20 julio 2011

Un animal monstruoso llamado Nabokov

Vladimir Nabokov fue un sempiterno expatriado ruso cuando anduvo por los Estados Unidos de América del mismo modo que Manolo Haro lo fue en tierras gallegas durante aquél iniciático verano de 1993. No sólo compartió nuestro crítico ese sentimiento de desarraigo con el maestro, sino que tras la lectura de Pálido fuego (1962), nuevos conceptos literarios entraron en su virgen mente literaria. ¿El tema de esta obra? "Una novela, una vida, un amor..." todo eso encontró Manolo en la obra de Nabokov.


Manolo Haro

En verano de 1993 yo era un muchacho de veinte años. Tal como me encargué de hacer saber a mis padres un año antes, por esas fechas servidor iría a Guatemala. El año de la Exposición Universal de Sevilla había colocado entre las ramas juveniles de mi vida a amigos de aquellas latitudes con los que se creó un vínculo de sincera y estrecha fraternidad. A base de hacer economías y de ver poco la calle, logré reunir unas miles de pesetas que necesitarían ser completadas con la suma que mi familia pudiera facilitarme. En esas negociaciones estábamos cuando el presidente Serrano Elías, a la sazón mandatario elegido democráticamente en las urnas del país centroamericano, daba, seguramente, el movimiento de timón más mezquino y estúpido que se pueda dar en la dirección política de una nación: un autogolpe de estado. Lo de cruzar el Atlántico y abrazar a gente queridísima se esfumó por el desagüe de los sueños truncados.

Con la mosca de la preocupación zumbando tras la oreja, hube de replantearme el verano. Decidí entonces atravesar en la noche el tercio occidental de la Península hacia el norte y plantarme en una Compostela engalanada para el primer Año Jubilar globalizado de la Era Fraga (mascotas, macro-conciertos, la imagen de Galicia irradiada hacia todo el orbe, turismo de aluvión y todas las lindezas que hacen de Santiago, aún hoy, un lugar entre el supermercado para excursionistas eventuales y la peregrinación no siempre espiritual que desinfla el ánimo de los lugareños que no son propietarios de algún servicio hostelero o de una tienda de 'souvenirs'). Claro que, siendo un pollo como yo era por aquellas remotas fechas, aquello me pareció Babilonia. Cuento todo esto simplemente para darle entrada a un concepto que el hámster Paul Auster (engordado por el pienso que regala la crítica literaria en suplementos culturales oficialistas desde hace ya bastantes novelas) gusta tanto de colarnos: el azar. Ese azar que anima los engranajes de la Fortuna, que nos lleva y nos trae de manera caprichosa por los distintos planos de los mundos posibles enunciados por la física cuántica, trasladó a uno de los Manolos Haro a una Guatemala sin mendaces maniobras gubernamentales, mientras que a otro de los muchos Manolos Haro lo lanzó hacia el amor hallado en una noche estival bajo las más bellas estrellas de Galicia. A pesar de los avatares de la vida contemporánea, ese idilio aún decora los corazones de mi amada y del mismo que esto escribe. En el segundo año de felicidad pseudoconyugal y con la distancia de los mil y un kilómetros separándonos, ese verano tuve la ocasión de conocer, una vez cruzado el umbral de las formalidades con la que sería mi familia gallega, a Mercedes Pintos y al escritor Bieito Iglesias Araúxo, 'galegofalantes' con espíritu y cultura universalistas que comenzaron a llenar mis inmaduros conocimientos de voces y ámbitos ignorados hasta entonces por mí.

Engolfado como estaba en la lectura del canon español (en 8º de E.G.B. leíamos a Cela en los recreos por una cuestión puramente extra-literaria, ya que nos hizo gracia lo de absorber por vía anal unos cuantos litros de agua en una palangana tal como le contó a la Milá en televisión), los nombres que Bieito me citaba vibraban extraños ante mis paupérrimos saberes de literatura universal. Sí, me sonaban sin haberlos leído Faulkner, Nabokov, Joyce, Pavese, Cunqueiro, Pla o Proust; nada sabía de un tal Barnes, un extraño William Boyd o un remoto Martin Amis. Las sobremesas en aquella casa compostelana resultaban un manjar para un muchacho hambriento de nueva literatura. Sospecho que aquello resultó un catalizador, un acelerador de partículas para toparme con un autor que tarde o temprano habría centelleado entre la multitud de escritores que he ido leyendo en esta segunda mitad de mi existencia. Vladimir Nabokov, como habrán adivinado, es el novelista del que no ya podría prescindir en la vida. Llegué a él, como muchos de sus lectores, por Lolita. Luego seguí internándome en la selva y anduve como un orangután en celo lanzándome de liana en liana descubriendo novelas, cuentos, artículos, poemas, anotaciones de clases y entrevistas. Nunca me sentí frustrado. A pesar de que su Curso sobre el Quijote, impartido en sus años de profesor en Wellesley y en Cornell incurre en errores de análisis y en alguna que otra apreciación poco plausible, se encuentra en él algún fogonazo epifánico que ilumina el conjunto.

Dentro de la producción novelística del escritor ruso, es más que probable que Pálido fuego sea la obra más alejada del gran público. Comenzar su lectura requiere cierta disposición al vacile, una pequeña dosis de paciencia si el lector no está acostumbrado a los malabares nabokovianos y unas tremendas ganas de descubrir qué se trae el narrador entre manos. El libro se abre con un prólogo de Charles Kinbote, crítico y profesor universitario, que antecede al poema en cuatro cantos que le da nombre al libro y que lleva la firma del insigne poeta John Shade. 999 versos que Nabokov redactó mentalmente mientras paseaba para relajarse en 1960 por el Promenade des Anglais de Niza, según su biógrafo Brian Boyd. Ya en octubre de ese mismo año, anotó en su diario: “El Tema: una novela, una vida, un amor... sólo es el comentario detallado de un poema breve que ha ido creciendo poco a poco”. Nabokov con este volumen, publicado en 1962, introduce su personalísimo concepto de novela, una carga de profundidad nuclear contra la lineal visión que muchos escritores seguían desarrollando como si Joyce ni Virginia Wolf no hubieran habitado el mundo sublunar. El autor de Lolita ya había dado su primer aldabonazo allá por 1941 con La verdadera historia de Sebastian Knight, en la que un narrador nada fiable –voz común a muchas de sus obras– intenta recomponer la vida de su hermanastro mediante la información extraída de desiguales fuentes. El lector queda abandonado a suerte con un guía mendaz del que no nos podemos fiar nada o casi nada, pero que es el único individuo que nos conduce por un bosque repleto de trampas y de juegos.

El caso de Charles Kinbote comienza a ser sospechoso desde ese mismo prólogo del que hablábamos arriba. Su vecino, el poeta John Shade, también compañero de trabajo en la universidad, acaba de fallecer. "Pálido fuego" es su poema póstumo. Kinbote lo anota y edita, colocando el prólogo delante del mismo poema, el cual irá seguido de dichas notas. De hecho, la casi totalidad del libro la hemos de considerar como la exégesis a cada uno de esos versos, pero a medida que vamos leyendo nos percatamos de que se trata de una lectura totalmente sesgada, partidista y estúpida de un notable poema autobiográfico que el exégeta Kinbote va despachando a su conveniencia sólo para contar la historia de Charles el Bienamado, último rey depuesto de Zembla. El anotador aprovecha las puntualizaciones para desgranar su odio hacia la viuda, para narrar la vida del Rey Charles y su desternillante fuga de un país donde la homosexualidad es la práctica común entre los hombres, para clavar el estilete sobre sus colegas de campus, etc. Se muestra bien a las claras el deseo del crítico por hacerse con el texto, por transmutar el sentido inicial dado por el poeta en una mistificación donde reluce su propia personalidad y no la del autor original de la composición. La historia crece y se hace más compleja cuando descubrimos el abstruso interés de Kinbote. Sería absurdo destapar aquí las sorpresivas líneas argumentales que nos tiene guardadas Nabokov. Lo único que habría que decir es que el humor, la ironía, la belleza del mundo contenida en los nimios detalles de los que tanto gustaba mi querido Vladimir figuran magistralmente en estas páginas.

Descubrir o releer Pálido fuego es una de las sensaciones más placenteras que le ha guardado el destino a los muchos admiradores del escritor. El simple hecho de introducirse en el poema, confeccionado a la manera de los Cantos de Pound o los Cuatro cuartetos de Eliot, con una factura sólo propia de los monstruos literarios, conlleva a uno de los muchos deleites que surgirán con la lectura de la totalidad del libro. Luego, para el que quiera continuar, nos sobrevienen los juegos de artificios del narrador-anotador-editor demente Kinbote. Permítanme que les ofrezca una pequeña perla de este mezquino comentarista: al comienzo del calamitoso matrimonio de la Reina Disa con el Rey Charles, éste le informa a su esposa de que nunca ha hecho el amor (recuerden que la homosexualidad es práctica común entre los hombres del reino) : “tras de lo cual había tenido que soportar el ridículo de ver que la complaciente pureza de Disa adoptaba involuntariamente las maneras de una cortesana con un cliente demasiado joven o demasiado viejo; él le dijo algo en ese sentido (sobre todo para acabar con el suplicio) y Disa hizo una escena atroz. Se atiborró de afrodisiacos, pero los caracteres anteriores del infortunado sexo de la Reina fatalmente lo rechazaban. Una noche en que habiendo probado una tisana de trigridia, sus esperanzas culminaban, cometió el error de pedirle que aceptara un expediente que ella cometió el error de denunciar por repugnante y contra natura. Por último él le dijo que un viejo accidente de caballo lo incapacitaba, pero que un crucero con sus amigos y una buena cantidad de baños de mar seguramente le devolverían el vigor”.

A parte de las humoradas del audaz Nabokov, no debemos olvidar que nos encontramos ante una proeza intelectual de un autor que ha dejado baldado a muchos de sus imitadores por un lado, y, por otro, ha grabado una duradera y rastreable impronta en sus discípulos más aventajados, como Saul Bellow o Martin Amis.

Cierta vez una compañera de trabajo, al preguntarle que si había leído Lolita, me contestó que Nabokov era “un ser repugnante”. Es difícil convencer a la gente de que Conan Doyle no es Holmes, así como que Humbert Humbert tampoco es 'monsieur' Nabokov. Espíritu de corte proustiano –nunca dejó de añorar su infancia rusa desde el exilio–, escribió en el comienzo de su texto autobiográfico Habla, memoria: “La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas”. A él le debo horas de inmensa felicidad como lector. No tengo nada más que añadir. Salud.

3 comentarios:

José Martínez Ros dijo...

El problema de Nabokov –aparte de lo de ser un genio, y ser consciente de ello, como se ve en sus insufribles Opiniones Contundentes- es que escribió tantas maravillas que no sabes con cuál quedarte… además de Pálido Fuego, está Lolita, Pnin, La dádiva, Ada, esa obra maestra de cinco páginas que es Una belleza rusa… ¡Hasta sus poemas son buenísimos! Esa encantadora observación que lo define como “un ser repugnante” se queda corta. Menudo hijoputa.

fritanga dijo...

Estimado Ros, me alegra compartir el fervor por Nabokov con usted. Es cierto que la impertinencia del autor existe. Sólo hay que ver la entrevista (leída) con Bernard Pivot en Apostrophes y la que le da al pobre critiquillo (un estadista cualquiera) cuando se pone a ello. En fin, todo se le perdona. Por cierto, la entrevista se puede ver por You tube:
http://www.youtube.com/watch?v=xegVHkULlZI

Fernando dijo...

Uno no puede dejar de asistir estupefacto a ciertos juicios atinentes a la personalidad de un genio como Nabokov. Aquí, sin ir más lejos, me veo obligado a leer sobre su repugnacia, su insufribilidad o, finalmente, algo sobre su impertinencia. El consenso parece ser unánime a la hora de atribuirle una grandísima calidad literaria, pero la unanimidad no parece remitir cuando de su cualidad moral se trata. Parece obvio que este último consenso viene motivado por la consabida propensión nabokiviana a la petulancia, la arrogancia o, incluso, la insolencia. Lo cual me conduce a preguntar ¿Qué molesta tanto de aquel discernimiento de un genio cuando no sólo trata de aislar el valor ajeno sino, además, de exhibir el propio? Quizá estemos todavía demasiado ligados a la imagen del literato beatíficamente modesto que tan bien supo representar el genial Borges durante toda su vida.
Pero a mí me solaza aún encontrar no sólo quien tiene el don de la genialidad, sino además y contra la mojigatería bienpensante, la virtud de ostentarla. Pues en algunos casos, como el de autor ruso, no tiene por qué cumplirse el "Vanitas vanitatum et omnia vanitas".