11 marzo 2013

Los abuelos, ¿no follan?



la máquina de hacer españoles

valter hugo mãe

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-2040-750-0

304 páginas

18,50 €

Traducción de María José Arregui




Ilya U. Topper

Recuerdo que Marchante traía cara larga al entrar en la redacción. No se explicaba, porque iba ilusionado componiendo su primer importante trabajo fotográfico –acabaría premiándolo Canal Sur– titulado El sexo en la tercera edad. Pero aquel día resoplaba como alguien resignado a una realidad inmisericorde. Qué te pasa, le pregunté. Teníamos veinticuatro años los dos.
Quillo, que me he dado cuenta de que los viejos follan más que tú y yo.

Era palabra de reportero, y visto la carrera de Marchante, testigo siempre preciso de los hechos, podemos darla por inapelable. Tal vez a hugo valter mãe (así, en minúscula) le faltó por ver este reportaje, porque lo máximo que ocurre entre hombres y mujeres en la residencia de ancianos que es el escenario de la máquina de hacer españoles son unas cuantas frases galantes y unos tímidos intentos de tocar la mano entre dos personajes secundarios. El lector que se fíe de la ilustración de portada sufrirá la desilusión habitual en el sector.

Cualquier lector necesita algún motivo para seguir leyendo, una vez pasadas las primeras cincuenta o cien páginas. hugo valter mãe nos ofrece dos: por una parte nos intrigará cómo se resolverá el asesinato que investiga el inspector Isaltino de Jesús, aparecido de repente en escena para tomar muestras de sangre bajo la cama de una anciana, hincha del Porto, y por otra no podemos morirnos sin averiguar por qué demonios el libro se llama la máquina de hacer españoles. Cómo se acabará muriendo el héroe de la novela, antónio silva, a esas alturas ya importa bastante menos.

Lo mismo les puedo adelantar el resultado: El inspector hace un par de cameos más, pero acaba desapareciendo sin dejar rastro y sin resolver nada, ni aprovechando las pistas que le susurran los ancianos sobre la supuesta costumbre de la dirección de ir matando a los inquilinos demasiado viejos en aras de hacer lugar a nuevos clientes con más pecunio. Y el título se intenta explicar un poco al final con una genérica referencia al deseo de todos los portugueses de parecerse a españoles, es decir ciudadanos de un país con sueldos aceptables, servicios públicos correctos y un bienestar genérico (no me miren así, sé que esto queda fatal decirlo después de que los bancos se propusieran, y ejecutaran con pleno éxito, el plan de hundir España en la miseria, pero hasta 2010, cuando valter hugo mãe escribió el libro, aún duraba esta impresión generalizada, no tan equivocada durante la década anterior, al menos en comparación con varios países vecinos). Pero qué tiene que ver con esa percepción la fantasmagórica máquina que el protagonista sueña (?), no nos quedará claro ni al llegar a la última línea.

(Tampoco averiguaremos en ningún momento si el título –como sopesaba Alejandro Luque– pretende ser un homenaje a Washington Cucurto y La máquina de hacer paraguayitos (1999); y si lo fuera sería uno fallido, porque no cabe imaginar mayor contraste que el que hay entre el libidinoso barroco barriobajero del argentino y el perfectamente controlado pulso pequeñoburgués de los ancianos que nos presenta el del Minho –hugo valter mãe nació en Angola pero se crió y vive en Vila do Conde–, cuya máxima transgresión es arrancarle las palomas a una imagen de la Virgen María y llamarla Mariazinha, como una coleguilla cualquiera. Eso, a manos de un ateo confeso, oigan).

¿No les ha quedado claro de qué va la novela? No, no, a mí tampoco. El planteamiento es sencillo: un señor de 84 años, al que se le acaba de morir su amantísima mujer, es ingresado en una residencia de ancianos y debe acostumbrarse a pasar el resto de sus días en ese lugar, pese a que se creía algo mejor. Quiero decir: algo menos inútil. Hay unas cuantas subtramas, como la apariencia de un colega centenario que inspiró un poema de Pessoa, unas cartas de amor falsificadas, pesadillas y aves fantasmagóricas varias, intentos de asesinatos sonámbulos, un recuerdo de silencioso valor y traición silenciosa bajo la dictadura de Salazar, un español que reivindica su derecho a ser portugués de Badajoz. Pero nada de eso se trenza en una acción mínimamente coherente. Es como si el famoso diablo de aquel increíble relato de Félix J. Palma hubiera vaciado su saco de elementos literarios sobre la mesa del escritor, pero sin indicarle cómo componerlos.

Porque veamos: ¿para qué sirve escribir una novela entera en minúscula, sin punto y aparte, con voces que se confunden todas –todos los viejos hablan igual, hay que estar muy atento para deducir quién dice qué, no hay registros de expresión diferentes, apenas opiniones distintas– y luego intercalar tres veces unas cuantas páginas con sintaxis, mayúsculas, rayas y toda la pesca clásica del idioma, y un clásico policía rastreador de asesinatos, si luego no se hace nada con ese personaje? Si el autor quiso demostrar que domina el truco de escribir una novela en dos planos, se ha quedado corto. Uno sopesa si la sensación de 'cogitus interruptus' es intencionada y el autor se quiso mofar de nuestra necesidad de buscar tramas de detective, colocar a Isaltino de Jesús en una fila con Brahim Llob y Kostas Jaritos. Pero entonces tendría que haberlo dejado más claro: no me importa que me tomen el pelo, pero al menos díganme en qué momento me tengo que reír.

Leyendo la solapa del libro se me aclara que valter hugo mãe compuso esta novela como final de una tetralogía que versa sobre infancia, juventud, edad madura y, 'eccola', vejez. Eso explica muchas cosas: cuando uno necesita terminar un ciclo propuesto, lo hará, tenga o no algo que contar. Lo que no explica es por qué el libro viene acompañado de alabanzas de José Saramago; esperamos que sea en honor a anteriores obras, probablemente mejores, del autor, y no porque el Nobel pensara que imitar su manía de escribir sin pausa ni párrafo sea indudable sello de calidad.

Y no, tampoco se puede salvar valter hugo mãe aduciendo que simplemente quiso reflejar el día a día en una residencia de ancianos. Para eso, el libro es demasiado metafórico. Porque el héroe vive enclaustrado, con una muy literaria sensación de aprisionamiento, pero en la vida real, una residencia de ancianos no es una cárcel, y un señor, así tenga 84 años, si no ha sido declarado incapacitado mental por sus hijos, puede salir a la calle, tomarse un café en un bar cualquiera, charlar con la chica de la floristería de enfrente, observar el trajín del mercado. Puede al menos intentarlo. Estaría dispuesto a bajar mi umbral de la incredulidad al nivel de no darme cuenta, si el autor me ofreciera algo a cambio, pero no me basta con las pesadillas y la tumba de Laura.

'Summa summarum', me retrata mejor la vida de los ancianos en una residencia aquel breve del Frankfurter Allgemeine Zeitung que leí en una escala de avión en Munich, al tiempo que intentaba con sincero empeño seguir los banales debates de comedor de valter hugo mãe: “Detenido un anciano nonagenario en la plaza central de Munich, al intentar dirigirse en pijama al Hofbräuhaus para celebrar sus 90º cumpleaños con una jarra de cerveza; al ser devuelto por la policía, a la que le llamaba la atención por llevar una jeringuilla de la sonda en el antebrazo, la directora de la residencia, enternecida, le autorizó a tomarse una caña en el salón”. Deseaba que el clímax de la máquina... al menos se asemejara. Lástima.