11 enero 2013

Una diva en el diván del wadi


En el Uadi

Michèle Drouart

Barataria, 2012

ISBN:
978-84-9297-927-1

302 páginas

18 €

Traducción de Delia Mateovich


Ilya U. Topper

Si uno hace un viaje puede contar cosas, dicen en mi tierra. Pero si además las quiere contar por escrito, pienso, debe plantearse qué cosas quiere contar. Durante siglos, los viajeros, empezando por Ibn Battuta, se centraban en relatar cómo eran los lugares y las gentes que visitaron durante su periplo, cosa muy de agradecer, porque no todo el mundo podía ir de Tánger a China y mirar por su cuenta. Para no aburrirnos, se saltaban los detalles personales, apuntando apenas un “Me casé con una chica de tal lugar y vivimos juntos unos años” o cosas por el estilo.

También se puede escribir un libro de viajes contando la transformación personal que uno experimenta a través del camino. Pero hay sólo dos opciones para que un relato así merezca la imprenta: o se es famoso –si Borges hubiera publicado un relato de su viaje a Sicilia, todos correríamos a comprarlo, incluso sin saber en qué mar cae tal isla– o se escribe bien. Escribir bien significa convertir al protagonista en personaje literario, por mucho que se trate de uno mismo. De otro modo, lo que ocurre es una confusión entre el rodillo de la linotipia y el diván del psicoanalista.

Igual no diría nada, pero la confusión me preocupa, visto que Michèle Drouart no sólo ha ganado un galardón en Australia (su patria) con En el Uadi, sino que además da clases de escritura creativa y es editora. Deberíamos suponerle que se ha planteado qué quiere contar en este libro, que repasa su historia de amor con un jordano por el que se va a vivir unos cuantos meses a un pueblo de la Jordania profunda, ese que está al lado del uadi o wadi del título.

A mí, Jordania me interesa: precisamente porque tiene una capital que muchos viajeros contamos entre las más aburridas del mundo, sin perjuicio de Addis Abeba y Uagadugu, aunque siempre he sospechado que debe de esconder una sociedad de lo más interesante, por desconocida. Si yo cojo el libro es para enterarme cómo vibra por dentro la sociedad jordana. Pueden pensar que en la época de los vuelos 'low-cost', describir un país ya no forma parte de las tareas de un escritor viajero. Pero sí lo forma, si lo hace bien, si gana realmente acceso a la sociedad, si tiene capacidad de observar los detalles que importan, que nos explican algo más allá de la postal de turista.

Esto le falla a Drouart: no sólo su dominio del árabe, que nunca llegará más allá de ese nivel que apenas te permite intuir lo que te están diciendo, sin mantener conversaciones profundas, sino que en la mayor parte de las escenas se dedica a describir su propia reacción, su impresión respecto a lo que cree observar. Es decir, al final sabremos lo que una mujer australiana-estadounidense-francesa piensa sobre la sociedad jordana campesina, y cómo asimila –o mejor dicho, no asimila– sus pautas de convivencia, pero no sabemos qué piensan de esas pautas las propias campesinas jordanas. Dedicará un folio a especular sobre las emociones de una mujer que vive en un matrimonio polígamo, pero cuando finalmente esta mujer aparece para enredarle en una conversación íntima (en inglés), la escena se despacha en un par de frases.

Porque todo eso no importa, intuimos: lo que importa es lo que la protagonista (autora) siente respecto a ese hombre al que conoció como estudiante tierno y sensible en una universidad estadounidense y que se convierte en un marido brusco, egocéntrico e inflexible defensor de las tradiciones locales en cuanto ella le sigue a Jordania (es decir, exactamente igual como hacen cada año miles de amantes-maridos de esa parte del mundo).

Pero también esto parece un escenario, porque tampoco nos cuenta realmente por qué coño este hombre le gusta tanto de tal forma que, hasta el final del libro, juega a mantenerse sumisa, no salir cuando él no quiere, no visitar a amigos sin él y todo eso (es decir todo eso contra lo que se rebelan, con mucho motivo, una importante cantidad de chicas jordanas con las que ella nunca llega a hablar). No es hasta la página 155 que, mediante un largo poema de amor “en un francés vagamente antiguo” nos revela (“Ami, vostre espee est droite / et faite para la gaine estroite = amigo, vuestra espada es recta /y hecha para una vaina estrecha”) que el sexo sí tiene algo que ver. O eso entiendo yo.

Pero tomarse por trovadora provenzal que canta los favores de un caballero no ayuda a entender a la autora-protagonista, que se ha metido en un vulgar rollo de amor con un vulgar machista, como pululan por doquier: no hace falta irse hasta Jordania para eso. Si la historia transcurriese en Navalmoral de las Habas o en Stratford-upon-Thames, pongo por caso, el amante-marido podría reaccionar exactamente igual, conozco a unos cuantos, pero entonces no se podría poner Uadi en el título, claro. Y no, Michéle Drouart no es Hester Stanhope ni Anne Blunt, y mucho menos es Isabel Eberhardt, perdonen un poco.

Lo que nos queda es recordarle a Drouart aquel consejo del viejo Voltaire a un aspirante a escritor: “Joven, escribir así de mal usted sólo se lo podrá permitir cuando sea famoso”.