18 marzo 2013

Impudor y elegancia


Mi hermana y yo

J. R. Ackerley

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-19-7

287 páginas

23 €

Traducción y prólogo de Andrés Barba

Edición, notas y epílogo de Francis King


Sara Mesa

Sucede a veces que la vida es el mejor material narrativo. La vida personal, íntima, intransferible, a menudo insustancial, pero que bajo la lupa del talento cobra una dimensión inesperada. Así ocurre con la obra de J. R. Ackerley (1896-1967), editor, crítico literario y cronista de su tiempo y de su propia existencia. Como suele decirse, vida y obra se confunden, se mezclan, son una única realidad indisoluble en su escritura. Ackerley, siempre volcado en las memorias y en los diarios, lo explica con claridad en Mi padre y yo, esa gran biografía, autobiografía o relato impúdico de una relación paterno-filial: no hay tiempo para más. Demasiado centrado en sus enredos vitales (particularmente en la búsqueda de muchachos guapos), nunca tuvo la concentración necesaria para inventar ficciones, de modo que el ansia de escribir se plasmó siempre en la observación de sí mismo y de los que le rodeaban. Ackerley y su familia: una historia que de pronto despierta nuestro interés gracias a la aguda mirada de este singular escritor. Y su concepción de familia, hay que decirlo, incluye también a su perra. Títulos como Mi perra Tulip o Mi padre y yo, publicados por Anagrama, son rarezas deliciosas escritas desde la transgresión de los convencionalismos literarios, en tanto que también se narran hechos fuera de lo convencional.

Ahora Sexto Piso edita Mi hermana y yo, libro póstumo que en sentido estricto no fue concebido como tal por su autor, sino que obedece a una selección realizada por el albacea Francis King de los diarios de Ackerley de aquellos fragmentos -y son muchos-, fechados entre agosto de 1948 y julio de 1957, en los que se recogen los pormenores de la particular relación con su hermana Nancy. Posiblemente el momento en que mejor se revela la naturaleza de esta relación es cuando Ackerley compara a su hermana con la tenia, peligrosa, absorbente, imposible de sacarse del cuerpo: “¿Qué oportunidad puede tener uno de librarse de una criatura así? (...) Es una criatura tenaz, resiste a todos los intentos que puedan hacerse para librarse de ella; incluso cuando uno consigue librarse de todo el cuerpo del insecto, la cabeza permanece ahí y, poco a poco, toda la criatura vuelve a crecer a partir de ese punto, centímetro a centímetro.” Se trata de una relación amor-odio constante, basada en el desprecio, el sentimiento de culpa, la obsesión y el vampirismo. Nancy no sale bien parada (“No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”), sin embargo hay momentos de ternura y de auténtica preocupación por su salud física y su estado mental. Lo cierto es que nadie sale demasiado bien parado en los diarios de Ackerley (salvo la perra Queenie, hacia la que tenía una devoción rayana en el patetismo), ni siquiera el mismo Ackerley, que se nos presenta a sí mismo como un ser egoísta, veleidoso, engreído, frustrado y misógino -como diría un amigo mío, en tanto que misántropo-. Hay muchos detalles íntimos en el libro, que no solo afectan a él y a su hermana, sino a otros personajes que salen y entran en el escenario: la tía Bunny, por ejemplo, y también sus amigos E. M. Forster y Siegfried Sassoon, pero hay que recordar que Ackerley tuvo un curioso concepto de la intimidad. Si ya en Mi padre y yo desvelaba el secreto familiar de su padre y ofrecía con precisión y sin recato detalles de su propia homosexualidad, aquí -apareciendo también estos asuntos- el foco se coloca en la hermana, sus celos obsesivos, la convivencia imposible con la tía Bunny y los paseos matutinos con Queenie en los neblinosos parques de Londres, sin excluir todo tipo de pormenores privados y escatológicos. El talento de Ackerley reside en su capacidad de ofrecernos todo esto sin perder en ningún momento un ápice de elegancia ni renunciar a ese finísimo humor que atraviesa el libro de parte a parte -incluso al narrar el intento de suicidio de Nancy-, quizá porque no hay una intención de provocar o sorprender, sino más bien la necesidad de contar la propia vida con sencillez y sin alardes.

La lectura de Mi hermana y yo es una experiencia adictiva -tras ella corrí a por más libros de Ackerley-, sorprendente, a ratos divertida y también, diría, extravagante. No existen muchos libros así, en los que un escritor se despreocupe con tal naturalidad de las consecuencias de bucear en la privacidad propia y de su familia, sin deseo de ajustar cuentas o de justificarse. Ackerley, con su visión ácida y sarcástica de las relaciones sociales y familiares, se lanza a describir su vida hasta las últimas consecuencias, y este relato -monótono, cotidiano, a veces insignificante- posee también la grandeza de la sinceridad. Según explica Francis King en el revelador epílogo -en el que por cierto se ofrece una visión de Nancy sustancialmente diferente- Ackerley “estaba dominado por el irresistible impulso de hacer público todo lo que se refería tanto a su persona como a su familia. Aquella hambre suya de decir la verdad era tan intensa que ni siquiera la posibilidad de ser acusado de calumniador le detuvo”. Dice también Andrés Barba, que traduce y prologa, “sobra decir el pudor que he sentido a veces al traducir algunas de estas páginas (...). Por momentos era como estar tocando, literalmente, la superficie informe y cálida de unos sentimientos que estaban forjándose en ese instante preciso...”. Creo que estas dos citas reflejan con bastante fidelidad la peculiaridad y el valor literario de este libro. Los interesados en las relaciones familiares enfermizas lo disfrutarán sin duda, porque además demuestra, con absoluta perspicacia, que a veces la familia funciona como una reproducción a pequeña escala de toda la complejidad humana.