23 septiembre 2011

Conocerse a uno mismo


Trilogía de Zabala

José María Conget

Prensas Universitarias de Zaragoza, 2010. Colección "Larumbe"

ISBN: 978-84-15-03173-4

725 páginas

24 €

Edición y prólogo de Ignacio Martínez de Pisón


Rafael Suárez Plácido

Nunca dejaré de preguntarme qué mecanismos conducen a un artista a desnudar su vida (también podría decir su alma, sus grandezas o sus miserias) y mostrarla ante los ojos de los demás. Y lo cierto es que todos los que merecen la pena terminan por hacerlo. El problema es que no obtengo la respuesta, por más que la sé, que me la dicen, que la digo, que la escribo o que la leo o que la intuyo. Desde que leo diarios o poemarios o novelas me pregunto: ¿Cómo pueden publicar esto de ellos mismos o de los demás? ¿Dónde está el pudor? ¿Dónde está el fingidor?

En 1981, la editorial Hiperión publica quadrupedumque, primera novela del aragonés José María Conget, que realiza el viaje iniciático inverso al usual desde hacía unos años: joven español cuenta en una novela ambientada en Lima, cómo jóvenes europeos, cultos y con ganas de vivir, se abren camino en el Perú desde la nada. Ya habían pasado los años más intensos del boom, pero el destino habitual era París, o Barcelona a lo sumo. Todo lo que se sabía de Perú estaba tamizado por las lecturas de algunos de sus narradores esenciales. Hoy, treinta años después, tenemos en nuestras manos el volumen: Trilogía de Zabala (Universidad de Zaragoza. Colección Larumbe), que incluye dicho libro, ahora con el título Quadrupedumque, y los posteriores Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias y Gaudeamus, publicados también por primera vez en la citada Hiperión. Lo primero que se me ocurre es obvio: es una muy buena noticia recuperar esos libros agotadísimos en librerías y objeto de culto en las de segunda mano. Ante este lado bueno, contraponemos un problema: va a ser muy difícil que este libro llegue a las librerías de fuera de Aragón. Y hace falta.

Sí, hace falta porque tras estos tres primeros libros que ya fue creando expectativas reales sobre el autor, aparecieron las novelas Todas la mujeres (Alfaguara, 1989 y Paréntesis, 2009), Palabras de familia (Pre-textos, 1995), Hasta el fin de los cuentos (Pre-textos, 1998) y los libros de relatos Bar de anarquistas y La ciudad desplazada (también en Pre-textos), que han ido aumentando el número de lectores de su obra que ya no tenían acceso a esas primeras novelas.

Quadrupedumque (la mayúscula inicial es una decisión de Ignacio Martínez de Pisón, responsable de esta edición y autor del prólogo que la acompaña) es una novela sorprendente, en todos los sentidos, para el lector actual. También para los lectores del resto de su obra. Son fragmentos, aparentemente orales, que comienzan en medio de una oración y que van avanzando sin mayúsculas discursivas, sin puntos, sin más pausas que comas, guiones y paréntesis. La sintaxis de la oración escrita se rompe. Esto ya había pasado en otros autores y era una marca de estilo que entonces interesaba al autor. Se podría hablar de técnica de 'collage'. Los textos van surgiendo y no es hasta bien avanzados que descubrimos quién los refiere o cuáles son los personajes que intervienen.

Siempre es importante, en Conget, el paisaje de sus ciudades. La historia transcurre en Lima. Si le preguntáramos al autor por dos de sus tres aficiones favoritas, seguramente nos diría: ir al cine y viajar. La tercera es más cuestionable y supongo que dependerá del momento. Pero una buena parte de su vida lo ha pasado viajando y esto es patente en sus libros. La joven pareja que forman Miguel Zabala y Tana marchan a Lima prácticamente con lo puesto. Viven en casas de amigos hasta que encuentran trabajo: él como profesor de francés en la Universidad y ella dando clases particulares de inglés. Mientras tanto viven la vida limeña: es tiempo de convulsiones políticas, ascenso del APRA y revueltas constantes en las calles. Todas estas situaciones los van alejando y ellos, aunque parecen darse cuenta, no saben o no pueden ponerle remedio. Los cantos de sirenas que oye Miguel, alter ego del autor, le atraen de manera que no sabe incluir a Tana en estos momentos de su vida. Hay dos personajes que me atrajeron mucho. Se trata, en primer lugar, de Francois, francés, profesor compañero de Miguel en la facultad, el personaje más interesante de la novela. Inconsecuente hasta la nausea a veces pero consciente de serlo en todo momento. Quizá Miguel añora su libertad. Quizá Francois añora la estabilidad que debiera tener Miguel. Tampoco queda claro. Los personajes, las personas, que más me interesan no son blancos o negros. Son como son y, además de los dos protagonistas, presencias o ausencias constantes en todas sus novelas, es el personaje más logrado de toda su obra. El otro personaje que más me ha interesado de Quadrupedumque es utis. Sí, así se llama este desdoble del propio Miguel. A veces Miguel; a veces utis. Una especie de conciencia que advierte al protagonista constantemente del peligro que entraña su aventura: perder a Tana, perder a quien más quiere o, incluso, a la única persona a la que quiere en esos momentos. Los demás personajes femeninos del libro no me han interesado demasiado. Son un medio para que estos tres (o cuatro, depende de utis) protagonistas vayan contándonos sus vidas.

Hay dos momentos que valdrían por sí solos la novela. Son los fragmentos más largos de la historia. El primero es de Miguel y el segundo de Tana, van seguidos. Ambos presienten lo que va a ocurrir: la ruptura. Ninguno de los dos hace demasiado por remediarlo. Miguel asume los tópicos de la joven progresía de aquellos años. Tana no los comprende. Los asume porque ya ha decidido que es con Miguel con quien quiere pasar la vida, pero no termina de entenderlo. Le pide que escriba. Sabe que tiene que hacerlo para terminar de ser feliz, de comprender el momento que vive. Inicié estas líneas con la pregunta ¿por qué escribimos sobre nuestras vidas? Tana me responde: para tratar de comprendernos.

La forma narrativa es el otro gran tema de Conget. La voluntad de estilo; el desarrollo del monólogo interior; el estilo indirecto libre, libérrimo; el deseo de transcribir lo que se habla, más aun: lo que se piensa. Hay quien ha escrito que Conget es un narrador postmoderno. No sé. Quizás en estas novelas sí lo sea. El deseo de romper con todos los esquemas prefijados por la norma, por la sintaxis. El ritmo, los dejes peruanos de otros personajes frente a la prosodia aragonesa de los protagonistas. Todo esto está en Quadrupedumque.

Fue cuando escribía la segunda novela, Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias, cuando empezó a valorar la idea de la trilogía. La primera novela estaba ideada y publicada como una obra en sí misma. Diría que lo es, que puede serlo. Pero el segundo libro aclara muchos aspectos de ella. La primera parte es un recorrido por el terreno de la infancia: Zaragoza; sus padres; su tía tan querida a la que sintió como se siente a una madre; su abuela; la perplejidad del niño ante el paso del tiempo: del pasado al presente; su ingreso en el infierno gobernado por los jesuitas; los veranos: el único tiempo en que sintió que fue feliz. Puede parecer una infancia tópica, pero se apresura a aclarar que no lo fue: “No siento aquellos años como una patria añorada.” En la segunda parte tenemos al Zabala del presente: profesor en un instituto en Cádiz, separado de Tana y angustiado por sus últimas palabras: “¿Pero tú quién eres?” Es el momento de irlo descubriendo y lo hará y comparando su presente con el que podría haber sido. El humor también está siempre presente. La profesión que asumía aunque no le gustaran los métodos. En el título se recogen esos comentarios a la Guerra de las Galias que emparentaban sus años de profesor en Cádiz con los de alumno en los jesuitas de Zaragoza: los materiales eran los mismos. ¿Cómo podían interesar a adolescentes que no entendían nada de lo que aprendían casi de memoria? En la tercera parte vuelve a dar la voz a Tana, que también repasa el tiempo incierto de la infancia y que en Zaragoza o en Barcelona no deja de sentir que su vida tendría que estar junto a él.

La primera parte y la tercera son biografías, noveladas pero biografías de los protagonistas. Entre ellas están las que podrían ser notas de un diario: algunas de ellas nos aclara que tachadas. Sigue siendo el autor preocupado por la forma como si fuera un protagonista más de la novela. En el prólogo que hace a la reedición de su cuarta novela, Todas las mujeres, nos aclara que ya no está tan interesado en esas aventuras formales. Sí, son aventuras formales, pero tienen vida. Una vida que aparece ya como protagonista, en todo su esplendor, en la tercera novela: Gaudeamus.

El inicio del himno universitario sirve a Conget para transportarnos a los años de estudiante en la Universidad de Zaragoza. Los otros protagonistas ya han aparecido escuetamente en los libros anteriores: Rafa Carnicer en Quadrupedumque y Juan Lizalde en los Comentarios… La entrada en escena de Carnicer es colosal. El resto no demasiado. La vida de Zabala, aun inmerso en ese laberinto del infierno que fue el colegio, se debate entre el amor y el respeto a su familia, la pasión por los tebeos, el cine y los libros, y el deseo de explorar el cuerpo femenino. Quizá sea este Gaudeamus el libro que más me ha gustado de los tres. Quizá también de toda su obra. Las sensaciones encontradas que le producía María Eugenia, su amor platónico de entonces son muy asumibles. Las dudas: el asco y la fascinación que sentía ante Carnicer. Y el amigo de toda la infancia, Lizalde, siempre ahí, con unos referentes tan cercanos. Las primeras tertulias, las primeras copas, la impotencia… Querer ser y no poder serlo tantas veces. Al final de esta novela se produce el encuentro con Tana. No se deja ver claramente, pero se presiente que a partir de ahí todo va a ser diferente.

La Trilogía de Zabala es el libro de José María Conget que todos debiéramos conocer. No se trata de conocer una época, ni a un autor fascinante: se trata de empezar a conocernos a nosotros mismos.