejo excelente del lenguaje, ni en un estilo especialmente pulido. Lo mejor que tiene es el ritmo, y esa sensación de urgencia, de desmañamiento, que lo convierte en un autor muy punk. Si hay que ir al detalle, destacaría de forma especial el uso que hace de recursos estilísticos como la reiteración o la onomatopeya, así como la habilidad para narrar de forma fragmentaria, sincopada, elíptica. Da la sensación, en muchos momentos, de que Amat es un colega con el que estamos compartiendo una cerveza, y que no deja de hilvanar de forma compulsiva pensamientos y anécdotas en la barra de un bar. En este sentido, la narración recuerda mucho a determinados momentos de Trainspotting. Y toda la novela exuda british: estilo directo, como zarpazos, con estructuras lingüísticas muy anglosajonas, directas y contundentes, y cierto gusto por las alusiones a marcas y referencias culturales británicas.
Es una novela con una pretensión eminentemente estética. Porque aunque cuenta una historia con trasfondo social –el deambular de un grupo de amigos punks menores de edad en el extrarradio de Barcelona a mediados de los 80, y su flirteo con el alcohol, las drogas, la violencia y el sexo-, todo está concebido de forma plástica. El sentimiento de los personajes, las dudas y conflictos, todo está imbuido de esteticismo, todo es susceptible de ser contemplado visualmente, a modo de estampas. Así, cada vez que el personaje central de la novela, que también es el narrador, quiere expresar su reacción emotiva frente a algún estímulo, Amat se vale de un recurso más pictórico que literario: describir la composición de su propio gesto, como si detallara los trazos hiperbólicos de una máscara china. Ejemplo: “Pongo mi cara de estupefacción grande: boca abierta, ojos en blanco, lengua fuera, mandíbula separándose del cráneo, ambas manos con las palmas hacia arriba, casi como un egipcio, interrogándome gestualmente, a mí mismo y al mundo”. Otro: “Pongo mi cara de asco supremo: toda la cara arrugada como un papel de plata reusado, cuello estirado a ambos lados, boca de gárgola, lengua fuera, ojos fuertemente cerrados. Y grito: Puaf.” Como la tendencia a la hipérbole descriptiva es un recurso que se repite constantemente, y no sólo con el propio protagonista sino con todos los personajes que deambulan por la novela, al final la sensación que tenemos es que estamos asistiendo a un cómic narrado. Esto se ve reforzado por las numerosas referencias que Amat hace al universo del cómic y los dibujos animados: Hanna Barbera, Marvel, Ibáñez (el propio apodo del protagonista, Rompepistas, que da título al libro, es una adaptación del nombre del personaje de Ibáñez que se hizo célebre por su presbicia)… Por otra parte, son continuas las alusiones a iconos sentimentales de la cultura pop de los ochenta: los Peta Zetas, los ChupaChups, el programa Un, Dos, Tres… Todo ello conduce, finalmente, a la que a mi juicio es la principal objeción que cabe hacer a esta novela.
Porque indudablemente es una novela punk. El estilo, la actitud de los personajes y del narrador, la rabia, el contexto, todo eso es muy punk. Pero al mismo tiempo es una novela muy pop. Por las referencias culturales de las metáforas, por el estilo narrativo, que parece más bien estar dibujando antes que contando, por el uso de recursos propios del cómic, por todo eso es también una novela muy pop. Esta mezcla de dos tendencias bastante antagónicas es lo que finalmente provoca los principales chirridos para mi gusto en el resultado final. Chirridos que, desde luego, no se hubieran producido sin la mediación de un escritor como Amat, tremendamente creativo y arriesgado. Es fácil no cometer errores si no se asumen riesgos, y me queda claro, por lo leído, que al catalán le pone deslizarse por la cuerda sin red.