28 febrero 2011

Zoco coloreado

León el Africano

Amin Maalouf

Alianza, 2011

ISBN: 978-84-2066-409-5

512 páginas

9,50 €

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo



Ilya U. Topper


Si a usted le gustan las novelas históricas amplias, bien narradas, fieles a la época que describen, preocupadas por el detalle, coloridas y fáciles de leer ―es decir, si le gustan las novelas históricas clásicas― León el Africano le gustará. Aunque probablemente entonces ya se la habrá leído.

Aclaremos el término: novela histórica significa aquí: novela que narra un episodio de la historia de la humanidad. Es distinto a la moda que en la última década nos ha hecho ahogarnos bajo una avalancha de novelas de intriga que, por no saber o por rehuir el trabajo de diseñar un marco actual mínimamente verosímil en el que ubicar asesinatos, conspiraciones y enredos amorosos, les ponen ropajes de época a los personajes y trasladan en un pis pas toda la acción al siglo XIV.

Una época suficientemente oscura como para estudiarse las cuatro líneas maestras conocidas y adaptar el resto de la realidad a las necesidades del guión (personalmente prefiero a los que tomaron la otra dirección, como Stanislaw Lem, y ubicaron sus novelas de crítica social y humana en un futuro galáctico).

No: León el Africano no es un personaje de intriga proyectado hacia la Edad Media para poder repartir veneno o puñaladas a gusto. León el Africano, Hassan Wazzan Fasi para sus amigos, un comerciante y explorador de Fes, vivió efectivamente, recorrió tierras de Tánger a Tombuctú, de Agadir a Estambul, fue hecho prisionero, se convirtió al cristianismo, ascendió a secretario del Papa León X. Lo sabemos de buena fuente, pues escribió para su patrón un amplio y minucioso tratado geográfico de África de Norte, basado en sus propias experiencias viajeras.

El personaje existe, pues; Maalouf no ha hecho más que añadir detalles al lienzo; ha coloreado con esmero las escasas siluetas que nos presta la Historia. Conociendo el trabajo concienzudo del escritor libanés, conocido asimismo como autor de ensayos históricos bien investigados y siempre amenos, no cabe duda de que usted conocerá aquí en directo una parte de nuestra historia y de la de nuestros vecinos inmediatos.

Puede fiarse de que Maalouf no recurre a clichés de segunda mano. (Los de primera mano, qué remedio, componen inevitablemente nuestro pasado, algo de lo que el propio Hassan Fasi tal vez no sea inocente: hay quien le reprocha haber introducido en su tratado numerosos datos falsos para confundir al enemigo cristiano. Y hay quien especula que el viajero nunca existió sino que su libro fue compuesto por mercaderes venecianos. Quién sabe).

En todo caso, con eso es suficiente para decidirse entre las posibles lecturas de verano, sobre todo ahora, cuando Alianza ofrece una nueva edición en bolsillo. Ideal para tren, autobús, avión, hamaca de playa o tarde de sofá. Regalo de fácil acierto.

Tampoco tanto más, debo añadir. Un personaje del tamaño de León el Africano habría permitido una obra mayor: trazar un perfil de caracter realmente personal, rellenar no sólo los colores del zoco en el retablo histórico sino también las oscuridades en el alma del protagonista. Darle una vida interior, inventada, sí, pero inspirada: lo que se llama creación literaria.

Hacer constar que el protagonista se convirtió al cristianismo es correcto. No decir por qué lo hizo es un pequeño delito de omisión contra la Literatura, ésa que se escribe con mayúscula. ¿Se inclinó Hassan Fasi sobre la pila bautismal porque realmente creyó encontrar la bondad de Jesucristo en este acto? ¿Fue todo una farsa hábil para poder escapar al destino de la esclavitud y volver a su fe verdadera, diez años después? ¿O quizás León era agnóstico y realmente le daba lo mismo salpicarse con cualquiera de las aguas que los distintas dogmas prescriben para según qué parte del cuerpo?

Es cierto que no lo sabemos ni lo sabremos nunca. Pero aquí, el escritor, más que el cronista, podría habernos regalado un León como no existe en los libros de historia (y como tal vez nunca existió, pero qué importa). Insinúa Maalouf la tercera opción, la de la indiferencia, pero no cincela del todo esta libertad interior, esta rebeldía contra los dogmas, como rasgo marcado de su protagonista desde el principio. Aunque en lugar de crear un fiel retrato, así tal vez le podría haber conferido la inmortalidad. Ésa que sólo pueden regalar los escritores.

25 febrero 2011

Palabras como armas de fuego


1Q84. Libros 1 y 2

Haruki Murakami

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-314-8

744 páginas

25 €

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez



Rafael Suárez Plácido

Nunca me ha resultado fácil saber por qué me ha gustado una novela, ni qué vínculo poderoso se ha establecido entre el autor y el lector, a través del texto. Me gustaría asumir la teoría de la reencarnación, según la cual uno iría recopilando en esta vida fragmentos de vidas pasadas: miradas, olores, palabras. Eso explicaría muchas cosas sin sentido. Lo mismo ocurriría con las películas, las imágenes, o con la música, los sonidos, y desde luego con los libros. Uno de los personajes de esta novela, que sabe que está a punto de morir, le dice a su asesino: “Las personas somos incapaces de distanciarnos de las imágenes que nos han inculcado en la infancia.” Así, la infancia haría la función de esas vidas pasadas. Parece que el escritor japonés Haruki Murakami (Kyoto, 1949) es partidario de esta teoría. Las vidas de sus personajes están marcadas desde la infancia, pero como no lo saben, transcurren, más o menos, plácidamente, hasta que un encuentro aparentemente azaroso les devuelve a la realidad. Entonces miran atrás y, sólo entonces, reconocen que los pasos estaban marcados, que todo tenía un sentido. El azar no existe: es un cúmulo de situaciones y decisiones personales el que nos lleva a algún sitio o a ninguno. Entonces reflexionamos y pensamos que nuestra vida no es como la de los demás: que, por ejemplo, el 1984 en que vivimos no es el mismo año que viven los que nos rodean. De ahí la necesidad de llamarlo de otra manera: 1Q84.

Hace unos años que en España se están editando libros de autores japoneses. Antes conocíamos a Yukio Mishima y algunas recopilaciones de 'haikus'. El Nobel impulsó a Yasunari Kawabata y a Kenzaburo Oé, quizás el mejor escritor japonés vivo. Hoy es fácil encontrar ediciones de los clásicos japoneses. Las dos “novelas” fundacionales, La historia de Heike y, especialmente, La historia de Genji, las podemos encontrar en distintas y magníficas ediciones. También algunos clásicos del decisivo periodo Meiji, Natsume Soseki y Ogai Morai, o el otro gran clásico japonés, Junichiro Tanizaki, se están editando con cierto éxito. No sé si es una moda que podría ser pasajera, pero sí que es una maravillosa noticia. Hay quien cree que se debe al éxito de Haruki Murakami. Después de editar Anagrama La caza del carnero salvaje (1992), ha sido la editorial Tusquets la que está publicando sus libros. Al sur de la frontera, al oeste del sol (2003), Tokio Blues (2005) y Kafka en la orilla (2006), son buenos ejemplos de su narrativa, pero 1Q84 (2011) es su obra más importante hasta el momento. En este volumen tenemos los dos primeros libros; falta un tercero que se publicará pronto. Está estructurado como una novela por entregas. Los dos personajes principales, Tengo y Aomame, se van alternando cada capítulo. Al final de cada uno de ellos el lector desea saltarse el siguiente y volver sobre la historia leída, pero no lo hace porque ya sabe que cada página, cada párrafo, es imprescindible. Un personaje cita a Chejov: “Cuando en una historia aparece un arma de fuego, esta debe ser disparada.” Las palabras de Murakami son como armas de fuego. No todas van a ser disparadas, pero no hacerlo también es una decisión que les da cabida en la historia. Con todas estas palabras, el lector se va construyendo su particular 1984, a medida que realiza un viaje fascinante al Japón actual. Hay quien dice que Murakami no parece un autor japonés. Quizás esperan geishas, samuráis, aparatos electrónicos o mangas, eso quién lo sabe. Pero las relaciones entre sus personajes sí son propias de su país. La idea de que no es imprescindible culminar ahora algo para que tenga sentido sí es muy japonesa. Y a mí me gusta pensar, además, que es así. Somos muchos, cada día más, los que esperamos la nueva novela de Murakami para disfrutar con su lectura, para conocernos más.

24 febrero 2011

Callos a la zamorana


Viscerales

VV. AA. Edición de José Ángel Barrueco y Mario Crespo

Ediciones del Viento, 2011. Colección "Viento Abierto"

ISBN: 978-84-96964-76-1

216 páginas

18 €


Fran G. Matute

Resulta tremendamente atractiva la idea que subyace detrás de esta colección de relatos recopilados por los zamoranos José Ángel Barrueco y Mario Crespo, que atiende al nombre genérico de Viscerales. Se trata de una selección de textos, más que de autores (aunque una cosa vaya inexorablemente unida a la otra), que promete sudar "rabia, sinceridad, corazón, hígado, riñones, calor y desnudez". Estamos por tanto ante un cocido maragato, un plato de callos, un mondongo con panceta, un 'haggis', un 'gumbo'... cualquier cosa que se consuma humeante y contenga elementos gelatinosos, pringosos, grasientos e indigestos para el cuerpo y la mente. Vamos, que si no da gases no mola.

Eso es lo que anuncia el menú, pero parece que los grandes chefs pidieron una baja ese día. O si queréis, dejémoslo en que los pesos pesados que conforman la nómina de autores de esta colección de relatos no han utilizado sus mejores ingredientes a la hora de preparar sus comandas: ni Enrique Vila-Matas, ni Carlos Salem (el que por lo menos nos descubre, gracias a su texto, el origen de su celebérrimo "huevo izquierdo del talento" con el que da nombre a su blog), ni Manuel Vilas (este llega a rozar la chorrada), ni siquiera Montero Glez, el más afín de todos a la filosofía de esta publicación, cubren las expectativas culinarias.

Así que es mejor ir a este restaurante zamorano otro día, cuando sepamos que en la cocina están Francesco Spinoglio, Javier Esteban (digno su texto de David Foster Wallace), Julio Valdeón Blanco, Lucía Fraga, Patxi Irurzun (genial su lisérgico viaje por la Vera cacereña, al más puro estilo 'beatnick' en "Reliquias y jorobas"), Dani Ruiz García (sé que parezco el padre de Hamilton, pero ¿acaso no es su "Pliego de descargo" el mejor relato del libro?)... Son ellos, (y algunos pocos más) los que dan prestancia al local. Son ellos los que dan lustre al proyecto culinario, los que vertebran toda la edición con su visceralismo (auténtico, no impostado como el de otros participantes), doliente, sudoroso, pegajoso, quebradizo.

¿Y cuál es el equilibrio nutricional de este libro? ¿Es indigesto o liviano? Digamos que las chicas (la citada Lucía Fraga, Ana Pérez Cañamares, Roxana Popelka, Adriana Bañares, Alejandra Zina) se llevan la mejor parte. Sus muslos son tiernos, sus salsas picantes (aunque recurran en demasiadas ocasiones al semen como condimento de sus platos), sus morrillos comestibles. Algunos hombres no cocinan mal del todo (meritorio Alberto Haj-Saleh con su "En todas las parejas hay peleas" y ese fantástico reproche "¡Estoy en pelotas sobre ti y ni siquiera se te calientan los pies!"; interesante David Murders tomando como modelo visceral al descomunal Pig Champion de los Poison Idea; el "Barrizal" monteresco del Kutxi Romero o el rabioso "Burofax" enviado por Alfonso Xen Rabanal), pero otros abusan de las especias (José Manuel Vara, Jorge Espina) o directamente mezclan mal los ingredientes (David Refoyo, Javier Das, Iñaki Echarte Vidarte).

A esta alturas os podréis hacer una idea de que la selección de los 40 platos del menú que propone Viscerales haya quedado algo desequilibrada. Demasiados carbohidratos (la conexión con el blog Hankover es alargada), que te llenan el estómago pero alimentan poco. Téngase en cuenta además que muchos textos toman formas teatrales o de poemario, lo que dificulta que los jugos salivares hagan su trabajo correctamente. Si tomamos como modelo clásico del visceralismo las "Tripas" (2005) de Chuck Palahniuk, debemos admitir que tras engullir estos callos a la zamorana no hemos necesitado Aero-red.

23 febrero 2011

En la caverna del periodismo

Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles

Pascual Serrano

Ediciones Akal, 2010. Colección "Foca Investigación"

ISBN: 978-84-96797-50-5

335 páginas

16 €


Juan Carlos Sierra

En el mito de la caverna de Platón se nos explica algo así como que lo que percibimos de la realidad no son más que reflejos o proyecciones de una realidad más real, más verdadera. O, dicho de otro modo, las sombras proyectadas en la pared de la cueva no son la realidad en sí.

Esta explicación platónica sobre lo que percibimos como realidad, salvando las distancias históricas y filosóficas, bien se puede aplicar a multitud de fenómenos que ocurren a nuestro alrededor, llegando incluso a abusarse de ella para fundamentar en numerosas ocasiones algunas de las más rocambolescas teorías de la conspiración.

Sea como fuere, lo que parece que está claro es que debajo de la tranquila superficie del mar en calma siguen circulando corrientes que solo apreciamos si nos sumergimos en el agua. Y debajo –o encima- de lo que se escribe en los periódicos existe una realidad que no suele corresponderse con los principios que supuestamente mueven a este noble oficio.

Para demostrarlo, Pascual Serrano ha escrito recientemente Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles. La propia peripecia del libro habla bien a las claras de su contenido (página 37). La resumo. La editorial Península le encarga a Serrano el libro. Una vez entregado e incluso anunciado en las novedades de otoño de la editorial, llegó el veto o la censura de los altos directivos -¿de Planeta, que forma parte del accionariado del Grup62, al que pertenece Península?-. Con su manuscrito bajo el brazo, Pascual Serrano solo pudo darle oxígeno a su libro dentro de una editorial auténticamente independiente como es Akal, que se atreve a publicar lo que otros no hacen por razones auténticamente espurias.

¿Pero qué es eso tan peligroso que contiene Traficantes de información que merece el dudoso privilegio de esta atención inquisidora? Pues sencillamente, lo que hay detrás de las sombras, lo que hay debajo de la calma chicha de un periódico o de una televisión; es decir, las corrientes que arrastran los principios más básicos del periodismo –pluralidad, democracia, libertad de expresión,…- al estercolero de los mercados –sean lo que sean-, del juego de las acciones en bolsa, del capitalismo más salvaje, del neoliberalismo feroz, de los tejemanejes inmobiliarios, de la usura bancaria,…

Con un lenguaje muy directo, una contundencia argumental basada en datos bien contrastados y un jugoso anecdotario del estraperlo mediático, Pascual Serrano se adentra en el fango de los consejos de dirección de las empresas que manejan el mundo mediático español para poner bajo los focos todo lo que rodea al periodismo y que no tiene nada que ver con él: el abordaje de Mediaset, es decir, de Berlusconi y sus compinches en el paisaje mediático español, la pelea a dentelladas por el fútbol y la publicidad, la concentración de medios, los blindajes de contratos, la información privilegiada para multiplicar beneficios en bolsa, la connivencia de los gobiernos de uno y otro color…

Si alguien quiere seguir contemplando las sombras proyectadas en la caverna de los medios de comunicación españoles –y no solo españoles- que siga el ejemplo de Península -¿de Planeta?- y se abstenga de leer Traficantes de información.

22 febrero 2011

El mundo es un 'kleenex'

Un momento de descanso

Antonio Orejudo

Tusquets, 2011. Colección “Andanzas”

ISBN: 978-84-8383-297-4

241 páginas

17€


José María Moraga

Enfrentarse a la última novela de Antonio Orejudo es una cosa muy seria, menos mal que ya está él para quitarle hierro con su prosa, servida con humor de guarnición. Las expectativas sobre este autor han de ser altas, no en vano hace quince años dio a la imprenta el mejor libro español de los años 90 (al menos el más divertido): Fabulosas narraciones por historias (1996). Siguieron las también excelentes Ventajas de viajar en tren (2000) -un esfuerzo menor en comparación- y Reconstrucción (2005), que hizo mucho ruido por tratar el tema de la (in)tolerancia religiosa.

Ahora nos propone Orejudo Un momento de descanso (2011): un nuevo viaje por la memoria, la escritura y el juego entre realidad/ficción, historia/literatura… temas comunes a sus anteriores obras, que le sirven siempre como leitmotiv. Y el humor, el verdadero pegamento de todo esto, ese tono cómico que empieza como una grietecita en la distancia irónica y acaba desbordando el embalse en una inundación de astracanadas. Si su anterior novela larga no contenía tanto humor, Orejudo recupera aquí sus fabulosas barbaridades por gracejadas, como una profesora de literatura que colecciona fotos de glandes de escritores famosos, un fraile centenario que fuma canutos o una desternillante escena con el manuscrito del Mio Cid que no desvelo para no aguaros la fiesta (no deja de tener su morbo: en 2007 Antonio Orejudo participó, junto con Luisgé Martín y Rafael Reig, en aquella revisitación del clásico cantar de gesta titulada ¡Mio Cid!).

El momento de descanso al que alude el título es doble: se conoce al final del libro, pero tampoco quiero adelantaros eso porque, como ocurría en sus otras tres novelas, Un momento… es también una novela de misterio, con sorprendentes revelaciones. Cual un Vila-Matas con sentido del humor, Orejudo es capaz de sostener el juego posmoderno de demoler lo que acaba de contar en el anterior capítulo para volver a establecerlo en el siguiente, etc, perpetuando así la eterna goma de borrar entre las fronteras de lo real y lo imaginado.

En esta novela el autor da un paso más en el camino de la metaficción, al incluir un personaje llamado Antonio Orejudo, filólogo hispánico, ex profesor en los Estados Unidos y novelista (cuyas obras coinciden en título y contenido, fíjese usted, con las del Antonio Orejudo de carne y hueso que nació en Madrid en 1963) y ahondando en el proceso de construcción de la propia novela. Esta toma la forma de una narración por parte de la voz del autor, quien nos va contando una serie de episodios que a su vez nos llevan a otros para, burla burlando, servirnos una novela como Lope cocinaba un soneto.

Se agradece el soplo de incorrección política que campa por el libro. Un momento de descanso puede leerse a varios niveles: como simple historia cómica, como novela “de campus” (en la tradición de un David Lodge o un Lucky Jim) o como advertencia contra los integrismos de la corrección política y la memoria histórica. Así, en el libro asistimos a la descacharrante descripción del departamento de Español de una universidad de medio pelo USA (con sus miserias, su postestructuralismo y sus investigaciones nimias) -incluido un caso kafkiano de denuncia por racismo-, somos testigos de un tribunal de oposición universitario patrio, del cínico discurso de un catedrático mediocre…

La excusa que pone en marcha la trama es la aparición de “un fantasma”: Arturo Cifuentes, antiguo amigo y compañero en la facultad y en USA del Antonio Orejudo narrador, que recién regresado a España intenta desenmascarar, con la ayuda de una serie de documentos imposibles, una trama de imposturas alojada en la universidad española al calor de la República y el franquismo. La universidad española durante el franquismo sale muy malparada, tras sufrir el “atroz desmoche” (Laín Entralgo ‘dixit’) que constituyó la depuración de centenares de sus miembros tras el triunfo del Alzamiento.

Historia, memoria, realidad y ficción se entremezclan continuamente en el relato de unos sórdidos hechos que los protagonistas intentan aclarar, mientras se topan una y otra vez con la desmemoria y el sutil juego de espejos que suponen los intereses creados tres cuartos de siglo después. Por si esto fuera poco, Orejudo el narrador envuelve su novela en una capa extra de fabulación al contarnos una disparatada explicación de cómo se hizo escritor, y baste decir que si el Orejudo real no es el mejor novelista que hay ahora mismo en España sí comprometo mi prestigio en afirmar desde los tejados que es –con mucho- el más interesante.

21 febrero 2011

Gringo adulto


Ambrose Bierce y la Reina de Picas

Oakley Hall

Valdemar, 2010. Colección "Intempestivas"

ISBN: 978-84-7702-684-6

336 páginas

20 €

Traducción de Marta Lila Murillo


Fran G. Matute

Gracias a la publicación de Warlock (1958) en 2009, muchos oímos hablar por primera vez de Oakley Hall. Y gracias a la lectura de esa imponente novela de casi setecientas páginas (auspiciada por -sí, otra vez, Dani- Thomas Pynchon), nos enamoramos instantáneamente del autor y su prosa. Quizás un poco tarde, ya que Hall había fallecido el año anterior. Pero el esfuerzo editorial de Galaxia de Gutenberg por rescatar del olvido a una figura tan interesante, no cayó en saco roto, ya que muchos de sus lectores, impactados tras la lectura de aquélla alambicada historia sobre la construcción de una ciudad sin estatuto en pleno salvaje Oeste, se quedaron con ganas de más. Recuerdo que, compelido por la necesidad, indagué en la bibliografía de Oakley Hall en busca de más referencias y descubrí, con apasionado asombro, que el autor dedicó sus últimos años editoriales a la novela de misterio con una serie de aventuras protagonizadas, ni más ni menos, que por el legendario y fantasmagórico Ambrose Bierce.

Hete aquí que cuando Valdemar anunció la publicación de la primera de dichas aventuras, servidor no pudo parar de dar saltos de alegría hasta que cayó en sus manos un ejemplar. Ambrose Bierce y la Reina de Picas (1998) se hizo llamar la criatura y ha resultado ser un claro homenaje a las novelas de Sherlock Holmes pero ambientada en el San Francisco de finales del siglo XIX, donde 'Bitter' Bierce se gana la vida como periodista y cuya única obsesión es criticar el Ferrocarril (históricamente reconocida es su aversión al lucrativo negocio que rodeó en aquéllos años a este medio de transporte). Su rutina se verá distorsionada por culpa de una serie de asesinatos de prostitutas, todos aparentemente relacionados con un elitista club minero (la Jota de Picas) y sus envidiosos miembros y "miembras". Acompañando a Bierce tenemos a su Dr. Watson particular, el también periodista Tom Redmond, verdadero protagonista de la novela y narrador omnisciente, que ayudará a Bierce a desenredar la madeja de traiciones y dobles identidades que pueblan esta entretenida historia.

Desde el punto de vista estrictamente literario, si algo hay que destacar de esta primera incursión en las aventuras de Ambrose Bierce es la magnífica recreación que Oakley Hall hace de su San Francisco natal. Al igual que ocurría con Warlock, Hall se transforma en un maestro de la ambientación y su enciclopédico conocimiento de la época le convierte en el mejor narrador posible para imaginar cómo transcurría el día a día en aquélla ciudad tan boyante, que entraba con pasos de gigante en la modernidad. No obstante, debemos admitir que el desarrollo de los misterios que engarzan esta novela no goza de los mismos momentos de brillantez que los pasajes descriptivos de la misma. No es que Hall se muestre torpe a la hora de verter en el texto la información relevante para la resolución del arabesco, pero sí que hemos echado en falta cierto ritmo, cierta acción y, por qué no decirlo, mala leche, a la hora de desenmascarar la trama.

Asimismo, Hall desaprovecha la aventura para indagar más en la personalidad de su personaje estrella, dejando al lector un poco huérfano en este sentido, que ansioso por conocer más (aunque fuera en sentido imaginado) sobre una figura tan sombría como Ambrose Bierce, se ha de conformar con un par de brochazos gruesos sobre su poblado bigote y su misántropa actitud. En este sentido, baste recordar la exitosa novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo (1985), que fantaseaba con el paradero del desaparecido escritor allá por 1914. Hubiera podido aprovechar el bueno de Oakley Hall en convertir esta primera aventura de Ambrose Bierce en su particular "gringo adulto", pero habrá que esperar a que se publiquen las restantes cuatro novelas de la serie para comprobarlo. Eso sí, Hall aprovecha todos los eventos biográficos conocidos de Bierce (incluida su relación con William Randolph Hearst) para adornar la trama de esta novela, sirviendo el escritor-personaje más como contextualizador de la época que como verdadero motivador de la acción, hasta el punto de que cada capítulo de esta narración viene encabezado por una de las caústicas definiciones ideadas por Bierce en El diccionario del Diablo (1906), en un sentido homenaje a su protagonista.

En cualquier caso, toca disfrutar ahora de este divertimento, que cabalga a medio camino entre el 'thriller' y la novela histórica, y que ayuda a poner de nuevo en el mapa la figura de Ambrose Bierce, autor de reconocida influencia literaria en contemporáneos como Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne y responsable de obras clásicas como su mórbida colección de Cuentos de soldados y civiles (que incluye la afamada historia "Lo que pasó sobre el puente de Owl Creek") (1891). Parafraseando al propio Bierce en la novela, recomendamos su lectura, no porque sea "importante", sino porque es "simplemente interesante". Que no es poca cosa en los tiempos que corren...

18 febrero 2011

'Flogging a dead horse'


Intervenciones

Michel Houellebecq

Anagrama, 2011. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6320-8

264 páginas

17,50 €

Traducción de Encarna Gómez Castejón.


Alejandro Luque

Este libro comienza con la flagelacion de un caballo muerto. El caballo en cuestión se llama Jacques Prévert, y su muerte es doble porque a) dejó de respirar hace treinta y pico años, y b) no conozco a nadie que cite a Prévert como su poeta favorito, ni siquiera como una lectura recurrente. Sin embargo, ese género popularizado por los Sex Pistols, la fagelación de caballo muerto, no está al alcance de cualquiera. Ya quisiéramos en España, país pródigo en insultadores de insufrible vulgaridad y cobardía, tener a algún estilista del zurriagazo sobre la carne en descomposición como (démosle la bienvenida) Michel Houellebecq.

Hay que tener talento para decir de alguien que su visión del mundo “deslumbra por su nulidad”, o que “Si Jacques Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites”. Houellebcq gusta de dormir la siesta, no lo olvidemos, a la sombra de Schopenhauer, que elevó el insulto a la categoría de obra de arte. Y ¡chas, chas!, a golpe de látigo, nos introducimos en estas Intervenciones, ramillete de artículos, cartas, entrevistas y textos varios que el autor de Plataforma ha ido publicando desde 1992 en reputados medios como Paris Match o Les Inrockuptibles.

A ese alarde de inútil ensañamiento le sigue, unas páginas más adelante, una reflexión sobre el mundo actual, infinitamente más interesante, que recuerda por momentos a Paul Virilo y a Lipovetsky, y que viene a concluir en un original elogio de la lectura y en un alegato contra el ritmo demencial que nos impone la sociedad de consumo. Este discurso entronca con algunas curiosas ideas que Houellebecq desgrana en una entrevista posterior, acerca del sexo y el dinero como puntales de una cultura construida sobre el deseo, es decir, una cultura egoísta, que también tienen su gracia.

Seguimos pasando las páginas y asistimos a consideraciones varias sobre el arte contemporáneo, la creación poética, la juerga, la pornografía, el modelo alemán, Neil Young, la metafísica, con unos poemas francamente malos deslizados por medio... A veces comparece en estos textos la inteligencia, a veces sólo el ingenio, pero en todo caso se leen muy bien porque quien los articula conoce su oficio, y además ejerce de intelectual a la contra, de figura un tanto molesta, rebelde y libérrima, ajena a toda corrección política, y eso siempre es motivo de regocijo para el lector burgués.

Es ahí donde Houellebecq naufraga estrepitosamente, cuando no entiende que el sistema que cree sacudir no hace sino absorberlo y convertirlo en otro producto de consumo, colocándolo en el escaparate bajo el epígrafe "Incómodos, Irritantes e Iconoclastas". “Nietzsche, Schopenhauer y Spinoza no serían aceptados hoy”, lamenta el escritor, convencido de pertenecer a la misma estirpe. Pero a él sí se le acepta, se le publica y se vende torrencialmente. La diferencia es que antaño el intelectual tenía una influencia más o menos notable sobre la conciencia colectiva, acompañada de su correspondiente responsabiidad, mientras que ahora –por usar una imagen de Edmundo Desnoes– su papel se limita a agitar el gorro de cascabeles con que el mercado le corona.

Un ejemplo del talento malogrado de Houellebecq es su actitud ante el feminismo. Desde su postura de “varón desenfocado” –que nuestro Vicente Verdú comparte tan a menudo, y con la que Juan Antonio Maesso ha hecho un divertido libro–, el francés no se despeina al afirmar que “siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas” –perdonando la vida, o acaso ignorando la existencia, de varones feministas–, reduce todo el movimiento al vehemente manifiesto Scum y se felicita de que “treinta años después de los comienzos del feminismo ‘de gran público’, los resultados son desoladores”. Ideas, en todo caso, de una ceguera conmovedora, sólo superada por su amigo Finkielkraut, que en un alarde de vanguardismo corrió a denostar el rock. Eso también es azotar a un caballo muerto, perder tiempo en cuestiones superadas. No entraremos en la cuestión, ampliamente comentada en Intervenciones, del revuelo que causó la frase de Houellebecq “la religión más estúpida es el islam”. Francia no acuñó en vano las palabras 'épater' y 'boutade'.

El libro concuye, en fin, como empezó: con el azote de un caballo muerto, éste reciente. Se llamaba Robbe-Grillet, el “indigesto Alain Robbe-Grillet” –aprueba en la contraportada la misma editorial que publicó Las gomas y La casa de las citas: ¿no les parecía tan indigesto entonces?– y con él ya había tenido Houellebecq algún rifirrafe en vida. Cómo sustraerse a la tentación de descargar la fusta por última vez sobre el cuerpo casi caliente todavía. Para que luego digan que la literatura y el pensamiento no son oficios peligrosos. Para los caballos, claro.

17 febrero 2011

La nueva Europa


Tea-Bag

Henning Mankell

Tusquets, 2010. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-263-9

374 páginas

19 €

Traducción de Francisca Jiménez Pozuelo


Rafael Suárez Plácido

Jesper Humlin, el protagonista de la novela, se pregunta mientras habla con su editor: “¿Qué está pasando en el mundo editorial sueco?”. Todos los personajes quieren escribir una novela. Concretamente, los suecos desean escribir una novela policíaca. Todos creen, además, que están dotados para hacerlo. Y la industria editorial parece tener cabida para todos ellos. Tras el éxito mundial de ventas de Stieg Larsson, editoriales de todo el mundo reclaman novelas de este tipo y de esta procedencia. Nunca he entendido estos manejos de la industria cultural: el afán por copiar lo que ha tenido éxito. Y ocurre igual en el cine y en la música, donde el concepto “industria” es aun más pertinente. En lugar de analizar en profundidad las razones de un éxito concreto, que existen, se fijan en algunos parámetros, los más simples habitualmente, y se lanzan a la búsqueda de productos más o menos parecidos.

Algo es cierto: para un lector español la sociedad sueca es casi tan exótica, como pueda serlo la japonesa. Los días tan cortos o tan largos, los horarios diferentes, las relaciones personales, a menudo tan frías como el clima o incluso el tuteo. ¿Pero esto justifica la avalancha de productos que se acumulan en las mesas de novedades de nuestras librerías? La literatura sueca es poco conocida en nuestro país. Quizá hasta hace un tiempo la autora más conocida fuera Astrid Lindgren. Me gustó su libro de relatos Mi mundo perdido. Ella sí tenía historias que contar. Para un lector sueco, hasta hace unos años, el escritor vivo de referencia era Jan Guillou. De sus libros traducidos me quedo con Coq Rouge (Alianza Cuatro), que inaugura la novela de espionaje en la Suecia de post guerra. Pero hace ya unos años que hablar de narrativa sueca es hacerlo de Henning Mankell. Su saga del inspector Wallander ha sido recibida con agrado por la crítica y los lectores de todo el mundo. Continuó la tradición de Guillou, o del cine de Bergman, que nos ofrecía la dureza de las relaciones personales en su país y las contradicciones de esa supuesta sociedad perfecta. Y todo enmarcado en unas tramas atractivas y entretenidas para el lector. Mankell es una referencia para los amantes de la literatura de género en medio mundo. Pero él, en cambio, decidió irse de su país y vivir en Mozambique, donde dirige un grupo de teatro, su actividad preferida. Nunca dejó de mostrar esas inquietudes en novelas algo más alternativas, que las editoriales de todo el mundo (Tusquets en España) le editaban atraídas por el señuelo de la saga de Wallander. Pero ahora que todo el mundo padece esta fiebre por la literatura policíaca nórdica ha decidido poner fin a esta saga, con su novela anterior, El hombre inquieto, y volcarse en ese otro mundo que le apasiona.

Suecia, como toda Europa, está cambiando. La multiculturalidad es ya un hecho en nuestras calles, en nuestras escuelas, en el mercado laboral. En Tea-Bag nos muestra un personaje, Jesper Humlin, poeta sueco de cierto éxito, que perfectamente podría ser español, con relativo éxito de ventas para lo que es la poesía, que vive de sus conferencias, talleres o lecturas. Sus problemas son un mundo para él: relaciones personales, presión del editor para que escriba una novela… ¡policíaca! Y también sus problemas económicos, derivados de la crisis. En una de sus lecturas conoce a tres chicas inmigrantes que le piden que les enseñe a escribir, porque piensan que así podrán salir de la miseria en la que viven. Y un Humlin que inicialmente no está interesado en hacerlo, va cediendo y las va conociendo. Entre esas tres mujeres destaca Tea-Bag, una chica probablemente nigeriana que ha pasado por el horror en un viaje a través de toda África y Europa (desgarrador su paso por España), y no lo ha abandonado en Suecia. Sus historias son lo mejor de la novela, que no es de las mejores del autor, pero sí es una novela digna. Aún está por escribirse la novela sobre estas chicas, sobre la nueva Europa. De las novedades traducidas del sueco me quedo con El cielo a medio hacer, del poeta Tomas Tranströmer (editorial Nórdica), pero, ya digo, Tea-Bag es un libro digno.

16 febrero 2011

Carretera minimal


Carretera blanca

Antonio Mochón

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-73-2

68 páginas

10 €

VI Premio de Poesía Javier Egea


José Martínez Ros

La poesía, en nuestra sociedad, recuerda a una de esas ancianas que, llenas de achaques y hasta con la memoria medio borrada, se aferran obstinadamente a la vida, por lo que resulta más que probable que acaben sobreviviendo a sus enterradores. De su agonizante y rara vitalidad da prueba la periódica aparición de nuevas antologías de poesía joven (una extraña y pintoresca costumbre del no menos pintorescas editoriales españolas, tal vez con el fin de que el libro sea adquirido al menos por los familiares y amigos de los múltiples antologados), labor en la que el inefable Luis Antonio de Villena sobresale con un celo que, sin duda, podría estar dedicado a mejores fines. Esta peculiar situación, con continuas nuevas hornadas de poetas que se leen entre sí y se pelean entre sí, financiados en sus publicaciones por los contribuyentes a través de múltiples premios locales, pero totalmente desconectados de un público que, con toda razón, opta por no leer a adolescentes o a individuos con mentalidad adolescente, es un fenómeno que merecería estudio. Roberto Bolaño opinaba que la poesía española contemporánea, con algunas excepciones (Gimferrer, Panero, García Valdés) era, en general, malísima, pero es mejor no hacer caso de Bolaño que, como es bien sabido, tenía la costumbre de decir siempre la verdad.

De la lectura de las últimas o penúltimas, cabe pensar que una tendencias o estéticas más consolidadas entre los autores jóvenes es la que cabría llamar minimalista, y que tiene, con toda probabilidad, como representantes destacados, a poetas tan conocidos (aunque ser conocidos en el medio poético actual equivale, como máximo, a una moderada clandestinidad) como Luis Muñoz o Carlos Pardo. Entre sus rasgos más obvios está la tendencia al fragmento, el verso-sentencia conceptuoso, a la ironía menor y a la metafísica de andar por casa y, en algún caso (normalmente muy desdichado) el gusto por las referencias muy contemporáneas y muy 'camp' (las que dentro de un par de décadas necesitarán una nota a pie de página para ser entendidas, en el dudoso caso de que alguien se moleste en leer esos poemas en algún futuro concebible). Los riesgos que supone la asunción de tal estética son, por supuesto, muchos, y no es el menor de ellos la renuncia a la belleza sensorial del poema, a cualquier temática filosófica o social con un nivel más elevada que una canción de Los Planetas, la escritura de textos que son poco menos que juegos de pueriles adivinanzas y chistes entre amigos, lo que Francisco Brines llamó "poesía-crucigrama", como si siempre se le hurtase una pieza al lector para entender el conjunto. En resumen, una poesía castrada. Como sucede en este tipo de moda, los poetas más significativos y con más personalidad (Pardo, por ejemplo) son los más inocentes de los desafueros de sus seguidores, como, sin duda, García Montero no tuvo la culpa de que, al pensar en cierta poesía de los ochenta y principios de los noventa, nos venga a la cabeza la imagen de un tipo insoportablemente sentimental que reflexiona sobre su divorcio mientras escucha jazz un día de lluvia.

Si cabe destacar un libro como Carretera Blanca, del granadino Antonio Mochón es, además de por la belleza de algunos de sus poemas, por el modo en que consigue no naufragar bajo ese pesadísimo lastre. Como hijo de su tiempo, su poesía está poblada de voces ("vivíamos en una estación, ¿lo recuerdas?") e imágenes ("arteria gris/ de lo irreal") que se superponen en un palimpsesto que el lector solo puede desentrañar hasta cierto punto, pero no por ello perdemos contacto con una tristeza ("ya no escribo cartas de amor") o un dolor ("quisiera que esto durara más de lo que duran las desilusiones y los fracasos") que sabemos al instante auténtica. El ritmo es entrecortado y se hace algo fatigosa la lectura de unos poemas que se ordenan, no por su música interna, sino a base de los destellos aislados de imágenes que no llegan a elevarse del todo y sentencias en las que predomina esa filosofía a escala reducida. Otros parecen algo prosaicos, sin el toque de magia o misterio que nos hace ver la realidad, como pedía Wallace Stevens, de otro modo. Pero de vez en cuando unos versos memorables nos recuerdan que nos hayamos ante un verdadero poeta ("El dolor de lo irreparable tiene una piel suave"). Carretera blanca no es, en mi opinión, un libro totalmente satisfactorio. Pero sí muestra que de Antonio Mochón podemos esperar más de lo que nos ha dado ahora y que es un poeta a seguir con atención.

15 febrero 2011

Los escritores que nos faltaban



Olvidados inolvidables

Juan Antonio González Romano

SIM/Libros, 2011

ISBN: 978-84-613-2137-7

151 páginas

20 €



Jesús Cotta

Ha sido un acierto de la pequeña editorial SIM/Libros publicar esta obra con tanto esmero y entusiasmo, por puro amor a la buena literatura. Yo tuve el honor de presentarlo el miércoles 9 de febrero en Sevilla y ahora lo presento aquí porque es un libro bueno, divertido y lleno de amor por la poesía y por los poetas.

Siempre me han gustado los libros de creación que, además de tener calidad literaria, son un juego literario que lo hace inclasificable como género. El poeta y bloguero Juan Antonio González Romano, en perfecto estilo bibliográfico y erudito, pero con una frescura sorprendente y una amenidad de buen escritor, ha elaborado un curioso manual de la historia de la literatura con autores apócrifos que deberían haber existido porque faltaban en nuestra historia de la literatura. Y digo que faltaban porque, además de reunir las características propias de sus compañeros de generación, poseen algo original y distinto que no teníamos. Entre los místicos españoles faltaba un místico oscuro, como fray Juan de Toledo, de origen morisco, que bebe no sólo de la mística cristiana, sino también de la sufí. Entre los poetas del XVIII y XIX faltaba una poeta anacreóntica afrancesada de vida atrevida y loca, como Eloísa Galván-Abarca; faltaba un poeta marinero, como lo es el Cavadías de la Grecia actual, y un bertsolari vanguardista. Y todos vienen acompañados de un retrato, de manos de estupendos ilustradores, por si alguien dudaba de su existencia.

Tan pronto uno de sus autores es sobrino del cardenal Cisneros como convence a Boscán y Garcilaso para que escriban endecasílabos, o salva a Cervantes de su prisión en Argel. Y el dato inventado explica al real y lo transfigura en algo más bello y comprensible.

Deberíamos entrar en secreto en la biblioteca nacional e instalar allí sus manuscritos para que se los encuentren los estudiosos con gafitas. Mientras unos distraen al vigilante jurado, otros dormimos con formol a las bibliotecarias y colamos los manuscritos en las estanterías. Un año después le lloverán al autor becarias suecas para para preguntarle datos sobre ese autor desconocido que ellas han descubierto.

Son muchos los logros literarios de este libro:

a) Recrea el estilo de los manuales eruditos de historia de la literatura, pero con gracia, amenidad y buena literatura.

b) Nos cuenta una historia interesante con cada uno de esos poetas, adornada de lances, encuentros y desencuentros, una mininovelita compleja y completa, con aristas y ramificaciones que, sin embargo, encajan a la perfección en el complejo rompecabezas que es la época y el contexto donde él sitúa a ese autor. En ese rompecabezas faltaba la pieza que González Romano coloca.

c) Rinde un homenaje a la figura del poeta, que consagra su vida a la literatura para no morirse de pena. Por la poesía pierden los poetas la cabeza, los amores, la fortuna, a ella dedican su vida, aman y odian en poesía. Conmovedor es el caso de Francisco Gómez Neria, comerciante, que coló un 'haiku' propio en botes de especias para pescado.

d) No se contenta con crear biografías verosímiles: además, nos ofrece fragmentos de sus obras, que es, sin duda, el gran aliciente de cada historia Y lo mejor es que cada uno de ellos responde al estilo de ese poeta, a su época, su contexto, con sus temas y tópicos propios de su generación. Ese poema es exactamente como uno espera de ese poeta, pero con un algo más que el autor les regala a sus apócrifos. El soneto de Matías Herrador, el poeta existencial, es magnífico y las reflexiones literarias del poeta teórico Virgilio Rey de Artieda son muy recomendables.

e) Si uno quiere aprender qué es la poesía petrarquista, la romántica, qué es el grupo Cántico, este libro es mejor que un manual de literatura, porque aquí nos encontramos con el poeta puro que hace por la poesía todo lo que su época le permitió hacer. Y por eso este libro es mejor en muchos aspectos que un manual de literatura de escritores reales

f) Y, por si fuera poco, el libro está lleno de chascarrillos inteligentes, sutiles ironías, guiños al lector, homenajes velados a sus amigos y, en fin, rebosa una amabilidad y un sentido del humor que nada tiene que ver con la superficialidad, sino con el amor a la vida y a la belleza.

El libro se lee con una sonrisa amable, sostenida por la absoluta simpatía que el autor siente hacia sus apócrifos, que, desde que este libro se ha publicado, han comenzado a existir. Y si no han comenzado aún a hacerlo, deberían, como todas las cosas bellas.

14 febrero 2011

Riesgos de hablar desde un púlpito


La luz es más antigua que el amor

Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, 2010. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-322-1295-6

176 páginas

17,50 €



Daniel Ruiz García

Una de las razones principales por las que he decidido de momento congelar mi colaboración con Estado Crítico es que cada vez leo menos novedades. Los libros que más me interesan son de escritores muertos, o bien ediciones de bolsillo de hace unos cuantos años, o bien biografías –cada vez me gustan más- de gente muy interesante pero que están publicadas desde hace décadas.

De vez en cuando, no obstante, hago una salvedad, y alguna novedad se pone en mi camino. Puede ser, como es el caso, que la novedad venga acompañada de cierto reto personal: comprobar si es tanto como dicen, si estoy, aunque sea sólo por esta vez, ante la Gran Obra Maestra que promete la solapa, ante el Libro de la Década, ante, en fin, todos esos elogios en mayúscula que acompañan a las grandes apuestas editoriales de temporada como si fueran los flashes en un desfile de moda.

En este caso, el libro en cuestión es el último de Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor. He seguido a Menéndez Salmón desde que empezó a armar su Trilogía del Mal. Me parece un autor nada volátil, que tiene oficio y sabe escribir. Cuando digo escribir me refiero a que sabe contar historias, sabe manejar tempos, dibujar personajes y aplicar su intelectualidad en beneficio de las historias que cuenta. Suelen ser, por lo general, historias con sustancia, nutritivas, que te aportan cosas.

Confieso que la solapa de la novela de la que vengo a hablaros resulta bastante intimidante. Digamos que iniciar la lectura de este libro pasando antes por su solapa es como ingresar por el pórtico de una catedral de proporciones desmesuradas. Cuando algún crítico afirma en la solapa que con este libro Menéndez Salmón “se ha condenado a la eternidad del arte”, es inevitable sentirse algo pequeño, como si uno no fuera demasiado merecedor del libro que tiene entre las manos.

Pero la historia empieza, con un primer capítulo de gran altura y brillo que nos hace presagiar (glub) que lo que viene puede ser muy grande. Con un capítulo inicial tan bien contado, tan medido y sugerente, mantener el nivel constituye un gran reto. Lo cierto es que a partir de la irrupción de Mark Rothko la cosa se pone rara, y entonces empezamos a adivinar la intencionalidad. Se trata de una especie de tríptico, tres pequeñas historias sobre la relación entre la expresión artística y el poder, a través de sus tres grandes representaciones históricas: el poder de la Iglesia (historia 1: Adriano de Robertis), el poder del Mercado (historia 2: Mark Rothko) y el poder del Estado (historia 2: Vsévolod Semiasin). Un planteamiento bastante ambicioso, que sin embargo resulta algo aparatoso en conjunto. La apariencia general es la de una cortina deshilachada, y no tendría nada que objetar si la postmodernidad estructural fuera una apuesta, aunque al llegar al último capítulo uno entiende que no es así: a modo de críptica moraleja, de final feliz a la manera de los cierres moralizantes de la literatura medieval, Menéndez Salmón incluye un epílogo en el que se transmuta de forma definitiva en un sosias (Bocanegra) al que se concede el Premio Nobel de Literatura, y en el que se explica que ese tríptico que hemos leído es la gran obra maestra de su carrera, su novela cumbre, y la que justifica en buena medida la concesión del Nobel.

El regusto final que deja la novela es que se trata de un libro demasiado forzado, donde Menéndez Salmón ha querido ejercer de postmoderno sin lograrlo debido a su carácter de novelista más bien clásico, muy en la tradición alemana seria, esa que siente querencia por la filosofía, los grandes dilemas universales y los valores que siempre se ponen en mayúscula. El capítulo final resulta sonrojante, casi naïf, dando al traste con toda la ambición del tríptico y confundiendo en el mal sentido al lector, que tiene la penosa sensación de que, como novelista, es posible que Menéndez Salmón haya descendido algunos peldaños. Sencillamente un epílogo como el planteado no resulta necesario, como tampoco resulta necesaria, desde el punto de vista de una novela postmoderna, la explicación sobre la veracidad de los tres perfiles en torno a los que se construyen las tres partes. Sabemos que Mark Rothko fue un pintor real, pero, ¿era necesario decir que los otros dos no lo eran? ¿No es justamente eso, el juego, la sugerencia, la mentira, una de las bases de la literatura postmoderna? Por otro lado, ¿por qué el Nobel? ¿Realmente es un galardón que premia el verdadero talento, la contribución definitiva a la Literatura Universal? ¿A dónde nos quieres llevar, Ricardo? Y lo que es más preocupante: ¿Realmente lo sabes?

En todo esto, desde luego, tiene que ver mucho el tono. Si hay algo que puede recriminarse a Menéndez Salmón es la falta de humor de su literatura. No se trata de un valor literario en sí mismo, pero como lector a mí me resulta casi imprescindible. El estilo de Menéndez Salmón es siempre elevado, siempre erudito. Llevado al símil de la construcción, sus novelas parecen todas fabricadas con mármol y decoradas con muebles de anticuario. Hay escritores que parecen hablar de frente al lector, y que siempre mantienen un ángulo de visión horizontal. Hay otros que hablan desde abajo, y ésos a los lectores no nos gustan porque hay que agachar la cabeza: son niños, y si se les lee es siempre con condescendencia. Por último, hay escritores que hablan como si dictaran conferencias desde un atril. Con estos escritores siempre hay que elevar la vista, porque están por encima de nosotros. Ricardo Menéndez Salmón es un escritor de los que escribe desde el púlpito, cosa que a mí no necesariamente me desagrada. Borges, por ejemplo, es un escritor de púlpito, y con él todo va siempre bien porque se le agradece y se le valora en todo momento su maestría. Thomas Bernhard es un gran autor de púlpito. Hay otros muchos: Faulkner, Camus, Lobo Antunes, Malraux... No sé si sabéis de qué os hablo, son ese tipo de escritores que uno lee como quien escucha una conferencia magistral. Todo es perfecto, nada es reprochable, si acaso el hecho de que no estén aquí abajo junto a nosotros, que no establezcan con el lector una relación de complicidad sino más bien de pupilaje. No se valora su capacidad de sintonía, no se valora su talento para transmitir vulnerabilidad o para representar desde la ficción valores humanos universales, o por lo menos característicos de un pueblo o una época histórica. Se valora más bien su magisterio constructivo, su arcana audacia, con fórmulas arquitectónicas inaccesibles para el común de los mortales. Al escritor de púlpito, sin embargo, le acechan siempre dos grandes amenazas: primera, que sus formas puedan generar cierta antipatía, y segundo, que en algún momento pueda producirse el desliz y el autor se resbale y caiga estrepitosamente púlpito abajo.

A Menéndez Salmón pueden haberle pasado las dos cosas con esta novela. Probablemente con un poco de humor la sensación antipática que produce su lectura podría haberse atenuado. Me explico: si el tono fuera más simpático, desenfadado o incluso chistoso, a lo mejor nos tomaríamos de buena gana ese epílogo en el que el mismo escritor, encarnado en su alter ego, se autoconcede el Premio Nobel. En todo caso, creo que ni siquiera el humor hubiera evitado la caída desde el púlpito, el resbalón: quizá lo hubiera suavizado. El problema adicional es que cualquier caída, cuando se produce en el interior de una catedral de techos altos y grandes espacios huecos, produce bastante ruido, y el eco del batacazo tarda tiempo en marcharse.

Ojalá que no, y que Menéndez Salmón vuelva pronto a sus historias, a las que él sabe contar. Para experimentos y frivolidades hay otros muchos, pero escribir bien, como él escribe, es algo que está al alcance de muy pocos.

12 febrero 2011

Premios Estado Crítico 2010

El blog literario Estado Crítico acaba de hacer público el fallo de sus premios anuales a los mejores libros del año, concedidos por votación de sus integrantes, designando como Mejor novela del año 2010 El don de la vida (Alfaguara), del colombiano Fernando Vallejo, mientras que el galardón al Mejor poemario ha sido para Francisca Aguirre por Historia de una anatomía (Hiperión). Por su parte, la mexicana Sayak Valencia se ha alzado con el premio al Mejor ensayo por su obra Capitalismo gore (Melusina), en tanto Javier Lucini obtuvo el de Mejor traducción por su trabajo Really the blues, de Mezz Mezzrow. El galardón, sin dotación económica, consiste en una fotografía de Antonio Acedo, premio Andalucía de Periodismo.


Según el acta del jurado, la obra El don de la vida fue destacada "por la singularidad y la fuerza expresiva" de Fernando Vallejo, y por su forma de "concebir la novela como un ejercicio de riesgo constante, donde la denuncia de las miserias humanas y la reflexión sobre los grandes dilemas existenciales resultan inseparables del lenguaje". El autor alcanza así "una excelencia, un ritmo y una plasticidad de profundo aliento poético, que convierte cada página del libro en una pequeña celebración, y la novela en un gran regalo para los lectores que gustan de la literatura de paladar".


Por otro lado, el premio de poesía se justifica porque "mantiene algunas constantes" de la obra de Francisca Aguirre, como "la limpieza en el verso, claridad, sobriedad, un tono susurrante, cercano y amable, una inclinación hacia lo narrativo, la presencia de la temática familiar (...) donde la figura del padre, el pintor Lorenzo Aguirre, adquiere una relevancia definitiva (...)". Además de esto el libro sugiere "una conciencia de final de trayecto que sobrecoge". Asimismo, añade el acta, "destaca el manejo del aparato simbólico que le presta la propia anatomía desgastada por los años, para contarnos la verdad que encierra su historia". Porque, como apunta la cita de Coetzee que aparece en el libro, "Un cuerpo dice la verdad. No siempre, ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que la dice".


El galardón en la modalidad de ensayo es para Sayak Valencia por Capitalismo gore, destacando de él "el análisis filosófico valiente y transgresor de la realidad post-capitalista, en el que se incluyen espacios de significación tradicionalmente olvidados por el pensamiento primermundista".


Mientras que el premio de traducción es para Javier Lucini por su "espléndido trabajo" en una obra "tan seminal" como Really the blues de Mezz Mezzrow y Bernard Wolfe, por su "inconmensurable esfuerzo en contextualizar el 'slang' americano de los años 20, 30 y 40 y por conseguir reavivar un texto que, en traducciones anteriores, carecía del nervio 'beat' con el que fue escrito primigeniamente".

11 febrero 2011

Himno generacional #83


Hilo musical

Miqui Otero

Alpha Decay, 2010

ISBN: 978-84-9283-713-7

301 páginas

19 €




José María Moraga


Dejó dicho León Felipe que “para enterrar a los muertos cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero”. Algo parecido se podría aplicar a la literatura. Mucha gente escribe novelas de éxito y prestigio: periodistas, filólogos, historiadores, presentadores de televisión… y eso está bien, porque no hay ninguna facultad donde den un título de “escritor” (bueno sí, pero ya sabéis a lo que me refiero). Ahora nos llega el debut narrativo de Miqui Otero (Barcelona, 1980), un tipo al que vengo siguiendo hace años como columnista del diario gratuito ADN, que también es DJ y al que su editorial define como “agitador cultural”.

Pese a un par de comentarios francamente negativos escuchados en persona, me sumerjo en Hilo musical (septiembre 2010) sin prejuicios y sin haber leído ninguna otra crítica. Salgo de la zambullida contento, moderadamente satisfecho. Este no será el libro que cambiará mi vida (otra vez será) ni la vuestra, pero sí es uno que me ha hecho disfrutar durante mucho rato.

Tengo singular interés por Hilo musical debido a dos motivos: 1) sé que Miqui Otero es un maestro del epigrama, la sentencia friki-pop y el comentario insidioso y 2) la novela se presenta como una especie de ‘Bildungsroman’ para mi generación. Ambas cosas son palmarias desde la página uno, y en ambos casos Miqui Otero triunfa solo a medias. El principal problema (a mi entender) radica en la frase “para mi generación”. Sin querer pecar de elitista o esnob, no es ocioso que haya incluido en esta reseña el año de nacimiento de Miqui.

Los referentes culturales (“cultura” con c minúscula, claro) de Hilo musical están anclados en el tiempo, son válidos para personas que hayan vivido los 60, 70 y 80, o estén muy interesados en lo que proporcionaba entretenimiento durante aquellos años. Los nombres de Los Salvajes, Torrebruno, E.T., el Inspector Gadget o Trinaranjus desfilan junto a otros más esotéricos como Teen Wolf, Joe Meek, Os Mutantes, Pau Riba o El pueblo de los malditos, citados a veces de perifrástico modo. Como novela de iniciación, Hilo musical funciona, es la típica historia de un chavalote más bien pardillo (¡qué bendición la etiqueta ‘friki’ para dar prestigio!) que, merced a una serie de aventuras y con una chica como catalizador, se espabila durante un verano y, cual personaje de El Mago de Oz, encuentra su corazón, su cerebro y su valor.

Todo esto se desarrolla contado por el propio Tristán, un veinteañero perdedor que entra a trabajar en una especie de ciudad de vacaciones + parque temático llamada Villa Verano, hija de la cultura del pelotazo (leyendo ‘à clef’ podemos ver un trasunto de Marina d’Or y Terra Mítica, con unas gotitas de la Seseña de “El Pocero”). A ritmo de rock’n’roll, a caballo entre la nostalgia de los 60 y el mileurismo actual, a medio camino entre la fábula etiológica y la agonal, los personajes que rodean a Tristán en Villa Verano adoptan los más variopintos disfraces, las más de las veces de animales.

Lingüísticamente, Hilo musical nos proporciona muchísimas perlas del comentario jocoso, muchos de esos epigramas y frases lapidarias junto a bastante tópico y algo de morralla también. Así y todo, ciertos giros son tan kitsch que terminan por sublimarse, por ejemplo el símil: “La noche se ha esfumado como en un mutis de Batman” (de acuerdo, no es Raymond Carver ni Daniel Ruiz García, pero el chico apunta maneras). En cualquier caso, queda de manifiesto una perogrullada: que escribir columnas o blogs no es lo mismo que parir una novela.

Quién sabe si cuando pula su estilo Miqui Otero estará destinado a permanecer en las letras españolas, aunque en una entrevista vista en Facebook afirma que escribir ficción es lo que más le llena. De momento ya ha sido aclamado por la pandilla ‘afterpop’, aunque, no temáis, no encontramos en Hilo musical ni rastro de esa tan cacareada “narrativa mutante” (aquí solo hay primera persona en orden cronológico, planteamiento-nudo-desenlace, etc). No sé si creerme que en la Barcelona sesentera de la VI Flota todo el mundo hablaba catalán pero me ha hecho gracia bucear en un submundo en el que los Rolling Stones comparten cartel con MC Randy & DJ Jonco. También pone Miqui Otero la siguiente frase en boca de Julio Iglesias: “Todo español debería tener un jet”. O escribir una novela, añado yo: algunos ya han empezado.

10 febrero 2011

La insoportable música del azar de nuevo

Sunset Park

Paul Auster

Anagrama, 2010. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7546-1

288 páginas

18,50 €

Traducción de Benito Gómez Ibáñez



Manolo Haro

Un bote de mermelada agriada hierve al baño maría en un cazo. El olor es nauseabundo, pero los que ya conocen la marca no ponen reparo alguno en untar la confitura en una rebanada de pan. Luego se la comen pausadamente, con delectación, como el que observa cepillar a un pony por su amoroso y joven jinete. La imagen nace de mi última lectura. Pasma ver como Paul Auster continúa con su música del azar, alimentando el deseo de oír historias televisivas de todos aquellos que creen que la literatura es, por usar un símil musical, un sonajero que guarda en el corazón deslumbrantes y aciagos relatos de seres infelices que en un último golpe de muñeca encontrarán (o no) el sentido de sus vidas. 'Eu não gosto de' Auster, como se puede comprobar por este comienzo de reseña. No me gusta porque, entre otras cosas, no acierto a creerme las trepidantes y tumultuosas vidas de estos últimos hijos literarios; además, porque me empalagan las existencias de unos seres que hacen todo lo que usted y yo podríamos hacer (estudiar filosofía, pintar desnudos, tocar la batería, ser editores, etc.) y no llevamos a cabo debido a que dormimos en provincias y el sino que nos dirige el camino es mezquino y paleto.

Miles Heller, el personaje que abre la novela, vive en Florida y es un fotógrafo de casas abandonadas por inquilinos que no pueden hacer frente al pago de sus hipotecas. Mantiene un noviazgo con Pilar, una cubana menor de edad que conoció en un parque mientras ésta leía El gran Gatsby (sic). Su padre, Morris Heller, es editor. Padre e hijo perdieron el contacto desde que Miles dejó los estudios y decidió poner tierra de por medio por otra rocambolesca pirueta del azar que omito para no fastidiarles la historia. La hermana mayor de Pilar coloca en un aprieto al joven Heller: quiere que esas cositas insignificantes (joyas, televisores de plasma, etc.) que fotografía en los hogares vaciados al ritmo impío de las 'subprimes' lleguen a sus manos; de lo contrario, se verá obligada a denunciarlo a la policía por mantener relaciones ilícitas con una menor. Segunda fuga de Miles hacia N.Y., donde un antiguo compañero, Bing Nathan (batería inquieto), le ofrece una habitación en un edificio ocupado del barrio neoyorquino de Sunset Park. Las otras "okupas" son Ellen Brice (pintora que arrastra la mala digestión de un aborto y que se somete a la dictadura farmacéutica de pastillas antidepresivas) y Alice Bergstrom (estudiante de filosofía que escribe la tesis sobre el film Los mejores años de nuestra vida, 'leitmotiv' compartido por varios personajes en la novela).

Tras la presentación de estas personalidades, Auster le dedica un capítulo a Morris Heller, editor divorciado de la mamá de Miles, la cual tuvo un idilio adolescente con un actor secundario (Steve Cochran) de la película citada. Su amigo Renzo Michaelson le otorga con sus títulos publicados en Heller Books la continuidad exitosa que el dinero de su padre le dio cuando iniciaba su andadura como editor. Viajes a Londres, una infidelidad, noticias luctuosas (“Suki Rothstein, Susanna de nombre, la niña que vio por primera vez dormida en el brazo derecho de su padre hace veintitrés años, la joven que se licenció 'summa cum laude' en la Universidad de Chicago, la artista en ciernes, la pensadora precozmente dotada, escritora, fotógrafa, que se fue a Venecia el pasado otoño para trabajar en calidad de interna en la Colección Peggy Guggenheim y allí fue, en el servicio de señoras de ese museo sólo unos días después de dirigir un seminario sobre su propia obra, donde se ahorcó.” [uf]), y la información suministrada con cuenta gotas y secretamente sobre Miles por el amigo de éste, Bing Nathan, edulcoran los trajines vitales de Morris Heller.

La parte final del libro es un acelerón austeriano hacia el poco esclarecedor marasmo vinculante entre unos y otros. Amores reencontrados, vidas encarriladas o descarriladas (según el peso de mercado del azar), alguna que otra reflexión en torno a la censura en el mundo de la escritura (Xiaobo y Rushdie), y estampas de la siguiente y continua huida del prófugo de la Fortuna Miles Heller.

La tramoya la pone la crisis y la decadencia de USA, las hipotecas 'subprime', un anecdotario entretenido sobre el béisbol, el cine y el mundillo intelectual de las élites culturales. Es cierto que el cerebro de Auster produce un sinfín de sinapsis a partir de las que puebla sus novelas con larvas que el caprichoso destino convertirá en gusanos o mariposas. Tal vez esto siempre haya sido el pentotal con el que lograr la hipnosis en sus seguidores. No hay nada que decir sobre ello; sin embargo, en este río de fabulosas carambolas y narraciones sin sosiego, se cuelan fragmentos de dudosa calidad literaria como “No le había venido el periodo. Se lo contó a Alice, y su amiga la arrastró rápidamente a la farmacia más próxima para comprar un test de embarazo. Los resultados fueron positivos, es decir, negativos, desastrosa e irrevocable negativos” o “(...) el hambriento sexual que como un idiota se masturbaba con películas pornográficas en la oscuridad de su habitación”. Auster flojea en estos meandros por cansino, a veces por ñoño, a ratos por previsible, bobalicón y sentimentaloide.

Soy consciente de que los incondicionales del autor de
Sunset Park disfrutarán seguramente de esta última obra, saludada por la crítica oficial como la vuelta del gran Auster. Lean y opinen ustedes mismos. A mí, a la luz de lo dicho arriba, entenderán que me haya parecido insoportable tanta música del azar y tanto 'looping' de la Providencia.

09 febrero 2011

Heliotropos mutantes

Nada es crucial

Pablo Gutiérrez

Lengua de Trapo, 2010. Colección "Nueva Biblioteca"

ISBN: 978-84-8381-083-5

256 páginas

18,60 €

XXI Premio Ojo Crítico de Narrativa de RNE


Fran G. Matute

Escribo esta reseña mientras ojeo el número 8 de la revista Granta (edición española) dedicada a los mejores jóvenes novelistas estadounidenses nacidos a partir de 1970. Lo primero que a uno le llama la atención es que muchos de ellos tienen nombres judíos, latinos, germánicos, indios o chinos, lo que pone de manifiesto el crisol cultural en el que se ha convertido los EE.UU. en los últimos años. Lo segundo que sorprende es que de los 21 seleccionados sólo uno ha traspasado fronteras comerciales y editoriales (Jonathan Safran Foer). Y si echamos la vista atrás a anteriores listas, el porcentaje de seleccionados por la publicación británica que han terminado cuajando no es mucho más espectacular.

Pretendo con esto poner en tela de juicio, no el inevitable soplo de prestigio que acompaña al hecho de ser incluido por Granta en cualquiera de estos listados generacionales, sino el poco acierto que suele tener la publicación a la hora de vislumbrar el futuro de sus seleccionados. Soy consciente de que mi queja suena ridícula y roza la idiocia, pero a los datos me remito. La realidad es que Granta te nomina, pero el mercado editorial y los lectores, como casi siempre, suelen ir por libre. Discutir sobre el proceso de selección de estos jóvenes llamados a configurar el panorama literario del futuro es tan fútil (y divertido) como hacerlo sobre qué películas deberían ganar un Oscar o no.

La verdad es que poco de esto importa, pero insisto en que no podemos obviar los hechos. Pablo Gutiérrez ha sido recientemente considerado uno de los mejores jóvenes narradores en español por Granta. Así que nos enfrentamos a Nada es crucial (2010) con esta losa publicitaria. Digo losa porque un reconocimiento de semejante impacto mediático te pone las cosas muy difíciles. De repente exigimos a Pablo Gutiérrez que supere unas expectativas que él nunca ha marcado. Y bajo este prisma, la segunda novela de este autor onubense descoloca.

Pablo Gutiérrez se presenta como un escritor de estilo personalísimo, con una capacidad narrativa sorprendente y, gracias a estas habilidades, Nada es crucial termina siendo una lectura potente, sentida y efectiva sobre la vida de dos heliotropos mutantes (como los define el autor) que nacen, crecen y se reproducen rodeados de religionalismo, tebeos y anhelos, "como si el mundo fuera un charco de mierda". No tiene miedo Pablo Gutiérrez de mostrarnos los más oscuros pasajes de esa aventura que es el 'coming-of-age' de Lecu y Magui, sus particularísimas ratas de laboratorio, sirviéndose de la fábula y la infantilización para hacer más llevadero el duro relato que contiene esta novela y su descarada crítica social.

Y si bien Pablo Gutiérrez pretende contextualizar esta historia en un tiempo más presente (de los años 80 más yonkis al 'grunge' de los 90), su sensibilidad se nos antoja más afín a referentes bien clásicos como el Demian (1919) de Herman Hesse (al que se cita expresamente en el libro) o El pájaro pintado (1965) de Jerzy Konsinski, en lo que a la crudeza y penurias con las que se retrata la infancia de los protagonistas se refiere. Dicha capacidad para conmover se va perdiendo, sin embargo, a medida que Lecu y Magui se hacen mayores en la historia, como si al autor le costara mantener el interés por sus vidas una vez que éstas maduran y asimilan los palos del destino. Dicho desinterés desemboca en un final anodino y sensiblemente incomprensible que desfigura la novela como un todo. Aún así, no podemos dejar de aplaudir la destreza de Pablo Gutiérrez como escritor, del que esperamos que el reconocimiento internacional no se le atragante porque su estilo verdaderamente promete textos importantes.

En otro orden de cosas, servidor no ha podido evitar asociar el espíritu de esta novela con el de otras obras publicadas recientemente por escritores con los que Pablo Gutiérrez presenta más de una conexión generacional. Perrera (2009) de Daniel Ruiz García, El hijo del futbolista (2010) de Coradino Vega o Bancos de niebla (2010) de Juan Carlos Palma. Todas ellas retratan con crudeza y nostalgia el proceso de madurez, los inicios del impulso amoroso en la adolescencia y suceden a medio camino entre los años 80 y primeros 90, recuperando todos los lugares comunes posibles para sus relatos. Déjenme que tome prestadas las palabras de mi querido Dani Ruiz, que inconscientemente describía a esa (su) generación, "(...) influida por el discurso audiovisual y por la irrupción de los nuevos medios como ninguna hasta la fecha", como hija directa de las "(...) primeras hornadas de ciudadanos nacidos en democracia, que sobre el papel han tendido sobre todo a propuestas literarias bien con un sentido marcadamente lúdico y escapista o bien con una fuerte vocación experimental, profundizando en la incorporación de los nuevos lenguajes y las nuevas realidades de eco postmoderno a la literatura."

Todos ellos son los verdaderos "heliotropos mutantes" (no confundir con la defenestrada Generación Nocilla) a los que Pablo Gutierrez hace referencia, los que mamaron literariamente de La Patrulla X tanto o más que de Julio Cortázar, los que crecieron con las camisetas rotas de Led Zeppelin y los discos de Guns N' Roses, los que jugaron al subbuteo antes que con los videojuegos. Aquí ya los habíamos identificado literariamente hablando. Así que creo que no tiene que venir nadie de fuera a reconocer su talento. Sabemos quiénes son los mejores jóvenes narradores en español nacidos a partir de 1970 (lo diga Granta o no) y les estamos siguiendo la pista.

08 febrero 2011

Bécquer visto por un amigo


Bécquer

Julio Nombela

Mono Azul Editora, 2010. Colección “Vuelapluma”

ISBN: 978-84-937-9820-8

176 páginas

16 €



Rafael Roblas Caride


Si a Garcilaso de la Vega le debemos la consolidación del endecasílabo en la métrica castellana y a Quevedo la fijación de la sátira, Bécquer representa la modernización de la poesía española de tal modo que se puede afirmar que, tras su obra, hay un antes y un después en las formas y maneras de afrontar la creación poética. Y es que la preferencia becqueriana por la asonancia, el adelgazamiento conceptual del poema y la búsqueda de la sencillez y de la naturalidad allanan un camino cuyo itinerario quizás no hubieran podido seguir sin el autor de la Rimas un Antonio Machado, un Juan Ramón Jiménez, un Luis Cernuda, un Luis Rosales o un Luis García Montero, por citar sólo algunos nombres al azar alejados entre sí en el tiempo.

Así pues, dada la importancia del sevillano en el devenir de la historia literaria de nuestro país, no debe extrañarnos el número desmesurado de autores que han derramado ríos y más ríos de tinta en torno a la vida y a la obra del poeta, conformando éstos finalmente un auténtico laberinto de ensayos, biografías y estudios que corrieron desigual fortuna. Mas, de entre todas estas aportaciones, destacan por su interés documental aquellos textos debidos a sus coetáneos. Precisamente éstos, a pesar de adolecer de una evidente subjetividad, constituyen por su cercanía un excelente testimonio de primera mano que ha servido para que sucesivos becquerianistas hayan podido iluminar las abundantes sombras que aún hoy difuminan muchos aspectos personales y artísticos del joven Gustavo Adolfo que desembarca en el Madrid del XIX con la ilusión puesta en la conquista de la gloria.

Uno de ellos es el testimonio que hoy cobra actualidad por la peculiar reedición debida a Mono Azul: las memorias de Julio Nombela, amigo personal de Bécquer, con quien compartió más de media vida, desde su adolescencia sevillana hasta los umbrales de su muerte acaecida en el infausto diciembre de 1870. Y ente ambas fechas, toda una serie de vicisitudes del más variado signo –penas y alegrías- sobre la pantalla plana de aquel Madrid romántico.

Pero, ¿por qué hemos aplicado el adjetivo de peculiar a este volumen que hoy se trae a colación? Hasta ahora, las Impresiones y recuerdos de Nombela –que así se titula realmente el original- no habían dejado de ser una curiosidad de lectores selectos y amantes del XIX español o el instrumento de trabajo de becquerianistas especializados. Quizás por ello, el “tomaco” que reunía dichas memorias no distaba mucho de ser un mamotreto –ilegible por su formato y por su número de páginas- bastante difícil de encontrar, a no ser que se rastrearan a conciencia los anaqueles de las librerías de viejo más especializadas. Por otra parte, la obra de Nombela, en realidad una crónica común de una vida mediocre, no destaca más que por un motivo fundamental: por los citados recuerdos y referencias becquerianas. Y aquí tenemos al perspicaz Jabo H. Pizarrozo escudriñando la oportunidad y separando el mineral de la ganga para ofrecer un particular Bécquer que rescata precisamente la parte del libro de Nombela que realmente se salva. Al menos a nuestro modesto parecer.

En un prólogo brillante, aunque con ciertos excesos –aún se me repite el puchero metafórico-, el editor aclara sus pretensiones y su vocación de desenterrador clandestino: “Bécquer es un libro rescatado de otro libro. Es un volumen que durante muchos años ha dormido sepultado en la tumba o si prefieren, en el túmulo de otro libro”. No hay una descripción más gráfica y a la vez más hermosa para definir la naturaleza de esta edición de Mono Azul.

Tras el prólogo, a lo largo de la narración de Nombela, Bécquer se nos presenta como un amigo cercano con el que compartimos el despertar artístico en esa Sevilla de los Montpensier; los primeros tanteos líricos, ya en la capital del Reino; las ensoñaciones amorosas y las fantasías plasmadas en posteriores versos; los vestigios y señales de la enfermedad fatal que lo encamina prematuramente a la fosa; el triste epílogo firmado en aquel frío y mortal diciembre madrileño; la mítica reunión en la casa de Casado del Alisal, donde los amigos prepararán la edición de las Rimas como homenaje.

Sin embargo, tal como han apuntado numerosos becquerianistas, muchas afirmaciones de Nombela hay que cogerlas con alfileres, puesto que los amigos de Bécquer tuvieron la mala costumbre de apoyarse en la fama póstuma de su ilustre colega para intentar encaramarse ellos mismos al pedestal de la gloria. Y aquí el caso de Narciso Campillo es paradigmático, empeñado en encerrar los deliciosos “suspirillos germánicos” del sevillano en constreñidos y monótonos cánones decimonónicos y en no valorar convenientemente la importancia de esos “entretenimientos” que para él eran las Rimas. Afortunadamente, Nombela no llega al extremo de Campillo, pero el lector experto puede apreciar en su lectura al sesgo un complejo de inferioridad mal asumido que intenta empequeñecer –por comparación- la importancia de su amigo Gustavo. Esa es la causa de que pasajes como el que transcribimos a continuación se repitan cíclicamente:

La vida que hacía Bécquer, que seguramente es lo que más deseará saber el lector, era monótona y triste; pero como la tristeza era su elemento, ni se afligía ni se quejaba. En vez de vivir en el mundo, vivía en su cerebro y en su corazón. Las miserias y pequeñeces de que está llena la existencia no alternaba su ritmo habitual, que era la calma, la serenidad, la resignación. Jamás sintió el aburrimiento. La soledad, que le agradaba en extremo, estaba para él llena de seres, de ideas, de sentimientos que formaban un mundo en el que hallaba sus más puras y hermosas satisfacciones”.

Este Bécquer triste, apocado, solitario, conformista y gris se contrapone a la descripción que el propio Nombela hace de sí mismo: analítico, perspicaz, extrovertido, poseedor de influyentes amigos, viajero. Es indudable que, de este modo, la imagen de Bécquer se resiente con todo su malditismo y su tristeza a cuestas, sólo distraído por la visita fugaz de esas musas que -como quien no quiere la cosa y a su capricho - dotan al poeta de la genialidad necesaria para componer obras maestras. Y nada más lejos de la realidad, ya que Bécquer, como se han encargado de demostrar expertos de la talla de Guillén, Pageard o Montesinos, es un autor que conoce muy bien los mecanismos de su oficio y, quizás –o sin quizás- es el primero que elabora una poética explícita para llegar al misterio del poema para dejarlo, precisamente, libre de ellos. De ahí su grandeza, de ahí su tremenda modernidad. Ésto no pudieron –o no quisieron- verlo sus coetáneos, por más que lo disimularan en sus testimonios, con la salvedad de Augusto Ferrán que, curiosamente, fue el encargado de destruir esas cartas que, “de sobrevivirme, serían mi deshonra”, por mandato del moribundo Gustavo.

En cuanto al carácter triste y melancólico, flaco favor le han hecho a la fama de Bécquer pasajes como los de Nombela, eso sí, muy en consonancia con el tópico de un romanticismo al uso, traducido al milímetro en el conocidísimo óleo de Valeriano que -en negativo- sirve de portada al libro reseñado y que tantas disimilitudes contiene respecto al cliché fotográfico que conservamos del poeta. Quizás, si esta última fotografía hubiera ilustrado los billetes de cien pesetas de hace algunos años y el cuaderno antimonárquico Los Borbones en pelotas lo conociera el gran público, la visión tradicional del Bécquer pasteloso que se estudia en bachillerato se engrandecería. Sin embargo, el pobre de Gustavo también resultaría más difícil de vender como personaje literario de sí mismo, tal y como ahora ocurre.

Pero olvidémoslo. No es este el medio más adecuado para estudiar pormenorizadamente las agresiones históricas sufridas por el genio romántico, sino para recomendar la lectura de esta perlita y felicitar la iniciativa de Mono Azul por recopilar y presentar al público general estos textos de difícil acceso hasta ahora. Además, los pasajes extractados de Impresiones y recuerdos se ordenan cronológicamente por capítulos, utilizando para tal fin versos sueltos de las Rimas. Otro aliciente más para un libro que se lee del tirón. Seguro que los amantes del “huésped de las nieblas” agradecerán esta labor altruista de síntesis de las memorias originales de Nombela. Y los estudiosos becquerianos, más aún.

07 febrero 2011

Novela que estalla como una granada de mano

Amor se escribe sin hache

Enrique Jardiel Poncela

Blackie Books, 2010. Colección “Vuelve Jardiel”

ISBN: 978-84-937-3628-6

360 páginas

21 €

Prólogo de David Trueba


José María Moraga

La pléyade de editoriales ‘indies’ que están reeditando a Enrique Jardiel Poncela (pensemos en Algar, Edhasa, Biblioteca Nueva, Rey Lear), uniéndose así a otras ‘majors’ como Castalia, Cátedra o Vicens-Vives, pone de manifiesto sin ninguna duda que la figura del gran polígrafo madrileño, primero entre los humoristas españoles, está gozando de un periodo de reparación tras un imperdonable olvido. Los estudios críticos en torno a su obra abundan en esta impresión. A esta “ola de Jardielismo que nos invade” se ha sumado recientemente Blackie Books: el año pasado publicaron las dos primeras novelas largas de Jardiel, para 2011 anuncian las otras dos.

La editorial barcelonesa ha tomado por bandera a este autor acusado de franquista (porque lo fue, al menos en el momento clave de 1936, aunque también prohibidísimo por la censura) y pretende “que se lea de una manera nueva, diferente”. Incluso nos han salido con el desvergonzado eslogan “Vuelve Jardiel”, acompañado de un simpático logotipo. Pero yo solo conozco una manera de leer a Jardiel Poncela, y es riéndose. La primera novela que Jardiel dio a la imprenta, casi de casualidad, por encargo, fue Amor se escribe sin hache, publicada por primera vez en 1929 y escrita el año anterior.

Esta obra constituyó en su momento un formidable éxito de público y hoy lo es también de crítica (baste recordar que figura en el catálogo-canon de Cátedra, “Letras Hispánicas”), pero lo que me interesa reseñar aquí es si esta novela puede funcionar hoy día, más allá de su significación en la historia cultural de España. Si sigue haciendo gracia, vamos. Y la respuesta es que sí, que la novela-gamberrada de hace 82 años resulta tremendamente estimulante a día de hoy. Su humor es bárbaro, salvaje, políticamente incorrecto (atención lectores: la misoginia campa a sus anchas por Amor se escribe sin hache, atribuible sin duda al ‘Zeitgeist’ pero ¿disculpable?) y con un virtuosismo insultante en el uso de todos los recursos conocidos de la comicidad literaria.

Jardiel no le hace ascos al juego de palabras, al retruécano, al parecido fonético, al absurdo, la ironía, la astracanada, la parodia, el epigrama y a todo lo que -en fin-conduzca a su texto al ridículo y nos haga brotar una sonrisa. Especialmente interesante me parece la voluntad del autor de dinamitar el lugar común, la frase gastada, valiéndose de ella a su antojo para retorcerla hasta extraer de ella un nuevo y cómico significado:

“-Yo me casaría contigo de buena gana, pero después de lo que me has confesado, nuestra boda me parece un negocio un poco sucio…
Sylvia se estremeció; luego se irguió exclamando:
-¿Y puede desdeñar un negocio sucio el hombre que tiene cuatro minas de carbón?”

En la bofetada a la convención lingüística, bien podría Jardiel recordarnos a Boris Vian, pero si el francés despachaba humor nihilista, el del madrileño sería más bien de corte vitalista, sin perder nunca la referencia de la realidad. La realidad-brújula hacia la que Jardiel pone proa en Amor se escribe sin hache es la de las novelas romántico-eróticas (“galantes”, era el término en boga) que vivían su último apogeo a comienzos del siglo pasado. De hecho, la pretensión declarada del autor es que esta su novela sirva de Quijote al género galante, exponiendo sus vicios y disparates y acabando con el género.

Por este motivo, la trama de Amor se escribe sin hache es una novela rosa torpedeada constantemente por intrusiones autoriales y referencias metafictivas, lo que impide que el lector suspenda voluntariamente la incredulidad (por usar la frase de Coleridge) y que nunca deje de ser consciente de que está leyendo un artificio. Como novela de amor, por tanto, el libro resulta un desastre, ya que el autor no se apea de un tono ora de distancia irónica (“¡Qué gran recurso para los novelistas es que los personajes se pongan a contemplar la luna!”) ora de excesivo autoelogio (“Con cuatro brochazos, señores, he descrito una reunión aristocrática”), ambos deliciosamente cómicos.

El autor se entromete en la narración mediante frecuentes notas al pie, comentarios desde la voz narrativa (entabla, incluso, varios diálogos con un lector) y apartes, más propios del teatro, y esto nos lleva a recordar que Jardiel Poncela alcanzó sus mayores cimas con sus comedias. Es un maestro manejando situaciones dramáticas, su oportunidad y brillantez para el diálogo son prodigiosas, pero hace hablar tanto a sus personajes que en ocasiones nos parece que estamos leyendo una obra de teatro y no una novela.

El paroxismo de la metaficción se alcanza ya en “Las 8.986 palabras a manera de prólogo” que, junto con otra serie de ruegos y advertencias previas al texto novelesco, el propio autor ofrece dando muestras de una estupenda intuición posmoderna, término que Jardiel no llegó a conocer con el significado que hoy se le da, y del que sin duda él se hubiera burlado. Para esta edición, Blackie Books incluye otro prólogo (de 1.485 palabras) escrito por David Trueba. Gusta que Trueba, creador en sintonía con los tiempos actuales -podemos decir que un cultureta moderno- haga de paladín de esta novela, aunque el cineasta y novelista sea el primero en advertir que Amor se escribe sin hache no necesita de padrinos, defensas o muletas. Estoy de acuerdo con él en que esta obra se tiene en pie ella solita.