18 junio 2013

100 de 365



Cien de diez

Enrique Barrero Rodríguez

Ángaro, 2013

ISBN: 978-84-616-4193-2

142 páginas

10,40 €





Jesús Cotta

El poeta sevillano Enrique Barrero, autor de poemarios como El tiempo en las orillas (colección Adonais), Poética elemental (Renacimiento), Los héroes derrotados (Fundación Valparaíso) y muchos otros, y ganador de varios galardones literarios de prestigio, se propuso como meta personal escribir una décima espinela al día durante una vuelta de la Tierra al Sol. Las estuvo regalando al mundo día a día en su cuaderno de bitácora De cimas y subsuelos, como quien regala flores porque sí, porque le salen de las manos, y lo menos que se puede hacer por una flor es ofrecérsela a la gente que sepa apreciarla.

Ahora ha escogido las cien décimas mejores de las 365 y se han publicado en la Colección de Poesía Ángaro. Como el diez es un número redondo y mágico, el libro se divide en diez partes, cada una con diez décimas.

Hay hazañas épicas, como la resistencia de Numancia; deportivas, como la carrera de Fidípides para anunciar a los atenienses la victoria sobre los persas; amorosas, como recorrer a nado cada noche el estrecho de los Dardanelos para ir a ver a la novia, como hizo Leandro por su amada Hero (por cierto, más de dos milenios después, Lord Byron realizó ese trayecto a nado para demostrar a los desconfiados racionalistas franceses que esa hazaña era posible); y esta que aquí reseño es una hazaña literaria, que consiste en encontrar cada día un asunto que nos inspire y traducirlo al metro y a las exigencias de la décima sin que sobre ni falte nada, sin que el tema se resienta, sin que la rima sea una tirana que nos encorsete ni caiga en el ripio. Para esa hazaña hacen falta, además de tesón e inspiración, mucha técnica y mucho talento y, sobre todo, no basta con tener facilidad para versificar, sino sobre todo poseer una mirada poética para abordar el mundo y los asuntos del corazón en su dimensión de belleza y traducir todo eso en palabras lo más dignas posible.

El soneto nos vino de nuestra hermana Italia, pero la décima es más nuestra, en el octosílabo que es nuestro verso natural. El soneto es más solemne, pero la décima más sonora y redonda. En el soneto la reflexión tiene más espacio para desplegarse en cada una de sus cuatro estrofas, hasta que al final rompe; en la décima la reflexión es un pájaro que en seguida echa a volar y, por tanto, tiene que ser un pájaro muy bonito para que no se nos quede en poca cosa, en epigrama, en queja.

Los cien pájaros escogidos que echa a volar Enrique Barrero son todos de colores y cantan muy bien y no son ni epigramas ni simples estampas. Salen de las páginas en un vuelo elegante y sencillo y revolotean alrededor durante un rato y tienen siempre algo narrativo cargado de reflexión y bellas imágenes y un buen remate.

La contemplación respetuosa de los elementos naturales ( “Los secretos de la luna/ los conoce solo el mar”), la versión andaluza de “Nuestras vidas son los ríos” de Manrique (“La vida, Guadalquivir,/ se parece a tu corriente”), la décima escrita tan solo con nombres de calles de Sevilla, que en la décima parecen calles de una República de poetas, los escarabajos que el recuerdo infantil del poeta ascendió “hasta el grado de alacrán”, el rescate que el poeta hace del jaramago, de la vieja bicicleta y todo lo que ella significa, “y la espada rojiza del verano”, y un agradable y alado etcétera, son ejemplos de todas estas décimas dedicadas al mar, a Andalucía, a Sevilla, al paso del tiempo... A mí me han gustado mucho las dedicadas a sus hijos y las diez décimas de "Menudencias", porque rescatan de su aparente insignificancia las cosas olvidadas, pequeñas o inadvertidas y exterioriza la alta belleza interior que les corresponde. Pero las mejores son las diez finales, las de la décima parte del poemario, "Palabras en la hondura", donde está el Enrique Barrero más profundo y revelador.

Ignoro la distribución que Ángaro hará de este  libro, pero no me resisto a echar a volar a estos cien pájaros por la Interred.

Y sea bienvenido. La poesía española no se limita solo a los endecasílabos blancos y a los versos libres, sino que tiene una gran riqueza estrófica de la cual este libro es digno heredero y continuador, como lo hicieron Jorge Guillén y Gerardo Diego.