28 junio 2011

Mil y una historias



Caracteres blancos

Carlos Labbé

Periférica, 2011

ISBN: 978-84-92865-32-1

155 páginas

16 €



Rafael Suárez Plácido

Cuando leí Locuela, de Carlos Labbé, partí de una cierta intuición a la hora de hacerlo que, eso sí, venía avalada por el catálogo de Periférica, la editorial extremeña que desde hace ya cinco años nos ofrece joyitas de la Literatura que otros no editan, no sé si porque no creen en ellas o porque no las conocen. Lo que intento decir es que entonces no sabía nada del autor, ni siquiera que ya tenía otra referencia en el catálogo de esa misma editorial, pero pasé un par de días afanado en su lectura. A veces este afán resulta más grato que otras: esta fue una de ellas. En clave de novela negra, de ficción auto-referencial y de novela sentimental, esta novela es ante todo un juego fascinante en el que participa el lector como un personaje más. Los fragmentos cruzados de diarios y cartas se cruzan con la novela propiamente dicha. Esa idea de la que ya hemos comentado algún ejemplo, de que el verdadero detective es el lector, me hacía sentir parte esencial de ella. El hecho es que luego descubrí que Labbé ya tenía otra novela publicada en Periférica, Navidad y matanza (2007), y no perdí la ocasión de leerla. Todas las ideas que posteriormente se desarrollan en Locuela están ya en esta primera referencia. La novela como juego, tanto para el autor real, como para todos los presuntos autores, sin que por ello el tema que se trata sea menos transcendente: la historia de una familia, de la que han desaparecido misteriosamente sus dos hijos, narrada por un periodista que va implicándose en la trama que le seduce a él del mismo modo que nos seduce a nosotros. El autor se contradice cuando escribe: “Lo escuchaba sin perplejidad ni esperanza, como cuando uno lee un libro o ve una película.” Definitivamente, Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977) es un autor a seguir.

Y era claro que pronto iba a aparecer algo nuevo suyo, porque una de las características de Periférica es su concienzuda política de autor. Lo que no sabíamos es que iba a ocurrir tan pronto. Apenas unos meses después encontramos entre las novedades de las librerías Caracteres blancos, en el mismo sello editorial. En este caso se trata de un libro de relatos, o eso leemos varias veces en el libro que se nos presenta como “primer libro de cuentos”. En el índice vemos siete capítulos organizados como “días de ayuno” y en casi todos ellos una serie de relatos, en total doce que sumarían trece con ese “Días de ayuno”. Trece cuentos o una novela en la que una pareja huye a un paisaje desértico y durante esos siete días se leen los cuentos que van escribiendo con caracteres blancos: “Las páginas blancas del cuaderno blanco ofrecían letras blancas que podían leer como un músico cuando cierra los ojos y toca su partitura, sobrecogido por el sonido que viene seguro desde los dedos suyos y de otro.” Pero lo cierto es que aun hay más: cada cuento, o la mayoría de ellos, incluye esbozos de otras historias leídas, soñadas o incluso escritas. Algunas de ellas nos evocan a sus libros anteriores: “…me vino de golpe el recuerdo de una novela que alguna vez intentamos escribir en conjunto con viejos amigos…”, o los viajes en coche de un hombre con su hija, o la siempre omnipresente presencia de las playas como espacio para contar historias y reflexionar sobre ellas. Pero la mayoría son préstamos y temas de algunos de sus autores favoritos: Georges Perec, Antonio Porchia, Jorge Luis Borges y Juan Carlos Onetti. “Danza y cadencia de la decadencia” son dos historias diferentes e incluso podríamos aventurar que son muchas más de dos las historias que contiene. “Nueve fábulas automáticas”, son, de hecho, nueve historias con el tema común del automatismo y la ciencia que ya era parte esencial de la estructura de Navidad y matanza. Uno se pregunta: ¿en qué piensan algunos cuando dicen que las literaturas hispanas adolecen de textos interesados en la ciencia?

Cuando leí Locuela sentí desde las primeras páginas que estaba ante un autor diferente de los que conocía. Y la causa no era otra que la materia de la que están hechas las historias: el lenguaje. Que un escritor tan joven muestre un interés por el lenguaje tan evidente es algo que, aunque a veces ocurre, nunca deja de sorprenderme. Este interés ya estaba en Navidad y matanza, y reaparece con intensidad en Caracteres blancos. La habilidad para contar historias que al principio nos parecen una, pero que se van desgajando unas de otras en un juego (otra vez el juego) de muñecas rusas hace que sea prácticamente imposible aventurar el número de historias que nos ofrecen estas escasas ciento cincuenta y cinco páginas. Y son escasas porque nos saben a poco, aunque uno sabe que las revisitará una y otra vez.

“Vida breve” es la historia de un grupo de amigos que hablan en la playa sobre literatura y la historia va derivando en gustos literarios. Al principio sobre Oliverio Girondo, luego sobre el proceso de la escritura y finalmente, como el título indica, en Juan Carlos Onetti. Al final uno se queda con la sensación de que si te interesas demasiado en los libros, si los tomas demasiado en serio, te pierdes muchos otros placeres de la vida. Literatura o vida. También algo de eso se deja ver en el título.

“Capítulo de una novela interrumpida” parte de un cuento, “un temible cuento de Nathaniel Hawthorne, titulado Ethan Brand, capítulo de una novela interrumpida” que parece ser que anticipa la obsesión de la narrativa actual por el fragmentarismo, para llegar a algunas de las obsesiones más reconocidas del autor: el pasado, el presente y la escritura. Todo ello pasado por el tamiz de la memoria y de los recuerdos que transforman la realidad en imágenes borrosas o imágenes nevadas. El escritor trata de hacer visibles y más o menos coherentes esas imágenes para sus lectores que tendrán que echar mano de su experiencia personal para ir recomponiéndolas.

Me encanta leer “Danza y cadencia de la decadencia”. Son dos breves fragmentos que giran en torno a Porchia y Juarroz, en los que se cuela Caillois, traductor de algunos poemas de este último. Y sin embargo, y eso es lo que ocurre en todo el libro, tengo la sensación de que no se refieren a ninguno de estos tres autores: tengo la sensación de que hablan, una vez más, de mí. Y es así aunque Labbé crea que escribe sobre sí mismo. Pero quizás eso le pase a todos los lectores de este libro: que lo harán suyo. En Locuela leemos: “El lector vive y el autor ha muerto.” Es el destino de la buena Literatura.