10 septiembre 2012

¿Quién dijo que la literatura y las matemáticas se llevaban mal?

La variable humana

Rodrigo Martín Noriega

Gadir, 2012

ISBN: 978-84-940165-5-4

123 páginas

14,50 €

Premio de Novela Corta de la Fundación Monteleón 2012


Juan Carlos Sierra
        
Para contextualizar La variable humana, una novela corta o un relato largo, habría que buscar su origen varios siglos atrás, exactamente en el XIX, cuando la fe en los avances científicos llevó al hombre a plantearse la posibilidad de reemplazar a Dios en su tarea creadora. Partiendo de esta premisa, no obstante, en este inicio del siglo XXI las herramientas han cambiado. Ya no se trata de aplicar las teorías sobre el galvanismo para dar vida a un cadáver, como hiciera Mary Shelley en 1818 con Frankenstein o el moderno Prometeo, sino de cuestionarse si es posible analizar la realidad y manejarla -crearla- a través de complejos algoritmos matemáticos aliados con la capacidad combinatoria de la informática para así desterrar definitivamente al azar como elemento que justifica y explica una parte importante de nuestras vidas. Esta es la tesis-ficción que recorre La variable humana.

La historia que propone Rodrigo Martín Noriega, y que le valió el premio Fundación Monteleón 2012, gira en torno a tres personajes: Alfred Keitel, un matemático brillante que de un día para otro se alejó de las investigaciones que seguía y se retiró a su despacho de profesor emérito universitario; Samuel Bates, alumno del anterior y ahora profesor de universidad con un marcado sentido práctico de las matemáticas; y, finalmente, John Farrell, joven pupilo de Bates -este dirige sus trabajos de investigación- con un talento extraordinario para las matemáticas que se siente fascinado por la obra inconclusa de Keitel y cuya pretensión es llegar al final del camino que este abrió años atrás y que misteriosamente abandonó.

Este abandono y su misterio soportan el inicio de la novela. Los primeros seis capítulos se dedican a la presentación de este triángulo matemático -sus circunstancias, inquietudes, envidias, recelos, aspiraciones, frustraciones,…- y de la familia del joven John Farrell, cuyo papel queda un poco desdibujado ya que su inclusión en el relato solo sirve para anclar una parte marginal del conjunto de la trama -la posibilidad de crear a través de un programa informático una obra que Chopin podría haber firmado-. Al tiempo que se plantea el mapa de las personalidades que van a soportar sobre sus espaldas de ficción el relato, el autor va dejando aquí y allá pistas sobre el camino que va a recorrer la novela, pero a veces con alguna piedra innecesaria o tramposa. Me refiero a aquellas pistas que despistan, como el párrafo que cierra el capítulo 5 (página 51) donde el autor insinúa en la despedida de Keitel y su secretaria Eloise Chant algo que se halla muy apartado de la trama real de la novela y que induce al lector a seguir una trayecto narrativo errático -un cabo suelto que queda sin atar al final de la novela-.

Será a partir del capítulo 7 cuando el misterio empieza a dejar de serlo -poco a poco- y la novela comienza a crecer realmente en interés y ritmo hasta alcanzar, como todo buen relato, un final que por inesperado no deja a un lado la verosimilitud en esta suerte de 'thriller' tecnológico-matemático, pero también existencial.

Independientemente del oficio del autor para plantear una narración más o menos absorbente, interesante y atrevida, el libro deja en la mente del lector preguntas que tienen que ver con la ética o la moral -que cada uno elija su opción-, cuya respuesta parece que queda cerrada con el final de la historia, pero que una vez que se cierra el libro puede entretener el insomnio o la vigilia de más de un lector.