01 diciembre 2009

Acuarela sin profundidad

El secreto del calígrafo

Rafik Schami

Salamandra, 2009

ISBN: 9788498382440

416 pág.

19,00 €

Traducción: Carlos Fortea Gil.




Ilya U. Topper

Aquí tiene usted un retrato de Damasco a la acuarela. Podría lanzar la metáfora fácil y decir que Rafik Schami (Damasco, 1946, nombre artístico de Suheil Fadel, un cristiano sirio exiliado desde 1971 en Alemania) ha caligrafiado la ciudad de su infancia. Pero la mayor parte de la novela se asemeja a una mezcla de un alegre paisaje urbano pintado por Claude Monet y un cuadro de época.

Schami, un autor prolífico y muy reconocido en Alemania (publica desde hace 30 años en alemán), ha creado una novela histórica clásica, aunque ambientada en un pasado reciente: el Damasco de los últimos años cincuenta. Como cabe esperar, la vida, los colores, aromas y hábitos de la ciudad están pintados con un trazo seguro y cercano, del mismo modo que los críos que pueblan las callejas: cristianos, musulmanes, casi siempre juntos y revueltos.

Mientras desfilan niños, adolescentes y calles, todo va bien. Pero cuando el autor se ve frente al reto de dibujar el perfil psicológico de sus personajes adultos, el trazo se le vuelve inseguro. Que me expliquen cómo una muchacha de veinte años, con educación secundaria, formada como modista y suficientemente lanzada como para ir a buscar los primeros besos y caricias a la azotea vecina, acepte de repente casarse con un hombre mucho mayor al que nunca ha visto en su vida. Sin un amago de protesta. No digo que no ocurra: ocurre hasta hoy. Pero la labor de un novelista es explicarlo, mostrar la psique de las personas, llevarnos por sus emociones hasta que las entendamos.

El fallo se repite cada vez que Schami se enfrenta a un giro inesperado: entonces se limita a describir el curso de los acontecimientos sin permitirnos a comprender la evolución de su personaje. Y a falta de esta profundidad psicológica, la trama deja de ser un torbellino que arrastra al lector sino que se asemeja más bien a un río lento en el que hay que avanzar a golpe de remo. Y no ayuda nada el que la novela se convierta, conforme avanza, en un hormiguero con centenares de personajes secundarios, a menudo limitados a breves cameos. ¿Intenta el autor reemplazar la profundidad por la amplitud?

No me entiendan mal: Rafik Schami no escribe peor que la inmensa mayoría de los novelistas cuyas obras se amontonan en las grandes superficies. Si a usted le gustan Amin Maalouf, Ken Follet o Antonio Gala, sin duda le gustará El secreto del calígrafo. Y además aprenderá mucho sobre un país y una época ―la Siria contemporánea, tan cercana a nosotros― como sobre una civilización histórica ―la árabe― y ya nunca olvidará el nombre del inmenso calígrafo y científico Ben Muqla (o Ibn Muqlah). Otra cosa es si está usted acostumbrado a alimentarse con escritores de la talla de Juan Rulfo, Gustav Meyrink o Joseph Kessel.

Una última anotación, señor Schami: permítame que le diga que me he sentido un poco estafado al terminar el libro: insiste usted en que el calígrafo quiere simplificar la escritura árabe reduciendo el alfabeto de 28 letras a 19, y se sirve de esta reforma para darle una dimensión política a su novela, pero en ningún momento me dice qué letras habría que suprimir. Usted sabe árabe, sabe que cada letra expresa un fonema claramente distinto a todos los demás, aun cuando cada habla local confunde unos cuantos de ellos (pero en Siria no se confunden los mismos que en Egipto o en Marruecos). ¿Por qué, después de 416 páginas, no me desvela el secreto del calígrafo y me dice cuál podría ser esta reforma radical del alfabeto? ¿Se atrevió usted a imaginarla?

1 comentario:

rodolfo dijo...

No estoy de acuerdo con usted con respecto a la "profundidad" de la novela "El secreto del calígrafo". para comenzar el término "profundidad" es dudosísimo. En un oceano de 5 centímetros del piso a la superficie ¿Se puede llegar al fondo o no? Y en uno de millones de metros ¿Se puede? relativismo banal, es verdad, tanto como el calificativo. Ahora bien, yo creo que en una obra de arte, en este caso una novela, el resultado pasa por la intencionalidad del autor y la posibilidad de conmoción estética y de impacto reflexivo en el lector. El autor, más que en la incursión sicológica parece intentar -y lo logra- que el lector se identifique con una geografía y un ritmo general, que vienen definidos (ritmo y geografía) por una cultura con cientos de años de historia e incluso de resabios. Es decir una fuerza social que arrastra a los personajes, aún en sus rebeldías, a actuar en consecuencia con ese peso. Así es siempre, dirá usted. Bueno ¿Es eso profundo, superficial o es la vida? Esta novela está llena de imágenes que, por lo menos a mí, me conectan con aspectos del alma, de la psiquis. Esas imagenes son tan valiosas como los giros que logra H. Ibsen en su teatro, o Juan Rulfo en su novela. En fin una novela ni tiene que ser sicológica, ni profunda tiene que ser una novela. Ponerle "deberes" o "teneres" a una novela es partir de una poética prescriptiva. Bueno para los críticos pero fastidioso e inútil para el escritor. Saludos.

Rodolfo Porras.