27 junio 2011

De premios contemporáneos y poesía universal


Las Ollerías

Joaquín Pérez Azaústre

Visor, 2011. Colección "Visor de poesía"

ISBN: 978-84-7647-790-8

76 páginas

10 €

XXIII Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe



José Martínez Ros

Todos los premios son sospechosos, y el de poesía de la Fundación Loewe no es una excepción. Si echamos un simple vistazo a la solapa del último ganador, Las Ollerías, del cordobés Joaquín Pérez Azaústre, entre los pasados galardonados encontramos libros excelentes –por ejemplo, Puntos de fuga, de Lorenzo Oliván- e, incluso, alguno que merecería ser considerado un clásico contemporáneo, si esa expresión estuviera menos devaluada –por ejemplo, el magnífico En la estación perpetua, de Antonio Cabrera-, alternado con otros cuya pérdida, por decirlo suavemente, no significaría una merma importante de nuestra literatura… ni mucho menos.

Creemos, sin embargo, que el libro de Pérez Azaústre contiene poemas lo suficientemente memorables y tiene una personalidad lírica lo bastante marcada como para ser juzgado con independencia de antecedentes. Pues lo que aquí más destaca y hasta sorprende es la seguridad de la voz poética, una voz firme y sobria, absolutamente nítida, que muestra que nos hallamos ante una obra de madurez nada baladí, sostenida tanto en un absoluto dominio de la forma y la métrica como en la fuerza de las metáforas.

"…escogimos un árbol gigantesco y fui trepando a lo alto para ver
la mancha celular de la ciudad.
No sé cómo volví, pero lo hice
de muchos otros bosques interiores"

Como le sucede a menudo a los poetas andaluces, y en especial a los cordobeses, criados líricamente bajo la inmensa sombra de Góngora y la más cercana de Cántico, en los primeros poemarios de Pérez Azaústre se detectaban ciertas reminiscencias ornamentales neobarrocas que, en Las Ollerías casi han desaparecido, con raras excepciones, como al inicio de su hímnico "Puente romano":

"…latigazo en la sien, logística de pájaros,
bóveda de aluminio, imprecación al agua
que atada al friso nos revivirá,
mortaja en la visión de teselas probables
podremos deshacer un lazo de oro,
un antifaz de cúpulas ardiendo"

Pero que no tarda en adoptar el tono característicos de el resto del libro: una contenida fusión de memoria –cultural (la vida siempre ha sido una mala escritora de guiones), individual (una hora de sol, brindando en la Ciudad Universitaria, era la credencial del cuerpo diplomático del aire) y familiar (justo donde mi padre me esperaba para darme un pulmón de oro macizo)- y emoción. En el preciso lenguaje de Las Ollerías no resulta especialmente difícil advertir el eco de los poemas finales de Juan Ramón y de Claudio Rodríguez, cuando el recuerdo vital –con brío y ternura, pero, por fortuna, sin rastro de sentimentalismo- se refleja en la brillante retórica del poema y se vuelve puro resplandor.

"¿Vienes desde tan cerca? ¿De verdad puedes tocarme?
¿Caminas mi lenguaje? ¿Soy expresión o norte,
un borrador o fiebre, una sombra aterida
o un fogón que deslumbra en un vacío de nieve?"

Espero que los fragmentos elegidos hayan sido lo bastante orientativos. Las Ollerías no es un libro que innove en la tradición, y puede considerarse –voluntariamente- conservador en lo que se refiere a la forma. Pero dudo que cualquier aficionado a la buena poesía se sienta decepcionado. Todos aquellos que tengan el simple y muy noble propósito de disfrutar con una colección de poemas magníficamente bien escrito, se encontrarán muy a gusto entre sus páginas.

"La poesía ha de ser honesta, la poesía es un artificio,
la poesía ha de ser mentira en su verdad objetiva"