06 junio 2012

Senderos (de gloria) que se bifurcan



El sonámbulo de Verdún
Eva Díaz Pérez
Destino, 2011. Colección “Áncora & Delfín”
ISBN: 978-84-233-4555-7
352 páginas
17,50 €





José María Moraga
En más de una ocasión he sido preguntado por lectoras que por qué en Estado Crítico solo dábamos cobertura a libros raros o alternativos y no a los más populares y vendidos. No digo que sea cierto, digo que me lo han preguntado -más de una vez- y la verdad es que sin querer hacerle la rosca a nadie ni plegarme a exigencias sí me gusta escuchar las sugerencias porque al fin y al cabo esto lo escribimos para difundir cosas, y a uno no le apetece alienar a nadie. Mi defensa ha sido que en este blog cada uno reseña absolutamente lo que le viene en gana, y que si nos fijamos en un perfil de libros parecidos (cosa que no admito) o solemos evitar otro perfil (cosa que sí asumo) ha sido por pura y simple casualidad y no por voluntad de elitismo.
Por todo lo anterior es un placer traer aquí El sonámbulo de Verdún, un libro que viene con vocación de entretener y divulgar, de venderse y ser leído, y desde luego que lo merece. El rigor no está reñido con el entretenimiento, y aunque desde luego que El sonámbulo no es una obra vanguardista ni experimental, sí que exhibe en la forma unas exigencias que la separan del ‘best-seller’ ramplón y que nos hablan de una ingente tarea lectora y de documentación por parte de su autora, la sevillana Eva Díaz Pérez. No había leído nada anterior de Eva pero sí  he leído algún que otro libro sobre la Primera Guerra Mundial y os digo que da gusto que en España -país, recordémoslo, neutral durante el conflicto- aparezca una obra así, más propia de las literaturas de los países beligerantes. Estamos hartos ya de novelas sobre los judíos en la 2ª Guerra Mundial con instrumentos musicales o sobre la Guerra Civil española. Y aunque en El sonámbulo de Verdún estas dos últimas guerras aparecen nombradas, la trama se centra en torno a la Gran Guerra, la guerra destinada a acabar con todas las demás.
Para los que os mováis en las coordenadas de la literatura sobre el conflicto, diré que El sonámbulo me ha recordado a los logros de dos de las novelas imprescindibles de la metaficción historiográfica anglosajona: Regeneración (1991) de Pat Barker y La canción del cielo (1993: Birdsong en el original; incomprensiblemente en España no apareció hasta 2009) de Sebastian Faulks. ¿Por qué comparo la novela de Díaz Pérez con otras dos? No para restarle originalidad, sino para resaltar sus logros. Regeneración plantea el horror de la guerra a través de sus estragos físicos y mentales: el drama de los hospitales psiquiátricos donde los internos trataban de sanar a través de la palabra. Escritores en guerra a pie de trinchera (recordemos que Wilfred Owen y Sigfried Sassoon se cuentan entre sus personajes). La canción del cielo juega -mediante una estructura fragmentaria- con el paso del tiempo, la memoria histórica y la influencia de unas generaciones sobre las que las sucedieron, amén de contar con detalladas descripciones de la vida en el frente.
En El sonámbulo de Verdún aparecen todos esos elementos pero el libro no se ciñe a la guerra. Se entrecruzan las historias de tres personajes principales, con media docena más de secundarios, a través del tablero de Europa (sobre todo el Imperio Austrohúngaro) y a través de todo el siglo XX. Hay por tanto mucho de preparación, de la vida de los protagonistas antes de la Primera Guerra Mundial y también después, con lo que el fresco no se ciñe al conflicto. La trama avanza y retrocede constantemente en el tiempo y se mueve en el espacio, de una manera muy fluida y nada confusa, lo que el lector agradece. Tampoco os voy a mentir: a medida que se avanza en el libro el lector avezado puede intuir algunos de los enigmas planteados pero eso, en mi caso, no ha sustraído ni un ápice al disfrute. El gran recurso dilatador de la trama esconde un guiño a la fantasía borgiana: así, en la primera escena de El sonámbulo  asistimos a una bala que se dirige a un cerebro y solo al final sabremos si llega a su destino o no. En el ínterin, a la narradora le da lugar a contarnos la alucinante historia de varias vidas en un siglo, el tiempo queda suspendido ‘a la maniera’ del cuento de Borges “El milagro secreto”, en el que las balas de un pelotón de fusilamiento nazi quedan suspendidas en el aire durante un año para dar tiempo a que un autor checo termine su obra de teatro. Sin duda que esta referencia no es casual, ya que Eva Díaz maneja con soltura la tradición literaria y el cuento de Borges está ambientado en Praga, como gran parte de El sonámbulo de Verdún.
De hecho, la novela se nutre del conocimiento de todos los “sospechosos habituales” de la ‘Mitteleuropa’ de principios del siglo XX: Sigmund Freud, Jaroslav Hašek, Claudio Magris, Karl Kraus, Robert Musil… algo que la dota de mayor interés, aunque debo confesar que no soy muy fan del procedimiento por el cual las grandes figuras de una época se pasean por una obra con el único propósito de ambientarla (lo que yo llamo el “Síndrome de Forrest Gump”). Por ejemplo, uno de los protagonistas es compañero de trabajo de Stefan Zweig y Rainer Maria Rilke y conoce a Elias Canetti; otro tiene un abuelo al que lo atendió en una ventanilla Franz Kafka y un hijo que participó en el comando checo que asesinó al ‘Reichsprotektor’ Heydrich, además de haber vivido en Zurich encima del Cabaret Voltaire (‘featuring’ Tristan Tzara y Hugo Ball) y ser compañero de hospital del Soldado Desconocido de Francia. Personalmente prefiero cuando las celebridades históricas aparecen porque tienen un papel real en la obra, como la Hipatia de Luis Manuel Ruiz o el Sassoon de Pat Barker, pero en cualquier caso los lectores despiertos compartirán sonrisillas cómplices al reconocer todas estas referencias culturales.
Algo muy bueno que El sonámbulo de Verdún sí hace perfectamente: divulgar el conocimiento sobre la Primera Guerra Mundial, conflagración que dista mucho de resultar “secreta” u “olvidada” pero que tal vez sí lo sea un poco para el público español, sobre todo el más joven. En la página 147 leemos: “Verdún es el símbolo de la Gran Guerra (…) porque representa la carnicería absurda, los combates de trincheras, la guerra sin sentido por dos palmos de tierra, el barro, la lluvia, el frío, los hombres mutilados, el terror de la artillería pesada”. Después de leer descripciones así, a uno casi le entran ganas de sacar el mechero y pasarlo por las costuras de la ropa por si estas alojaran piojos, como hacían los soldados en el frente. Para alguien que no sepa mucho sobre la Primera Guerra Mundial esta novela resultará una introducción excelente; para alguien que la conozca bien, nada chirriará y podrá centrarse en la historia de los personajes, bastante rica e interesante de por sí.
El estilo es muy descriptivo, hay acumulación de adjetivos y largas enumeraciones, como si la narradora tuviera ansia de abarcar un material tan ingente que no se puede despachar con una escritura parca y austera. El resultado es una novela terriblemente evocadora, que recrea el ruinoso Imperio Austrohúngaro (Praga y Viena son sus joyas y aquí se cuida el detalle) y el París del final de la ‘Belle Époque’. La trama, a cuya forma ya se ha aludido, consigue establecer entre las diferentes historias una suerte de babas del Diablo que unen a los personajes a través de los kilómetros y los años, como ocurría en La canción del cielo, y la narradora -prolífica en intrusiones autorales- se encarga a menudo de recalcarlo, no solo con el mencionado 'leitmotiv' de la bala sino explícitamente: “¿O habéis olvidado que ésta es una saga de personajes unidos por imprevisibles hilos invisibles?” (159).
Los ecos de las grandes obras de la Primera Guerra Mundial se multiplican: los hay de Hašek, de Remarque, podríamos seguir porque sobre este conflicto ha escrito prácticamente todo el mundo: desde Conan Doyle hasta Julian Barnes, pasando por Virginia Woolf. El sonámbulo de Verdún ofrece lo mejor de la novela histórica sin caer en las trampas de los ‘best-sellers’ chungos, acerca unas realidades poco conocidas para el público español de una manera dinámica y desenfadada sin renunciar al rigor y es, por tanto, altamente recomendable para todos los públicos. No faltan intriga, amor, poesía, viajes, drama, aparte de “la guerra, la compasión, la culpa, el horror y las viejas mentiras” (225). Léansela.