27 diciembre 2012

El sueño y los monstruos

Las tribus de Israel. La batalla interna por el Estado judío

Ana Carbajosa

RBA, 2011

ISBN: 978-84-9867-988-5

280 páginas

20 

Prólogo de Enric González


Ilya U. Topper 

Érase una vez un hombre que tenía un sueño. El hombre se llamaba Theodor Herzl, era ateo y su sueño era reunir a todos los judíos de Europa en un territorio propio, un Estado Judío. Agonizaba el siglo XIX y aquel sueño y aquel hombre parecían venir cargados de razón. Le daba un poco igual dónde, pero al final consensuaron que iba a ser en Palestina, porque a los religiosos les gustaba tanto soñar con celebrar el Año Nuevo que viene en Jerusalén.
 
Un siglo más tarde, la periodista Ana Carbajosa se dedica a analizar qué ha pasado con aquel Estado Judío. Una especie de foto fija, una instantánea de los resultados de un sueño. Y como ya advirtiera Goya, son monstruos.
 
Ana Carbajosa no habla del sueño, o muy de pasada. No hace un recorrido histórico ni presenta a Herzl: para eso hay otros libros (el mejor lo comentamos aquí hace poco, el viaje del gran Albert Londres en 1930 por los gélidos infiernos de los judíos). Ella habla de los monstruos. Los hace pasar revista, uno por uno. Y es para asustarse.
 
Ahí van: Los ultraortodoxos. Los mizrajíes y demás judíos de segunda. Los colonos. Los activistas de izquierda. Y los palestinos con pasaporte israelí, los llamados árabes israelíes.
 
Asustan todos. De los ultraortodoxos, los haredíes, aquellos “que tiemblan” ante Dios y esperan al mesías, pero mientras tanto se dedican a salvar su alma cortando el papel higiénico por entre dos líneas de perforaciones en sábado, ustedes igual ya saben algo, si me han hecho caso y se han comprado Orgullosas y asfixiadas, de Anna García, como les recomendé aquí. Pero la galería de horrores que se intuye como entre sombras en el libro de García, aquí va fotografiada bajo una luz inclemente, los focos del periodismo conciso. Sí, créanselo: también las patrullas de recato de los judíos ultraortodoxos lanzan ácido a la cara de las chicas que van guapas; esto no sólo ocurre en Afganistán.
 
Los colonos. El que esto firma sólo pasó (disfrazado) un mes con ellos, precisamente en el asentamiento cuya alcaldesa es la dirigente entrevistada aquí: Daniela Weiss. Y me quito la kipá ante la precisión con la que Carbajosa describe el mundo mental de estos tipos que se creen pioneros en el Lejano Oeste, claveteando palizadas contra los pieles rojas sin quitarse la metralleta que llevan en bandolera: un buen palestino es un palestino muerto. Están todos: los muy creyentes, los menos creyentes, los casi hippies –pero no menos colonos y no menos seguros de que Dios les asignó esta tierra mediante contrato escrito– y los que no tienen donde caerse muerto pero tampoco conciencia.
 
Los activistas, polo opuesto a los colonos, también asustan, no por lo que son –son gente como usted y yo, gente que reacciona como reaccionaría cualquier persona que no haya sido transformada en monstruo por cien años de sueño– sino por su número. Por su escasísimo número. Y por los ingentes esfuerzos que tienen que hacer para poder hablar de cosas como paz o derechos humanos, términos que, como no deja de repetir Uri Avnery, son hoy en Israel palabras sucias, esas que no se pronuncian entre gente decente.
 
Los mizrajíes, más que asustar, entristecen. Mizrajíes es el término que engloba a todos los judíos de los países llamados árabes, desde Marruecos a Iraq y Yemen, también a bereberes, kurdos, persas, turcos, caucásicos... (a veces los llamamos sefardíes, pero sefardí sólo es  la élite castellanoparlante de este grupo heterogéneo). Es decir, eran árabes, bereberes, kurdos y persas de fe judía a los que el sionismo –y las circunstancias políticas provocadas por el sionismo– arrancó de sus patrias y trasladó a la Tierra Prometida. Donde se encontraron con que sus correligionarios y patrones asquenazíes, es decir alemanes, rusos, rumanos, húngaros, polacos, checos, moldavos, los trataron como mano de obra barata y despreciada. Y como baluarte contra el despiadado enemigo árabe. Sólo que ese despiadado enemigo era igual que ellos: hablaba su idioma, escuchaba la misma música, comía platos similares, se reía igual. 
 
“Puentes imposibles” llama Ana Carbajosa este capítulo, y es un capítulo para llorar (si no, pónganse de fondo música sefardí, cantada por una argelina a la que hace un año expulsaron de la Orquesta Andalusí de Israel por ser mujer). Porque los árabes, bereberes, kurdos y persas podrían haber elegido hermanarse con aquellos que les eran semejantes, compañeros no sólo en su cultura sino también en la explotación laboral y el desprecio del patrón blanco. No lo hicieron. O no les dejaron. Para no ser confundido con el enemigo, del que nada les distinguía, los mizrajíes se convirtieron en los sionistas más fervorosos, los más decididos a odiar a los “árabes”, los más entregados a un integrismo religioso que distaba años luz de sus creencias, pero en el que fueron adoctrinados por teólogos lituanos, algo así como la secta talibán del judaísmo.
 
Esto fue en los años cincuenta y sesenta, pero no se ha superado. Acompañen a Ana Carbajosa en su paseo por un mercado israelí intentando hablar en árabe con aquellos que aún lo dominan. La destrucción consciente de las ancestrales culturas judías mizrajíes y su transformación en un bloque lituano-integrista quizás no sea más cruel que la opresión que el gobierno de Israel inflige cada día a los palestinos, pero es uno de los mayores monstruos que ha parido el sueño de Theodor Herzl.
 
Y están los palestinos con pasaporte o, como los llaman allí, árabes israelíes. Estos ciudadanos de tercera, un 20 por ciento de la población, relegados a un espacio en el que no molestan, porque ellos son el resto del enemigo al que no se pudo expulsar, pero que se ha conseguido neutralizar. Mas si estos no son monstruos, protestarán ustedes. Son simples ciudadanos a los que les ha tocado vivir en un país que no les reconoce como tales, y en el que tienen suficiente con intentar sobrevivir. Sí, pensaba yo. Pero Ana Carbajosa ha ido a hablar con ellos y, sobre todo, con ellas. Y resulta que al igual que en los territorios ocupados, se están entregando en masa a los jeques islamistas. Por los mismos motivos: porque ante la desesperación, uno acaba recurriendo a Dios. Y a la mezquita, al velo y la represión sexual y todas esas cosas. No son tan severos, tan despiadadamente fundamentalistas como los judíos haredíes, en la barriada de al lado. Aún no. Pero el monstruo está apenas levantando su cabeza, y el sueño de los herederos de Herzl lo sigue alimentando. Ya verán.
 
Si Goya volviera, leería Las tribus de Israel antes de ponerse a pintar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué manera de cargar las tintas! Más que pensar críticamente usted supura odio. Cuando se desconoce lo que es la ecuanimidad y se sustituye el rigor por las patadas, salen escritos como el suyo gracias al cual nos enteramos que el integrismo más salvaje campa por sus respetos... en Israel. Vamos hombre, eso no se lo cree usted pero le mola escribirlo ¿verdad?
Jorge Martín

frank dijo...

se ve todo bonito el libro pero tanto cuesta . ese es lo malo amiga slaudos desde peru de frank perez pastor

Alejandro Luque dijo...

Discúlpeme el señor Jorge Martín, pero con independencia de que compartamos o no la lectura del señor Topper, yo el odio y las patadas no las veo por ningún lado. ¿Puede ud. señalar los pasajes concretos que le han sugerido tales cosas? Feliz año nuevo a todos.