21 junio 2012

La muerte y la corrección literaria

El hijo

Michel Rostain

La Esfera de los Libros, 2012

ISBN: 978-84-9970-019-9

147 páginas

17 €

Traducción de Lluís María Todó

Premio Goncourt a una primera novela 2011

Juan Carlos Sierra


Escribir sobre la muerte de un hijo debe ser una tarea muy difícil. Este es precisamente el reto -quizá incluso la terapia- que afronta el director de ópera francés metido a escritor novel Michel Rostain en El hijo, que ha sido galardonada con el Premio Goncourt de 2011 a una primera novela.

También es difícil acercarse a una obra de esta naturaleza, aunque infinitamente menos que escribirla. Hay en juego -intuyo- todo un complejo cosmos caótico de sentimientos en un ejercicio de escritura como este que merece todos los respetos y toda la compasión de quien se sumerge en su lectura y la observa de manera crítica. Por ello, intentaré en las líneas que escribiré a continuación apartarme cuanto me sea posible de la anécdota y de sus implicaciones emocionales y centrarme en lo estrictamente literario, a pesar de que ambas líneas se entrecruzan y se implementan necesariamente, como sucede con cualquier relato, sea este de la naturaleza que sea.

La obra está planteada no desde la primera persona de quien sufre la pérdida, es decir, del padre y autor del libro, sino desde la voz del hijo difunto que como espectador observa qué ha sido de la vida de sus progenitores desde el día de su muerte. Este recurso proporciona al relato un distanciamiento muy conveniente que lo aleja de los peligros de caer en lo melodramático, en la autocompasión, en el patetismo; incluso, en algunos momentos de la novela se cuela un necesario y oxigenante tono irónico que contribuye a relajar el nudo en la garganta de ciertos pasajes realmente duros. Apuntemos este hecho como uno de los aciertos de este recién llegado a la literatura que es Michel Rostain.

En cuanto al decurso de lo narrado, se trata fundamentalmente de una novela lineal que echa mano, cuando es necesario, de ciertos ‘flash-backs’ para situar y explicar lo que toca narrar de acuerdo con el plan de escritura cronológica ordenada que antes se ha mencionado. En una novela que trata de explicar los vaivenes emocionales de un suceso como el que se narra, la elección de este esquema cronológico tan básico quizá contribuya a que el lector centre más su atención en lo narrado y no se entretenga en la posible maestría del autor para poner en juego sus destrezas técnicas. No obstante, tampoco se descarta que otro tipo de encaje de los sucesos que pueblan la novela podría haber proporcionado a la obra una intensidad añadida, una efectividad literario-emocional más acentuada que la que contiene la anécdota por sí misma.

Los personajes, por otra parte, se definen y se dibujan, como ondas en un estanque, según la cercanía o lejanía con respecto al difunto. En este sentido, se puede afirmar que tanto el hijo muerto como el padre doliente, auténticos protagonistas de la novela, salen más o menos bien parados en cuanto a la descripción de los relieves y los pliegues de su personalidad, mientras que el resto, incluida la madre, queda más desdibujado, probablemente por su papel claramente secundario -como de muletas en las que se apoya el autor para sostener su propia experiencia transformada en materia narrativa-.

Hasta aquí se puede concluir que nos enfrentamos a una novela correcta, sin riesgos y que se sostiene fundamentalmente en la materia narrada más que en el cómo está trabajado el aparataje técnico que la estructura. Y entonces surge una duda: ¿era necesario novelar el dolor de la muerte de un hijo, un episodio autobiográfico tan tremendo? Y es más: ¿tantos méritos literarios contiene una novela como El hijo para ser merecedora de uno de los premios más importantes de la literatura europea? Para esta segunda pregunta, según lo que se ha expuesto anteriormente, creo que la respuesta es no; para la primera, tengo mis reservas.