15 abril 2013

Repetirse o morir



Aire de Dylan

Enrique Vila-Matas

Seix Barral, 2012. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-32209-64-2

328 páginas

19,50 €



José M. López

Pues sí, aquí tenemos la nueva novela de Vila-Matas. El mismo, el que se repite siempre, el de “hijos sin hijos”, “escritores que no escriben”, el aburrido, el pedante, sí, aquel al que muchos odiáis… pero al que otros, debo confesarlo, amamos. Aunque solo sea desde un punto de vista literario. Sí, como Proust, como Woody Allen, como el Scorsese de antes de La vida de Hugo, Vila-Matas pertenece al grupo de creadores que siempre repiten la misma obra, y que debo admitirlo, más me gustan cuanto más se repiten. De este tipo de artistas espero con ansiedad su próxima creación, con la esperanza siempre de que no se renueven, no intenten reinventarse, y me ofrezcan otro delicioso producto con las mismas y geniales repeticiones que su producto anterior. Así que, una vez lanzada la careta al aire, una vez descubiertas mis vergüenzas, ya os imaginaréis que la reseña será de lo más condescendiente, y estará vestida de un subjetivismo amable totalmente inapropiado a toda crítica que se quiera llamar seria. Por tanto, pido a aquellos “odiadores” oficiales del escritor catalán que se abstengan de seguir leyendo, para así evitarles tan doloroso trance.

Bueno, una vez que estamos solos, podemos empezar a destripar la novela. Muy del gusto del autor barcelonés, la trama aparece hilada en una historia de investigación con tintes de novela negra, pero eso sí, protagonizada por personajes cargados de un halo 'freaks' a la vez que posmoderno -molón, vamos-, cuyo comportamiento inspira fascinación y risa al mismo tiempo. Quizás por eso, cuando leo al escritor catalán parece que estoy viendo de nuevo Al final de la escapada. En Aire de Dylan, tenemos a un escritor cincuentón, catalán, y con la firme intención de dejar la escritura (¿?), idea que se ve truncada al conocer al joven Vilnius, complejo muchacho que le pide ayuda para completar las memorias apócrifas de su difunto padre, un exitoso escritor posmodernista, y de paso para que le ayude encontrar a los asesinos de este.

Sí, los temas del autor catalán son prácticamente los mismos que podemos reconocer en anteriores novelas, como también es el mismo el cariz enigmático de sus palabras o el estilo hipnótico de su prosa, rasgos que me hacen no poder apartar la mirada del libro ya desde la primera línea:

“Algunos entran tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Este fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad (…)”

Y es que, además del homenaje a la serie negra, la enfermiza obsesión por la intertextualidad del autor transforma también la novela en un sugerente juego en el que el Vila-Matas se divierte mirándose al espejo y no observando su rostro, sino el de Pessoa, el de Kafka, el de Hammett, o, como en esta novela, el del propio William Shakespeare. Y, como en Hamlet, en Aire de Dylan la representación teatral aparece como el único medio posible para desenmascarar el alma de los conspiradores, de lo que se deduce que la ficción se acerca más a la verdad que  la propia realidad.  Al igual que le sucedía al príncipe de Dinamarca, también el espectro del padre de Vilnius sobrevolará obsesivamente su cabeza. Y terminamos descubriendo, como en un cuento de Rulfo, que la identidad de una persona la conforma realmente la sucesión de fantasmas de sus ancestros que no dejan de rondarle insistentemente. En definitiva, la voz del hijo no es más que un progresivo encadenamiento de ecos que se suceden, del mismo modo que la voz de Vilnius termina siendo un reflejo vago de la de Lancastre, su padre fallecido. Como consecuencia inevitable, la novela termina convirtiéndose  en una perpetua guerra de generaciones: 
- la del protagonista o la de Lancastre: aquellos escritores de entre cuarenta a sesenta años, que, ya sea siguiendo un estilo más realista, ya sea abrazando los encantos de la posmodernidad, basaron su éxito en el trabajo, en el esfuerzo diario;
- la de Vilnius y su novia: aquellos que, como Oblomov, el arquetipo del gandul en la literatura rusa, buscan el camino de su autenticidad a través del estatismo, y encuentran en la pasividad la única forma de evitar el fracaso.

En todos ellos está Vila-Matas, con todos se identifica,  pero, no nos equivoquemos,  de todos se ríe. Y es que aquello que, en mi opinión, hace grande al escritor barcelonés es que nadie sale indemne de su fina parodia. Se ríe de todos. De él, el primero.

A pesar de lo dicho, debo añadir que no coloco Aire de Dylan en el anaquel donde conservo  las mejores novelas de Vila-Matas. En algunos momentos del libro la extraña poesía que suele rodear las situaciones o personajes del autor no aparece. Él se da cuenta, y se ve obligado a echar mano de un último recurso con el que no se siente demasiado cómodo: la narración. Es decir, tiene que hacer que pasen cosas en la novela, aunque sean forzadas o incoherentes, con tal de suplir ese hueco lírico, emocional y surrealista que sus musas no han tenido la deferencia  de depositar en la novela. Y es que el peor Vila-Matas es aquel que se ve forzado a narrar por falta de inspiración.

Así que no quito la razón a aquellos que argumentan que al autor catalán ya se le están acabando los temas, o que su estilo es reiterativo y pretencioso. Sin embargo, a mí me sigue gustando, lo confieso, sobre todo, porque, si esto fuera así, que lo dudo, él sería el primero en parodiarse, y en reírse de sí mismo a través de la ironía, el pesimismo y la extrema clarividencia a través de los que observa el mundo.

4 comentarios:

Fran G. Matute dijo...

Debate interesante el que propones. El del artista que hace siempre lo mismo y, sobre todo, el del lector/espectador que tiene que lidiar con eso...

Personalmente, tendría que ser fan irredento de alguien para perdonarle que se repita hasta la saciedad... Por eso no me gusta ya, por ejemplo, Woody Allen (entre otros motivos, que no viene al caso)...

Jesus Zamora Bonilla dijo...

Confieso que conozco muy poco de este autor, pero cada vez que he intentado leerlo he terminado dejándolo a las pocas páginas. Tal vez sea porque, como profesor de filosofía que soy, me gusta que las reflexiones "filosóficas" vengan en el formato de reflexiones filosóficas, no en el de una novela: el ensayo es para lo que es, y la narrativa es para lo que es (no quita que ciertas narraciones puedan ganar mucho por el aporte de ideas filosóficas -v.p.ej., El Nombre de la Rosa-, aunque el balance suele ser negativo). Pero, en fin, es mi gusto personal, no otra cosa.
Saludos

José Manuel dijo...

Jesús, pues tengo que decirte que mis más gratos acercamientos a la filosofía han sido gracias a las novelas de Sartre,Kafka o Camus. Aunque estoy de acuerdo contigo en que nada como el ensayo para mostrar la argumentación filosófica de una manera más pura.
Fran, debo deducir entonces que eres de los que piensan que Bogart es un mal actor ¿no?

Fran G. Matute dijo...

Para nada!!!! Bogart es un grandísimo actor!!!! Mal actor es Al Pacino...