12 marzo 2010

Un espectáculo estético

La noche de los tiempos

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral. Biblioteca Breve

ISBN: 978-84-322-1275

960 páginas

24,90 €



Daniel Ruiz García

Escuché de boca de Fernando Iwasaki que La noche de los tiempos venía a ser algo así como el Guerra y Paz o el Rojo y Negro de la Guerra Civil Española. No cabe duda de que la aseveración tiene un titular, pero no comparto ese diagnóstico, ya que en su supuesta semejanza con los libros referidos existe una gran distancia de enfoque. Al contrario que éstas, sobre todo de la primera, La noche de los tiempos está centrada en una historia de carácter íntimo, sentimental, doméstica en ocasiones. No es, a mi juicio, la Gran Novela de la Guerra Civil, ni creo que pretenda serlo, ya que la lupa está posada sobre un puñado escaso de personajes, y por tanto no hay un gran tapiz dramático, o en todo caso, sí que lo hay pero siempre al servicio de la historia central, sobre la que está soportada toda la trama, y que viene a ser el dilema de la infidelidad asociado a la libertad, el escape de la conciencia a través del amor, de un amor doloroso que trastoca el ambiente familiar y que produce un daño incurable en todo su entorno. El amor y sus efectos de devastación sobre la persona y sobre todo aquello que la rodea. Y en medio, como una metáfora, la frontera física de una guerra que eclosiona, y que enfrenta a un pueblo contra sí mismo. Confluyendo todo sobre un gran concepto, el de la ruptura, el de un mundo que se resquebraja, un mundo interior, el del personaje principal, el arquitecto Ignacio Abel, y un mundo exterior, el de una España que se prepara anárquicamente para una guerra que nadie en realidad preveía. Y después el exilio, y el silencio atiborrado de incertidumbres, de suposiciones, de desvelos, de culpa. Encuentro pocos rastros de la novela que el propio Muñoz Molina apunta como génesis de la idea de La noche de los tiempos, la monumental Vida y Destino de Vassili Grossman, ya que en este caso, como en el caso de Guerra y Paz, sí hablamos de una auténtica novela coral, plagada de voces y de historias que se entrecruzan, todas ellas marcadas o al menos tocadas por el drama de una guerra que descompone a todo un pueblo, y que finalmente en ambos casos marca un cambio de rumbo, un nuevo orden, para toda una civilización. Y ni en una ni en otra hay una voz narrativa que se imponga, que se muestre rotundamente con su propio “yo”, sino que hay una apariencia de libre albedrío de los personajes. Es probable que Muñoz Molina partiera de la referencia de Vida y Destino, pero el resultado está a mucha distancia de su referente. Porque La noche de los tiempos es, valga la perogrullada, muy Muñoz Molina, con un sello estilístico muy marcado que potencia los elementos más característicos de su producción. Me refiero a esa forma tan musical que el jiennense tiene de entender el párrafo literario, con una capacidad de subordinación que Muñoz Molina convierte en magisterio, y con ese gusto tan afinado por la precisión sustantiva. Me refiero a su característica forma de incrustar pensamientos y reflexiones al hilo de la narración, de forma tan suave y sencilla que sin querer nos sentimos como mecidos, como si la lectura nos llevara a nosotros y no al contrario. Me refiero a esa sutil forma de emplear la reiteración, creando secuencias de párrafos que funcionan de manera integral a modo de espejos que repiten entre sí un mismo reflejo, y que operan como conjunto engranado dando una gran densidad al texto literario, que a veces resulta hasta sofocante. Todo ello, por supuesto, partiendo de un tono extremadamente íntimo, que evoca en muchos momentos el aliento epistolar, donde no caben grandes peripecias narrativas y donde un planteamiento coral resultaría extraño, chirriante. El marcado sello personal se ve reforzado en esta ocasión por la introducción de una voz narrativa en primera persona, que aunque incomprensible al principio acaba introduciendo una interesante nueva dimensión a la novela: la de la reflexión del propio escritor sobre el modo en que ha de asumirse la narración de unos hechos que nunca ha vivido. “Cómo será haber vivido ese domingo, esa semana entera. Cuántas personas quedarán que todavía recuerden, que conserven como una frágil reliquia una imagen precisa, no agregada retrospectivamente, no inducida por el conocimiento de lo que estaba a punto de ocurrir, lo que nadie preveía en su escala monstruosa, en su sanguinaria sinrazón”, se pregunta el autor en el momento en que le toca abordar el momento del estallido de la guerra. Una conjetura de estricta teoría literaria, en un texto que parte de unos mimbres históricos y que acaba resultando una novela con una carga de innovación considerable. Siempre tengo una sensación parecida al leer una novela de Muñoz Molina, sobre todo las de su ciclo de Mágina (sus novelas de género me interesan menos, aunque todo lo que provenga de su pluma me parece estimable): la de que, en lugar de leer, estoy contemplando un enorme lienzo, y la de que, en lugar de narrar, Muñoz Molina no hace sino mostrar realidades mediante ejercicios de desvelamiento parcial, como quien va componiendo una imagen a partir de la suma de las piezas. Una forma de narración nada diacrónica, que exige un sobreesfuerzo del lector. El lector de Muñoz Molina nunca puede ser perezoso; siempre debe ser esforzado, se le exige plena atención, agilidad, disposición a encajar las piezas.

Se han dicho muchas cosas de esta novela, en la mayoría de los casos desde planteamientos ideológicos o políticos que me parecen, en general, de escaso interés. Prefiero hacer de La noche de los tiempos la lectura que he hecho, la del asistente a un espectáculo estético de enorme intensidad y altura. Estoy seguro, como lo estaba cuando leí El jinete polaco: esta novela quedará. Al tiempo.

2 comentarios:

Juan Carlos Sierra dijo...

¡¡¡Magnífica reseña y, supongo, magnífica novela!!! Lo interesante de la literatura es la literatura misma y eso queda muy claro en tu reseña, Dani.
Un abrazo.

marticuen dijo...

Desde luego que la reseña es para quitarse el sombrero y la novela a la que se refiere, también. Además de la historia de amor del arquitecto y la estudiante americana y el desamor de la esposa engañada, está la sociedad convulsa del inicio de la guerra civil y a mí lo que más me ha impresionado es la capacidad para recrear aquellos dias que tuvieron que ser terribles en Madrid de manera que a veces, leyendola, me he sentido dentro, he sentido el miedo de andar insegura por una calle sin saber qué me podría encontrar, o en ese piso vacío, lleno de platos sucios y sabanas usadas, con miedo a que un dia subieran a por mí. Y ha pasado casi un mes desde que la leí pero la impresión sigue ahí. Sublime Muñoz Molina, aun no me ha defraudado niguno de sus libros desde que leí El invierno en Lisboa por primera vez.